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La voluntad de estilo en el ensayo
Denominamos voluntad de
estilo al deseo consciente del ensayista de que su ensayo sea
una obra literaria, que su contenido valga por el valor artístico
con que está expresado: en el ensayo el cómo se dice y el
qué se dice ocupan un mismo plano de valor. Si falta la
intención artística se convierte en un texto académico o en un texto
de divulgación; si falta un contenido que proyecte —sugiera— ideas
en el lector, podrá ser prosa poética, pero no ensayo.
* * *
La libertad del escritor
de ensayos en cuanto a la elección del tema puede únicamente
compararse a la del artista, y, al igual que éste, se guía en su
producción literaria por inspiración. Ahora bien, como creador es
libre en el elegir, pero como ensayista se diferencia de los que
cultivan los otros géneros literarios en que no es libre ante los
datos.
El hecho de que el
ensayista por una parte goce de libertad y elija por inspiración, y
que por otra deba mantenerse dentro de los estrechos límites de la
"verdad", lógica o científica, proporciona al ensayo un carácter
peculiar que le permite cabalgar al mismo tiempo a lomos de la
literatura y de la ciencia. Esto hace que los límites del ensayo
sean vagos y que con frecuencia se le confunda con los escritos
eruditos.
Hay críticos, filósofos,
historiadores, etc. que se acercan en sus escritos al ensayo, al
intentar en ellos una superación estética; del mismo modo que por
carecer de ella, hay pretendidos ensayistas que no pasan de simples
divagadores. Del mismo modo que muchos escriben poemas, aun cuando
el número de poetas sea escaso, también podemos decir que a pesar de
lo popular del género ensayístico, muy pocos merecen ser aclamados
como ensayistas. Ello se debe a que muy pocos también supieron
proyectar, con voluntad de estilo, su personalidad en los ensayos,
de modo que ésta estuviera presente no sólo en el contenido, sino
también en el uso de cada una de sus palabras.
En una reducción, quizás
excesiva, pero que nos sirve para comprender este aspecto, se pueden
resumir en tres las características esenciales del ensayista: a) es
un pensador; b) se nutre de la tradición, pero en lugar de
enterrarse en ella, como el erudito, la usa para superarla; y c)
escribe en un estilo personal y de elevado valor estético, que por
sí sólo hace del ensayo una obra de arte, independiente del mérito
de su contenido.
En el ensayo se reemplaza
la ordenación científica por la estética, y, como género literario,
se acerca a la poesía, pues se modela a través de la actitud del
ensayista —sea ésta satírica, cómica, seria, etc.—, por lo que lo
poético constituye el trasfondo del ensayo, aunque ésta sea poesía
del intelecto. De ahí que el verdadero asunto del ensayo no sean los
objetos o los hechos tratados, sino el punto de vista del autor, el
modo como éstos son percibidos y presentados; por ello, cómo
se dice una cosa es tan importante como qué se dice.
Pero en este punto toda
explicación parece pobre; sólo el texto mismo puede proporcionarnos
una guía, a modo de ejemplo, de cómo el ensayista crea y sostiene
dicho equilibrio al mismo tiempo que encierra en la unidad del
ensayo las tres características anteriores. Veamos el siguiente
párrafo de
"Nuestra América" de
José Martí:
Trincheras de
ideas valen más que trincheras de piedra. No hay proa que
taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo
ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio
final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se
conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van
a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos
celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa
chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de
encajar, de modo que sean una las dos manos. Los que, al
amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable
tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del
hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus
culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones,
devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor no
las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya
no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con
la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la
acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las
tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que
no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del
recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro
apretado, como la plata en las raíces de los Andes.
El lenguaje metafórico, el
giro aforístico, la yuxtaposición de ideas, todo ello forma parte de
un estilo literario, de un conjunto armónico. La preocupación de
Martí por la causa cubana, su "tema de nuestro tiempo", se encuentra
aquí fundida en una filosofía iberoamericanista, "nuestra América",
que transciende lo inmediato y que si recoge el sueño bolivariano de
la unidad/hermandad de los países hispánicos, no lo hace en el
sentido anacrónico del pasado, sino en el contexto de la comunidad
de intereses del presente y en la percepción de tener un
contendiente común en el mundo anglosajón del norte, "el gigante de
siete leguas".
[Fuente: José Luis Gómez-Martínez.
Teoría del ensayo. México: UNAM, 1992. La versión que incluimos
aquí está resumida y la hemos modificado para ajustarla mejor a los
objetivos de esta introducción a la literatura. Para un desarrollo
más extenso de este tema véase
"La voluntad de estilo en el ensayo"]
(Gómez-Martínez) |