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El ensayo y su función de sugerir

Entre los polos de autor y lector se encuentra el texto. El texto es también nuestro punto de partida. Así desde el texto hacia el autor caracterizamos al ensayo como una forma de pensar, como confesión intelectual con frecuentes digresiones y con carácter dialogal. Desde el texto hacia el lector descubrimos la función de sugerir del ensayo y la necesidad de un lector activo dispuesto a dialogar con el texto que lee. El objetivo de un buen ensayo no es darnos datos, sino proporcionar ideas, perspectivas, sugerencias que nos motiven a reflexionar.

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El ensayista en su doble función de escritor —creador— y de científico, comparte también características de ambos. Como escritor es libre en la elección de tema y en el tratamiento de éste, es libre de proyectar su personalidad y valerse de intuiciones; como científico debe ajustarse a los hechos, los datos son los mismos del investigador que escribe un tratado, pero mientras éste da énfasis a estos mismos datos y no se sale del campo de lo objetivo (busca la comunicación de datos), el ensayista transciende lo concreto del dato, para concentrarse en la interpretación (comunicación humanística) a través de una proyección subjetiva. Por ello el tratado únicamente enseña, mientras que el ensayo primordialmente sugiere. El ensayista no pretende probar, sino por medio de sugerencias influir.

Los ensayistas verdaderos expresan con claridad este propósito, así Alfonso Reyes nos dice: "Yo mismo ando revoloteando hace rato, a vuestros ojos, en alas de la imaginación. Conviene frenar. Sólo he querido, en esta charla sin pretensiones, excitaros"; o Unamuno: "No espere el lector hallar aquí más que indicaciones y sugestiones, meros puntos de reflexión que ha de desarrollar por sí mismo". Y Ortega y Gasset, más explícito, señala sobre el particular al hacer referencia a los ensayos que forman su libro Meditaciones del Quijote:

 "Con mayor razón habrá de hacerse así en ensayos de este género, donde las doctrinas, bien que convicciones científicas para el autor, no pretenden ser recibidas por el lector como verdades. Yo sólo ofrezco posibles maneras nuevas de mirar las cosas. Invito al lector a que las ensaye por sí mismo; que experimente si, en efecto, proporcionan visiones fecundas; él, pues, en virtud de su íntima y leal experiencia, probará su verdad o su error. En mi intención llevan estas ideas un oficio menos grave que el científico; no han de obstinarse en que otros las adopten, sino meramente quisieran despertar en almas hermanas otros pensamientos hermanos".

El ensayo, pues, no pretende probar nada, y por ello no presenta resultados, sino desarrollos que se exponen en un proceso dialógico en el que el lector es una parte integral. El deseo de incitar puede ser ligero e indirecto, como propone Ramón y Cajal en Charlas de café: "No tiro, pues, a adoctrinar, sino a entretener y, cuando más, a sugerir. En conseguirlo aunque sea muy parcamente, cifraré todo mi empeño". En la mayoría de los ensayos, sin embargo, el deseo de sugerir a través de una exposición artística es el fin primordial del ensayista. Así nos dice Unamuno: "Entremos ahora en indicaciones que guíen al lector en esta tarea, en sugestiones que le sirvan para ese efecto". Y con actitud desafiante señala Octavio Paz: "Mis palabras irritarán a muchos; no importa, el pensamiento independiente es casi siempre impopular". En realidad, el ensayo es el género literario que demanda mayor esfuerzo por parte del lector; nada en él es seguro o terminado, da la impresión de que apenas se comienza un tema cuando el ensayista nos lo abandona.

 

[Fuente: José Luis Gómez-Martínez. Teoría del ensayo. México: UNAM, 1992. La versión que incluimos aquí está resumida y la hemos modificado para ajustarla mejor a los objetivos de esta Introducción a la literatura. Para un desarrollo más extenso de este tema véase "El ensayo en su función de sugerir al lector"]

(Gómez-Martínez)

Proyecto Ensayo Hispánico