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"Las doctrinas y los hombres"
(Eugenio María de Hostos)
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Uno de los deberes más sagrados del escritor de buena fe y de
todo aquel que con ánimo recto y desinteresados propósitos aspira a
ser útil a sus semejantes y servir la noble causa de la verdad
consiste, sobre todo en épocas en que, como la presente, la anarquía
moral lo invade todo, en poner de manifiesto con esa entereza que
sólo la convicción y la lealtad pueden inspirar lo que hay de
verdadero o de imaginario en las declamaciones con que los
explotadores de las calamidades públicas se proponen en todas épocas
extraviar el juicio de la multitud, siempre más impresionable que
reflexiva.
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Error muy grave y sistemáticamente difundido por los que en la
involucración de las nociones de lo bueno, lo justo y lo útil cifran
su medro es creer presto que los males públicos no se remedian,
antes bien, van en aumento, y de día en día parece más difícil su
correctivo; esto consiste únicamente en la maldad intrínseca de las
ideas que se proclaman en el orden científico, o se aplican a la
gobernación de los estados, confundiendo así lastimosamente lo que
en las doctrinas hay de provecho con lo que en los hombres hay de
egoísmo, torpeza o mala voluntad.
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Las ideas pueden ser, y muchas lo son realmente, saludables y
salvadoras, al paso que los hombres pueden ser, y en efecto muchos
lo son, indignos representantes de ellas, o notables únicamente por
su incapacidad de concebirlas en su recta significación, o por el
insidioso empeño que ponen en desnaturalizarlas haciéndolas
infecundas para el bien.
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En ninguno de ambos casos puede ni debe atribuirse a las
doctrinas la esterilidad de que las hieren la ignorancia, la
estrechez de entendimiento o la perfidia de los que se llaman sus
más genuinos intérpretes, y que en concepto de tales aspiran a
ocupar los primeros puestos del estado, o los asaltan a favor de las
luchas que por desgracia dividen a los hijos de una misma nación y a
las naciones entre sí.
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No, pues, en la conducta de los hombres, no siempre ajustada a la
razón severa y al estricto deber, sino en el detenido, en el
concienzudo estudio de las ideas en sí mismas y en sus relaciones
con el estado actual de la inteligencia, de la cultura, del
desarrollo social y político de los pueblos, y en el claro
conocimiento de sus necesidades debe buscarse la clave de la
diferencia que existe entre lo aceptable y lo que debe ser
rechazado, entre lo beneficioso y lo nocivo, entre lo bello y lo
deforme, entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira.
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Si la conducta de los hombres hubiese de ser la norma para
apreciar los grados de bondad de las diferentes escuelas que se
disputan el dominio del mundo religioso, filosófico y político,
grande sería la incertidumbre, extraña la confusión que se
apoderaría del ánimo de quien a tan falsa norma acudiese.
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Si porque la conducta de los hombres es en la generalidad de los
casos ininteligente, exclusivista o perversa fuese licito inferir y
afirmar que las doctrinas de que respectivamente se proclaman
apóstoles o caudillos son en el mismo grado a propósito para inducir
a la ceguedad del alma, al exclusivismo o a la perversidad, ¿cuál
sería, cuál, el criterio a que debiesen subordinar sus juicios,
absolutos o comparativos, el hombre honrado, el político amante de
su patria, el que desea la felicidad de sus semejantes, el que rinde
culto a la verdad, el que se propone, en fin, el triunfo de la
justicia?
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Aun cuando fuese cierto, que no lo es, por fortuna, que los
hombres fuesen igualmente idólatras de sus intereses y ambiciones,
igualmente ciegos o indiferentes al cumplimiento de sus deberes
políticos no seria razonable, sino tan temerario como absurdo, el
raciocinio que dedujese la maldad de todas las doctrinas de la
maldad de todos los hombres.
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Juzgar así y así inferir sería destruir por su base todo el orden
moral, negar la Providencia que, en su infinita sabiduría, ha dado
al bien condiciones de perpetuidad y de triunfo independientes de
las pasiones y miserias humanas; sería, en una palabra, sumir el
mundo intelectual en la profunda noche del caos.
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Juzgar e inferir así sería, además, condenar indistintamente a
todos los partidos a un idéntico anatema; sería quitarles todo medio
de defensa, toda razón para ejercer su respectiva propaganda, todo
título para creerse mejores o más sabiamente inspirados que sus
adversarios, puesto que no habiendo en ninguna agrupación política
hombres impecables, ni caudillos infalibles, ni seres privilegiados,
y debiendo juzgarse de las doctrinas por los actos de sus
partidarios, resultaría, en definitiva, dado que éstos no aciertan a
labrar la felicidad pública, que las doctrinas proclamadas por los
bandos militantes son igualmente erróneas e igualmente ineficaces
para el engrandecimiento, la gloria o la salvación de las naciones
en sus días de prueba.
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¿Hay algún partido, desde los más retrógrados hasta los más
avanzados, que acepte de buen grado esta terrible consecuencia? No
lo hay, no puede haberlo, no lo habrá nunca. Y, no obstante, esa
consecuencia, que concluirá irremisiblemente por hacer del estúpido
escepticismo y del triste abandono de todo estudio un código y una
religión, es lo único que lógicamente se desprende del empeño que
algunos muestran en hacer cómplices, si así puede decirse, a
determinadas doctrinas, de la necia o maquiavélica conducta de
determinados individuos.
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Al expresarnos como lo hacemos nada prejuzgamos, porque no es
llegado aún el día del examen detallado de la bondad de tales o
cuales ideas y de su superioridad sobre las contrarias, y respetamos,
por lo demás, el derecho que a cada parcialidad asiste de abogar por
la supremacía que en su concepto debe darse a las que constituyen su
credo político; derecho a que, por nuestra parte, jamás
renunciaremos. Lo que deseamos, lo que pedimos, es que no se mida el
valor de una idea o del proceder de sus intérpretes en la vida
pública o en la privada.
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Queremos que se estudie y se comprenda a fondo la significación
de las doctrinas en sí mismas; estudio que, al paso que desarrollará
eficazmente la educación política del pueblo, porque le pondrá en el
ventajoso caso de formar por sí mismo exactos juicios acerca de las
diferentes doctrinas que se disputan su favor y apoyo, dejará
reducidos a muchos hombres a su verdadero valor, a su justa
importancia, despojándoles de la falsa que en su orgullo se
atribuyen o de que la torpe lisonja los reviste.
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Y no hay para qué decir si esto es indispensable y hasta salvador
en un país, víctima desde hace muchos años de las ambiciones
personales y de demasías que han acarreado la deplorable turbación
que hoy se advierte en las ideas y aspiraciones generales.
Reflexiones
para una lectura de "Las doctrinas y los hombres".
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La Nación, diario progresista, Madrid,
11 de febrero de 1866
Proyecto Ensayo Hispánico
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