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"Meditación
Primera:
profundidad de las palabras de Dios; estilo de Dios;
admirar y meditar los misterios; sobre el
'Bésame'"
(Santa Teresa de Jesús)
"Béseme el
Señor con el beso de su boca,
porque más valen tus pechos que el vino", etc.
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He notado mucho que
parece que el alma está —a lo que aquí da a entender— hablando con
una persona, y pide la paz de otro. Porque dice: "Béseme con el beso
de su boca" [Cantares I, I]. Y luego parece que está diciendo a con
quien está: "Mejores son tus pechos" [Cantares I, I]. Esto no
entiendo cómo es, y no entenderlo me hace gran regalo; porque
verdaderamente, hijas, no ha de mirar el alma tanto, ni la hacen
mirar tanto, ni la hacen tener respeto a su Dios las cosas que acá
parece podemos alcanzar con nuestros entendimientos tan bajos, como
las que en ninguna manera se pueden entender. Y así os encomiendo
mucho que, cuando leyereis algún libro y oyereis sermón, o pensareis
en los misterios de nuestra sagrada fe, que lo que buenamente no
pudiereis entender, no os canséis ni gastéis el pensamiento en
adelgazarlo; no es para mujeres, ni aun para hombres muchas cosas.
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Cuando él Señor quiere
darlo a entender, Su Majestad lo hace sin trabajo nuestro. A mujeres
digo esto. Y a los hombres, que no han de sustentar con sus letras
la verdad, que a los que el Señor tiene para declaránoslas a
nosotras, ya se entiende que lo han de trabajar, y lo que en ello
ganan. Mas nosotras con llaneza tomar lo que el Señor nos diere; y
lo que no, no nos cansar, sino alegrarnos de considerar qué tan gran
Dios y Señor tenemos, que una palabra suya tendrá en sí mil
misterios, y así su principio no entendemos nosotras. Así, si
estuviere en latín o en hebraico o en griego, no era maravilla; mas
en nuestro romance, ¡qué de cosas hay en los salmos del glorioso rey
David que, cuando nos declaran el romance sólo, tan escuro nos queda
como el latín! Así que siempre os guardad de gastar el pensamiento
con estas cosas, ni cansaros, que mujeres no han menester más que
para su entendimiento bastare; con esto las hará Dios merced. Cuando
Su Majestad quisiere dárnoslo sin cuidado ni trabajo nuestro, lo
hallaremos sabido. En lo demás, humillarnos y —como he dicho—
alegrarnos de que tengamos tal Señor, que aun palabras suyas dichas
en romance nuestro no se pueden entender.
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Pareceros ha que hay
algunas en estos Cánticos que se pudieran decir por otro estilo.
Según es nuestra torpeza, no me espantaría. He oído a algunas
personas decir que antes huían de oírlas. ¡Oh, válgame Dios, qué
gran miseria es la nuestra!, que como las cosas emponzoñosas, que
cuanto comen se vuelve en ponzoña, así nos acaece, que de mercedes
tan grandes como aquí nos hace el Señor en dar a entender lo que
tiene el alma, que le ama y animarla para que pueda hablar y
regalarse con Su Majestad, hemos de sacar miedos y dar sentidos,
conforme al poco sentido del amor de Dios que se tiene.
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¡0h, Señor mío, que de
todos los bienes que nos hicisteis nos aprovechamos mal! Vuestra
Majestad buscando modos y maneras y invenciones para mostrar el amor
que nos tenéis; nosotros, como mal experimentados en amaros a Vos,
tenémoslo en tan poco que de mal ejercitados en esto, vanse los
pensamientos adonde están siempre, y dejan de pensar los grandes
misterios que este lenguaje encierra en si, dicho por el Espíritu
Santo. ¿Qué más era menester para encendernos en amor suyo y pensar
que tomó este estilo no sin gran causa?
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Por cierto, que me
acuerdo oír a un religioso un sermón harto admirable, y fue lo más
de él, declarando de estos regalos que la Esposa trataba con Dios. Y
hubo tanta risa y fue tan mal tomado lo que dijo, porque hablaba de
amor (siendo sermón del Mandato, que es para no tratar otra cosa),
que yo estaba espantada. Y veo claro que es lo que yo tengo dicho,
ejercitarnos tan mal en el amor de Dios, que no nos parece posible
tratar un alma así con Dios. Mas algunas personas conozco yo, que
así como estotras no sacaban bien —porque, cierto, no lo entendían,
ni creo pensaban sino ser dicho de su cabeza—, estotras han sacado
tan gran bien, tanto regalo, tan gran seguridad de temores, que
tenían que hacer particulares alabanzas a nuestro Señor muchas
veces, que dejó remedio tan saludable para las almas que con
hirviente amor le aman, que entiendan y vean que es posible
humillarse Dios a tanto, que no bastaba su experiencia para dejar de
temer cuando el Señor les hacía grandes regalos; ven aquí pintada su
seguridad.
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Y sé de alguna que
estuvo hartos años con muchos temores, y no hubo cosa que la haya
asegurado sino que fue el Señor servido oyese algunas cosas de los
Cánticos, y en ellas entendió ir bien guiada su alma; porque —como
he dicho— conoció que es posible pasar el alma enamorada por su
Esposo todos esos regalos y desmayos y muertes y aflicciones y
deleites y gozos con Él después que ha dejado todos los del mundo
por su amor está del todo puesta y dejada en sus manos; esto no de
palabra —como acaece en algunos—, sino con toda verdad, confirmada
por obras.
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¡Oh, hijas mías, que es
Dios muy buen pagador, y tenéis un Señor y un Esposo que no se le
pasa nada sin que lo entienda y lo vea! Y así, aunque sean cosas muy
pequeñas, no dejéis de hacer por su amor lo que pudiereis; Su
Majestad las pagará; no mirará sino el amor con que las hiciereis.
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Pues concluyo en esto,
que jamás en cosa que no entendáis de la Sagrada Escritura ni de los
misterios de nuestra fe os detengáis más de como he dicho, ni de
palabras encarecidas que en ella oigáis que pasa Dios con el alma,
no os espantéis. El amor que nos tuvo y tiene me espanta a mí más y
me desatina, siendo los que somos; que teniéndole, ya entiendo que
no hay encarecimiento de palabras con que nos le muestre, que no le
haya mostrado más con obras; sino cuando lleguéis aquí, por amor de
mí os ruego que os detengáis un poco, pensando en lo que nos ha
mostrado y lo que ha hecho por nosotras, viendo claro que amor tan
poderoso y fuerte, que tanto le hizo padecer, con qué palabras se
pueda mostrar que nos espanten.
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Pues tornando a lo que
comencé a decir, grandes cosas debe haber y misterios en estas
palabras, pues cosa de tanto valor que (me han dicho letrados
rogándoles yo que me declaren lo que quiere decir el Espíritu Santo
y el verdadero sentido de ellos) dicen que los doctores escribieron
muchas exposiciones y que aun no acaban de darle, parecerá demasiada
soberbia la mía —siendo esto así— quereros yo declarar algo. Y no es
mi intento, por poco humilde que soy, pensar que atinaré a la
verdad.
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Lo que pretendo es que así
como yo me regalo en lo que el Señor me da a entender, cuando algo
de ellos oigo, que decíroslo por ventura os consolará como a mí; y
si no fuere a propósito de lo que quiere decir, tómolo yo a mi
propósito, que no saliendo de lo que tiene la Iglesia y los santos
(que para esto primero lo examinarán bien letrados que lo entiendan
que los veáis vosotras), licencia nos da el Señor —a lo que pienso—,
como nos la da, para que pensando en la sagrada Pasión, pensemos
muchas más cosas de fatigas y tormentos que allí debía de padecer el
Señor de que los evangelistas escriben.
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Y no yendo con
curiosidad —como dije al principio—, sino tomando lo que Su Majestad
nos diere a entender, tengo por cierto no le pesa que nos consolemos
y deleitemos en sus palabras y obras: como se holgaría y gustaría el
rey, si a un pastorcillo amase y le cayese en gracia, y le viese
embobado mirando el brocado y pensando qué es aquello y cómo se
hizo. Que tampoco no hemos de quedar las mujeres tan fuera de gozar
las riquezas del Señor; de disputarlas y enseñarlas, pareciéndoles
aciertan, sin que lo muestren a letrados, esto sí.
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Así que ni yo pienso
acertar en lo que escribo —bien lo sabe el Señor—, sino como este
pastorcillo que he dicho. Consuélame, como a hijas mías, deciros mis
meditaciones, y serán con hartas boberías. Y así comienzo con el
favor de este divino Rey mío y con licencia del que me confiesa.
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Plega a Él que, como ha
querido atine en otras cosas que os he dicho —o Su Majestad por mí,
quizá por ser para vosotras—, atine en éstas. Y si no, doy por bien
empleado el tiempo que ocupare en escribir y tratar con mi
pensamiento tan divina materia, que no la merecía yo oír.
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Paréceme a mí en esto
que dice al principio habla con tercera persona. Y es la misma, que
da a entender que hay en Cristo dos naturalezas, una divina y otra
humana. En esto no me detengo, porque mi intento es hablar en lo que
me parece podemos aprovecharnos las que tratamos de oración, aunque
todo aprovecha para animar y admirar un alma que con ardiente deseo
ama a el Señor. Bien sabe Su Majestad que, aunque algunas veces he
oído exposición de algunas palabras de éstas y me la han dicho
pidiéndolo yo—son pocas—, que poco ni mucho no se me acuerda, porque
tengo muy mala memoria, y así no podré decir sino lo que el Señor me
enseñare y fuere a mi propósito; y de este principio jamás he oído
cosa que me acuerde.
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"Béseme con beso de su
boca". ¡Oh, Señor mío y Dios mío, y qué palabra esta para que la
diga un gusano a su Criador! ¡Bendito seáis Vos, Señor, que por
tantas maneras nos habéis enseñado! Mas ¿quién osara, Rey mío, decir
esta palabra si no fuera con vuestra licencia? Es cosa que espanta,
y así espantará decir yo que la diga nadie. Dirán que soy una necia,
que no quiere decir esto, que tiene muchas significaciones, que está
claro que no habíamos de decir esta palabra a Dios, que por eso es
bien estas cosas no las lean gentes simple.
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Yo lo confieso, que tiene
muchos entendimientos; mas el alma que está abrasada de amor que la
desatina, no quiere ninguno sino decir estas palabras; sí, que no se
lo quita el Señor. ¡Válgame Dios!; ¿qué nos espanta? ¿No es de
admirar más la obra? ¿No nos llegamos al Santísimo Sacramento? Y aun
pensaba yo si pedía la esposa esta merced que Cristo después nos
hizo. También he pensado si pedía aquel ayuntamiento tan grande,
como fue hacerse Dios hombre, aquella amistad que hizo con el género
humano. Porque claro está que el beso es señal de paz y amistad
grande entre dos personas.
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Cuántas maneras hay de
paz, el Señor ayude a que lo entendamos.
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Una cosa quiero decir
antes que vaya adelante, y —a mi parecer— de notar (aunque viniera
mejor a otro tiempo, mas para que no se nos olvide), que tengo por
cierto habrá muchas personas que se llegan al Santísimo Sacramento
—y plega al Señor yo mienta— con pecados mortales graves; y si
oyesen a un alma muerta por amor de su Dios decir estas palabras, se
espantarían y lo tendrían por gran atrevimiento. Al menos estoy yo
segura que no la dirán ellos, porque estas palabras y otras
semejantes que están en los Cantares, dícelas el amor; y como no le
tienen, bien pueden leer los Cantares cada día y no se ejercitar en
ellas; ni aun las osarán tomar en la boca, que verdaderamente aun
oírlas hace temor, porque traen gran majestad consigo.
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Harta traéis Vos, Señor
mío, en el Santísimo Sacramento; sino como no tienen fe viva, sino
muerta estos tales, ven os tan humilde bajo especies de pan, no les
habláis nada, porque no lo merecen ellos oír, y así se atreven tanto.
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Así que estas palabras
verdaderamente pondrían temor en sí, si estuviesen en sí quien las
dice, tomada sola la letra; mas a quien vuestro amor, Señor, ha
sacado de sí, bien perdonaréis diga eso y más, aunque sea
atrevimiento.
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Y, Señor mío, si significa
paz y amistad, ¿por qué no os pedirán las almas la tengáis con ellas?;
¿qué mejor cosa podemos pedir que lo que yo os pido, Señor mío, que
me deis esta paz con "beso de vuestra boca"?
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Esta, hijas, es altísima
petición, como después os diré.
Reflexiones
para una lectura de "Meditación primera: 'Bésame'"
["Meditación primera" de
Meditaciones sobre los Cantares (1567). Publicado por primera
vez en Bruselas en 1611, por el Padre Gracián. El título de
Meditaciones sobre los Cantares corresponde al de la edición de
Obras Completas. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1979.
Hemos actualizado la ortografía.
Audio: interpretación de
Karen Pollard]
Proyecto Ensayo Hispánico
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