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"La sociedad amurallada"
(Jorge Majfud)
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Con el paso de
los años, y gracias a una atenta observación de sus clientes, el
doctor Salvador Uriburu había descubierto que la mayoría de la
población de Calataid carecía del origen europeo que alardeaba.
En sus ojos, en sus manos, persistían los esclavos nígros
que repararon las murallas en el siglo IX y seguramente los más
antiguos esclavos que construyeron las cisternas en tiempos de
Garama. En sus gestos rituales persistían los seguidores de
Kahina, la sacerdotisa del desierto africano convertida al
judaísmo antes de la llegada del Islam. Dentro de la minoría
blanca, también la diversidad era notable, pero había sido
puesta en suspenso mientras estaban ocupados en considerarse la
clase representativa (y fundadora) del pueblo. Los mismos ojos
azules podían encontrarse detrás de unos párpados rusos o detrás
de otros irlandeses; los mismos cabellos rubios podían cubrir un
cráneo germano u otro gallego. ¿Cómo era posible —había escrito
Salvador Uriburu— que un pueblo tan diverso fuese tan racista y,
al mismo tiempo, desbordara tanto patriotismo, tanto amor
fanático por una misma bandera? ¿Cómo se puede venerar el
conjunto y al mismo tiempo despreciar las partes que lo
conforman? Al menos que la veneración patriótica no sea otra
cosa que la Mentira Necesaria que una de las partes alimenta
para usar a las otras partes en beneficio propio.
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En
una de sus últimas apariciones publicas, en mayo de 1967, en la
sala de notables del club Libertad, el doctor Uriburu había
ensayado un ejercicio que molestó a los nuevos tradicionalistas,
una vez que fueron capaces de descifrar el cuestionamiento.
Salvador Uriburu había dibujado, en una pizarra negra, una serie
de al menos quince triángulos, círculos y cuadrados. Cuando
preguntó a los presentes cuántos tipos de dibujos veían allí,
todos estuvieron de acuerdo que veían tres. Cuando les pidió que
eligieran uno de esos tres tipos, todos eligieron el grupo de
los triángulos y el doctor volvió a preguntarles cuántos grupos
veían en el grupo de triángulos. Todos dijeron que había, por lo
menos, dos grupos; un grupo de triángulos isósceles y un grupo
de triángulos rectángulos.
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—Más o menos isósceles y más o menos rectángulos —dijo uno con
perspicacia, advirtiendo que los dibujos no eran perfectos.
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—Las figuras no son perfectas —confirmó Salvador Uriburu—, como
los humanos. Y como los humanos todos vieron primeo las
diferencias, aquello que las figuras tenían de diferente antes
que ver lo que tenían en común.
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—No
es verdad —dijo alguien—; los triángulos tienen algo en común
entre sí. Cada uno tiene tres lados, tres ángulos.
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—También los círculos y los cuadrados tienen algo en común:
todos son figuras geométricas. Pero nadie
observó que también había un único grupo de dibujos, el grupo de
las figuras geométricas.
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Salvador Uriburu no puso nombres ni aclaró el ejemplo, como era
su costumbre. A quien le caiga el sayo que se lo ponga. Pero
después de meses de discutir la extraña y pedante exposición de
las figuritas del doctor, el pastor George Ruth Guerrero llegó a
la concusión que este tipo de pensamiento le venía al doctorcito
de la secta de los humanistas y, seguramente, de los alumbrados.
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—El
grupo de las figuras geométricas —concluyó el pastor, con el
índice erecto— representaba a la humanidad e cada grupo de
figuras representaba una raza, una religión, una
desviación e ansí sucesivamente. Los humanistas quieren facernos
creer que la verdad no existe; que es igual la fe de los moros e
de los judíos que la verdadera fe de los cristianos, la raza de
los elegidos e la raza de los pecadores, la moral de nostros
padres e la sodomía de los modernos, los vestidos de nostras
mujeres e la desnudez impúdica de las nigerianas.
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Lo acusaron de gnóstico. Se sabía, por rumores y
por revistas llegadas de la Francia, que el Heterodoxo había
conquistado el resto de Europa con una creencia insólita: la
verdad no existía; cualquier herejía podía ser tomada como un
sustituto de la verdadera fe y de la razón lógica. Y se decía
que alguien intentaba introducir todo eso en Calataid.
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La alusión fue directa, pero el doctor Uriburu
no respondió. La última vez que entró en la sala de notables, en
agosto de 1967, se esperaba que dijera que estaba a favor o en
contra de esta superstición, que definiera, de una vez por
todas, de qué lado estaba. En lugar de esto, salió con otra de
sus figuras que no se correspondía con su profesión de
científico, y mucho menos con la del creyente, lo que demostraba
su irremediable descenso en el misticismo, en la secta de los
alumbrados que, se decía, se reunía todos los jueves en una
cámara desconocida de las antiguas cisternas.
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—Una vez un hombre subió a una montaña de arena
—dijo— y al llegar a la cumbre decidió que esa era la única
montaña del desierto. Sin embargo, enseguida advirtió que otros
habían hecho lo mismo, desde otras cumbres. Entonces dijo que la
suya, la que estaba bajo sus pies, era la verdadera. Otro
hombre, tal vez una mujer, decidió bajar de su duna y subió a
otra, y luego a otra, hasta que comprendió (quizás sobre la duna
más alta) que las dunas eran muchas, infinitas para sus fuerzas.
Entonces, cansado, dijo que el desierto no era una duna de arena
en particular, sino todas las dunas juntas. Dijo que había unas
dunas más altas y otras más pequeñas, que un solo puñado de
arena, de cualquiera de ellas, no representaba a una duna en
particular sino a todo el desierto, pero que ninguno, como
ninguna de las dunas, era el desierto, completamente. También
dijo que las dunas se movían, que aquella duna verdadera, que
permitía la única perspectiva del desierto y de sí mima,
cambiaba permanentemente de tamaño y de lugar, y que ignorarlo
era parte inseparable de cualquier verdad única. A diferencia de
otro caminante exhausto, este descubrimiento no lo llevó a negar
la existencia de todas las dunas, sino la pretensión arbitraria
de que sólo había una en la inmensidad del desierto. Negó que un
puñado de arena tuviera menos valor y menos permanencia que
aquella duna arbitraria y pretenciosa. Es decir, negó unas ideas
y afirmó otras; no fue indiferente a la eterna búsqueda de la
verdad. Y por eso fue igualmente perseguido en nombre del
desierto, hasta que una tormenta de arena puso fin a la disputa.
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Un silencio indescriptible siguió al nuevo
enigma del doctor. Luego un murmullo reprimido llenó la sala.
Alguien tomó la palabra para anunciar el final de la reunión y
recordó la fecha de la próxima. Sonó la campana; todos se
levantaron y salieron sin saludarlo. Sabía que también les
molestaba que dudase de la tolerancia y de la libertad de
Calataid, recurriendo a metáforas como si fuese una víctima de
la inquisición o viviese en tiempos del bárbaro Nerón.
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Uriburu se quedó sentado, mirando por la ventana
los viejos y rapaces que pasaban montando en bicicletas y no
podían verlo, con las manos en los bolsillos de su saco, jugando
con un puñado de arena. Perdió la razón veinte días después. Un
extraño diagnóstico, de su puño y letra, concluía que Calataid
padecía de “autismo social”. El autismo, decían sus libros, es
producto del crecimiento acelerado del cerebro que, en lugar de
aumentar la inteligencia la reduce o la hace inútil debido a la
presión de la masa encefálica contra las paredes del cráneo.
Para el doctor Uriburu, más preocupado por la arqueología que
por la biología, las murallas de Calataid habían provocado el
mismo efecto con el crecimiento de su orgullo o de población.
Por lo tanto, era inútil pretender curar a los individuos
si la sociedad estaba enferma. De hecho, suponer que la sociedad
y los individuos son dos cosas diferentes es un artificio de la
vista y de la medicina que identifica cuerpos, no espíritus. Y
Calataid era incapaz de relacionar dos hechos diferentes con una
explicación común. Más aún: era incapaz de reconocer su propia
memoria, grabada escandalosamente en las piedras, en los vacíos
húmedos de sus entrañas, y negada o encubierta por el más
reciente invento de una tradición.
2004
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[Fuente:
Jorge Majfud. “La sociedad amurallada” (1997).
Perdona nuestro pecados. Montevideo:
AG Ediciones, 2007.
Audio: interpretación de Jorge Majfud]
Reflexiones
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