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"Drago"
(Emilia Pardo Bazán)
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Algunas, o, por mejor
decir bastantes personas lo habían observado. Ni una noche
faltaba de su silla del circo la admiradora del domador.
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¿Admiradora? ¿Hasta
qué punto llega la admiración y dónde se detiene, en un alma
femenil, sin osar traspasar la valla de otro sentimiento? Que no
se lo dijesen al vizconde de Tresmes, tan perito en materias
sentimentales: toda admiración apasionada de mujer a hombre o de
hombre a mujer para en amor, si es que no empieza siéndolo.
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La admiradora era una
señorita que no figuraba en lo que suele llamarse buena sociedad
de Madrid. De los concurrentes al palco de las Sociedades, sólo
la conocía Perico Gonzalvo, el menos distanciado de la clase
media y el más amigo de coleccionar relaciones. Y, según
noticias de Gonzalvo, la señorita se llamaba Rosa Corvera, era
huérfana y vivía con la hermana de su padre, viuda de un hombre
muy rico, que le había legado su fortuna. Considerando a Rosa,
más que como a sobrina, como a hija; resuelta a dejarla por
heredera, le consentía además libertad suma; y no pudiendo la
tía salir de casa —clavada en un sillón por el reúma—, la
muchacha iba a todas partes bajo la cómoda égida de una de esas
que se conocen por carabinas, aunque oficialmente se las
nombra damas de compañía, institutrices y misses. Rosa
era una independiente; pero no podía Perico Gonzalvo (que no
adolecía de bien pensado) añadir otra cosa. La independencia no
llegaba a licencia.
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Quizá la admiración
vehemente mostrada al domador —que en los carteles adoptaba el
título de vizconde de Praga, enteramente fantástico, imposible
de descubrir en cancillería alguna— fuese la primera
inconveniencia cometida por Rosa. Sin duda, el hecho constituía
una exhibición de mal gusto en una joven soltera, y más en
España, donde es sospechosa para el honor cualquier
excentricidad de la mujer. Lo cierto es que Rosa llamaba la
atención, y su actitud empezaba a darle notoriedad. Se discutía
su figura, su modo de vestir; se convenía en que, sin ser una
belleza, no carecía de encanto. Rubia, alta, bien formada
(extremo que la moda ceñida hace muy fácilmente demostrable), la
hermoseaba, sobre todo, la expresión como de embriaguez divina
que adquiría su semblante al salir el vizconde de Praga a
desempeñar su número: el encierro en una jaula con un sólo león,
pero terrible: Drago, que, indómito, vigoroso, valía por
seis de los criados en cautiverio.
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—Las bacantes, en los
misterios órficos, tendrían ese gesto —decía Tresmes, que había
leído todo lo concerniente a anomalías amorosas y perversiones
antiguas y modernas.
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Pero Tresmes, en este
punto, confundía. El gesto de Rosa, lejos de expresar nada
impuro, sólo dejaba trasmanar el entusiasmo heroico. Eran
nobles, hasta la sublimidad, los sentimientos que asomaban a
aquel rostro de mujer, y si el amor entraba a la parte, sería
con el carácter más espiritual, como transporte ante la nobleza
del valor viril. Por otra parte, Rosa no practicaba el menor
disimulo.
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Abonada a diario a dos
sillas, las más próximas al sitio en que se colocaba la jaula de
Drago, entraba poco antes que comenzase el trabajo del
domador, y, concluido éste, se levantaba con desdeñosa
indiferencia, envolviéndose en un abrigo de última moda y
pasando por entre los espectadores sin mirarlos. Su lindo
landaulet eléctrico esperaba siempre a la puerta. Y, sin
cuidarse del runrún curioso que alzaba a su paso, retirábase,
pálida aún de la emoción.
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El domador había
notado lo que todos notaban. Era un hombre joven, aunque no
tanto como parecía, por la robusta esbeltez de su cuerpo y la
finura acentuada de sus facciones, debida a la sangre georgiana.
Nada más airoso que su torso, nada mejor delineado que sus pies
y manos, a no ser su bigote o los rizos naturales de sus
cabellos negrísimos. No era el tipo del dandy, del
elegante que se ha formado su distinción a fuerza de alta vida y
de hábitos de lujo; era un ejemplar de las razas humanas
aristocráticas de abolengo, perfectamente arianas.
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Consciente del efecto
que producía en Rosa, el domador adoptaba posturas románticas,
quebraba la cintura como un torero, avanzaba la pierna, nerviosa
y de perfecta forma, cautiva en el calzón de punto gris perla, y
sacudía con gentileza los bucles de su frente, húmeda de sudor,
enviando a la señorita una sonrisa y un ligero signo de
inteligencia. Por señas, que en el palco de los elegantes, este
signo fue considerado indicio de algo serio; y sólo cambiaron de
opinión al exclamar Tresmes:
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—¡Qué tontería! Si se
entendiesen, ella no vendría ya a exhibirse aquí. Os digo que, a
pesar de las apariencias, ese hombre y esa mujer no han cruzado
palabra. Pongo la mano derecha a que no.
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Y razón tenía el
calvatrueno, sagacísimo conocedor del alma de la mujer. El
domador no había dado un paso por ponerse en contacto con su
apasionada, por una razón prosaica y sencilla, era casado.
Vivían su esposa y sus dos hijos en una casita, al borde del
lago de Como, y la fortuna de la señorita española —fortuna de
la cual, por otra parte, ella no podía aún disponer— no le
resolvía problema alguno. Halagábale, ciertamente, aquella
devoción, aquel homenaje; aunque otra cosa diga la leyenda, no
es tan frecuente que las espectadoras se enamoren de tenores,
domadores y cómicos. Semejante fascinación, no oculta, acababa
por envanecer al supuesto vizconde, llamado realmente Marco
Diáspoli. Pero una aventura, de pasada, no se podía intentar. La
contrata iba a terminar, y el domador era esperado en Viena. Y
como, fuera de la aventura no existía finalidad, el domador se
limitaba a dejarse acariciar por los magnéticos ojos fijos en
él.
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—¿En él? He aquí una
pregunta que su vanidad de histrión heroico no le permitió
formular, pero que el ducho Tresmes lanzó, con gran extrañeza
del auditorio. —¿Estáis seguros de que a esa muchacha quien la
entusiasma es el domador? Porque yo, que la estudio mucho, he
llegado a dudar ¡si no será más bien el león!
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Se rieron. Sin
embargo, Drago reunía todas las condiciones para producir
eso que en Italia se nombra il fascino. Si hay un género
de belleza sublime que se funda en la energía, nada más bello
que Drago.
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No era la fiera
rendida, cansada, pelada, de los demás domadores, y en eso
consistía la originalidad del trabajo temerario. Drago,
con su bravura y fuerza, por su talla no común, lo enorme de su
cabezota, lo rutilante y abundoso de su melenaza, imponía una
especie de respeto, al cual se unía atracción misteriosa. Sus
actitudes conservaban la gracia terrible y natural de la fiera
que está en su propio ambiente, en el cálido desierto, y detrás
de la majestuosa masa de su cuerpo se hubiese deseado ver
extenderse el rojo rubí del celaje líbico. Su rugido infundía
pavor, y sus ojos de venturina derretida, en que el sol de
África parecía haberse quedado cautivo, tenían un encanto
peculiar, amenazador y feroz. Drago había sido cogido no
hacía seis meses en el Atlas. La única defensa del domador, con
aquel felino, era la temeridad, la sorpresa. En realidad, ni
estaba habituado a la sugestión y al olor del hombre, ni a la
obediencia de la varita. Acordábase de sus soledades, de que
bajo sus dientes habían crujido costillas de caballos, ¡quién
sabe si de jinetes moros!... El interés de la labor de Praga
estaba en eso: en que cada noche sostenía un duelo a muerte.
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Y así se podía
explicar la palidez constante de Rosa, sus ojos dilatados de
susto, su mano con tanta frecuencia llevada al corazón, como si
no pudiese contener su latido, y hasta aquella especie de
éxtasis con que seguía los incidentes de la lucha. Marco entraba
en la jaula de pronto, y a los rugidos del rey de los animales
contestaba con gritos estridentes de mando, de reto, de furor.
El león le miraba, y él arrostraba su mirada aterradora. Íbase
acercando, ganando terreno, sin más armas que un latiguillo de
puño de pedrería. Los rugidos se hacían menos roncos. El león
bajaba la cabeza, como si no pudiese afrontar los ojos del
hombre. Por último, se tendía, siempre rugiendo sordamente, y
Praga, un momento, alargando la bella pierna y el pie, calzado
con reluciente bota de borlita, lo apoyaba en los lomos del
vencido, y en rápida vuelta, antes que su enemigo se rehiciese,
salía de la jaula, sonriendo, alzando el látigo, enviando besos
a la multitud que aplaudía...
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Dos noches antes de la
última, pudieron notar algunos espectadores que Drago
estaba de muy mal talante. Revolvíase inquieto en la estrecha
prisión, y sus rugidos estremecían por lo hondos y roncos.
Cuando el domador franqueó la puerta de la reja, la fiera, sin
darle tiempo a nada, se lanzó contra él de un brinco feroz.
Otras veces lo había hecho; pero al punto retrocedía, dominado,
como a pesar suyo.
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Algo distinto debía
suceder aquella noche, porque Praga vaciló y se puso blanco. No
tenía, sin embargo, más defensa que la valentía absoluta, y,
vibrando el latiguillo, avanzó resuelto. Pero la fiera se había
dado cuenta de aquel desfallecimiento momentáneo...
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Un rugido tremebundo
envió al rostro del domador el hálito bravío del felino. Sin
intimidarse, Praga descargó el látigo, silbante, en las orejas
del animal. Más que el imperceptible dolor, el ultraje enardeció
a la fiera. Como una masa, cayó sobre su enemigo; sus garras
hicieron presa en un hombro, y sus dientes en el costado. En el
circo se alzó un grito de horror, formado de mil clamores. No
había modo de intervenir. Drago, que había probado la
sangre, la bebía con áspera lengua en el mismo cuello de su
víctima...
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Y Rosa, la admiradora,
de pie, transportada, electrizada, ya fuera de sí, sin atender a
ningún respeto, aplaudía al vencedor.
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—¡Bravo, Drago!
¡Bravo! ¡Drago, Drago, así!...
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Por eso suele decir
Tresmes:
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—Yo bien lo sabía. No
era el domador, era el león el que a la muchacha le parecía
hermoso... Y acertaba; opino lo mismo que ella. Pero, ¡caramba
con las mujeres! ¡Ponerse a aplaudir, a vitorear! Bueno fue que,
como todo el mundo chillaba, sólo nosotros oímos la atrocidad...
Si no, la linchan.
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[Fuente: Emilia
Pardo Bazán. “Drago” (1911).
Cuentos trágicos. Madrid:
Renacimiento, s/f. pp. 56-64]
Reflexiones
para una lectura de "Drago"
Proyecto Ensayo Hispánico
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