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Leyenda 15
"El Monte de las Ánimas"
(Gustavo Adolfo Bécquer)
-
La noche de difuntos me despertó a no sé qué
hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me
trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
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Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez
aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al
que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato, me decidí
a escribirla, como en efecto lo hice.
-
Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la
he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo, cuando
sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el
aire frío de la noche.
-
Sea de ello lo que quiera, allá va, como
el caballo de copas.
I
-
—Atad los perros; haced la señal con las trompas
para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad.
La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el
Monte de las Ánimas.
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—¡Tan pronto!
-
—A ser otro el día, no dejara yo de concluir con
ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de
sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la
oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos
comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
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—¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres
asustarme?
-
—No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en
este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde
muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y
mientras dure el camino, te contaré esa historia.
-
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos
grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus
magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos
Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante
distancia.
-
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos
términos la prometida historia:
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—Ese monte que hoy llaman de las Ánimas,
pertenecía a los templarios, cuyo convento ves allí, a la margen
del río. Los templarios eran guerreros y religiosos a la vez.
Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas
tierras para defender la ciudad por la parte del puente,
haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla, que
así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.
-
Entre los caballeros de la nueva y poderosa
Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y
estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado
ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus
necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos
determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de
las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas,
como llamaban a sus enemigos.
-
Cundió la voz del reto, y nada fue parte a
detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su
empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo.
No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente
tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos.
Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte
quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso
exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino
la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas
desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los
religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se
enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.
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Desde entonces dicen que cuando llega la noche
de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que
las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios,
corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los
zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las
culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto
impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los
esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas,
y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.
-
La relación de Alonso concluyó justamente cuando
los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la
ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva,
la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió
por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.
II
-
Los servidores acababan de levantar los
manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de
Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos
de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban
familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las
ojivas del salón.
-
Solas dos personas parecían ajenas a la
conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los
ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama.
Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules
pupilas de Beatriz.
-
Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
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Las dueñas referían, a propósito de la noche de
difuntos, cuentos tenebrosos, en que los espectros y los
aparecidos representaban el principal papel, y las campanas de
las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono
y triste.
-
—Hermosa prima, exclamó al fin Alonso rompiendo
el largo silencio en que se encontraban; pronto vamos a
separarnos, tal vez para siempre; las áridas llanuras de
Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos
sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído
suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano
señorío.
-
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo
un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción
de sus delgados labios.
-
—Tal vez por la pompa de la corte francesa,
donde hasta aquí has vivido —se apresuró a añadir el joven—. De
un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... al
separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te
acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por
haberte devuelto la salud que vinisteis a buscar a esta tierra?
El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención.
¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura
cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo
regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo
quieres?
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—No sé en el tuyo —contestó la hermosa—, pero en
mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un
día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un
deudo... que aún puede ir a Roma sin volver con las manos
vacías.
-
El acento helado con que Beatriz pronunció estas
palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse
dijo con tristeza:
-
—Lo sé, prima; pero hoy se celebran Todos los
Santos, y el tuyo entre todos; hoy es día de ceremonias y
presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
-
Beatriz se mordió ligeramente los labios, y
extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.
-
Los dos jóvenes volvieron a quedarse en
silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que
hablaban de brujas y de trasgos, y el zumbido del aire que hacía
crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de
las campanas.
-
Al cabo de algunos minutos, el interrumpido
diálogo tornó a anudarse de este modo:
-
—Y antes de que concluya el día de Todos los
Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin
atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? —dijo él
clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un
relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
-
—¿Por qué no? —exclamó ésta llevándose la mano
al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las
pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro...
Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:
-
—¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a
la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste
que era la divisa de tu alma?
-
—Sí.
-
—Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y
pensaba dejártela como un recuerdo.
-
—¡Se ha perdido!, ¿y dónde? —preguntó Alonso
incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión
de temor y esperanza.
-
—No sé.... en el monte acaso.
-
—¡En el Monte de las Ánimas —murmuró
palideciendo y dejándose caer sobre el sitial—; en el Monte de
las Ánimas!
-
Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
-
—Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces;
en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los
cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los
combates como mis ascendentes, he llevado a esta diversión,
imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el
ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies
son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus
guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de
noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me
ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría
por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin
embargo, esta noche.... esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo
miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San
Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar
sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus
fosas... ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la
sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o
arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una
hoja que arrastra el viento sin que se sepa a dónde.
-
Mientras el joven hablaba, una sonrisa
imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando
hubo concluido, exclamó con un tono indiferente y mientras
atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña,
arrojando chispas de mil colores:
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—¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora
al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de
difuntos y cuajado el camino de lobos!
-
Al decir esta última frase, la recargó de un
modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda
su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se
pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que
estaba en su cabeza, y no en su corazón, y con voz firme
exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada
sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:
-
—Adiós Beatriz, adiós. Hasta… pronto.
-
—¡Alonso! ¡Alonso! —dijo ésta, volviéndose con
rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven
había desaparecido.
-
A los pocos minutos se oyó el rumor de un
caballo que se alejaba al galope; la hermosa, con una radiante
expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó
atento oído a aquel rumor, que se debilitaba, que se perdía, que
se desvaneció por último.
-
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos
de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón,
y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.
III
-
Había pasado una hora, dos, tres; la media noche
estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio.
Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera
haberlo hecho.
-
—¡Habrá tenido miedo! —exclamó la joven cerrando
su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de
haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la
Iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.
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Después de haber apagado la lámpara y cruzado
las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño
inquieto, ligero, nervioso.
-
Las doce sonaron en el reloj del Postigo.
Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas,
sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a
par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por
una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la
ventana.
-
—Será el viento —dijo; y poniéndose la mano
sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía
cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio
habían crujido sobre sus goznes con un chirrido agudo,
prolongado y estridente.
-
Primero unas, y luego las otras más cercanas,
todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando
por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un
lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno
de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un
murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros,
voces confusas, palabras ininteligibles, ecos de pasos que van y
vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se
ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten,
estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo
que no se ve, y cuya aproximación se nota no obstante en la
oscuridad.
-
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza
fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos
diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar:
nada, silencio.
-
Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las
crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas
direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada,
oscuridad, las sombras impenetrables.
-
—¡Bah! —exclamó, volviendo a recostar su hermosa
cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho—; ¿soy yo tan
miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror
bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?
-
Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en
vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a
incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era
una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían
rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la
alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi
imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una
cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se
movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho.
Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la
cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.
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El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua
de la fuente lejana caía, y caía con un rumor eterno y monótono;
los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire,
y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras
distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.
-
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo,
porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin
despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a
los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y
de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día!
Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse
de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió
su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal
descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto
sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte,
la banda azul que fue a buscar Alonso.
-
Cuando sus servidores llegaron despavoridos a
noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la
mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas
del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida
con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho,
desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios,
rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!
IV
-
Dicen que después de acaecido este suceso, un
cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir
del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo
contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras,
asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de
los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla,
levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible y,
caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una
fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los
pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba
vueltas alrededor de la tumba de Alonso
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Fuente:
Gustavo Adolfo Bécquer. Obras. Tomo Primero. Madrid: Imprenta
de T. Fontaner, 1871, p. 271-281.]
Reflexiones
para una lectura de "El Monte de las Ánimas"
Proyecto Ensayo Hispánico
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