-
gonzalo. —Creo
que me debes una explicación.
-
marta. —¿Otra?
No me quedan.
-
gonzalo. —¿Dónde
está Nunca?
-
marta. —Tú
sabrás. Estaba en tu casa. Tal vez se canso y salió a tomar el sol.
-
gonzalo. —Ha
desaparecido. Tú eres la única que tiene las llaves del piso y
sabías que iba a estar dos días fuera. Te has llevado a la perra
¿no?
-
marta. —(Mirando
alrededor.)
Llámala. Estará deseando verte.
-
gonzalo. —(Abriendo
las puertas de las habitaciones.)
¡Nunca!
(Silba.)
¡Nunca! ¡Nunca, soy yo...!
-
marta. —Ya
lo ves. No está.
-
gonzalo. —¿Dónde
está la perra? No me voy a enfadar, Marta. Sólo quiero que me des
una explicación. Me la has quitado.
-
marta. —¿Me
vas a denunciar? No te lo aconsejo. Vas a hacer un ridículo
espantoso. (Se ríe.) Ya lo estoy viendo: marido agraviado
denuncia a su esposa por secuestro de perrita cariñosa. (A
carcajadas.) ¡Qué divertido!, ¿no?
-
gonzalo.
—No
empieces a ponerme nervioso. Estoy intentando ser razonable. Te pido
que no me hagas perder los estribos.
-
marta. —Grita,
grita. Es muy sano. Sé que lo necesitas.
-
gonzalo. —(Levantando
la voz.)
¡Deja
de hablarme en ese tono! ¡Vas a conseguir que ocurra lo que estoy
intentando evitar! ¿Dónde está la perra?
-
marta. —Habla
bajito, por favor. No me encuentro bien del todo. Llevo dos días sin
salir de casa. Todavía estoy un poco...
-
gonzalo. —¿Qué
te pasa?
-
marta. —Fiebre.
He estado con cuarenta grados.
-
gonzalo. —¿Te
ha visto un médico?
-
marta. —He
tenido unos delirios terribles. Anteanoche me desperté gritando;
soñé que te habías convertido en una araña roja...
-
gonzalo. —(Preocupado.)
¡Cuándo tuviste los primeros síntomas? ¿Dolor? ¿inflamación? ¿Has
tomado antitérmicos? ¿Quieres que te explore?
-
marta. —No
te preocupes, ya estoy bien. He tomado antibióticos y hoy ya no
tengo fiebre. Por cierto, Gonzalo, cuando anestesiáis a un enfermo
para operarle, ¿oye?
-
gonzalo.
—¿Cómo que si oye? Bueno, si es una anestesia de tipo
quirúrgico, evidentemente no.
-
marta. —¿Y
si es superficial? ¿Si es superficial, escucha lo que pasa a su
alrededor?
-
gonzalo. —Pues...
sí, pero, ¿por qué me preguntas eso?
-
marta. —No,
era una imagen. Cuando deliraba con la fiebre me sentía como
anestesiada. (Pausita.) Pero lo oía todo.
-
gonzalo. —Te
noto cansada. No deberías estar sola.
-
marta. —¿A
qué hora ha llegado tu tren? Te esperaba antes. Te has retrasado
diez minutos. Llegaste a Chamartin a las seis y media ¿no?
-
gonzalo. —¿Por
qué lo sabes?
-
marta. —Te
esperaba.
-
gonzalo. —Sabías
que iba a venir por la perra, claro. Estas reconociendo que te la
llevaste.
-
marta. —La
recuperé. Abrí la puerta y vino corriendo hacia mí. "Ah, no", le
dije yo, y le expliqué claramente su situación. Entonces ella
decidió libremente que prefería vivir conmigo. Te aseguro que no la
coaccioné.
-
gonzalo. —Me
desconciertas, Marta. No sé si es que estás desarrollando un nuevo
sentido del humor o es que te estás quedando conmigo.
-
marta. —(Con
sorna.)
No,
no tengo ningún interés en quedarme contigo. Tengo prisa.
-
gonzalo. —Escúchame.
Vamos a hablar como personas civilizadas. Nos estamos jodiendo la
vida demasiado el uno al otro. Esto no tiene sentido.
-
marta. —(Mostrándole un poster.)
¿Qué
te parece si pongo este cartel en esa pared? Está todo tan feo...
-
gonzalo. —¡He
venido a hablar contigo!
-
marta. —¿Me
vas a dar el piano? El piano era de mi padre, me lo regalo a mí.
-
gonzalo. —¡Cállate!
Quiero... estoy jodido, Marta. ¿No te das cuenta?
-
marta. —(Le
mira fijamente.)
Ya lo
sé. No soportas sentirte abandonado. Te pone enfermo. Pues deberías
tranquilizarte, porque es mentira; tú me dejaste primero y después
yo... me fui.
-
gonzalo. —Yo
nunca te he dejado. Eso no es verdad.
-
marta. —No,
claro, sólo trabajabas tanto... Pues estás mejor ahora. Al menos no
me hablas de sístoles y diástoles.
-
gonzalo. —No
te entiendo.
-
marta. —No
pretendo que me entiendas a estas alturas. Soy un poco... paranoica,
pero no gilipollas.
-
gonzalo. —Yo
siempre te he tenido en mente.
-
marta. —Me
has tenido en casa. Tengo un vecino que dice que lo mejor de estar
casado es no tener que preocuparse de pasear a la novia.
-
gonzalo. —¿Por
qué no me lo dijiste?
-
marta. —No
ha sido grave. Ya sabes que mis fiebres son psicosomáticas.
-
gonzalo. —¿Por
qué no me dijiste que me estabas poniendo los cuernos?
-
marta. —¡Qué
expresión más desacertada! ¿Tú sabes de dónde viene? Nunca he
conseguido averiguar el significado.
-
gonzalo. —Si
al menos te hubieras enrollado con ese gilipollas discretamente...
pero no, tenías que subirle a casa. Que te viera el portero.
-
marta. —-Jamás
lo hicimos en nuestra cama.
-
gonzalo. —¡Eso
es lo de menos! Ya te he dicho que lo que no soporto es... ¡Me
siento traicionado!
-
marta. —Gonzalito,
déjalo ¿quieres? Se me hace muy aburrido... No nos entendemos. La
gente no se puede comunicar con todo el mundo, es normal. Es una
cuestión de ondas... La tuya y la mía chocan y ¡plaf! caos, caos,
caos...
-
gonzalo. —¿Sigues
con él?
-
marta. —No.
Estoy intentando encontrar la paz.
-
gonzalo. —Ya
sabía yo que era un hijo de puta. Me alegro de que, al menos, te
hayas dado cuenta.
-
marta. —Estaba
hablando del caos.
-
gonzalo. —O
sea, que sigues viéndole.
-
marta. —Qué
más da.
-
gonzalo. —Sabes
que no me da igual.
-
marta. —No
estoy con nadie. Ya te he dicho que necesito estar sola.
-
gonzalo. —¿Hasta
cuándo?
-
marta. —Hasta
que olvide y vuelva a creer en cosas imposibles.
-
gonzalo. —Necesito
que vuelvas a casa. Esto es absurdo.
-
marta. —Es
totalmente absurdo. Me ha costado mucho tomar esta decisión pero ya
esta, ya la he tornado.
-
gonzalo. —Tienes
que volver. No me acostumbro a estar solo.
-
marta. —Es
una cuestión de aprendizaje.
-
gonzalo. —Marta,
yo te quiero. Te juro que te quiero.
-
marta. —Ya
lo sé. Me enseñaste algo que no conocía...
-
gonzalo. —Vuelve
a casa. Podemos arreglar las cosas...
-
marta. —Me
enseñaste lo insólito del amor: la destrucción.
-
gonzalo. —Quiero
seguir viviendo contigo. Creo que no está todo perdido...
-
marta. —Puede
ser que la destrucción sea parte del amor...
-
gonzalo. —Mira,
Marta, he estado pensando mucho en nosotros, sé que soy un tío
jodido pero... voy a hacer un esfuerzo por salvar nuestra relación.
-
marta. —Sí,
eres muy jodido y bastante sordo.
-
gonzalo. —Tienes
que comprenderme. Sabes que tengo muchas responsabilidades. Estoy
luchando para que me den la plaza de Jefe de Servicio. Tengo treinta
camas a mi cargo. Me paso diez horas diarias en el quirófano...
-
marta. —¡No!
Lo de siempre no, por favor. Sueño con personas deformes, con
extracorpóreas, transfusiones, ecocardiogramas.... tic-tac, tic-tac,
tic-tac, corazones que nunca se paran.
-
gonzalo. —Lo
hago por nosotros, por nuestros hijos. Quiero ganar dinero para que
vivamos bien...
-
marta. —Eso
es interesante. ¡Suerte! Nos equivocamos; yo necesito otras cosas y
tú otra mujer.
-
gonzalo. —No
me hagas perder la paciencia. He decidido que te perdono... que te
comprendo. Sé que estás un poco... desequilibrada y sé también que
yo, en parte, soy responsable. Vamos a ayudarnos. Si no me echas una
mano no voy a conseguir sacar la plaza.
-
marta. —¡Me
importa un carajo! ¡Dios, toda la vida con el mismo rollo!
-
gonzalo. —¡No
me quieres escuchar!
-
marta. —No.
-
gonzalo. —No
tienes interés en hablar conmigo, ¿no?
-
marta. —Sí.
-
gonzalo. —¿Sí?
-
marta. —Sí
que no, que no tengo interés.
-
gonzalo. —¿Vas
a volver a casa?
-
marta. —No.
-
gonzalo. —Te
advierto que no te lo voy a pedir más.
-
marta. —Te
lo agradezco. Tengo prisa.
-
gonzalo. —Es
tu última oportunidad.
-
marta. —No
la quiero.
-
gonzalo. —Es
increíble el resentimiento que tienes. Estás enferma.
-
marta. —Sí,
me provocas palpitaciones.
-
gonzalo. —¡No
te consiento que me hables así!
-
marta. —Me
tengo que ir.
-
gonzalo. —¿A
dónde?
-
marta. —Vete,
Gonzalo. Lárgate de mi casa. No te he invitado a venir.
-
gonzalo. —Estábién,
tú lo has querido. He venido aquí por algo...
-
marta. —Por
algo que no está. (Mira su reloj.) ¡Dios mío, las ocho menos
once minutos! (Se dirige hacia la puerta.
gonzalo se pone
delante para no dejarla salir.)
-
gonzalo. —Tú
no sales de aquí hasta que no me digas dónde está la perra.
-
marta. —Quítate
de ahí. Tengo algo muy urgente que hacer.
-
gonzalo. —Devuélveme
lo que me has robado.
-
marta. —¡Es
mía! Yo la he criado, la he cuidado cuando estuvo enferma...
-
gonzalo. —Eso
es una chorrada. Yo la sacaba a mear...
-
marta. —¡Mentira!
Yo le daba de comer, le hacía todo...
-
gonzalo. —¿Quién
la pagó?
-
marta. —Tú
no compras nada, imbécil. Nada que esté vivo. ¡Y quítate de ahí...!
-
gonzalo. —¿Dónde
está la perra?
-
marta. —(Después
de una pausa.)
¿Quieres saber dónde está? ¿Quieres que te lo diga? En la Perrera
Municipal.
-
gonzalo. —¿Que
la has metido en la Perrera?
-
marta. —De
tu casa a la Perrera directamente. ¿Qué te crees? ¡Que iba a estar
aquí esperándote?
-
gonzalo. —¡Eres
una hija de puta...!
-
marta. —Y
no te molestes en ir a buscarla porque no te la van a dar. Tengo un
papel en el que consta que yo soy su dueña y sólo entregando ese
resguardo te la dan.
-
gonzalo. —¡Dame
ese papel ahora mismo!
-
marta. —¡Me
has quitado todo pero a la perra no la vuelves a ver!