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| José Luis Gómez-Martínez |
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DISCURSO LITERARIO Y
PENSAMIENTO DE LA LIBERACIÓN: La cruz invertida en la contextualización de una época Gustavo Gutiérrez inicia su libro Teología de la liberación (1971) con un extenso y significativo epígrafe que pertenece a la novela Todas las sangres de José María Arguedas. Con ello establece explícitamente un complejo proceso de contextualización. En un primer plano, el más inmediato, se refiere a un discurso que regresa de nuevo al hombre de "carne y hueso" para anclar en él, el primer eslabón de su proyección teológica. En un sentido más profundo supone la respuesta posmoderna al discurso teológico tradicional. Al problematizar Gustavo Gutiérrez la pretendida universalidad del discurso teológico, que en su proceso de abstracción perdía el referente humano que en un principio lo justificó, descubre su ineludible contextualización en un discurso axiológico concreto, que en el quehacer histórico siempre refiere a un espacio y un tiempo preciso. La expresión posmoderna de su "teología de la liberación" supone precisamente eso: desprenderse de las máscaras de universalidad que impedían el diálogo, recuperar y colocar en el centro de su discurso el referente humano y, por tanto, contextualizar dicho discurso en el espacio iberoamericano actual, a la vez que opta por el caso extremo del hombre más necesitado de liberación, con la tesis explícita de que en él se encuentra el símbolo, referente humano, de toda liberación. Con todo, su teología de la liberación, a pesar de partir de un compromiso, una opción por los pobres, se desarrolla en un discurso teórico fiel a su objetivo liberador, pero que ignora las variantes que la complejidad política, cultural o socio-económica generan en el contexto vital del quehacer humano. Del mismo modo que el discurso teórico de Gustavo Gutiérrez encuentra un marco de referencia en la novela de Arguedas, su pensamiento, que articula preocupaciones de una época, sirve a su vez de contexto en el desarrollo de la expresión artística iberoamericana, cerrando así un círculo, siempre renovado, en el que participa de modo especial el discurso literario. El reconocimiento explícito de la intercontextualización es precisamente una de las notas distintivas del discurso posmoderno y, como tal, parte fundamental de los Documentos finales de Medellín (1968) (1); Esta obra, en efecto, puede considerarse, junto a la novela de García Márquez, Cien años de soledad (1967), o el libro de Leopoldo Zea, La filosofía americana como filosofía sin más (1969), como el primer "manifiesto" posmoderno iberoamericano de repercusión continental. En Medellín, la referencia a la obra literaria y la invitación al diálogo es explícita. Se dedica a los "artistas y hombres de letras" un apartado, en el que se reconoce su función en la formulación del discurso axiológico de un pueblo, la necesidad de establecer con ellos lazos de diálogo y, finalmente, la apertura de colaboración que se espera:
En el marco continental, el "pensamiento de la liberación", tanto en su discurso filosófico, como en el teológico, en el pedagógico o en el socioeconómico (2), supone: A) un replanteo de la problemática iberoamericana, B) una toma de conciencia que confluye en la percepción de vivir en un estado de opresión deshumanizante, C) una respuesta al pensamiento occidental, en diálogo y confrontación a la vez, pero siempre enraizado en sus propios postulados fundamentales. Este mismo contexto es el que anima, naturalmente, la producción literaria que emerge de la década de los sesenta y en el cual su discurso generacional adquiere trascendencia. En respuesta al llamado de Medellín y en diálogo con los postulados fundamentales del discurso de la liberación, se publica en 1970 una novela inmersa en el contexto de una respuesta posmoderna iberoamericana al discurso eurocentrista, sobre todo en su dimensión teológica; pero se trata, además, de una novela que a su vez contextualiza de modo irreversible el discurso teórico de la teología de la liberación, según ésta se realiza en las décadas de los años setenta y ochenta. Me refiero, por supuesto, a La cruz invertida, premio Planeta 1970, del argentino Marcos Aguinis. En este caso el discurso literario y el discurso teológico son coetáneos. Ambos responden al llamado de Medellín, ambos participan de la preocupación posmoderna de liberación y ambos arrancan de la problematización del discurso axiológico de los sesenta. Y sin embargo, no se formulan en proyección paralela; el discurso teórico de Gutiérrez proyecta un anhelo utópico, el mundo "ficticio" de Aguinis se adentra en el fango de la realidad; en Teología de la liberación se desarrollan las implicaciones de lo expuesto en Medellín a la par que se traza la pauta de lo que debiera ser, en La cruz invertida se arroja el ideal de un proyecto al ruedo donde ha de lidiar su batalla. Ambas obras, como señalamos, poseen como marco los Documentos finales de Medellín, pero la novela, que se desarrolla siempre en contacto íntimo con el referente humano, penetra más profundo y en expresión profética contextualiza el ulterior desarrollo de la teología de la liberación. El propósito de este estudio es precisamente mostrar los diferentes niveles de diálogo e intercontextualidad que se establecen entre estas tres obras, según persiguen un deseo común de recuperación de un cristianismo integral y según problematizan las repercusiones del compromiso social que ello implica; es decir, nos proponemos mostrar unos procesos de codificación en la creación de la narrativa de una época y a través del discurso de la liberación, según éste se manifiesta en la intercontextualización de los postulados de Medellín, en el desarrollo teológico expuesto en Teología de la liberación, de Gustavo Gutiérrez, y en el discurso axiológico del estar iberoamericano a través del mundo "ficticio" creado en La cruz invertida de Aguinis. Los Documento finales de Medellín son fuente común del discurso teológico y del literario, si bien éstos surgen independientes entre sí; y los tres, repetimos, se encuentran insoslayablemente contextualizados en el discurso de una época: son textos pivotales para comprender el proceso de codificación de una nueva narrativa, la narrativa de la liberación. En este estudio nos limitamos a la mutua contextualización de estos tres textos, y dejamos para otra ocasión su contextualización en el discurso social económico, político, cultural iberoamericano de las décadas de los años sesenta y setenta. Sin que sea posible, ni necesario según los objetivos que nos hemos propuesto, proceder aquí con un análisis detallado de la estructura innovadora de La cruz invertida (el contenido de su forma retórica) (3), sí parece conveniente detenernos brevemente a considerar cómo Aguinis establece el marco de su construcción "ficticia": En un primer nivel, que metafóricamente podríamos llamar dimensión física, la obra se encierra en dos concisos capítulos a forma de "abertura" y de "coda". Se trata de dos cuadros surrealistas, en proyección circular, significativamente titulados "Génesis" y "Apocalipsis" y cuya divisa es "la cruz invertida". Comienza la obra con la imagen de una bota trabada en el brazo de una cruz que se hunde en un pantano (el fango de la sociedad): "La cruz intentando salvar a la bota y la bota arrastrando a la cruz" (6). Parafraseando los sueños del Faraón, se trae a José que se denomina también Carlos Samuel Torres, el protagonista de la novela para que descifre su significado:
El marco se cierra y a la vez se abre en el último capítulo, "Apocalipsis". Se cierra con la apoteosis del anticristo, el Coronel Pérez, que se proyecta en un palco "construido con maderas de ébano en la cual miles de artistas grabaron la historia de la Iglesia" (224); pero muestra a su vez el rayo de luz de una nueva redención al terminar señalando que Cristo "yacía atado con sogas a la enorme cruz de oro que presidía la manifestación triunfal, y lloraba inconsolablemente" (227). En un plano más profundo la estructura de La cruz invertida busca suprimir el discurso dominante. Entiéndase bien, sin embargo, que "suprimir el discurso dominante" no significa en Aguinis reprimir el discurso del autor implícito. Muy al contrario, y con ello supera la infecundidad del discurso posmoderno centroeuropeo. En ningún momento se cuestiona la posibilidad de significar en un discurso antrópico cuyo referente sea el ser humano en su hacerse. Se cuestiona, eso sí, el discurso depositario que depende de un referente acabado externo. Es decir, el mensaje que Aguinis codifica en el signo escrito no se da como algo hecho, como pretende, por ejemplo el texto teórico de Gustavo Gutiérrez, sino que lo es sólo en la medida que lo es en el lector; o sea, se problematizan unos supuestos axiológicos, no con el propósito de significar en el sentido externo de definir (concepto depositario), sino con el objetivo de incitar a que el lector, en él y para él, signifique. Aguinis, pues, sólo pone en entredicho el concepto de "dominante". El discurso del autor implícito es omnipresente en La cruz invertida, pero es un discurso dialógico, cuya realidad se construye a través de la realidad de la "otredad". A esta necesidad responde la estructura de la obra, que se encuentra dividida en 78 apartados numerados consecutivamente, pero de los cuales sólo 34 poseen título (los títulos proporcionan una clave codificadora que inserta el texto de sus respectivos apartados en un contexto bíblico). En dichos apartados se fragmenta la realidad y se destruye la ilusión encubridora de poder representar una totalidad, de que la transcripción escrita pueda ser mimesis de la realidad histórica. El tiempo a que se refieren dichos apartados no corresponde tampoco al discurso depositario (discurso de la modernidad) de un tiempo cronológico externo ni al discurso dominador de un tiempo sicológico. Es un tiempo interno, parte de un discurso dialógico (busca la comunicación antrópica) que reconoce la distancia y distanciamiento ineludible que conlleva la palabra escrita, pero que cree en la posibilidad del diálogo cuando el significante nos refiere sólo a la realidad interna, cambiante, del referente humano. Bástenos las consideraciones hasta aquí anotadas para contextualizar en el plano estético las reflexiones que siguen (4). Notas
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