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| Ignacio López-Calvo |
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"La
negociación de las diferencias sociales en Marcos Aguinis:
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Ignacio
López-Calvo La
obra del argentino Marcos Aguinis se adentra en las profundidades del
problema de la opresión, la identidad y las fronteras culturales del
pueblo judío. Así ocurre tanto en las novelas Refugiados
(1969), La gesta del marrano (1991) o La
matriz del infierno (1997), como en los cuentos “El profeta de Nínive” y “Capítulo excluido”[1]
o
en ensayos incluidos en su colección El
valor de escribir (1985). Si bien su obra abarca muchos otros temas,
este aspecto en concreto se puede enmarcar en el surgimiento de una
literatura judeo-argentina que, como advierte Lindstrom, surge a raíz de
los esfuerzos de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas:
“With the emergence in the 1930s of fascism and renewed anti-Semitism, a
number of Jewish leaders and intellectuals began to show a greater
readiness to admit publicly that the Argentine Jewish commnunity needed
special care and advocacy beyond the general protection offered by the
pluralism of the national melting pot” (22-3). Efectivamente, Aguinis es
uno de estos autores que reconocen abiertamente su origen y se concentran
en asuntos relevantes para el pueblo judío.[2] En
los textos mencionados cada momento
histórico, por remoto que sea, nos hace cuestionar nuestro presente, que
sigue lejos de haber borrado el odio al Otro, a la diferencia. No sólo
se ponen en tela de juicio las fronteras físicas o territoriales de
Israel, las históricas expulsiones y persecuciones o el cierre de
fronteras a refugiados, sino que cobran aun más importancia las fronteras
culturales y mentales del pueblo judío. Con frecuencia la identidad de
los personajes se mantiene oculta o alienada y, paradójicamente, sólo la
persecución, el sufrimiento o la muerte hacen que salgan a flote las raíces
y los lazos entre los diferentes individuos y comunidades judías. A pesar
de la variedad de temas y coordernadas espacio-temporales de las novelas,
cuentos y ensayos, existe tal coherencia que el lector tiene la sensación
de estar leyendo siempre una misma novela, que se extiende por diferentes
períodos de la historia: desde la época la Inquisición en la Península
Ibérica y Latinoamérica, pasando por el Holocausto hasta llegar a la
creación del estado de Israel y los enfrentamientos bélicos árabe-israelíes.
El
antisemitismo es, sin duda, uno de los prejuicios más antiguos y
duraderos que ha padecido la humanidad. A
lo largo de esta dramática peripecia los judíos han creado una especie
de frontera nacional portátil, que se sustancia en su libro sagrado.
Hasta la relativamente reciente creación del estado de Israel, la
comunidad judía—junto con la gitana o romaní—se ha distinguido de
muchas otras no por las fronteras territoriales nacionales, sino por su
continua diáspora, que ha terminado por caracterizarlos como pueblo.[3]
Ni siquiera hoy en día el contar con un territorio propio como el de
Israel ha cambiado esta concepción. Así, en
su primera novela, Refugiados (1969),
que fue reeditada en 1976 bajo el título de Refugiados:
crónica de un palestino, podemos
ver la separación y la creación de fronteras internas que se da
en el seno del pueblo judío. En opinión del refugiado palestino—que en
pasajes como el siguiente tiene la función de portavoz del autor—se
debe extender una línea divisoria entre los
judíos de dentro y fuera de Israel: Creo
justo diferenciar a los judíos de Israel de los que no viven en Israel.
Los primeros libraron una guerra contra nosotros y nos expulsaron de
Palestina. Es cierto que los judíos de todo el mundo apoyaron esa acción
y se regocijaron con su triunfo sobre los ejércitos árabes. Pero la
usurpación la efecturaron los judíos de Israel y son ellos los que deberían
restañar nuestras heridas. (29) En
respuesta a lo que el protagonista de Refugiados
denomina la “usurpación territorial sionista” (38), otro personaje,
el doctor Freytag, le intenta convencer infructuosamente de que sus
problemas son principalmente una condición mental. Para ello, se pone a sí
mismo como ejemplo: “—Usted es un refugiado, como lo he sido yo
y...” (67). Ante la sorpresa del protagonista por el uso del pretérito
perfecto, Freytag le augura que con el paso del tiempo, él también dejará
de sentirse refugiado, y no precisamente por haber vuelto a su hogar. En
su opinión, uno puede llegar a sentirse en su patria y encontrar su
identidad en la diáspora, por medio de la solidaridad con los que también
sufren. Se puede alcanzar la felicidad —según él— por medio de la
compasión por el prójimo y su consuelo. De otro modo, el sentimiento de
desarraigo aumenta y el refugiado puede convertirse en un hipocondríaco,
que padece males imaginarios para los que no existe cura. Ni siquiera
anhela la vuelta al hogar, ya que llevaría consigo la expulsión de las
nuevas familias establecidas allí, con lo que continuaría la espiral a
perpetuidad. El doctor Freytag cuestiona asimismo el uso del término
“refugiado de Palestina” por parte del protagonista cuando, en
realidad, la mayoría de ellos sigue viviendo en Palestina, si bien en
otro área. En su opinión, los países árabes han usado a los refugiados
internos palestinos como instrumento político contra un país que supo
asimilar a sus propios refugiados: “Israel demostró al mundo que los
refugiados, lejos de constituir una carga, son un factor de progreso. De
ese modo, cerca de medio millón de desplazados han sido absorbidos e
Israel perdió un valioso instrumento político que podría utilizar ahora
para neutralizar la propaganda deshonesta de los gobiernos árabes”
(148). Otro personaje, Ignacio, pone en duda la misma esencia del
nacionalismo árabe: “Aceptar que el único factor aglutinante efectivo
de los países árabes constituye su odio común contra Israel, es poner
en tela de juicio la posibilidad concreta de esa unidad” (128). Según
él, el liderazgo en la comunidad árabe se consigue cuando se es más
agresivo con Israel que los demás. Propone la anexión por parte de
Jordania de seis mil kilómetros de territorio palestino, como prueba de
que existían intereses bien diferentes del de la hermandad árabe. Para
él, la guerra no la deseaban los árabes sino sus reyes y por eso la
perdieron. Curiosamente,
en la problematización del nacionalismo tanto de los judíos como de los
árabes, Aguinis padece coincidir con Edward Said (uno de los portavoces
de la autodeterminación de Palestina y miembro del Consejo Nacional
Palestino) cuando éste denuncia: “in Post-colonial national states, the
liabilities of such essences as the Celtic spirit, négritude,
or Islam are clear: they have much to do not only with the native
manipulators, who also use them to cover up contemporary faults,
corruptions, tyrannies, but also with the embattled imperial contexts out
of which they came and in which they were felt to be necessary" (16). Volviendo
a Refugiados, el doctor Freytag
indica que, después del armisticio, en lugar de aceptar la derrota, “el
deseo de borrar con sangre la mancha de sangre, mantiene vivo el odio árabe
contra Israel, que ya desbordó el interés económico y las posibilidades
políticas para entrar en el campo de las fijaciones obsesivas, psicopáticas”
(129). Estos comentarios coinciden con la idea que tiene Neil Lazarus del
reduccionismo de la retórica anticolonialista africana: It
implied that there was only one struggle to be waged, and it was a
negative one: a struggle against colonialism, not a struggle for
anything specific [...] Their heavy emphasis on fraternalism blinded
them to the fact that within the movement there were groups and
individuals working with quite different, and often incompatible,
aspirations for the future. (5) En
el corazón de la novela, la relación de amor/odio entre la israelí
Myriam y el palestino simboliza el conflicto árabe-israelí. Myriam nace
en un barco de refugiados judíos frente a las costas de Palestina y su
vida resume la epopeya de su pueblo, con sus luchas y su desesperación.
Su odisea emblematiza la protesta contra la
ambigua política imperialista de Inglaterra y el limitadísimo número de
licencias de inmigración a Palestina que concedió a los judíos. Sin
embargo, Myriam es uno de los personajes más optimistas de la novela: su
gran sueño es ver un estado palestino de mayoría árabe junto a otro
israelí de mayoría judía. El protagonista, en contraste, es el
abanderado del deseo palestino de dar marcha atrás a la Historia, de la
frustración de un pueblo tantas veces engañado y explotado. La
transformación del concepto de otredad en la mente del protagonista
palestino gracias a sus conversaciones con Myriam, se propone como metáfora
optimista de una futura reconciliación entre dos pueblos enfrentados. Varios
críticos han cuestionado el planteamiento utilizado en la novela.
Mientras que Marta Paley Francescato afirma que la obra está “escrita
desde el punto de vista del palestino, es un intento de ponerse de su
lado, mostrar su emoción, su lealtad y sufrimiento” (21), a juicio de
Judith Morganroth Schneider, la novela se apropia del discurso palestino y
es “an apologetics seeking to convince the Palestinian (and the reader)
of Zionism’s definition as a movement of national liberation, of
Israel’s right to exist, of the willingness of liberal Israelis to
establish the solution proposed by Myriam” (140). Sin embargo, en
defensa del argumento de Refugiados,
Morganroth aclara que se trata de la aplicación a las relaciones
socio-políticas de la siguiente teoría psicoanalítica: “processes
that define the self overlap with processes by which we project ourselves
into images of the Other” (140). En efecto, éste parece ser el
planteamiento de Aguinis. El desvelamiento de la identidad oculta descubre
que la motivación de una persona puede tener a veces un origen
cuestionable, como puede ser el sentimiento de culpabilidad a consecuencia
de la decepción por la actitud paterna. Ése es el caso del personaje árabe
Omar Dakajni, cuyo comportamiento colérico y fanático se debe a la vergüenza
que siente por el antinasserismo y antibeligerancia que propugnó su padre
al final de su vida. Naomi Lindstrom opina que esta novela de Aguinis[4]
proporciona una articulada serie de argumentos en defensa del
establecimiento del estado de Israel, al mismo tiempo que se compadece y
simpatiza con la causa palestina (35).[5] Aguinis
vuelve a examinar la polémica árabe-israelí en su ensayo
La cuestión judía vista desde el Tercer Mundo (1974) y en el capítulo “Miedo de árabes y miedo de judíos,”
incluido en su colección de ensayos El
valor de escribir. En este último trata de llegar a la etiología de
ese mutuo temor por medio de un breve estudio histórico de la opresión y
frustración histórica de ambas comunidades. Los árabes, oprimidos y
humillados por tártaros, españoles, franceses, turcos y británicos,
escogen a los judíos como chivo expiatorio de su frustración. La ira
acumulada en siglos de desastres se ve concentrada en Israel, el nuevo
enemigo que amenaza su tierra y su cultura. Sin embargo, este diminuto
adversario consigue derrotarlos. Seguidamente, Aguinis equipara las
accidentadas historias de los pueblos judío y árabe[6]:
los judíos fueron traicionados por la comunidad internacional durante el
Holocausto y después por la Organización de las Naciones Unidas, que les
había prometido la protección de Israel. Una vez más sobreviven tras la
Guerra de los Seis Días animados por el hecho de que perder la guerra
habría supuesto su desaparición (El
valor 110-5). Otro de los esfuerzos etiológicos aparece en Un
país de novela. Viaje hacia la mentalidad de los argentinos (1988),
ensayo en el que Aguinis asegura que el
odio a la diferencia y las ganas de hacer desaparecer al otro, son rasgos
generales de la humanidad, y no sólo de una cultura. Se trata, a su
juicio, de una forma de descargar el autodesprecio. Cuando no se logra, se
acepta la condición de inferioridad. Siguiendo
el camino trazado por Las genealogías
(1981), de la mexicana Margo Glantz, A
estranha nacão de Rafael Mendes (1983), del brasileño Moacyr Scliar,
y Mestizo (1988), del argentino
Ricardo Feierstein,[7]
en La gesta del marrano el
protagonista recupera la memoria y la identidad cultural perdidas gracias
a que su padre le revela su origen judío. Leonardo Senkman explica cómo
hasta hace poco las novelas de los escritores judíos latinoamericanos
celebraban América como la tierra del futuro, y se preocupaban por el
tiempo presente o el futuro, pero casi nunca por el pasado. En cambio, una
generación más tarde los escritores judíos abandonan aquellos sueños
utópicos y se enfocan en la trágica realidad social de sus países
(33-4). Sin duda, Marcos Aguinis forma parte de esta nueva corriente
literaria, si bien prefiere que no se le integre en la llamada “nueva
novela histórica,” pues considera que este subgénero tiende a violar
los datos históricos, con los que él suele ser muy cuidadoso.[8]
Juan Torres-Pou tampoco incluye La
gesta del marrano en la “nueva” novela histórica[9]
a causa de su monoglosia. Según explica, la nueva novela histórica y la
novela posmodernista cuestionan “el significado único de todo
discurso,” mientras que “toda novela que haga suyo un discurso ideológico
de tipo étnico-nacionalista y se defina de acuerdo con el mismo, por su
misma esencia, no puede ironizar, cuestionar o poner en tela de juicio el
discurso ideológico en que se sostiene” (40). En
La gesta del marrano Francisco —un protagonista de tintes
autobiográficos[10]—
siente el deber de corregir la traición de su padre “reconciliado”
y degradado por el sambenito, quien bajo los efectos de la tortura
inquisitorial,[11]
había denunciado a otros compañeros de fuga. Al menos, los
estériles esfuerzos del protagonista tienen un efecto catártico para su
orgullo tantas veces mancillado. La acción tiene lugar en el trágico
momento de la represión del Santo Oficio en las colonias. La toma de
conciencia de Francisco nace al presenciar la discusión entre Diego López
de Lisboa y José Ignacio Sevilla, en la que confiesan sus temores y
muestran sus heridas sin cicatrizar: “Integraban una fláccida red de
individuos en permanente fuga. Estaban formados por sangre abyecta y debían
esmerarse para conseguir el aprecio de los hombres. No bastaba parecer
cristianos: debían borrar las impurezas de su origen” (188). Francisco
se da cuenta, entonces, de la posibilidad de que la religión de su pueblo
no sea la única causa de las persecuciones, sino que puede que también
lo sea su historia: “Los judíos somos el pueblo de las Escrituras, del
Libro. La historia es libro, letra escrita. ¡Qué paradoja!, ¿no? Ningún
otro pueblo ha cultivado tanto la historia y, al mismo tiempo, es tan
obstinadamente castigado por ella” (330). El protagonista basa la
identidad judía y el hogar nacional en el texto sagrado. Las lecturas y
análisis del Libro los ha acompañado hasta en los peores momentos sin
abandonarlos nunca, y su presencia los ha salvado sistemáticamente de su
desaparición como cultura. Aunque las interpretaciones puedan haber sido
distintas, la mera presencia del texto ha servido como elemento
aglutinador que da coherencia a su tradición. A sabiendas de esta
realidad, el método de subyugación del otro que utiliza el opresor de la
novela es el de anular su historia, que emblematiza el Libro. Los
cristianos pretenden borrar la historia judía, como quieren eliminar
igualmente la cultura indígena, sus nombres, sus dioses y su lengua. Uno
de los personajes, José Ignacio Sevilla, insiste en que no se puede
borrar la memoria a voluntad, y que si se olvidara completamente, se
correría el peligro de dejar de ser uno mismo. En cambio, Diego López de
Lisboa le advierte que la historia es un lastre inútil que puede
significar la sentencia de muerte para el judío. En realidad, La
gesta del marrano es, además de un libro de viajes en el sentido
geográfico (pues los protagonistas deben huir de Ibatín a Córdoba, Lima
y Santiago de Chile), la historia de un viaje desde el olvido a a la
memoria. La vida del protagonista representa un canto a la libertad no sólo
del pueblo judío, sino también del ser humano —en especial de los
grupos marginados— frente al oscurantismo religioso y el totalitarismo.
En el transcurso de ese viaje Francisco va perdiendo poco a poco su
inocencia, y su personalidad queda modelada por la imagen que la sociedad
tiene de él y de su grupo religioso. Aunque las instituciones católicas
le hacen sentirse un indeseable, va tomando conciencia de la injusticia
que sufre su pueblo, al mismo tiempo que ante sus ojos se abre la odisea
de su familia y el pasado sefardí. Los relatos que escucha son su
historia y aprende a amarla contrastando dos perspectivas: la de José
Ignacio de Sevilla, que la ama con todas sus consecuencias, y la de Diego
López de Lisboa, quien se ha visto obligado a aborrecerla, negándose,
por tanto, a sí mismo. Con todo, decide seguir adelante, aunque el
sentido común le advierte que la memoria es una amenaza para su propia
vida. Ya en las primeras páginas de la novela se nos avisaba del peligro:
“Su mayor placer —más que el descanso, más que la sabrosa conversación—
era mantener fresca su memoria y ejercitar la de sus hijos. El cuidado de
la memoria no era una predilección inocente ni desprovista de riesgos”
(19-20). El
padre de Francisco, Diego Núñez da Silva, le asegura que el judaísmo es
algo mucho más profundo que la religión; algo que posiblemente tenga que
ver con la historia o el destino común. Dejar de ser judío es dejar de
ser uno mismo, por eso—sostiene su padre—los judíos se han visto
obligados a fingir, ser falsos y mantener las apariencias. En esta breve
conversación se encuentra quizá el germen de la novela. Aquí nace la
rebelión del protagonista y su obstinado deseo de quitarse la máscara.
Francisco se da cuenta de que el obligar a alguien a olvidar su pasado no
es más que una astuta y eficaz táctica de dominación. Los
personajes de La gesta del marrano
caracterizan al pueblo judío por su capacidad para retener información
histórica y repetirla en un determinado momento. Sin embargo, más que la
memoria, lo que hace de Francisco un personaje singular no es su función
retentiva, sino su capacidad creadora e imaginativa. Harto de almacenar
información y esconderla, decide utilizarla en defensa de la libertad de
su comunidad, sacrificando su bienestar y el de su familia. Su imaginación
creadora (que nace, precisamente, de su memoria de los hechos de Cristo)
le hace volar al futuro y le permite crear un proyecto de liberación.
Pronto deja de estar volcado al pasado y, tras la etapa de aprendizaje en
el convento, opta por una fe activa, ansiosa de justicia. Se vale de su
aprendizaje mecánico y memorístico como base para aprehender el sentido
de la estructura abstacta de su sociedad. En contraste, otros personajes
como Diego López de Lisboa, se rinden y en lugar de luchar por su
libertad religiosa, optan por el olvido en beneficio de su propia
supervivencia. López trata por todos los medios de sepultar en su
subconsciente tanto las enseñanzas de sus antepasados, como el
sufrimiento y las injusticias padecidas por su pueblo. Sin embargo, y
siguiendo las teorías de Freud,[12]
la desaparación total de los recuerdos no es posible. Los olvidos
motivados por la represión devienen la base de la conducta neurótica de
personajes como el Burguense, quien, en su afán de esconder su origen
hebraico, se convierte en extremista del cristianismo. Este personaje histórico,
que muestra las misteriosas ramificaciones del poder opresivo, escoge
precisamente el camino contrario que el protagonista. Escribe Scrutinio
Scripturarum, un manual dedicado a debatir los argumentos judíos, en
el que pone sus conocimientos de la religión judía al servicio del
cristianismo. La voz narrativa menciona a otros judíos que se hicieron
dominicos, la orden más cercana a la Inquisición, e incluso llegaron a
ser obispos. El temor omnipresente que inunda a la comunidad judía hace
que de la solidaridad se pase al odio correligionario e incluso al odio a
sí mismo.[13]
El mismo Francisco se autoflagela en su juventud y se desprecia por ser
judío. Pero con los años, su conciencia moral y el sentido de la
responsabilidad para con su comunidad se afianzan, al mismo tiempo que va
desenmascarando la manipulación a que se han visto sometidos. Su pueblo
ha sido coaccionado y no puede ser libre por miedo al castigo. Sólo una
vez que Francisco consigue superar su temor a las represalias, puede
luchar contra dos grandes enemigos: la falta de libertad religiosa de su
pueblo y su propio miedo. Poco a poco va conquistando su libertad interna,
lo que hace válida su lucha a pesar de que nunca llegue a conseguir la
libertad externa. En realidad, su búsqueda de armonía y autorrealización
no se ve completa hasta el momento de su muerte en la hoguera. Junto a la
tristeza por el injusto final reservado al protagonista, el lector tiene
la sensación de que su imparable motivación para llevar a cabo sus
ideales alcanza su recompensa, en cierto modo, con el ritual injusto de su
muerte. Francisco desea ser un mártir de la religión judía y por tanto,
la muerte en la hoguera para él es una experiencia alguedónica, de dolor
y placer a un mismo tiempo. Su educación en el convento le ha permitido
conocer los “beneficios” de la autoflagelación, el cilicio y otras
formas de autocastigo, como una vía de purificación. El dolor físico y
psíquico serán el correctivo que lo encamine hacia la salvación de su
alma. A la vez, su larga carrera hacia el martirio le va proporcionando
algunos incentivos o estímulos, como las audiencias de carácter
extraodinario que le conceden los eruditos de la Iglesia católica, y que
representan por sí mismas una señal de preocupación y desconcierto por
parte de su enemigo. Cada insulto o desplante a la jerarquía eclesiástica
va lavando la mancha heredada de las denuncias realizadas por su padre. La
última de sus novelas, La matriz
del infierno, gira en torno al Holocausto, un acontecimiento aun mucho
más traumático para el pueblo judío que las sucesivas expulsiones o el
nacimiento de Israel. Aquí, la imagen idílica de Argentina como el lugar
ideal para el asentamiento de los judíos europeos que se observaba en
obras anteriores como Los gauchos
judíos (1910), de Alberto Gerchunoff, queda fulminada ante el
antisemistismo salvaje que contamina a la sociedad. Uno de los
protagonistas es Rolf Keiper, un adolescente argentino cuya maleable
personalidad ha sido deformada por su instructor Hans Sehnberg y el capitán
Botzen. Estos dos personajes, obsesionados por justificar la supremacía
germana y el antisemitismo, consiguen convertirlo en un psicópata. Su fe
ciega en la autoridad y su disciplina devota, lo llevan a formar parte de
la guardia personal de Hitler y a despreciar profundamente la vida humana.[14]
Pero además de la siniestra influencia de Sehnberg y Botzen, la
degeneración psicológica de Rolf Keiper tiene sus bases en la dolorosa
evocación de imágenes de la infancia. Tras el recuerdo de la humillación
de su padre, Ferdinand, por parte el capitán Julius Botzen, comenta:
"El hombrón terrible y cruel que pegaba a su madre y a sus hijos se
convertía en un sucio bebé" (14). Más tarde, cuando Botzen despidió
a Ferdinand, Rolf tuvo que ver cómo su padre trató de violar a punta de
cuchillo a su propia esposa. Parece también consternado porque presenció
la violación de su madre por parte de cuatro soldados. Cómo los
personajes de La gesta del marrano antes
mencionados, Rolf reprime sus sentimientos. No consigue hacer frente a
estos estigmas infantiles y en consecuencia, continúa el ciclo de abusos
al violar y dejar embarazada a Edith Eisenbach, una joven de padre judío.
Las contradicciones del romance entre el protagonista palestino de Refugiados
y Myriam, se tornan aun más enrevesadas en la atracción mezclada con
odio que Rolf siente por Edith en La
matriz del infierno. Pero Rolf no es el único que amenaza la vida de
esta joven. La madre de su novio Alberto, manipulada por el antisemitismo
de su confesor, intenta asesinarla haciéndole montar un caballo
peligroso. El
origen del comportamiento patológico de Rolf se halla en el contexto
socio-histórico en que se desarrolla su personalidad. Presenciamos su
falla trágica en el momento en que el capitán Botzen le pregunta si le
interesaría inocorporarse a un grupo de hombres leales al Káiser,
decididos a luchar por el retorno de la monarquía. A partir de entonces
su personalidad va corrompiéndose progresivamente: mata a un hombre
porque no le saluda a la romana, golpea furiosamente a un enfermo mental,
viola y se convierte finalmente en un psicópata manipulable.[15]
Cuando sus dos superiores, Sehnberg y Botzen, lo decepcionan, se siente
traicionado y los asesina. En definitiva, las estructuras sociales
corruptas lo han atrapado y pervertido hasta anular su personalidad. No
obstante, en medio de esta deprimente atmósfera el antisemitismo nazi
contribuye de forma indirecta a que se limen las diferencias que
enfrentaban a los judíos alemanes con los ostjuden
rusos y polacos. En otros casos propicia la recuperación por parte de
algunos personajes de la identidad cultural perdida. El padre de Edith
Eisenbach, Alexander, había permanecido voluntariamente alienado a su
identidad judía, y estaba convencido de la imposibilidad de que los nazis
llegaran al poder. En esta línea, comenta: "Los nazis son bandas de
delincuentes que la misma población sofocará. El pueblo se cansará de
ellos; son brutos, ignorantes y extraños a nuestra cultura" (134). Sólo
cuando es agredido a causa de su origen decide identificarse con su pueblo
y convertirse en activista, a pesar de la oposición de su esposa Cósima.
La ceguera de Alexander lleva al lector a considerar la posibilidad de que
la tragedia vuelva a repetirse. Por
otro lado, la novela extiende la responsabilidad del genocidio nazi a países
como Estados Unidos, Francia y Polonia, que ofrecieron un respaldo
indirecto a Hitler al no frenarlo a tiempo y al cerrar sus fronteras a los
refugiados judíos. Por el mismo camino, se critica el antisemitismo de la
Iglesia argentina y la pasividad del Vaticano que, salvo en casos
aislados, optó por asegurar su propia supervivencia en lugar de
enfrentarse al genocidio.[16]
Se sugiere, incluso, que la Iglesia llegó a beneficiarse del nazismo pues
“en el país se vivía un renacimiento de la fe bajo la protección del
autoritarismo” (187-8). Más adelante, Marcos Aguinis cede su opinión
personal a un personaje de la novela, el Obispo Preysing, el cual reconoce
los errores de la Iglesia: Los
nazis tienen el espantoso mérito de haber sincerado la cosa. ¿Sabe a qué
me refiero, Edith? A que dicen sin eufemismos, de manera brutal, lo que
indirectamente proponía nuestra prédica: hacerlos desaparecer. Nosotros
mediante el bautismo y las expulsiones, los nazis mediante el terror.
(443-4) En
La gesta del marrano Diego
Maldonado da Silva comparte la opinión del personaje de La
matriz del infierno cuando le explica a su hijo Francisco: “El fondo
del conflicto no es religioso. Ellos no anhelan nuestra conversión. No.
Eso sería fácil. Ya han convertido a comunidades judías enteras. En
verdad, Diego, luchan por nuestra desaparición. La quieren por las buenas
o por las malas” (49). En otra novela anterior, La
cruz invertida (1970)[17],
Aguinis contrastaba la actitud solidaria de los nuevos sacerdotes,
cercanos a la teología de la liberación, con la de la Iglesia católica
institucional, que aparecía desconectada del pueblo y aliada al poder
represivo. Pese al tono reconciliador, veintisiete años más tarde en La
matriz del infierno la crítica a la Iglesia se agudiza. Su indolencia
con respecto a los acuciantes problemas sociales, queda representada simbólicamente
en la descripción de la pomposa
coronación de Pío XII y el entusiasmo con que el sacerdote antisemita
Antonio Ferlic espera la llegada del Congreso Eucarístico Internacional
que, según él, mejorará la imagen de la Iglesia local y del gobierno. A
pesar de que se encierra a varios clérigos en campos de concentración
por lo subversivo de sus sermones, la Iglesia argentina de la novela
recibe con honores al embajador nazi. Únicamente algunos curas jóvenes y
laicos como Edith y Margarete Sommer presentan cierta oposición. La Santa
Sede se limita a dictar tímidas protestas que no llegan a tener el
alcance necesario para ejercer su poderosa influencia. La búsqueda en la novela no se limita a la verdad oculta del
pasado, sino también—y principalmente—a la verdad del presente. La
originalidad no está en demostrar que la perspectiva con la que se
escribe la historia es la del ganador, o que el discurso es un aliado del
poder, sino en proponer el autoconocimiento por medio de la reflexión
histórica. La falsa neutralidad del discurso histórico es secundaria a
la falta de objetividad con que juzgamos nuestra propia mentalidad. Como
asegura Julia Kristeva en su libro Strangers
to Ourselves, "we shall never be able to live at peace with the
strangers around us if we are unable to tolerate the otherness in
ourselves" (191). El
otro, el extranjero habita dentro de nuestra propia mente. El texto de
Kristeva ofrece una solución al trauma de Rolf, una explicación psicológica
de la atracción-repulsa que siente hacia Edith: "By recognicing our
uncanny strangeness we shall neither suffer from it nor enjoy it from the
outside. The
foreign is within me, hence we are all foreigners" (192). Marcos
Aguinis presenta una óptica parecida cuando afirma en “Mito y
contramito del judío,” incluido en El
valor de escribir, que “el antisemita deja de odiar al judío en la
medida que logra armonizar partes de sí mismo que lo horrorizan. Sólo
cuando alcanza la paz con su propio ser deja de necesitar la víctima en
quien descargar su intensa producción de veneno" (103). En
el ámbito de la ficción la novela desarrolla las teorías avanzadas
en el capítulo "La indagación interminable", [18]
en donde se analizaba la imagen del judío mítico en la literatura
universal. Junto al resistente mito creado y sostenido por sectores
poderosos, aparece el contramito que, en su ímpetu por desengañar a la
humanidad sobre los valores del judío y del judaísmo, acaba siendo
contraproducente: “En su empeño de réplica, de freno, de
contraofensiva, queda tullido por los mismos defectos del mito: la
simplicación, el esquema, el maniqueísmo. Antes el judío era el malo,
ahora es el bueno; antes el demonio, ahora el querubín” (El
valor 102). Por esta razón, en La
matriz del infierno Aguinis se asegura de hacer hincapié en las
tensiones internas entre los judíos alemanes y los ostjuden
rusos y polacos; el propio Alexander Eisenbach se solía mofar de estos últimos,
y afirmaba que "los judíos, en su conjunto, no son tan meritorios ni
tan santos" (171). A pesar de que la acción tiene lugar en la década
de los años treinta, La matriz del
infierno es una novela proyectada al porvenir y con una intención
profética. El desarrollo de los eventos históricos constituye la
radiografía de una época que sigue afectando nuestro presente histórico,
y debe llevarnos a la deconstrucción de nuestra propia psicología y
actitud cotidiana. El texto nos demuestra que el hombre de la calle lleva
en sus entrañas el germen de la tiranía opresora, y lo demuestra, por
ejemplo, en su comportamiento doméstico. A
juzgar por lo visto en algunos de los textos mencionados, la ausencia de
un territorio nacional y las expulsiones que han padecido los judíos a lo
largo de la historia, lejos de eclipsar la afirmación de su identidad
como pueblo, parecen haber reforzado su creatividad y su vitalidad
cultural. La diáspora se convierte en una forma de vida e inspiración,
lo que de ningún modo significa que el judío sea un ser desarraigado y
apátrida. En el cuento “El profeta de Nínive” Aguinis problematiza
este prejuicio ancestral, que queda desvirtuado en el resto de su obra. El
judío quedó fuertemente arraigado a la tierra de Israel, a España en
tiempos de la expulsión de los sefarditas, y a todos los países de los
que fueron expulsados, incluyendo Alemania. En
cierto modo, las premisas del texto de Aguinis coinciden con Shreiber
cuando afirma que es posible “to hear not the lament of perpetual exile
but an active claim for a diasporic version of home and of identity”
(274). El movimiento perpetuo de la comunidad judía a lo largo de
la historia ha concedido a su pueblo una concepción errante del hogar
nacional. Como se ha demostrado, otro
punto esencial en la obra de Aguinis es la concepción de la Historia como
un elemento ambivalente. Es la gran fuente de problemas para los judíos
pero al mismo tiempo, puede ser un arma para su supervivencia. Cansados de
ser discriminados por su herencia cultural y sus creencias, algunos
individuos deciden voluntariamente tener mala memoria y olvidar, hasta
llegar al auto-odio; otros, en cambio se aferran a sus recuerdos y los
usan para su liberación, lo cual acaba por crear divisiones internas.
Entonces, ¿cómo se pueden negociar las diferencias en el seno de
la identidad cultural? Homi K. Bhabha se hace esta misma pregunta en su
introducción a The Location of
Culture (1994): It
is in the emergence of the interstices —the overlap and displacement of
domains of difference— that the intersubjective and collective
experiences of nationness, community interest, or cultural value are
negotiated. How are subjects formed 'in-between,' or in excess of, the sum
of the 'parts' of difference (usually intoned as race/class/gender, etc.)?
How do strategies of representation or empowerment come to be formulated
in the competing claim of communities where, despite shared histories of
deprivation and discrimination, the exchange of values, meanings and
priorities may not always be collaborative and dialogical, but may be
profoundly antagonistic, conflictual and even incommensurable? (2) La
respuesta que nos ofrece la obra de Aguinis para el caso judío es que a
lo largo de su historia, la comunidad hebrea ha conseguido vencer las
diferencias internas de su identidad nacional y cultural cuando lo ha
requerido la adversidad. Es decir, no nos explica cómo se liman dichas
diferencias, sino cuándo. En el momento en que su identidad corre peligro
de desaparecer a causa del genocidio o la represión, la mente del judío
se descoloniza y la cohesión social entre sus individuos se fortalece y
hace patente. En ese momento, deja de tener sentido hablar de
construcciones imaginarias de la identidad o de patrias imaginarias. OBRAS CITADAS
Notas [1]
Incluidos en la colección Y la
rama llena de frutos. Todos los cuentos (1986). [2]
Entre muchos otros escritores judeo-argentinos podemos incluir a
Marcos Ricardo Barnatán, Isidoro Blaisten, Aída Bortnik, Antonio
Elio Brailovsky, Humberto Costantini, Alicia Dujovne Ortiz, Samuel
Eichelbaum, Ricardo Feierstein, Manuela Fingueret, Luisa Futoransky,
Alberto Gerchunoff, Nora Glickman, Gerardo Mario Goloboff, Jorge
Goldenberg, Daniel Gutman, José Isaacson, Bernardo Kordon, José Luis
Najenson, Pedro Orgambide, Samuel Pecar, Alejandra Pizarnik, José
Rabinovich, Andrés Rivera, Germán Rozenmacher, Hebe Serebrisky, Ana
María Shua, Alicia Steimberg, Mario Szichman, César Tiempo (Israel
Zeitlin), Jacobo Timerman, Eliahu Toker, David Viñas y Bernardo
Verbitsky. Para una selección más extensa se pueden consultar los
dos tomos del libro de Ana E. Weinstein y Miryam E. Gover de Nasatsky,
Escritores judeo-argentinos. Bibliografía
1900-1987 (Buenos
Aires: Milá, 1994), o el artículo de Saúl Sosnowski “Contemporary
Jewish-Argentine Writers: Tradition and Politics” Echad:
an Anthology of Latin American Jewish Writings (Roberta
Kalechofscky y Robert Kalechofscky, eds. Marblehead, Massachussetts:
Micah, 1980. 16-29). [3]
En este contexto, Ricardo Feierstein sostiene: “No escapamos al
anatema de la errancia; el exilio interior que llevamos adherido a la
piel nos acompaña desde siempre. La peregrinación en pos de orígenes
y genealogías confluye irremediablemente, en algún momento, en
Jerusalem” (Pluralismo 238). De
manera similar, la mexicana Margo Glantz asegura: “The feeling of
exile, which is typical of the Jew, has followed me just the
same—whether it is an exile from God, from the Promised Land of from
oneself—as was the case with Walter Benjamin” (Tradition
19). [4]
Al que denomina, no sin cierta ironía, “the great diplomat of
progressive Jewish social thought in Argentina” (35) [5]
Lindstrom sostiene que el esfuerzo de Aguinis “is not only about
conflicts in the Middle East, however. It is also about how to sustain
an Argentine position that might be considered Jewish or pro-Jewish in
a political culture grown hostile to such an outlook. Aguinis was
concerned that intimidation might prevent Jewish Argentines, and
others who might support Israel’s right to exist, from stating their
views” (35). [6]
En La gesta del marrano y el
“Capítulo excluido,” que cierra la colección de cuentos Y la rama llena de frutos. Todos los
cuentos
(1986), se
entrecruzan asimismo las historias de sufrimiento de los pueblos negro
e indígena con el judío. [7]
Junto con otras novelas históricas judeo-latinoamericanas como Aventuras
de Edmund Ziller en tierras del nuevo mundo (1977), de Pedro
Orgambide y Tierra adentro (1977), de Angelina Muñiz. Otras novelas como
1492: Vida y tiempos de Juan Cabezón de Castilla (1985), de
Homero Aridjis, comparten rasgos comunes con las anteriores a pesar de
no haber sido escritas por autores judíos. [8]
Diego Barnabe. “El escritor Marcos Aguinis presenta en Montevideo su
libro ‘La matriz del infierno’.” [9]
Según la define Seymor Menton en
su estudio Latin America’s New
Historical Novel, 1949-1979. Austin:
University of Texas Press, 1992. [10]
Francisco es un personaje judío que estudia medicina en Lima y que se
vale de su profundo conocimiento de la fe católica y de las Sagradas
escrituras para refutar las contradicciones en la actitud de la
jerarquía eclesiástica. Es difícil no hacer un paralelo con Marcos
Aguinis, el neurocirujano autor de La
cruz invertida (1970), y contertulio de Monseñor Justo Laguna en Diálogos
sobre la Argentina y el fin del Milenio (1996) y Nuevos diálogos (1998). [11]
El artículo “La caza
de brujas,” de su colección El
valor de escribir, entronca con La
gesta del marrano cuando afirma que el torturador de nuestro
tiempo nace del verdugo inquisitorial. En ambas etapas históricas
existe idéntica motivación: “La cacería no busca sólo matar
brujas, sino imponer la convicción profunda de que existen, y son las
responsables de todas las desgracias. Encontrarlas y quemarlas
tranquiliza y brinda un gran beneficio adicional: convencer de que el
aparato represivo es más necesario que nunca” (132). La necesidad
que tiene el paranoico protagonista Natalio Comte de crear enemigos
ficticios es, precisamente, el eje sobre el que gira el grotesco
argumento de otra de sus novelas, La
conspiración de los idiotas (1978). [12]
Marcos Aguinis es doctor en medicina y cirujano, especializado primero
en neurocirugía y luego en psicoanálisis. [13]
Como vemos en el cuento
“Consorcio en la tempestad,” incluido en Y
la rama llena de frutos. Todos los cuentos, el miedo lleva a la
sociedad a una irremisible falta de solidaridad. [14]
En cierto modo, su actitud nos recuerda a la del protagonista de la
novela de Robert Merle La mort
est mon métier (1952). [15]
En Carta
esperanzada a un general. Puente sobre el abismo (1983) Aguinis
explica que la persona autoritaria necesita controlar, exteriorizar su
sufrimiento en el otro, sometiéndolo: “persigue eterna e inútilmente,
con el afán de matar afuera el Satanás que habita en sus entrañas”
(110). [16]
En su libro Teología de la liberación. Perspectivas
Gustavo Gutiérrez protesta: "¿puede decirse honestamente que la
Iglesia no interviene en “lo temporal”? Cuando, con su silencio o
sus buenas relaciones con él, legitima un gobierno dictatorial y
opresor, ¿está cumpliendo sólo una función religiosa? (113). [17]
En 1970 La cruz invertida
fue la primera novela latinoamericana a la que se otrogó el Premio
Planeta. [18]
incluido en El valor de escribir. [Publicación original: Ignacio López-Calvo. "La negociación de las diferencias sociales en Marcos Aguinis: descolonización de la identidad cultural judía ante la adversidad." Revista Iberoamericana 66.191 (2000): 393-405.]
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