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| Susana Romano Sued |
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Marta Riquelme
de Martínez Estada:
0. Hospitalidad versus tolerancia Otros títulos posibles del presente trabajo podrían haber sido: desmoronamiento o destitución irónica de los conceptos de la crítica, teoría fragmentaria de la escritura vacante, reducción al absurdo del género de las Memoires por oposición a las operaciones de memorización o mnemotecnias; declive y humillación de la ilación narrativa, de las categorías y las preceptivas de la narratología; fracaso de la ordenación enunciativa; estallido y anulación de la función autor; crispación destituyente de la dupla textual enunciador-enunciatario. Con ello, estaría yo haciendo de la negatividad una materia de consistencia, al modo del enunciado de Deleuze en Diferencia y Repetición. Preferí pensar la crítica como el gesto amigable, la seña que puede hacerse al visitante inesperado, para que el relato que puse bajo mi mirada se hospedara en el presente ensayo de una manera casi irrestricta. Y hacer lugar al centón, a la rapsodia, que el memorar de los textos compone para hacerse literatura. He aquí entonces lo que entiendo junto con Derrida como hospitalidad. Pero sobre todo junto con Martínez Estrada, hospitalario, anfitrión por excelencia de la literatura, y anticipador eficiente de los aparatos críticos al uso académico de hoy. Es el momento de enunciar la noción de hospitalidad, su alcance, y distinguirla de la tolerancia, siguiendo los pasos del pensamiento derridiano. La tolerancia supone un otro radicalmente diferente, a quien consentiríamos su existencia, a pesar de lo que es, forzando una aceptación de aquello que jamás seríamos. Hay muchas variantes de este concepto, que van desde lo religioso, incluido el derecho canónico, hasta lo más cotidiano, pasando por los sistemas categoriales de la crítica literaria, es decir lo que en ella se denomina justamente canon. Acudo a las contribuciones de Juri Lotman, quien al pensar la cultura como un enorme conjunto dinámico de textos, llama la atención sobre la problemática relación entre canon y literatura y las formas de archivo que tiene la cultura para memorizar sus monumentos: ¨Los descendientes reciben de cada etapa de la literatura no sólo cierta suma de textos, sino también la leyenda creada por ella sobre sí misma y determinada cantidad de obras apócrifas -rechazadas y echadas en el olvido.¨ (Lotman, 1994a: 245). Dice Lotman: ¨La literatura existe como una determinada multiplicidad de ordenaciones, cada una de las cuales organiza sólo una u otra esfera de ella, pero aspira a extender el dominio de su influencia lo más ampliamente posible. En vida de tal o cual etapa histórica de la literatura, la lucha de esas tendencias constituye la base de lo que hace posible expresar en la literatura los intereses de las diferentes fuerzas sociales, la contienda de las concepciones morales, políticas o filosóficas de la época.¨ (Lotman, 1994b: 256). Es así que la fijación de términos y conceptos para abordar el fenómeno literario acumula, desde el siglo veinte, un sinnúmero de esquematismos, casi siempre intolerantes por su tendencia a la imposición de lo homogéneo, eso que detestaban tanto Adorno como Mukarovsky y Bajtin (Romano, 2000 y 2001). La hospitalidad, por el contrario, alberga sin prevenciones lo que llega inesperado, hace lugar sin cita previa; es utópica y por eso su misma existencia corroe los casilleros fijos del canon, prefiere la Banda de Moebius a la planilla excel, o al cuadrado semiótico, o al listado infinito de Figures palimpsestuosas de Genette, y las exégesis clasificatorias de todo método que se quiera exhaustivo, captor del Todo. La hospitalidad la podemos encontrar dentro de los textos, bajo el término-saco (escaso de todos modos) de la intertextextualidad, y de las peripecias de las diégesis y lepsis, en las heteroglosias triunfantes sobre las actancias modales de los ritos interpretativos de la academia. La hospitalidad se promete, para mí, ni más ni menos que en la crítica; aquella crítica que restaña las heridas discriminatorias causadas por el canon. Es la que me alienta a la exposición presente. Y es la crítica que acoge la vacilación entre lo clasificable y el borde; que capta lo discontinuo para que haya serie.
1. De autorías y precursoriedades
El discurso paradójico habita los corpora, es huésped, y distribuye los sentidos, impugnando la sucesión, el origen, la propiedad sobre los textos. Es un discurso que no se capta de un solo golpe, requiere de la intelección imaginativa, del desentrenamiento de molicies canónicas, la anamnesis direccionada hacia lo no evidente. La precursioriedad de los textos, la originalidad de las ideas, han sido temas propios de la discusión moderna (para algunos “posmoderna”), con sus heterotopismos, teorías de la cita, de la intertextualidad, a veces empleados como eufemismos del plagio. El plagio en sí, tomado desde una perspectiva cínica, es consentido de una manera alegre: Foucault instaura en 1967 un lugar legalizado para la remisión a otro texto, un gesto de auctoritas, en este caso realizando el ademán eficaz de doble consagración, la propia y la de Borges, en las palabras y las cosas. Y así se inscribe también como eslabón en la larga cadena de los legados intelectuales, disciplinares de la cultura occidental. Este libro nace de un texto de Borges, se nos dice en la obra mencionada. Su inclusión allí aparece luego como salvoconducto del desorden, o del desarreglo fantástico que instituye una dimensión –u orden otro- al tiempo que la figura de autor, convertida luego en muerto carnal pero resucitado como pliegue de discurso, participa de la paradójica condición de ser consentido y expulsado de la escritura, por efecto de la alocada enumeración wilkinsoniana y de la enciclopedia china. La precursoriedad, sin embargo, ya nos la había presentado y destituido el mismo Borges cuando, en “Kafka y sus precursores”, su ensayo trajinado, colocaba en la misma (a)- posición a Kafka y a Browning, mejor dicho a sus obras, para que se supiera cómo una hace luz a la otra, es decir revelando cómo trabaja la literatura: a relámpagos de iluminaciones que no hacen caso de la cronología. Eliseo Verón es quien tuvo el mérito de explicar de una manera didáctica, (es como nombro a la transferencia de conocimientos en el circuito del lazo social) cómo son en determinados momentos de una cultura, las miradas y los pensamientos en torno de una obra o conjunto de obras en lo que él llama la dialéctica entre los textos fundadores y las gramáticas de reconocimiento, esa incesante producción de sentido en la semiosis social[1]. Cualquiera sea el instante de suspensión del flujo discursivo que elegimos para prestar atención a un texto, instauramos de inmediato el orden aludido, efectuamos un reconocimiento en pleno ejercicio de la gramática; de modo que hacia atrás (nachträglich), y hacia adelante se despliega un recorrido, una lógica. Todo este prolegómeno para introducir mi comentario sobre la lectura de un relato, una nouvelle acaso, de Ezequiel Martínez Estrada, Marta Riquelme (en adelante MR), que aspira a ser tratado según las inteligencias con que años después Kristeva empezaría a nombrar a los textos literarios o del tipo: “mosaico”, “lugar de encuentro”, “de cita”, de varios y variados textos, y que más tarde Genette organizaría como sistema teóricometodológico. Mosaicos, injertos, repeticiones, rizomáticas, linajes, parásitos imagológicos: una vitrina para el goloso lector, modelizado ya desde las inquietantes máquinas con las que Umberto Eco empezó a hostigarnos, para sacarnos del ocio o la pereza, y hacernos entrar de un saque a la interactividad con los textos. Me autorizo, entonces, a situarme en la instancia de abrir la obra, en el campo de posibilidad; al respecto Eco nos dice que se trata de una expresión que conjunta la noción proveniente de la física, “campo[2]”, y de “posibilidad” que proviene de la filosofía; la primera ya institucionalizada en la crítica literaria
La tradición, es, sin embargo, más vieja: hago una caótica genealogía y recuerdo que Schleiermacher, José Hernández, los epitafios de la antigüedad clásica, interpelaban desde hace mucho a los lectores, al viator, a la audiencia. La cita del texto mesiánico, su injerto en los pasajes bíblicos de Lucas o de Hechos del Nuevo Testamento[3], podrían ser considerados una forma primitiva consagratoria de la intertextualidad precursora y avant-la-lettre . Con lo cual —y vuelve, en la repetición, Borges— todo lo que hay sería un aprés-la- lettre. Suscribo la hipótesis de Verón antes citada: deberíamos decir que nos hallamos en el momento gramatical de reconocimiento de M.E., dada la efeméride típicamente funeraria acaecida en su ápice en el año 2004, al cumplirse las cuatro décadas desde su fallecimiento. Pero es una gramática fallida, en vista de la llamativa escasa voluntad de internarse en la narrativa de M.E., —ni hablar de su poesía— y su canonización en el no poco restaurado honor del género ensayo.
2. Síntesis argumental Marta Riquelme, figura ambigua, equívoca e inquietante, es el título y personaje central de la nouvelle de M. E., el nombre de la autora, doncella cautiva de unas Memorias escandalosas sobre su propia familia, escritas desde su pubertad y durante casi una década. Son unas memorias cifradas, en las que se muestra y se oculta al mismo tiempo la peripecia atroz y candorosa, perversa e inocente de las figuras familiares, delineadas al amparo de la engañosa memoria voluntaria. El manuscrito, comentado largamente en el prólogo –que es en sí mismo la nouvelle de Martínez Estrada- es declarado ilegible por el enunciador (“Martínez Estrada”, narrador protagonista, quien tiene el rol de editor de las Memorias, en cumplimiento de un encargo de “Orfila Reynal”). Las memorias tienen casi dos mil páginas, pero la numeración es caótica, arbitraria, su orden es pesadillesco: faltan párrafos y páginas, otros se duplican o triplican; la caligrafía es confusa e ilegible; todo lo cual obstaculiza la laboriosa y agobiante tarea del editor y sus compañeros de descifrado, quienes deciden cada vez la movida-significado de las piezas-escrituras en simultáneas partidas de ajedrez, modelo de las combinatorias de los significantes. Más de tres años lleva la tarea del grupo para establecer el manuscrito, ahora perdido en algún recoveco absurdo de la imprenta. La edición de la obra, entonces, debe hacerse a partir del registro mnemotécnico perfecto que ha hecho “Martínez Estrada”, para dar cumplimiento al encargo y también hacer lugar al vaticinio que la propia autora de las Memorias ha formulado en sus páginas: ”comprendo, por mi destino, que este libro nunca se publicará”(M.E., 1956,10). Así, el prólogo - anuncio permanente de una inminencia suspendida- imbrica los contenidos del relato y las vicisitudes de la imposible existencia de los sentidos infinitamente probables de las páginas, y se instala en el discurso paradojal. La historia de la familia transcurre en una casa monstruosa figurada cual laberinto en el tronco central de un enorme árbol, un magnolio, que multiplica y mezcla espacios y miembros de la familia en términos de crímenes, incestos, suicidios, narración que mimetiza el relato transmitido en los mitos de las comunidades. Pero nada ha quedado del manuscrito; sólo unas huellas, que, como las huellas mnésicas de Freud, deben atravesar sucesivas barreras para su establecimiento como recuerdo autorizado en la conciencia, ordenándose en dirección a un sentido. Hago mío el enunciado de Camblong referido al prologuismo de Macedonio Fernández, canjeando el nombre de Macedonio por el de Martínez Estrada:
3. Marta Riquelme, precursora Marta Riquelme fue publicada primero en 1949 y luego en 1956 en la editorial Nova[4]. Estamos en los prolíficos años 40 y 50 que cobijaran tantos proyectos ejemplares de la cultura argentina, período en que se produjo la expansión del psicoanálisis y su absorción en la literatura[5]. Estas décadas albergan una buena parte de lo que llamaríamos la producción literaria de Martínez Estrada, para distinguirla mínimamente de su ensayística, haciéndome perfectamente cargo de que los ensayólogos airados discutirán esta categorización. Ojalá. Es decir que Marta Riquelme es muchos años anterior a Rayuela (1962), novela esta última constituida para la crítica en signo mayor y modelo de la destitución del continuum narrativo y del formato convencional de libro. Señalo que ambas novelas no hacen sino habitar el mismo horizonte en el cual el proceso de desescritura de la herencia decimonónica de la narratividad llega a su apogeo, y que por lo que conocemos como efectos de la larga duración, es un proceso que no puede fecharse a modo de efemérides.[6] La tematización metadiscursiva de tiempo y espacio como dimensiones sui generis de la ficción del relato con sus responsabilidades en la construcción de la historia y sus personajes, proporcionan en M.R. un testimonio de dicho proceso, según puede apreciarse en este párrafo, anticipatorio a su vez de teorizaciones de la disciplina:
¿Cuál de ambas novelas sería el borrador, y cuál la versión definitiva? Tanto da, si vamos a pensar con el maestro Borges, que no hay razón para suponer que el borrador H es mejor o más correcto que el 9 en el infinito fluir de las versiones —que así llama él a la literatura—, según se nos aclara en el ensayo “Las versiones homéricas”. Esto atañe a críticos, teóricos, traductores, en el incesante traducirse de los textos, unos a otros.[7] Los exegetas de las memorias de M.R., han hecho lo que se hace normalmente para traducir un original lejano: el establecimiento de un texto[8]. Han procedido a su descifrado palabra por palabra incluso con la ayuda de un perito calígrafo, y grafólogo para más (el señor Limperalta) figura a través de la cual se hace hablar la doxa psicológica y psicologista ingresada en forma masiva en la cultura porteña, en la misma década en cuestión. Como se ve hay aquí una teoría de la traducción, entre las muchas metatextualidades o metapoéticas que como un doppelgänger, desfilan por la nouvelle (Romano, Consuelo).
4. De prólogos y umbrales Macedonio, Borges, Eco y Genette se han ocupado de prólogos y de sus teorías más o menos explícitas: su discurrir instaura una relación privilegiada entre el lector y el escritor, revelando y propiciando un deseo fundamentalmente lúdico. Se habilita de este modo la complicidad del lector para el engaño, el placer, la hospitalidad, el entretenimiento. He mencionado el término umbral puesto que es así como titula Genette en francés su estudio teórico sobre los prólogos: Seuils. La utilidad de conservar ambos términos para mi propósito de abordar M.R., se puede ver de inmediato en la siguiente cita –primer párrafo- del libro:
Se nos introduce en el umbral de un relato, el prólogo, que nunca será abandonado en cuanto tal. Radicado al modo de un atractor extraño, centrípeto, absorbe toda la narración, y cumple al mismo tiempo la función que Borges signó para el género prólogo. Pues hace posible la buena relación entre su objeto y su receptor: las apelaciones continuas al lector, sea en términos de una increpación directa, “tú”, sea en la condición neutral de la tercera “sepa el lector”[9]; y porque establece las pautas a las que todo prólogo debe ajustarse. En concreto, tanto desde el punto de vista de los contenidos como de la forma, este prólogo performativiza las funciones a las que todo prólogo debe aspirar, y los compromisos que todo prólogo debe contraer. Habría entonces aquí una estética del prólogo, una poética, que a su vez vuelve a hacer vivo, presente, el linaje que comenzaría con el Museo de la novela de la Eterna[10]. Allí como aquí, en la dimensión para y metatextual, se trata de una función literaria y normativa, práctica y teórica, en tanto el prólogo-nouvelle, se constituye en un paradigma de creación, de teoría y de crítica literarias. Después de la presentación de ese umbral, todo lo que sigue en el relato es la construcción paradójica de un discurso que oscila en el vacío: se vuelve difuso el límite entre ficción y realidad, entre narración e imposibilidad de narración, entre escritura y su negación, entre enunciación y enunciado, entre registro escrito y memorización, entre diégesis y mundo, entre manuscrito y libro, entre paratexto y texto. Las puestas en abismo acosan al lector, lo intranquilizan; haciéndolo entrar y salir fatigosamente de los circuitos de estas dimensiones que acabo de enumerar en forma de pares. En fin, que la fusión y fisión de los mundos intra y extra textuales, ponen en escena la confusión: “Debo advertir que M.R. no es una escritora. Hasta diría que casi no sabe escribir” (9). A partir de estas primeras marcas paratextuales —en las que lo extra e intratextual se conectan como por una banda de Moebius—, se desencadena la nouvelle de Martínez Estrada atravesada por la imposibilidad “extra” e “intratextual”:
De lo que está consignado como extratextual por el narrador, sus estrategias de verosimlización, señalo el mundo editorial, con sus etiquetas semánticas, sus espacios, sus funcionarios, con nombres propios, parlantes y enciclopédicos ( “Martínez Estrada”, el editor-prologuista; “Finderalte”, en alemán “el viejo encontrador”; “Orfila Reynal”, editor por excelencia; el linotipista, el gerente, etc.) Allí es por donde el narrador busca: por los laberintos kafkianos de depósitos y oficinas, como un detective iría tras el autor de un delito (de acuerdo a lo que nos sugiere Eco en su relectura de Peirce, para quienes la captura del sentido de un texto seguiría por los senderos detectivescos de Scherlock Holmes), y/o del rastreo abductivo de un Freud tras los dichos de la subjetividad inconsciente:
Se trata del mundo que va a contener (o des-contener) lo intratextual, el texto, el manuscrito perdido, extraviado en todos los sentidos de la palabra; un extravío signado por la contradicción: pues por una parte los manuscritos ya han sido un libro¸ ahora perdido, extraviado, lo mismo que el destino de extravío que acusa la memoriosa autora de las Memorias y sus personajes. Mundo a su vez que contiene la multiplicidad equívoca de los entramados y peripecias oscuras de sus vidas, enlazadas al tronco de la escritura de la autora. Mundo textual que enlaza la aventura de su descifrado por parte de los verosímiles descifradores de la caligrafía, de los sentidos, del orden, los establecedores de la compaginación. Del jurado, que finalmente, en “seminario”, va capitulando, y capitula ante el sinsentido de la historia:
La historia contenida en esas monstruosas memorias, nos introduce en el mundo de la familia, de sus vicisitudes siniestras, ambiguas, inquietantes, en la que abundan incestos, seducciones, suicidios, robos, estafas, según uno de los derroteros significantes atribuibles al escrito:
La caligrafía, ilegible, y causa de la intervención del grafólogo, origina la situación de enigma, de secreto, que queda sin embargo irresuelto en el plano del verosímil, aunque justificado en el de la ficción, explícitamente enunciada en la siguiente cita:
5. Marta Riquelme-Rayuela: versiones intertextuales Según otra de las posibles lecturas alentada por el mismo texto, ahora establecido, nada de eso ocurre y se trata más bien de las peripecias de una familia de un barrio de Buenos Aires que son pura inocencia carente de toda perversión o tinte sexual. Todo depende de qué parte del manuscrito se coloca o se inserta junto a qué otra para ser leído en algún sentido según un probable —o improbable— “tablero de dirección”:
Para no abusar de una causalidad genealógica entre una y otra novela, propongo establecer un sitio para hacer dialogar a ambas obras apelando a ciertas analogías y a ciertas discrepancias. Por ejemplo el principio de incertidumbre y de indeterminación presente en ambas obras, es decir su condición de abiertas, constaría sin embargo de distintas salidas que a mi juicio terminan oponiéndose o bien divergiendo. La novela M.R .propone en su prólogo una instrucción para su lectura que está construida sobre la pura paradoja; es decir la imposibilidad de articular un sentido que permita la pacificación imaginativa del lector desplazándose por un camino que empieza, sigue, y concluye. Si bien el tablero de M.R. es una figura material que podría organizar, estructurar, por el contrario empuja al lector hacia el delirio, tomando el término en su significado literal: apartamiento del camino. Llevando al extremo la bifurcación borgeana, e iconizando los senderos de la memoria, M. E. hace del tablero una multifurcación infinita de los sentidos-senderos de la obra de M.R.:
De esta manera se instituye el tambaleo delirante del sentido y se pone en cuestión toda coherencia narrativa en la que podría refugiarse el lector haciendo uso de sus competencias para andar por un camino indicado:
Rayuela por su parte propone una disolución de las causalidades narrativas y de los dispositivos del género, aunque acompaña al lector en el diseño de dos caminos posibles, lo que se ve claramente en este paratexto, la contratapa del libro:
Sin embargo el enunciado “estructura inorgánica”, no equivale estrictamente a una inorganicidad tal que el lector pudiera quedar confundido, totalmente despistado. Se añade además que:
Es decir que las variantes en Rayuela están predeterminadas puesto que la invitación al diseño de un itinerario “direccionado” permite sostener un campo relativamente acotado de posibilidades para los senderos de la narración. Los “muchos” posibles se predeterminan como “dos”, y se habilita la pacificación de la lectura sin por ello disminuir el entusiasmo lúdico del receptor:
Junto con el desarrollo fragmentario o continuado de sendas historias, se discurre sobre distintos aspectos de la teoría de la literatura, la narratividad misma, la función autor, la función lector, discursos de la cultura que duplican, en muchos casos fantasmáticamente, las historias que se van contando hasta formar una telaraña de indicios y huellas que son justamente lo que compone el tejido siempre actualizable de la memoria. Tejido que se arma con la inteligible creatividad de los actores del campo de la recepción, en tanto asumen su condición de buscadores- detectives en los laberintos del texto. Es la condición de obra abierta constatada ya: y en el caso de M.R. en tanto precursora de la teoría de Eco, y en el caso de Rayuela porque manifiesta el reclamo cortazariano del lector cómplice, dispuesto a la interactividad. En ambos casos queda evidente la filiación borgeana y macedoniana, en la medida en que por la vía del humor y de la discursividad paradójica la ficción se vuelve para el lector una práctica conjetural de interpretaciones, de confrontaciones y sorteos con trampas que confunden, mezclan, y tornan inciertos los límites entre verdad y mentira, entre ficción y realidad, entre intra y extra textualidad.
6. Tradición, linajes, descendencias Marta Riquelme es el título de un relato de Guillermo Enrique Hudson. Ya hemos visto antes cómo la existencia de un libro llamado “Memorias de Marta Riquelme editado por Tierra Purpúrea”, descoloca el extravío de la obra, por una parte, y por otra parte y al mismo tiempo, intertextualiza sus contenidos en cuanto a la condición de cautiva que la doncella-protagonista de nuestra nouvelle, remite a aquella Marta Riquelme hudsoniana, una muchacha que fuera cautiva de los indios, y que muriera presa de la locura o de un hechizo, convertida en el bicho monstruoso de cuyo nombre, “kakué” según leyenda, derivaría el nombre de la provincia Jujuy. [12] Cabe recordar que Hudson fue una figura señera en la hospitalidad crítica del mismo Martínez Estrada, que lo inmortalizó en el clásico ensayo El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson (1941). La repetición del nombre para dos historias muy diversas, aunque emparentadas, ratifica el enunciado de Deleuze, de que el ejercicio de la repetición genera la diferencia. La repetición idéntica rehace asimismo el gesto borgeano de “Pierre Menard, autor del Quijote”, personaje que ejecutaría la traducción de la obra de Cervantes mediante la repetición palabra por palabra del original[13]. En un mismo gesto M.E. reúne a un antepasado y a un contemporáneo en un hospitalario recinto como es la novela. El mencionado estudio sobre Hudson, si bien está referido al género ensayo, hace visible el diseño de una escritura cuya estructura sería la digresión:
7. El eterno novelista Macedonio Vemos aquí la indiscutida filiación que liga a Hudson y M.E., articulados ambos en la genealogía establecida con Macedonio (y con Borges), especialmente con respecto a la destitución del orden clásico para el argumento, la dispositio, el continuum. El desvío arborescente de la digresión, propio de los discursos paradójicos ya apuntados, constituye el hilo de sangre que emparienta a estos hacedores de nuestra literatura. Para documentar la pertinencia de ese antecedente, cabe recordar que la antinovela de Macedonio, la de la Eterna, opera sobre la incesante injerencia de la voz autorial, que se ocupa de la postergación continua, a través de sus 56 prólogos, de la “verdadera” narración, así como de las reflexiones, antes mencionadas, metatextuales, metaficcionales. Vías por medio de las cuales quedan al descubierto los artificios, los dispositivos narrativos, abismados, desarticulados. Dice Macedonio:
8. Constelaciones psíquicas: mujeres, familias y memorias Las constelaciones psíquicas, en especial las referentes a la construcción de “la mujer”, evidencia la circulación de las tesis freudianas en el horizonte cultural argentino de la época, establece los vínculos literarios legitimando los linajes, y sus extensiones hacia los parentescos. Los personajes protagónicos femeninos, son todos “cautivos”, particularmente de sus mundos psíquicos, expuestos al “diagnóstico” de la locura. He acatado las indicaciones detectivescas del enunciador, y reconstruyendo a partir de las pistas textuales que el narrador nos proporciona, fui tras las huellas de otra mujer de existencia histórica, María Baskirtseff, introducida como “referente” en el relato. El narrador rebate una hipótesis del calígrafo Limperalta que ayudó a establecer el manuscrito:
Según datos verificados, esta mujer, una joven rusa nacida en la segunda mitad del siglo XIX, escribió un diario intimo a lo largo de doce años, cuya edición sufrió varias peripecias escandalosas, así como sus traducciones al francés en las que hubo supresiones, omisiones, disimulos, críticas negativas, denuncias. María Bashkirtseff fantaseó, como nuestra Marta Riquelme, en el destino que tendría su diario pensando en los lectores, y también como la primera Marta Riquelme de Hudson fue sospechada de locura, perversión sexual y otras patologías. La locura femenina, las histéricas de Freud, están aquí representadas en el discurso estradiano, en el cual lleva al extremo de la ironía el recurso psicologista de una catalogación, tributaria también de la inestabilidad de la narración:
Esta cita nos lleva irremediablemente a los dichos que el narrador de la Marta Riquelme de Hudson enuncia en su relato; primero en relación con su propio manuscrito (memorias), y luego en relación con la figura equívoca de su personaje Marta Riquelme:
La sintomatología histérica, los dichos acerca del “método” interpretativo de la psicología, circula en el caso de la nouvelle de M.E. con una explicitud extrema, que logra el efecto inmediato de la sorpresa por la erudición, junto con la ironía destituyente de las categorías de la doxa psicológica:
La descendencia en la estirpe literaria que estoy proponiendo podría llevarnos a una interminable reticulación. Antes de caer en esa afiebrada tentación y salirme del espacio, hospitalario, que se me ha ofrecido en esta revista, me limito a tender un último lazo hacia otro monumento de la literatura, Cien años de soledad. Esta vez, haciendo lugar a la palabra crítica de un “latinoamericanista”, Ernesto Volkening, de quien tomo en forma textual el siguiente comentario:
Y dejo al lector las pistas abiertas para ulteriores o anteriores parentescos, pues “Todo lo que sigue es sencillamente estupendo” (M.R, 45[17]).
9. Breve comentario-huésped-conclusión Concluyo que Marta Riquelme de Martínez Estrada puede entenderse como un homenaje múltiple a la tópica que proviene de trabajo de recordación, repetición, rememoración, y con ello, a la línea genealógica, a la estirpe que se inauguraría con Hudson, pasando por sus contemporáneos, que son los nuestros, como Macedonio, Borges. Quiero pensar la nouvelle como una precursora botella al mar de sus descendientes, pródigos también, como Cortázar, García Márquez y tantos otros que tal vez no detectamos hoy, pero que asomarán a la ventura crítica, en otro tiempo y en diverso lugar, por mor de alguna otra hospitalidad en el sitio siempre móvil del memorar. Ellos acaso preparan, de algún modo, la teoría crítica, que induce sus parámetros, sus modelos, de estas propuestas anticipatorias que la genialidad del creador entrega para su elucidación a los estudiosos.
Bibliografía de obras citadas
Notas [1] Recuérdese que la localización histórica de una fundación es en sí misma un producto del proceso del reconocimiento; una fundación es inseparable del reconocimiento retroactivo del hecho de que efectivamente, ocurrió. Siempre se reconoce después. Véase Eliseo Verón, La semiosis social, Gedisa, Buenos Aires, 1987 pags. 36-37 y 73-79 [2] No me ocupo aquí de la extensión concentracionaria de la semántica de “campo”. [3] Véase Octavio Preveraro, “Escritura y Camino”, Revista Anatellei, nro. 16, Buenos Aires, 2006 [4] Se trata de la edición con la que estoy trabajando y que incluye un segundo relato titulado “Examen sin conciencia” [5] Véase Mariano Ben Plotkin, Freud en las Pampas, Sudamericana, Buenos Aires, 2003 [6] En los cincuenta, el semiolvidado Carlos Mastronardi, reconocía los desmoronamientos ejercidos por Valéry, en sus lógicas escriturales y metódicas: un atajo hacia afuera de la tradición francesa. Véase de Mastronardi: Valéry o la infinitud del método, Raigal, Buenos Aires, 1955. También en esa década Sábato planeaba minuciosamente destituciones de los planos narrativos y discursos psicologizantes en Sobre Héroes y Tumbas [7] Véanse, Susana Romano Sued, La escritura en la diáspora, poéticas de traducción, Narvaja Editor, Córdoba, 1998, y “Mundos, textos, lenguas: identidad latinoamericana y traducción”, Revista Estudios, Vol 14, Universidad Nacional de Córdoba, Primavera 2003, 77-90. [8] Y si así pensamos, el manuscrito, la copia mecanografiada tras el establecimiento exegético, o el libro supuestamente editado por Tierra Purpúrea, o finalmente la versión transcripta de memoria de las memorias gracias a la extraordinaria capacidad de memoria del prologuista, serían todos originales, todos borradores, o todos versiones del discurrir de M.R. Véase al respecto, Susana Romano Sued, “Cantos Paralelos”, en El Hilo de la Fábula, Revista de la Universidad del Litoral, nro. 5, Santa Fe, 2006, pags. 79-86 [9] Resulta, además, evidente, la figura del lector previsto, tematizado hasta el cansancio en las diversas teorías de la recepción y del lector implícito que arrancan con Jauss, y Eco, pasando por Iser, Link, Schmidt, acogidas ampliamente por la crítica vernácula desde el último cuarto del siglo XX [10] Véanse más adelante en el apartado 7. las observaciones sobre Macedonio . [11] Texto de contratapa de Rayuela de la edición de editorial Bruguera, Barcelona 1981. [12] Tierra Purpúrea, es a su vez otra novela de Hudson, escrita originalmente en inglés a fines del siglo XIX, traducida luego al castellano en Argentina [13] Véase Susana Romano Sued, (ed.) Borgesíada, TopGrafía, Córdoba, 1999; asimismo, “Duelo y Melancolía en la Traducción: La Busca de Averroes, ficción y metatextualidad”, en Docta, Revista de Psicoanálisis, Nro. 1, A.P.A. ediciones, Córdoba, 2003 [14] Eco al referirse a Mallarmé con su Livre nos recuerda que éste “debía ser un monumento móvil… donde gramática, sintaxis, y disposición tipográfica del texto introducían una poliforme pluralidad de elementos en relación no determinada. En el Livre las mismas página no habrían debido seguir un orden fijo: habrían debido ser relacionables en ordenes de diversos según leyes de permutación” (Eco O.A. 1965, 42-42); y continúa “Abriendo el Livre a una serie amplísima de ordenes a elegir”… “/que/ el autor tendía a proponer al /lector/ a través de ofrecimientos de ciertos elementos verbales y de la indicación de sus posibles continuaciones”. (ibid) [15] Museo de la novela de la eterna, Corregidor, Buenos Aires 1975, 180-181. [16] Juan Guillermo Gómez García, Los pasos perdidos de Ernesto Volkening, http://www.lablaa.org/blaavirtual/publicacionesbanrep/boletin/boleti1/bol40/bol40tres.htm* [17] Con esta frase termina la nouvelle. Susana Romano Sued [Fuente: Revista de la biblioteca Nacional (Argentina). Número especial, La crítica literaria en la Argentina, 4-5 (2006): 244-258. Reproducción autorizada por la autora.] |
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