Eduardo Mallea
 

 

EL HOMBRE Y SU OBRA

  

Vi la primera luz de mi tierra
en una bahía argentina del Atlántico.
Historia de una pasión argentina

Cuarenta y cuatro días consecutivos
de seca y fuego arrasaron la sierra,
el valle, las matas salvajes,
la cabellera rala e hirsuta en el
cráneo de tierra tendido al sol.
Todo verdor perecerá

Dr. Alberto Fernando Roldán

Semblanza de Eduardo Mallea

Eduardo Alberto Mallea nació en la ciudad de Bahía Blanca, Argentina, el 14 de agosto de 1903. Era hijo de Narciso Segundo Mallea y de Manuela Artiria. El padre del escritor –nacido en San Juan y descendiente de Sarmiento[1]– era médico y realizó sus estudios en Buenos Aires. Una vez recibido, ejerció su profesión en Benito Juárez y Azul (provincia de Buenos Aires) trasladándose luego a Bahía Blanca –a la sazón, la ciudad más importante del sur argentino– ubicada a unos 680 kilómetros de la Capital Federal. En 1907 la familia realizó un viaje a Europa. Al regreso, en 1910, Eduardo fue inscrito en un colegio inglés en Bahía Blanca. En 1916 la familia se trasladó a Buenos Aires, donde Eduardo escribe sus primeros relatos y publica en 1920 el primer cuento “La Amazona”. Tres años después, el diario La Nación le publicó Sonata de soledad. En 1926 aparecerán los Cuentos para una inglesa desesperada y un año después abandona los estudios de abogacía ingresando a la redacción del diario La Nación del cual sería por muchos años el director del suplemento literario. La Revista de Occidente le publica en 1932 la novela La angustia. En 1936 se edita La ciudad junto al río inmóvil y en 1937 la editorial Sur publica en Buenos Aires su obra más importante como ensayo interpretativo de la realidad social y espiritual del país: Historia de una pasión argentina. [véase el estudio de Alberto Fernando Roldán, “Eduardo Mallea y su visión del nuevo hombre argentino”]. En 1940 se publica la novela La bahía de silencio y un año después sale a la luz otra obra suya con el bíblico título: Todo verdor perecerá.  En 1941 se publica su libro de ensayos: El sayal y la púrpura.

El hecho de haber nacido en Bahía Blanca no fue apenas algo azaroso para Mallea. Por el contrario, marcó su vida, su pasión y su sentimiento. En varias de sus novelas y en sus ensayos, abundan las referencias a Bahía Blanca. Ya en el comienzo de Historia de una pasión argentina, comienza con una referencia a la ciudad cuando expresa: “Yo casi no tuve infancia metropolitana. Vi la primera luz de mi tierra en una bahía argentina del Atlántico” (25). Mientras que en Todo verdor perecerá, describe con mayor precisión, apelando a una metáfora felina:

He aquí la ciudad del sur, Bahía Blanca, azotada por la arenisca junto al océano. Como la garra cauta del gato con el cachorro confiado, juega el verano con la ciudad atlántica. De pronto los plátanos de hojas inmóviles contienen, alegres, el gorjeo de la siesta. Soñolientos pasantes de abogado cambian con los procuradores recibidos miradas de envidia embotada. (109)

Es una fotografía de la ciudad austral, caracterizada por los vientos encontrados, la tierra y la arenilla que flota por los aires hasta, a veces, cubrir toda la ciudad bajo un manto de polvo visible desde un vuelo. Pero no sólo Mallea describe la ciudad, sino su gente cuando habla de los “soñolientos pasantes de abogado” que cruzan las calles centrales en las cercanías del correo y la plaza Rivadavia yendo de juzgado en juzgado. Una ciudad tranquila por entonces, ajena a los ruidos y los febriles movimientos de ahora. En otro tramo de la narración, Mallea describe el origen y crecimiento de la ciudad cuando compara a Ágata –personaje central del relato– con la ciudad. Dice:

Mientras ella se abría, la ciudad, Bahía Blanca, se cerraba, también como una flor, pero de piedra. La formación de las ciudades americanas se parecen [sic] a un capítulo de biología vegetal. [...] En torno al fortín, valla opuesta al indio predatorio, comenzó a crecer, hacia los ochocientos veintiocho, la población militar, y cuatro años más tarde Rosas y Darwin se paraban ante aquellos salitrales que después de los secos calores extendían en la bahía su ardiente sabana blanca. (31)[2]

Y, en Chaves, aquel relato breve “de un exacto rigor” –como definiría Jean Duvignaud– describe Mallea:

Al dividirse de su padre, después de escenas ásperas en que el progenitor aniquilaba al adolescente, fue a buscarse la vida por esa ciudad del Atlántico. He ahí la tienda Blanco y Negro; el periódico, El Atlántico; la lujosa calle O’Higgins; la iglesia metropolitana. Por las afueras: el campo. Los ferrocarriles y los trigales, el universo. Se apretó a la ciudad, resistente, recalcitrante a salir. “Chaves, quédate”, aconsejaba la voz interior. Y se quedó. (37-38)

Como si el destino de Chaves estuviera, desde entonces, ligado a la ciudad desde la que surge una voz interior que le invita a quedarse. Definitivamente. No en vano se ha dicho que Mallea es un hito en la novela argentina en cuanto a que sus relatos salen de lo campestre para instalarse en la ciudad, en este caso, en su ciudad natal: la vieja e influyente Bahía Blanca.[3] Fue de su padre de quien recibió la mayor influencia para inclinarse, definitivamente, por la literatura. Como describe Oscar H. Villordo: “El padre vivía manejando enciclopedias, diccionarios y libros. Los había leído todos. Los releía. Era amigo de Manuel Láinez, tío abuelo del novelista Manuel Mujica Lainez (19).[4]

 

Estilo literario y repercusión de su obra

En un prólogo escrito por Francisco Romero a Historia de una pasión argentina, dice el gran filósofo argentino: “En la Historia de una pasión argentina, una conciencia singular, en una especie de identificación mística, se sume en la realidad espiritual de su país, y tras ahondar en ella, la incita a empresas acordes con su índole, a revelar su norma secreta y proyectarla en lejanías de futuro.” Es que Mallea se caracteriza por ser una personalidad que vive de la pasión, la pasión por encontrar la sustancia de la cultura argentina que marque el rumbo del país y la nación en tiempos turbulentos y faltos de claridad. No por acaso sus autores favoritos, en filosofía, fueron “pasionales” como San Agustín, Blas Pascal y, sobre todo, Sören Kierkegaard. La ponderación del gran pensador danés es de las más decididas. Escribe en su ensayo “Para un destino”:

Por lo pronto, un hombre sale a gritar a la sazón en el glacial silencio y la oscuridad de las calles morales. Ese trágico dinamarqués de Copenhague llamado Kierkegaard, sobre cuya cabeza pesaba un paternal crimen herético, se ahoga en ese mundo racional, inespiritual; no puede más; la vida que se glorifica en su torno le parece lo peor de las muertes, una muerte sin resurrección intemporal, sin sucesión, sin entraña concepcional: todo el siglo es una idea. Y la idea no es historia y todo lo que no es historia no es humanidad. El vivo grito de Kierkegaard se desdobla en dos grandes fases: la faz de acusación, primero, la faz profética después. Y tiene la seca violencia del juicio que cambia en sal a la mujer de Lot. “¡Lo que yo pido es un cuerpo!” –grita en sus salidas desgarradoras de la cárcel de la abstracción. [...]El grito de Kierkegaard es un gran llamado a la reencarnación del orbe. Por lo que apela a favor de la criatura humana es por otro tipo de relación. El hombre no vive en una planicie sin fin, sino en una planicie cuyo horizonte es precisamente el sitio donde comienza el abismo. (El sayal 135-136)

¿Cómo son los personajes de Mallea? ¿Cómo se caracterizan? ¿Qué tienen en común? Más allá de los diferentes rostros e imágenes que suscitan al lector, los actores sociales que aparecen en los relatos manifiestan caracteres, personalidades y modos de ser parecidos. Casi todos ellos son seres solitarios, introspectivos, taciturnos, con escasa capacidad para la comunicación fluida con los otros. Tomemos el caso de Chaves. Mallea describe al personaje:

[...] Chaves iba y volvía solo a su casa por los caminos, y protegía aquella soledad como sacra cosa suya, sin que cupiera posibilidad de ser rota, salvo por diez o veinte pasivos pasos hechos al lado de tal o cual fortuito encuentro, escuchándolo. Se negaba deliberadamente a hablar. (Chaves 26)

Usa varias imágenes de la naturaleza y del mundo animal para describir la soledad y esa tendencia hacia el ensimismamiento. Dice más adelante: “Estaba habituado a encaracolarse sistemáticamente en sus humores taciturnos” (Chaves 36). “Era un leopardo nocturno, sin voracidad, sin presa, que miraba las cosas, que pensaba lo que miraba, que olía las madreselvas. Ante la gente, encogido como una estaca. Nada dúctil más que por los corredores de su soledad” (37). “Y él caminaba solo, horas, por la ciudad, por la rambla contigua al puerto [...]” (54). Y, junto con eso –o quizás en oposición– Mallea muestra el contraste cuando el personaje rompe el silencio auto impuesto. A veces, respondiendo a sus interlocutores con evasivas o disquisiciones que no venían al punto o que no respondían cabalmente las preguntas de ellos. “Chaves, inalterablemente cortés, deglutía aquellas inquisiciones, pero sus respuestas no servían nunca para satisfacer ni en un quinto el alcance del interés que se le dirigía.” (p. 25). Pero esto no significaba que Chaves no necesitara hablar. Por el contrario, era tal su ansia por hablar, sobre todo, con su compañera que el narrador expresa la intensidad: “Necesitaba hablar, hablar, decir y volver a decir, contar y volver a contar, para envolver a Pura en ese séquito de vocablos y traerla hacia él, en su viaje de vuelta, reconquistada” (43-44). Chaves habla sólo cuando quiere o, quizás, cuando puede. Las crisis le conduce a una necesidad irrefrenable por comunicarse. Como aquella escena en la que, después de la muerte de la niña, acude de nuevo a las palabras, acaso para animar a su desdichada mujer. “¡Cómo volvió a inventarse reservas y reservas de vocablos! Eran como grandes lagos interiores llenos de inesperados peces auditivos, y ella, Pura, parecía revivir, parecía recobrar un rico brillo en los ojos [...]” (73-74). La narrativa termina con un no rotundo, final, sin posibilidad de revertirse. Es que Chaves representa la soledad y el despojamiento, un ser arrojado a un mundo inhóspito donde todo es lucha por sobrevivir en un medio hostil, aún desde el punto de vista humano. Tiene razón Villordo cuando relaciona a Chaves con El extranjero de Camús. “Y lo que muestra es precisamente una existencia, un destino en quien la adversidad socava el alma pero sin vencer su fortaleza. Los personajes son testimonios del ser hombre y del estar en el mundo” (68). La dimensión espacio-temporal es la única a partir de la cual Mallea intenta analizar la vida humana. Sus obras, reiteradamente, se construyen en las coordenadas del tiempo y el espacio. Por caso, en su novela Chaves, –ponderada por Jean Duvignaud como un relato de “fascinante belleza” y “un exacto rigor”– narra Mallea: “Aquel que dejamos atrás treinta años antes y que llevaba nuestro nombre, ¿qué tiene que ver con nosotros treinta años después? Otro ser, otra raza –o tal vez el mismo, monstruosamente, sin paréntesis de tiempo, ni mutación ni espanto” (36). A veces, el personaje siente que el tiempo se le esfuma como un ente o un valor inasible: “Él marchaba atento al tiempo y cada minuto vencido le parecía precioso e irreparable” (60). Tan irreparable, tan irrecuperable, como la vanidad de vanidades del Eclesiastés, para quien la vida que es tiempo para nacer, morir, plantar, llorar y amar, se resume, al fin de cuentas en un “correr tras el viento” sin poder atraparlo. Y al final, como en un intento por definir el tiempo, describiendo a la pareja central del relato dice: “Habían vivido bastante tiempo allí. Qué inmutable era la vida, qué inmutable era todo. ¿Cómo puede decirse que el tiempo pasa? El tiempo es un cansancio que asumimos” (97).

Pero, además del tiempo y del espacio como escenarios fundamentales de los personajes de sus narrativas, hay otra realidad que también apasiona y aprisiona a Mallea: la ética. Todo el texto fundamental de Historia de una pasión argentina está atravesado por la búsqueda y el rescate de una ética perdida entre los escombros producidos por la venalidad, la corrupción y la infamia. Pero también aparecen referencias puntuales a la moral y la ética en ensayos como “El invierno de las ideas”, en el cual, procura superar los límites de las construcciones especulativas para entrar en “la atmósfera misma de nuestro cuerpo moral” (El sayal 35). Siguiendo, una vez más a Kierkegaard, entiende que las ideas deben convertirse en pasión que permita que la persona salga de su marasmo y su morosidad meramente contemplativa, propia del espectador, para hacerse participante con firme interés en la realidad ética. Para ello, Mallea insta por reconstruir lo que denomina “un estado de fe” que, para él, no es otra cosa que una reestructuración misma del alma. El escritor entiende que los hombres que han sucumbido a la propia indulgencia, terminan por ser “aherrojados en una cadena de pequeñas depravaciones y grandes inmoralidades” (37). La causa generadora de esta situación está, en la visión de Mallea, en la precipitación que caracterizaba a la gente de su época. Precipitación a las ideologías, las místicas, las acciones, lo público y privado, lo profesional, las tiranías e imperialismos. Pero la que más le preocupa, seguramente por ser la más importante como génesis de todas es “la precipitación interior” y ello, porque “el ánimo no ha tenido tiempo de preparar sus defensas, de cambiar sus contravenenos, y de este modo, el panorama moral de la especie pasa por su hora más crudamente crítica” (39). Y en medio de esa crisis, la gente busca algo en qué aferrarse para alcanzar su salvación: una rama, una roca, una ventana o cualquier elemento que intuya con poderes para rescatarla. Es que las salvaciones puramente temporales no sirven, dice Mallea. La humanidad busca, entonces, una salvación intemporal. Más que un acto meramente cultural, el ser humano necesita de un acto plenamente humano y, sobre todo, ético. No una ética meramente abstracta y teórica, sino una ética que denomina creadora y combatiente. Apelando una vez más a uno de sus mentores preferidos, Kierkegaard, Mallea dice que aquel “hijo de un pastor protestante que recorría las planicies danesas llevando en el centro de su vida un gran desgarramiento metafísico” (46) y que nos insta a volver a Shakespeare y al Antiguo Testamento para recuperar la pasión, “nos ha dejado con su semilla de afligente taciturnidad el espíritu dispuesto para empezar a producir con valiente plenitud, con integridad.” (46). Allí encuentra Mallea la palabra justa, el sustantivo exacto: la integridad. Hasta tal punto que, ya casi al final de su reflexión señala como definición clara y determinante: “Todo lo que es destructivo es ininteligente y anti-espiritual. Lo inteligente y lo espiritual tienen que empezar hoy en cada hombre por una decencia activa” (81). Siguiendo los caminos trazados por San Pablo, San Agustín, Pascal y Kierkegaard, la búsqueda ética por parte de Mallea no es un recetario de fórmulas a aplicar para cada decisión y opción, sino un jugarse por un ideal pero que no pertenezca a un mero universo de ideas sino que se materialice en lucha, acción y decisión concretas. Mallea escribe como impulsado por un mandato divino para escrutar en el pasado y el presente de los argentinos para encontrar entonces un camino a recorrer, para cumplir, acaso, aquel famoso desafío de Ortega y Gasset: “Argentinos: ¡a las cosas!”

Y de la estética y la ética, se llega –siguiendo el camino trazado por Kierkegaard– al ámbito metafísico y teológico. Toda la obra de Mallea está atravesada por la búsqueda de Dios y la exaltación de los valores religiosos tal como se expresan en el cristianismo: la fe, la esperanza y el amor (véase “Eduardo Mallea y su visión del nuevo hombre argentino”).  Hay un ansia irrefrenable en los personajes por encontrar a Dios o, quizás, buscar en él una respuesta a tanta soledad y angustia existenciales. Marta, personaje de Fiesta en noviembre, clama: “¡Dios, ármanos de valor! Tal había sido al principio su grito, el grito de Marta, a través de años y años. Después, ese valor, lo tuvo. Ahora que lo tenía, está solitaria, esta mujer de belleza digna, había gritado: “¡Dios, qué hacer con este valor, qué hacer con este valor!” (85-86). El personaje busca ansiosa y desesperadamente en Dios, el valor que necesita, pero luego de encontrarlo no sabe qué hacer con él, porque, como apunta luego la voz narradora a modo de comentario entre paréntesis: “Ah criatura, ya se te ha dicho; sólo una cosa posees, conservas sin variación, y es la muerte!” (85-86). Es una invitación a la aceptación de la condición humana, un “ser-para-la-muerte” que, mucho antes de Heidegger, aparece en las Escrituras en el pasaje de Isaías que da título a Todo verdor perecerá: “Las aguas de Nimrim serán consumidas, y secaráse la hierba, marchitaránse los retoños, todo verdor perecerá”.[5] Se trata de una metáfora recurrente en las Escrituras sagradas, que también aparece en pasajes como Isaías 40.7-8 y 1 Pedro 1.24. Pero más allá de que los personajes reconozcan su mortalidad, una cosa es cierta: hay una búsqueda de Dios que se torna constante en ellos. En la novela recién citada, la voz narradora apunta que Nicanor y Ágata luchaban en medio del “desastre bíblico” que carcomía los sembrados y dice: “Al cabo de diez años de mediocre combate, Nicanor resolvió sembrar todo el campo. Altas como gritos, las espigas crecían bravamente en agosto. Cada día comprobaban los ojos esa liberación del grano, esa irrupción hacia Dios” (76). Y, casi de inmediato, el autor define: “Sólo en aquellos momentos sentía Ágata la vecindad de Dios” (77). Vecindad que, por otra parte, mostraba a Ágata la gran desproporción entre el campo en su extensión infinita y los hombres, limitados e insignificantes. “Uno parecía, en aquella extensión sin fronteras, abandonado y lejano de todo; y, sin embargo, como un solo grito, parecía posible alcanzar desde allí la eternidad, el cielo universal. Ningún límite, entre uno y el infinito.” (77). Y, casi en el desenlace, en la resolución de la narrativa, Ágata, sin noción ni sentido, en la ceguera de su angustia y en medio de una “enorme calma dominical” parece encontrar el camino cuando ve en la iglesia: “ese bulto de madera de antecedía a la capilla y a cuyo pie estaba borrosamente escrito: Ergo sum via, veritas et vita, lo cual quiere decir: yo soy la ruta, la verdad y la vida.” (p. 209). Al analizar la escena, Roberto Ríos dice: “’Aquí está tu respuesta, Ágata’, parece decirle Mallea, pero Ágata está ciega para todo lo que no sea su personal angustia. Y así desparece” (67).

La vasta obra de Mallea alcanzó repercusión mundial a partir de las traducciones de sus libros al inglés, francés, alemán, italiano y portugués, entre otros idiomas. A partir de ello, la crítica literaria mundial se hizo eco de la importancia, el estilo y el destino de la obra de Mallea. El especialista colombiano Rafael Gutiérrez Girardot decía en 1967: “Eduardo Mallea significa, desde el punto de vista de la sociología y la literatura, la primera y hasta ahora insuperable gran obra de la novelística latinoamericana.” En cuanto a las influencias literarias y estilísticas que se ven en la prosa de Mallea y que evocan las figuras de Dostoievsky, Kafka y Faulkner. Algunas descripciones geográficas que elabora Mallea muestras semejanzas con el gran maestro William Faulker, verdadero creador de un estilo del cual abrevan narradores latinoamericanos como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y José Onetti, entre otros.[6] Aunque, a diferencia imaginario “condado de Yoknapatawpha”, nuestro escritor sitúa muchos de sus relatos en los áridos campos blancos de la Bahía y sus cercanías atlánticas. Como ejemplo, podemos citar –además del epígrafe que se consigna al comienzo de este ensayo, otro párrafo de Todo verdor perecerá:

La seca era como un incendio; quemaba la vegetación por debajo, la buscaba, la mataba en la entraña. Algunos pastos se defendían terriblemente, duraban, echaban jugo, se nutrían desde adentro, tenaces; otros se entregaban sin réplica; otros nacían para aquel clima. Éstos eran como el usurero en años de ruina: siniestros de condición. Insidiosa, prolija, la arena trabajaba con el fuego solar en la ruina de los habitantes vivos de aquel sitio; abrazaba los tallos, volaba, levantaba diminutos copos, ahogaba las especies. Y cuando venía alguna lluvia, rápida, voluble, era como una visita a esos agentes de desesperanza. (15)

La seca es personificada como una fuerza maligna y destructora mientras algunos pastos verdes procuran defenderse de la muerte inminente y otros se entregan sin luchar. La arena también es personificada como otra fuerza que, alineada a la seca, se expandía, devastadora, para terminar con todo ser viviente en la comarca. Sólo la lluvia es retratada como una fuerza benévola y salvadora en medio del desastre telúrico.

A modo de síntesis de las influencias de escritores como los mencionados, Myron Lichtblau escribió: “Debió sentir cierta afinidad con aquellos escritores que trataron de utilizar el fenómeno del lenguaje no sólo como medio de comunicación o adorno descriptivo, sino como una fuerza vital y creadora que pudiera integrarse funcionalmente con la materia tratada” (Villordo, 80).

Por su parte Donald Shaw, de la Universidad de Edimburgo ponderaba su obra en los siguientes términos vertidos en 1968: “Mallea no sólo llegó a formular bastante anticipadamente una parte importante de la teoría de la novela ahora en boga, sino que supo también emplear técnicas novelísticas que nada tienen que envidiar a las empleadas por novelistas más jóvenes.”[7] En Alemania, a propósito de la publicación en ese país de Todo verdor perecerá, comentaba Karl August Horst: “Mallea no juega ni confunde con las dimensiones del tiempo. Describe los acontecimientos tal como siguen uno al otro, y obtiene de esa manera el pathos conciso y objetivo de Maupassant o Flaubert... Mallea confirma en estas narraciones su sutil don de observación. No se independiza éste nunca, sin embargo, sino que está siempre al servicio de un asunto sin escapatoria, fundado en lo indecible” (Villordo, 97-98).”

Pero acaso por la estatura de su nombre, la ponderación más importante es la que surgió de la pluma del mismo Stefan Zweig que, encomiando Todo verdor perecerá, escribe al autor:

Su lectura me ha emocionado sinceramente... Esta vida de mujer corriente que padece las mismas tribulaciones que podríamos encontrar en millares y millares de casas, resulta tan punzante en su austeridad que es imposible sustraerse a su agonía moral... No sé de ninguna obra reciente, dentro de la literatura sudamericana, que pueda comparársele.[8]

Mallea fue invitado a pronunciar conferencias en muchos centros académicos del mundo tales como las universidades de Princeton y Yale y la Academia Goethe de San Pablo. Mallea falleció en Buenos Aires en 1982, dejando para la posteridad literaria un legado de incalculable valor que acaso recién ahora estamos aquilatando.

 

Mensaje y actualidad de Mallea

Las verdades no tienen geografía ni tiempo. Por eso, la obra de Mallea trasciende su propia geografía por aquello de “pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Y, también, trasciende el tiempo ya que sigue siendo tan vitalmente actual como en su época. Porque, si Mallea se sentía molesto, casi al borde de la furia, como dice en su Historia de una pasión argentina, al ver la venalidad, la connivencia y la corrupción instaladas en el cuerpo social de la Argentina de los años 30, ¿qué podríamos decir de lo acontecido en más recientes décadas de la historia del país? Si su mensaje fue vigoroso y fiel a los hechos, pugnando desde su pluma por un cambio de mentalidad que condujera a una toma de conciencia de la ruina hacia la que, inevitablemente, se iba como por un despeñadero, los hechos posteriores le dieron la razón. Mallea no se equivocó. Como señala con metáforas ricas en polisémicas interpretaciones, escribe en La bahía de silencio:

Aquel país no era el país. Aquel país que veíamos no era el país que queríamos. Aquel país que tocábamos no era el país que esperábamos. Debajo de la púrpura queríamos ver el sayal. El sayal es lo que está cerca de la piel y la piel es lo que está cerca de la sangre. En el país, la púrpura mentía. [...] Un país nuevo debe ser sobrio, claro, limpio de palabra, seguro de sí y exacto como la fundamental juventud. Un país joven que se aficiona a la púrpura, está pronto a degradarse por dentro.[9]

Mallea cala profundamente con el bisturí de su pluma en el cuerpo social argentino, como todo cirujano avezado y decidido a extirpar el tumor maligno del enfermo. Sabe que sólo una profunda incisión –dolorosa pero inevitable– es la que puede traer salud a la nación enferma. Sabe, también, que sólo podrá surgir y crecer un país nuevo, cuando sustituye la púrpura refinada por la ropa áspera del trabajo duro y sacrificado. Por eso, como dice Ana Lía Amores a modo de invitación: “[debemos] releer la obra malleana, por momentos postergada, para recuperar los aspectos positivos de su proyecto y, en la medida de lo posible, hacerlos fecundos” (4).” Leer y releer a Mallea es más que un ejercicio intelectual y placentero porque, más allá de sus indiscutibles valores literarios, su obra toda es una voz profética que –como el bíblico Juan el bautista– clama en el desierto de la soledad de las almas para señalar el camino angosto de la ética y el trabajo, único que conduce a la encarnación de la Argentina invisible.

 

Bibliografía de obras citadas

Amores, Ana Lía. “La pasión del pensamiento”. Diario Clarín, suplemento Cultura y Nación, Buenos Aires, 12 de noviembre de 1987, p. 4.

Mallea, Eduardo. Historia de una pasión argentina. Buenos Aires: Sudamericana, 1987.

______. Chaves. Tercera edición, Buenos Aires: Losada, 1982.

______. El sayal y la púrpura. Segunda edición,  Buenos Aires: Losada, 1962.

______. La Red. Tercera edición, Buenos Aires: Sudamericana, 1977.

______. La bahía de silencio. Buenos Aires: Sudamericana, Primera edición pocket, 1999.

______. Todo verdor perecerá. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, undécima edición, 1977.

Ríos, Roberto E. La novela y el hombre hispano-americano. Buenos Aires: La Aurora, 1969.

Sarmiento, Domingo Faustino. Recuerdos de Provincia. La Biblioteca Argentina, serie Clásicos,  Barcelona: Agea S. A., 2001.

Villordo, Oscar Hermes. Genio y figura de Eduardo Mallea. Buenos Aires: Eudeba, 1973.

 

Notas

[1] Domingo Faustino Sarmiento se refiere a uno de los fundadores de la ciudad de San Juan: Juan Eugenio de Mallea, de quien desciende el padre de Eduardo, señalando: “a fuerza de confrontaciones y de conjeturas, la historia de los primeros diez años de la fundación de San Juan, y la biografía interesantísima del hijodalgo don Juan Eugenio de Mallea, que había sido juez ordinario y era a la sazón contador de la Real haciendo y alférez real [...]”, Recuerdos de Provincia, La Biblioteca Argentina, serie Clásicos,  Barcelona: Agea S. A., 2001, p. 23.

[2] En efecto, tanto Rosas como Charles Darwin estuvieron en Bahía Blanca. El gran científico británico cita la ciudad en su libro de memorias.

[3] Cabe recordar que también Bahía Blanca fue el lugar de residencia de otro gran escritor, el ensayista Ezequiel Martínez Estrada, autor entre otras obras de: La cabeza de Goliat, Muerte y transfiguración de Martín Fierro y, Radiografía de la Pampa. El propio Martínez Estrada destacó la trascendencia de Mallea afirmando sin titubeos: “El novelista y ensayista de más prestigio en Argentina es hoy Eduardo Mallea.” Contratapa de la obra de Mallea: El resentimiento, 2da. Edición, Buenos Aires: Sudamericana, 1970. También Mallea influyó en otro gran ensayista argentino: Héctor Murena. Ya en el campo de la ciencia, Bahía Blanca fue, también, el lugar de nacimiento y de los primeros estudios del premio Nobel en medicina: César Milstein, fallecido hace algunos años.

[4] Oscar Hermes Villordo, Genio y figura de Eduardo Mallea, Buenos Aires: Eudeba, 1973, p. 19. En esta misma obra se publicada una caricatura del rostro de Manuel Mujica Lainez, hecha por el propio Mallea en 1940.

[5] El pasaje es Isaías 15.6 que Mallea cita de la versión castellana Reina-Valera, revisión de 1909.

[6] A propósito, en el ensayo introductorio de una de las más célebres novelas de Faulkner, El ruido y la furia, se apunta: “Con los años, la influencia de Faulkner se deja ver claramente en escritores tales como Juan Rulfo, García Márquez, Jorge L. Borges y Vargas Llosa.” El ruido y la furia, estudio introductorio “La obra de William Faulkner”, Madrid: Ediciones Cátedra, 1999, p. 54.

[7] Contratapa de La Red, tercera edición, Buenos Aires: Sudamericana, 1977.

[8] Contratapa de Todo verdor perecerá.

[9] La bahía de silencio, Buenos Aires: Sudamericana, Primera edición pocket, 1999, pp. 37-38. Precisamente El sayal y la púrpura es el título de su libro de ensayos.

 

Dr. Alberto Fernando Roldán
El autor es argentino, doctor en teología y ensayista.
Buenos Aires, 31 de mayo de 2004.

 

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

Home Repertorio Antología Teoría y Crítica Cursos Enlaces