Alberto Vélez
Rodríguez
EL DERECHO DESDE LO POLÍTICO EN MIGUEL REALE
Alberto
Vélez Rodríguez
(Profesor Titular de la
Facultad de Derecho y Ciencias Políticas
de la Universidad de Medellín)
INTRODUCCIÓN
La situación actual de Colombia amerita la reflexión sobre
planteamientos jurídico-políticos, que no desborden el marco de lo ético
y de lo realizable. En efecto, estamos saturados de ideales utópicos; de
múltiples y vergonzosas promesas incumplidas; de la sucesión casi
inmemorial de gobiernos ilegítimos y de gobernantes incapaces y
corruptos; de soluciones legislativas generales, abstractas y apátridas;
de la ausencia de participación en las decisiones que afectan nuestros
intereses; de individualismo; de racionalidad; de utilitarismo... En síntesis,
son en absoluto extraños para nosotros el Estado-Nación, el humanismo
político, el Derecho eficaz y la Justicia social.
Por ello he escogido la obra jurídica y política de Miguel Reale, ya
que en mi sentir, las circunstancias en las que se gestaron los textos del
jurista y filósofo brasileño, no son significativamente distintas de las
que han caracterizado nuestro decurso histórico. Además, la gran agitación
política despertada por el Integralismo, en el que tuvo el profesor Reale
una significativa participación, y las actividades llevadas a cabo por
este movimiento y capitalizadas a la postre por Getulio Vargas, llevaron a
la consolidación en ese país del Estado-Nación que no hemos sido
nosotros capaces de construir. Creo que en este empeño no sobra ningún
esfuerzo. La reflexión sobre los temas políticos, es el aporte que
podemos dar quienes hemos pretendido servir desde la academia.
Personalmente considero que un Estado Integral de Derecho, y una política
de servicio, son modelos de un deber ser realizable que nos permitirían
autóctonamente concretar los valores que reiteradamente han venido
demandando nuestras comunidades, modelos en cuya construcción
exitosamente podrían extrapolarse, con las adecuaciones que sean menester
a nuestra idiosincrasia, las tesis jurídico-políticas de Miguel Reale.
Además, en los círculos jurídicos es hoy muy conocida y de buen recibo,
la Teoría Tridimensional del Derecho estructurada por el profesor brasileño,
teoría que asumiremos aquí en el sentido que tiene desde la política.
El título de este escrito: El
derecho desde lo político en Miguel Reale obedece a la única
visión posible de la realidad de lo jurídico, ya que las posturas
ideales, productos de la pura razón especulativa, escinden el Derecho de
la Política. El orden real de la convivencia, demanda así mismo, una
teoría real de lo político para la que el Derecho es ineludible en el
estado actual de la civilización que nos individualiza. De este modo, la
organización para el bien común de una sociedad concreta, requiere que
sean utilizados como medios imprescindibles el Derecho y la Política, en
su acción recíproca que les otorga idoneidad y los sustrae de la pura
entelequia. Precisamente de esa forzosa reciprocidad como es vista por
Reale, da cuenta este trabajo, en el que trataré de concretar los
problemas básicos que envuelven el tema de Lo
político en Miguel Reale.
Vida,
obra y pensamiento de Miguel Reale
Miguel Reale, Jusfilósofo, padre del
“Culturalismo Brasileño”, nacido en 1910 en São Bento do Sapucaí,
Estado de São Paulo, dos años antes de culminar sus estudios de Derecho
en 1934, frecuentó los grupos socialistas influidos de ideas
nacionalistas y marxistas que irían a repercutir en el Movimiento
Integralista Brasileño, del que hizo parte. En el 32 el ambiente era de
franco desencanto [cf. Souza, 1994: 82]. Al respecto el propio Reale
expresa:
“Cuando surgió la revolución paulista (1932), yo
estaba en uno de esos momentos de desengaño, en perfecto estado de
disponibilidad, con el cerebro como un cementerio de ideas que ya habían
sido ideas—fuerza en el pasado, desde los admirables ideales del
Liberalismo, hasta las agitadas pulsaciones del Marxismo.
“Me alisté como quien va para la lucha en procura
de sí mismo, con la certeza de encontrar en el peligro el sentido nuevo
de la vida. Al volver, comprendí que mi crisis espiritual había sido,
como la de muchos de mi generación, la crisis de quien se cierra en sí
mismo, devorando sus propias ideas en el silencio egoísta de los
gabinetes, sin comprender que la idea es tanto más nuestra cuanto más la
expandamos por el mundo” [Reale, 1983: II, 7].
Ya desde aquí se avizora el realismo que
impregnará toda su obra; un neorrealismo expresado como criticismo
ontognoseológico, de acuerdo con el cual, hay
también un a priori material, óntico, y no sólo gnoseológico, pues el
espíritu capta la realidad determinada porque no es productor de objetos
a partir de la nada [Reale, 1978: 109; 1977, passim].
El a priori material u óntico integra la que he llamado estructura
preperceptiva de la conciencia, que le otorga al cogito
una dimensión perspectivista y determina la subjetividad, no la de la
conciencia del individuo aislado, sino la de la conciencia equipada con
los ingredientes mundanos. Ese a priori material explica la inexistencia
del cero absoluto en el decurso del proceso perceptivo, y es por ello que
considero que la conciencia del hombre tiene también dicho carácter
preperceptivo y es intencional como potencialidad no vacía, sino referida
a la vivencia actual que es remitida a potencialidades de la conciencia
inherentes a la misma vivencia; a un horizonte con un contenido coasumido,
no percibido, pero anticipado en la percepción, marco de posibles
realizaciones de la libertad [Husserl, 1942: 80]. Por ello el problema de
la identidad política está relacionado de manera esencial con la
perspectividad de la conciencia, es decir, está condicionado por ese a
priori material del que profusamente se ocupa nuestro autor brasileño. El
análisis del sentido objetivo, es decir de la explicitud de lo presunto
por la conciencia, como expresa Husserl,
"va guiado por
el fundamental descubrimiento de que todo cogito,
en cuanto conciencia, es en el más amplio sentido asunción de lo asumido
por él, pero que esto, lo presunto, es en todo momento más (está
presunto con un plus) de lo que
en el momento está delante como "explícitamente" asumido"
[Husserl, 1942: 84].
La conciencia intencional se dirige no solamente a los ingredientes
mundanos, sino que es autoconsciencia, como conciencia interna del tiempo,
totalidad universal ordenadora de todas las vivencias posibles [cf.
Husserl, 1942: 78], pero no pasiva referencia intencional del ego a sí
mismo, sino activa, creadoramente activa, dirigida a una infinidad de
cosas, al mundo, que por no estar en reposo evoluciona y la afecta. La
conciencia es, pues, eminentemente activa y, a
fortiori, lo es el conocimiento en todos sus niveles. La conciencia,
por ello, es dialéctica y por eso ambigua. Hago esta referencia a la
fenomenología, porque ella tiene gran influencia en el pensamiento de
Miguel Reale, ya que, como él expresamente lo admite, sus exponentes
fijaron las bases de una doctrina que se encuadra en el realismo crítico,
y que redunda en un realismo ontognoseológico, porque representa una
revalorización del objeto, pero teniendo en cuenta que aquello que es
propio del sujeto, no proviene, ni se origina, ni resulta del objeto [Cf.
Reale, 1978: 125]. Además, en esa doctrina, se reconoce la función
creadora del sujeto, pero no absoluta en la constitución o producción
del objeto, como sustentan, por ejemplo, los neokantianos de la Escuela de
Marburgo, para quienes el método es constitutivo del objeto. Sobre este
aspecto, y para la comprensión posterior de la estructura o consistencia
de la realidad jurídico-política, nuestro autor hace las siguientes
consideraciones [Reale, 1978: 126-127]:
a)
Sujeto cognoscente y “algo real” son elementos esenciales para
cualquier conocimiento del mundo, de la naturaleza y de la cultura, esto
es, de cuanto no sea conocimiento de meros objetos ideales, como los de la
Matemática y de la Lógica.
b)
Consideramos algo (aliquid)
todo lo que sea susceptible de convertirse en objeto. Si en el plano de
los objetos ideales hay identidad entre “algo” y “objeto”, que se
distinguen apenas como posiciones del pensamiento mismo, ya los objetos
naturales o culturales suscitan el problema de la adecuación entre el uno
y el otro, entre lo que es objeto (contenido del pensamiento) y algo de
extrínseco al pensamiento, a lo que el pensamiento se dirige, en una
intencionalidad que es trazo esencial de la consciencia, de acuerdo con la
renovada enseñanza de Husserl Situándose delante de algo, el sujeto pone
lógicamente el objeto, pero sólo lo pone en la medida en que convierte
en estructuras lógicas las estructuras ónticas de algo. El sujeto es, así,
una energía reveladora de determinaciones sólo lógicamente posibles por
haber en “algo” virtualidades de determinación. De ahí diremos que
el conocimiento es una construcción de naturaleza “ontognoseológica”.
c)
El sujeto aprehende algo como objeto, pero le resta siempre algo por
conocer; más aun, es en el acto mismo de conocer, que algo se conserva
heterogéneo, en relación con el sujeto mismo, por ser trascendente a él
y no reducirse al ámbito del proceso cognoscitivo.
d)
El conocimiento depende, pues, de dos condiciones complementarias: un
sujeto que se proyecta en el sentido de algo, orientándose a captarlo y
tornarlo suyo; algo que ya debe poseer necesariamente cierta determinación,
cierta estructura objetiva virtual, sin la cual sería lógicamente
imposible la captación. El ser no es, en ese sentido, lo absolutamente
indeterminado, porque antes es lo infinitamente determinable. El sujeto no
recibe de algo, pasivamente, una impresión que en él se revele como
objeto, ni algo se transfiere al plano del sujeto, reduciéndose a sus
estructuras subjetivas. Bajo el estímulo de algo, y en la medida y en
función de funciones subjetivas e histórico—sociales – pues el
realismo ontognoseológico no olvida la inevitable condicionalidad social
e histórica de todo conocimiento –, el sujeto, de cierta manera,
“pone” el objeto, que puede no corresponder integralmente con algo,
pero a algo, con certeza, siempre corresponde. Restringimos el concepto
hartmanniano de transobjetivo a aquello que si no se conoce aun, puede,
sin embargo, ser objeto de conocimiento. Consideramos, por otro lado,
objeto trascendente o metafísico aquel al que sólo podemos referirnos,
en último término, como presupuesto de la totalidad del proceso
cognoscitivo, como condición primera para conocer: es objeto metafísico,
porque trasciende los cuadros ontognoseológicos, es “algo” que se
impone como punto al que tienden indefinidamente las perspectivas del
conocer.
e)
En suma, el pensamiento tiene el poder de poner estructuras lógicas en
función de estructuras ónticas, de manera que hay siempre necesidad de
determinar el método adecuado o correspondiente a cada región o a cada
campo de realidad.
f)
A la metodología abstracta sucede la metodología concreta, plural y
funcional, suscitada por el principio fundamental de los presupuestos
ontognoseológicos.
Alrededor de la importante figura de Miguel
Reale y de su vasta obra, se reúne un grupo de pensadores culturalistas
de las más variadas tendencias, desde el Historicismo Idealista Italiano
hasta el Raciovitalismo Orteguiano, o la Fenomenología, o el Egologismo
Existencial, o las diversas manifestaciones del Marxismo académico y
militante, o las tendencias jusnaturalistas actualizadas por la Filosofía
Contemporánea, etc.[cf. Machado Neto, 1969: 218]. Puede afirmarse que el
Culturalismo orientado por el profesor Reale y que desarrolla el grupo del
Instituto Brasileño de Filosofía que él preside, es el más actual
movimiento que resume todas las tendencias teóricas sobre el Derecho en
el Brasil hodierno. Ese pluralismo se traduce en el pensamiento complejo
de Miguel Reale, complejidad que caracteriza su antropocosmovisión y, por
su puesto, su concepción política.
Machado Neto, de filiación egológica,
integrante del citado grupo, afirma que la obra del profesor Reale es la
contribución realmente significativa de ese movimiento de las ideas.
Considera al profesor Reale un hombre de pensamiento y de acción, jurista
profesional de la más alta categoría, teórico del Derecho y también
Político intermitentemente actuante y autor de más de una docena de
obras sobre Teoría del Estado y Filosofía Jurídica. [cf. Machado Neto,
1969: 219].
Miguel Reale es considerado como uno de los
representantes de la verdadera originalidad de la reflexión filosófica
en el Brasil, la que al decir de Antonio Paim [1979: 142], con apoyo en
las mismas palabras de Reale, requiere que aprendamos a convivir con la
herencia que nos fue legada, correspondiéndonos reconstruirla en su
integridad. Supone que sepamos descubrir la posición que ese legado ocupa
en la textura cultural del presente, elevándola al plano consciente y
retirándola de la condición subyacente a la que había sido relegada. Y,
aun, que no lo hagamos cultivando aislamientos culturales, sino buscando
participar del diálogo que entretiene a los pensadores de las viejas
naciones, sin exhibicionismo para hacernos notar, sino con ciertos ángulos
y facetas de una consciencia que, tomada en su totalidad, es universal.
Entre la vasta bibliografía de Miguel Reale, que se inicia con una
serie de ensayos políticos de alguna manera vinculados al movimiento
Integralista Brasileño puede destacarse Fundamentos del Derecho [cf. Reale, 1972], obra presentada para el concurso que le permitió
ingresar como docente de la cátedra de Filosofía del Derecho, en la
Facultad de Derecho de la Universidad de São Paulo, publicada en 1940, la
que contiene el desarrollo de las ideas que le permitieron llegar a
nuestro autor a su Teoría
Tridimensional del Derecho [Cf. Reale, 1968].
De la misma época de la citada tesis, es su
libro Teoría do Direito e do Estado [cf. Reale, 1940], obra de
profunda erudición juspolítica, en la que se afirman más explícitamente
que en otras obras, los presupuestos culturalistas de su teoría del
Estado [cf. Machado Neto, 1969: 220]. Es la primera obra en el Brasil, en
la que se defiende una concepción del Estado de Derecho, a partir del
pluralismo de las entidades sociales, con una crítica de todas las formas
de estatismo jurídico. Sostiene el carácter ineluctable de la pluralidad
de perspectivas filosóficas y la inexistencia de criterios uniformes que
permitan escoger una perspectiva y refuta la construcción de una
estructura totalizante y totalitaria [cf. Souza, 1994: 83].
La obra capital en la que de manera sistemática
le da expresión definitiva a su filosofía jurídica, es la Filosofia do Direito [Cf.
Reale, 1978], obra que contiene un perfil inconfundible de una de las
filosofías más expresivas del mundo jurídico actual y de gran
influencia, tanto en Europa como en Latinoamérica. Así, entre otros, han
asumido el tridimensionalismo Luigi Bagolini en Italia y Recasens Siches
en México [cf. Machado Neto, 1969: 220].
Acerca de ese texto, el mismo Miguel Reale dice
que en él concreta el fruto de más de diez años de cátedra en la
Universidad de São Paulo, que reafirma su propósito, como lo había
desde joven escrito, de “teorizar la vida y de vivir la teoría en la
unidad indisoluble del pensamiento y de la acción”, programa de vida
que lo sigue acompañando, y al que obedece cuidando de determinar los
fundamentos del Derecho en función de elementos lógicos, axiológicos y
fácticos. Expresa que no comprende al Derecho como una abstracción lógica
o ética por fuera de la experiencia social, pues es en ésta en la que
debe hundir sus raíces para crecer firme y recibir el oxígeno
tonificante de los ideales de justicia. Ese sentido concreto del Derecho
se torna aun más vigoroso “en contacto con los problemas de gobierno, o
en la vivencia apasionante de los embates políticos, cuando son sometidos
a una crítica viva los preceptos de la legislación positiva” [Reale,
1978: XXIII]. Es incuestionable la concurrencia de complejas perspectivas
desde las que el profesor Reale enfoca al Derecho y en las que, por
consiguiente, se funda su concepción tridimensional.
Miguel Reale se apoya, para sus reflexiones
sobre la ética, en la conducta humana, a través de la cual llega a su
concepción jurídica, ya que el Derecho es una de las modalidades de la
conducta ética. En efecto, como para él el valor de la acción es capítulo
de la Ética y la Ética es una de las formas de la experiencia de Valores
y, como a su vez la Etica es uno de los aspectos de la Axiología o teoría
de los Valores y el valor fuente de todos los valores es el hombre,
entonces, no puede haber filosofía que no se refiera al ser humano, en su
totalidad como persona. Como la experiencia de Valores [cf. Reale, 1977]
concierne a la conducta ética y ésta es tridimensional, entonces la Ética
en general, y el Derecho, en particular, también tienen una estructura
tridimensional.
En virtud de que su militancia política en el
Integralismo constituyó la dimensión práctica fundamental para la
estructura de su pensamiento político de juventud; y en vista de que el
pensamiento de quien como Miguel Reale vive su realidad y trata de darle
expresión, y, por lo tanto, para quien su teoría no es sólo el fruto
contemplativo y apartado del mundo y del hombre, al examinar el sentido de
la Política en su pensamiento, es preciso que veamos de manera muy
general algunos aspectos de ese movimiento político
LO
POLÍTICO EN MIGUEL REALE
El Integralismo
[cf. Souza, 1994]
Ese movimiento no fue una escisión del Republicanismo tradicional, sino
un movimiento liderado por intelectuales sin antecedentes políticos que
logró tener una amplia repercusión en todo el Brasil.
Pese a la pluralidad ideológica de sus miembros, el movimiento
integralista asumió paulatinamente un carácter anticomunista, lo que era
esperado transcurriera, dada la situación política vigente.
El movimiento Integralista duró sólo de 1932 a 1938 y sus principales
vertientes fueron las siguientes:
Vertientes del Integralismo:
El Integralismo Brasileño se formó por la composición de tres
vertientes doctrinarias:
- La
que conforman las ideas de carácter literario y doctrinario expuestas
por Plinio Salgado, acordes con la doctrina Social de la Iglesia Católica
y heredadas del conservadurismo católico con el sentido que le
imprimió Jackson de Figueredo.
A Miguel Reale le correspondió hacer una propuesta relacionada con la
organización jurídico—política, relativa al ordenamiento del Estado
Modernizador, propuesta ésta mucho más técnica que la de Plinio
Salgado. Aspiraba a penetrar en el alma nacional mediante el método
intuitivo; buscaba la cultura en sentido atropogeográfico, al hombre
ligado a sus raíces históricas. Concibió como organización básica de
la economía y de las profesiones, a las corporaciones de productores y al
sindicato, con capacidad para congregar sus intereses en los respectivos
sectores de su actividad y para llegar hasta las Cámaras Corporativas. De
tal modo, la propuesta de Reale consideraba la posibilidad de una real
participación de todos los sectores representados, y ordenados de abajo
hacia arriba hasta las estructuras superiores.
¿Qué
es la política?
De
la interpretación de las obras políticas y jurídicas de Miguel Reale,
puede inferirse que la política
es tanto el arte como la técnica científica que permite consolidar,
fortalecer y generalizar los intereses de un grupo caracterizado por
diversos elementos cohesivos que le otorgan identidad, en un conglomerado
más amplio que resulta dominado por aquel, mediante estrategias que
utiliza para legitimar y justificar el ejercicio del poder.
Es arte, porque la legitimación
y justificación del poder hace indispensable saber emplear el discurso
metafórico para convencer a adversarios y partidarios mediante
argumentaciones racionales, o al menos que pretendan serlo [cf. González
García, 1998: 12], con lo que se destaca el papel importante que juegan
las metáforas en la argumentación política, en ese arte de convencer a
otros acerca de la bondad de los fines políticos [González García,
1998: 15].
El quehacer político, como actividad orientada hacia un fin, es
eminentemente racional y como tal, es hoy, objeto de conocimiento filosófico
y científico. Concretamente la política es objeto de las Ciencias del
Espíritu, pues ella, como estructura teleológica, implica
siempre un valor; como lo dice Miguel Reale, “fim é o dever ser do
valor reconhecido racionalmente como motivo de agir” [Reale, 1978: 375].
En este aspecto, el profesor brasileño establece una inseparable relación
entre Axiología y Teleología, destacando que toda Teleología presupone
una teoría de los valores, luego en la relación de medio a fin no se
tiene sólo un esquema ciego, mecánico o causal, porque todo fin no es
sino un momento de valor comprendido por nuestra racionalidad limitada.
Esa especificidad de deber ser de lo teleológico, obedece a mi juicio, a
una marcada influencia tanto del kantismo como de la fenomenología.
No es posible, entonces, reducir la política a
puro arte metafórico o retórico. La política, como ciencia superior,
como ciencia que hace la síntesis de la síntesis, envuelve las ciencias,
la filosofía, la historia, la moral, el derecho, la religión, el arte,
etc., en una palabra, la cultura [cf. Reale, 1983: II, 38].
La política, como dice Walzer, es el arte de
unificar para simbolizar la unión de los individuos en el todo; en el
Estado que es invisible e impalpable y debe ser personificado antes de ser
percibido [cf. González García, 1998: 20] en la concreción de lo múltiple
como universal real que no es sólo “nomen”. Miguel Reale [1983: I,
14,57, 159] utiliza en diversas oportunidades la metáfora del cuerpo,
cuando considera al Estado como una realidad histórica y no como el ideal
de los Griegos. El Estado de la concepción aristotélica o platónica, dice el jurista
brasileño, es bello pero inmóvil como una estatua de Fídias [cf. Reale,
1983: I, 114].
Al destacar Reale la ahistoricidad de la filosofía
griega, y considerar, no sólo que la cultura no puede concebirse estáticamente
ni como ya acabada, puesto que en la concepción cultural está siempre
viva la dimensión histórica, sino también que la filosofía tampoco es
puramente contemplativa y por consiguiente la filosofía política tiene
que tener un arraigo en la realidad, una posibilidad de realización, una
vocación hacia su concreción real, está criticando la concepción
renacentista y liberal del estado como obra de arte que se crea y se
destina sólo para la contemplación.
La funcionalidad, la experiencia, lo real, lo
vivido, que en el sentir de Miguel Reale le otorgan sentido a las ideas,
no pueden interpretarse en él como manifestaciones pragmáticas, sino
como concreciones históricas, no respecto de algunos sujetos en un
momento determinado, sino del hombre en su integridad, ya que la historia
es el hombre mismo, el hombre entero; considerado en su totalidad, en su
integridad, como el finito angustiado por el infinito, como lo imperfecto
que procura erguirse hacia la perfección, como lo uno y lo múltiple, en
el que se integran el ser y el deber ser.
Sin el referente citadino no es posible la
identidad del hombre político ni del cuerpo político, porque como lo
destaca nuestro autor, la ciudad surge como unidad moral, porque en ella
se da un reconocimiento de los derechos de cada uno. En la ciudad se
reconoció por primera vez el valor del hombre como célula social y se
afirmó el ideal de perfección de las fuerzas colectivas en el individuo.
Es allí donde el derecho surge diferenciado de la costumbre, donde se
reconoce al hombre como sujeto de derechos públicos. Mejor dicho, donde
nace el hombre político, que quiere decir hombre de la polis. Remata
Miguel Reale afirmando que la polis es una expresión del Derecho, el símbolo
de una civilización superior.
Miguel Reale considera la historia política
griega como una historia de los estados urbanos. Es preciso recordar que
el mundo helénico lo integraban ciudades que estaban distribuidas en las
colinas y valles de Grecia y en las costas e islas vecinas, ciudades que
conservaban las tradiciones legadas por su origen común y compartían las
mismas instituciones religiosas y sociales, aunque vivían
independientemente a través de un sistema de alianzas temporales logradas
por el esfuerzo de una determinada ciudad que pretendía alcanzar la
supremacía sobre las limítrofes. Dichas alianzas eran rotas, para dar
paso a la vida independiente de la respectiva Colonia. De esta suerte,
“la póliV o Ciudad Estado, constituye el fundamento del pensamiento Político en
Grecia” [Gettel, 1959: 80].
La vida política de los helenos la considera
Reale inconstante, llena de intrigas, complicaciones y mezquindades, ya
que en una política de “municipios” se ponen en primer plano los
intereses, y más que las ideas, las vanidades y las rivalidades por
futilidades entre los grandes hombres de pequeñas ciudades. Por esto,
Miguel Reale se formula unos interrogantes acerca de la vida política en
Grecia, en los que va envuelta su concepción realista de la política,
según la cual, en lo político concurren elementos racionales e
irracionales; la política es arte, es técnica, pero al mismo tiempo es
ciencia y filosofía; tiene rasgos de universalidad, pero no se concibe
sino en el devenir de la historia; las decisiones políticas tienen que
ser autónomas, pero deben estar legitimadas y justificadas; tiene sentido
en el Estado—Nación, pero su vehículo efectivo es la fuerza; es
independiente de la forma de gobierno, pero sólo desde un socialismo
tecnocrático, con un gobierno autoritario y fuerte, tiene sentido el
desarrollo del corporativismo democrático que le abrirá el camino que
requiere la extensión cada vez mayor de la verdadera democracia; es un
organismo, al que le da sentido la vida del hombre, como ser complejo y
valor fuente de todos los valores, como el soporte de la cultura que le da
vida y forma a ese organismo. Por ello, considera que la historia griega
se extiende y alarga ante nuestros ojos, cuando es precisamente el
problema del hombre el que nos impele a buscar en ella datos y enseñanzas
concretos y, entonces, nos salimos de los límites de la historia y nos
liberamos de las contingencias del tiempo y del espacio y así todo se
engalana de una luz de eternidad:
“El hecho histórico
más insignificante se universaliza, cuando en él entrevemos al Hombre;
y deja de ser tiempo para ser eternidad cuando lo consideramos a la luz
de la Providencia divina. Hay tal vez una teología de la historia, como
hay también un humanismo histórico, pero es éste el que nos debe
orientar en el estudio de la cultura griega, la más individualista,
contradictoria y humanista de las culturas antiguas” [Reale, 1983: I,
42].
La Política es ciencia, pero no una ciencia cualquiera: es la ciencia
cultural por excelencia, es la ciencia de las ciencias, es una ciencia
cultural superior; es ciencia normativa. No como en la Edad Media, en la
que la política propiamente dicha estaba en segundo plano, como arte y no
como ciencia autónoma. En otros términos, para ellos el Estado es el
medio mediante el cual el individuo puede alcanzar su meta espiritual. El
estado es también considerado medio por el liberalismo, para realizar el
goce de la libertad, fin supremo del hombre, por el socialismo para
alcanzar la justicia económica y por el tomismo y el agustinianismo, para
alcanzar la perfección del espíritu [cf. Reale, 1983: I, 153].
La
política como ciencia cultural [cf. Reale, 1995: 16] abandona la fase del
naturalismo caracterizada por el calco sobre las ciencias naturales y el
causalismo, o sea, la explicación exclusivamente causal (no finalista) de
los hechos, para dar paso a la política humanista, a la que tiende la
concepción de Miguel Reale y la que se caracteriza por ser ciencia del
espíritu y finalista. Al respecto expresa nuestro autor:
“He
aquí que los movimientos integralistas dejan el peso muerto de la premisa
burguesa (el naturalismo), marcando el ritmo espiritualista de los nuevos
tiempos por la reafirmación del principio de finalidad como complemento
del de causalidad” [Reale, 1983: I, 198].
El
Humanismo de Miguel Reale, es un humanismo realista, y desde él nos
ofrece el autor brasileño su concepción política de acuerdo con la
cual,
“las doctrinas políticas no son respuestas
definitivas, pero sí índices que nos indican los medios para transformar
la realidad para adaptarla al hombre, según el deseo permanente de la
Justicia y del Bien. Es en esta capacidad de descender a los hechos
particulares sin perder la visión del todo, en la que consiste el sentido
del humanismo integral: no es pragmatismo, porque no se contenta con los
hechos particulares útiles, ni hace del hombre el centro del Universo; no
es naturalista porque no considera al hombre como simple parte de la
naturaleza; ni es idealista porque no admite idea que no sea síntesis de
realidades objetivas y subjetivas, esto es, idea sin imagen. Es ese
humanismo realista el que anima el organismo de la política moderna,
inspirada en una nueva concepción cristiana del Universo y del Hombre”
[Reale, 1983: I, 34].
Para
comprender cabalmente el alcance de la política como ciencia, es
necesario no olvidar que hay una gran influencia de la fenomenología en
el pensamiento de Miguel Reale al respecto. Por ello afirma que es
indiscutible la interferencia del hombre, el residuo humano, en las leyes
explicativas del mundo del ser. No es el sabio el que crea libremente el
hecho científico, sino que está antes el hecho bruto que se impone al
sabio, en el decir justo de Poincaré, el hombre transfiere en la medida
en que aprehende [Reale, 1983: I, 36].
Complementando
lo anterior, considera nuestro autor que en el momento especulativo de las
ciencias es diminuta o secundaria la actuación de la Libertad. En ese
momento, si hay interferencia de nuestra parte es porque somos incapaces
de anular el coeficiente personal, sin alcanzar el ideal deseado que es el
aniquilamiento del sujeto observador para hacer posible la reproducción
exacta del objeto; el objetivismo de las realidades [cf. Reale, 1983: I,
37]. Sin embargo esta aspiración
a la que se refiere Miguel Reale, es imposible si tenemos en cuenta que en
todo acto de percepción va envuelta la situación preperceptiva o
perspectivista del sujeto.
Afirma
nuestro autor que en el dominio de las ciencias del ser, por ser el
determinismo un presupuesto necesario, debemos hacer abstracción de todo
y de cualquier concepto de finalidad, hasta completar la investigación.
Pero agrega que bien diverso es lo que se verifica cuando consideramos los
fenómenos desde el punto de vista del deber ser, esto es, de la voluntad
humana, pues de nada valdrían los conocimientos obtenidos en la fase
especulativa, si no fuesen aplicados a la realización de un fin, de
acuerdo con las aspiraciones de la naturaleza humana, momento en el cual
las leyes dejan de ser neutras al valor y surge el criterio ético.
Considera, entonces, que el determinismo científico es un principio que
la razón impone, como condición de sí misma en el acto de conocer [Cf.
Reale, 1983: I, 38]. De esta suerte, la Ciencia Jurídica sería neutra al
valor desde la perspectiva de lo fáctico, o sea en el momento de la
percepción de la realidad. Pero surgiría el criterio ético, cuando la
realidad se subsume con sentido jurídico y finalista por el Legislador en
una norma, con lo que se confirma que los fines de los titulares del poder
constituyen el horizonte de los deberes ético—sociales de los
ciudadanos.
Como
Miguel Reale no separa la Política de la Moral, y hace depender la
primera de la segunda, dice que la Ciencia Política
“estudia
la Sociedad y el Estado; procura, en la historia y en la experiencia
presente, fijar las relaciones y las interdependencias de los fenómenos
sociales, aplicando los conocimientos a fin de obtener para los hombres la
mayor suma de bienestar y de autonomía económica y moral: el dominio del
hombre sobre sí mismo” [Reale, 1983: I, 38].
En
relación con dicho concepto, nos aclara Miguel Reale que la Ciencia Política
refuerza los medios de acción; la moral nos guía en la escogencia de los
fines y por ello, al conjunto de la ciencia política y de la moral la
denomina “Política Integral”.
Ésta es, entonces, la conjunción de la ciencia política y de la
moral y en ella se da una relación entre los medios y los fines. Es
decir, es también una técnica.
Por
ello para Miguel Reale la ciencia superior, que no sólo conjuga el análisis
y la síntesis, sino que procesa la síntesis de las síntesis y que
subsume a la ciencia jurídica, es la Ciencia Política, cuyo índice
dominante es la síntesis y cuyas leyes son sobre todo leyes éticas.
Así
como Aristóteles definió la Política como la ciencia del Estado, que
abarca todos los estudios sobre la organización de la sociedad, cuando
aun no había ciencias particulares con objeto propio claramente
determinado, dice Miguel Reale que hoy la Política vuelve a ser la
ciencia del Estado y en ella se opera la integración de todas las ciencia
sociales.
Como
el conocimiento científico no se procesa entre afirmaciones y negaciones
porque es la elaboración de pesquisas individuales que se corrigen y se
complementan en un todo orgánico; como las contribuciones múltiples se
funden, no por las personas sino porque representan una faceta de la
verdad total cuyo conocimiento procuramos, y como hay en la ciencia política
una base sociológica y económica, estudiada a través de la existencia
de nuestros días y de las experiencias que la historia registra, base
sociológica y económica que reposa sobre datos acertados, compartiendo
las características de las demás ciencias, en ella no puede reinar, de
modo alguno, la opinión de los individuos y de los partidos. En el campo
de la ciencia no hay lugar para la opinión.[cf. Reale, 1983: II, 44]. Con
fundamento en las consideraciones anteriores, Miguel Reale destaca tres
conclusiones fundamentales:
1-
Que la Política no puede estar unida al nombre de Marx o de
Spencer, de Tarde o de Desmolins o de cualquier revelador de aspectos de
lo real. Las verdades que ellos descubrieron deben unirse a otras
verdades, correspondiendo la síntesis de las ideas a la síntesis de los
aspectos totales de la realidad.
2-
Que el pueblo aun no puede intervenir siempre en la apreciación de
las soluciones políticas, a no ser como centro revelador del ideal común,
pero
nunca con los poderes de autogobierno; pero nada prueba que esa
capacidad no aumente día a día.
3-
Que el gobierno debe corresponderle a los más capaces,
seleccionados de la masa como expresión de sus valores más altos, para
que el propio Estado realice las transformaciones sociales que la justicia
exige y la observación de los hechos sociales aconseja.
Al comentar que Platón, por las características
propias de la sociedad griega, entiende por justicia nada más y nada
menos que un cierto trueque de servicios (hacer cada cual lo suyo),
destaca Reale la gran importancia de esta división del trabajo por
aptitudes, de tal suerte que considera que la ley debe hacerla el que
tenga ciertos conocimientos técnicos para el efecto. No todos pueden ser
llamados para representar a los ciudadanos como legisladores. Sólo los
que posean los conocimientos para construir técnicamente la ley [cf.
Reale, 1972: 250].
Es indudable la inspiración platónica de nuestro autor brasileño,
pero éste, a diferencia del griego, no desecha la democracia, sino que la
eleva a la abstracción, al sitio de los más altos ideales que son, por
lo inalcanzables, utopías. La democracia no representa más que un ideal
ético y ella es la metáfora básica para que las mayorías populares
acepten el gobierno de las minorías que son tributarias del privilegio de
la cultura. Sin ambages, de manera franca y coherentemente con su
pensamiento, Miguel Reale justifica el gobierno de la culta minoría en
los siguientes términos:
“Pienso que el gobierno debe estar en las manos de la minoría,
solamente porque verifico la actual incapacidad del pueblo. Pero sólo por
eso. He ahí por qué creo que incumbe a la clase dirigente no sólo
gobernar para el pueblo, sino también crear condiciones reales para
incrementar la participación del pueblo en el gobierno” [Reale, 1983:
II, 45].
La situación de degeneración de la democracia en Grecia, la que “a
pari” podemos extrapolar para Colombia hoy, la sintetiza Reale como
sigue:
“Cuando la Democracia
desembocó en sus formas extremas y se generalizó el sistema de sorteo
para garantizarle a todos los ciudadanos iguales probabilidades de
mando, haciendo abstracción de la competencia, ninguna fuerza
moderadora consiguió ya detener los excesos de la asamblea. Los
verdaderos guías del pueblo como Pericles, desaparecieron. Las más
altas inteligencias se desentendieron de la causa pública, hasta el
punto de ser prueba de probidad y de cultura el desconocimiento del
camino del ágora. Los oradores dejaron de ser demagogos (conductores
del pueblo) para dejarse conducir por las pasiones más violentas de la
masa. He ahí por qué los más notables pensadores de la Hélade, como
Sócrates, Platón y Aristóteles, no escondieron su repulsa a la
democracia, unos con mayor y otros con menor violencia” [Reale, 1983:
I, 76-77].
El
ideal político realizable para Reale es la democracia integral, la que no
es lo mismo que la democracia liberal, pues es preciso recordar con
Mussolini que: “Democracia liberal es la forma de gobierno que da
al pueblo la ilusión intermitente de ser soberano”
[Reale, 1983: II, 149]. En efecto, para nuestro autor la democracia
liberal no es más que una metáfora que encubre el capricho de los que
episódicamente ejercen el poder en beneficio propio; como cosa privada,
pues,
“negada la soberanía nacional por los sindicatos
gigantescos de capitales, fragmentada la Nación entre los partidos
estatizados, la causa democrática
quedó sin adeptos, a pesar de los millones de individuos que viven
invocando el nombre de la Democracia en arrobos ridículos de oratoria.
Para la mayoría de los liberales, Democracia significa el derecho a decir
libremente desafueros por la prensa, y la alegría de ser periódicamente
soberana. No es entendida como contacto permanente entre dirigentes y dirigidos,
como correlación cada vez mayor entre el sistema de los procesos sociales
y el sistema de las normas jurídicas”
[Reale, 1983: II, 150].
Miguel
Reale critica la política clientelista liberal, para la que el voto no
representa ningún interés directo; de esta suerte, el elector le da un
interés indirecto, sirviéndose de él para granjear amistades y
protecciones. Podemos afirmar que es ésta una característica del interés
que ha mostrado en muchas oportunidades un gran número de los electores
en Colombia, puesto que la política de participación también se redujo
aquí a conquistar electores con promesas vanas de oportunidades y de
puestos burocráticos.
Las
ideas del Integralismo en el que tuvo activa participación Miguel Reale,
como él mismo lo expresa, lejos de ser la negación de la Democracia, es
el movimiento que procura lanzar las bases del único régimen democrático
posible, esto es, de aquel que combina el criterio geográfico con el
grupal, tomando este último en una extensión más alta, sin que parta sólo
del individuo. La Democracia Integral tiene también en su base el grupo
profesional, en su expresión de sindicato.
La
democracia verdadera, sólo sigue siendo posible para Miguel Reale, al
interior de las corporaciones, tanto de productores como de profesionales,
las que deben tener la asistencia permanente de los técnicos, de los
científicos, de los filósofos, etc., ya que en el círculo profesional
es posible la vida democrática en el sentido de autodeterminación, más
que en el círculo geográfico del municipio que es más amplio y más
complejo.
En el pensamiento de Miguel
Reale la política también es técnica, (mundo del ser) porque para ella
la conducta se valora sólo desde la perspectiva de su relación eficaz
con el fin (mundo del deber ser). Con un enfoque técnico la conducta será
idónea o inidónea, eficaz o ineficaz para alcanzar el fin propuesto,
pero no tiene connotación ética. De la conducta requerida para el logro
del fin, no se afirma su bondad o su maldad, ni su justicia o su
injusticia, ni su licitud o su ilicitud. Sólo será habilitada como deber
cuando el grupo dominante opte por un determinado fin, ya que en ella se
concreta el ámbito de lo posible conforme a sus aspiraciones. Los fines y
las estrategias varían, de acuerdo con el régimen político; dependen de
quiénes sean los titulares del poder y de quiénes lo ejerzan.
Al
considerar la política desde la perspectiva de la realización de los
medios que son necesarios para el logro del fin, muestra Reale su realismo
político-jurídico, pues si el deber no tiene relación con lo que es,
escapa del ámbito de la política y del derecho. La ética, como
disciplina filosófica, por sí misma no tiene connotación política y
jurídica, pero no quiere decir que la política y el derecho no tengan
nada que ver con ella. Sólo quiere decir que las ideas, y entre ellas la
idea del bien, tienen que estar en relación con lo real en los planos político
y jurídico; más en el político, ya que éste es el que sitúa en la
realidad al derecho. Éste no tiene sentido real sin consideración al
poder. El deber ser de la política, sin embargo, no se alcanza desde el
punto de vista sólo de las ideas, sino por la calidad de los hombres que
tengan el poder. Por ello la democracia, como se dijo anteriormente, es
buena, según los sujetos que ejerzan la autoridad.
El
Realismo político de inspiración maquiavélica, en Miguel Reale se
complementa con la influencia de Jean Bodin, de quien expresa gran
admiración cuando comenta sus teorías. Dice que la doctrina del Francés
patentiza toda la actualidad que los siglos anteriores olvidaron. Más que
de ningún otro estudioso de la ciencia política, Bodin llega a la posición
del Estado Integral contemporáneo. Los principios fundamentales del
Estado Ético, subordinado a la moral, están todos en su distinción clarísima
entre la mutabilidad de las obligaciones jurídicas positivas y la
permanencia del deber moral. Advierte que su concepto de derecho natural,
tan diverso del de Grocio y Puffendorf, es el mismo que hoy vuelve a
preocupar a los filósofos del derecho, pues entendemos por derecho
natural la constante ética del sistema de derecho. De manera explícita
concreta que hay otro punto aun que hace a Jean Bodin merecedor de su
atención, y es que cuando aprecia la vida corporativa, es el primero que
llama la atención a su pueblo por los procesos rutinarios de producción,
criticando violentamente la transformación del régimen corporativo en régimen
de casta corrompido por los privilegios y por el carácter hereditario de
los cargos, sin ninguna consideración por el mérito de quienes los
ocupan. Señala que Bodin no propone la destrucción de las corporaciones,
sino su integración en el Estado, con mayor flexibilidad y facilidad de
movimientos. Al contrario de los demagogos del 89, el gran pensador
percibe que un Estado sin núcleos asociativos capaces de poner en
contacto gobernantes y gobernados, es una abstracción que redunda en
tiranía. Otra gran lección que nos viene del siglo XVI.
Comparando
esas dos concepciones del Estado, dice Reale que en tanto que para
Maquiavelo la soberanía del Estado se confunde con el poder del soberano,
Bodin casi distingue una de otro. Para él el Estado tiene una razón autónoma
y jurídica de ser, por encima de los individuos, siendo la soberanía
“un poder ejercido sobre los ciudadanos y sobre los súbditos sin ser
vinculado por las leyes.
Miguel
Reale termina su comparación entre Maquiavelo y Bodin, diciendo que
Maquiavelo asiste a la formación del Estado gracias a la acción de
fuertes individualidades, y elabora la teoría del estado en constitución.
Bodin, al contrario, traza la teoría del Estado constituido. Y
complementa aclarando que son esas las dos etapas del proceso de
constitución de todo Estado, y de todo régimen. El concepto de soberanía
nace, pues, con el Estado moderno, y Bodin (a quien es preciso superar
haciendo la distinción clara entre soberanía del Estado y el poder del
Gobernante) es el primero que lo caracteriza poniéndole término al carácter
medieval del Estado como trama de relaciones personales jerárquicamente
distribuidas. La idea de soberanía es una de las más preciosas
conquistas de la Cultura burguesa.
La revolución y la guerra, tienen un fondo
moral y un sentido educativo, pues la dictadura revolucionaria que de
ellas se deriva, “tiene la finalidad perspicua de volverse dispensable y
superflua, dentro del más breve tiempo posible, mediante la creación de
nuevos hábitos y de nueva consciencia social. Se puede decir que ella
corresponde al esfuerzo inicial penoso que libremente nos imponemos con el
fin de adquirir un hábito útil”. De esta suerte, Miguel Reale
justifica la revolución y la dictadura revolucionaria, con el fin de
solucionar un conflicto social, cuando para ello se requiera gran esfuerzo
para crear hábitos y consciencia social útil a los propósitos político—revolucionarios.
El esfuerzo revolucionario para establecer el hábito, ya no es
indispensable cuando hay una automatización. Además el hábito tiene la
ventaja de que puede ser virtud, lo que es coherente con la posición
realista de nuestro autor, pues está reafirmando que no bastan las ideas;
que ellas por sí mismas nada significan si no tienen una concreción histórica,
en aquellos casos, mediante la revolución o la guerra.
Se puede afirmar que a la luz su concepción política, para Miguel
Reale la decisión, el propósito o el acuerdo que haga el grupo dominante
sobre un fin determinado, centra la responsabilidad ética de los
gobernantes en dicho fin, con preterición de la significación ética de
los medios, ya que éstos se tornan, para ellos en una necesidad
condicionada, mientras que para los gobernados en el marco de lo
imperativo. De este modo, la conducta medio señalada por los gobernantes,
porque la consideran necesaria para alcanzar los fines propuestos por el
grupo dominante, es la conducta ajustada a los deberes éticos para los
miembros de la sociedad dentro de la cual dicho grupo ejerce el poder. De
suerte que, desde la óptica de lo político, el horizonte de lo debido se
torna en el marco ético de lo posible.
Es preciso, entonces,
reflexionar acerca de la idea de fin en la política.
Desde este punto de vista, hay que considerar
dos aspectos de lo real: las leyes de la causa eficiente, y las leyes de
la causa final, referentes respectivamente a los hechos, a las ideas y a
la voluntad, al determinismo del mundo objetivo y a la libertad del espíritu:
a la costumbre y a la ley; a la sociedad y al Estado. De esto se infiere,
que a la sociedad, hay que estudiarla a la luz de las leyes del ser,
mientras que al estado, de conformidad con las del deber ser o de la
finalidad. Ambas leyes deben estar presentes en los estudios políticos,
así como en la historia no
puede hacerse abstracción de las circunstancias condicionantes de la
actividad humana porque sería una relación de las finalidades de los
actos o de las ideas en sí, de los actos creadores ab nihilo y se
haría tabula rasa del pasado. Por ello en la historia hay lo que es y lo que debe ser y hay más aun, lo que irá
a ser, o sea lo que debe ser que indefinidamente se va transformando en
ser. Una generación poseyó lo que otras ardientemente desearon y las
generaciones siguientes formularán otros ideales. Al frente del hombre
brillará siempre, con cada vez mayor intensidad, el faro del ideal, del
eterno ideal de lo bello, de lo bueno, de lo verdadero, y el hombre seguirá
su destino, ininterrumpidamente hacia Dios. En suma, para Miguel Reale la
historia es dinámica y está penetrada por el espíritu del observador y
por el arte, es decir, por todas las manifestaciones de la cultura, por
ello, complementa nuestro autor diciendo que “toda explicación de este
género reposa sobre principios filosóficos. A la Filosofía le cabe
descubrir el sentido espiritual de una época, estudiar la atmósfera
espiritual en que vivieron los hombres de un determinado período. Le
corresponde, más aun, ver lo que permanece o lo que muda de Civilización
a Civilización, fijando la constancia de los valores esenciales en la
mutación de los valores transitorios, aclarando, en fin, qué ideales
pasaron a ser hechos y que nuevos ideales surgieron para impulsar la
humanidad. Y dentro de cada civilización, el problema del destino humano
abre el abanico de los múltiples y angustiosos interrogantes” [Reale,
1983: II, 30].
En las consideraciones precedentes está
envuelta la complejidad del pensamiento que demanda una
interdisciplinariedad, tanto en la historia como en la Política que es
una ciencia cultural superior. De ahí que, “por encima del positivismo
estrecho de los historiadores objetivistas, por encima de la filosofía
que se consideró disminuida en contacto con lo real, por encima del
sociologismo que absorbe la historia, por encima de los que separan
radicalmente el mundo del ser del mundo del deber ser, por encima de los
que parten la historia en compartimentos estanques, por encima de los que
reducen el hombre a las cosas, hagamos historia de los hombres con la íntegra
complejidad de sus múltiples factores, con reproducción de idas y
sentimientos, tendencias y voluntades, considerando la actuación
conjugada de todos los motivos, religiosos, éticos, estéticos, económicos,
etc. No sacrifiquemos la complejidad del espíritu humano por el pequeño
deseo de transformar la historia en cuadros simétricos, cuantificando y
delimitando el progreso, como lo hacen Augusto Comte y Weber”. He aquí
esa estructura histórico-teleológica que abarca la política. En la
medida en la que hemos venido hilando la concepción de ésta, también
hemos podido observar que el Culturalismo de Miguel Reale constituye una
nueva síntesis del pensamiento, Culturalismo que le otorga significación
a la complejidad, y en el que encontramos una superación del pensamiento
hegeliano, sin desmedro de las manifestaciones del espíritu.
Expresamente
nuestro autor afirma que rehuye tanto de la historia ascendente del
idealismo de Hegel y de Croce, como del irracionalismo de los
historiadores relativistas y revolucionarios. No se puede desconocer que
en Miguel Reale hay una gran influencia de Hegel y de Kant, hasta el punto
de que en materia ética podría interpretarse su pensamiento a la luz del
imperativo categórico kantiano con ribetes hegelianos así: obra
de tal modo que la máxima de tu obrar esté a la altura del espíritu de
tu tiempo. Sin embargo, como él mismo lo admite, se aparta del
ininterrumpido hilo ascendente hegeliano de la historia. En verdad, Miguel
Reale considera que hay aspectos cíclicos e ingredientes inciertos en la
historia, pero no rupturas sino una constante: la identidad de la
naturaleza del hombre; del valor fuente de todos los valores en el que se
funda la cultura. Por ello, como anteriormente se había dicho, para el
autor brasileño la historia es el hombre mismo y está sometida, por lo
tanto, a las contingencias de éste.
Ahora bien, pone de presente nuestro autor que
“somos sintéticos cuando nos proponemos el problema final del
juzgamiento y trazamos la solución de un problema; pero no tenemos la
ingenuidad de evitar el análisis cuando es necesario penetrar al fondo de
una cuestión. En ese flujo y reflujo del análisis y de la síntesis, está
el secreto de los movimientos humanos y la ley permanente de la vida.”
Así nos presenta Miguel Reale el método para lo complejo; para lo real;
para la experiencia humana; para el ser íntegro y complejo del hombre,
puesto que nada puede verse aislado de los elementos que hacen parte del
todo, ni del todo mismo, ni por fuera de su propia dinámica. Por ello, es
indispensable la proporcionalidad y la funcionalidad de la perspectiva metódica
que nos brinda el tratadista brasileño.
La indefectible relación entre el todo y las
partes; entre lo teórico y lo práctico; entre lo particular y lo
universal, lo expresa claramente Miguel Reale en los siguientes términos:
“Quien se apasiona
por los matices y por las minucias, circunscribiendo en ese círculo
todo el ideal humano, no saborea el pan de la vida: puede, cuando mucho,
hartarse de migajas de lo real, calmar el hambre de conocimiento y de
actividad con el cúmulo de material de las observaciones particulares.
Por otro lado, quien posee la pretensión de abarcar la realidad de un
solo golpe, sin dividirla para comprenderla y sin analizarla comparando,
puede –y esto sólo cuando brilla la centella de la intuición– ver
las cosas en totalidad, pero siempre de manera fugaz e imprecisa, como
quien percibe en la rápida claridad del relámpago, las líneas
generales del paisaje” [Reale, 1983: II, 34].
Volviendo al problema del fin político, comenta
nuestro autor que no hay una política platónica propiamente dicha, pues
es de la naturaleza política y del derecho considerar el deber ser en relación directa con el ser. Ya que el deber en sí no es problema político, ni jurídico,
pero sí problema ético. De esta forma, como ya se había expresado,
también concreta Reale su realismo político—jurídico: si el deber no
tiene relación con lo que es, escapa del ámbito de la política y del
derecho, puesto que la ética, como disciplina filosófica, por sí misma
no tiene connotación política y jurídica, lo que no quiere decir que la
política y el derecho no tengan nada que ver con ella. sólo quiere decir
que las ideas, y entre ellas la idea del bien, tienen que estar en relación
con lo real en los planos político y jurídico; más en el político, ya
que éste es el que sitúa en la realidad al derecho, el que no tiene
sentido real sin consideración al poder. El deber ser de la política,
sin embargo, no se alcanza desde el punto de vista sólo de las ideas,
sino por la calidad de los hombres que tengan el poder. Por ello la
democracia es buena, según los sujetos que ejerzan la autoridad. Sobre el
sentido ético de la política y el derecho aclara:
“Platón concibe al Estado como deber ser, confundiendo la política y el derecho con la ética. De
esta suerte, en el fondo destruye el derecho y la política, pues éstos,
existiendo en la realidad de nuestra imperfección, no pueden nunca
presentarse como conceptos definitivos, pero sí como conceptos en vía de
formación, tendientes a lo universal, lo que nunca llegan a alcanzar. La
ética domina el derecho y la política; pero domina como fin: de ahí la
contradicción intrínseca que hay en los sistemas jurídicos y políticos
cuando determinan su dinámica, la dinámica de un concepto imperfecto que
incesantemente procura tornarse perfecto” [Reale, 1983: II, 34].
Dice
nuestro autor que Aristóteles tiene los ojos puestos en la tierra,
mientras que Platón de manera inmóvil los pone en el cielo, ya que el
Estagirita habla del bien supremo, como un bien perfectamente realizable
por el hombre en su actividad terrena. De esta suerte, poner los pies en
la tierra es concebir realizable la idea. Por ello, para Reale el derecho
no es norma pura, sino hechos y valores con sentido normativo, con sentido
positivo, es decir, garantizado por el poder del estado, porque éste lo
ha declarado o reconocido.
Considera Reale que Aristóteles, el más poderoso creador de todos los
tiempos, lanza las bases de la política, la que hace derivar del mismo
principio en que asienta su ética. La política aristotélica es un
desdoblamiento lógico de su sistema ético, pues se basa, como vimos, en
la idea de que el fin del Estado es la realización del bien, de la vida
feliz y virtuosa, la cual sólo se alcanza cuando el hombre actúa como
hombre, o sea, con plenitud de su capacidad operativa racional. Para Reale
el Estado es el único ámbito donde se puede construir la patria y donde
puede la sociedad proponerse la realización de los valores de solidaridad
y de justicia.
Hay pues un doble sentido tanto de los fines como de los medios.
Aquellos son optativos para el grupo que ejerce y controla el poder.
Luego, carece de cualquier control la determinación o el acuerdo que al
respecto se concrete. De igual modo, por consiguiente, no hay
responsabilidad por la sustracción de otras posibilidades de opción
cuando se ha perfeccionado el acto de preferencia de una cualquiera. Desde
este momento, ese extremo teleológico, por cuyo logro responden quienes
ejercen el gobierno, es el horizonte ético indefectible del rumbo y del
sentido, de órdenes, consejos, acuerdos, resoluciones, decisiones,
decretos, principios, valores, reglas, normas, etc., que hagan parte del
ordenamiento jurídico estatal, el único jurídico “per se”, puesto
que los otros se le incorporan en una relación de subordinación, descartándose
la coexistencia válida de ordenamientos contradictorios que compartan los
mismos ámbitos territorial y temporal. Esto quiere decir, desde esta
perspectiva política, que el Ordenamiento Estatal tiene un título autárquico
para interferir la existencia, contenido y eficacia de cualquiera otro que
comparta con él dichos ámbitos de validez y que su norma fundamental,
que no tiene sólo un carácter formal sino también uno material que se
identifica con los aludidos fines, es válida por el hecho de ser eficaz
el orden instituido.
Los medios tienen un carácter necesario respecto del fin para los
gobernantes. De esta suerte, carecen de connotación ética. Cualquiera
que sea el medio, es forzoso emplearlo si tiene idoneidad para obtener el
fin. Sin embargo, constituyen deberes éticos ineludibles para los
gobernados, deberes heterónomos cuya fuente se encuentra en la Legislación
Estatal, la que a su turno tiene el sentido que se desentrañe teleológicamente,
a la luz de aquellos fines adoptados por el grupo dominante.
De acuerdo con lo anterior, para los gobernantes se deriva
responsabilidad por no alcanzar cualquiera de los fines propuestos en
virtud del no empleo o mal empleo de los medios idóneos, y para los
gobernados por desatender la conducta señalada como medio para el logro
de dichos fines. La responsabilidad de aquellos tiene un carácter jurídico
y político y la de éstos es de orden jurídico y moral.
Como se ve, el derecho es uno de los medios que tiene a disposición el
gobernante para el logro de los fines. Como tal debe ser idóneo o eficaz.
La eficacia del derecho como medio se garantiza, si legitima y justifica
el poder y en esto radica la función central de lo jurídico y el sentido
que como actora (pasiva) se le otorga a la sociedad civil. Se legitima el
poder cuando el derecho, que es su instrumento, está de acuerdo con los
valores fundamentales de la sociedad donde se aplica, y se justifica
cuando es capaz de realizar los valores que incorporan y desarrollan sus
preceptos. He aquí el problema que presenta el manejo político de este
instrumento. De una parte, por lo general no coinciden los intereses del
grupo dominante con los de los dominados. Y por otra, para que el Derecho
sea eficaz y legitime el poder, debe estar de acuerdo con los valores de
éstos, a pesar de que es necesario que realice los intereses de aquel
grupo contenidos en los fines propuestos. Es aquí donde con claridad se
evidencia el doble juego de la política y tiene pleno sentido el lenguaje
metafórico; donde claramente se la percibe como “Jano” el de las dos
caras; donde se requiere el “jogo de cintura”, –para el que los
brasileños no tienen par–, que le da un carácter peculiar a las
decisiones políticas.
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(El presente ensayo fue elaborado para el
Seminario sobre estudios políticos, realizado en el Programa de Doctorado
en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, en
Septiembre de 1999. Edición digital autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico.
Febrero 2003)
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier
reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso
correspondan.