Gabriel
Restrepo Forero
"Historia doble de una profecía
Memoria sociológica, 1959-1986"
Me siento impulsado a emplear un tono anecdótico en esta
intervención, a pesar de ser el único entre los expositores que
no fue discípulo de Orlando Fals Borda. Acaso por lo mismo me
vea inhibido ahora para juzgar con libertad sobre el contenido
de su obra y prefiera referirme a algunos pasajes de la parábola
vital del autor que tocan con la formación o deformaciones de
este discípulo a distancia. Porque como sucedió a muchos colegas
de mi generación, el conocimiento franco y directo del autor y
de su obra fue precluido por el azar y por una enorme barrera de
mitos y prejuicios y, aún más, de sentimientos adversos.
Ocurrió luego que aquello que veíamos pasar y consentíamos como
ingenuo juego juvenil adquiría la dimensión de un auténtico
rompecabezas. Porque mientras en las toldas universitarias fue
acreditándose la leyenda según la cual Fals Borda era supuesto
agente del imperialismo o del neocolonialismo cultural, desde
los tronos se lo juzgaba como profeta del comunismo y de la
subversión. Estigmatizado por unos y por otros, en un ejemplar
caso de esquizofrenia del juicio común, el efecto ha sido
minimizar una de las empresas intelectuales vitales más serias
de nuestro medio, reconocida y valorada fuera del país.
Por muchas razones vale la pena ensayar el estudio de un
asombroso proceso en el cual se distorsionaron al máximo la
imagen y los papeles sociales de una persona, transformada de
repente en agente doble y cruzado de fuerzas antagónicas en un
exceso de inventiva y de suspicacia que envidiarían los
escritores de novelas de espionaje. Puede ser éste un tema
apasionante de la sociología del conocimiento. O de la
sociología de la sociología. O revelador de tensiones y cambios
sociales en la Colombia reciente.
Pero, ante todo, para mí, como para muchos compañeros de
generación y de circunstancias, el asunto ha incitado a resolver
uno de esos enigmas que suelen cruzarse en el camino de la vida,
denso de interrogantes éticos.
Llegué a conocer en persona a Orlando Fals Borda sólo años más
tarde, con motivo del Tercer Congreso Nacional de Sociología, en
agosto de 1980. Como se recuerda, este evento académico
representaba un verdadero ritual de restauración: era la prueba
del porvenir de la reconstituida Asociación Colombiana de
Sociología, cuyas labores habían expirado, como toda expresión
pública de la profesión, en 1967.
Más de una década de diáspora y de silencio, tras la muerte de
Camilo Torres Restrepo, corría el riesgo de prolongarse
indefinidamente, de no mediar un tratamiento equilibrado de los
potenciales conflictos que distanciaban a los sociólogos por
diferencias de generación, de escuela, de región, de posición
laboral, de estilo, de partido, facción o ideología.
Las evaluaciones eran inevitables. Y ninguna diplomacia podía
eludir en ellas las polémicas menciones de la figura del líder,
o –en sus términos–, del anti líder carismático. Fuerza de los
hechos, en cualquier crónica de los breves lustros de sociología
académica y profesional, el protagonismo de Orlando Fals Borda
debía llenar la mayor parte, por acción o por reacción. Lo demás
podría ser registrado como notable intención, o como insalvable
impedimento.
Y como sucede con toda memoria viva, los balances comprometen
subjetividades densas de pasiones, sentimientos y, a menudo,
antipatías. La única manera de exorcizar estos ídolos consistía
en retomar en la espiral de la memoria, con lógica y serenidad.
¿Cuando había ocurrido la fábrica de la leyenda? Exactamente, a
partir de 1966. En ese entonces, yo había ingresado como
estudiante al Departamento de Sociología de la Universidad
Nacional, movido quizá como muchos por encontrar un sucedáneo a
la misión o vocación religiosa que había naufragado en aquellos
días conciliares, sucedáneo que tal vez veía encarnado en la
figura de Camilo Torres Restrepo. Signos de los tiempos, también
atraía hacia esa capilla secular la ambivalente curiosidad de
hallar en ella lo que para muchos era sospechosa confluencia de
católicos, librepensadores (acaso masones pensaba), con la
silueta de un equívoco protestante, confluencia mediada por un
común ideal de saber aplicado a la paz, a la justicia y a la
reforma social.
Pero aquella ya había de ser imagen de otro tiempo, porque
justamente en el momento de iniciación en la sociología, se
había producido un quiebre que a la postre explicara con
verosimilitud aproximada los delirios y padecimientos venideros
de la historia política e intelectual Colombiana. Camilo Torres
Restrepo había muerto con otra investidura el 15 de febrero, en
combate de las guerrillas contra las Fuerzas Armadas. Luego, el
11 de abril el decano de la institución sociológica, Orlando
Fals Borda, se despedía de la aterrada y disminuida comunidad.
En un viaje sin retorno a los claustros durante muchos lustros,
Fals iniciaba una meditación y un viraje intelectual que luego
desembocarían en un promisorio trabajo con las comunidades
campesinas de la costa del Caribe colombiano.
Describir lo que sucedió en el resto de la década sobre aquel
doble vacío, tomaría demasiado espacio. Baste decir que
constelaciones de coincidencias mundiales y locales
transformarían el campo universitario en una efervescente nave
de locos –aunque aún con entreverados lúcidos razonamientos–, y
casi en tierra de nadie, dispuesta al saco de izquierdas o
derechas. Fueron tiempos de generaciones perdidas por
deliberadas amputaciones intelectuales (recuérdese la influencia
de la revolución cultural China). Tiempos de alzamientos
estudiantiles. De los inicios de experiencias lúdicas y masivas
con la droga. De la escalada de Guerra en Vietnam. De retorno de
militarismos en América Latina. De movimientos de insurgencia y
de contrainsurgencia. Del nadaísmo y del mefitismo. Del
populismo de la papa y de la yuca. Del estropicio administrativo
y directivo de la Universidad Pública. En aquel escenario que de
prisa se vaciaba de una poca racionalidad frontera con la
locura, la herencia sociológica –puesta en duda y delatada por
muchos– corría el riesgo de extinguirse. Fue salvada con la
frontera del plan de estudios, en 1969, bajo una directriz que a
mi modo de ver era la única opción inteligente: un acento en la
formación clásica, con un llamado a formar una sociología
científica, nacional y política.
No es hora de ahondar en señalamientos sobre aciertos y límites
de este proyecto, acaso disculpable en lo inacabado por las
fallas directivas y administrativas y por el oprobioso
atolondramiento de una universidad en declive de lustros.
Pero lo llanamente injusto de esta operación de típico
salvamento –porque sin duda significó preservación intelectual y
moral de muchos en un entorno decadente– fue el haberse
instaurado como epopeya, con denuesto y mala interpretación de
lo pasado. Sobre la etapa del Departamento y Facultad de
Sociología liderada por Fals Borda entre 1959 y 1966 caía un
manto de olvido y algo de anatema. Olvido amparado en la
desaparición de los vestigios: porque todo aquello que había
hecho gloria de la antigua Facultad –biblioteca, medios de
cómputo, posgrado, publicaciones, centro de investigación– se
había perdido de vista, más por un equívoco proceso de
centralización y de integración de servicios, que por bulla
universitaria o por interpuesta malicia.
En cualquier caso, la fundación de una nueva etapa de la
sociología, sobre febles soportes materiales, institucionales y
ambientales, fue muy desvirtuada con la tergiversación sobre la
figura y obra de Fals Borda, convertido, por espuria regla de
tres, en agente de penetración y de corrupción cultural. Y si
bien es una típica época de ingeniería y de control social (para
la muestra el plan Camelot) muchas suspicacias podían ser
plausibles, era tan exagerado atribuir a Fals Borda poderes de
demiurgo, como identificar toda tendencia empírica, o toda la
sociología norteamericana, o cualquier sesgo hacia la
investigación local o regional, con piezas de un proyecto
neocolonial.
Ya en la decadente década del sesenta, la preservación de un
etéreo clima "antifalsista" en el Departamento de Sociología, se
explicaba por el fenómeno de segregamiento espacial. No habiendo
lugar común para el diálogo, porque el territorio y la
institución se consideraban propios y a la vez excluyentes, las
imágenes sobre "el otro" o "lo otro" se autoperpetuaban como
prejuicios arraigados por falta de interlocutor o contradicción.
Además, ante las acusaciones, Orlando Fals Borda callaba
indiferente, y lejano elegía estoico la confirmación del trabajo
por la vía de los hechos.
Por mi parte, ya como neófito profesor en el nuevo espíritu de
la academia sociológica desde 1970 me sentía asaltado por un
sentimiento de vacuidad: solo veía sombras cuando en los debates
o recuerdos de los claustros se aludía a una nefasta prehistoria
sociológica. Era como luchar, en esa oscuridad de la década, con
una figura caída, sin identidad ni voz, contra su estigma.
Pero al final del decenio el asombro daría pase a una auténtica
angustia ética, con ocasión de los infames procesos de
persecución política y de indiscriminada sindicación de
intelectuales, no menos lacerantes porque fueran pálido reflejo
de cuanto acontecía en el Sur.
¿Qué pensar? Bajo contrario signo, otros con poderes más vastos
que el rumor, obraban con la misma lógica de anatema y
exclusión, con odio manifiesto y por injusta causa. Hilvanaba
así la aterradora conclusión de que acaso lo único que salvaba
al intolerante de practicar con daño la intolerancia podía ser
la carencia de medios materiales de coacción. Y en un sentido
más positivo, podía confirmar que la tolerancia es una precaria
y ardua conquista y disciplina del espíritu.
Como el personaje de una novela de Francisco Sánchez, Sala
Capitular, comenzaba a comprender que "la vuelta al origen
es más peligrosa que la aventura de un viaje a lo desconocido".
Sin embargo, ese estremecedor retorno a las raíces era
inapelable como lavatorio y como sabiduría hacia la dignidad y
el decoro. Por fortuna, era una exploración de herencias y de
tradiciones coincidente con la de Gonzalo Cataño y con la de
quienes nos proponíamos un proyecto sociológico.
Era necesario contraponer al prejuicio una visión aproximada de
lo que había ocurrido entre 1959 y 1966. Un cierto azar me había
conducido a recuperar del padecimiento de la nada el archivo que
encerraba la memoria de aquellos años. Sumido allí podía
reconstruir fragmentos desconocidos de la prehistoria y de la
historia de la sociología en Colombia, tránsito que se fechaba
no en 1969, sino en 1959, y que se asociaba sin duda al
protagonismo de Orlando Fals Borda.
Ya entonces muy distante de las resonancias ideológicas de los
años sesentas, todavía sin embargo me sorprendía desconfiado del
sentido del activismo de aquel protagonista, y contra mi
voluntad buscaba ciertas evidencias que confirmaran los
heredados prejuicios de un supuesto complot contra la soberanía
nacional.
Lo que en los archivos se revelaba difería del predicado de los
atavismos. Era incluso posible reconstruir la causa de las
antipatías mediante una fórmula o figura: el síndrome del
"destino del innovador extraño y extrañado". Síndrome que
califica la resistencia social contra el líder carismático no
protegido institucionalmente.
Los cambios introducidos acaso puedan ser finalmente asimilados,
pero se sacrifica o se aísla a quien los alentó y encarnó,
porque su otredad se hace socialmente insoportable.
La conducta de Orlando Fals Borda ha sido la típica del
innovador, tanto en patrones intelectuales, como en dimensiones
administrativas e institucionales. Su caso es el de una
excepcional simbiosis de entusiasmo por la investigación y
devoción por la práctica, apoyada en la capacidad de encarnar
simultáneamente diversos papeles sociales que en otras
personalidades serían excluyentes.
Pero lo que sería una conducta inequívoca y aceptada en una
época estable o de cambios graduales y ordenados se prestaría a
confusiones y a tergiversaciones en tiempos de irónicos cambios,
como los sucedidos entre 1959 y 1966.
La fundación de la institución sociológica en los claustros de
la Universidad Nacional había coincidido con una auspiciosa
esperanza de cambio social en Colombia. Se creía en el
renacimiento democrático con el ensayo de la inédita reforma
nacional. Se estimaba posible extirpar a violencia mediante
pactos políticos y cambios sociales. Se aseguraba el desarrollo
gracias a la aplicación de sistemas de planeación penetrados de
conocimiento económico, sociológico y técnico. A dos años de la
revolución cubana, en 1961, la Alianza para el Progreso crearía
la ilusión de una dinámica de saneamiento de la democracia:
reforma agraria, crédito externo y modernización de las
instituciones bastarían para detener en su fuente los
potenciales conflictos.
Un lustro fue suficiente para desvanecer el optimismo. La
reforma agraria languidecía ya en 1964, año en el cual resurgía
también una nueva forma de violencia tras la invasión de
Marquetalia y el Pato. El movimiento estudiantil, glorificado
por su papel en el derrocamiento de la dictadura, pasaba a ser
vilipendiado en las primeras confrontaciones universitarias,
ocasionadas y enrarecidas a menudo por torpes manejos
directivos. Fueron años en los cuales el mentado compromiso
social de la iglesia entraba en contradicción. Años que
registran el desplome de un serio proyecto cultural (la
Revista Mito), desplome que dejaba como única herencia
alternativa el nadaísmo o un sálvese quien pueda (opción mucho
más inteligente).
En suma, a poco andar de gloriosos comienzos, el Frente Nacional
se mostraba como un sistema ahogado por estrecheces económicas
(crisis externa y fiscal), atrapado en sus deficientes políticas
(reparto clientelista y excluyente del poder) y desbordado por
la progresión de necesidades derivadas del crecimiento
demográfico y de la migración urbana.
Incapaz de suscitar entusiasmo en los crecientes grupos de
universitarios, profesionales e intelectuales, débil en sus
fuentes de legitimación, extraño a las dimensiones modernas de
la cultura, olvidado del aliento democrático, apelaba con
recurrente frecuencia a soluciones de fuerza y en algunos casos
a la Iglesia como soporte ideológico. A esto se sumaba el giro
de la percepción de los asuntos de América Latina desde el
Pentágono: los delirios reformistas de América Latina habían
obrado como aprendiz de brujo. Sólo la convocatoria a los
generales podría contener ilusiones desatadas sin control.
En poco tiempo se había producido tal polarización de fuerzas y
tanto se habían trastocado las reglas de juego, que la identidad
de los personajes en el escenario se confundía. Los innovadores
y reformadores sociales, estimulados en un principio por un
ambiente de proyectos, eran tildados ahora por unos de
subversivos, por otros de conformistas. Signo de tragedia, sólo
una muerte extrema, como la de Camilo Torres Restrepo, salvaba
los equívocos. De resto un grupo considerable de intelectuales,
que no aceptaría nunca el dilema de plegarse a un orden de
fuerza o de rebelarse en armas, padeceríamos por muchos años de
muerte civil y política, en limbos de reclusiones, de
evocaciones y recreaciones, en donde cada quien alimentaría como
mejor pudiera sus esperanzas y utopías para otros tiempos.
Es ésta quizás una plausible explicación del enclaustramiento de
la academia de sociología, como también de tantos exilios
interiores y exteriores. Al mismo tiempo, esta abrupta
transfiguración del escenario hace posible comprender las
desafortunadas tergiversaciones sobre la personalidad de Orlando
Fals Borda, y arroja luz sobre el sentido de la meditación
intelectual que emprendió en 1966, y aún más, sobre la
visionaria misión con comunidades que se impuso en la década del
sesenta y que culminaría en ese extraordinario y premonitorio
universo de la Historia Doble de la Costa.
Que el equívoco se disuelve de esta manera, lo sustentaría una
lectura simultánea o doble de las primeras obras y de las más
recientes publicaciones de Orlando Fals Borda. Como el célebre
personaje de Ulises de Joyce, éste podría decir: "Soy
otro y si embargo el mismo" Entre Campesinos de los Andes
y Retorno a la Tierra hay más continuidades de las que
pensaría el lector, y más acaso de las que quisiera reconocer el
autor.
Por supuesto, son convergentes los temas del campesino y de la
tierra, examinados con semejante apasionamiento, descritos con
tanta precisión y multilateralidad, diseccionados de modo
sincrónico y diacrónico, aproximados con extraordinaria simpatía
y empatía. Incluso la técnica de la devolución (aunque no
sistemática) está ya anunciada en la lectura a los saucitas de
apartes de los manuscritos, antes de su publicación.
Un epígrafe en el prefacio de Campesinos de los Andes
revela lo esencial de las afinidades y diferencias entre uno y
otro tramo de la vida. Es la admonición de Mardoqueo a Ester:
"No pienses en tu alma que escaparás en el palacio… Porque si
absolutamente callares en ese tiempo, respiro y libertación
surgirán de otra parte… ¿Quién sabe si para esta hora te han
hecho llegar?" (Ester, XV:14).
Por lo menos dos sentidos hallaba este texto en aquel contexto.
El primero, no mentado por el autor, pero a mi ver más profundo
que el manifiesto, contiene la advertencia de un espíritu, acaso
religioso, al hombre de ciencia. Es el llamado a no extraviarse
en los vericuetos del edificio del conocimiento, a no encerrarse
en la torre de marfil en épocas de turbulencia que demandan
juicio y responsabilidad social de poner el conocimiento al
servicio de la justicia. Es el enunciado de una vocación
irrenunciable que marca el destino y el sentido de la vida:
"¿Quién sabe si para esta hora te han hecho llegar?"
En el diálogo entre el maestro ético y el discípulo académico,
aquel compulsa a éste a una misión liberadora mediante el
ejercicio de un saber virtuoso. Y ordena deponer el orgullo y la
vanidad que suelen apoderarse de aquellos a quienes ha sido
concedido el don del conocimiento. Y manda no olvidar jamás los
orígenes y las raíces, a las que siempre se retorna.
En un segundo sentido, este sí explícito en el texto, es ya el
científico social, penetrado de aquel verbo, quien advierte a la
élite en el poder: la condición del campesino es injusta, y de
no resolver mediante una reforma agraria el oprobioso divorcio
del hombre con el fundamento común de su existencia, entonces
"respiro y libertación surgirían de otra parte".
Sobre estas admoniciones, valgan algunos comentarios. Uno de los
aspectos más contradictorios en los países de América Latina y
del Caribe es la dimensión ambivalente del Estado. Lo es todo,
pero también nada. Se impone sobre una irreconocible sociedad
civil y sobre el pueblo, pero carece de presencia y efectividad,
hasta el punto de ser percibido como despiadado límite de la
libertad y de la creatividad. Llega a ser un fetiche, un ídolo
de barro, que bien merece el irrespeto.
Aún así la ideología suele atribuir en veces al Estado una
supuesta virtualidad como medio de aproximación a la justicia
social. Ante esto, si bien la estirpe protestante y la formación
anglosajona de Orlando Fals Borda podrían sugerirle cierta
desconfianza frente al Estado (palabra apenas usada en inglés),
el científico social apelaba a los enunciados ideológicos del
gobierno y de la élite en el poder para aconsejarlos sobre un
cambio de conducta, en favor de reformas sociales imperativas.
Al mismo tiempo, el hombre activo que no quería perderse en el
laberinto de la biblioteca, ofrecía su capacidad de revelación
científica a la causa de la justicia y el cambio social que un
íntimo mandato religioso y ético predicaba.
Así, en la dinámica peculiar de su personalidad, Orlando
representó por cerca de año y medio, desde 1959, diversos
papeles sociales: fundador, profesor e investigador de la
Facultad de Sociología y director del Ministerio de Agricultura,
posición crucial por el diseño y aplicación de planes de
rehabilitación en zonas de violencia, y por los preparativos
técnicos de la futura reforma agraria. Era una encarnación in
individuum del teorema de investigación –acción.
La doble atribución de oficios significaría desafío y
sacrificios imponderables, dadas las limitaciones del medio
universitario y la cada vez más enrarecida atmósfera nacional e
internacional.
Por fortuna, en el frente universitario la labor podía ser más
fecunda y promisoria, por la maravillosa confluencia de
espíritus activos y afines con el Departamento de Sociología,
pronto transformado en facultad. Ya he aludido a cierta analogía
entre la academia secular y un concilio local de iglesias, de
creencias y de nacionalidades, vinculadas por un mismo y digno
ideal de paz y de reforma social.
Empero, la Universidad no era entonces más que una expresión
geográfica en la que se yuxtaponían parcelas incoherentes de
saber libresco y mal digerido, en dedicaciones parciales. De ahí
que la empresa innovadora debía proyectarse con energía sobre
este flaco ambiente, con todos los conflictos que esto acarrea.
De todos modos, la actividad de publicaciones, de investigación,
la extensión universitaria, la apertura a la nación y al mundo
fueron rasgos sobresalientes y excepcionales.
La acción comunal, la extensión agrícola y la educación popular
figurarían como centros de interés de la institución
sociológica, entre muchos otros. la Facultad debía ser escuela
de hombres y de sociólogos para el cambio social dirigido,
educados en un ambiente interdisciplinario que pudiera dar
cuenta, como en Campesinos de los Andes, de la
complejidad de fenómenos como el agrario, atentos tanto a la
práctica, como a la teoría, y bien asentados sobre estas
realidades mestizas de nuestra América.
Sin más, podría decirse que la Facultad de Sociología marcó el
sendero hacia la Universidad moderna que hoy ya se vislumbra, y
que, con buena probabilidad, pagó con creces el precio de ser
"innovadora extrañada". Cuando se integró a la facultad de
Ciencias Humanas, el Departamento de Sociología fue quien más
dio y quien menos recibió en una torpe fusión de mediocridades.
De otra parte, las tensiones con el medio nacional se hacían
cada vez más hondas. El divorcio entre los enunciados y los
hechos tornaba imposible los encuentros. Aquellas admoniciones
habían pasado indiferentes en un diálogo de sordos.
Camilo Torres Restrepo y Orlando Fals Borda asistían al Consejo
Técnico del INCORA. Allí se manifestaron ya los primeros
conflictos por el alcance ilimitado que atribuían a la ejecución
de la Reforma Agraria. Otro motivo de decepción lo constituía el
rumbo de la acción comunal, transformada en mecanismo de
intercambio de dádivas y de votos. Pero quizás un hecho crucial
en la resolución de las incógnitas del destino, en particular
para Camilo Torres Restrepo, fue el que se hubiera desechado la
propuesta de una solución reformista y civil en el tratamiento
del asunto de las llamadas "repúblicas independientes", solución
que años antes se había ensayado con éxito en el Tolima, con la
participación de los sociólogos.
No es necesario abundar en más detalles. Excluido por partida
doble de la sala capitular de la Academia y de la ilusión sobre
el reformismo del Estado, Orlando Fals Borda iniciaba en 1966 un
ciclo de meditación. Ahora debía interrogarse sobre la
naturaleza del Estado, del poder y de la violencia y sobre el
sentido de la historia.
Como lo haríamos los académicos en el obligado y maltrecho
refugio de la Universidad Nacional, estas reflexiones debían
retornar a los maestros del pensamiento social y de la
sociología: Maquiavelo, Hobbes, Marx, Sorel, Max Weber. Pero en
el caso de Orlando esta introspección se nutría de una sustancia
vital y vivida, padecida con desgarramiento, por sus
aproximaciones a los campesinos y a la tierra, y por todos los
desencuentros subsiguientes. Además, tocaba de cerca la crisis
de los modelos de desarrollo de América Latina.
Este lustro de ensimismamiento (1966-1970) demarcaría las
diferencias y discontinuidades entre la Historia Doble y
Campesinos de los Andes.
En el cuarteto, el diálogo con la élite ha sido sustituido por
un diálogo plural con los que antes eran anónimos informantes.
Todo el método, es decir, todo el camino hacia la verdad,
mediaba ahora la reconstrucción de este diálogo entre
conocimiento y saber, diálogo como el más célebre de don Quijote
y Sancho Panza, del que siempre se extraerán las enseñanzas y
las creaciones humanas más auténticas.
Este diálogo (en su etimología, un logos construido entre
varios hablantes) posee una virtud catártica y liberadora, como
por lo demás la ha tenido esta forma de conocimiento desde
Sócrates. Sólo que el diálogo perdió de hace mucho tiempo su
fuerza como método de conocimiento, subsumido, salvo en el
psicoanálisis, por la lógica de la investigación natural. En el
cuarteto, por el contrario, el diálogo se trasforma en concierto
de voces populares, a las que pocas veces se había concedido tan
extraordinaria atención.
Cobra nuevo sentido la sentencia: "respiro y libertación
surgirán de otra parte": en una tercera dimensión de la profecía
que se cumple a sí misma. Si la élite no concede poder al
pueblo, es necesario enseñarle a éste el camino para reclamarlo.
¿Qué queda entonces del “palacio”? La moraleja implícita en las
trasmutaciones es de enseñanza tan antigua como la Biblia. La
emancipación del hombre proviene de su propio espíritu,
iluminado en lo más profundo. La redención de los campesinos
jamás vendrá de éste o de cualquier otro palacio. Ha de ser su
reclamo liberador, acaso solamente inducido, como en el arte
mayéutica, por un dialogante sabiamente ético, y fundado en el
íntimo reconocimiento de sus herencias, de su simbiosis con la
naturaleza, de sus modos de sobrevivir y de rebelarse.
En mi personal interpretación de un texto como el Retorno a
la Tierra, lo concibo también como el regreso a unas
convicciones de raigambre cristiana y protestante –convicciones
también presentes en religiones orientales–, que soy muy tentado
a compartir: es la principal desconfianza contra la suerte de
poder, no sólo del que se encarna en el Estado, sino contra
cualquier poder que fácilmente se torna contra el hombre. De
ahí, en el libro, ciertas conclusiones apologéticas sobre el
pensamiento anarquista, que pueden confundir a más de un
ingenuo.
Mirado en el reverso, el anarquismo postula el principio de
oposición a todo poder establecido. Bakunin lo resumía a la
perfección cuando declaraba que una vez conquistado el poder,
encabezaría de nuevo la revuelta para destruirlo. Vista esta
filosofía en el anverso, en una perspectiva más edificante y
menos siniestra, confirma la vieja sentencia que dice que no hay
ni podrá haber forma óptima o buena de gobierno, porque todas
son intrínsecamente perversas y pervertibles, como producto que
son de la caída y que, en consecuencia, lo más sensato es
explorar las modalidades menos imperfectas, entre las cuales
deben preferirse las que concedan salvaguardias y libertades
para modificar aquellas que, formas de dominio al fin y al cabo,
se aparten de un orden inspirado en la exploración del bien
común.
Allí se enlaza el pensamiento anarquista con la tradición
cristiana que desde Santo Tomás al célebre dignatario criollo
masón y obispo (Juan Fernández de Sotomayor y Picón), pasando
por Suárez y Vitoria, predica el derecho a rebelarse contra suma
injusticia y tiranía. Anarquismo que ha tenido más influencia en
Colombia de lo que se piensa, por ejemplo para instaurar una
desconfianza acérrima contra todo poder central, desconfianza
que han compartido conservadores, liberales y comunistas.
Hasta ahí algunas suscitaciones. Antes de poner fin a esta
memoria, es bueno atisbar el futuro, nuestro futuro, amparados
en esta herencia.
A breve término del milenio, ¿por qué no razonar soñando?
Algunas luces de esperanza aparecen el horizonte de América
Latina y de nuestro propio país: son luces que proceden del
espíritu de libertad. Por nuestra parte, tenemos ya mucho dolor
y sepultura, como para abonar sin odio nuevas tierras. ¿No
podríamos decir, cada uno de nosotros, como en el verbo: "¿Quién
sabe si para esta hora te han hecho llegar?".
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Universidad Nacional de Colombia
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Archivos de la Universidad Nacional de Colombia
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Archivos Personales A – Z P
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Diarios Personales
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ADSUN, Fals - Lynn Smith, diciembre 10, 1960
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ADSUN, Fals - Lynn Smith. Octubre 30 de 1964
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ADSUN, Discursos
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ADSUN, Informe, 1966.
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ADSUN, Fals – Rockefeller: Diciembre 10 de 1960).
Nota
Se trata de la intervención en el seminario de homenaje
de la Asociación Colombiana de Sociología a Orlando Fals
Borda, realizado en mayo de 1986 en Barranquilla y
editado en el libro de CATAÑO, GONZALO 1987, como
homenaje a los cuatro tomos de Historia Doble de la
Costa. Por entonces, quien esto escribe ocupaba el
cargo de presidente de la Asociación Colombiana de
Sociología, al tiempo que era Jefe de Unidad de
Desarrollo Social en el Departamento Nacional de
Planeación, ya en las postrimerías del gobierno de
Belisario Betancur y en la víspera de la promulgación
del acto legislativo número 1 de 1986, por el cual se
instauró la elección popular de alcaldes, único signo –
aunque importante– que quedaría de una voluntad de paz y
de modernización política que naufragó por muchísimas
causas. Debe advertirse que en Colombia, así como en
América Latina la década – perdida en economía –
significaba el retorno de la preocupación por la
democracia, luego de regímenes militares y, en el caso
de Colombia, de gobiernos amparados en fuertes regímenes
de excepción.
Gabriel Restrepo Forero
Profesor Especial de la Facultad de Sociología
Universidad Nacional (Bogotá, Colombia)
Actualizado Junio de 2010
[Fuente: Capítulo IV del libro de Gabriel
Restrepo Forero.
Peregrinación en Pos de Omega. Sociología y Sociedad en Colombia.
Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2002, 296 p.]
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier
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