Miguel Antonio Caro
 
 
EL HOMBRE Y SU OBRA
 

Santiago Castro-Gómez
Tübingen, Alemania

Datos biográficos

Miguel Antonio Caro es el pensador colombiano que durante el siglo XIX representó la más completa fidelidad a la visión hispánica de la vida, el mundo y la sociedad. En opinión de José Luis Romero, el pensamiento de Caro es el esbozo conceptual más profundo del conservatismo filosófico-político en América Latina durante el siglo XIX.

Nació Caro en el año de 1843 en Bogotá, ciudad en la que transcurrió toda su existencia. Fue hijo de otro gran pensador y poeta colombiano de la época, don José Eusebio Caro, uno de los padres fundadores del partido conservador. Al regresar en 1850 de Nueva York, donde se había exiliado por causa de las críticas hechas al presidente López, don José Eusebio enfermó de fiebre amarilla y murió en el año de 1853. Miguel Antonio tenía entonces diez años, por lo que no puede hablarse de una influencia directa heredada de su padre. Al contrario, mientras José Eusebio se caracterizó por ser un personaje intelectualmente muy inquieto, que jugueteó con las filosofías más dispares y antagónicas, desde Saint-Simon hasta De Maistre, y desde Voltaire hasta Santo Tomás, Miguel Antonio conservó toda su vida una línea intelectual bien definida: la filosofía tradicionalista hispano-católica en la línea de Balmes, Donoso Cortés y Menéndez de Pelayo.

Muerto su padre, la educación de Caro estuvo a cargo de los padres jesuitas en Bogotá, con los que aprendió el latín, llegando a ser experto traductor de Virgilio a la lengua castellana. Años más tarde colaboraría con Rufino José Cuervo (1844-1911) en la redacción de una gramática latina. De hecho, Caro fue uno de los fundadores de la Academia Colombiana de la Lengua y director de la Biblioteca Nacional. Por sus trabajos de filología y lingüística, así como por su estilo depurado, es considerado en la América hispana como uno de los clásicos de la lengua, al lado de Cuervo. Una de las más prestigiosas instituciones académicas de Colombia lleva con orgullo el nombre de estos dos grandes gramáticos: el Instituto Caro y Cuervo.

Miguel Antonio Caro fue un escritor amante de la polémica, en un tiempo que exigía del intelectual una decidida toma de posición política. La convulsionada vida de la Colombia decimonónica se encontraba entonces dominada por las ideas de los llamados "radicales", un grupo de pensadores y políticos liberales que favorecía el impulso de la enseñanza secularizada, la separación entre la iglesia y el estado, el federalismo republicano, el no intervencionismo estatal y las inmigraciones europeas. Frente a este tipo de ideas políticas se dirigieron los ataques contínuos de Caro, realizados desde su periódico "El Tradicionalista", así como desde la tribuna del congreso colombiano. No le faltaba de algún modo razón, puesto que el idealismo de los radicales había conducido al país hacia una situación inmanejable. El sistema federalista, con sus territorios autónomos, dotados cada uno de ejército, moneda y política propias, desarticuló prácticamente la nación, dejándola a merced de la voluntad caudillista de los gobernantes locales. A pesar de que los radicales abrieron el camino hacia una modernización económica, política y cultural, se hacía imperiosa la necesidad de un cambio de orientación gubernamental.

Caro buscó alianza con el ala no radical de los liberales, encabezada por el poeta cartagenero Rafael Nuñez, procurando con ello la unificación del país, la implantación de leyes comunes y la coordinación de unas fuerzas armadas anteriormente dispersas. Aunque en dirección política opuesta, Caro tuvo en Colombia un papel similar al de Alberdi en Argentina en tanto que redactor de las Bases para la constitución de1886, vigente durante más de cien años, que contemplaba los siguientes puntos: centralización política, unidad de legislación, proteccionismo económico, restricción de libertades individuales, fortalecimiento del ejecutivo y firma de un concordato entre la iglesia y el estado colombiano. Para impulsar este periodo de reformas (que en la historia de Colombia es conocido como la "Regeneración"), Caro fue nombrado vicepresidente una vez que Nuñez asumió la jefatura de la nación en 1892. Pero habiéndose retirado éste a la ciudad de Cartagena en 1894, Caro se hizo cargo de la presidencia hasta 1898. Durante su mandato tuvo que luchar continuamente frente a las conspiraciones políticas de los radicales, que buscaban desestabilizar el gobierno conservador a toda costa. Su mano derecha para este efecto fue el general Rafael Reyes, quien aplastó todos los intentos de oposición armada. Después se retiró de la política para dedicar sus últimos años al cultivo de la literatura, muriendo en Bogotá el 5 de agosto de 1909.

Además de su dedicación a la política y la literatura, Caro ejerció una intensa actividad como filósofo y pedagogo. Hacia 1865 profesaba ya la cátedra de filosofía en el colegio Pío IX de Bogotá; en 1867 y 1868 dictó cursos de filosofía moral y psicología en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, y en 1870 regentó la cátedra de filosofía en la universidad de los Estados Unidos de Colombia. Uno de sus ideales centrales fue la fundación de una universidad católica en Bogotá, proyecto que sólo vino a concretizarse en el año de 1884.

Miguel Antonio Caro y el regreso a la tradición hispánica

La característica central del pensamiento de Caro es su defensa inquebrantable de la idea de hispanidad. No era ciertamente el primero en asumir esta tarea en Colombia. Pensadores como Sergio Arboleda (1822-1888) intentaron antes que él un rescate del legado colonial español, bajo el argumento de que la religión católica no se contrapone a la idea moderna de libertad. Arboleda respondía de este modo a las furiosas críticas del pensador liberal José María Samper (1828-1888), para quien el catolicismo era justamente el principal obstáculo a la liberalización material y espiritual de la nación. También el padre de Caro, José Eusebio, había soñado con una síntesis entre catolicismo y liberalismo, muy en la línea de Saint Simon y Lammenais. Pero las ideas de Miguel Antonio iban más allá de lo que estaban dispuestos a aceptar su padre y el mismo Arboleda. Lo que él buscaba no era sintetizar lo mejor del catolicismo y el liberalismo, sino el retorno incondicional a la forma de ser hispánica, que no se limitaba únicamente a la práctica de la religión católica, sino que abarcaba todos los aspectos de la vida del hombre. El hispanismo de Caro es, por tanto, una "Weltanschauung", una visión completa del mundo.

Caro está convencido de la superioridad de los ideales hispánicos sobre los ideales anglosajones. A diferencia de la mayoría de los intelectuales decimonónicos en América Latina, no se deja seducir por el progreso industrial, la sociedad individualista, el liberalismo económico o el método de las ciencias naturales. El ethos hispánico es, para él, la esencia misma de la civilización, porque sólo en él se encarnan los ideales del cristianismo. Todo lo grande y valioso de la civilización ha sido producto del cristianismo y de España, el pueblo elegido providencialmente para llevar adelante la redención de la humanidad. Ningún otro pueblo de la tierra puede compararse a España en sus logros a nivel del arte, la literatura, la organización del estado y la vida moral. Caro sabe muy bien que en España no han florecido las ciencias experimentales, pero cree que aún éstas son producto del espíritu cristiano, pues sus raíces deben buscarse en la desmitificación que hace la religión cristiana de la naturaleza. Con todo, la más sublime de todas las ciencias, el tronco del cual se desprenden todos los demás saberes es la teología, y en ella sí que sobresalen los aportes de España, con su magnífica escuela teológica de Salamanca.

Caro no reniega en ningún momento de las guerras americanas de independencia frente a España, pues hasta en ellas le parece ver el cumplimiento de un designio divino. Fue incluso uno de los pocos escritores colombianos que cantó poéticamente las gestas libertadoras de Bolívar, en su famosa "Oda a la estatua del libertador". Lo que rechaza no es la independencia sino la revolución, es decir, el intento de organizar las jovenes Repúblicas hispanoamericanas de acuerdo a principios que les son ajenos. La idea de "revolución" es, para Caro, completamente antinatural, pues le parecía que todo pueblo crece en armónicamente con sus principios inherentes, mas nunca rompiendo violentamente con ellos. Si las naciones hispanoamericanas quieren lograr la emancipación completa, entonces deben ser fieles a su propia esencia, a la tradición española que heredaron de la colonia. A propósito de ello escribe: "El año de 1810 no establece una línea divisoria entre nuestros abuelos y nosotros, porque la emancipación política no supone que se improvisase una nueva civilización. Las civilizaciones no se improvisan. Religión, lengua, costumbres y tradiciones: nada de esto lo hemos creado; todo lo hemos recibido habiéndonos venido de generación en generación, y de mano en mano, por decirlo así, desde la época de la conquista, y del propio modo pasará a nuestros hijos y nietos como precioso depósito y rico patrimonio de razas civilizadas. [...] Nuestra independencia viene de 1810, pero nuestra patria viene de siglos atrás. Nuestra historia desde la conquista hasta nuestros días es la historia de un mismo pueblo y de una misma civilización".

Siguiendo un argumento ya expresado por Andrés Bello, Caro piensa que el mismo brote independentista fue producto de la nobleza del espíritu español, tan dispuesto siempre a rebelarse frente a la tiranía y el despotismo. Bolívar, Nariño, Miranda, San Martín, todos ellos fueron verdaderos hombres hispánicos, educados en universidades españolas. La independencia no fue otra cosa que una "guerra civil", porque se trató de un movimiento dirigido exclusivamente por los criollos, los españoles americanos. De este modo, Caro se mueve a contrapelo de la interpretación liberal vigente en su época según la cual, las revoluciones americanas fueron un subproducto de la revolución francesa. A pesar de ello, con la historiografía liberal comparte la idea aristocrática de que el movimiento de independencia tiene su impulso en el "espíritu" de los varones criollos, desconociendo el papel cumplido por las mujeres, los indios, los negros y los mestizos.

En suma: para nada tienen las naciones hispanoamericanas que mirar hacia Francia, Inglaterra o los Estados Unidos en busca de ideas y modelos de organizacción social. "Si queremos - escribe Caro - una tradición de sabiduría política, ahí están no sólo los teóricos españoles de la edad de oro, sino la historia misma de sus grandes hombres de Estado. Allí está sobre todo la secular experiencia de gobierno de una nación que dio siempre a sus grandes tareas políticas un contenido religioso y practicó la unión del Estado y la Iglesia como base de la cohesión de la sociedad. Si queremos extender la civilización a todos los sectores sociales, no tenemos sino que recordar, a fin de emularlos y superarlos, los ejemplos de la política cristiana que nos ofrecen las Leyes de Indias. Si anhelamos un vehículo excelso de comunicación y expresión, ahí está la lengua española, creada por el ingenio hispánico y engrandecida y pulida por los clásicos de la literatura. Si queremos, en fin, ser algo, ser simplemente, no tratemos de cambiar el ethos, la constitución espiritual que, queramos o no, nos transmitieron nuestros abuelos. Seamos fieles a la idea española de la vida y a sus ideales de honor, magnanimidad, honra, religiosidad y heroísmo, sin tratar de cambiar el núcleo de nuestro tipo espiritual o de mezclarlo con valores que le son incompatibles. La tradición española se ha hecho de valores excelsos, superiores a los que han dado vida a otras formas de expresión nacional, y además, es la nuestra".

En cuanto a sus ideas filosófico-políticas propiamente dichas, éstas se hallan contenidas sobre todo en el Estudio sobre el utilitarismo, magnífico tratado publicado en 1869, cuando Caro contaba apenas 25 años. También se destacan su Informe sobre los "Elementos de Ideología" de Tracy, así como las Cartas al doctor Ezequiel Rojas. En estas tres obras, Caro toma parte activa en uno de los debates intelectuales más importantes del siglo XIX en Colombia: la polémica en torno a la filosofía de Bentham. Este debate tuvo su punto de partida en la orientación decididamente laica y anglófila que el general Francisco de Paula Santander, amigo personal de Bentham, imprimió a la política educativa colombiana desde 1825. Los textos del filósofo inglés adquirieron el carácter de lecturas obligatorias en las aulas universitarias, cosa que no fue vista con buenos ojos por Bolívar, quien prohibió la enseñanza de Bentham mediante un decreto firmado el 12 de Marzo de 1828. El libertador estaba convencido de que la doctrina de Bentham era opuesta a la tranquilidad y a la moral de las naciones hispanoamericanas, e incluso sospechaba que no había sido ajena al atentado contra su vida (25 de Septiembre de 1828), en el que tomaron parte algunos estudiantes universitarios de la capital. Pero después que muere Bolívar, Santander retorna a Colombia y reinstaura con todos los honores la enseñanza de Bentham, una vez asumida la presidencia en 1832. No obstante, muerto Santander, la doctrina de Bentham es derogada en 1842 y reemplazada por la filosofía conservadora de Jaime Balmes.

La posición de Caro frente al Benthamismo es de franca hostilidad. Considera que el sensualismo y el utilitarismo, pilares fundamentales del pensamiento de Bentham, son doctrinas inmorales porque introducen el relativismo gnoseológico y proclaman el bienestar mundano como fin supremo del hombre. Si todo conocimiento depende exclusivamente de las sensaciones, entonces no es posible alcanzar verdades con validez universal en el campo de la ciencia y, mucho menos, en el campo de la moral. Esto conduce necesariamente al egoísmo y, lo que es peor, al ateísmo. El principio de utilidad no sirve como criterio moral porque reduce la virtud y la bondad al logro del placer sensitivo (hedonismo), convirtiendo al hombre en un esclavo de sus pasiones. Para Caro, la divulgación del Benthamismo en Colombia es una infiltración foránea y dañina, que corrompe las mentes de la juventud y les impide alimentarse de la savia vitalicia transmitida por su propia cultura hispano-católica.

Caro se halla convencido de que a partir del principio benthamista del "mayor placer para el mayor número" no es posible construir una sociedad civilizada. Por esta razón, gran parte de su obra está dedicada a esbozar una teoría de la política enraizada en los valores religiosos de las naciones hispanoamericanas. Aquí Caro recoge y resume las doctrinas político-sociales de Agustín, Balmes, Donoso Cortés y los tradicionalistas franceses. La idea básica es que la sociedad no es simplemente la sumatoria de individuos que buscan por su cuenta el logro del placer, sino un organismo al interior del cual adquiere sentido la vida de cada persona. "El fin del hombre - escribe Caro - no es solitario sino social. En la familia, en la tribu, en el Estado constituído, dondequiera hallamos la forma social satisfaciendo una imperiosa necesidad de la organización y del corazón del hombre. Solitario, aparece el hombre débil, imperfecto, impotente. Asociado, se ostenta fuerte, completo, poderoso, verdadero rey de la tierra". La libertad individual no puede ser, entonces, el fín último de la sociedad civil, como tampoco lo es la voluntad de las mayorías. La doctrina de que el estado debe servir a la voluntad de las mayorías es contraria no sólo a la idea misma del derecho, sino también a las posibilidades de la razón humana. Caro nunca tuvo mucha simpatía por los principios de la democracia, porque creía que el hombre es un ser imperfecto, que yerra frecuentemente el camino si se le deja caminar solo, sin una guía moral. A diferencia de Kant, Caro pensaba que la razón humana es incapaz de darse sus propias leyes.

De todo esto se concluye que el papel del estado es educar moralmente al hombre y servir al bien común de la sociedad. Pero lo que significa el "bien común" no lo define consensualmente la sociedad civil misma, sino que lo define dogmáticamente la religión. Caro piensa que la religión es la razón de ser de toda sociedad, porque fuera de ella no se puede encontrar ningún fundamento para la ley moral. Sin la práctica de la religión ninguna sociedad humana ha sido capaz de superar el primitivo estado de salvajismo y alcanzar un mínimo de civilización a nivel de las instituciones y de las costumbres. En el Estudio sobre el utilitarismo escribe: "Prescíndase de la razón humana como cooperadora de la razón divina, y en vano se buscará quién establezca el orden en las sociedades humanas. No acierta a establecerlo el despotismo, ni la libertad, ni el acaso. Es necesario apelar a la razón humana intérprete de la divina, es decir, a la religión". Esto significa que la función principal del estado es promover la moral cristiana mediante leyes y programas educativos y que a este fin último se subordinan todas sus funciones restantes. En una palabra, Caro piensa que el estado no tiene una finalidad técnica o económica, sino una finalidad moral. No es extraño, entonces, que combatiera con tanto ahínco las tesis liberales de Bentham que procuraban establecer una separación entre derecho y moral. Religión, moral y derecho son ámbitos inseparables. No puede haber moral sin religión, ni derecho sin contenido moral. La ley positiva debe basarse en la ley divina. Y asegurarse de esto es, precisamente, la misión central del estado.

En efecto, gran parte de la reflexión socio-filosófica de Caro estuvo dedicada al tema de las relaciones entre la iglesia y el estado. Ya hemos visto cómo, en su opinión, la idea misma de civilización se encuentra asociada con la práctica del cristianismo. "La civilización - escribe - es la aplicación del cristianismo a la sociedad [...]. La disciplina católica es la verdadera forma en que Cristo ha querido que se aplique el cristianismo a los pueblos para hacerlos libres y grandes". De este modo, no es el estado sino la iglesia católica la institución que representa los verdaderos intereses de la sociedad civil. El estado debe someterse, entonces, a los preceptos morales de la iglesia; debe velar y proteger sus intereses, sin pretender jamás dirigir sus pasos y forzar sus decisiones. La iglesia es una institución trascendental, de orígen divino, mientras que el estado es una institución terrena y, por ello mismo, falible e imperfecta. En este punto, Caro sigue la tradición del pensamiento medieval que otorgaba primacía al poder eclesiástico sobre el poder civil.

Naturalmente, Caro - como hombre del siglo XIX - no pretendía una soberanía total de la iglesia sobre el estado, como era común a principios de la edad media europea, sino que aceptaba la doctrina de las dos potestades. Tanto la iglesia como el estado poseen respectivamente determinadas esferas de influencia y acción: mientras que la iglesia guía al hombre en el plano moral, el estado lo guía en el plano político. Obviamente, en muchas ocasiones las dos esferas de influencia colisionan, por ejemplo en materias de legislación jurídica o educativa, y ahí es donde se hace necesaria la intervención clarificadora del filósofo. Asumiendo este papel, Caro defiende una especie de repartición del trabajo entre la iglesia y el estado cuando se trata de definir la orientación política de la educación. Esta debe ser científica en cuanto a su materia, pero religiosa en cuanto a su forma. Una educación puramente científica, sin contenido religioso, como la propugnada por el liberalismo, es una educación falsa y dañina para la sociedad. Por esta razón, Caro exige que todos los maestros sean católicos y que los textos escolares sean sometidos a la aprobación de la iglesia.

De la misma forma, Caro no compartía la centralidad que otorgaba el liberalismo a ciertas políticas estatales, como por ejemplo la alfabetización de las masas. El estado no debería promover en demasía el cultivo de las facultades estrictamente intelectuales del ser humano, pues ello podría repercutir negativamente en el desarrollo de la moral. La supervaloración del leer y escribir era sólo una manifestación del espíritu cientificista y ateo de la modernidad. Por eso, la alfabetización por sí misma, sin la guía moral de la iglesia católica, no es una virtud sino un peligro para la cohesión del cuerpo social. De hecho, Caro no creía en la ciencia como elemento de transformación interior del hombre. Su idea del hombre sabio no tenía mucho que ver con el letrado humanista ni con el científico moderno, sino con la formación de una personalidad moral a toda prueba, a la manera de Jesús y de Sócrates. Curiosamente, la obra de Caro contribuyó sustancialmente a la consolidación de una cultura letrada y aristocrática en Colombia, que vivió siempre de espaldas a las necesidades más elementales de la población.

Santiago Castro-Gómez
Tübingen, Alemania

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