Leopoldo Zea

 

América como conciencia. México: UNAM, 1972. 133 pp.
(Primera edición: México: Cuadernos Americanos, 1953)

II
Cultura y filosofía americanas

9. El problema cultural de América

El problema central que aquí nos venimos planteando sobre la posibilidad de una cultura americana, tiene su origen en "nuestro tiempo". Es decir en nuestra situación de hombres en un determinado lugar y época histórica. Ha sido ahora y no antes que él hombre americano se ha hecho esta pregunta ¿existe una cultura americana? Y, si existe, ¿qué clase de cultura es ésta? Y, de no existir, ¿por qué no existe? No se quiere decir con esto que antes de ahora este tipo de preguntas no haya sido hecho. Lo que se dice es que antes de ahora no eran éstos los problemas del hombre americano, sino tan sólo de algunos americanos. Varios son los pensadores americanos que antes de ahora se hicieron este tipo de interrogaciones; pero la temática de las mismas fue perdiendo su importancia al asentarse en nuestros países formas de la cultura europea que parecieron resolver sus problemas. Ahora esta temática ha tomado un incremento sorprendente. Existe una especie de atmósfera que obliga a cualquier pensador consciente a detenerse en los problemas que plantea. No es el pensador el que propone los temas; sino son los temas los que se imponen a nuestros pensadores. No es que algún pensador o grupo de pensadores se haya propuesto plantear estos problemas porque sí. Es la propia América, como entidad cultural la que plantea el problema y reclama una solución.

El que había sido problema para algunos americanos en el siglo xix, se ha convertido, en el siglo xx, en problema del hombre americano. ¿A qué se debe este cambio? Se ha dicho ya que este es un problema de nuestro tiempo. En efecto, el tiempo histórico en que vivimos y la situación vital en que nos encontramos —es decir, la circunstancia de que existimos aquí en América y en esta época histórica—, han planteado al americano el problema de la existencia o posible existencia de una cultura propia. Antes de ahora el hombre americano no había tenido necesidad de una cultura que le fuese propia, cómodamente había vivido a la sombra y de la sombra de la cultura europea. Tan sólo algunos americanos se habían planteado el problema de esta falsa situación, pensando sobre la necesidad de que América tuviese una cultura propia, ya que tenía problemas que sólo el hombre americano podría resolver en la misma forma como los europeos resolvían los suyos; pero tal manera de pensar fue intrascendente. El americano se sentía seguro al abrigo de una cultura que se le presentaba con el carácter de validez universal.

Nuestro tiempo ha sido el encargado de demostrar al americano su error. Un buen día este hombre se ha encontrado con que la cultura, en la cual había puesto su seguridad, se desmorona destruyéndose a sí misma. El hombre de América que había confiadamente vivido, durante varios siglos, apoyado en las ideas y creencias del hombre de Europa, se encuentra de golpe frente a un abismo: la cultura occidental que tan segura parecía, se conmueve y agita, amenazando desplomarse; las ideas en las cuales había puesto su fe, transfórmanse en inútiles artefactos, carentes de todo valor y sentido. El americano había vivido cómodamente cobijado por la sombra del árbol de la cultura europea, pero en este que hemos llamado un buen día, el hombre europeo —el cultivador del árbol abrigador— lo corta y arroja al fuego por inútil, con lo cual el americano se ha encontrado de golpe expuesto a la intemperie, amenazado por todos los elementos; se encuentra de golpe con la historia, con la necesidad de hacerla, es decir, con la necesidad de hacer una cultura cultivando ideas y creencias propias.

El pensador hispano José Ortega y Gasset decía en uno de sus libros, refiriéndose a la impaciencia de América por ocupar un puesto en la cultura universal: "El dominio del mundo no se regala ni se hereda. Vosotros habéis hecho por él muy poco aún. En rigor, por el dominio y para el dominio no habéis hecho aún nada. América no ha empezado aún su historia universal"(1). Aunque duela aceptarlo, ésta es una realidad, América no ha hecho aún su propia historia, sino que ha pretendido vivir la historia de la cultura europea. Ha vivido como eco y sombra de Europa; pero una vez que la cultura de este continente, la cultura de Europa, ha llegado a la encrucijada en que amenaza derrumbarse completamente ¿qué puede hacer América? ¿Derrumbarse también, cayendo en el caos en que ha caído la cultura de la cual era eco y sombra? ¿Acaso no se acaban eco y sombra cuando se pierde la voz y el cuerpo? ¿No habrá que concluir que perdida la voz y el cuerpo de los cuales era eco y sombra la cultura de América, ésta tendrá que derrumbarse necesariamente? Sin embargo, no será así, América no ha sido eco y sombra de la cultura europea, aunque así lo parezca: América, simbólica expresión de un grupo de hombres, ha tenido que resolver los problemas que le ha presentado su circunstancia. Ahora bien, la solución de los problemas de una circunstancia depende de los medios de solución que la misma circunstancia ofrezca. El americano, al igual que cualquier otro hombre, ha tenido que resolver los problemas de su circunstancia, con los medios que ésta su circunstancia le ha ofrecido; dentro de su circunstancia está la cultura europea, de aquí que haya tomado esta cultura como un instrumento para resolver sus problemas. Una de las formas de resolver los problemas de su circunstancia ha sido la adopción de las soluciones que para resolver problemas semejantes ha utilizado el hombre de Europa. Acaso este tipo de solución haya sido o sea en nuestros días falsa solución, pero lo cierto es que gracias a esta solución el americano ha podido subsistir durante varios siglos. Hasta nuestros días no había tenido necesidad de buscarse otro tipo de solución, le bastaron las de la cultura europea. Si América no ha hecho una cultura propia es porque no la ha necesitado; si ha vivido como eco y sombra de una cultura ajena, ha sido porque en esta forma resolvía mejor los problemas de su circunstancia, acaso mejor de lo que los hubiera resuelto si en vez de tal cosa hubiese decidido buscar soluciones propias a los problemas que se le planteaban sin atender a las soluciones que otra cultura le ofrecía.

El hombre americano tenía que resolver sus problemas con urgencia, y una de las soluciones se las ofrecía la cultura de Europa, de aquí que se apropiase de este tipo de soluciones. Pero ahora que la cultura europea ha dejado de ser una solución convirtiéndose en un problema; ahora que ha dejado de ser un apoyo para convertirse en una carga; ahora que las ideas que tan familiares nos eran a los americanos se transforman en objetos siniestros, desconocidos, oscuros, y por lo tanto peligrosos; ahora, repito, es cuando América necesita de una cultura propia, ahora es cuando tiene que resolver sus problemas en otra forma bien distinta a la forma como hasta hoy los había resuelto. Esta otra forma no puede ser ya la imitación, sino la creación personal, propia. He dicho que al desaparecer la voz y el cuerpo desaparecen el eco y la sombra; y así es: al desaparecer la cultura de la cual éramos eco y sombra, desaparece este eco y esta sombra, es decir, desaparece la imitación, desaparece la solución como imitación, pero no el hombre elector de esta forma de vida. El hombre americano no desaparece como tampoco desaparece el hombre europeo aunque destruya su cultura para crear otra. Lo que sucede es que tanto el americano como el europeo se encuentran en una situación semejante, ambos se hallan ante un mismo problema: el de resolver qué nuevas formas de vida deberán adoptar frente a las nuevas circunstancias las cuales se han presentado como problemas insolubles a las soluciones dadas por la cultura que desaparece.

Ambos, el europeo y el americano, se encuentran sin suelo en qué apoyarse, en una situación de plena problematicidad, ambos tienen necesidad de continuar elaborando una cultura; pero ahora, el americano no puede permanecer al abrigo de la cultura europea, de lo que haga el hombre de Europa, porque ahora no existe tal abrigo, no hay otra cosa que problemas, vacío, y sobre el vacío no se puede existir. Europa no tiene en nuestros días nada concreto que ofrecer a nuestra América; por ahora no tiene más que problemas. De aquí que el americano no pueda seguir apoyándose en la cultura europea, sino que, al igual que el europeo, tendrá que buscar nuevas soluciones, nuevos puntos de apoyo, y esto tendrá que hacerlo por sí mismo. América hasta ayer eco y sombra de la cultura europea, tiene que procurarse tierra firme, y resolver por cuenta propia los problemas de su circunstancia. Ahora bien, este procurarse tierra firme, este buscar soluciones a problemas circunstanciales, da origen a una disciplina natural al hombre en situación problemática: la filosofía. América necesita de una filosofía, de una original meditación y solución de sus problemas.

10. La filosofía en la cultura de América

El maestro y pensador argentino Francisco Romero, en un ensayo titulado Sobre la filosofía en Iberoamérica (2) exponía cómo existe un interés cada vez más creciente en los países iberoamericanos, por los temas filosóficos, dando prueba de este interés las crecientes publicaciones de índole filosófica: libros, artículos en revistas especiales de filosofía o revistas de cultura general; así como la organización y formación de instituciones donde se estudia y practica la filosofía, encontrándose estos focos de cultura filosófica repartidos en toda la América española. Este interés por la filosofía ofrece un gran contraste con otras épocas, en las cuales la filosofía no pasaba de ser labor de unos cuantos e incomprendidos hombres; labor que no trascendía la cátedra o el pequeño cenáculo. En nuestros días tal cosa ha cambiado: los dedicados a la filosofía se agrupan, establecen correspondencia con los grupos de otros países intercambiando ideas y preocupaciones. Pero esto va más lejos, los trabajos realizados no quedan limitados al conocimiento de los especializados en la labor filosófica, sino que trascienden al gran público; éste solicita tales trabajos, se preocupa por ellos y sigue estimulando con ello a quienes a tales temas se dedican. Se ha llegado a lo que el maestro argentino llama etapa de normalidad filosófica (3), es decir, a una etapa en la cual el ejercicio de la filosofía es considerado como una función ordinaria de la cultura, al igual que otras actividades culturales. La filosofía deja de ser labor de solitarios, de extravagantes; el filósofo deja de ser un genio incomprendido, transformándose en un miembro activo de la cultura de un país, al igual que los profesionales que practican otro tipo de actividades culturales. Se establece lo que Romero llama un "clima filosófico", una especie de opinión pública sobre la labor de los dedicados a la filosofía; con lo cual éstos se encuentran forzados a tomar en consideración temas de interés público. Desaparece el loco con su tema, surgiendo el pensador preocupado por los temas de los demás tratando de resolver sus problemas, estimulado por el interés que se muestra por su trabajo.

Ahora bien, este interés cada vez más creciente por la filosofía es índice de su necesidad. Si el hombre americano se interesa por la filosofía en una forma que antes no había mostrado, quiere decir que siente alguna necesidad de ella. No se puede pensar en la simple curiosidad, porque nuestro tiempo no es a propósito para perderse en curiosidades. Antes de ahora, el americano no había sentido tal necesidad; de aquí su poco o ningún interés por la filosofía; de aquí también la indiferencia con que había visto a los hombres que se dedicaban a tal actividad. Vuelvo a repetir que si América se interesa por la filosofía es porque la necesita.

Al plantearse el problema de una posible filosofía americana, quizá no falten escépticos que consideren esta cuestión como un absurdo alegando que es imposible que exista tal filosofía, que nuestra filosofía ha sido y será siempre un eco de la filosofía europea; que este no tener una filosofía que nos sea propia se debe a una incapacidad de nuestra parte para filosofar. Nunca hemos tenido filosofía propia, en consecuencia, nunca la tendremos. A esto contesta Francisco Romero, "como si en alguna parte hubiera habido plena y compacta filosofía... antes de hacerla" (4) En efecto, la filosofía no es algo dado por naturaleza a determinados hombres o pueblos, no es algo que se herede, sino algo que se hace, y se hace cuando se necesita. Los hombres o pueblos que han hecho filosofía la han hecho porque la han necesitado; y si no la han hecho es porque no han necesitado de ella. Es éste el caso de América, la cual no tiene una filosofía propia porque no ha necesitado de ella, como tampoco ha necesitado de una cultura; pero sin que esto quiera decir que no llegue a tenerlas si necesita de ellas. América tendrá una filosofía como tendrá una cultura cuando las necesite, al igual que otros pueblos que las han necesitado. Si hasta ahora se ha fracasado en tal intento, no se puede decir que sea por falta de capacidad sino porque han sido innecesarias.

No han faltado intentos cuya finalidad haya sido la creación de una filosofía americana, hispanoamericana, mexicana o propia de cualquier otro país americano; pero en tales intentos pocas veces se ha tratado de hacer filosofía, es decir, no han sido intentos para resolver problemas como lo es la auténtica filosofía, sino tan sólo intentos para demostrar que podemos, como cualquier otro continente, hacer filosofía. No se ha hecho filosofía por necesidad sino para demostrar que no somos inferiores. La filosofía no debe ser el resultado de un poder hacerla, sino de un tener necesidad de hacerla. La filosofía no puede ser considerada como un juego deportivo en el que haya que hacer gala de capacidades, sino como una necesidad de resolver problemas, los problemas urgentes de nuestra vida. Quizá sea ahora cuando América pueda tener una filosofía propia, porque es ahora cuando tiene frente a sí graves problemas que resolver, y la urgencia de resolverlos por sí misma. Y digo que tal caso es posible en nuestros días, porque son los problemas y la necesidad de resolverlos los que ha originado el tema de la posibilidad de una filosofía americana. Ya no se trata de demostrar que somos capaces de hacer una filosofía, sino de demostrar que somos capaces de resolver nuestros problemas.

11. La filosofía como verdad eterna

Uno de los primeros problemas que se nos presentan al hablar de una posible filosofía americana, es el de la existencia de una filosofía particular, en este caso, la americana. Y cabe plantearse este primer problema, porque la filosofía se ha presentado casi siempre con la pretensión de que sus verdades, sus soluciones, sean eternas. Se habla de la Filosofía con mayúscula y no de una filosofía. La filosofía pretende que sus verdades son verdades universales, válidas para todo espacio y tiempo. Cada filósofo pretende que las verdades de su sistema son verdades fuera de todo tiempo y espacio, pretendiendo que sus soluciones son eternas. Cada filósofo ha pretendido tener la verdad, no una verdad de momento sino la verdad eterna e inmutable. Cualquiera que eche una ojeada a la historia de la filosofía se encontrará con que cada sistema tiene tales pretensiones. Cada filósofo pretende haber alcanzado el principio de todo cuanto existe y cuanto puede existir.

Dios, naturaleza, espíritu positivo, etcétera, son los diversos nombres que se dan al principio de los principios. El filósofo se encuentra siempre ligado en alguna forma con este principio de los principios, lo posee en alguna forma: colabora con él, participa de él, lo afirma o lo niega; se hace su esclavo o lo hace un instrumento; o bien le llama a cuentas, le hace comparecer para que se justifique. El filósofo y la filosofía se consideran siempre ligados a tal principio pretendiendo ser sus poseedores. Tal pretensión hace de la filosofía un instrumento, para alcanzar verdades eternas, fuera de todo tiempo y lugar.

Pero también, quienquiera que vaya a la historia de la filosofía se encontrará que la pretensión de universalidad de las verdades alcanzadas por la filosofía, es sólo válida para cada autor o descubridor de esas verdades. El filósofo pretende que su verdad es eterna; pero sólo su verdad. Sólo la verdad propia, la personal del filósofo es considerada como eterna. No así las verdades de los otros filósofos, las que son consideradas como errores, como falsas. La pretensión de universalidad de la verdad particular de cada filósofo, no puede admitir que existan otras verdades con la misma pretensión. Verdad eterna sólo puede haber una, y esta una sólo puede ser la del que la afirma. La verdad para tener ese su carácter de universalidad, de validez eterna, tiene que ser necesariamente una, no puede aceptar otras verdades, de aceptarlas caería en contradicciones. De existir verdades parciales, éstas carecerían de veracidad al no estar justificadas por la verdad única, la que cada filósofo pretende poseer.

De acuerdo con dicha tesis no puede haber una filosofía americana, no puede existir sino Filosofía a secas. Sin embargo, no se puede dejar de ver que a pesar de que cada filosofía pretende ser la Filosofía y pretende ser poseedora de verdades eternas e inmutables, de hecho ninguna ha demostrado esta capacidad. Cada sistema filosófico ha pretendido alcanzar la verdad eterna, el principio de los principios, pero ninguno ha logrado tal propósito. No ha alcanzado la verdad, sino unas verdades, la historia de la filosofía nos muestra que no se ha alcanzado una verdad eterna, sino tan sólo la verdad de un filósofo y de una época. La filosofía hecha hasta el presente se unifica por el afán de alcanzar la verdad de las verdades, pero se diferencia en lo alcanzado; se ha alcanzado un determinado número de verdades; pero no la verdad única.

Pero esta pretensión de cada filosofía por ser la verdad, o por poseer la verdad eterna, ha hecho de la historia de la filosofía una historia de las contradicciones filosóficas. La historia de la filosofía se nos presenta como carente de unidad, cada sistema aparece como contradicción del sistema anterior. En vez de encontrarse unidad, sólo se encuentra una contradictoria pluralidad. Cada filosofía al pretender ser poseedora de la verdad única, tiene necesariamente que negar a las otras, pues de aceptarlas se negaría a sí misma. ¿Qué filosofía tiene la verdad? es la pregunta que se hace necesariamente quienquiera que busque en la historia de la filosofía la verdad. El hombre busca anhelante la verdad; pero lo que se le ofrece no es esta verdad, sino unas verdades, pretendiendo ser cada una de ellas la verdad anhelada. Entonces, ¿cómo es posible que este ente llamado hombre, que tanto necesita de la verdad, haya podido existir con unas verdades?

12. La filosofía como verdad histórica

Ha sido en nuestros días cuando la filosofía, consciente del carácter contradictorio de sus soluciones, de sus verdades, ha pretendido justificar su carácter contradictorio. La conclusión a que ha llegado es que no existen tales contradicciones, que no hay contradicción en las soluciones que ha ofrecido en el transcurso de su historia. Tal justificación, la de dicha tesis, se encuentra en la historia. La filosofía es obra de hombres y para hombres; de aquí que tenga, como toda obra humana, que participar del carácter esencial de lo humano. La esencia de lo humano, aquello por lo cual un hombre es hombre, es la historia. El hombre es un ente histórico; es decir, un ente cuya esencia es el cambio. El hombre de hoy no es el mismo de ayer, ni será el de mañana (5).

El hombre se encuentra siempre situado en una determinada circunstancia. Esta circunstancia se le presenta siempre como problema. El hombre tiene que decidir cómo resolver dicho problema; cómo vivir su circunstancia. Para vivir, para existir, tiene que modificar su circunstancia y su vida; tiene que adaptar dicha circunstancia a su vida y adaptar esta su vida a su circunstancia. La circunstancia se presenta como obstáculo; pero ella misma ofrece los medios para salvar tal obstáculo. Es a la vez problema y solución. Este ir el hombre adaptándose y adaptando la circunstancia se plasma en cultura. La historia de la cultura es la historia del hombre en lucha con su circunstancia.

Ahora bien, lo que en unas determinadas circunstancias es considerado como solución en otras es obstáculo. Lo que para un grupo de hombres, para una cultura, es solución, para otro es problema. Lo que para una generación de hombres es el máximo de la perfección cultural, para otra será el máximo de lo imperfecto. Pocas generaciones se adaptan a lo hecho por otras. Debido a esta incapacidad del hombre para adaptarse a las circunstancias de los otros, existe la personalidad. Cada hombre tiene su punto de vista, su circunstancia, su personalidad, y de acuerdo con este punto de vista, circunstancia o personalidad, resolverá los problemas de su vida.

No es ahora nada extraño, el que cada hombre o cada generación humana, tenga su verdad; la verdad única, la que le dé las soluciones buscadas. La verdad de cada hombre o generación no viene a ser sino la expresión de una determinada concepción del mundo y de la vida. Esto hace que las verdades de la filosofía como intentos de solución sean circunstanciales, dependiendo cada una del hombre que las ha expresado, y éste a su vez, dependiendo de una sociedad determinada, de una determinada época histórica, en una palabra, de una circunstancia. Quien no pueda captar la relación existente entre las ideas y la circunstancia histórica, no podrá ver sino contradicciones en la historia de la filosofía. Sin embargo, quien capte esta relación, se encontrará con que no hay contradicción en dicha historia de la filosofía. La filosofía no es sino un afán por solucionar problemas concretos; es un tratar de contestar a los interrogantes que se hace el hombre frente a determinadas dificultades, de aquí que sus soluciones no puedan ser sino circunstanciales (6).

Aunque en apariencia los problemas que el hombre se plantea son los mismos, tal semejanza no pasa de ser nominal; los problemas son siempre distintos, de aquí que las soluciones sean también distintas. Si los problemas que se plantean son personales, válidos para un hombre o una generación, necesariamente, las soluciones, la verdad alcanzada tendrá que ser también personal, válida tan sólo para este hombre o generación. El no haberse visto esto ha dado lugar a que la filosofía aparezca en su historia como contradictoria. Ha sido el querer hacer de verdades circunstanciales verdades eternas, lo que ha dado lugar a las contradicciones y a las inadaptaciones históricas. Es esta inadaptación de las ideas con la circunstancia histórica, lo que ha originado la crisis actual (7).

Las soluciones que un hombre, una generación, un pueblo o una cultura han dado a sus problemas, no pueden ser siempre soluciones para los problemas de otro hombre, generación, pueblo o cultura. Éste ha sido uno de los errores de nuestra América. Hemos visto cómo América no ha hecho otra cosa hasta nuestros días, que querer adaptarse a las soluciones de la cultura europea. Esto ha hecho de los americanos hombres inadaptados: las ideas de la cultura europea no se adaptan del todo a las circunstancias americanas.

Acaso exista una verdad eterna e inmutable, pero desgraciadamente para los hombres tal verdad no está a su alcance. Tal verdad, de existir, no es obra de los hombres ni para los hombres. Acaso la fe sea una forma de alcanzar tal verdad; pero lo cierto es que en nuestros días no podemos hablar de fe. La situación problemática en que vivimos tiene su origen en esa falta de fe; el hombre actual ha perdido la fe en todo. Esta falta de fe ha hecho que sea nuestro tiempo el que haya caído en la cuenta de que no existen verdades eternas, inmutables, válidas para todo tiempo y lugar, sino tan sólo verdades circunstanciales, válidas tan sólo para un determinado tiempo y lugar. De aquí también que se considere que las verdades aportadas por la filosofía sólo encuentren justificación históricamente.

Este saber el hombre que no puede atenerse a soluciones ajenas, sino que en cada época y en cada lugar tiene que buscar soluciones propias, ha dado lugar a que se hable de la posibilidad de una filosofía americana. Se ha visto que la filosofía, lejos de tener o alcanzar verdades universales, sólo alcanza verdades parciales, circunstanciales, las cuales dan a tal filosofía un carácter peculiar, el carácter local y temporal de la circunstancia en que se encuentra. De aquí que haya resultado una filosofía griega, francesa, alemana, o inglesa; y de aquí que pueda resultar una filosofía americana.

13. La filosofía como verdad circunstancial absoluta

Como se ha visto se puede hablar de una filosofía americana; de una filosofía que sea la expresión de la circunstancia americana; de una filosofía que trate de solucionar los problemas de esta circunstancia. Sin embargo, tal filosofía no podrá ser legítima filosofía si de intento se quiere hacer filosofía americana. La filosofía es a pesar suyo griega, francesa, alemana o inglesa; como es a pesar suyo filosofía antigua, medieval, moderna o contemporánea. Es a pesar suyo filosofía de un determinado lugar y tiempo. El hombre ha pretendido resolver sus problemas de una vez y para siempre, pero está en la esencia del hombre mismo el no poder lograr tal fin. He dicho que las soluciones de hoy son problemas de mañana, el hombre no puede nunca conformarse a un tipo de circunstancia, siempre sentirá la necesidad de transformarla; en la naturaleza humana está este querer siempre cambiarla. Cuando se presentan épocas como la nuestra en que los hombres tratan de conformarse a circunstancias que les son dadas, hechas; en que parece que el hombre abandona su individualidad acomodándose a diversos moldes: sociales, políticos, religiosos, etcétera, en estas épocas parece que el hombre desaparece al desaparecer esa su esencia, la de una continua transformación de la circunstancia que le es dada.

Cada hombre o generación de hombres pretende modificar siempre su mundo, de acuerdo con una nueva concepción de la vida que considera como propia. Son las nuevas concepciones de la vida las que plantean nuevos problemas y le urgen a nuevas soluciones. Esta concepción que sobre el mundo y la vida tienen el hombre y las generaciones matiza, de color, a los intentos de soluciones que se ofrecen a los problemas que se les plantean. De acuerdo con dicha concepción un hombre o una generación no verán de la realidad sino aquella parte que se encuentre teñida por el color de dicha concepción. De aquí que, donde una generación había visto soluciones otra vea problemas. Cada hombre o generación tendrán sus propios puntos de vista, sus ideales y sus ideas; y será conforme a estas ideas como tratará de realizar, de modelar, su circunstancia.

Pero las verdades desde las cuales una generación vive su vida, no pueden ser consideradas como relativas a una vida, parciales: válidas al lugar y tiempo de dicha generación, sino como verdades absolutas: válidas para todo lugar y tiempo. Y este sentir las verdades de una circunstancia como absolutas, viene de que la realidad que se vive es una realidad absoluta. Un punto de vista, una concepción del mundo, es absoluto: todo cuanto existe será visto, vivido, desde este punto de vista y desde esta concepción del mundo. La verdad será verdad absoluta porque absoluta es la realidad desde la cual y para la cual tiene valor dicha verdad. Si todos los hombres desde un mismo punto de vista tuviesen que enfrentarse con la misma realidad, la verdad sería igualmente absoluta para todos. No habría sino una verdad, la verdad que todos captarían al encontrarse situados en el mismo lugar circunstancial. La verdad de cada hombre o generación es absoluta, lo que no es igualmente absoluto es el lugar que cada hombre o generación ocupa en la realidad. Hay una y absoluta realidad, lo que no es absoluto son los puntos de vista desde los cuales esta realidad puede ser captada. El que un hombre no pueda captar el punto de vista que sobre la realidad tenga otro no invalida tal punto de vista, siempre se tratará de realidades absolutas, y sus expresiones serán siempre verdades absolutas.

En esta forma nos encontramos con que cada hombre tiene su verdad plena y absoluta, válida para él y para quienes se encuentren en idénticas circunstancias, desde el mismo punto de vista; de no ser así no existiría la sociabilidad, los hombres no podrían nunca entenderse entre sí. Existen verdades personales, intransmisibles, pero también existen verdades que pueden ser comunicadas: verdades de grupo, de generación, de pueblos y culturas. Así como existen verdades válidas para un grupo de hombres permitiendo la convivencia, la comprensión, así también existen verdades que pueden valer para toda la humanidad, para todos los hombres, se trata de verdades que por su generalidad pueden estar al alcance de todo hombre. Esto puede entenderse fácilmente si no se olvida que la verdad expresa una forma de la realidad, la cual es siempre circunstancial: los hombres participan de una circunstancia personal —un punto de vista que les es propio—; pero esta circunstancia personal participa a su vez de una circunstancia más amplia, de una circunstancia en la cual se encuentran otros hombres, la circunstancia social —la cual permite la convivencia—; pero esta circunstancia social participa a su vez de otra más amplia, por medio de la cual todos los hombres, cualquiera que sea su circunstancia personal o social; se identifican como hombres, como género hombre; ésta es la que podemos llamar circunstancia humana. Todos los hombres para ser hombres participan de una circunstancia que les es propia: humanidad.

14. El hombre como valor universal

La filosofía en último término trata de resolver los problemas de la circunstancia llamada humanidad. No se conforma con resolver los problemas de un hombre o grupo de hombres, sino que trata de resolver los problemas de todos los hombres, sin importarle cuál sea la circunstancia local o temporal de éstos. Es ésta la razón por la cual pretende que sus verdades sean verdades absolutas, válidas para cualquier hombre. La filosofía no se conforma con alcanzar una verdad circunstancial, sino que trata de alcanzar una verdad universal. Sin embargo, tal empeño tropieza con la esencia de los autores de esta faena, con los hombres, con el hombre. Quien trata de alcanzar una verdad que salve a la humanidad de sus circunstancias, es el hombre; el hombre que no sólo participa de la circunstancia llamada humanidad, sino además de otras circunstancias más limitadas como son las sociales y las personales; las circunstancias de lugar y tiempo. Son estas circunstancias, las mismas que hacen del hombre una persona —las que le dan su individualidad o personalidad— las que se presentan como límite en este su afán por alcanzar verdades universales; son estas circunstancias las que hacen que el hombre no logre alcanzar la verdad que salve a toda la humanidad.

El valor universal a realizar, al que todos los hombres tienden cualquiera que sea su lugar especial o local, es el hombre. Todo hombre trata de ser cada vez más hombre, es decir, trata de realizar sus potencias, alcanzar la plenitud de su ser, eliminando los obstáculos que se oponen a esta plenitud. El ser del hombre es un ser nunca pleno, siempre trata de alcanzar estadios más amplios; lo hecho por él se le presentará siempre como obstáculo; de aquí ese no conformarse nunca con su circunstancia y su tratar de rebasarla en una circunstancia más amplia, en el hombre pleno. De aquí también este encontrar siempre obstáculos y este tratar de salvarlos de un salto definitivo. Este salto es el que intenta dar por medio de la filosofía. Por medio de la filosofía quiere resolver de una vez y para siempre el problema de la plenitud de su ser. Sin embargo, ya se ha visto cómo la filosofía no logra dar tal salto y se queda hincada en la circunstancia del hombre que la expresó. La filosofía es, a pesar de los filósofos, circunstancial. El fin último de la filosofía es la realización plena del hombre, pero sus límites están en la misma esencia del hombre. Lo griego, lo francés, lo alemán o lo inglés de una filosofía son la expresión de los límites de esta filosofía. Sin embargo, tanto el filósofo griego, como el francés, el inglés o alemán, han pretendido hacer filosofía para todos los hombres y no simplemente para los griegos, franceses, ingleses o alemanes. La filosofía no se justifica por lo local de sus resultados, sino por la amplitud de sus anhelos. Así, una filosofía americana no se justificará como tal por lo americano, sino por la amplitud del intento de sus soluciones. Es menester que se haga Filosofía con mayúscula, y no simplemente filosofía de un determinado país; hay que resolver los problemas circunstanciales pero con miras a la solución de los problemas de todo hombre. En nuestro caso, el límite, lo americano, nos será dado a pesar nuestro.

15. América como valor humano

La pregunta inicial de varios trabajos ha sido en torno a la posibilidad de una filosofía americana. La respuesta a tal pregunta puede contestarse afirmativamente después de haberse expuesto todo lo anterior. Es posible la existencia de una filosofía americana por ser la filosofía una tarea humana que se realiza cuando se considera necesaria. Si no había existido dicha filosofía era debido a que no se había tenido necesidad de ella; una filosofía americana no podía ser el resultado de un simple querer hacerla, como no lo han sido filosofías anteriores. Una filosofía americana tendrá que ser el resultado de un querer resolver problemas humanos, los problemas inherentes a la humanidad, no bastará el querer resolver los problemas propios de América. Si lo que nos proponemos es hacer pura y simplemente filosofía americana, dicha filosofía no resultará; por el contrario, si lo que nos proponemos es hacer pura y simplemente Filosofía, es decir, resolver los problemas que todo hombre se plantea por el hecho de ser hombre, el resultado será una verdadera filosofía, y lo americano nos será dado a pesar de nuestro intento de absoluta validez. Lo humano marcará los límites de nuestra obra haciendo de ella una obra circunstancial. Dicha filosofía se encontrará matizada por lo que es inherente al hombre americano.

Dicho matiz, será dado por la circunstancia americana. No podremos escapar a nuestra circunstancia, tendremos que contar necesariamente con ella. Para resolver los problemas del hombre tendremos que partir de lo que como hombres se nos da inmediatamente, la realidad americana, y de esta realidad nos elevaremos hacia lo humano en todos los pueblos. El hacer filosofía americana será inevitable si los americanos filosofamos; pero lo que debemos evitar es limitarnos a lo americano. Esta nuestra filosofía, si es auténticamente filosofía, será por un lado filosofía americana por estar hecha por americanos y, por el otro, alcanzará un cierto valor universal, el que le será dado por estar hecha por hombres; lo universal, lo válido para cualquier hombre, le será dado por aquello que de común tengamos con los demás hombres.

Si resolvemos nuestros problemas con miras a la solución de los problemas del hombre y no simplemente del americano, las soluciones de nuestra filosofía serán también soluciones factibles para otros pueblos, y esta facticidad se encontrará en lo que de común tengamos con esos otros pueblos, en lo humano, en nuestra participación con esa circunstancia más amplia a la que hemos llamado humanidad.

Tendremos que partir de lo que nos es más próximo, de la circunstancia americana, poniendo en claro lo que como americanos somos, los problemas que como tales tenemos. Pero siempre conscientes de que éstos son los límites que nos impiden alcanzar la verdad válida para todos los hombres. Pero tampoco debemos olvidar que dichos límites son inherentes a todos los hombres; de donde podemos concluir que el límite de nuestras ambiciones y el conocimiento de tal límite será también el conocimiento de los límites de todo hombre. Necesitamos conocer nuestros límites, la circunstancia americana, para que a partir de ellos podamos conocer cuál puede ser nuestra aportación a los problemas del hombre en general, a la cultura universal.

NOTAS

  • (1) José Ortega y Gasset, "Revés de almanaque", en Obras Completas. El Espectador, tomo viii, Madrid: Espasa-Calpe, 1936.
  • (2) Francisco Romero, "Sobre la filosofía en Iberoamérica", La Nación (Buenos Aires), 24 de diciembre de 1940.
  • (3) Ibid.
  • (4) Ibid.
  • (5) Véase José Ortega y Gasset, "Historia como sistema", Revista de Occidente (Madrid), 1941.
  • (6) Véase el tema de la relación de las ideas con la circunstancia histórica en Karl Mannheim, Ideología y utopía, México: Fondo de Cultura Económica, 1941.
  • (7) Véase Karl Mannheim, Libertad y planificación social, México:, Fondo de Cultura Económica, 1942.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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