Leopoldo Zea

El Nuevo Mundo
en los retos del nuevo milenio

"Massimo D’Alema
y los antecedentes del comunismo en Italia"

Massimo D’Alema es el nuevo primer ministro de la República Italiana. ¿Es parte de la nueva izquierda que intentó Mijaíl Gorbachov y que ahora representan Clinton, Blair, Jospin y Schroeder? ¿La que representó Romano Prodi? Se insiste en presentarlo como ex comunista, como reliquia del pasado de la Guerra Fría. Así se habla de la Europa oriental cuando sus pueblos exigen ser parte de una Europa unida.

En México recordamos sólo a los ex comunistas que llegaron a Chiapas en una excursión turística revolucionaria, portando camisetas con leyendas: “Todos somos indios”, “Todos somos Marcos”, para reclamar el derecho de los pueblos indígenas a vivir apartados, en reservaciones y exigiendo se castigase económicamente al pueblo mexicano por negarse a legalizar este apartheid. ¿Es Massimo D’Alema uno de ellos? En Italia, al terminar la segunda Guerra Mundial e iniciarse la Guerra Fría, surgió otro comunismo que encabezó Enrico Berlinguer.

Italia, vencido el fascismo y víctima del nazismo, fue parte de la Europa bajo la hegemonía de Estados Unidos, enfrentados éstos al otro vencedor de la segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética. Estados Unidos no iba a permitir que surgiese otra revolución comunista transformada en potencia como había sucedido en 1917 en la primera Guerra Mundial. Había que frenar al comunismo y para ello dar ayuda económica condicionada a los pueblos europeos bajo su hegemonía. Esto fue el Plan Marshall.

¿Un gobierno en Italia bajo signo comunista? ¡Ni soñarlo! Sin embargo el sistema democrático del mundo libre permitía, obviamente, la existencia de un Partido Comunista, pero sin posibilidad de gobernar o formar gobierno. Enrico Berlinguer, de quien se decía que era marqués, conducía un partido para la Italia de la posguerra y para los italianos. Nada de lucha de clases ni consignas emanadas de Moscú.

Visité Italia por primera vez en 1953. En Venecia conocí a Umberto Campagnolo, fundador de la Sociedad Europea de Cultura, creada para enfrentar la Guerra Fría. Me ilustró mucho sobre la vida política italiana de la posguerra. En 1960 volví por segunda ocasión, invitado por un sacerdote jesuita, Angelo Arpa, creador de una institución cultural llamada “Columbianum”, con sede en Génova, en memoria del genovés Cristóbal Colón. Me invitó a un festival de cine latinoamericano en Santa Margherita Ligure, en donde encontré a varios amigos de la América Latina, entre ellos a Mariano Picón Salas.

Nos llamó mucho la atención que la gente al referirse al padre Arpa, le llamara el “Cura Rojo”. ¿Por qué? Su preocupación era redescubrir la América que encontró Colón, la Latina y lo que ella representaba en el mundo moderno. Pero también al continente olvidado, África, y a los pueblos del que empezaba a llamarse Tercer Mundo. A la muestra de cine latinoamericano asistían grandes realizadores italianos como Fellini y Rosellini. Era la época de las grandes producciones como La dolce vita de Fellini y El Evangelio según San Mateo de Pasolini. Se otorgaban premios en el Festival de Sestri Levante y ese año de 1962 lo ganó El ángel exterminador de Luis Buñuel. Los festivales permitían hablar mucho de la América Latina y del mundo del que era parte.

Hice una gran amistad con el padre Arpa. De él aprendí mucho de la vida política italiana dentro de la Guerra Fría. Me hablaba con entusiasmo de Enrico Berlinguer y del Partido Comunista. Este partido no podía llegar al gobierno nacional, pero sí gobernar por votos alguna provincia o ciudad italiana. Éste fue el caso de Bologna, la ciudad roja, llamada así no sólo por sus muros rojos sino también por la política porque en ella había triunfado legítimamente el Partido Comunista Italiano. Bologna era un ejemplo del buen gobierno, por la honestidad de sus autoridades y su capacidad para hacer de ella una ciudad progresista. ¿Podría esta gente, algún día, gobernar Italia? La potencia protectora no lo permitiría.

Pero volvamos al padre Angelo Arpa, nuestro jesuita, que pronto dejó de serlo para integrarse al clero secular. Su labor molestaba al partido en el poder, la Democracia Cristiana, bajo la conducción de Fanfani. Pero era también el momento del cambio de la Iglesia romana, bajo el breve pero gran pontificado de Juan XXIII, véneto, como el padre Arpa.

En esos días yo era director general de Relaciones Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores, creada por acuerdo del presidente Adolfo López Mateos. Tenía a mi cargo la exposición de arte mexicano que dirigía Fernando Gamboa. La había solicitado una institución en Italia, Acción Latina, y antes se había presentado en varios lugares de Europa. Así iría a Italia y después a Francia. Pero sucedió algo inusitado. El agregado cultural de la embajada italiana en México, solicitaba en nombre de Acción Latina que la exposición se expurgase, se retirasen las piezas precolombinas por idolátricas y la pintura moderna por comunista. Don Manuel Tello, secretario de Relaciones Exteriores, estaba furioso. Se canceló la exposición en Italia.

Yo acababa de recibir un telegrama del padre Arpa en donde pedía la exposición en nombre del “Columbianum” para ser presentada completa en Milán o Roma. Convencí a don Manuel Tello de la importancia de enviarla. Se presentó en Roma en 1963 y la inauguró la esposa del presidente López Mateos. Lo que más impactó fue el arte indígena. “Qué bello, qué bruto”. La belleza combinada con la fealdad, los ángeles con los demonios. El padre Arpa fue condecorado con el Águila Azteca pese a la oposición de algún funcionario de la embajada mexicana por su calidad de sacerdote.

La actividad del “Columbianum” se multiplicaba. No debía crecer más. En 1965 esta institución convocó a una gran reunión sobre las culturas latinoamericana y africana. La doble reunión se realizó en su sede en Génova. ¡Era demasiado! Se montó una campaña en Europa y América Latina para desalentar la asistencia de los intelectuales invitados. Era una reunión comunista, organizada por comunistas, a la que asistirían sólo comunistas. Pese a la campaña tuvo un gran éxito.

Por su magnitud, el costo de la reunión rebasó el presupuesto de los organizadores. Se les ofreció un préstamo para resolver el problema. Bastaba la firma del padre Arpa para garantizarlo. Poco después de terminar la reunión se exigió el pago inmediato del préstamo. El padre Arpa se encontraba en México organizando una reunión de Premios Nobel contra el uso de la bomba atómica.

El padre Arpa se enteró aquí, por la prensa, de que era acusado de ladrón en Italia y de que a su regreso sería encarcelado, a pesar de esta amenaza volvió y sufrió las consecuencias. La Democracia Cristiana encabezada por Fanfani anunciaba la creación de otra institución cultural italo-latinoamericana, el “Cura Rojo” era frenado.

El padre Arpa fue encarcelado en Roma y expulsado de la Compañía de Jesús. Federico Fellini, de quien el cura era amigo y confesor, tal como aparece su personaje en Ocho y medio, se movilizó de inmediato y logró la intervención del Papa Pablo VI que lo sacó de la cárcel y le dio un puesto en el Vaticano. Arpa seguía siendo sacerdote, pero ya no jesuita. ¿Cómo cayó en esta trampa? Un colaborador suyo explicaba: “El padre Arpa es un santo que se comunica con Dios pero no sabe lo que sucede a sus pies”.

Antes de incorporarse a su trabajo en el Vaticano, estuvo recluido por el impacto recibido. Después me encontré con él en Roma en la Vía della Consolazione donde vivía. Me habló mucho de la época que vivió y de Enrico Berlinguer. Un día me dijo: “Su visita es providencial, he hablado con Berlinguer y vamos a resucitar el ‘Columbianum’”. No fue así, no he vuelto a encontrarlo, sé que aún vive.

Las cosas cambiaron al finalizar la Guerra Fría en 1989. Una nueva globalización se hace patente. En ella exigen su lugar los siempre marginados de la Tierra. Demanda que encuentra fuerte resistencia de los marginadores. Dentro de este contexto es ahora posible algo que antes no lo era. El que un hombre de izquierda como Massimo D’Alema, presentado como ex comunista, forme un gobierno en Italia, es algo que nunca pretendió el conductor del Partido Comunista italiano, Enrico Berlinguer.

En la derecha que ahora sustituye a la Democracia Cristiana y de la que es líder Silvio Berlusconi, salieron sus seguidores, por miles, a manifestarse contra “la estafa comunista”. Berlusconi invitó a los italianos a luchar por “la democracia y la libertad”. El viejo discurso de la Guerra Fría que se pretende siga vivo. La misma resistencia al cambio que se hace patente en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania, Israel y en otras partes del mundo frente a una nueva izquierda que trata de conciliar lo que parece inconciliable. Se insiste en la polarización, cada vez más violenta, de valores que son expresión de lo humano y por ello deben estar integrados y no como obligada opción.

© Leopoldo Zea. El Nuevo Mundo en los retos del nuevo milenio.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, Septiembre 2003. La edición digital fue autorizada por el autor para el Proyecto Ensayo Hispánico y fue preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

 

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