Leopoldo Zea
El
pensamiento latinoamericano
segunda parte
I
EL POSITIVISMO COMO FILOSOFÍA LIBERAL
CONTRA EL
FATALISMO HISTÓRICO
Los filósofos chilenos se habrán de caracterizar por su
alto espíritu liberal. Lo primero es para ellos la libertad del
individuo, esto es, su capacidad para decidir de su destino. Se opondrán
a todo fatalismo histórico en el cual el individuo no cuenta como
entidad libre. Lastarria consideraba que era éste el espíritu que había
de inculcarse a los hispanoamericanos. Todos los fatalismos históricos
no tenían otra finalidad que servir de instrumentos a determinados
pueblos fuertes para subyugar a los débiles. Eran los pueblos fuertes
deseosos de explotar las riquezas de los débiles que sostenían teorías
dentro de las cuales a éstos les tocaba el papel de subordinados. Estas
mismas teorías no hacían sino justificar la conquista española y la
conservación de las formas sociales por ella impuestas. Eran la
justificación de todo conservadurismo.
“Nosotros —recuerda Lastarria,
hablando de sus polémicas con Andrés Bello—, que no aceptábamos la
teoría de Herder, ni otra alguna que estuviese basada en la suposición
de una evolución fatal y necesaria de la humanidad, sin participación
alguna de la libertad del hombre, no conveníamos con el rector en que
Herder hubiese dado a la historia toda su dignidad, desenvolviendo en
ella los designios de la providencia; pues no creíamos que la especie
humana estuviera sobre la tierra condenada por la divinidad a realizar
cierto destino independientemente de su propia actividad y libertad” (Lastarria
1885). Lastarria cree en la filosofía de la historia, cree que debe
estudiarse y escribirse, pero partiendo del punto de vista de la
capacidad del individuo para determinar su marcha. “Antes de 1868 —sigue
diciendo— no sabía el autor de estos Recuerdos que Kant había
considerado la historia como un fenómeno natural [...] Pero, leyendo en
1840 la Ciencia nueva de Vico y luego Las ideas sobre la
filosofía de la historia de Herder, nos habíamos sublevado contra
las teorías de ambos, precisamente porque ellas se fundan en una
concepción sobrenatural de la historia. Ambos, partiendo de la
suposición de que el género humano se gobierna en su evolución histórica
por leyes providenciales, construyen sus sistemas prescindiendo
enteramente de las condiciones que constituyen la independencia de la
naturaleza humana” (Lastarria 1885). Lastarria se opone a lo que llama
concepciones teológicas de la historia porque mediante las mismas se
elimina toda responsabilidad, se elimina el progreso y la libertad. Y
una ciencia que así hace a un lado lo esencial a la humanidad no puede
ser la ciencia de la humanidad, concluye diciendo.
La filosofía de la historia es una
ciencia, pero para serlo tendrá que apoyarse en otros principios que no
sean los sostenidos por Vico y Herder. Dice Lastarria: “Y discurríamos
de este modo: si hay filosofía en la historia y si, de consiguiente,
ésta es una ciencia, forzoso será también que los sucesos que forman la
evolución humana no sean un fenómeno sobrenatural sujeto a leyes fatales
o providenciales, pues en tal caso la historia no puede ser objeto de un
conjunto de verdades que formen un cuerpo de doctrina, pues que cada
historiador entenderá e interpretará a su arbitrio aquellas leyes y
determinará lo que es verdad en su concepto propio” (Lastarria 1885).
Los supuestos deben ser otros. “Para que haya ciencia en la historia es
necesario creer que los sucesos humanos son fenómenos naturales ligados
entre sí y dependientes de la acción y voluntad humanas: de
consiguiente, para descubrir el conjunto de verdades que por su conexión
con un mismo objeto, que es la humanidad, formen un cuerpo de doctrina o
de filosofía de la historia, es indispensable investigar la relación que
tienen aquellos sucesos entre sí y con la actividad del hombre, es
decir, con todas sus facultades” (Lastarria 1885). Tal fue el enfoque
que Lastarria habría de dar en 1844 a su investigación sobre la
influencia social de la Conquista y el método que años más tarde creerá
reconocer en el positivismo comtiano.
Para hombres que, como Lastarria,
aspiraban a emancipar mentalmente a los hispanoamericanos, la aceptación
del fatalismo en la historia habría representado la negación de este
ideal. Ni Vico, ni Herder, ni Hegel podrían ser aceptados en la
concepción de una filosofía de la historia de los pueblos de
Hispanoamérica. Yo no creo en el fatalismo histórico, según lo conciben
algunos sabios, decía Lastarria. “No aceptábamos la teoría de la escuela
histórica de Hegel, que supone que, en todo caso, los hechos sociales
son la obra de la idea o del espíritu” (Lastarria 1885). Todo lo
contrario; el partir de otro punto de vista iba a conducirlos a la
justificación de un gran anhelo. “Partiendo en nuestro sistema del
principio de que el género humano tiene la capacidad de su perfección y
que no es dada a otro que a él la facultad de dirigirse y de promover su
desarrollo, puesto que es esencialmente libre y, por consiguiente,
responsable, concluíamos reconociendo que también tiene el deber de
corregir la experiencia de sus antepasados para asegurar su porvenir” (Lastarria
1885). Esto es, el hispanoamericano tenía el deber de corregir su
pasado, de rehacerlo, de realizar aquella serie de valores que España en
la Colonia había sido incapaz de realizar. “Necesitamos construir
nuestra civilización democrática, y para ello debemos distinguir lo que
se ha de destruir de la antigua” (Lastarria 1885).
El fatalismo en la historia no era
otra cosa que expresión de la irresponsabilidad del individuo, la más
fácil justificación de sus errores, la incapacidad para corregir sus
experiencias negativas. “Para apreciar los sucesos, nosotros no teníamos
un sistema subjetivo, metafísico, como Hegel, Vico, Herder o Michelet,
sino un criterio experimental, fundado en la naturaleza humana,
en sus leyes de libertad y perfectibilidad, y de consiguiente no
corríamos el peligro de tener un juicio para cada caso, ni mucho menos
podíamos caer en el funesto error de desconocer la responsabilidad
humana, de excusar el crimen, de vindicar o de glorificar a un
hombre o un suceso, porque aquél hubiera obrado o éste se hubiera
verificado según las circunstancias de su época, u obedeciendo a cierto
modo de pensar dominante” (Lastarria 1885). El fatalismo histórico no
era otra cosa que un arma defensiva en manos de quienes trataban aún de
justificar a la España de la conquista. “Esta doctrina —dice Lastarria—
que lo justifica todo fue la que empleó también el rector de la
universidad [Bello] para refutar nuestro juicio, y es también la que ha
prevalecido en varios de nuestros historiadores para defender y aun para
admirar a la España del siglo xvi
en sus conquistas y en su régimen de América” (Lastarria 1885),
considerando que sus crímenes fueron del tiempo y no de ella,
“conformándose con la escuela histórica de la absolución y del aplauso,
que prescinde del deber de señalar a las generaciones lo que han de
condenar y corregir en la civilización que han recibido de sus
antepasados” (Lastarria 1885).
LASTARRIA
Y EL COMTISMO
El pensador chileno había
encontrado la justificación de sus anteriores tesis en la filosofía
positiva de Augusto Comte. Sin embargo, no en toda la filosofía comtiana.
En realidad, los puntos de partida eran distintos y hasta antagónicos.
Mientras Comte partía de la sociedad, Lastarria partía del individuo.
Aceptaba la ley de los tres estados de Comte, ya que vislumbraba en ella
las relaciones de coexistencia y causalidad que pueden explicar la
historia; pero se apartaba de él en cuanto consideraba a la libertad
humana como la causa determinante de los hechos sociales. Para conocer
las leyes a las cuales obedece el progreso moral, pensaba Lastarria, es
necesario tomar como guía la observación. La observación, el recurrir a
la experiencia, era lo que le acercaba al positivismo. El positivismo le
había ofrecido también una base teórica a su anhelo por el progreso de
Hispanoamérica. En el positivismo había encontrado que “el movimiento de
la humanidad, en todas las esferas de su actividad se traduce por una
marcha hacia delante, acelerada o contenida, circular o curva,
rectilínea o trunca, pero siempre una marcha” (Lastarria 1868).
También había encontrado la justificación del sentido de responsabilidad
de que tanto necesitaban los pueblos de la América hispana. “Cada
generación —decía Lastarria— es responsable de sus hechos, porque cada
una tiene el deber de completar las experiencias de las anteriores” (Lastarria
1909). O, lo que es lo mismo, Hispanoamérica tiene el deber de completar
las experiencias de su pasado colonial, no contentándose con vivir de su
sombra. “Sin aceptar ciegamente —agregaba— los errores y crímenes de sus
antepasados”. Es esto lo que “Augusto Comte ha dicho con profunda
sabiduría”, al hablar de “que cada edad es en su momento el punto de
partida y el punto de apoyo de la edad siguiente, verificando el pasado
y preparando el porvenir, y comprendiéndolos ambos en solidaridad
hereditaria” (Lastarria 1909).
Pero su mismo liberalismo, su
creencia en la capacidad del individuo para regir su destino, llevan a
Lastarria a rechazar la parte de la filosofía de Comte en la cual la
sociedad se sobrepone al individuo: la religión de la humanidad. El
mismo método de Comte, dice Lastarria, “me dio las fuerzas necesarias
para rechazar aun la filosofía final que adoptó este sabio cuando el
método subjetivo se apoderó de su espíritu” (Lastarria 1909). Esto ya
era obra de un loco; Lastarria no podía seguir en este aspecto al
filósofo francés. “Augusto Comte —dice— [...] después de haber estudiado
el progreso humano y de comprender sus leyes con toda la verdad, ha
fracasado al pretender formular la nueva síntesis en una religión
absurda y en un sistema político que repugna al buen sentido, porque
tiene por bases la creencia y el poder espiritual” (Lastarria 1909).
Repugna a Lastarria una filosofía que, habiendo partido de lo que llama
la observación de la realidad, termina en el despotismo de una nueva
creencia y un orden político no menos despótico. El positivismo comtiano
rendía homenaje al más reaccionario de los sistemas políticos, el cual,
en nombre de un supuesto progreso, restringía la libertad, establecía un
nuevo orden tan despótico como el teológico. La libertad individual era
echada al suelo y el despotismo era entronizado. El positivismo
religioso, dice Lastarria, pretendiendo dar al poder social toda su
influencia, llega a la conclusión de que “la noción de derecho debe
desaparecer del dominio político, como la noción de causa del dominio
fisiológico y que el derecho humano es tan absurdo como inmoral” (Lastarria
1909). El pensador chileno era plenamente opuesto a esta tesis; para él
los derechos omnipotentes, que suelen abrogarse ciertos Estados, deben
ser distribuidos entre los individuos.
Lastarria no podía aceptar esta
parte de la teoría de Comte, pues habría sido la negación de toda su
obra, la negación de todas sus luchas. Lastarria acepta de Comte los
fundamentos científicos de la organización social, pero se opone a él en
lo que se refiere a los fines del Estado. Lastarria no podía estar con
el Augusto Comte que en 1851 hacía la apología del golpe de Estado de
Napoleón III, considerándolo como “una crisis feliz que ha concluido con
una república parlamentaria e instituido la república dictatorial”. Ni
tampoco con el Comte que decía del Zar de las Rusias que “era el único
hombre de Estado de la cristiandad”. Lastarria estaba por la libertad;
una ya larga obra y una no menos larga historia de luchas y sacrificios
en pro del parlamento y de todas las instituciones sociales que fuesen
expresión de la libertad del individuo, lo afiliaban en este aspecto
contra el positivismo de Comte. En su obra Lecciones de política
positiva, Lastarria considera a la libertad como la finalidad de
toda la sociedad.
LASTARRIA
Y STUART MILL
El Estado es para Lastarria un
instrumento al servicio de los fines de la libertad del individuo, no
una finalidad de ésta. La misión del Estado, dice, “es la de representar
el principio del derecho en la sociedad, tanto en sus relaciones
exteriores, empleando la fuerza, cuando sea necesario defender ese
derecho, como en lo interior, para facilitar a la sociedad y a cada uno
de sus miembros las condiciones de su existencia y desarrollo” (Lastarria
1909). Sólo cuando el Estado limita así su acción, la paz es un hecho.
“Cuando el Estado limita su acción de esta manera, la paz interior es un
resultado, y no un fin del Estado, como lo supone Humboldt; y si alguna
vez se altera, no necesita el Estado traspasar las vallas del derecho” (Lastarria
1909). Establecer que la misión del Estado es proteger la independencia
exterior y mantener la paz interior, no significa, dice el pensador
chileno, limitar su acción, sino orientarla hacia los fines que le son
propios, eliminando los pretextos de quienes, en nombre de estos fines,
alegan un sistema absoluto. Para defender la independencia nacional,
pregunta, “¿acaso no se han sacrificado siempre todos los derechos
individuales, todas las facultades activas de la sociedad para
constituir un poder fuerte que pueda conservar y defender aquellos dos
fines supremos?” (Lastarria 1909). Lastarria se opone así a las
tiranías para la libertad. No acepta que, en nombre de los derechos
que se dice se quieren proteger, se empiece por desconocerlos. Acepta al
Estado como defensor de la soberanía nacional en el exterior y del orden
en el interior, pero en ambos casos como defensor de los derechos del
individuo. La ley debe marcar los alcances del Estado en el ejercicio de
esta obligación que nunca debe pasar los límites que la misma le señala.
De aquí la oposición de Lastarria
contra el positivista inglés John Stuart Mill. El individuo, dice
Lastarria, es para Mill el dueño de sí mismo, de su cuerpo y de su alma.
Y ésta es una soberanía que ningún extraño tiene derecho a trabar. Sin
embargo, él mismo ha establecido que el Estado puede intervenir para
impedir que el individuo dañe a otro. Aquí la soberanía individual
desaparece en presencia del poder del Estado, ya que éste es el único
que puede juzgar de aquel daño y el que tiene el poder para encontrarlo
allí donde a él le convenga verlo. “Tal concepción de la libertad es tan
falsa que en América no hay quien no reconozca su absurdo” (Lastarria
1909).
Y es que Mill, agrega Lastarria, no
tiene clara idea de la libertad. “Para él la libertad no es otra cosa
que un último resultado de la protección del individuo contra todas las
tiranías, sea que éstas vengan del Estado o de la sociedad”, pero a
continuación procede “suponiendo la existencia de un gobierno
irreprochable en su organización”. Cree Mill que sólo existe el peligro
“en la opresión de las mayorías sobre las minorías o el individuo, de
aquí que se proponga buscar el punto en donde comienza la competencia de
la sociedad y la del individuo”. Ahora bien, este punto, el principio
salvador “lo encuentra en la protección de sí mismo, lo único que
autoriza a los hombres individual y colectivamente a intervenir en la
libertad de acción que pertenece a sus semejantes”. Apoyándose en el
principio de utilidad se va descubriendo cuáles son los casos en
que se justifica esta intervención en el campo de la libertad del
individuo, cuándo las acciones de uno alteran los intereses de otro.
Esto es, cuando el individuo hace un acto dañoso a los demás actuando, o
por no actuar cuando es necesario. El individuo está así sujeto en todos
sus actos y omisiones, por lo que hace y por lo que deja de hacer.
“¿Pero en qué consiste esa utilidad, quién la define y califica?
¿Consiste en el bien del mayor número, como decía Bentham, o se funda en
los intereses permanentes del hombre como ser progresivo, según dice
Mill?”. Pero “¿cuál es ese bien, cuáles son esos intereses?”. Éste es el
error de Mill, dice Lastarria; para limitar la libertad del individuo se
carece de un criterio certero. ¿Quién califica? ¿Quién define? “¿Ha
habido jamás en el lenguaje político palabras más vagas y más
susceptibles de servir tanto al despotismo como a la libertad?” (Lastarria
1909).
“Si Mill hubiera comprendido que la
libertad no es otra cosa que el uso del derecho, como lo comprendemos
prácticamente los americanos —dice Lastarria—; si hubiese advertido que
el derecho es todo aquello que tiene el carácter de una condición
voluntaria de nuestra existencia y desarrollo; si se hubiese fijado en
que el fin del hombre sólo consiste en el desenvolvimiento de todas sus
facultades físicas, morales e intelectuales, se habría salvado de ir a
buscar la base de sus teorías en el sistema de la utilidad y la multitud
de sus excepciones contradictorias [...] Habría reconocido que el Estado
no tiene otro fin que la aplicación del derecho y que por lo tanto está
limitado por la justicia, sea que esté constituido en un monarca, en una
oligarquía o en un gobierno popular” (Lastarria 1909).
El error de Mill se ha originado en
su afán por conciliar el progreso con el orden. No ha visto la
contradicción que lleva implícita. Lastarria ve esta contradicción y ve
el origen y fines enmascarados de la citada teoría. “Su error —dice—
consiste en creer que realmente orden y progreso son los
fines sociales y políticos de todo gobierno; pues no se da cuenta de que
tal error es una invención francesa, con la cual se ha pretendido
defender la doctrina de la unidad de Estado, es decir, la monarquía
latina, que a nombre del orden y del progreso aniquila y sacrifica los
derechos individuales, la libertad de la sociedad”. Lastarria descubre
la raíz latina de una serie de principios políticos y sociales que han
conformado a Hispanoamérica y de los cuales debe independizarse. Stuart
Mill, un sajón, ha caído en la trampa del espíritu absolutista. No así
el hispanoamericano Lastarria, que sabe muy bien de las acechanzas de
este espíritu. El orden como “la permanencia de las instituciones, a
merced de la obediencia y amor a la sociedad —dice el maestro chileno—,
y el progreso, el adelanto, la mejora de la sociedad, no son ni pueden
ser los fines políticos del Estado [...] sino que son puros resultados
de la armonía que existe cuando el Estado se limita a representar el
principio del derecho y a suministrar las condiciones de su existencia y
de desarrollo a todas y a cada una de las esferas de la actividad
social” (Lastarria 1909).
Stuart Mill, dice Lastarria, para
poder distinguir un gobierno malo de uno bueno, en medio de una gran
complejidad de intereses, necesita indicar “las cualidades necesarias
que debe tener un gobierno para favorecer cada uno de esos intereses”.
Tesis sumamente peligrosa, que hace intervenir al Estado con el pretexto
de favorecer dichos intereses. “Nada más funesto que suponer que el
gobierno puede y debe dictar sus leyes a la moralidad, a la educación,
al pensamiento, a la industria [...] debiendo poseer conocimientos
especiales en cada uno de esos objetos”. Por el contrario, se debe dejar
al individuo libertad en todas sus acciones, “debiendo limitarse la del
Estado [...] a facilitar a cada una de ellas las condiciones de su
existencia y desarrollo. El verdadero papel del gobierno es dejar a cada
uno de esos elementos en plena libertad, porque el Estado no tiene
ninguna otra misión respecto a ellos que la de facilitarles su
existencia y desenvolvimiento” (Lastarria 1909).
El filósofo inglés se ha dejado
“llevar por sus arbitrarias teorías hasta suponer que el gobierno
representativo no puede sentar bien sino en el pueblo que sepa obedecer
y que tenga capacidad para hacer lo necesario para mantenerlo”. Y es que
el autor ha creído “que los gobiernos se hacen por los hombres, que se
puede escoger entre sus diversas formas la que mejor convenga a un
pueblo”. Éste es el error. “Una forma de gobierno no se escoge y, aunque
no brote como una producción de la naturaleza, según la expresión
de Mill, brota sí de circunstancias sociales independientes de la
voluntad de los que creen escogerlo a su arbitrio” (Lastarria 1909). De
acuerdo con la tesis de Mill, son los gobernantes los que eligen la
clase de gobierno que conviene a los pueblos. Ahora bien, en
Hispanoamérica tal tesis resultaría fatal, ya que no se obedecería a las
circunstancias, que son las que señalan las formas de gobierno, sino que
se atendería a lo que los gobernantes considerasen como lo más prudente
y útil para el desarrollo del pueblo. De aquí la vacilación de los
emancipadores respecto de la forma de gobierno que convenía a nuestros
países. Creyeron que esta forma podía elegirse de acuerdo con una lógica
especial, sin comprender que las circunstancias ya habían determinado
cuál era esa forma, independientemente de que, de acuerdo con esa
lógica, el pueblo estuviese o no preparado mentalmente. Lastarria
defiende así el derecho de Hispanoamérica a convertirse en gobierno
republicano. Las circunstancias mismas han señalado la forma de gobierno
que corresponde a Hispanoamérica, una vez que se ha independizado del
absolutismo colonial. Esto es lo que no habían podido ver claro los
líderes de la emancipación hispanoamericana, y ésta es la fuente de
muchos de sus errores. Les había faltado confianza en la capacidad del
pueblo, sin comprender que éste no haría otra cosa que adaptarse a las
circunstancias que se le iban a presentar, a las circunstancias de una
sociedad que progresaba hacia formas sociales modernas.
“Los hombres más sabios de la
revolución hispanoamericana —dice Lastarria— creían también que no
siendo los nuestros (los gobiernos republicanos) como los de Atenas
[...] o como el de los Estados Unidos del Norte, no podían plantearse la
república; pero la unidad del Estado absoluto estaba despedazada y en su
lugar se levantaban los derechos individuales sobre la ancha base de la
igualdad social y política”. El principio de autoridad había
desaparecido del Estado, de la religión y de la moralidad. Sin embargo,
a pesar de ello sucedió lo contrario, surgió la república. “La
individualidad recobraba sus fueros para convertirse en egoísmo, en
ambición y para elevar al señorío de las pasiones; el fanatismo
religioso dejaba su imperio a la incredulidad”. Es esto lo único que se
supo ver. La anarquía que siguió al orden colonial fue vista como la
incapacidad de los pueblos hispanoamericanos para alcanzar un nuevo
orden. No se vio en ella lo que Lastarria ve con claridad, una etapa
necesaria para pasar del sistema de gobierno absolutista al sistema de
gobierno liberal o republicano. El pensador chileno ve tal cosa porque
cree en el progreso, que es el que conduce a la llamada etapa de
autodeterminación del individuo. En esto es consecuente con su
positivismo. Sabe que independientemente de los deseos del hombre,
independientemente de lo que quiere su voluntad, la sociedad progresa,
siguiendo el camino que ha de conducir a una plena libertad. El egoísmo,
la ambición, el señorío de las pasiones y la incredulidad, no son sino
formas que se toman en una de las etapas de la marcha de Hispanoamérica
hacia el republicanismo. Estas formas son instrumentos con los cuales se
ha machacado el antiguo orden colonial. Males necesarios. “No bastaba
vencer a los ejércitos del rey —dice Lastarria—; era necesario vencer a
la sociedad vieja, para crear desde luego la nueva; y entonces [...] la
forma republicana vino como resultado imprescindible” (Lastarria 1909).
La república representativa se establecía en América porque había
brotado de sus propias circunstancias. Era la forma propia de su
desarrollo social y político. De esta manera Lastarria hace patente su
segura creencia en la realización del ideal que tan grato le era: el
republicanismo hispanoamericano. La América hispana, al igual que la
América sajona, realizará la forma de gobierno propia de sus
circunstancias. Las vacilaciones, por fin, cesaban, se tenía ya la
certeza de lo que era propio para nuestros pueblos, no quedaba por hacer
otra cosa que ayudar a su pronta realización.
©
Leopoldo Zea. El pensamiento latinoamericano. Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, con
la colaboración de Martha Patricia Reveles Arenas y Carlos Alberto Martínez
López, Diciembre 2003. La edición digital se basa en la tercera edición
del libro (Barcelona: Ariel, 1976) y fue autorizada por el autor para
Proyecto Ensayo Hispánico y preparada por José Luis Gómez-Martínez.
Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción
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