Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Leopoldo Zea

 

El pensamiento latinoamericano

segunda parte

IV

DECEPCIÓN Y DEMOLICIÓN

 

LA GRAN DERROTA

El Perú, al igual que sus demás hermanas hispanoamericanas, a partir de su independencia política de España, siguió el camino de la anarquía y la dictadura. En medio de pequeños descansos, como el representado por el gobierno del general Ramón Castilla en 1844 y el del general J. Rufino Echenique en 1851, se realizan algunas obras en el llamado camino del progreso. En 1863 se suscita la guerra contra España, en la cual la escuadra española bombardea el puerto de El Callao. Nuevamente revoluciones y un presidente asesinado, don José Balta. La situación del Perú se hace cada vez más grave en el aspecto económico y las revoluciones se multiplican. En 1876 es electo el presidente Mariano Ignacio Prado. A éste le toca uno de los más grandes desastres nacionales: la guerra con la República de Chile en 1879. La República de Bolivia, aliada con el Perú, tiene una serie de problemas con una compañía salitrera chilena a consecuencia de los cuales Chile le declara la guerra; poco tiempo después recibe igual declaración la República Peruana. Este país, con un déficit económico, con sus hombres divididos, sin soldados adiestrados y falto de armas y de barcos, será pronto vencido por los chilenos. Se ofrecen algunos actos de valor en el mar, como el del monitor “Huáscar”, mientras el general Francisco Bolegnesi realiza una encarnizada aunque inútil defensa. El presidente Prado sale para Europa “en busca de barcos”. Nicolás de Piérola, ministro de Hacienda en 1869, asume el poder en forma violenta y se declara dictador el 21 de diciembre de 1879, continuando la guerra y preparándose para defender la capital. En enero de 1880 los chilenos ocupan Lima, que sufre un inolvidable saqueo y el incendio de dos de sus barrios. Piérola huye a la sierra, donde prepara la resistencia. Tarea inútil. Los desastres continúan. En octubre de 1883 el general Miguel Iglesias firma el Tratado de Ancón, mediante el cual se cedía a Chile el departamento de Tarapacá y las provincias de Tacna y Arica por diez años, al cabo de los cuales un plebiscito resolvería la suerte definitiva de estas tierras. Perú perdía así una parte de las tierras que más podían haberle ayudado a resolver sus agudos problemas económicos.

¿Quién era el culpable del desastre? Manuel González Prada (1848-1918), en un discurso pronunciado en el teatro Politeama en el año de 1888, recordando estos infaustos hechos, decía: “Cuando el más oscuro soldado del ejército invasor no tenía en sus labios más nombre que Chile, nosotros, desde el primer general hasta el último recluta, repetíamos el nombre de un caudillo, éramos siervos de la Edad Media que invocábamos al señor feudal” (González Prada, “Discurso en el Politeama”: 45). El mal, como siempre, estaba en la sangre, lo llevaban los peruanos en sí mismos. En este sentido estaban mejor preparados los chilenos. En ellos la idea de patria y la de nación tenían un sentido y los había llevado al triunfo. Los peruanos, por el contrario, seguían siendo arrastrados por sus caudillos. No luchaban por el Perú, sino por sus jefes, ya fuese este Piérola o cualquier otro. “La mano brutal de Chile despedazó nuestra carne y machacó nuestros huesos; pero los verdaderos vencedores, las armas del enemigo, fueron nuestra ignorancia y nuestro espíritu de servidumbre” (44). El pasado, la fatal herencia se había hecho nuevamente patente. “La nobleza española dejó su descendencia degenerada y despilfarradora; el vencedor de la Independencia legó su prole de militares y oficinistas. A sembrar el trigo y extraer el metal, la juventud de la generación pasada prefirió atrofiar el cerebro en las cuadras de los cuarteles y apergaminar la piel en las oficinas del Estado. Los hombres aptos para las rudas labores del campo y de la mina buscaron el manjar caído del festín de los gobiernos, ejercieron una insaciable succión en los jugos del erario nacional y sobrepusieron el caudillo que daba el pan y los honores a la patria que exigía el oro y los sacrificios [...] Por eso, en el momento supremo de la lucha, no fuimos contra el enemigo un coloso de bronce, sino una agrupación de limaduras de plomo [...] todos fuimos ignorantes y siervos, y no vencimos ni podíamos vencer” (45).

¿Cómo remediar esto? “Si la ignorancia de los gobernantes y la servidumbre de los gobernados fueron nuestros vencedores —sigue diciendo González Prada—, acudamos a la ciencia, ese redentor que nos enseña a suavizar la tiranía de la naturaleza; adoremos la libertad, esa madre engendradora de hombres fuertes” (45). Pero no hay que acudir a cualquier ciencia, sino a la ciencia nueva, a la ciencia que ha hecho ya grandes pueblos. “No hablo [...] de la ciencia momificada, que va reduciéndose a polvo en nuestras universidades retrógradas; hablo de la ciencia robustecida con la sangre del siglo, de la ciencia con ideas de radio gigantesco, de la ciencia que trasciende a la juventud y sabe a miel de panales griegos, de la ciencia positiva que en un solo siglo de aplicaciones industriales ha producido más bienes a la humanidad que milenios de teología y metafísica” (45).

 

DEMOLICIÓN DEL PASADO

Manuel González Prada, al igual que otros grandes maestros hispanoamericanos, se dio a la difícil tarea de romper con ese fatal pasado. El desastre de la guerra con Chile no mostraba otro camino. Era menester formar otro tipo de hombre, reeducar a los peruanos. Orientar a la juventud por nuevos caminos. Por lo pronto, por el camino de la demolición del pasado. Sin temores, sin vergüenzas, sin cobardías. Manuel González Prada, con la palabra y la pluma como piquetas, empezó la demolición. “Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz. Dejemos la encrucijada por el camino real y la ambigüedad por la palabra precisa. Al atacar el error y acometer contra sus secuaces, no propinemos cintarazos con la espada metida en la funda: arrojemos estocadas a fondo, con hoja libre, limpia y centelleando al sol. Venga, pues, la verdad con desnudez hermosa y casta, sin el velo de la sátira ni la vestidura del apólogo [...] Seamos verdaderos, aunque la verdad cause nuestra desgracia; con tal que la antorcha ilumine ¡poco importa que queme la mano que la enciende y la agita!” (González Prada, “Discurso en el Teatro Olimpo”: 32-33). Denunciar, sacar a flote, mostrar toda la podredumbre y miseria de un pueblo que no había alcanzado aún su emancipación mental, tal fue la gran labor del maestro peruano. “Hay que mostrar al pueblo el horror de su envilecimiento y de su miseria —decía—; nunca se verificó excelente autopsia sin despedazar el cadáver, ni se conoció a fondo una sociedad sin descarnar su esqueleto” (González Prada, “Propaganda y ataque”: 110-111). No había por qué asustarse, ni por qué escandalizarse: “Fácilmente comprenderá el pueblo que antes se hizo todo con él, pero en beneficio ajeno; llega la hora de que él haga todo por sí y en beneficio propio” (103). Contra todas las antiguallas había que lanzarse. Acabar con todas las mentiras convencionales. Eliminar todas esas frases que hablan de resignación; que nunca es la del que la predica. “Quitemos al poderoso algo de su poder, al rico algo de su riqueza, y veremos si reconocen o preconizan la resignación” (104).

¿Con qué medios iba a realizarse esta demolición? ¿Quiénes iban a ser los sepultureros de este pasado? Manuel González Prada creyó por un tiempo que un nuevo partido podría llegar a realizar esta obra; con esta intención fundó la Unión Nacional; pero pronto iba a conocer de la insuficiencia de este instrumento. Ya en 1898 había dicho: “¡Quién sabe si en el Perú no ha sonado la hora de los verdaderos partidos! ¡Quién sabe si aún permanecemos en la era del apostolado solitario!” (González Prada, “Los partidos y la unión nacional”: 212). Por lo que se refiere a los hombres que habían de acompañarle en esta tarea demoledora, tarea previa a la de reconstrucción, en el mismo famoso discurso pronunciado en el teatro Politeama había dicho: En la “obra de reconstrucción y venganza no contamos con los hombres del pasado: los troncos añosos y carcomidos produjeron ya sus flores de aroma deletéreo y sus frutos de sabor amargo. ¡Que vengan árboles nuevos a dar flores nuevas y frutas nuevas! ¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!” (González Prada, “Discurso en el Politeama”: 46). La juventud contestó a su llamado, siendo muchos los que le siguieron; con ellos fundó el citado partido en el cual puso sus más grandes esperanzas: un partido incontaminado, joven y limpio. La regeneración social era su programa.

El nuevo partido, tal como lo imaginaba Manuel González Prada, no debería tener compromisos con nadie más que con sus ideales. Debería ser intransigente e irreconciliable. “La Unión —decía— no pretende ganarse prosélitos [...] o solidaridades híbridas; rompe las tradiciones políticas y quiere organizar una fuerza que reaccione contra las malas ideas y los malos hábitos. Sólo de un modo nos atraeremos las simpatías y hallaremos eco en el alma de las muchedumbres, siendo intransigentes e irreconciliables [...] En el orden político, lo mismo que en el zoológico, el ayuntamiento de especies diferentes no produce más que híbridos o seres infecundos” (González Prada, “Los partidos y la unión nacional”: 210). En su tarea demoledora han de actuar con sentido práctico. Habrán de demoler todo aquello que signifique una falsificación. Ha de demolerse todo ese mundo de falsas legislaciones, leyes y constituciones ajenas a la realidad peruana. ¡No más utopías! ¡Es menester un sentido positivo de la realidad! Los hombres del pasado, a pesar de que presumían de un gran sentido práctico, “promulgaron constituciones y leyes, sin educar ciudadanos para entenderlas y cumplirlas; ellos fundieron un metal sin cuidarse de ver si el molde tenía capacidad para recibirlo; ellos decretaron la digestión sin tener medios de adquirir el pan [...] ¿De qué nos sirve la instrucción gratuita, si carecemos de escuelas? ¿De qué la ley de imprenta, si no sabemos ni leer? [...] ¿De qué la libertad de industria, si no poseemos capitales, ni crédito, ni una vara de tierra que romper con el arado?” (213). Antes que una reforma política, González Prada y su partido aspiran a realizar una reforma social. Todas las reformas políticas serán inútiles si antes no se realizan urgentes reformas sociales. Antes que libertades políticas es menester dar al pueblo los elementos para elevar su nivel social. “La Unión Nacional podría condensar en dos líneas su programa: evolucionar en el sentido de la más amplia libertad del individuo, prefiriendo las reformas sociales a las transformaciones políticas” (214). “¡Fuera política, vengan reformas sociales!” (215).

 

MANUEL GONZÁLEZ PRADA Y EL POSITIVISMO

El maestro peruano representa, al igual que otras figuras, como Sarmiento y Lastarria, un enlace entre el romanticismo y el positivismo hispanoamericanos. Como ellos, empezó por demoler para luego reconstruir sobre lo destruido. Como romántico alzó muy en alto la voz para denunciar todas las falsedades de un pasado insano. Sus escritos y oraciones llenos de furiosas exclamaciones se alzaron contra todo lo que consideraba prejuicios. Como jacobino hizo a la Iglesia blanco de sus más violentos ataques. El indio fue para él un igual, y en su favor alzó igualmente su violenta voz. Pero no se limitó a destruir; también trató de formar una nueva república libre de todos los males que se empeñaba en acabar. En este aspecto fue un realista. No creía en la construcción de nada que no estuviese asentado en la realidad. Se opuso a todas las utopías, en lo que se apartó de muchos románticos. Creyó en la ciencia, porque ésta se apoya siempre en la realidad. Pero no en cualquier ciencia, ya lo hemos visto, sino en la ciencia positiva. La misma ciencia en la cual se apoyaban los grandes pueblos que habían tomado la hegemonía a partir del siglo xix.

González Prada cita en varias ocasiones a los filósofos positivistas Comte, Spencer, Mill y Darwin. Frente al primero tiene la misma actitud que tomaron la mayoría de los liberales hispanoamericanos, la de repulsa. “Los más prominentes sociólogos —dice— consideran la sociología como una ciencia en formación y claman por el advenimiento de un Newton, de un Lavoisier o de un Lyell; sin embargo, en ningún libro pulula tanta afirmación dogmática o arbitraria como en las obras elaboradas por los herederos o epígonos de Comte” (González Prada, “Nuestros indios”: 332).

En la ciencia positiva ve González Prada uno de los mejores instrumentos para realizar la regeneración del Perú. Pero un instrumento que pocos se atreven a utilizar llevándolo hasta sus últimas consecuencias porque temen a éstas, porque les falta valor para romper con todos los prejuicios y empezar una nueva construcción. Muchos, dice, son los que cogen la pluma para disertar sobre la libertad de cultos y la instrucción laica; “pero cuando se les ofrece aceptar los principios de la ciencia positiva y aplicar sus lógicas y tremendas conclusiones, cuando llega la ocasión de blandir el hacha para dar el golpe serio, entonces retroceden espantados” (González Prada 1892).

Para combatir al catolicismo se sirve también de la ciencia. Ésta es para González Prada el mejor instrumento para alcanzar la verdad y destruir todas las falsas ilusiones que mantienen al hombre en la ignorancia y la esclavitud. Mientras la religión promete, dice, “la ciencia nada prometió, y no hizo más que escudriñar la naturaleza para extraer siquiera un átomo de verdad [...] la ciencia disipó más de una ilusión, probando que la tierra no era el astro central del universo, sino un insignificante planeta en uno de los innumerables mundos del espacio; probando que hombre y tierra pueden mañana desaparecer sin que el universo se resienta de la desaparición” (González Prada, “Catolicismo y ciencia”).

A los que hablan de la bancarrota de la ciencia González Prada les replica diciendo: “Basta preguntar si dos y dos han dejado de ser cuatro, si los tres ángulos de un triángulo no son equivalentes a dos rectos, y si el agua no se compone ya de oxígeno y de hidrógeno”. La bancarrota no está en la ciencia, sino en la religión. “Bancarrota la hay en el catolicismo, que no supo levantar a la mujer ni alcanzó a libertar al esclavo; que en dos mil años de dominación no pudo convertir ni a la décima parte de la humanidad”. Comparando la religión a la ciencia ve a la primera llevando la discordia al género humano. “La religión, que se alía para adquirir fuerzas y dominar a sus aliados, se juzga desposeída de un legítimo derecho cuando no reina sola [...] y ninguna religión más absorbente, más agresiva, más militante que el catolicismo”. En cambio la ciencia no procede así: “tiene carácter conciliador, pacífico y tolerante” (González Prada, “Catolicismo y ciencia”). ¿A quién anatematizó la ciencia para probar que una línea recta es la distancia más corta entre dos puntos?, pregunta González Prada. ¿A quién encarceló para convencerle de que un bacilo produce la tuberculosis? ¿A quién torturó para hacerle admitir que la tierra gira alrededor del sol?

Como instrumento de destrucción para acabar con un mundo lleno de prejuicios y falsedades, la ciencia es para González Prada uno de los más poderosos. Dispuesto a destruir todo lo podrido, la ciencia se le convierte en un instrumento de destrucción, como para otros se había convertido en un instrumento de reconstrucción. De aquí que, inclusive, vea en ella hasta un buen fundamento de su llamada anarquía. “La ciencia —dice— contiene afirmaciones anárquicas y la humanidad tiende a orientarse en dirección a la anarquía”. Y refiriéndose concretamente al positivismo, dice: “Hasta Spencer, hasta el gran apóstol de la evolución antirrevolucionaria y conservadora, tiene ráfagas de anarquismo” (González Prada 1840).

 

CONTRA LA DESIGUALDAD RACIAL

“Al indio —dice González Prada— no se le predique humildad y resignación, sino orgullo y rebeldía” (González Prada, “Nuestros indios”: 343). Otro de los males de Hispanoamérica y muy especialmente de países como Perú y México, lo plantea la desigualdad racial. La conquista trae este mal y lo hereda la Hispanoamérica independizada. El maestro peruano sabe que una de las realidades con las cuales ha de contarse es la del indígena. Realidad que puede ser positiva o negativa, según se la quiera ver solucionar. La idea de hacer del indio una raza inferior da origen a una solución negativa. Pero el indio no es una raza inferior. No hay razas inferiores; sólo hay hombres buenos o malos, superiores o inferiores; pero por lo que cada uno de ellos es por sí, independientemente del pueblo o raza a la cual pertenezca. “¡Cómoda invención la etnología en manos de algunos hombres! —dice González Prada—. Admitida la división de la humanidad en razas superiores y razas inferiores, reconocida la superioridad de los blancos y por consiguiente su derecho a monopolizar el gobierno del planeta, nada más natural que la supresión del negro en África, la del piel roja en Estados Unidos, del tágalo en Filipinas, del indio en el Perú” (333). Lo cierto es que también dentro de los blancos hay hombres inferiores. Partiendo de esta falsa tesis se acusa al indio, entre otras cosas, de ser refractario a la civilización. “Moralmente hablando —dice—, el indígena de la república se muestra inferior al indígena hallado por los conquistadores; mas depresión moral a causa de servidumbre política no equivale a imposibilidad absoluta para civilizarse por constipación orgánica” (341). Allí están los hechos desmintiendo a los pesimistas. “Siempre que el indio se instruye en colegios o se educa por el simple roce con personas civilizadas, adquiere el mismo grado de moral y cultura que el descendiente del español” (341).

El indio educado nunca es inferior al blanco en las mismas circunstancias. Como flores de raza u hombres representativos, el rey de Inglaterra y Guillermo II de Alemania no son superiores a muchos hombres de otras razas. “¿Merecen compararse con el indio Benito Juárez o con el negro Booker Washington? Los que antes de ocupar un trono vivieron en la taberna, el garito y la mancebía, los que desde la cima de un imperio ordenan la matanza sin perdonar a niños, ancianos ni mujeres, llevan lo blanco en la piel, mas esconden lo negro en el alma” (341). La condición del indígena llegará a cambiar si en el ánimo de éste adquiere la virilidad suficiente para escarmentar a sus opresores. “Si el indio aprovechara en rifles y cápsulas todo el dinero que desperdicia en alcohol y fiestas, si en un rincón de su choza o en el agujero de una peña escondiera un arma, cambiaría de condición, haría respetar su propiedad y su vida. A la violencia respondería con la violencia, escarmentando al patrón que le arrebata las lanas, al soldado que le recluta en nombre del gobierno, al montonero que le roba ganado y bestias de carga” (343). En resumen, concluye diciendo, el indio ha de redimirse por su propio esfuerzo, nunca por la humanización de sus opresores.

 

 

© Leopoldo Zea. El pensamiento latinoamericano.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, con la colaboración de Martha Patricia Reveles Arenas y Carlos Alberto Martínez López, Diciembre 2003. La edición digital se basa en la tercera edición del libro (Barcelona: Ariel, 1976) y fue autorizada por el autor para Proyecto Ensayo Hispánico y preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

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