Repertorio de Ensayistas y Filósofos

Leopoldo Zea

 

El pensamiento latinoamericano

segunda parte

VI

POSITIVISMO Y REGENERACIÓN SOCIAL

 

ESTRANGULAMIENTO DE BOLIVIA

Bolivia, la ahijada del Libertador, no sufría mejor suerte que el resto de sus hermanas hispanoamericanas. Lograda su independencia política y separada del Perú, del cual formaba parte durante la Colonia, su historia era la misma: revoluciones y dictaduras. Dictaduras conservadoras o dictaduras liberales, pero siempre dictaduras, con períodos de anarquía. En 1879, por un incidente surgido con una compañía salitrera chilena, la República de Chile le declara la guerra e invade su territorio. Perú, fiel a un pacto firmado con Bolivia, acude en su ayuda; mas todo resulta inútil y ambas naciones son vencidas por las fuerzas chilenas. En 1880, Bolivia se ve obligada a ceder a Chile las zonas salitreras de su litoral y con ellas su única salida al mar. Bolivia queda estrangulada en medio de sus altas y casi inaccesibles montañas.

Este hecho, dice Guillermo Francovich, “llevó a la conciencia boliviana hacia la consideración de la realidad en una forma brutal y la preparó para la adopción de principios menos idealistas que los que el eclecticismo y el catolicismo habían venido enseñándole. Fue entonces que apareció en el país el positivismo, cuyas doctrinas se habían difundido ya en todos los países latinoamericanos” (Francovich 1945). Frente a un carácter y visión idealista se adopta una actitud realista. Y dentro de este realismo, una actitud antirreligiosa. Los liberales adoptan los puntos de vista de la nueva filosofía, convirtiéndola en un instrumento al servicio de lo que consideraban la regeneración social de Bolivia. Las primeras campañas ideológicas encaminadas en este sentido encuentran en la doctrina positiva sus mejores argumentos.

Augusto Comte fue el primero de los filósofos positivistas que influyó en este movimiento, pero deslindado de sus ideas sobre la religión de la humanidad. Uno de los núcleos que más hicieron por su difusión lo fue el llamado “Círculo Literario” de La Paz, que funcionaba desde 1876. Este círculo, formado por los más prestigiosos escritores de la ciudad, publica en 1877 una revista en la que se empiezan a dar a conocer algunos trabajos del positivismo. Agustín Azpiazu es la figura más destacada de este círculo. De gran preparación científica y mente aguda, estimula con su obra una serie de trabajos encaminados a conocer la realidad boliviana. En 1889 funda la “Sociedad Geográfica” de La Paz, cuya finalidad es el conocimiento sistemático de la geografía de Bolivia. Otro grupo positivista surge en Sucre, encabezado por Benjamín Fernández, profesor universitario de Derecho Público Constitucional, desde cuya cátedra se enfrenta a los principios del derecho natural sostenidos en la universidad por los seguidores de Ahrens.

El partido liberal encontró en estas doctrinas, como se decía antes, un rico arsenal para enfrentarse a un pasado al cual consideraban como la fuente de los males bolivianos, incluyendo el último desastre. La política, que hasta entonces había girado en torno de grupos con intereses personalistas, se transformó en una política en la cual se discutían verdaderos problemas sociales. El partido liberal se enfrentó a los grupos que tenían en su poder el gobierno, los cuales se organizaron en un partido al que dieron el nombre de partido conservador. El gobierno encontró también un aliado en la Iglesia. Pero las discusiones ya eran otras. Mariano Baptista, fundador del partido conservador, lo expresa así cuando dice en 1883: “Por primera vez en Bolivia la cuestión electoral lleva envuelta la cuestión social”.

 

EL PROBLEMA DE LA REGENERACIÓN BOLIVIANA

¿Cuál era la causa de todos los males de Bolivia? ¿Cuál la fuente de todos sus desaciertos? ¿Cómo regenerar a este pueblo? Tales eran las preguntas que se agitaban en la mente de los hombres que aspiraban a regenerar a la nación boliviana. Las mismas preguntas que hemos visto se hacen otros hispanoamericanos en sus diversos pueblos. Gabriel René-Moreno nos habla, en sus Notas biográficas y bibliográficas, de Nicomedes Antelo, boliviano, originario de Santa Cruz de la Sierra, que reside en Buenos Aires desde 1860 hasta 1882 (René-Moreno 1901). En la Argentina aprende la lección con la cual va a encuadrar y a juzgar los males de su patria. “La filosofía de la evolución —dice René-Moreno—, como la han formulado recientemente los positivistas ingleses y alemanes de la nueva escuela darwiniana, era profesada por Nicomedes Antelo con fervor de sectario y con autoridad de apóstol. El maestro de escuela de Buenos Aires sabía leer de corrido en Lamarck, en Darwin, en Herbert Spencer, en Haeckel”. Como hombre “tenía el orgullo propio de un naturalista darwiniano: ser descendiente, por línea de las hembras y por línea de los machos, de las barraganas y soldados españoles que fundaron Santa Cruz de la Sierra. Estaba contento con ser latino, si bien por las tendencias de su espíritu hubiera sido con más propiedad anglosajón”.

El mal boliviano era enjuiciado desde este punto de vista naturalista. “¿Se extinguirá el pobre indio al empuje de nuestra raza?”, se preguntaba Antelo. “Si la extinción de los inferiores es una de las condiciones del progreso universal, como dicen nuestros sabios modernos, y como lo creo —agregaba—, la consecuencia, señores, es irrevocable, por más dolorosa que sea. Es como una amputación que duele, pero que cura la gangrena y salva de la muerte” (René-Moreno 1901). Al igual que Sarmiento en la Argentina, Antelo creía que con la desaparición de la raza india y la mestiza Bolivia se regeneraría. Antelo creía también que el cerebro indígena y el cerebro mestizo eran celularmente incapaces para concebir y entender la libertad republicana, con los derechos y obligaciones que implicaba. Por término medio, decía, “esos cerebros pesan entre cinco, siete y diez onzas menos que el cerebro de un blanco de pura raza. En la evolución de la especie humana tal masa encefálica corresponde, fisiológicamente, a un período psíquico de dicha especie hoy decrépito, a un organismo mental raquítico de suyo para resistir el frotamiento y choque de las fuerzas intelectuales, económicas y políticas con que la civilización moderna actúa dentro de la democracia”.

“El indio no sirve para nada. Pero, eso sí —agregaba—, representa en Bolivia una fuerza viviente, una masa de resistencia pasiva, una induración concreta en las vísceras del organismo social” (René-Moreno 1901). Por el otro lado tenemos a “los mestizos, casta híbrida y estéril para la presente labor tecnológica como el mulo para el transformismo de las especies asnal o caballar. Los mestizos, con un tórax levantado por los apetitos y su espíritu uncido por el instinto del proselitismo del caudillaje, representan en la especie humana una variedad subalterna, que corresponde a una generación confusa de la impetuosidad española y el apocamiento indígena”. La mezcla ha dado origen a esa clase que es al mismo tiempo revoltosa y servil, anárquica y pasiva. “La propensión de la casta tiende, como es notorio, al ocio, a la reyerta, al servilismo y a la intriga, gérmenes del bochinche y del caudillaje; bien así como, de otro lado, la estupidez y el amilanamiento del indio incásico se amoldan a punto para perpetuar a la sociedad en el despotismo”. Necesariamente, afirma Antelo, la concurrencia de esta casta con la raza europea, la criolla o la que ha logrado salir del mestizaje por felices selecciones, tendrá que sucumbir. La raza indígena y la casta mestiza “tendrán que sucumbir en la lucha por la existencia, como están sucumbiendo hoy y se extinguen a nuestra vista en Australia hombres, plantas y animales, precisamente porque las especies importadas o las especias nuevas ya aclimatadas tienen mejores condiciones para la lucha”. Nicomedes Antelo concluía diciendo: “Que por la virtualidad que es propia del transformismo desaparezcan cuanto antes el indio y el mestizo de Bolivia, esos dos agentes arcaicos, incásico uno y colonial el otro; que se extingan bajo la planta de la inmigración europea” (René-Moreno 1901).

La justificación de esta tesis la encontraba Antelo en la vida social argentina. Toda América sabía de la dilatada guerra que en este país se había desatado entre las castas mestizas del interior, acaudilladas por Rosas, y la raza criolla de la capital. En esta lucha la civilización de la segunda había vencido a la barbarie de las primeras. El profesor boliviano residente entonces en Buenos Aires era testigo del gran avance material de la Argentina, era testigo de su cada día mayor progreso. El gran espectáculo le deslumbraba. “Contemplaba con pasmo —dice René-Moreno— la precisión casi mecánica del fenómeno sociológico, según el cual a medida que el indio y el mestizo iban pereciendo vencidos en la lucha por la existencia contra la superioridad irresistible de las razas indoeuropeas, se afianzaba en los vecindarios el orden público [...] subía el progreso intelectual y moral por rápidas pendientes, la riqueza y el bienestar se iban esparciendo a todos las ámbitos de la república” (René-Moreno 1901).

Comparando este progreso con los males de su patria, se daba cuenta de la necesidad de recurrir a tan drásticos remedios. Todo era confusión, la sociedad boliviana no acertaba a tejer otra tela para cobijarse y defenderse que el estéril y sangriento militarismo. “Áspera tela, caudillaje por el derecho y revolución por el revés”. Todo el mal tenía su origen, decía Antelo, en la “heterogeneidad de razas, de costumbres, de idiomas, de índole, hasta de ideas”. Todo esto no tenía más amalgama que “un régimen impuesto por la espada de los libertadores”. Estas ideas no cambiaron en Antelo; “veintidós años de estudios ulteriores en Buenos Aires —dice René-Moreno—, siguiendo día por día el desenvolvimiento de las ciencias positivas, no sirvieron sino para vigorizar [...] estas primeras convicciones”. Siguiendo a los positivistas, Antelo sostuvo “que la libertad y el orden en Bolivia no deberían buscarse sino en el campo del bienestar material, poniendo de preferencia en actividad efectiva todos los agentes económicos que sugiere el arte industrial y los que brinden allá los recursos naturales del país. En 1882, como en 1860, su principio político era el trabajo” (René-Moreno 1901). Inmigración e industrialización podrían ser, en resumen, los remedios propuestos para la regeneración de Bolivia. Inmigración e industrialización, los remedios que todos los emancipadores mentales de Hispanoamérica habían soñado para ésta.

 

SPENCER Y EL NUEVO ORDEN BOLIVIANO

En 1899 el partido liberal boliviano triunfa sobre el conservador. La revolución ofrece a la generación que se ha venido formando en el positivismo la oportunidad anhelada. El positivismo deja sentir su influencia en todos los campos. No tarda el Estado en someter a control toda la educación, tanto la civil como la eclesiástica. En 1909, dice Guillermo Francovich, se funda la primera escuela normal de maestros bajo la dirección de pedagogos belgas. El laicismo es la doctrina en que se forman los nuevos maestros. En 1913 se suprimen las asignaturas de religión y doctrina cristiana en las escuelas y colegios. El positivismo da también las bases para estudios despiadados sobre la realidad boliviana, entre los que se destaca el de Alcides Arguedas, Pueblo enfermo.

Pero al mismo tiempo se va formando una mentalidad fanática y superficial, que no quiere ver más allá de la experiencia de realidades que rebasan lo experimental en un sentido material. Spencer representa, frente a esta situación, una especie de reacción. “Si bien Spencer —dice Francovich— se mantenía dentro de las tradiciones netamente positivistas, sus doctrinas tenían algunas características que parecían reconducir el pensamiento hacia generalizaciones de tipo filosófico y hacia la solución de las inquietudes religiosas” (Francovich 1945). Las ideas de evolución y progreso spencerianos daban un sentido al cambio en la realidad y con él se justificaba el afán de transformación política y social de la República de Bolivia. Su tesis sobre la existencia de algo que estaba más allá de nuestras experiencias abría las puertas al sentimiento religioso.

Los más destacados spencerianos fueron dos maestros: Luis Arce Lacaze y Daniel Sánchez Bustamante. El primero fue profesor en la Universidad de Sucre, autor de un libro de Filosofía del derecho publicado en 1892. Más tarde, en 1918 se orienta hacia el pragmatismo de William James. El segundo escribió también sobre temas de jurisprudencia. Es en su libro sobre Principios de derecho en el que se hace notable la influencia de Guyau al lado de la de Spencer. Fue catedrático en la Universidad de La Paz. Ambos filósofos ponen un especial acento en la puerta de escape que deja Spencer respecto al mundo, de lo absoluto que se encuentra fuera del alcance de toda experiencia. “El destino último del hombre —decía Arce Lacaze— es el que la fe nos enseña y, con respecto a él, a la filosofía no le toca más que una cosa: demostrar la incompetencia de la ciencia en estas cuestiones, probando que siempre que ella las aborda se desvirtúa y pierde su carácter esencial”. Por su lado Sánchez Bustamante decía: “Erigir el mecanismo de las fuerzas y de los intereses en ley única, equivale a afirmar que el mecanismo, como tal, es la única realidad, y esto es lo que jamás se ha demostrado y jamás se podrá demostrar” (Cit. por Francovich 1945).

Dentro de esta corriente, en la que influye también el filósofo argentino José Ingenieros, se encuentra el pensamiento de Ignacio Prudencio Bustillo, catedrático de Filosofía Jurídica en la Facultad de Derecho de Sucre desde 1918 a 1921. En su libro Ensayo de una filosofía jurídica, publicado en 1923, se resumen sus ideas filosóficas y con ellas sus ideas para transformar la realidad boliviana, poniéndola a la altura del progreso contemporáneo. También Bustillo aspira a transformar su realidad; los métodos propuestos para lograr esta transformación son, como se verá, semejantes a los propuestos por otros maestros hispanoamericanos.

“No podríamos decir ahora —afirma— hasta qué punto influyó la enseñanza universitaria sobre la política. De todos modos, la educación verbalista y charlatana que han recibido nuestros hombres de Estado en las famosas facultades de derecho, no han contribuido en nada al progreso efectivo del país” (Bustillo 1923). De aquí la necesidad de orientar los esfuerzos por otras vías. “Nuestros esfuerzos deben dirigirse hoy a dar una educación práctica, que sea como reverso de la educación retórica de nuestros padres y nuestra”. De Norteamérica tenemos mucho que aprender en este sentido. Debemos “establecer granjas modelos, por el estilo de las que Booker T. Washington ha fundado en los Estados Unidos para la educación del negro”. En estas granjas nuestros “indios aprenderían los métodos de cultivo de la tierra”. Lo que el país necesita es menos letrados y más técnicos, agrónomos y peritos mercantiles. “Todos los que por su dinero o su talento manejan los destinos públicos deben hacer derivar las actividades de los jóvenes a trabajos realmente productivos alejándolos de la abogacía, donde las almas se corrompen” (Bustillo 1923).

Pero si no era posible orientar a los jóvenes por otros caminos, al menos era menester orientar la carrera del derecho por caminos prácticos. “Al cabo de poco tiempo —dice— se dejaría notar el resultado: los estudiantes harían investigaciones personales, comprenderían el significado íntimo de lo que en el siglo xx se llama ciencia”. El realismo debería ser la doctrina que sustituyese a las viejas doctrinas jurídicas. Con el nombre de realismo, dice, “se conoce en el mundo científico la doctrina que divulgamos. Significa una reacción contra el derecho natural, a la vez que un empeño para emplear en las investigaciones jurídicas, sociales y políticas, los mismos métodos experimentales que tanto han hecho adelantar las ciencias físicas y biológicas”. De acuerdo con la nueva doctrina, “ya no es preciso buscar un principio generador en el laberinto de las disquisiciones metafísicas. Nos basta observar las modalidades del derecho en las relaciones que están a nuestro alcance para definirlo exactamente [...] se trata apenas de un cambio en los procedimientos; pero en él reside todo el secreto del progreso científico” (Bustillo 1923).

Mediante el realismo se puede dar un gran paso hacia la tolerancia. Dice Bustillo: “Si se recuerda la campaña que coincidió con la introducción de Heriberto Spencer en la enseñanza, notaremos que las generaciones positivistas se lanzaron al asalto de la milenaria fortaleza —la religión— sin pleno conocimiento, sin estudios previos. Por singular incomprensión, nuestros positivistas de aldea no se volvieron hacia la investigación científica, sino hacia la pasada ramplonería de irreligiosidad. El positivismo formó aquí pocos sabios y muchos sectarios”. Del positivismo no se aprendió lo que hace de él una doctrina válida, su método para enfrentarse a la realidad orientándola. Los positivistas bolivianos no habían visto en esta doctrina sino una nueva forma de declamación hueca y sin contenido. Los positivistas no aprendieron a conocer su realidad; simplemente cambiaron de fanatismo. Bustillo trata ahora de orientar el positivismo por la verdadera senda. “No sólo es fácil y posible completar el esfuerzo científico con la especulación filosófica —dice—, sino que es preciso crear una filosofía científica que sintetice los resultados aislados de la investigación”. Todos sentimos la necesidad de afirmar nuestro criterio, pero hallamos “incompleta a la ciencia” y a “la filosofía apriorística estéril y vacía: conciliemos ambas disciplinas y creemos la filosofía científica, que no será ni infundada ni insuficiente. Quien lleve a cabo, en nuestra época, esta tentativa y no fracase, tendrá la gloria de rejuvenecer y vigorizar la filosofía positiva; pero para ello habrá de proceder con menos intransigencia que Augusto Comte” (Bustillo 1923).

 

EL NUEVO POSITIVISMO DE IGNACIO PRUDENCIO BUSTILLO

De la conciliación de la ciencia y la filosofía dependía en alto grado la regeneración de la educación boliviana. No se trataba de pasar de un fanatismo apriorístico a un fanatismo positivista, sino de conciliar ambas actitudes, dotando al boliviano de un sentido de la realidad, de manera que no fuese ciego para ninguno de sus dos aspectos, el material y el espiritual. Bustillo ha tropezado con la filosofía de moda en su época, la filosofía intuitiva. Ella podría ofrecer los materiales para la anhelada síntesis.

El método científico era insuficiente para conocer las múltiples facetas de la realidad. Hay “un mundo desconocido —decía— acaso más grande que el que hemos logrado conocer con ayuda de nuestros sentidos y de nuestros instrumentos científicos; es el mundo de lo inexperimental, es decir, de aquello que no se presta a los medios de investigación utilizables por el sabio” (Bustillo 1923). De esta realidad era ya consciente Spencer y así lo había hecho saber en su filosofía. Por esta razón, frente a los problemas oscuros e insondables que la naturaleza plantea diariamente, el sabio “levanta los hombros y prefiere su humilde verdad a las hipótesis metafísicas, como son las que procuran explicar aquello que no percibimos de manera alguna”.

¿Podrá la filosofía de moda, el intuicionismo, ofrecer la solución deseada? “La filosofía de moda —dice Bustillo— significada por el talento de Bergson en Francia y por el de James en los Estados Unidos [...] utiliza la intuición para conocer el mundo que escapa al experimentalismo de la ciencia”. Pero esta intuición, agrega, “poco o mal comprendida, contradictoria en sus resultados, constituye una manera peligrosa de filosofar, que se presta a la fantasía y al capricho. No podemos abandonar por ella las sólidas posiciones del positivismo científico que, mitigado por el idealismo de una filosofía construida con los datos de la experiencia, se nos aparece como el seguro apoyo de la humanidad, arrastrada permanentemente por el influjo de doctrinas contrarias” (Bustillo 1923).

La solución no puede ser sino una filosofía científica en la que se reúna el método trascendental con el método experimental. Ésta es la doctrina que debe ser constituida. “La observación, generosa fuente de la ciencia, es deficiente e incompleta. Abarca sólo una pequeña parte del mundo real y no está muy segura de sus resultados, sobre todo cuando escoge como materia de sus investigaciones lo que está dotado de vida o lo que anima el soplo insondable del espíritu”. De aquí que la filosofía científica sea “una complementación de la ciencia: donde ésta se detiene comienza aquélla, y son sus hipótesis las que, uniendo los fragmentos del conocimiento científico, forman un conjunto sistemático que resuelve la mayor parte de los problemas de la naturaleza, incluyendo en ella a los seres organizados y a las sociedades” (Bustillo 1923).

Pero por filosofía científica no hay que entender “la rutina ni el apego a la baja e innoble materialidad; representa más bien el lado idealista del espíritu humano. ¿Qué son, en último análisis, las hipótesis sino asociaciones de nuestra imaginación que tiende incesantemente a perfeccionar lo real?”. La ciencia está así puesta al servicio de un idealismo, al servicio de la perfección de lo real. “No hay otra diferencia entre esta metafísica positiva y la metafísica espiritualista, que la de proceder aquélla del dato científico y ésta del principio a priori”. Para orientar nuestro criterio tenemos la mira luminosa de la ciencia, la más segura, la que corresponde mejor a nuestra insaciable curiosidad intelectual. De acuerdo con este método, “no se puede ya poner en duda la existencia de leyes sociales en las cuales impera estrictamente la ley de causalidad, a despecho de la libertad, que se ve sometida, a su vez, a leyes como cualquier fenómeno de la naturaleza” (Bustillo 1923).

En el campo de las ciencias sociales, sigue diciendo Bustillo, la pura deducción resulta un método peligroso. “A primera vista parece destinado a curar todos los males sociales [...] pero pronto ocasiona enfermedades más graves”. En el fondo, “la inducción consiste en huir sistemáticamente de las ideas hechas, de las opiniones preconcebidas, de todos los vicios del pensamiento. El método inductivo en sociología nos enseña a no dar fe sino a la observación de la realidad”. Pero si se extrema esto, “la investigación tórnase mezquina, demasiado pegada al dato, como si alguien le hubiese cortado las alas para elevarse a las altas regiones de la generalización filosófica”. ¿Cuál es la solución? ¿Cuál método es mejor? Bustillo concluye: “un método ecléctico, mitad inductivo y mitad deductivo” (Bustillo 1923).

 

 

© Leopoldo Zea. El pensamiento latinoamericano.  Edición a cargo de Liliana Jiménez Ramírez, con la colaboración de Martha Patricia Reveles Arenas y Carlos Alberto Martínez López, Diciembre 2003. La edición digital se basa en la tercera edición del libro (Barcelona: Ariel, 1976) y fue autorizada por el autor para Proyecto Ensayo Hispánico y preparada por José Luis Gómez-Martínez. Se publica únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes.

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