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| Leopoldo Zea |
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| TEXTOS |
Texto 29
"En los Estados Unidos de Norteamérica, como ya lo preveía Hegel, la idea de la libertad ha encontrado su más extraordinaria encarnación. Pero una encarnación limitada a sus propios creadores. Hombres que han levantado la bandera de la igualdad de todos los hombres, pero que se las ingenian para regatear este reconocimiento a la totalidad de los hombres. Ya que limitado el reconocimiento a unos cuantos hombres, se limitará también la idea de la igualdad entre ellos mismos. Todos los hombres son iguales, pero algunos son más hombres que otros, de aquí que sus derechos no puedan ser nunca semejantes. Y son los hombres que enarbolan estas doctrinas los encargados, a su vez, de dictaminar sobre quienes son plenamente hombres y quienes no. Sin embargo, y esto es lo más importante en la historia de la expansión del mundo occidental sobre el resto del mundo, dicha expansión planteará a los hombres que forman los pueblos que la sufren, una problemática que de otra forma les sería extraña. La idea que de su libertad tienen los occidentales será el punto de partida de la conciencia que sobre su propia libertad tendrán los hombres a los que se niega la simple posibilidad de la misma. Como consecuencia de esta toma de conciencia, en diversas partes del mundo se alzan banderas exigiendo el reconocimiento de las libertades que el mundo occidental viene reclamando exclusivamente para sus hombres. Y siendo esta expansión de alcance planetario por primera vez en la historia del espíritu, la conciencia de la libertad y posibilidad de su realización serán también planetarias. Conciencia de la libertad, pero sin limitaciones. Todos los hombres son libres, pero también semejantes y para demostrarlo lucharán hasta alcanzar este reconocimiento" (Dialéctica de la conciencia americana, p. 18). |