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| José Luis Gómez-Martínez |
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Hacia
el 98: “Las doctrinas,
lo mismo que los individuos ILópez Morillas complementa el título de su libro clásico, El krausismo español (1956), con un subtítulo que encierra la clave metodológica que anima su obra: “Perfíl de una aventura intelectual”. Las doctrinas, nos dice López Morillas, “viven agónicamente, en incesante conflicto” (67), por lo que “lamentarse de que un organismo doctrinal se ha desviado, al evolucionar, de su dirección primera es una ingenuidad que sería perdonable si no acusara, por una parte una ignorancia supina de la vida y la historia. Lo único que no se aparta de su intención primera es la utopía, y ello no es extraño, porque la utopía es cabalmente lo que no puede anclarse a la realidad” (68). López Morillas aplicó con éxito estos presupuestos teóricos al estudio del krausismo español. En estos mismos presupuestos encuentro yo la clave metodológica para una aproximación crítica a la obra del krausista puertorriqueño Eugenio María de Hostos. Podemos decir, parafraseando a López Morillas, que “estudiar la evolución de Hostos es hacer la historia de su agonía” (67). La vida y obra de Hostos están tan íntimamente unidas que quedará truncado todo intento de aproximarse a la una sin la otra. “Amo a la humanidad por egoísmo”, nos dice Hostos, “por ese egoísmo misterioso, que es el equilibrio social, a la eterna armonía del espíritu, lo que las leyes de atracción universal para los mundos: amo a la humanidad; la amo por mí; porque sin ella, un hombre aislado es un cuerpo caído: un aerolito” (Peregrinación 190). Pero Hostos, como los krausistas españoles, no supo armonizar lo utópico y lo ideológico: lo que debería haber sido guía, se convirtió en objetivo, que se estrellaba, por no contar con ella, una y otra vez, contra la realidad que pretendía afectar. Hostos sentía que él era su circunstancia, que su destino era el destino de las Antillas, y que si no las salvaba de su estado colonial, no se salvaba él. Su vida se convirtió en un proyecto de acción, semejante al proyecto krausista que animó la revolución de 1868. Hostos, como sus contemporáneos españoles, no llegó a encontrar la armonía imprescindible entre el componente utópico, necesario como guía, y la acción que requerían las circunstancias de su momento. Europeo por su educación, Hostos hizo de la circunstancia antillana su circunstancia, sin reconocer la distancia entre su ideal para la humanidad, que deseaba ver practicado en las Antillas, y la realidad de la mentalidad colonial antillana y de la situación política española. Su obra se convierte así en una cruzada personal que fracasó en lo político y en sus deseos de transformación social inmediata, pero que, al igual que el krausismo en España, dejó un legado de fuerte repercusión en el campo de la educación. Hostos nace en Puerto Rico (1839), pero en 1852 viaja a España para seguir primero los estudios de bachillerato en Bilbao, y luego, a partir de 1860, estudios de derecho en la Universidad Central de Madrid. Aquí se identificó con los krausistas y tuvo una actuación notable en el Ateneo. Los efectos de la conquista de América y de su gobierno colonial le llegan en un comienzo a través de los libros; no es una experiencia vivida, ni se trata de una toma de conciencia de liberación personal, sino de una identificación con el otro, con el antillano, con su lugar de nacimiento, y de ahí la posición paternalista que a veces se rastrea en sus obras, de sentirse poseedor de la verdad y predestinado a salvar el destino de las Antillas. En 1873, Hostos nos describe así el proceso: “Raynal, Robertson, de Pradt, Prescoll, Irving, Chevalier, me presentaron a América en el momento de la conquista, y maldije al conquistador. Un viaje a mi patria [1859] me la presentó dominada, y maldije al dominador. Otro viaje posterior [1862], me la presentó tiranizada, y sentí el deseo imperativo de combatir al tirano de mi patria” (Peregrinación 71). Hostos siente tanto más el peso de la realidad y mentalidad colonial cuanto él no lo había vivido en sus años de formación. Es precisamente durante este segundo viaje de 1862, cuando Hostos empieza a identificar su vida con un proyecto de liberación: “El patriotismo, que hasta entonces [1862] había sido sentimiento, se irguió como resuelta voluntad. Pero si mi patria política era la Isla infortunada en que nací, mi patria geográfica estaba en todas las Antillas, sus hermanas ante la geología y la desgracia, y estaba también en la libertad, su redentora” (Peregrinación 71). La libertad, precisamente por ser objetivo de su visión utópica, no podía limitarse a Puerto Rico, había de incluir también a Cuba, en lo que él denominaba la federación de las Antillas. Forja entonces Hostos la necesidad de un proyecto, que poco a poco toma la forma de una novela bajo la estructura de diario, pero que es a la vez una confesión íntima con ropaje romántico y un inconsciente compromiso personal que palidece ante la realidad que viviría después su autor; forja, en fin, una pauta implícita que se convertiría luego en el horizonte vital del hombre Hostos: “¿Cómo decir a la altiva metrópoli, que toda su historia en América era inicua? ¿Cómo hacer entender a las Antillas que, si era bueno todavía esperar, era ya inútil esperar? ¿Cómo conseguir que un libro de propaganda antiespañola se leyera en España y se dejara leer por España en las Antillas?” (Peregrinación 78). Este es el origen de la obra de combate y manifiesto personal del joven Hostos, este es el origen de su libro La peregrinación de Bayoán. Diario recogido por Eugenio María Hostos (1863). Bayoán en la novela, y Hostos y una vez publicada la novela, se concibe a sí mismo en un proyecto utópico, Hostos no buscaba liberar a las Antillas desde las Antillas, es decir, a partir de su realidad interna, sino a partir de sus ideales para la humanidad, que él proyectaba desde su credo krausista, y que requería liberar a las Antillas de los “antillanos” y de España. De los unos, dice Hostos, porque “no son mis compatriotas los que ven lo que ven, y en vez de cumplir con su deber, se callan […]. No son mis compatriotas los que han ido a otros pueblos a buscar nuevas ideas, y las ahogan; los que han ido a buscar conocimientos, y no los difunden; los que ven la necesidad de la instrucción, y no la piden” (Peregrinación 214). Con los otros, apela igualmente a principios superiores de conciencia: “¿Hay alguien que haya dicho a la metrópoli: Aquí hay hombres, iguales a tus hombres, superiores a ellos, por su interés en la prosperidad de su país, que pueden ser, que deben ser, lo que son los que tú envías, que quieren influir en los destinos de su patria?” (Peregrinación 214). En estas palabras está resumida la trayectoria posterior de Hostos: En 1863 propone como objetivo de la liberación una federación con España en condiciones de igualdad; siente por esos años, como los liberales españoles, que España necesita también ser liberada y confía en ellos y participa en los sucesos españoles como parte de un mismo proceso. En 1869 se siente desilusionado y para 1873, perdida la esperanza en que la solución viniera de España, lucha por la independencia de las Antillas, a la vez que teme la anexión de las mismas por Estados Unidos. A partir de 1870 comienza su experiencia americana y, con ella, una comprensión más directa del legado colonial. Las Antillas, nos dice entonces, “no serán libres aunque sean independientes” (Diario I: 197). A partir de 1870 lleva su magisterio a Perú, Chile, Argentina, Venezuela y especialmente a la República Dominicana, donde funda las primeras Escuelas Normales de Iberoamérica, que luego desarrollará también en Chile y Puerto Rico principalmente. En 1898, desilusionado y marginado, se recoge a su labor educativa: “Porque lo único que veo claro en el presente y futuro de Puerto Rico es la necesidad de una educación metódica omnímoda y para todos, suspiro por volver al trabajo de que depende el porvenir de mi pobre tierra nativa” (España y América 489). Para entonces, como luego veremos, los puertorriqueños habían rechazado su llamado a la independencia y se sentían satisfechos con una situación ambigua de asociación con Estados Unidos. Pero regresemos de nuevo al presupuesto fundamental que hemos adoptado de López Morillas: “estudiar la evolución de una doctrina [Hostos en nuestro caso] es hacer la historia de su agonía” (67). En 1863, Hostos empieza a formular la razón de su existencia en función de un proyecto: “Por qué me he visto yo obligado a separarme del rincón en que Dios quiso arrojarme, y en donde quiero yo vivir eternamente […]. No me sé contestar: yo sé que hay algo debajo de ese velo que encubre interiormente mis deseos, mis ideas, mis sentimientos: yo sé que anhelo la dicha de mi patria: yo sé que necesita de sus hijos…” (Peregrinación 110). Su compromiso personal queda ya formulado en esta fecha tan temprana, se siente unido a su circunstancia y, con un pensamiento muy moderno, se siente ser únicamente en cuanto lo es en sus circunstancias: “Nada puedo: lo que hay en mí, a pesar de mi orgullo lo confieso, es de ellos [los otros]: las ideas, los pensamientos, la verdad, son una atmósfera, producida por la vida intelectual, como lo es por la vida animal el aire que respiro: envuelto en ella, tengo a mi pesar que respirarla y dar a mi pesar, a mi razón, a mi fantasía, a mi interior, las sombras y la luz, la confusa claridad y las tinieblas que exhala la vida intelectual de los demás […]. Confieso mi impotencia; nada puedo: lo que hay en mí, me viene de los otros” (Peregrinación 189-90). Puerto Rico, las Antillas, es, pues, el punto focal que da cuerpo y mediante el cual concreta su lucha, pero sus objetivos arrancan de un ideal más abstracto, de un ideal utópico, de la lucha por el avance del ideal para la humanidad. El hombre, añade Hostos, “engrandecido su amor a sus hermanos, los ama por sí mismos, no por sí; busca lo que ve que falta; y aunque ellos no quieren, a pesar de ellos lo busca; y lucha si lo atacan y comprimen, y vencido, es decir, y desgraciado, quiere para la humanidad lo que para sí ha perdido: la lucha le da fuerzas” (Peregrinación 190). Sólo al final de su vida (1899), cuando la realidad se impone al concepto utópico de sus objetivos, reconoce que “propugnar solo por el derecho de todos contra la voluntad de todos, es tarea ineficaz” (Cartas 245). En 1870, sentía todavía que su misión era precisamente esa, la de instigador, la de creador de conciencias: “Me creen demasiado ideólogo para aceptarme en la obra de los prácticos, demasiado sincero para que no crean que sería obstáculo de ambiciosos, demasiado sensible para que no teman que me convierta en conciencia exterior de flemáticos” (Diario I: 204). La angustia de sentirse solo del protagonista de su Peregrinación se ha convertido para 1873 en una angustia personal: “Lo que me pesa sobre todo es mi soledad. Completamente solo para sufrir, para rumiar mi dolor” (Diario II: 53). Habían pasado diez años y un mundo de experiencias (Madrid, París, Nueva York, Santo Domingo, Perú, Chile); sus quejas son ahora desgarradoras: “¡En todas partes y siempre la misma cosa! Estoy condenado a no encontrar justicia” (Diario II: 59). Sus ideas, dominadas por un inmutable concepto utópico de lo que la humanidad debiera ser, se estrellan contra la realidad que combate; no ve por estos años (1873), la necesaria adaptación transformadora de la ideología a las circunstancias y se siente víctima: “He sido siempre el más desgraciado de los hombres forzados a tener enemigos, porque siempre he combatido lealmente con ideas y como la gente es tan ignorante, jamás disciernen la verdad” (Diario II: 69). Hostos, pues, durante su segundo viaje a Puerto Rico (1862), deseoso de gloria personal, concibe el proyecto de luchar por la libertad de la isla, que por estos años asocia con una federación que garantizara la igualdad con España y escribe Peregrinación de Bayoán. La obra surge con dos objetivos primordiales: por una parte, cree encontrar en el triunfo literario un camino rápido para medrar en el ámbito político, “el libro era necesario como preliminar de ese trabajo”, aunque entonces para él representaba sólo un medio: “Las letras son el oficio de los ociosos o de los que han terminado ya el trabajo de su vida, y yo tenía mucho que trabajar” (Peregrinación 78). Por otra parte, el libro se creo como arma de combate: “Imaginé un plan en el cual estuvieran de tal modo ligadas entre sí las ideas que deseaba exponer, que el fin literario de la obra contribuyera a su objetivo político y social” (Peregrinación 78). Y en él volcó su ideal krausista: “El problema de la patria y de su libertad, el problema de la gloria y del amor, el ideal del matrimonio y de la familia, el ideal del progreso humano y del perfeccionamiento individual, la noción de la verdad y la justicia, la noción de la virtud personal y del bien universal”; pero estas ideas, nos dirá en 1873, con el sabor amargo de la decepción, “no eran para mí meros estímulos intelectuales o afectivos; eran el resultado de toda la actividad de mi razón, de mi corazón y de mi voluntad; eran mi vida. Y como mi vida no tenía conexiones externas con la realidad, sólo perceptible para mí en los movimientos de la historia o de la sociedad que justificaban mi ideal o armonizaban con él, cada encuentro con las realidades brutales era un desencanto, una desilusión, un desengaño” (Peregrinación 69). La peregrinación de Bayoán, escrita cuando apenas contaba con 23 años de edad, es la profecía de su obra y su vida. Hostos mismo nos dice en el prólogo de 1873, que escribe su obra como un “compromiso de ajustar mi existencia a mis ideas. Cada una de las que vertiera en mi libro había de ser una promesa que yo tenía la obligación de cumplir” (Peregrinación 75). Era también, creía Hostos, un modo de adquirir prestigio, de que su voz se oyera. Yo veía, nos dice en 1873, “que la conquista de un nombre literario es la conquista de un poder. El poder me hacía falta para servir inmediatamente a mi país, olvidado, vejado, escarnecido” (Peregrinación 77). Bayoán,[1] el protagonista de la obra, surge como conciencia reflexiva española: “Quería que Bayoán, personificación de la duda activa, se presentara como juez de la España colonial en las Antillas, y la condenara; que se presentara como intérprete del deseo de las Antillas en España, y lo expresara con la claridad más transparente: ‘las Antillas estarán con España, si hay derechos para ellas; contra España, si continúa la época de dominación’” (Peregrinación 80). El libro, en fin, quería representar “la historia del espíritu del hombre” (Peregrinación 301), aun cuando, como confesión íntima de un sentir, sólo llegara a representar en forma embrionaria, y profética, la historia espiritual de un hombre: “Bajo este aspecto, como bajo otros muchos, estoy en plena situación de Bayoán,” reconoce ya en 1870 (Diario I: 363). Hostos, en efecto, parece proyectarse como imagen especular de su protagonista, que se impone como proyecto de vida: “Allí sacrifiqué mi reputación a mi conciencia, y por ser lo que quería dejé de ser lo que podía” (Diario I: 206). Y los objetivos de Bayoán se convierten en los objetivos que trazan la trayectoria de Hostos; de tal modo es así, que los deseos de aquél, formulados en 1863, podían en 1903 haber servido de epitafio que resumía toda una vida: “Quiero que digan: ‘en esa isla nació un hombre, que amó la verdad, que anhelaba la justicia, que buscaba la ventura de los hombres’” (Peregrinación 112). La peregrinación de Bayoán refleja algo más que ansia de gloria, algo más que crisis de conciencia, es también el destello agónico de una voluntad incapaz de materializarse en la acción, de la reflexión desenfrenada, de la razón desconectada de la realidad. Es, además, y en ello reside la tensión agónica, la conciencia de ser así y de que su vida tendrá que definirse en un seguir siéndolo: “Y como no sé aplazar”, nos dice en 1870, “y deseo hacerlo todo a un tiempo, concibiendo medios artísticos de verdad, de justicia y de bondad total para fines que, por justos, por verdaderos y por buenos, exigen la extirpación de realidades perversas, inicuas y erróneas, no hago nada” (Diario I: 205). Hostos siente vocación de filósofo, pero rechaza sus implicaciones, como antes había despreciado al literato. En su Diario tiene palabras duras para el filósofo, a quien considera “un solitario, un egoísta de conciencia, que satisfecho con pensar y con sentir las grandes necesidades de su tiempo”, no intenta vivirlas en su vida, ni combatirlas en la acción (Diario I: 207). Intelectualmente se siente heredero del ambiente filosófico en Madrid en la década de los años 60 (“En el Ateneo ha empezado esta crisis de carácter que ahora experimento”, Diario I, 32), pero ya en 1866, antes de la decepción que le trajo la revolución de 1868, se imaginaba diferente; la abstracción filosófica sin voluntad de acción le parecía vacía: “Vi que los más altos, que los que más valían y más valen, tenían una experiencia de convención, comprada en los libros, una moralidad convencional, una falta de originalidad que los igualaba a los más bajos […]. Ellos, los titanes en ciencia y arte, eran liliputienses en carácter” (Diario I: 33). Hostos equiparó la voluntad de acción con la acción misma, y ello le hace afirmar que “la voluntad es todo el hombre social. Si no tienes voluntad, no serás nada, aunque tengas alma de Dios”, por lo que concluye, como objetivo personal: “Tengo que ser hombre en el mundo y para ello necesito voluntad” (Diario I: 36). Y en efecto, Hostos es una voluntad que agoniza al no ser capaz de la acción: “Desde que concebí la idea de la independencia de mi patria, me he propuesto hacerme hombre de acción, a pesar de sentirme hombre de reflexión”, dice en 1873 (Diario II 73). Para 1874, la primera etapa de su actuación había fracasado, como había fracasado también en la política española el ideal krausista. Hostos hace ahora un saldo de su actuación, siempre en el marco de sentirse ser en sus circunstancias: Ya tengo treinta y cinco años. Ayer fue el sombrío aniversario. Puede
ser que nunca haya entrado en un nuevo año de mi vida en condiciones más
enojosas y bajo el peso de ideas más negras Su voluntad de acción se rebela ante el fracaso con nuevas soluciones racionales, pues no cuestiona la misión que se ha asignado: “es absolutamente preciso que yo haga lo que pienso y quiero” para las Antillas, por lo que escribe en su Diario que “es absolutamente preciso que yo adquiera la audacia que sólo el hábito de la vida militar puede darme” (Diario II: 81). El planteamiento reflexivo no llega tampoco a la acción y Hostos, identificada su vida con una misión, se siente abatido: “Empero ya que no puedo adquirir las falsas fuerzas de que se necesita para triunfar entre los hombre y de que yo me he desembarazado a sabiendas, es casi imposible que yo llegue a hacer nada” (Diario II: 82). El prólogo a la segunda edición (1873) de La peregrinación de Bayoán es un documento pivotal para la interpretación de Hostos. Es a la vez un replanteo y una reafirmación, reconoce que cuando lo publicó “por primera vez en Madrid, a fines de 1863, era dos veces niño: una vez, por la edad; otra vez, por la exclusiva idealidad en que vivía” (Peregrinación 68). Este prólogo es un replanteo, en el sentido de que ahora ve la distancia entre el movimiento que pudo inspirar el krausismo y la realidad española, y la delata: “Hay en el mundo demasiados artistas de la palabra, demasiados adoradores de la forma, demasiados espíritus vacíos que sólo a la ley de las proporciones saben obedecer, y yo no quería ser uno de tantos habladores que, en tanto que llenan de palabras sonoras el ámbito en que se mueven, son radicalmente incapaces de realizar lo que más falta hace en el mundo: hombres lógicos” (Peregrinación 75). Pero al mismo tiempo, este prólogo a la segunda edición supone una reafirmación en sus principios krausistas, a la vez que reitera su concepto de “voluntad de acción”. “Hombre lógico” es para Hostos “hombre completo”, usa ambas expresiones como sinónimas. Y para él, “ser hombre lógico, no es ideal inaccesible, no es empeño inútil, no es tarea imposible, puesto que el hombre tiene en sí mismo todos los medios intelectuales y morales que necesita para pasar normalmente del imaginar y del sentir al razonar lo imaginado y lo sentido para realizarlo; del realizar al armonizar sus facultades, sometiendo toda su vida a su conciencia” (Peregrinación 76). Hostos, como haría después Galdós, critica el racionalismo armónico que no lleva a la acción, pero su “razonar para realizar”, como ejemplificó con su propia vida, tampoco llevaba necesariamente a la acción. Su “voluntad” apunta a la “acción”, pero se queda en la razón: “Luchemos, pues, pero luchemos con todas nuestras fuerzas, con razón que dirija la voluntad y el sentimiento, con voluntad que secunde a la razón y al sentimiento, con sentimiento que armonice razón y voluntad” (Diario I:125). Aun cuando ideológicamente Hostos evolucionó a partir de la década de los años 70 hacia un krausopositivismo, los principios fundamentales de su pensamiento permanecen enraizados en el krausismo, tanto en su comportamiento personal (“sigue tu camino siempre que sean la justicia y la razón quienes te escolten”, Diario I:135), como en sus deseos para la sociedad (“mejor sería para la ambición de gloria el formar una provincia a imagen y semejanza de las doctrinas racionales de gobierno, que gobernar una nación”, Cartas 239). En 1863, sin embargo, al escribir La peregrinación de Bayoán, Hostos participa del optimismo de los intelectuales krausistas. De ahí su posición política en defensa de una federación de las Antillas o su denuncia de la esclavitud, de ahí también su actividad en el Ateneo y en la prensa española. Desde la abstracción racionalista, los medios para conseguir la libertad de las Antillas eran unívocos: “España tiranizadora de Puerto Rico y Cuba, estaba también tiranizada. Si la metrópoli se libertaba de sus déspotas ¿no libertaría de su destino a las Antillas? Trabajar en España por la libertad ¿no era trabajar por la libertad de las Antillas? Y si la libertad no es más que la práctica de la razón y la razón es un instrumento, y nada más, de la verdad ¿no era trabajar por la libertad el emplear la razón para decir a España la verdad?” (Peregrinación 71-72). Hizo así depender sus objetivos de libertad para las Antillas “de la posibilidad de un cambio de política interior y colonial en España”; y añade Hostos, “yo lo acogía de antemano con fervor y predicaba la fraternidad de América con España, y hasta enunciaba la idea de la federación con las Antillas” (Peregrinación 80). En enero de 1868, le escribe a Salmerón una carta que ejemplifica estos años de euforia: “Ya que nos prohiben ser hombre a la luz del día, seamos hombres a la luz de la conciencia […]. Todos los que pensamos por nosotros mismos somos perseguidos en Vdes.: menguados de nosotros si no viéramos en esa persecución de la impotencia poderosa el triunfo de nuestra causa, que es la causa invencible del hombre universal” (Cartas 11-12). Su fe en lo que él creía la nueva España era profunda. Si el partido progresista, nos dice en 1866, “llega a las regiones del poder, ese día dará a Cuba y Puerto Rico todas las reformas políticas y administrativas necesarias para que se unifiquen con la metrópoli” (España y América 172). Todavía al comienzo de la República, durante su estancia en Chile, pensaba que “los hombres que hoy disponen del porvenir de aquel país no pueden ser en Cuba y Puerto Rico enemigos del derecho que reivindican para todas y cada una de las provincias españolas” (Cartas 38). Para finales de 1873, fecha en que escribe el prólogo a la segunda edición de Peregrinación, está ya completamente decepcionado: “Hoy, 1873, me arrepiento de haber soñado en 1863. Era niño y soñaba. España era radicalmente incapaz de realizar aquel sueño” (peregrinación 106). Personalmente ahora le queda, nos dice Hostos de su experiencia española, “el martirio de haber perdido el tiempo” (Peregrinación 288). En 1869 Hostos había perdido toda esperanza de que la libertad de las Antillas se pudiera conseguir desde España y parte para Nueva York, para iniciar ahora su etapa iberoamericana. II
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