Repertorio de Ensayistas y Filósofos

José Luis Gómez-Martínez
 

"Hacia el 98:
Hostos ante España y Las Antillas"

 

“Las doctrinas, lo mismo que los individuos
y los pueblos, viven agónicamente, en incesante
conflicto, no sólo entre ser y no ser, sino
entre ser y querer ser siempre”.
Juan López Morillas

 

I

López Morillas complementa el título de su libro clásico, El krausismo español (1956), con un subtítulo que encierra la clave metodológica que anima su obra: “Perfíl de una aventura intelectual”. Las doctrinas, nos dice López Morillas, “viven agónicamente, en incesante conflicto” (67), por lo que “lamentarse de que un organismo doctrinal se ha desviado, al evolucionar, de su dirección primera es una ingenuidad que sería perdonable si no acusara, por una parte una ignorancia supina de la vida y la historia. Lo único que no se aparta de su intención primera es la utopía, y ello no es extraño, porque la utopía es cabalmente lo que no puede anclarse a la realidad” (68). López Morillas aplicó con éxito estos presupuestos teóricos al estudio del krausismo español. En estos mismos presupuestos encuentro yo la clave metodológica para una aproximación crítica a la obra del krausista puertorriqueño Eugenio María de Hostos. Podemos decir, parafraseando a López Morillas, que “estudiar la evolución de Hostos es hacer la historia de su agonía” (67). La vida y obra de Hostos están tan íntimamente unidas que quedará truncado todo intento de aproximarse a la una sin la otra. “Amo a la humanidad por egoísmo”, nos dice Hostos, “por ese egoísmo misterioso, que es el equilibrio social, a la eterna armonía del espíritu, lo que las leyes de atracción universal para los mundos: amo a la humanidad; la amo por mí; porque sin ella, un hombre aislado es un cuerpo caído: un aerolito” (Peregrinación 190). Pero Hostos, como los krausistas españoles, no supo armonizar lo utópico y lo ideológico: lo que debería haber sido guía, se convirtió en objetivo, que se estrellaba, por no contar con ella, una y otra vez, contra la realidad que pretendía afectar.

Hostos sentía que él era su circunstancia, que su destino era el destino de las Antillas, y que si no las salvaba de su estado colonial, no se salvaba él. Su vida se convirtió en un proyecto de acción, semejante al proyecto krausista que animó la revolución de 1868. Hostos, como sus contemporáneos españoles, no llegó a encontrar la armonía imprescindible entre el componente utópico, necesario como guía, y la acción que requerían las circunstancias de su momento. Europeo por su educación, Hostos hizo de la circunstancia antillana su circunstancia, sin reconocer la distancia entre su ideal para la humanidad, que deseaba ver practicado en las Antillas, y la realidad de la mentalidad colonial antillana y de la situación política española. Su obra se convierte así en una cruzada personal que fracasó en lo político y en sus deseos de transformación social inmediata, pero que, al igual que el krausismo en España, dejó un legado de fuerte repercusión en el campo de la educación.

Hostos nace en Puerto Rico (1839), pero en 1852 viaja a España para seguir primero los estudios de bachillerato en Bilbao, y luego, a partir de 1860, estudios de derecho en la Universidad Central de Madrid. Aquí se identificó con los krausistas y tuvo una actuación notable en el Ateneo. Los efectos de la conquista de América y de su gobierno colonial le llegan en un comienzo a través de los libros; no es una experiencia vivida, ni se trata de una toma de conciencia de liberación personal, sino de una identificación con el otro, con el antillano, con su lugar de nacimiento, y de ahí la posición paternalista que a veces se rastrea en sus obras, de sentirse poseedor de la verdad y predestinado a salvar el destino de las Antillas. En 1873, Hostos nos describe así el proceso: “Raynal, Robertson, de Pradt, Prescoll, Irving, Chevalier, me presentaron a América en el momento de la conquista, y maldije al conquistador. Un viaje a mi patria [1859] me la presentó dominada, y maldije al dominador. Otro viaje posterior [1862], me la presentó tiranizada, y sentí el deseo imperativo de combatir al tirano de mi patria” (Peregrinación 71). Hostos siente tanto más el peso de la realidad y mentalidad colonial cuanto él no lo había vivido en sus años de formación. Es precisamente durante este segundo viaje de 1862, cuando Hostos empieza a identificar su vida con un proyecto de liberación: “El patriotismo, que hasta entonces [1862] había sido sentimiento, se irguió como resuelta voluntad. Pero si mi patria política era la Isla infortunada en que nací, mi patria geográfica estaba en todas las Antillas, sus hermanas ante la geología y la desgracia, y estaba también en la libertad, su redentora” (Peregrinación 71). La libertad, precisamente por ser objetivo de su visión utópica, no podía limitarse a Puerto Rico, había de incluir también a Cuba, en lo que él denominaba la federación de las Antillas. Forja entonces Hostos la necesidad de un proyecto, que poco a poco toma la forma de una novela bajo la estructura de diario, pero que es a la vez una confesión íntima con ropaje romántico y un inconsciente compromiso personal que palidece ante la realidad que viviría después su autor; forja, en fin, una pauta implícita que se convertiría luego en el horizonte vital del hombre Hostos: “¿Cómo decir a la altiva metrópoli, que toda su historia en América era inicua? ¿Cómo hacer entender a las Antillas que, si era bueno todavía esperar, era ya inútil esperar? ¿Cómo conseguir que un libro de propaganda antiespañola se leyera en España y se dejara leer por España en las Antillas?” (Peregrinación 78). Este es el origen de la obra de combate y manifiesto personal del joven Hostos, este es el origen de su libro La peregrinación de Bayoán. Diario recogido por Eugenio María Hostos (1863).

Bayoán en la novela, y Hostos y una vez publicada la novela, se concibe a sí mismo en un proyecto utópico, Hostos no buscaba liberar a las Antillas desde las Antillas, es decir, a partir de su realidad interna, sino a partir de sus ideales para la humanidad, que él proyectaba desde su credo krausista, y que requería liberar a las Antillas de los “antillanos” y de España. De los unos, dice Hostos, porque “no son mis compatriotas los que ven lo que ven, y en vez de cumplir con su deber, se callan […]. No son mis compatriotas los que han ido a otros pueblos a buscar nuevas ideas, y las ahogan; los que han ido a buscar conocimientos, y no los difunden; los que ven la necesidad de la instrucción, y no la piden” (Peregrinación 214). Con los otros, apela igualmente a principios superiores de conciencia: “¿Hay alguien que haya dicho a la metrópoli: Aquí hay hombres, iguales a tus hombres, superiores a ellos, por su interés en la prosperidad de su país, que pueden ser, que deben ser, lo que son los que tú envías, que quieren influir en los destinos de su patria?” (Peregrinación 214). En estas palabras está resumida la trayectoria posterior de Hostos: En 1863 propone como objetivo de la liberación una federación con España en condiciones de igualdad; siente por esos años, como los liberales españoles, que España necesita también ser liberada y confía en ellos y participa en los sucesos españoles como parte de un mismo proceso. En 1869 se siente desilusionado y para 1873, perdida la esperanza en que la solución viniera de España, lucha por la independencia de las Antillas, a la vez que teme la anexión de las mismas por Estados Unidos. A partir de 1870 comienza su experiencia americana y, con ella, una comprensión más directa del legado colonial. Las Antillas, nos dice entonces, “no serán libres aunque sean independientes” (Diario I: 197). A partir de 1870 lleva su magisterio a Perú, Chile, Argentina, Venezuela y especialmente a la República Dominicana, donde funda las primeras Escuelas Normales de Iberoamérica, que luego desarrollará también en Chile y Puerto Rico principalmente. En 1898, desilusionado y marginado, se recoge a su labor educativa: “Porque lo único que veo claro en el presente y futuro de Puerto Rico es la necesidad de una educación metódica omnímoda y para todos, suspiro por volver al trabajo de que depende el porvenir de mi pobre tierra nativa” (España y América 489). Para entonces, como luego veremos, los puertorriqueños habían rechazado su llamado a la independencia y se sentían satisfechos con una situación ambigua de asociación con Estados Unidos.

Pero regresemos de nuevo al presupuesto fundamental que hemos adoptado de López Morillas: “estudiar la evolución de una doctrina [Hostos en nuestro caso] es hacer la historia de su agonía” (67). En 1863, Hostos empieza a formular la razón de su existencia en función de un proyecto: “Por qué me he visto yo obligado a separarme del rincón en que Dios quiso arrojarme, y en donde quiero yo vivir eternamente […]. No me sé contestar: yo sé que hay algo debajo de ese velo que encubre interiormente mis deseos, mis ideas, mis sentimientos: yo sé que anhelo la dicha de mi patria: yo sé que necesita de sus hijos…” (Peregrinación 110). Su compromiso personal queda ya formulado en esta fecha tan temprana, se siente unido a su circunstancia y, con un pensamiento muy moderno, se siente ser únicamente en cuanto lo es en sus circunstancias: “Nada puedo: lo que hay en mí, a pesar de mi orgullo lo confieso, es de ellos [los otros]: las ideas, los pensamientos, la verdad, son una atmósfera, producida por la vida intelectual, como lo es por la vida animal el aire que respiro: envuelto en ella, tengo a mi pesar que respirarla y dar a mi pesar, a mi razón, a mi fantasía, a mi interior, las sombras y la luz, la confusa claridad y las tinieblas que exhala la vida intelectual de los demás […]. Confieso mi impotencia; nada puedo: lo que hay en mí, me viene de los otros” (Peregrinación 189-90).

Puerto Rico, las Antillas, es, pues, el punto focal que da cuerpo y mediante el cual concreta su lucha, pero sus objetivos arrancan de un ideal más abstracto, de un ideal utópico, de la lucha por el avance del ideal para la humanidad. El hombre, añade Hostos, “engrandecido su amor a sus hermanos, los ama por sí mismos, no por sí; busca lo que ve que falta; y aunque ellos no quieren, a pesar de ellos lo busca; y lucha si lo atacan y comprimen, y vencido, es decir, y desgraciado, quiere para la humanidad lo que para sí ha perdido: la lucha le da fuerzas” (Peregrinación 190). Sólo al final de su vida (1899), cuando la realidad se impone al concepto utópico de sus objetivos, reconoce que “propugnar solo por el derecho de todos contra la voluntad de todos, es tarea ineficaz” (Cartas 245). En 1870, sentía todavía que su misión era precisamente esa, la de instigador, la de creador de conciencias: “Me creen demasiado ideólogo para aceptarme en la obra de los prácticos, demasiado sincero para que no crean que sería obstáculo de ambiciosos, demasiado sensible para que no teman que me convierta en conciencia exterior de flemáticos” (Diario I: 204). La angustia de sentirse solo del protagonista de su Peregrinación se ha convertido para 1873 en una angustia personal: “Lo que me pesa sobre todo es mi soledad. Completamente solo para sufrir, para rumiar mi dolor” (Diario II: 53). Habían pasado diez años y un mundo de experiencias (Madrid, París, Nueva York, Santo Domingo, Perú, Chile); sus quejas son ahora desgarradoras: “¡En todas partes y siempre la misma cosa! Estoy condenado a no encontrar justicia” (Diario II: 59). Sus ideas, dominadas por un inmutable concepto utópico de lo que la humanidad debiera ser, se estrellan contra la realidad que combate; no ve por estos años (1873), la necesaria adaptación transformadora de la ideología a las circunstancias y se siente víctima: “He sido siempre el más desgraciado de los hombres forzados a tener enemigos, porque siempre he combatido lealmente con ideas y como la gente es tan ignorante, jamás disciernen la verdad” (Diario II: 69).

Hostos, pues, durante su segundo viaje a Puerto Rico (1862), deseoso de gloria personal, concibe el proyecto de luchar por la libertad de la isla, que por estos años asocia con una federación que garantizara la igualdad con España y escribe Peregrinación de Bayoán. La obra surge con dos objetivos primordiales: por una parte, cree encontrar en el triunfo literario un camino rápido para medrar en el ámbito político, “el libro era necesario como preliminar de ese trabajo”, aunque entonces para él representaba sólo un medio: “Las letras son el oficio de los ociosos o de los que han terminado ya el trabajo de su vida, y yo tenía mucho que trabajar” (Peregrinación 78). Por otra parte, el libro se creo como arma de combate: “Imaginé un plan en el cual estuvieran de tal modo ligadas entre sí las ideas que deseaba exponer, que el fin literario de la obra contribuyera a su objetivo político y social” (Peregrinación 78). Y en él volcó su ideal krausista: “El problema de la patria y de su libertad, el problema de la gloria y del amor, el ideal del matrimonio y de la familia, el ideal del progreso humano y del perfeccionamiento individual, la noción de la verdad y la justicia, la noción de la virtud personal y del bien universal”; pero estas ideas, nos dirá en 1873, con el sabor amargo de la decepción, “no eran para mí meros estímulos intelectuales o afectivos; eran el resultado de toda la actividad de mi razón, de mi corazón y de mi voluntad; eran mi vida. Y como mi vida no tenía conexiones externas con la realidad, sólo perceptible para mí en los movimientos de la historia o de la sociedad que justificaban mi ideal o armonizaban con él, cada encuentro con las realidades brutales era un desencanto, una desilusión, un desengaño” (Peregrinación 69).

La peregrinación de Bayoán, escrita cuando apenas contaba con 23 años de edad, es la profecía de su obra y su vida. Hostos mismo nos dice en el prólogo de 1873, que escribe su obra como un “compromiso de ajustar mi existencia a mis ideas. Cada una de las que vertiera en mi libro había de ser una promesa que yo tenía la obligación de cumplir” (Peregrinación 75). Era también, creía Hostos, un modo de adquirir prestigio, de que su voz se oyera. Yo veía, nos dice en 1873, “que la conquista de un nombre literario es la conquista de un poder. El poder me hacía falta para servir inmediatamente a mi país, olvidado, vejado, escarnecido” (Peregrinación 77). Bayoán,[1] el protagonista de la obra, surge como conciencia reflexiva española: “Quería que Bayoán, personificación de la duda activa, se presentara como juez de la España colonial en las Antillas, y la condenara; que se presentara como intérprete del deseo de las Antillas en España, y lo expresara con la claridad más transparente: ‘las Antillas estarán con España, si hay derechos para ellas; contra España, si continúa la época de dominación’” (Peregrinación 80). El libro, en fin, quería representar “la historia del espíritu del hombre” (Peregrinación 301), aun cuando, como confesión íntima de un sentir, sólo llegara a representar en forma embrionaria, y profética, la historia espiritual de un hombre: “Bajo este aspecto, como bajo otros muchos, estoy en plena situación de Bayoán,” reconoce ya en 1870 (Diario I: 363). Hostos, en efecto, parece proyectarse como imagen especular de su protagonista, que se impone como proyecto de vida: “Allí sacrifiqué mi reputación a mi conciencia, y por ser lo que quería dejé de ser lo que podía” (Diario I: 206). Y los objetivos de Bayoán se convierten en los objetivos que trazan la trayectoria de Hostos; de tal modo es así, que los deseos de aquél, formulados en 1863, podían en 1903 haber servido de epitafio que resumía toda una vida: “Quiero que digan: ‘en esa isla nació un hombre, que amó la verdad, que anhelaba la justicia, que buscaba la ventura de los hombres’” (Peregrinación 112).

La peregrinación de Bayoán refleja algo más que ansia de gloria, algo más que crisis de conciencia, es también el destello agónico de una voluntad incapaz de materializarse en la acción, de la reflexión desenfrenada, de la razón desconectada de la realidad. Es, además, y en ello reside la tensión agónica, la conciencia de ser así y de que su vida tendrá que definirse en un seguir siéndolo: “Y como no sé aplazar”, nos dice en 1870, “y deseo hacerlo todo a un tiempo, concibiendo medios artísticos de verdad, de justicia y de bondad total para fines que, por justos, por verdaderos y por buenos, exigen la extirpación de realidades perversas, inicuas y erróneas, no hago nada” (Diario I: 205). Hostos siente vocación de filósofo, pero rechaza sus implicaciones, como antes había despreciado al literato. En su Diario tiene palabras duras para el filósofo, a quien considera “un solitario, un egoísta de conciencia, que satisfecho con pensar y con sentir las grandes necesidades de su tiempo”, no intenta vivirlas en su vida, ni combatirlas en la acción (Diario I: 207). Intelectualmente se siente heredero del ambiente filosófico en Madrid en la década de los años 60 (“En el Ateneo ha empezado esta crisis de carácter que ahora experimento”, Diario I, 32), pero ya en 1866, antes de la decepción que le trajo la revolución de 1868, se imaginaba diferente; la abstracción filosófica sin voluntad de acción le parecía vacía: “Vi que los más altos, que los que más valían y más valen, tenían una experiencia de convención, comprada en los libros, una moralidad convencional, una falta de originalidad que los igualaba a los más bajos […]. Ellos, los titanes en ciencia y arte, eran liliputienses en carácter” (Diario I: 33). Hostos equiparó la voluntad de acción con la acción misma, y ello le hace afirmar que “la voluntad es todo el hombre social. Si no tienes voluntad, no serás nada, aunque tengas alma de Dios”, por lo que concluye, como objetivo personal: “Tengo que ser hombre en el mundo y para ello necesito voluntad” (Diario I: 36). Y en efecto, Hostos es una voluntad que agoniza al no ser capaz de la acción: “Desde que concebí la idea de la independencia de mi patria, me he propuesto hacerme hombre de acción, a pesar de sentirme hombre de reflexión”, dice en 1873 (Diario II 73). Para 1874, la primera etapa de su actuación había fracasado, como había fracasado también en la política española el ideal krausista. Hostos hace ahora un saldo de su actuación, siempre en el marco de sentirse ser en sus circunstancias:

Ya tengo treinta y cinco años. Ayer fue el sombrío aniversario. Puede ser que nunca haya entrado en un nuevo año de mi vida en condiciones más enojosas y bajo el peso de ideas más negras
He aquí las condiciones: pérdida absoluta de la fe en los hombres y en mí mismo. Horror a la realidad brutal de la vida y desesperanza de poder influir en ella para hacerla mejor […]
He aquí las ideas: a los treinta y cinco años, uno que hubiera tenido un poco más de audacia, de pasión y de amor a sí mismo, hubiera hecho, con mis fuerzas morales e intelectuales, cualquiera que hubiera sido su objetivo en la existencia, todo lo que hubiera querido. Yo estoy tan lejos de haber llegado al fin que me proponía, que ni aún sé lo que quería.  (Diario II: 75)

Su voluntad de acción se rebela ante el fracaso con nuevas soluciones racionales, pues no cuestiona la misión que se ha asignado: “es absolutamente preciso que yo haga lo que pienso y quiero” para las Antillas, por lo que escribe en su Diario que “es absolutamente preciso que yo adquiera la audacia que sólo el hábito de la vida militar puede darme” (Diario II: 81). El planteamiento reflexivo no llega tampoco a la acción y Hostos, identificada su vida con una misión, se siente abatido: “Empero ya que no puedo adquirir las falsas fuerzas de que se necesita para triunfar entre los hombre y de que yo me he desembarazado a sabiendas, es casi imposible que yo llegue a hacer nada” (Diario II: 82).

El prólogo a la segunda edición (1873) de La peregrinación de Bayoán es un documento pivotal para la interpretación de Hostos. Es a la vez un replanteo y una reafirmación, reconoce que cuando lo publicó “por primera vez en Madrid, a fines de 1863, era dos veces niño: una vez, por la edad; otra vez, por la exclusiva idealidad en que vivía” (Peregrinación 68). Este prólogo es un replanteo, en el sentido de que ahora ve la distancia entre el movimiento que pudo inspirar el krausismo y la realidad española, y la delata: “Hay en el mundo demasiados artistas de la palabra, demasiados adoradores de la forma, demasiados espíritus vacíos que sólo a la ley de las proporciones saben obedecer, y yo no quería ser uno de tantos habladores que, en tanto que llenan de palabras sonoras el ámbito en que se mueven, son radicalmente incapaces de realizar lo que más falta hace en el mundo: hombres lógicos” (Peregrinación 75). Pero al mismo tiempo, este prólogo a la segunda edición supone una reafirmación en sus principios krausistas, a la vez que reitera su concepto de “voluntad de acción”. “Hombre lógico” es para Hostos “hombre completo”, usa ambas expresiones como sinónimas. Y para él, “ser hombre lógico, no es ideal inaccesible, no es empeño inútil, no es tarea imposible, puesto que el hombre tiene en sí mismo todos los medios intelectuales y morales que necesita para pasar normalmente del imaginar y del sentir al razonar lo imaginado y lo sentido para realizarlo; del realizar al armonizar sus facultades, sometiendo toda su vida a su conciencia” (Peregrinación 76). Hostos, como haría después Galdós, critica el racionalismo armónico que no lleva a la acción, pero su “razonar para realizar”, como ejemplificó con su propia vida, tampoco llevaba necesariamente a la acción. Su “voluntad” apunta a la “acción”, pero se queda en la razón: “Luchemos, pues, pero luchemos con todas nuestras fuerzas, con razón que dirija la voluntad y el sentimiento, con voluntad que secunde a la razón y al sentimiento, con sentimiento que armonice razón y voluntad” (Diario I:125). Aun cuando ideológicamente Hostos evolucionó a partir de la década de los años 70 hacia un krausopositivismo, los principios fundamentales de su pensamiento permanecen enraizados en el krausismo, tanto en su comportamiento personal (“sigue tu camino siempre que sean la justicia y la razón quienes te escolten”, Diario I:135), como en sus deseos para la sociedad (“mejor sería para la ambición de gloria el formar una provincia a imagen y semejanza de las doctrinas racionales de gobierno, que gobernar una nación”, Cartas 239).

En 1863, sin embargo, al escribir La peregrinación de Bayoán, Hostos participa del optimismo de los intelectuales krausistas. De ahí su posición política en defensa de una federación de las Antillas o su denuncia de la esclavitud, de ahí también su actividad en el Ateneo y en la prensa española. Desde la abstracción racionalista, los medios para conseguir la libertad de las Antillas eran unívocos: “España tiranizadora de Puerto Rico y Cuba, estaba también tiranizada. Si la metrópoli se libertaba de sus déspotas ¿no libertaría de su destino a las Antillas? Trabajar en España por la libertad ¿no era trabajar por la libertad de las Antillas? Y si la libertad no es más que la práctica de la razón y la razón es un instrumento, y nada más, de la verdad ¿no era trabajar por la libertad el emplear la razón para decir a España la verdad?” (Peregrinación 71-72). Hizo así depender sus objetivos de libertad para las Antillas “de la posibilidad de un cambio de política interior y colonial en España”; y añade Hostos, “yo lo acogía de antemano con fervor y predicaba la fraternidad de América con España, y hasta enunciaba la idea de la federación con las Antillas” (Peregrinación 80). En enero de 1868, le escribe a Salmerón una carta que ejemplifica estos años de euforia: “Ya que nos prohiben ser hombre a la luz del día, seamos hombres a la luz de la conciencia […]. Todos los que pensamos por nosotros mismos somos perseguidos en Vdes.: menguados de nosotros si no viéramos en esa persecución de la impotencia poderosa el triunfo de nuestra causa, que es la causa invencible del hombre universal” (Cartas 11-12). Su fe en lo que él creía la nueva España era profunda. Si el partido progresista, nos dice en 1866, “llega a las regiones del poder, ese día dará a Cuba y Puerto Rico todas las reformas políticas y administrativas necesarias para que se unifiquen con la metrópoli” (España y América 172). Todavía al comienzo de la República, durante su estancia en Chile, pensaba que “los hombres que hoy disponen del porvenir de aquel país no pueden ser en Cuba y Puerto Rico enemigos del derecho que reivindican para todas y cada una de las provincias españolas” (Cartas 38). Para finales de 1873, fecha en que escribe el prólogo a la segunda edición de Peregrinación, está ya completamente decepcionado: “Hoy, 1873, me arrepiento de haber soñado en 1863. Era niño y soñaba. España era radicalmente incapaz de realizar aquel sueño” (peregrinación 106). Personalmente ahora le queda, nos dice Hostos de su experiencia española, “el martirio de haber perdido el tiempo” (Peregrinación 288). En 1869 Hostos había perdido toda esperanza de que la libertad de las Antillas se pudiera conseguir desde España y parte para Nueva York, para iniciar ahora su etapa iberoamericana.

II
Por la libertad de las Antillas

El concepto de libertad en Hostos no tiene una connotación política determinada. Hace referencia a un estado de dignidad del puertorriqueño, según su visión utópica de los ideales para la humanidad. Las circunstancias fueron luego determinando la filiación política bajo la cual Hostos creía que se podría lograr dicha libertad: hasta 1869 lucha por una federación con España (aunque decepcionado, hasta 1873 la cree todavía posible); De 1873 a 1898, lucha por la independencia política a través de una federación de las Antillas (sabe que en Puerto Rico no comparten su opinión, pero sueña con conseguirla); a partir de 1898, aunque no la acepta y prefiere el exilio, reconoce que una solución sería la anexión a los Estados Unidos con todos los derechos de un nuevo estado.

Independiente de que fuera del campo educativo Hostos nunca llegara a materializar su voluntad de acción, toda su vida, su constante lucha agónica, converge en el hecho de no poder (o no querer) aceptar la distancia que la sociedad le imponía entre el ideal sentido y su realidad circundante. Su viaje a Puerto Rico en 1862 marca un jalón decisivo en la vida de Hostos. Su educación era española y su formación ideológica krausista. Pero el racionalismo armónico no era para Hostos una abstracción idealista; desde el comienzo lo interpretó como un objetivo para la acción. En 1862 las ideas chocaron con la realidad puertorriqueña: por un lado, la mentalidad colonial de la población de ascendencia española, y por el otro, la persistencia de la esclavitud de la mayor parte de la población de ascendencia africana. Su formación y sus ideales entran en conflicto con la realidad que ve. Forja entonces el proyecto de liberar a Puerto Rico de la esclavitud y de su condición de colonia.

Hostos cree que, “es imposible que el siglo XIX legue al XX la infame herencia de la esclavitud doméstica; es imposible que España, el pueblo más tenazmente creyente que hay en el mundo civilizado, creyendo que el catolicismo vino a romper las cadenas del esclavo, consienta en dar un mentís a su creencia” (España y América 275). La esclavitud es un cargo de conciencia, y la conciencia demanda, nos dice Hostos, que se le dé al “esclavo la dignidad de su naturaleza de hombre; que [se le] devuelva al trabajo su nobleza; que restituya a la justicia humana su igualdad esencial” (España y América 277). En 1873, reconoce también en esto su fracaso, porque no hay uno solo entre los políticos españoles, nos dice Hostos, “que tenga el carácter, la alteza de carácter necesaria para oponer enérgica resolución a la ignorancia popular y actos categóricos a los explotadores que en las Antillas viven de la esclavitud” (España y América 300). La liberación de los esclavos, cree ahora con acierto que no llegará por iniciativa española, sino por la presión política internacional.

Hostos veía la necesidad de la abolición como paso previo para unas Antillas libres, para que pudieran pasar a ser una provincia más de España. Por ello despliega su lucha, por estos años de la década de los sesenta, en los dos frentes: el puertorriqueño y el español. A los puertorriqueños instiga que “en vez de bajar la cabeza y sufrir, pedid al pueblo, cuyo hermano sois, que os dé lo que tienen sus hijos; sus derechos civiles y políticos; la administración de justicia; la intervención en los negocios públicos” (Peregrinación 215). En 1866, en polémica con los conservadores cubanos, dice categóricamente: “Lo que deseamos es que Cuba y Puerto Rico sean partes integrantes de la Monarquía” (España y América 169). Y aprovecha la crítica situación económica en 1868, para reafirmar “que para que estos intereses puedan salvarse completamente es indispensable que Cuba y Puerto Rico sean provincias españolas, que tengan la Constitución de la Monarquía” (España y América 170). Todavía en febrero de 1868, confiando en la revolución española que ve acercarse, se defiende de que “la mala fe, secundada por el patriotismo ciego, ha dicho que queríamos la independencia de las Islas, es decir, lo contrario de lo que dice la declaración” (Cartas 18). En diciembre de 1869, ya fuera de España y decepcionado, comienza a ver la necesidad de que las Antillas tomen su destino en sus propias manos: “Me vuelvo con ánimo tranquilo hacia la revolución, único medio de salvarlo todo, patria e individuos, presente y porvenir” (Diario I: 184).

Para diciembre de 1873, rompe definitivamente con España: “Si Puerto rico confió en la República española, ya no tiene posibilidad de confiar” (Cartas 46). Hostos ha descubierto la dimensión americana de las Antillas; su liberación se convierte ahora en una etapa más de la liberación iberoamericana, lo considera el remate necesario al proceso de liberación que comienza con la conquista misma, que se define en 1810 como independencia política, pero que no culminará mientras las Antillas no sean libres: “Redención de las Antillas y porvenir de la América Latina son hechos idénticos” (Cartas 44). La redención, la libertad, ya lo vimos, son en Hostos objetivos que se forjan en su ideal utópico para la humanidad. Por ello no comprende las luchas internas entre los exiliados antillanos y se siente sólo: “Yo no quiero establecer luchas entre fines que son para mí y serán siempre idénticos. Quiero la independencia de Cuba y Puerto Rico como necesidades de la justicia y de la libertad, y en bien del porvenir de los neolatinos en nuestro Continente: por esos dos fines trabajo, me afano y me sacrifico” (Cartas 59).

Previene también contra el peligro que implica para Puerto Rico los intereses mezquinos regionales. El 8 de junio de 1874 escribe en su diario que “la independencia de Puerto Rico será imposible un día después de la de Cuba. Sería una vergüenza si nos la hicieran extranjeros. Sería un gran peligro para el porvenir si nos la hicieran los cubanos” (Diario II: 103). Hostos está en Chile cuando se inicia en 1895 la fase final, lo reconoce así y ve el peligro que ello implica para Puerto Rico. Vuelve ahora a reafirmar la necesidad de una confederación de las Antillas: “Si no me engaño, ha sonado la hora de un movimiento general, y es necesario, o secundarlo, o producirlo, a fin: primero, de libertar a Santo Domingo [de la dictadura de Hereaux] e independizar a Cuba y Puerto Rico; segundo, de combatir la influencia anexionista [a Estados Unidos]; tercero, de propagar la idea de la Confederación de las Antillas” (Cartas 160-161). Y en una carta profética del 6 de noviembre de 1895 (donde predice que Santo domingo será su “residencia final y sepultura”), Hostos anuncia que la libertad de Puerto Rico sólo será posible bajo una federación con la República Dominicana: “Es tan esencial la libertad de Quisqueya [R. Dominicana] para la independencia de Cuba y Puerto Rico, que si acaso la de Cuba sobreviene sin ella, lo que es la de Puerto Rico y la Confederación, no” (Cartas 161). Aun cuando la historia ha corroborado los temores de Hostos, su concepto de federación no surgía de la realidad Antillana, sino de su formación ideológica y de su fe en el progreso de la humanidad. Pienso, nos dice en 1870, que “es necesario que América complete la civilización, sirviendo a estas dos ideas: unidad de la libertad por la federación de las naciones; unidad de las razas por la fusión de todas ellas” (Diario I: 284).

Una de las notas más constantes en la obra de Hostos es su insistente exhortación a lo que él consideraba los peligros de la anexión de la Isla por Estados Unidos. Este es el temor implícito cuando en 1866 nos decía que “si aunamos todos nuestros esfuerzos, habremos salvado la honra de España, salvando a Cuba y Puerto Rico de los peligros que hace tiempo les están amenazando” (España y América 175-76). En febrero de 1868 señala explícitamente que “el régimen actual nos lleva inevitablemente a la anexión” (Cartas 211). La falta de una solución desde España a la problemática de las Antillas, crea en la mente de Hostos, ya en enero de 1870, una doble opción para él igualmente inaceptable: “Española o anexionada son dos eventualidades igualmente contrarias a mi pensamiento […] la continuación de Puerto Rico en manos de España o su anexión a los Estados Unidos me dolería en los vacíos más tenues y más hondos de mi alma” (Diario I: 211). En 1874 presiente ya que se “acabará en ella” (Diario II: 111). El peligro que vislumbraba Hostos, no se debía tanto a la posible política expansionista de Estados Unidos, cuanto a la actitud de los habitantes de Puerto Rico. Al filo de la invasión de Estados Unidos, declarada ya la guerra con España, Hostos cree que el “Gobierno americano, al resolver, tomará en cuenta la voluntad de la Isla” (Cartas 197); pero cree también que “apenas habrá posibilidad de que el plebiscito […] diera otro resultado que el de una abrumadora mayoría anexionista” (Diario : 329). El 11 de septiembre de 1898, una vez consumada la derrota española, Hostos escribe en su Diario, durante el viaje de regreso a Puerto Rico, que “a la mayor parte de los que van conmigo les parece la cosa más natural del mundo que los norteamericanos se hayan apoderado de ella [Puerto Rico], y hasta hay quien considera insensatez el intentar, como intento, inducir a mis compatriotas a pedir el plebiscito” (Diario II: 343). Para 1899, Hostos se siente de nuevo sólo; su actuación política no responde a la realidad de la Isla, y fracasa: “Aunque me cueste mucho reconocerlo, los puertorriqueños no piensan siquiera en la necesidad de defender la entidad patria; tan conformes están con la anexión” (Cartas 241). Se siente extraño en su patria y decide por el exilio: “Si yo no fuera tan incompatible como soy con el anexionismo aquí imperante, de aquí no saldría en el resto de mi vida” (Cartas 236). Pero los cambios se suceden con rapidez y antes de dejar la isla, Hostos se siente de nuevo decepcionado. Surge una tercera opción, más desgarradora que las anteriores para Hostos, pues consiste en una falta de decisión, y siente que los puertorriqueños caminan hacia ella. En vísperas de su exilio da los siguientes consejos a un joven puertorriqueño: “pues decídase a una de las dos únicas cosas que puede y debe hoy hacer un puertorriqueño de bien: o trabaje por conseguir que Puerto Rico tenga en los Estados Unidos quien declare de continuo que quiere un gobierno temporal [para la independencia], o trabaje por la más pronta declaración de Estado” (Cartas 247).

Tanto en su comportamiento individual como en sus escritos y acción política, Hostos reconoce la ineludible realidad de la América de su tiempo únicamente en función del fracaso de sus iniciativas. Su concepto utópico para las Antillas, para Iberoamérica, en lugar de ser guía para su lucha, se convierte en Hostos en el objetivo ante el cual juzga luego el desarrollo americano y su propia participación, y como no dan la medida, se siente fracasado. Ahora es América y los americanos y el legado colonial el blanco de su crítica. En sus mejores ensayos hay siempre una mezcla de idealismo, de esperanza, y de crítica y temor de que el legado colonial impida que América se realice. Sus prolongadas estancias en Perú, Chile, Argentina, Venezuela, República Dominicana, Nueva York, siempre terminan en decepción, en un sentimiento de fracaso, de soledad, de pérdida de fe en el ser humano: “Mientras más pienso en ello, más razones encuentro para tomar una actitud resuelta. En primer lugar, toda mi alma se levanta contra estos hombres, estos gobiernos, estos pueblos, esta opinión corrompida del mundo” (Diario II: 80). Argentina también le defrauda, encuentra que “la gente está completamente europeizada” (Diario II:67). Además, coincidiendo con la posición de José Martí en “Nuestra América”, Hostos juzga las luchas o tensiones que mantienen los países iberoamericanos entre sí, como pugnas mezquinas que distraen de lo que debiera ser una unidad iberoamericana: “con los rumores de guerra [entre Chile y Argentina] han acabado de disgustarme estos países, que no tienen ojos más que para sus rivalidades insensatas”, que él considera “un desvío del deber” (Cartas 189). Incluso afirma que los exiliados cubanos y puertorriqueños en Nueva York “no son más que colonos disgustados” (Diario I:201). Su visión utópica se estrella una y otra vez contra la realidad de la circunstancia iberoamericana, y aunque reconoce la fuerza del legado colonial, nunca llega a contar con él en sus acciones o propuestas; todavía en 1898, nos dice que está “mirando con nuevo asombro las perdurables vejeces de la herencia española, tan útiles de analizar para los que van por primera vez a tener patria cuanto dolorosas de sufrir cuando se experimenta en carne viva sus efectos” (Cartas 195). 

Iniciamos este estudio con dos citas de López Morillas que nos sirvieron de presupuestos fundamentales en nuestra aproximación a la obra de Eugenio María de Hostos. La primera (“las doctrinas, lo mismo que los individuos y los pueblos, viven agónicamente, en incesante conflicto, no sólo entre ser y no ser, sino entre ser y querer ser siempre”), explica el sacrificio de una vida a un ideal; la segunda (“lo único que no se aparta de su intención primera es la utopía, y ello no es extraño, porque la utopía es cabalmente lo que no puede anclarse en la realidad”), establece las razones por las que Hostos fracasó en su intento: la historia política de Puerto Rico se puede escribir, y de hecho se escribe, sin necesidad de citar el nombre de Hostos. Por otra parte, Hostos que creía que “las letras son oficio de los ociosos” y que rechazaba la abstracción del filósofo, pasa a la posteridad como uno de los pensadores iberoamericanos más lúcidos del siglo XIX, y uno de sus ensayistas representativos.

José Luis Gómez-Martínez
The University of Georgia, 1999

Obras citadas

  • Hostos, Eugenio María de. La peregrinación de Bayoán. Diario recogido por Eugenio María de Hostos. Obras completas. Vol. I. Puerto Rico: Ediciones del Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1988.

  • _____. Cartas. Obras completas. Vol. IV. La Habana: Cultural, 1939.

  • _____. Diario I. Obras completas. Vol. I. La Habana: Cultural, 1939.

  • _____. Diario II. Obras completas. Vol. II. La Habana: Cultural, 1939.

  • _____. España y América. Obras completas. París: Ediciones literarias, 1954.

  • López Morillas, Juan. El krausismo español. Perfil de una aventura intelectual. México: Fondo de Cultura Económica, 1956.

[1] La peregrinación de Bayoán es una obra de tesis, una obra de ideas, y como tal, posee una fuerte carga simbólica. Bayoán hace referencia, nos dice Hostos, al “nombre del primer indígena de Borinquen [Puerto Rico] que dudó de la inmortalidad de los españoles” (99). Guarionex es el nombre del cacique más poderoso de Haití a la llegada de Colón. “Estos tres nombres: Guarionex, Bayoán, Marién, representan en este libro la unión de las tres grandes Antillas, Santo Domingo, Puerto Rico y Cuba” (99).

Fuente: José Luis Gómez-Martínez. “Hacia el 98: Hostos ante España y las Antillas.” Roberto Albares, Antonio Heredia y Ricardo Piñero, editores. Filosofía hipánica contemporánea: El 98. Salamanca: Universidad de Salamanca, 2001. Pp. 359-373.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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