Repertorio de Ensayistas y Filósofos


1. Eugenio María de Hostos y su idea dominante:
Esbozo biográfico
 

Roberto Gutiérrez Laboy
Universidad de Puerto Rico

Sin lugar a dudas, Eugenio María de Hostos fue un “peregrino del ideal” como tantas veces se le ha llamado. Su vida transcurre en la mayor parte de las repúblicas iberoamericanas así como en España, Francia y Estados Unidos. Cabe señalar que en cada una de esas naciones imprimió su huella al realizar actividades literarias y políticas en pos de su “idea dominante”: la consecución de la independencia de las últimas posesiones ultramarinas españolas, Puerto Rico y Cuba. Más aún, su vida fue un “vivir peregrinante en confesión” como acertadamente la ha catalogado el historiador de las letras puertorriqueñas Francisco Manrique Cabrera. En su obra, que cubre casi todas las ramas del saber humano, se puede observar, como una constante, ese ideal que he señalado. El propio Hostos es consciente de ello cuando apunta en su diario: “Yo que me he ufanado de las derrotas que he sufrido en mi vida, pues una vida no es fuerte sino cuando se ha consagrado a conquistar su ideal por sencillo que sea.” No obstante, tal vez sean más reveladoras sus expresiones al respecto cuando en uno de sus escritos más celebrados, “En la tumba de Segundo Ruiz Belvis”, consigna:

Estoy solo con mi idea dominante. Ella es la que me sostiene en mis postraciones, la que me empuja hacia delante, la que apaga en su fuego inextinguible mis lágrimas secretas, la que me hace superior a la soledad, a la tristeza, a la pobreza, a las calumnias, a las emulaciones, al desdén y al olvido de los míos, al rencor y a los insultos de nuestros enemigos. Ella es mi patria, mi familia, mi desposada, mi único amigo, mi único auxiliar, mi único amparo, mi fe, mi esperanza, mi amor, mi fortaleza. Ella es la que me señala en Puerto Rico mi deber; la que me indica en Cuba mi estímulo, la que me muestra la gran patria del porvenir en toda la América Latina… (Obras Completas, XIV, 7, énfasis mío)

Eugenio María de Hostos nació el 11 de enero de 1839 en el barrio Río Cañas de Mayagüez, ciudad ubicada en la costa suroeste de Puerto Rico. Realizó sus estudios primarios en el Liceo de San Juan de esa ciudad. Posteriormente, en 1852, es enviado por sus padres a Bilbao, España, en cuyo Instituto de Segunda Enseñanza obtuvo el bachillerato. Luego se traslada a Madrid (1858) e ingresa a la Universidad Central –hoy Complutense- en donde se matricula en las facultades de Derecho y Filosofía y Letras. Allí tendrá como uno de sus más queridos profesores a don Julián Sanz del Río, ilustre filósofo que introduce y promueve el krausismo en España. Sus compañeros serán los que eventualmente descollaran como los máximos dirigentes intelectuales y políticos de la España decimonónica.

Sobre esta etapa de la vida de Hostos recuerda su más importante biógrafo:

Eugenio María de Hostos, compañero y amigo de aquella brillante juventud española que contaba entre sus hijos más preclaros a Giner de los Ríos, Salmerón, Azcárate, Castelar, Pi y Margall, Ruiz Zorrilla, Valera, Leopoldo Alas, etcétera, sostuvo con tesonero entusiasmo las ideas liberales de esa época, y con su pluma y su palabra ayudó eficazmente al triunfo de los principios republicanos. (Pedreira, Hostos, ciudadano de América, 8)

Sin embargo, Hostos no concluye su carrera, puesto que, como él mismo confiesa, se desilusiona con los métodos pedagógicos de la época (se ha señalado también que no terminó sus estudios universitarios por no querer recibir un título de un gobierno monárquico); época de desasosiego político y social que desembocará en el derrocamiento de la reina Isabel II. Hostos aprovecha ese suceso para, junto a otros compatriotas, luchar en la prensa y en el Ateneo de Madrid por la autonomía política y la liberación de los esclavos de Puerto Rico y Cuba y por la instauración de la República en España.

El prócer puertorriqueño colabora con numerosos artículos en periódicos catalanes y madrileños, además de escribir su primera obra, La peregrinación de Bayoán (1863). Sugestiva novela romántica de fondo socio-político en la que se perfila al futuro combatiente.

A partir de entonces, Hostos, se da a conocer por su gran liderazgo y potencia intelectual. El filósofo caribeño había decidido participar en la campaña republicana española porque había acordado con los dirigentes políticos peninsulares que una vez se estableciera ésta se le otorgaría la autonomía a Puerto Rico y Cuba. Sin embargo, cuando por fin triunfa la causa republicana las promesas no se cumplen, aunque se le ofrece la gobernación de Barcelona. Hostos comprende que en esas tierras no lograría su anhelado sueño y decide salir de España.

En 1869 se marcha a París con el firme propósito de consagrarse a luchar por el bien económico, político, social y, sobre todo, educativo de la América Latina. Esa será su meta por el resto de su vida, no obstante sobresalir brillantemente como pensador, escritor, educador y sociólogo. Facetas que se pueden apreciar en obras tales como: Moral social, Lecciones de derecho constitucional, Tratado de lógica, Geografía evolutiva y Tratado de sociología.

Hostos inicia en Nueva York (1870) su propaganda por la emancipación de Puerto Rico y Cuba, y por la unión y progreso latinoamericano. “Odisea”, según el decir de Pedreira, que lo lleva desde España a París, Nueva York, Colombia, Panamá, Perú, Chile, Argentina, Brasil, Venezuela, Saint Thomas, República Dominicana, Cuba y Puerto Rico.

El sentir patriótico de Hostos por la América nuestra lo visualiza Pedreira de la siguiente manera, “ciudadano de América, su patriotismo no tenía fronteras ni limitaciones nacionales que pudieran empequeñecerlo” (14). Hostos mismo solía decir que “cosmopolita es el patriota en toda patria”. Como deseaba Simón Bolívar, Hostos buscaba la unificación de Latinoamérica, esto es, el panamericanismo. Idea que seguirán predicando prohombres de la talla del uruguayo José Enrique Rodó y los mexicanos José Vasconcelos y Alfonso Reyes, entre otros muchos. Sin lugar a dudas, el puertorriqueño buscaba forjar un pensamiento común latinoamericano.

Al visitar cualquier país latinoamericano se identificaba con los problemas locales y luchaba por resolverlos. Además, sostenía que el porvenir de América estaba en la fusión de razas y que el mestizo era la esperanza del progreso. Atribuía el fracaso de España en América al olvido del indígena, a la malversación de las riquezas, a la injusta división de clases, al despotismo y a la desproporción excesiva entre ricos y pobres.

Ahora bien, no obstante la obra continental hostosiana, su sueño primordial consistía en la Confederación Antillana, una vez éstas alcanzaran su libertad política. Es por ello que el gran pensador dominicano Pedro Henríquez Ureña señaló que Hostos:

…prefirió, a un porvenir seguro de triunfos y de universal renombre, el obscuro pero redentor trabajo en pro de la tierra americana, y se lanzó a laborar por la independencia de Cuba, por la dignificación de Puerto Rico, por la educación de Santo Domingo. (“La sociología de Hostos”, 149)

Indiscutiblemente, Hostos fue ante todo un antillano. Su idea de la Confederación Antillana comprendía la creación de estrechos lazos entre las antillas hispanas –Cuba, República Dominicana y Puerto Rico- con el propósito de fortalecerlas y luchar por el bien común y poder salir de su condición colonial. Estas ideas eran compartidas con otros puertorriqueños como Ramón Emeterio Betances y Segundo Ruiz Belvis.

El método que empleará Hostos para alcanzar su ideal será la educación, puesto que él era esencialmente un maestro y pensaba que solamente a través de la pedagogía se podría redimir a los pueblos latinoamericanos. Lo que realizará ya fuera desde las aulas, ya fuera con su pluma. Hostos se expresaba sobre el particular de la siguiente manera:

Todos nuestros pueblos de origen latino en el continente americano, arrastrados por la corriente tradicional que seguían las viejas nacionalidades, se han imbuido en un sistema de pensamiento que, como prestado, no sirve al cuerpo de nuestras sociedades juveniles.

Han ellos menester un orden intelectual que corresponda a la fuerza de su edad, a la elasticidad de su régimen jurídico, a la extensión de horizontes que tienen por delante, a la potencia del ideal que los dirige…(OC, XII, 164-165)

Camila Henríquez Ureña, estudiosa y discípula de Hostos, señaló al respecto que:

Para condensar en breves palabras los resultados de la labor pedagógica de Hostos, diremos que la medida de su importancia la da el alcance social que tuvo. En el tiempo realmente breve que pasó el educador en los países en que ejerció el magisterio su obra dejó huellas indelebles, sembró simientes fecundas. En Chile su recuerdo es venerado como el de un reformador de la enseñanza. A la República Dominicana la puso en el camino del progreso no sólo haciendo disminuir la ignorancia, sino elevando las condiciones morales y sociales, exponiendo al pueblo el significado de sus derechos y sus deberes. (Las ideas pedagógicas, 172)

De allí ese peregrinar hostosiano al que me referí antes y por eso lo vemos en Nueva York cuando ofrece sus servicios a la Junta Patriótica Cubana, ya que pensaba que la liberación de la hermana república cubana sería la salvación de Puerto Rico. Fue, entonces, nombrado director de La Revolución, periódico que servía de órgano a la Junta. Empero, al comprender que en la Junta, en el momento que Hostos llegó a ella, no había verdaderos revolucionarios sino colonos disgustados con más odios que principios morales, que más que la independencia de Cuba buscaban su anexión a Estados Unidos, decide apartarse de ellos. Mas, cuando la Junta Patriótica Cubana rechaza la anexión como posible solución al problema político cubano, se integra nuevamente a laborar con ellos.

El 4 de octubre de 1870, embarca, en Nueva York, con rumbo hacia Lima, Perú. Antes llega a Cartagena, Colombia en donde funda la Sociedad de Inmigración Antillana. En 1871, estando en Lima, funda las sociedades de Auxilio a Cuba y la de Amantes del Saber. Ésta última con el fin de cooperar en el desarrollo de la instrucción primaria y secundaria de su país huésped. También allí levantó su voz contra la explotación que sufrían los numerosos trabajadores chinos.

En diciembre de ese mismo año, se dirige a Chile y permanece allí hasta el 1873. Primero trabaja en la redacción del periódico La Patria de Valparaíso. Luego se traslada a la capital, Santiago, en donde escribe sus obras: La reseña histórica de Puerto Rico, la biografía Plácido, sobre el gran poeta cubano, su importante ensayo Hamlet, que fue traducido al inglés bajo el patrocinio de la Universidad de Harvard, y da allí su aclamado discurso sobre La enseñanza científica de la mujer, en el cual propone una innovación al sistema educativo chileno que hasta entonces no permitía el ingreso de mujeres a las aulas universitarias, lo que valió que las primeras chilenas egresadas de la Universidad le dedicaran sus tesis de grado en agradecimiento a sus gestiones.

El 29 de septiembre de 1873 marcha a Buenos Aires, hasta donde su prestigio se había extendido. Es recibido con gran entusiasmo. Abundan las ofertas de empleo y trabaja en uno de sus diarios. En diciembre de 1874, el rector de la Universidad de Buenos Aires, don Vicente F. López, le ofrece la cátedra de filosofía o la de literatura. Sin embargo, Hostos en respuesta le envía una carta rechazando tan tentadora oferta porque “yo he venido –le decía- a la América Latina con el fin de trabajar con una idea. Todo lo que de ella me separe, me separa del objeto de mi vida” (OC, II, 85). Durante ese período de tiempo publica una serie de artículos en la prensa en los que se exponía la importancia de unir a Chile y a la Argentina por medio de un ferrocarril trans-andino. Esto se hará una realidad. Por ese motivo la primera locomotora transandina de la Argentina llevó su nombre.

Poco después, sale con rumbo a Brasil. Allí se entera de que en Nueva York se preparaba una expedición cuyo objetivo sería iniciar la revolución en Cuba. Decide, entonces, regresar a la urbe neoyorquina. Llega allá en abril de 1874, después de permanecer varios días en Saint Thomas. En Nueva York, se enfrenta nuevamente a las desavenencias entre los patriotas cubanos, no obstante ponerse a la disposición de ellos.

En esa metrópoli, Hostos sufre gran miseria al punto que, según propia confesión, pasó muchos días sin otro alimento que agua de tamarindo. Por fin consigue trabajo. Da clases de francés a la vez que hace traducciones para la editorial Appleton.

El 30 de abril de 1875 ya estaba lista la expedición armada que se dirigiría a Cuba bajo el mando del general Francisco Vicente Aguilera. Hostos va en ella lleno de ilusiones, puesto que finalmente podrá luchar por la libertad. Mas, el “Charles Miller” era un barco tan viejo e inservible que dos días después se ven forzados a anclar en Newport, Rhode Island. La decepción fue tan grande que Hostos decide regresar a tierras latinoamericanas.

Entre 1875 a 1876 lo encontramos en Puerto Plata, República Dominicana. Junto a algunos dominicanos solía reunirse en la casa del general Gregorio Luperón y es allí donde, por vez primera, comenta la necesidad de organizar una Escuela Normal.

Regresa a Nueva York en 1876 para, poco después, dirigirse hacia Venezuela. Era la época del régimen de Antonio Guzmán Blanco. Trabaja, primero, como subdirector del Colegio de la Paz, luego como rector del Colegio Nacional de Asunción, y más tarde como profesor en el Instituto Comercial. En Caracas, contrae matrimonio con la cubana Belinda Otilia de Ayala. La madrina de la boda, oficiada por el arzobispo Ponte, fue la patriota y poeta puertorriqueña Lola Rodríguez de Tio.

En 1879, va a Santo Domingo y al año siguiente inaugura la Escuela Normal, la cual dirigirá hasta el 1888. También se desempeña como catedrático de derecho constitucional, internacional y penal, de economía política y de moral social en el Instituto Profesional de la Universidad de la ciudad primada. En 1881, funda otra Escuela Normal en Santiago de los Caballeros. Justamente en 1888, el presidente de Chile, José Manuel Balmaceda, le solicita a Hostos su ayuda en la reforma de la enseñanza de aquel país. El filósofo puertorriqueño no puede negarse ante semejante reconocimiento y embarca hacia Chile ha realizar la encomienda que se le pedía. Además, realiza otras funciones: rector del Liceo de Chillán (1889), rector del Liceo Miguel Luis Amunátegui de Santiago (1890-1898) y profesor en la Universidad de Santiago.

Después de realizada su fecunda labor educativa en Chile y previendo la guerra hispano-norteamericana, Hostos renuncia al rectorado y regresa a Nueva York con el objetivo de velar por los derechos de las Antillas y ofrecer sus servicios al Partido Revolucionario Cubano, del cual era delegado en Chile. Llegó a Nueva York el 16 de julio de 1898. Dos días después la marina de guerra norteamericana sale de Santiago de Cuba con el propósito de invadir a Puerto Rico. Ese suceso alarma a Hostos, puesto que aunque hacía muchos años que había salido de su patria sus esfuerzos siempre estuvieron encaminados en pos de su liberación.

Ante la inminente invasión, una delegación puertorriqueña, que creía en la buena voluntad del gobierno de Washington, le pide a las autoridades norteamericanas que le permitiera aompañar a lo que se creyó, erróneamente, que sería un ejército libertador, como lo había sido en Cuba. La petición fue denegada. El 25 de julio, mientras un grupo de patriotas puertorriqueños integrados por Hostos, Manuel Zeno Gandía, Julio J. Henna y Roberto H. Todd se dirigían a la capital estadounidense para entrevistarse con el Secretario de Estado y el presidente McKinley, el general Nelson R. Miles ocupa militarmente a Puerto Rico.

A partir de entonces, las circunstancias políticas tomarán un nuevo giro para Hostos. Como gran conocedor del derecho internacional se ampara en él como único medio para conseguir justicia. En un manifiesto que se publica en la época escribe Hostos:

Ejerciendo nuestro derecho natural de hombres, que no podemos ser tratados como cosas; ejerciendo nuestro derecho de ciudadanos accidentales de la Unión Americana, que no pueden ser compelidos contra su voluntad a ser o no ser lo que no quieren ser, iremos al plebiscito. En los Estados Unidos no hay autoridad, ni fuerza, ni poder, ni voluntad que sea capaz de imponer a un pueblo la vergüenza de una anexión llevada a cabo por la violencia de las armas, sin que maquine contra la civilización más completa que hay actualmente entre los hombres, la ignominia de emplear la conquista para domeñar las almas. (OC, V, 8-9)

Haciendo hincapié en una frase del presidente Mckinley de que “una anexión forzada es una agresión criminal”, convocó a los miembros dispersos del disuelto Partido Revolucionario Cubano, sección de Puerto Rico y organizó en Nueva York la Liga de Patriotas Puertorriqueños. Su objetivo era que trabajasen en conjunto para salvar a Puerto Rico de la catástrofe que preveía.

Poco después regresa a su Isla de donde había estado ausente por más de 35 años, pero a quien amaba y conocía como pocos. Inició, entonces, una intensa labor con el fin de despertar el espíritu de sus compatriotas para que reclamaran en aquel momento histórico su independencia nacional. Sin embargo, sus intentos fueron vanos. El gobierno estadounidense había decidido retener el territorio que había obtenido de España como botín de guerra por virtud del Tratado de París. Además, el pueblo borincano no respondió al pedido hostosiano, ya que creía que a partir de entonces podría desfrutar de libertades que no había tenido con los españoles.

Decepcionado y triste y alegando que no podría vivir en un territorio prisionero, se marcha de su patria para nunca más volver. Se establece en Santo Domingo en donde perece cuatro años después, el 8 de noviembre de 1903. Pedro Henríquez Ureña nos narra los últimos años de Hostos en los siguientes términos, “Volvió a Santo Domingo en 1900, a reanimar su obra. Lo conocí entonces: tenía un aire hondamente triste, definitivamente triste. Trabajaba sin descanso, según su costumbre. Sobrevinieron trastornos políticos, tomó el país aspecto caótico, y Hostos murió de enfermedad brevísima, al parecer ligera. Murió de asfixia moral” (“Ciudadano de América”, 265). En 1938, en homenaje póstumo y reconociendo su obra monumental por América, la Octava Conferencia Internacional Americana celebrada en Lima, Perú lo consagró como “ciudadano eminente de América y maestro de la juventud”.

 

2.
Pensamiento filosófico y literario
de Eugenio María de Hostos

2.1 Introducción

Cuando nos acercamos propiamente a la producción intelectual hostosiana, lo primero que observamos un tanto asombrados es que el pensador puertorriqueño poseía una mente privilegiada con unos conocimientos enciclopédicos que abordó prácticamente cada aspecto del saber humano. Aspectos tales como la geografía, la gramática y su historia, el derecho (penal y constitucional), la biografía, la historia (occidental y oriental), la psicología, la sociología, la pedagogía, la filosofía (principalmente lógica y ética), la crítica literaria, la literatura (poesía, teatro, novela, cuento, ensayo, oratoria) son algunos de los temas a los que le dedicó profunda reflexión. Y en cada uno de ellos hizo importantes aportaciones que le valieron el reconocimiento de sus contemporáneos. Más aún, si hoy los leemos con atención encontraremos elementos de valor actual.

Su agudeza de pensamiento imbricado por su labor política y, sobre todo, pedagógica arrojó portentosa luz a sus más mínimas preocupaciones epistémicas. Sin embargo, precisamente su interés en pos de la consecución de la emancipación política y económica de Puerto Rico y Cuba, además de sus luchas en contra de la injusticia social que encontraba en cada una de las naciones latinoamericanas que visitó le apartaron del tiempo necesario para ampliar esos intereses intelectuales. Situación paradigmática de casi todos los intelectuales decimonónicos latinoamericanos. ¡Hostos fue un reformador de sociedades! Aún así, ese ser humano cuyos ideales eran más de praxis que de teoría produjo una vasta obra que en la primera edición de sus Obras completas (1939) alcanzó los veinte volúmenes y que en la nueva edición crítica que trabaja el Instituto de Estudios Hostosianos de la Universidad de Puerto Rico se proyecta en cerca de treinta tomos. No obstante, a los fines de la presente exposición habré de concentrarme en comentar su obra filosófica y literaria.

2.2 Valoración filosófica

Al campo propiamente filosófico, Hostos dedica dos importantes obras: Tratado de lógica y sus libros sobre la moral recogidas en sus Obras completas bajo el título de Tratado de moral. Y tenía que ser así, ya que sus preocupaciones políticas y sociales lo conducían inevitablemente por el sendero de la filosofía práctica, aunque sin dejar de abordar en algunos momentos la filosofía especulativa. Sus “circunstancias”, como diría Ortega, no le dejaban otra alternativa, a fin de cuentas él buscaba la creación de un “nuevo mundo moral e intelectual.”

Ahora bien, Hostos no se limita a exponer sus ideas solamente en esas dos obras citadas, puesto que todos sus escritos están impregnados de agudas reflexiones filosóficas. Reflexiones que reciben las influencias directas del krausismo y del positivismo, tan en boga en la época de Hostos, e indirectamente del estoicismo, Kant, Fichte y otros. De esta manera, Hostos propone importantes acotaciones en las áreas de la filosofía política, social y educativa entre otras. Por eso el lector avisado al aproximarse a sus obras se percatará de esa profunda dimensión filosófica que permea todo su pensamiento, independientemente del tema sobre el que se haya propuesto acometer. Sirva de ejemplo su aclamado discurso “El propósito de la Normal” (OC, XII, 128-143).

“El propósito de la Normal” es una de las piezas hostosianas más importantes por su contenido filosófico-educativo. A más de ser un excelente ejemplo de su dominio de la oratoria. El mismo es el discurso leído en la investidura de los primeros maestros normalistas dominicanos en 1884. En él, Hostos expone las ideas filosóficas que sustentaban su visión pedagógica.

Como señalé antes, Hostos fundó la Escuela Normal en la República Dominicana en 1879, después de haber acariciado la idea desde mucho antes y luego de haber realizado una importante labor docente en varios países del continente americano. Su interés era despojar a los educandos de las reminiscencias del escolasticismo que todavía estaban entroncadas en los sistemas educativos de América y exponer sus nuevas ideas. Su propósito era contribuir a “la emancipación mental” de la América nuestra. De esta manera, se ubica dentro del grupo de pensadores que como Bello, Sarmiento, Alberti, Martí y Varona quienes, después de la conquista de la independencia política (1790-1824) y la descolonización (1824-1853) de América, luchan por un “nuevo mundo moral e intelectual”, según la expresión del propio Hostos, y así obtener la verdadera emancipación de la conciencia política y social.

Sobre el antiescolasticismo hostosiano ha escrito Francisco Elías de Tejada que:

En ello no hay novedad mayor si se considera que Hostos fue un hombre muy de su siglo, enamorado de los adelantos científicos y preocupado por superar las que él estimaba causas del atraso de los pueblos de las Españas. Aquel sentido realista, prendado de los adelantos mecánicos y despectivo hacia las disputas teológicas, que informa tantas mentalidades del siglo XIX, es también su gusto en cuestiones de filosofía; de allí su tajante desprecio hacia las fórmulas escolásticas, unidas inseparablemente a aquel pasado cuya carga constituía su obsesión constante de luchador político y de cogitador ideológico. (Las doctrinas políticas, 44)

En este discurso, Hostos quiere responderle a quienes se oponen a su teoría educativa y la critican e incluso se burlan por no entenderla. Mas, él está consciente que ha triunfado y se siente satisfecho por ello. No sin antes manifestar los sinsabores y contratiempos a los que ha tenido que enfrentarse. Para ejemplificarlo nos cuenta la “alegoría de la alpaca andina” como la ha denominado el pensador colombiano Carlos Rojas Osorio. Por lo ilustrativa de la misma y por ser un fino ejemplo de la fuerza creativa de Hostos que nos recuerda lo mejor de Platón debo reproducirla en su totalidad:

Una vez, en los Andes soberanos, por no se sabe qué extraordinaria sucesión de esfuerzos, había logrado subir al penúltimo pico de la cúspide misma del desolado ventisquero del Planchón, una alpaca de color tan puro como la no medida plancha de hielo que le servía de pedestal. Descendiendo por la vertiginosa pendiente del ventisquero, y hundiéndose en los cóncavos senos de la tierra con todo el fragor de dos truenos repetidos mil veces por los ecos subterráneos, dos torrentes furiosos azotaban la mole en que el alpaca se asilaba. Las oleadas la sacudían, las espumas la salpicaban, los horrísonos truenos la amenazaban, y la tímida alpaca no temía.

Muy por debajo de la cumbre, al pie del ventisquero, una turba de enfermos que habían ido a buscar la curación de sus dolencias o de sus pasiones en aquella salutífera desolación, se entretenía contemplando la angustiosa lucha entre el débil andícola y los fuertes Andes; y como siempre que los hombres se entretienen, los unos se mofaban del débil, los otros celebraban con risotadas las irracionales mofas, éstos tiraban piedras que no podían alcanzar al inaccesible animalito, aquéllos trataban de acosarlo con sus vociferaciones, alguno que otro lo compadecía, sólo unos tomaban para sí el ejemplo que él le daba, y todos deseaban que llegara el desenlace cualquiera que esperaban.

Mientras tanto, el alpaca solitario, indiferente a los gritos y las risas de los hombres, impasible ante el estruendo y el peligro, buscaba un punto de apoyo en la saliente del hielo petrificado que coronaba el ventisquero, y después de caer una y más veces, logró por fin encaramarse en el único seguro de aquel desierto de hielo desolado. Entonces, conociendo por primera vez el peligro de muerte que había corrido, y oyendo por primera vez las vociferaciones que lo habían acosado, dirigió una mirada plácida a los hombres, a los torrentes desenfrenados y al abismo que habían tratado de precipitarlo, fijó la vista en el espacio inmenso, y percibiendo sin duda cuán invisible punto son los seres mortales en la extensión inmortal de la naturaleza, transmitió a sus ojos expresivos la centelleante expresión de gratitud que a todo ser viviente conmueve en el instante de su salvación, y dirigiendo otra mirada sin encono a las fuerzas naturales y a los hombres que lo habían acosado, por invisibles senderos se encaminó tranquilamente a su destino. (OC, XII, 129-130)

Para finalizar la defensa que hace de su propia labor pedagógico-administrativa concluye diciendo que, “En el alma de todo ser racional que ha logrado salvar las dificultades de una obra trascendental, se manifiesta el mismo fenómeno que observé en el alpaca descarriado de los Andes. Por encima de toda pasión odiosa, se levanta en el fondo el sentimiento de la gratitud. Yo la siento profunda, y la proclamo en voz alta ante vosotros” (131).

La obra filosófico-educativa de Hostos se encuentra dispersa en varias obras y, ante todo, en sus ejecutorias didácticas, pero en este discurso hace una apretada síntesis de las ideas que lo sustentan. Las mismas parten de los principios científicos y morales que él preconizaba. Principios que se basaban fundamentalmente en la razón. De aquí que para justificar su sistema exprese que:

Para que la República convaleciera, era absolutamente indispensable establecer un orden racional en los estudios, un método razonado en la enseñanza, la influencia de un principio armonizador en el profesorado, y el ideal de un sistema, superior a todo otro, en el propósito mismo de la educación común.

Era indispensable formar un ejército de maestros que, en toda la República, militara contra la ignorancia, contra la superstición, contra el cretinismo, contra la barbarie. Era indispensable, para que esos soldados de la verdad pudieran prevalecer en sus combates, que llevaran en sus mentes una noción tan clara, y en la voluntad una resolución tan firme, que, cuanto más combatieran, tanto más los iluminara la noción, tanto más estoica resolución los impulsara. (132-133)

La intención didáctica hostosiana es la formación del ser humano completo y la obtención de su libertad. Para lograrlo, la razón tiene que prevalecer sobre la voluntad. La razón es fundamental para Hostos, ya que solamente a través de ella el ser humano puede conseguir el trinomio: bien, verdad, libertad. Pero, ¿cómo lograrlo? Hostos contesta:

…Sólo de un modo; el único, el que ha querido Naturaleza que sea medio universal de formación moral del ser humano: desarrollando la razón; diré mucho mejor, diciendo la racionalidad; es decir, la capacidad de razonar y de relacionar, de idear y de pensar, de juzgar y conocer que sólo el hombre, entre todos los seres que pueblan el Planeta, ha recibido como carácter distintivo, eminente, exepcional y trascendente. (133-134)

Al pensar que se ha mutilado la capacidad de razonar libremente, Hostos se opone tanto a la enseñanza empírica como a la clásica. “La una –nos dice- prescinde de la razón. ¿Cómo ha de poder dirigir la razón? La otra la amputa. ¿Cómo ha de completarla?” (137). De esa manera, se refiere al escolasticismo como “mostruoso”; y como “eunuco” al clasicismo. Y en un párrafo en que sintetiza lo que para él es la enseñanza verdadera explica que es la que atiende “exclusivamente al sujeto del conocimiento, que es la razón humana y al objeto del conocimiento, que es la naturaleza” (137-138). A fin de cuentas el verdadero conocimiento es la busca de la verdad. Por eso en uno de sus más elocuentes pensamientos manifiesta:

Dadme la verdad, y os doy el mundo. Vosotros, sin la verdad, destrozareis el mundo, y yo, con la verdad, con sólo la verdad, tantas veces reconstruiré el mundo cuantas veces lo hayáis vosotros destrozado. Y no os daré solamente el mundo de las organizaciones materiales: os daré el mundo orgánico, junto con el mundo de las ideas, junto con el mundo de los afectos, junto con el mundo del trabajo, junto con el mundo de la libertad, junto con el mundo del progreso, junto –para disparar el pensamiento entero- con el mundo que la razón fabrica perdurablemente por encima del mundo natural. (138)

Tal vez, por la profundidad de ideas contenidas en ese discurso es que el célebre filósofo mexicano Antonio Caso se haya referido a él como “la obra maestra del pensamiento moral independiente en la América española” (“La filosofía moral”, 216).

Como había señalado previamente, Eugenio María de Hostos se ocupará más sistemáticamente de dos áreas de la filosofía práctica: la lógica y la ética. De éstas, ocupará más atención a la ética, como veremos más adelante. Veamos, sin embargo, primeramente su lógica.

2.3. Tratado de lógica

Fue en Santo Domingo, en 1901, cuando Hostos da a la luz pública su Tratado de lógica. Según confiesa en el prólogo, no estaba muy satisfecho con el resultado de su obra debido a que se publicaba como había sido dictada a sus discípulos y no era “tan metódico cuanto reclama la enseñanza.” Necesitaba de un aparato más pedagógico que en ese momento él no podía proveerle y pensando que quizás no tendría el tiempo para llevarlo a cabo –como en efecto fue- advierte que “este Tratado va a enseñar la Lógica como ella y toda otra ciencia ha sido enseñada hasta ahora, y no como debe enseñarse y yo aconsejo que se enseñe.” (OC, XIX, 7) Es por ello que el filósofo puertorriqueño no reclama ninguna originalidad en cuanto a esta disciplina se refiere, a diferencia de su Moral como observaremos más adelante. Por esta razón solamente expondré someramente las líneas generales de la lógica hostosiana.

Es de interés destacar que Hostos antepone a su Lógica, unas “Breves nociones de filosofía” en las que expone su idea de este campo del saber y en la que observamos que la misma está matizada por el positivismo comteano. Después de establecer la definición de filosofía como “el estudio de las causas en virtud de las cuales las cosas todas son como son” (10), explica que la división tradicional de la filosofía que comprendía la física y la metafísica en la que ésta última se subdividía en psicología, lógica, estética y ética ha cambiado desde que Francis Bacon eliminó de la misma a la física y la metafísica. Pasa, entonces, a detallar la división actual –según él- de la filosofía en psicología, lógica, estética y ética. Hostos justifica esa división porque “ahora la Filosofía se funda en el estudio de las ciencias positivas” (13, énfasis mío). Además, defiende que no se estudie la metafísica o la teodicea, que parece equiparar, porque “el hombre va creyendo que su entendimiento no está constituido para alcanzar a conocer ninguna causa original o causa primera de ninguna cosa” (13). Nótese la influencia del agnosticismo spenceriano. Finalmente, especifica que la filosofía “ya no estudia las causas primeras, sino las correlaciones de las causas y los efectos” (13).

Hostos considera a la psicología como la ciencia fundamental mientras que la lógica, la estética y la ética son ciencias aplicadas supeditadas a los principios generales establecidos por aquélla. Carlos Rojas Osorio destaca esta aseveración para sostener que:

Hostos difiere del positivismo de Comte en el hecho de reconocer la psicología como ciencia. Comte la rechaza y, en cambio, defiende la sociología como la verdadera ciencia del hombre. Esto tiene su base filosófica, por cuanto el positivista francés sólo consideraba al hombre como un ser social, sujeto de deberes, pero no de derechos. Esto no sucede con el filósofo puertorriqueño, pues para él el hombre es tanto un ser social como una personalidad, sujeto de deberes y de derechos. (“Ideas filosóficas”, 64)

Recordemos que nuestro pensador reconocía lo poco original de su Lógica por lo que él mismo apunta que sus lecciones siguen las pautas establecidas por Francis Bacon y, sobre todo, por el filósofo y psicólogo escocés Alexander Bain. Este último –A. Bain- desarrolló su Lógica estrechamente vinculada con su psicología. Por lo que no es nada de extrañar que el puertorriqueño lo haya emulado. Particularidad que no advierte Rojas Osorio. Más aún, Bain aplica la lógica a las ciencias naturales. Además, de adoptar un riguroso acercamiento científico a la psicología. También es necesario recordar que el escocés fue un gran admirador del positivista John Stuart Mill, a quien reconocía como su maestro.

Hostos establece el objetivo de la lógica y su definición como “encaminar, dirigir a la razón en la busca de la verdad” (25). Hostos mismo, entonces, se pregunta qué es la verdad y nos ofrece tres alternativas: 1. verdad es lo que hay en el fondo de la realidad, 2. es la causa de la realidad y 3. es la razón o explicación de la realidad. Como consecuencia de las influencias antes mencionadas, Hostos relaciona la lógica con las ciencias naturales, por ello declara que “la Lógica será una ciencia natural, concreta y experimental. Será una especie de Física del alma” (23).

Por último, cabe destacar que Hostos divide el estudio de la lógica en cuatro partes: intuitiva, inductiva, deductiva y sistemática. Entendiendo éstas como las funciones particulares del entendimiento y que se van desarrollando gradualmente, el filósofo les aplica a cada una de ellas sus operaciones propias: a la intuición, la sensación, atención, memoria, imaginación, comparación y percepción; a la inducción, la observación, comparación, distinción, experimentación, análisis y clasificación; a la deducción, la observación, analogía y síntesis; y a la sistematización, la generalización, especificación, ordenación de las partes y coordinación del todo de conocimiento (21).

Al final de su Tratado de lógica, Hostos añade un “Apéndice” en el que expone unas interesantes reflexiones sobre la palabra y en el que aborda, aunque sin mucha profundidad la filosofía del lenguaje. Otra vez podemos observar la influencia de Bain quien escribió varios libros sobre gramática y retórica. Con la intención de justificar su inclusión, Hostos explica que:

Aun cuando toda la Lógica, empezando por su nombre y acabando por el tratado de las proposiciones, explica con toda claridad que esta ciencia tiene por objeto, tanto las funciones de la razón cuanto la correspondencia de la palabra con la razón, es conveniente consagrar en ella un estudio particular al fenómeno de la palabra…

Como la palabra es una condición esencial del pensar y razonar; y como las varias evoluciones y ejercicios de la razón se manifiestan necesariamente por medio de la palabra, hay necesidad de indagar en qué relación natural están las formas o expresiones (palabras) con el fondo o función de razonar. (145)

Hostos observa con claridad que sin la palabra la razón no podría funcionar. Deja claro, además, que no es “un beneficio directo de la divinidad”, sino “un mero instrumento de expresión orgánica, relacionado con el fin del organismo; es un resultado natural de la constitución orgánica de la razón y es un efecto natural de su propia organización” (146).

El desarrollo de la expresión será, entonces, connatural al desarrollo intelectual del individuo. Hostos considera que a cada parte del período lógico le corresponde una función especial de la palabra. Durante la intuición la palabra se forma, durante la inducción se transforma. Una vez se ha llegado al período de la deducción se alcanza el estado más diáfano de la verdad. “He aquí –afirma Hostos- por qué los espíritus acostumbrados al ejercicio de la deducción y de las ciencias eminentemente deductivas, poseen una lengua más clara, más diáfana y precisa que otros cualesquiera” (148). No obstante, en el período de la sistematización la palabra se torna oscura. Ello responde a que el pensamiento se ha hecho muy profundo y “la palabra toma también ese carácter que ha concluido por sustituir al juicio mismo” (149). Hostos llega a la conclusión de que:

Por eso se puede considerar bien hecha la sustitución de juicios con proposiciones, cuando se habla de inducción; como está bien la sustitución de juicio inductivo por concepto; la de razonamiento con raciocinio; la de sistematización con elocución. Siempre que se vale de representar el resultado mental de cada una de esas funciones con la representación oral que se tiene. (énfasis del autor, 149)

2.4 Tratado de moral

De toda la producción filosófica de Hostos la que mayor atención llama y reclama es su Tratado de moral. No existe duda que es a esa área del saber humano a la que el filósofo puertorriqueño dedica principal empeño. Es a esa área del saber humano a la que los latinoamericanos le deben prestar mayor atención, puesto que Hostos estaba muy consciente de la importancia de la moral en el proceso regenerador de las noveles naciones de la América nuestra y en ello pone todo su esfuerzo intelectual. Tan es así que Hostos lo reconoce como obsesión y lo aplica a su propia vida. Sobre el particular, ha expresado la estudiosa chilena Gabriela Mora que:

En Hostos, el moralista se revela en una manifestación característica de su modo de ser…

La persecución de un elevado ideal forma un solo concepto con el cumplimiento de lo que Hostos considera sus deberes. Más de una vez el escritor nos dice que el ideal de su vida ha sido hacer todo lo que él concebía como deber, y con la misma frecuencia expresa que su deber es “hacer todo el bien posible sin la menor mezcla de mal. (Hostos intimista, 31)

Rufino Blanco-Fombona piensa de igual manera cuando sostiene que “su mejor enseñanza la dio viviendo una vida pura, austera, de deposición, de sabiduría, de bondad, de utilidad, de amor” (“Hostos”, 103)

En otro lugar he señalado que Hostos es un pensador esencialmente moralista (véase mi Hostos y su filosofía moral) y Francisco Larroyo cuando se refiere al filósofo moralizador latinoamericano, en su libro La filosofía americana, su razón y su sin razón de ser, señala que “Hostos lo representa de lúcida manera” porque en su obra “se patentiza su vocación de moralista” (101-102). De esta manera, Hostos se coloca en un lugar previligiado en el contexto del discurrir filosófico-moral latinoamericano junto a personalidades como Félix Varela, Miguel Antonio Caro, Andrés Bello, Francisco Bilbao y Enrique José Varona por solo mencionar algunos de los que más se ocuparon de este hacer filosófico.

Hacer filosófico, que junto a la educación, es de vital importancia en la toma de conciencia de la realidad social latinoamericana cuando han concluido las luchas por la independencia. Una vez la América nuestra ha logrado su emancipación se enfrenta a un proceso de descolonización y organización político y social. Durante ese proceso, sobre todo el de organización (1853-1885), los latinoamericanos comprenden que si bien se habían librado de las cadenas políticas y económicas que los sujetaban a Europa, todavía era necesario liberarse de sus ideas, según el decir del chileno Francisco Bilbao. Es en ese preciso momento cuando surge el pensamiento filosófico-moral latinoamericano cuya intención será la regeneración social y política de nuestros pueblos. Consciente de esa realidad, la importancia que Hostos le otorga a la moral en el plano personal la traslada a su labor educadora y política a través de todo el continente. En su ensayo “El problema de Cuba”, sostiene que “Del Nuevo Continente sólo eran dignos los seres humanos que buscaran en él un medio nuevo para un nuevo mundo moral e intelectual” (OC, IX, 205). Con el Tratado de moral aspira a contribuir con ese propósito. Con claras influencias principalmente del krausismo y del positivismo, y en menor grado de Kant, Fichte, Hegel y Séneca, Hostos aborda la filosofía moral con admirable maestría.

Esta obra se compone de cuatro libros. A saber, Moral natural, Moral individual, Moral social y Moral social objetiva. Frente a ellos, Hostos, incorpora unos “Prolegómenos” que como implica el mismo concepto sirve para establecer los fundamentos de los temas sobre los que va a tratar. Allí establece que la moral, por estar cimentada en relaciones y deberes, debe dividirse en tres partes:

Primera: Moral natural, que comprende el estudio analítico de nuestras relaciones con la naturales física y la enumeración de los deberes del hombre como hecho cosmológico.

Segunda: Moral individual, que comprende el análisis de nuestras relaciones con el mundo moral y la exposición de los deberes del hombre como hecho biológico; y

Tercera: Moral social, que comprende el estudio de nuestras relaciones con la sociedad y la enumeración de nuestros deberes como asociados. (OC, XVI, 54)

El libro primero, Moral natural, trata sobre las relaciones del ser humano con la naturaleza física y de sus deberes con ella. Para Hostos, estos deberes son limitación y abstención, así como sus derivados: los deberes especiales de gratitud, tolerancia, benevolencia, resistencia y propaganda.

En el segundo libro, Moral individual, Hostos reflexiona sobre las relaciones del ser humano consigo mismo y hace un análisis de las partes integrantes del ser individual. Éstas son: el organismo corporal (nutrición, respiración, locomoción y reproducción), el organismo de la afectividad o sensibilidad moral, el organismo de las actividades fisicomorales o voluntad y el organismo de la actividad intelectual. Hostos considera éste último como el resultado de los otros y “la consecuencia necesaria de la mayor perfección que tienen en el ser racional” (81). De allí, entonces, pasa a explorar lo que designa como las dependencias del ser humano. A lo que se refería es que el ser humano depende de su cuerpo, de su voluntad, de su sensibilidad y de su razón. Hostos estaba convencido que estas dependencias engendraban, como consecuencia, deberes del ser humano consigo mismo. Los deberes que tiene el ser humano con su cuerpo son conservarlo y desarrollarlo con alimentación a horas regulares, con ejercicios sanos, trabajos sanos, etc. Los deberes para con la voluntad son dos, la “ejecución resuelta” que se refiere a su educación para “que nunca falle cuando una necesidad física, o moral, o intelectual, la solicita” (89) y la “conducta meditada” o reflexiva. Los deberes con la sensibilidad radican, de acuerdo con Hostos, en evitar las agitaciones físicas, morales e intelectuales que la “afecten penosamente, o la desarrollen monstruosamente o le den una fuerza superior a la de las demás facultades” (88). Por último, expone los deberes del ser humano con la razón. Éstos son el deber de la educación de nuestras facultades racionales (desarrollarla plenamente) y el deber de dirección (dominarla y subordinarla y no ella a nosotros).

En el cuarto libro, Moral social objetiva, Hostos demuestra cómo sus ideas sobre la moral social se pueden encontrar en las ejecutorias de personajes conocidos así como en obras que se han realizado a través de la historia. Su intención es “presentar las pruebas experimentales de la verdad reducida antes a doctrina” (306). De esta manera, comenta la vida de personas y el deber que representan como Benjamin Franklin (trabajo), Benjamín Vicuña Mackenna (fomento), Simón Bolívar (patriotismo), Confucio (confraternidad), Cayo Marcio Coriolano (obediencia), Peter Cooper (sumisión), Francisco de Miranda (adhesión), Arístides (acatamiento a la ley), Bartolomé de las Casas (filantropía), Sócrates (sacrificio), Rochedale (cooperación), José de San Martín (abnegación), Giuseppe Garibaldi (cosmopolitismo), Friedrich Froebel (educación doméstica), J. H. Pestalozzi (educación fundamental), A. H. Francke (educación profesional) y Cristóbal Colón (civilización), entre otros. Así como la fundación de pueblos y obras que según él son modelos de deberes puestos en práctica. Ejemplos de éstos últimos serían la ciudad puertorriqueña de Ponce (contribución) y Estados Unidos de América (unión).

He dejado a su tercer libro, Moral social, para comentarlo al final, puesto que estoy convencido de que ésta es su obra más importante desde el punto de vista filosófico y de su producción intelectual en general. Por cierto, la mayoría de los estudiosos que se han ocupado de la obra del filósofo borincano coinciden al afirmar que su mayor logro tanto literario como filosófico es su Moral social. Así piensan, entre otros, el dominicano Pedro Henríquez Ureña, el venezolano Rufino Blanco-Fombona, la puertorriqueña Josefina Rivera de Álvarez y el italiano Guiseppe Bellini. Esta obra muestra al formidable ensayista que había en Hostos, así como al original pensador que si bien recibió las influencias de las ideas filosóficas de su época no se conformó con reproducirlas sino que las asimiló, las transformó y aportó significativos conceptos a la historia del pensamiento filosófico-moral.

Esta obra está dividida en dos partes. En la primera, el autor expone las bases teóricas sobre las que están sustentadas sus ideas, por lo que podemos clasificarlo como un filósofo moral. En la segunda, aplica esas ideas a casos concretos y hace recomendaciones morales, por lo que allí tenemos que catalogarlo como un moralista.

La edición príncipe de Moral social se publica en 1888 en Santo Domingo como resultado de los cursos que sobre el mismo tema dictara entre 1880 y 1888 en la universidad primada de América. En el prólogo, Hostos explica que solamente por la insistencia de sus discípulos es que accedió a que se publicara este libro porque “no hay que publicar la moral en libros, sino en obras” (OC, XVI, 94). No obstante, el prólogo funciona como recurso retórico para inducir a la lectura del libro. Yo he anotado en otro lugar que esa alegada “insistencia” de sus alumnos podría ser una estrategia persuasiva a la que el autor recurre para constituirse en una autoridad confiable que le fortaleciera como moralista y que le facilitara la aceptación de sus ideas por parte del lector, como ocurre en innumerables obras de filosofía moral (véase mi “Análisis metaético”).

En la “Introducción”, el filósofo explica que Moral social responde a su preocupación de los rumbos que, hasta entonces, había tomado la civilización. De esta manera, se plantea la dicotomía “civilización-barbarie” que tanto le había inquietado al pensador argentino Domingo Faustino Sarmiento. Sin embargo, su aproximación al tema llevará otra dirección. Hostos dice estar convencido de que a la altura de su época (1888) el ser humano es “adulto de razón” e inclusive “adulto de conciencia” debido a que la razón, la conciencia y el trabajo han sido emancipados. Le sorprende, entonces, que todavía los instintos y las pasiones afloren sobre los principios y deberes:

…en suma –dice- después de la conquista de todas las fuerzas patentes de la naturaleza, y cuando nos creemos, y efectivamente estamos, en el primer florecimiento de la civilización más completa que ha alcanzado en la Tierra el ser que dispone del destino de la Tierra, la divergencia entre el llamado progreso material y el progreso moral es tan manifiesta, que tiene motivos la razón para dudar de la realidad de la civilización contemporánea. (95, énfasis mío)

Hostos está convencido de que la hipotética civilización del ser humano es, en todo caso, a medias. Lo dice claramente cuando afirma que “ Debajo de cada epidermis social late una barbarie” (98). Con el desarrollo de una moral social esperaba subsanar esa “divergencia”. Pensaba que las teorías formuladas hasta el momento no habían sido eficaces, puesto que “la crisis moral continua patentiza la insuficiencia de los motivos que teólogos, metafísicos y moralistas han atribuido a todas y cada una de las ramas de la moral” (115 ). Civilización, para él, es “racionalización”. Esto es, debe hacerse cada vez más racional. Más aún, civilización es “conscifacción” (que él define como el conjunto de actos voluntarios para hacerse más consciente) porque:

Todo proceder de la razón de menos a más es proceder de menos conciencia a más conciencia, y en vez de hacerse más consciente a medida que se hace más racional, el hombre de nuestra civilización se hace más malo cuanto más conoce el mal. (97 )

Hostos llega a la conclusión de que “ser civilizado y ser moral es lo mismo” (106) De aquí que con su Moral social aspire a adelantar el grado de civilización que se tenía.

Con frecuencia se ha señalado que el método que Hostos utiliza para crear una moral social es el método racionalista (así Rojas Osorio, entre otros). No obstante, esa afirmación es parcialmente cierta. Si bien es cierto que la razón desempeña un lugar importante en el método que habrá de aplicar nuestro filósofo a la moral, y que dice, en su Tratado de moral, que “importa insistir en la idea de que la razón es el medio de conocer la realidad o naturaleza moral” (17), es de igual manera cierto que le da, además, similar importancia a otros dos “órganos” como él los denomina, para el conocimiento de las ideas morales. Estos son: el sentido común y la conciencia. Para él, el sentido común “consiste en percibir directamente cierto orden de fenómenos que no son perceptibles a los sentido corporales” (16). De esta manera, con el sentido común –que no es tan común, dice él- podemos percibir las realidades morales. Por otra parte la conciencia es para Hostos “El órgano supremo de la personalidad, en el cual se reunen, como órganos subalternos, todos los organismos inmateriales de la naturaleza humana y por cuyo medio se refleja y representa íntima y continuamente la individualidad.” Así entendida y definida, la conciencia sirve para darnos el conocimiento inmediato de la naturaleza moral en todo cuanto afecta a cada individuo en la naturaleza. Hostos añade que “la conciencia es la común representación de todas las actividades morales en una sola capacidad de reproducir” (19).

Visto de esta manera, podemos concluir que el método que usará se compone de una triple dimensión: sentido común, razón y conciencia. De estas tres, la conciencia tiene la primacía en cuanto a la moral social se refiere.

Está claro que la médula central del pensamiento filosófico-moral hostosiano se encuentra en su concepto de conciencia, órgano supremo de nuestra constitución moral, según Hostos. Éste constantemente apela a la conciencia cuando analiza las diferentes actividades de la vida humana. Al respecto señala Francisco Elías de Tejada:

Hostos ha puesto de relieve cómo la conciencia, que no es otra cosa que la autoafirmación interna de la personalidad como núcleo aparte dentro del complejo cósmico, sirve de base a la fijación de las ideas morales. No sería ya posible hablar de una moral racionalista cuando nos refiramos a Eugenio María de Hostos; es la suya teoría de una moral que afecta al ser humano total, condenado en la conciencia con su íntegra totalidad, no al sector más estricto de la razón. Desde que la conciencia arguye sobre la razón en el plano filosófico de Hostos, su moral no es racionalista, antes acepta sin reservas todo el cúmulo de influjos que vienen de la esfera de los sentimientos. (Las doctrinas políticas, 80-81)

¿Qué es, entonces, la moral social? ¿Cuál es su objeto y por qué teorizar en torno a ella? Hostos nos contesta estas interrogantes en los siguientes términos:

Por lo tanto, si la moral por sí misma es una ciencia, y si la sociedad es el sujeto de otra ciencia, es indudable que la moral social será también una ciencia, y que su objeto no puede ser otro que el de aplicar de un modo concreto las verdades abstractas de las dos ciencias en que está fundada.

…el objeto de la moral social no es otro que la aplicación de las leyes morales a la producción y conservación del bien social. En otros términos: el objeto de la moral social es aplicar al bien de las sociedades todas aquellas leyes naturales que han producido el orden moral. (113-114, énfasis del autor)

Como consecuencia, entonces, la moral social es claramente el enlace de dos ciencias: la ética y la sociología. Es evidente la influencia del positivismo en el fundamento de esta aseveración. Hostos, al igual que Comte, aduce que la moral –entiéndase moral social- debe ser reconocida como “la última ciencia”, “la ciencia final”.

Para el puertorriqueño, todo acto que se lleve a cabo tiene que pasar por el tamiz del deber. De esta manera fundamenta la moral en las relaciones y deberes del ser humano en la sociedad cuando afirma que:

El fundamento de los deberes que la moral impone está en el conocimiento de las relaciones que ligan al hombre con la naturaleza general o con algunos aspectos particulares de la naturaleza. Y como la sociedad es un aspecto particular de la naturaleza, el conocimiento de los deberes sociales se funda en el conocimiento de las relaciones del individuo con la sociedad. (109)

La sociedad, que sirve para satisfacer las necesidades de los individuos en grupo, se desglosa en el individuo, la familia, el municipio, la región, la nación o sociedad particular y la familia de naciones o sociedad internacional.

Como podemos ver, la moral social establece las relaciones y deberes que el individuo debe tener con cada uno de los órganos constitutivos de la sociedad. Hostos trata de “demostrar que no hay moral social, sino en cuanto hay relaciones necesarias entre individuo y sociedad” (115). Por eso hace una estricta clasificación “científica” de las relaciones y deberes. Este aspecto llevó al filósofo mexicano Antonio Caso a afirmar que:

La base lógica de la moral de Hostos es el concepto de la euritmia universal construido sobre la noción de la ley natural. Para Hostos como para Montesquieu, toda ley es “expresión necesaria de las relaciones de las cosas”; y la ley moral, expresión, necesaria también, de la naturaleza física con el mundo social y moral. (“La filosofía moral”, 218)

Las relaciones que ligan al individuo con la sociedad son: la necesidad, la gratitud, la utilidad, el derecho y el deber.

Hostos le otorga gran peso a los deberes en cuanto a la moral social se refiere, exponiendo así una interesante y original deontología. “El deber y el bien son las fuerzas motrices de la filosofía moralista de Hostos” escribió Antonio S. Pedreira (Hostos, ciudadano, 190). Por una parte, Hostos dice que el freno de la conciencia es el deber; por la otra, le da tanta importancia al deber que llega a concluir que:

Sin moral no hay orden y sin deber no hay moral. Todos los preceptos de los moralistas, todos los dogmas morales de las religiones positivas y filosóficas, todas las persuasiones del ejemplo del bien, todas las virtudes, nada son sin expresiones concretas de deberes cumplidos concienzudamente; de nada sirven en la guía de la conciencia individual y colectiva, si no tienen la virtualidad ordenadora, si, por lo tanto, no tienen la potencia moralizadora del deber. Cuando él se apodera de una conciencia, la hace buena; cuando la domina, vence con ello todo mal; cuando la encamina, crea un poder incontrastable; cuando la posee, posee el imperio de la vida. Otros imperarán sobre intereses y egoísmos, ella imperará sobre sí misma. La vida, para ella, será el cumplimiento de un deber, y cumplirá imperturbablemente con el deber de subordinar los medios a los fines de la vida racional para dar hombres completos. (134-135)

Por tanto, los deberes son derivados de nuestras relaciones con la sociedad. Hostos los divide en dos grupos: los deberes genéricos y los deberes secundarios. Podemos ver la correspondencia de relaciones y deberes en la siguiente gráfica:

RELACIÓN DEBER
Necesidad
Gratitud
Utilidad
Derecho
Trabajo
Obediencia
Sacrificio
Educación

Los deberes secundarios están subordinados y a la vez originan y modifican a los genéricos por “la influencia del medio social en que actúa” (143). Al deber genérico del trabajo se subordina los deberes de contribución al trabajo, el de fomento, el de patriotismo y el de subordinación. El deber de obediencia tiene como deberes secundarios a la sumisión, la adhesión y el acatamiento a la ley, la civilización, la razón y la conciencia. El deber de sacrificio conlleva deberes secundarios como la cooperación, unión, abnegación, conciliación y coordinación. Por último, el deber de educación lleva a los deberes de instrucción fundamental y de educación profesional.

De todos los deberes que Hostos señala en su obra es el deber de los deberes, de clara inspiración kantiana, el que sobresale ante todos los demás. Dejemos que sea Hostos el que lo explique:

Hay un deber que abarca a todos los demás; es el deber de los deberes. Consiste en cumplirlos todos, cualquiera que sea su carácter, cualquiera el momento que se presente a activar nuestros impulsos o a despertar nuestra pereza o a convencer nuestra razón o a pedir su fallo a la conciencia. (176)

Hostos no se detiene aquí en su exposición de los deberes, puesto que a los ya mencionados añade los deberes del ser humano con la humanidad (confraternidad, filantropía, cosmopolitismo y civilización) y unos deberes complementarios que divide en primarios y secundarios. En un cuadro sinóptico que Hostos incluye en Moral social (194-195) se perfilan de la siguiente manera:

SINOPSIS N° 1

Deberes

Primarios Secundarios
Trabajo
Contribución
Fomento
Patriotismo
Confraternidad
Obediencia 
Sumisión
Adhesión 
Acatamiento
Filantropía
Sacrificio
Unión
Cooperación
Abnegación
Cosmopolitismo
Educación doméstica 
Educación fundamental
Educación profesional
Educación universitaria
Civilización
Ahorro
Previsión
Constancia
Dignidad
Beneficencia
Veneración
Benedicencia
Reverencia
Resignación
Benevolencia
Solidaridad
Legalidad
Integridad
Magnanimidad
Tolerancia
Prudencia
Equidad
Firmeza
Justificación
Imparcialidad

   

    

SINOPSIS N° 2

Virtudes o deberes secundarios

Sociales Tolerancia
Benevolencia
Beneficencia
Benedicencia
Imparcialidad
Discreción
Justificación
Solidaridad
Resignación
Veneración
Reverencia
Políticos Dignidad
Solidaridad
Legalidad
Integridad
Constancia
Firmeza
Prudencia
Equidad
Económicos Ahorro
Sobriedad
Previsión
Frugalidad

En la segunda parte de Moral social, Eugenio María de Hostos analiza cómo es y cómo debe ser el enlace y la función de la moral en las distintas actividades de la vida. Así, la moral y el derecho positivo, la política, las profesiones, la escuela, la iglesia católica, el protestantismo, las religiones filosóficas, la ciencia, el arte, la literatura (novela y dramática), la historia, el periodismo, la industria y el tiempo. En esta parte, Hostos pronuncia agudas reflexiones filosófico-morales sobre cada uno de estos temas. Comentaremos solamente algunos de ellos que nos puedan servir de ejemplo para ilustrar lo antes dicho.

La importancia de la moral en la política tiene en Hostos a un acérrimo defensor. Le preocupa, y en gran medida le horroriza, cómo, con la excepción de algunos pocos países de Europa y sobre todo de Estados Unidos –en lo que pienso que se equivocó-, “la ineficacia de la moral en la política se ha convertido en regla de conducta universal” (214). Hostos pensaba que el Estado unitario, por lo personalista, tenía como base de la moralidad pública el egoísmo. Esto se sintetiza en la frase “El estado es el jefe del Estado” (215), que parafrasea en clara alusión al alto concepto de lo personal en la autoridad que tenía el monarca francés Luis XIV al decir, “L’ Etat c’est moi”.

Estos fenómenos, según Hostos, traían como consecuencia la desorganización y la corrupción. Además, Hostos pretendía superar la divulgación que sobre el mundo occidental tenían todavía las ideas de Nicolás Maquiavelo cuando propuso, en el Príncipe, la absoluta separación de la moral y la política. El puertorriqueño rechaza las ideas del italiano cuando con voz sentenciosa afirma: “Política sin moral es indignidad” (217).

Hostos consideraba al científico como el mejor ejemplo de moral práctica cuando sostiene que “es la ciencia probablemente la actividad humana en que se despliega mayor fuerza conscia (sic) y en que los individuos viven de un modo más conforme al orden moral” (247). Para apoyar su tesis da tres razones. Primero, por la misma naturaleza de la ciencia, cuyos ejercicios ayudan a fomentar las buenas costumbres tanto fisiológicas como psicológicamente. Segundo, por la continua búsqueda de la verdad científica que depara en una necesidad de verdad tanto objetiva como subjetiva. Y, tercero, porque el científico usa incesantemente los dos órganos de la personalidad humana, la razón y la conciencia. La admiración de Hostos por la ciencia y el científico es evidente, lo que se explica si recordamos que, impregnado del espíritu positivista de su época, él se consideraba a sí mismo como un hombre de ciencias y que veía a la moral como una ciencia.

La historia –o más bien los estudios históricos– le preocupa porque se enfatiza en ella los hechos del mal y no los del bien. Lo peor es que esos acontecimientos del pasado “son tan adulados por la historia narrativa y por la historia crítica que es imposible que se olvide la lección” (278). Para Hostos, la historia estará cumpliendo con su deber moral cuando se ocupe del bien humano a través de las épocas. Como puede observarse, nuestro filósofo muestra una concepción crítica sobre los “hechos del mal” que se destacan en los textos de historia tradicionales y asume una actitud bastante cercana al concepto contemporáneo de historia. Sobre el particular, el historiador Héctor R. Feliciano Ramos anota que Hostos se ubica “a la altura de las corrientes más progresistas del pensamiento de fines del siglo XIX, o de lo que hoy día se da por llamar “nueva” historiografía” (“E.M. de Hostos: sus ideas”, 86).

El último problema que Hostos aborda en Moral social es el tiempo, lo que hará con clara influencia de Séneca y su obra De la brevedad de la vida. Cuando sentencia que “El tiempo, para el trabajo, es aire; para el ocio, plomo” (299), lo que nos quiere decir es que el tiempo se desperdicia miserablemente, lo que de por sí es inmoral. Para él, la “civilización moral ha de llevar el orden al descanso del trabajo” (300). Censura las diversiones que no conlleven un fin educativo, así como a los vicios (difamación, maledicencia y calumnia) que engendra, por lo que recomienda que se utilicen como “distracciones civilizadoras” la escuela nocturna, las conferencias, la patinación artificial, los gimnasios, los ateneos, los liceos, los casinos, los paseos públicos, etc.

Como ya he dejado establecido, la mayor aportación de Hostos a la filosofía hispánica, desde el punto de vista práctico y teórico, es su Moral social. Lo que ha sido reconocido por importantes historiadores de la filosofía y del pensamiento latinoamericano. En lo que fue uno de los primeros estudios sobre la filosofía en América, Latin America: Its rise and progress (1913), Francisco García Calderón apuntó que:

After Bello, the most remarkable of South American philosophers was Eugenio de Hostos (sic), who was born in 1839. He did not merely expound European ideas, he had his own system, which he developed in a series of remarkable works; he was a moralist rather than a metaphysician, and whether in Santo Domingo or Lima or Santiago he never ceased his endeavours to reform education and the law. Problems, social and moral, gave him no rest: he sought to found a new morality and sociology. (272, énfasis mío)

En esa misma línea de pensamiento se expresa Rufino Blanco-Fombona cuando sostiene que “Hostos no es repetidor vulgar, ni acomodador hábil de lo ajeno, ni abrillantador de piedras opacas, ni chalán que engorda con arsénico el cuartago que va a vender. No. Hostos es pensador original y auténtico” (“Hostos”, 104, énfasis mío)

Lo cierto es que Hostos propone su teoría ética desde y para la América nuestra. Yo considero que el filósofo puertorriqueño no tiene parangón hasta su época en la historia de la filosofía moral nuestra, puesto que fue un pensador con clara conciencia latinoamericana. Hostos, siempre pensando en el ser latinoamericano, y contra el escolasticismo imperante, se da a la tarea de formular y desarrollar una teoría ética y moral, a más de educativa, que comprende, como he mostrado, una moral social, una moral natural y una moral individual. Tal vez por eso consignó el colombiano Carlos Arturo Torres que:

La concepción sociológica de Hostos es de una originalidad poderosa: el pequeño libro en que la expone –se refiere a Moral social- con exclusivo propósito pedagógico, es tan intenso, que cada página sugiere y comporta un desarrollo de volúmenes; tiene para nosotros el interés de su vigilante finalidad hispanoamericana. (“Hostos, héroe moral”, 140, énfasis mío)

Allí está la obra para que la leamos, la analicemos y comprobemos el valor que todavía posee.

2.2. Valoración literaria

2.2.1. Ideas hostosianas sobre la literatura

Al aproximarnos a la obra propiamente literaria de Eugenio María de Hostos tenemos que recordar, una vez más, que sus intereses políticos y sociales dirigidos a la consecución de la independencia de la últimas colonias españolas (Puerto Rico y Cuba) y las luchas por la justicia social que hizo suyas le restaron tiempo al “ocioso creador” necesario en la creación artístico-literaria. Además, debemos recordar que casi todos sus escritos tenían como objetivo un fin didáctico-moral que nos hace pensar en la mayor parte de los Ilustrados dieciochescos de Europa y decimononos de América. Por ser ésas sus circunstancias, se hace de rigor que exponga algunas nociones de las ideas hostosianas sobre la literatura con la esperanza de poder comprender su obra a la luz de sus propias aseveraciones.

“Por temperamento, Hostos no fue un verdadero literato, en el sentido estético de la palabra” afirmó convencido uno de sus más agudos estudiosos, Antonio S. Pedreira (Hostos, ciudadano de América, 192). De hecho, el propio Hostos se encargó de explicar su poca vocación literaria cuando en el prólogo de la segunda edición de su novela La peregrinación de Bayoán escribió que:

El problema de la patria y de su libertad, el problema de la gloria y del amor, el ideal del matrimonio y de la familia, el ideal del progreso humano y del perfeccionamiento individual, la noción de la verdad y la justicia, la noción de la virtud personal y del bien universal, no eran para mí meros estímulos intelectuales o afectivos; eran el resultado de toda la actividad de mi razón, de mi corazón y de mi voluntad; eran mi vida.
………………………………………………………………………………
Yo no había vuelto a España para conquistar una gloria literaria que desde los albores de mi adolescencia hubiera podido conseguir. Yo no iba tras la gloria literaria. Si aquel libro me la daba, sería el último; y si me la negaba por lo que él representaba, sería también el último. Las letras son el oficio de los ociosos o de los que han terminado ya el trabajo de su vida, y yo tenía mucho que trabajar. (OC, VII, 6, 13-14 , énfasis mío)

De mayor importancia, por lo reveladoras, son las ideas que sobre la literatura manifiesta en sus escritos, sobre todo en Moral social. En esa obra, Hostos arremete contra las letras, principalmente contra la novela y el teatro, cuyo fin fuera únicamente el arte por el arte.

Hostos pensaba que la novela ejercía efectos nocivos a la moralidad pública cuando sostiene que:

La novela es necesariamente malsana. Lo es dos veces; una para los que la cultivan: otra, para los que la leen. En sus cultivadores vicia funciones intelectuales, o para ser puntualmente exacto, operaciones capitales del funcionar intelectual. En los lectores vicia, a veces de una manera profunda, irremediable, mortal, la percepción de la realidad. En unos y otros determina un estado enfermizo, que se caracteriza por un apetito desarreglado de sensaciones y por una actividad aislada y solitaria de la fantasía. El hacedor de novelas, víctima inconsciente de su estado psicológico, hace al mundo a imagen y semejanza de su propio estado de razón y sentimiento; por su parte, el lector de novelas busca y pide un mundo semejante al mal imaginado y mal sentido por el novelista. (OC, XVI, 260-261)

De esta manera critica la novela romántica por falsear la realidad histórica y por ser “el florecimiento de lo bello monstruoso”; la realista por dar “la fisiología de cuantas pasiones, crímenes y morbosas exhalaciones de la sociedad encontró en el triste medio social”; la naturalista por tratar de “hacer bellas y amables las groserías y las bestialidades de la naturaleza humana y de la realidad social” (261-262)

Hostos considera que tanto la escritura como la lectura de novelas es una pérdida de fuerza moral y de tiempo:

Ese malogro de potencia intelectiva adicionado al de potencia afectiva que noveladores y lectores disipan en los argumentos pasionales de todas las novelas, sería bastante para desconceptuar ante la moral ese género de literatura, si otra más grande disipación, por ser más universal, la de tiempo, no hiciera de la lectura de novelas un formidable auxiliar de inmoralidad. (266)

Una sola muestra de esperanzas otorga Hostos al porvenir de la novela cuando dice que si este género literario se atiene al precepto neoclásico expuesto por Nicolás Boileau, en su Art Poétique (1674), “nada es bello sino lo verdadero” y se combina con el aforismo estético “sólo es bello lo que es bueno”, entonces, la novela estaría cumpliendo con su deber debido a que:

La novela, género que aún dispone de vida, porque aún dispone de contrastes entre lo que es y lo que debe ser la sociedad humana, puede contribuir a que el arte, siendo verdadero y siendo bueno, sea completo. Entonces será un elemento de moral social. Cumpla con su deber y lo será. Mientras tanto, no lo es, entre otros, por ese motivo final: porque no cumple con su deber. (267-268)

El género dramático no corre mejor suerte que la novela en las reflexiones estético-morales hostosianas. Acusa a la dramática de su época de inmoral por no ocuparse de otra cosa que de producir efectos morales vanos y de hacer “por egoísmo o interés lo contrario de lo que conoce que es su deber” (269). Al pasar revista sobre este género dice que:

La influencia de la dramática francesa (con más exactitud, de la dramática parisiense), no ha podido, al trasplantarse, ser más perniciosa. Cuando menos, y por lo que dice en relación al solo fin del arte como arte, ha corrompido la inspiración nacional de los dramaturgos del Norte y ha empobrecido la vis dramática del teatro español. (272)

Obviamente, Hostos demuestra su preferencia por la didáctica de los Ilustrados del siglo XVII cuyo principal exponente fue Boileau. No obstante, para comprender las ideas de Hostos sobre la literatura es, asimismo, necesario reconocer la influencia del krausismo español sobre el puertorriqueño y prestar particular atención a las ideas que poseía su condiscípulo Francisco Giner de los Ríos sobre el mismo tema.

Los krausistas españoles asumieron una actitud crítica ante la literatura de su tiempo tal como hemos visto en Hostos, aunque sin llegar a los extremos de éste. Esta actitud crítica puede observarse en el pensamiento de Giner sobre la literatura de su época y en la que se nota coincidencias con las ideas hostosianas:

…ora ese naturalismo realista, perpetua calumnia de la realidad y de la naturaleza, impropia del sentido humano de una filosofía que pone su anhelo en mostrar la conformidad íntima del mundo con el pensamiento de Dios, y que sintiendo latir la verdad esencial de las cosas bajo la aparente corteza del accidente…

…ora ese individualismo grosero, para el cual es tanto más grande el hombre cuanto menos espíritu desenvuelve y más se absorbe en una vulgaridad estrecha e insignificante; ora esa idolatría de la expresión, que, en odio al antiguo formulario de argumentos prescrito al artista y poniendo el secreto de la belleza en la ejecución y el estilo, todo lo envuelve en su nivelador desdén…

A esa generación, que se agolpa ya alrededor nuestro y llama impaciente a nuestras puertas, ¿qué le responderemos, cuando fatigada de escudriñar inútilmente la historia literaria de esta época, abra nuestros sepulcros y nos pregunte por el ideal de nuestros días? (Estudios de literatura y arte, 110-112)

Sin embargo, no empece al criterio de Hostos sobre la literatura, fue él un escritor de sorprendente maestría en cuanto a la creación literaria se refiere. Autor de novelas sugestivas –como La pregrinación de Bayoán y La tela de araña-, de cuentos, unos pocos poemas, obras menores de teatro, de crítica literaria y del arte y, sobre todo de una enorme cantidad de ensayos publicados en libros, revistas y periódicos nos parece ciertamente lamentable su juicio, un tanto prejuiciado por su época y su decidida intención didáctico-moralizadora que rechazaba firmemente “el arte por el arte”. No obstante, a pesar de ello se le reconoce como un importante literato. Al igual que se ha dicho sobre la obra de Sarmiento –con quien tantas veces se le ha comparado- en su obra se encuentran inolvidables páginas de inmenso valor literario y quien de acuerdo con William Rex Crawford, en Pensamiento latinoamericano de un siglo, “nos legó dos o tres libros fundamentales” (253). Más aún, Otto Schoenrich y Américo Lugo le atribuyen el origen de la literatura nacional dominicana.

Además, si bien Hostos nunca se preocupó por crear, por lo menos conscientemente, una obra de fino valor literario, todos los críticos que se han ocupado de sus escritos lo consideran como uno de los máximos exponentes de las letras en Latinoamérica. Sirva como ejemplo el que Rufino Blanco-Fombona lo haya incluido en su importante obra Grandes escritores de América.

Del estilo literario en su obra general, José A. Balseiro ha sostenido que:

…es lección de sobriedad y eficacia. Es jugoso, sin ser amplio; es armónico, sin ser retórico. Tiene ritmo propio. Se mueve a un compás sin artificio; pero bien ordenado en la exactitud de los giros y en la euritmia de su elocución. (“Crítica y estilos literarios”, 63)

Y Adelaida Lugo Guernelli observa que su prosa es:

…tan rica y compleja como su personalidad: una prosa que se plasma en un estilo elocuente principalmente y que manifiesta la constante lucha del ser consigo mismo, con la sociedad a la que desea reconstruir y con el resto del mundo y de las cosas. (E.M. de Hostos: Ensayista y crítico literario, 175)

El género literario que Hostos cultivó más, y en el que mayor logros se le reconoce, fue el ensayo. Lo que no es de extrañar, puesto que su opinión sobre los demás géneros no le dejaban otra alternativa que expresar sus ideas e inquietudes literarias a través de éste. De aquí, que dedique mis próximos comentarios a mostrar algunos rasgos que distinguen su obra ensayística.

2.2.2 . Hostos, ensayista

Adelaida Lugo Guernelli considera que Hostos fue uno de los primeros ensayistas, en el sentido formal, latinoamericanos, junto a Juan Montalvo y José Martí. De igual manera se habían expresado mucho antes Pedro Henríquez Ureña, Medardo Vitier y Robert G. Mead, Jr., entre otros. Sin duda, Hostos fue un ensayista de envergadura y un fino ejemplo de la mejor filigrana entre los primeros cultivadores de este género en la América Latina. A través de toda su obra se encuentran excelentes muestras de su “arte ensayístico”. Así en sus diarios, artículos periodísticos, critica literaria y del arte, tratados e incluso sus novelas, encontramos pasajes de valor ensayístico. Considérese, sobre todo, su Moral social y mis apuntes previos sobre la misma. Un dato curioso es que Hostos apenas empleó el término ensayo para referirse a sus escritos que por lo general clasificaba como “artículos”. Por lo menos eso es lo que se desprende cuando leemos el inventario que hace de sus manuscritos inéditos y publicaciones en su Diario, fechado la noche del miércoles, 22 de abril de 1875 Allí solamente clasifica “ensayo” a su estudio crítico sobre Hamlet.

En otro lugar he intentado demostrar que, principalmente en sus ensayos, su lenguaje es sobrio y diáfano y que la construcción de los párrafos es cuidadosa y las ideas fluyen ordenadamente. Además, que por ser muy consciente del arte de escribir emplea estrategias escriturales muy cuidadosamente y con una clara intención persuasiva como son la anáfora, la enumeración, la gradación, las preguntas retóricas, las formas dialogadas y la exclamación. Algunas de estos recursos retóricos se notaran en los ejemplos que citaré. (Véase mi “Análisis metaético)

No obstante, a los fines de este trabajo me circunscribiré a aquellas obras a las que podemos considerar propiamente “ensayos”, toda vez que dicho término se ha manejado tanto en el pasado como en el presente con tal ligereza que casi cualquier obra podría ser considerada dentro de los lindes de este género literario. Sobre el particular ha expresado José Luis Gómez-Martínez que:

En nuestro siglo, y con especial énfasis en los últimos años, tanto los escritores como los editores han dado en denominar “ensayo” a todo aquello difícil de agrupar en las tradicionales agrupaciones de los géneros literarios. Si a esto unimos la vaguedad del término y la variedad de las obras a las que pretende dar cobijo, no debe extrañarnos que las definiciones propuestas se expresen sólo en planos generales. (Teoría del ensayo, 2da. Edición, México: UNAM, 1992, 17)

Por mi parte, tomaré como punto de partida el marco teórico que con magistral precisión establece Gómez-Martínez para los comentarios que siguen a continuación. (Vale señalar que éste considera a Hostos como un destacado cultivador del género en América.) Tomaré en cuenta, sobre todo, las siguientes características que nos indica el autor de referencia y que considero que muy bien pueden aplicarse a la obra ensayística de Eugenio María de Hostos. Éstas son primordialmente:

1.      El carácter dialógico del ensayo, sobre todo lo que atañe a “la comunicación humanística” queriendo con ello significar la “sinceridad” o “autenticidad” del autor y a la vez el “cuestionar” y “problematizar” del lector como consecuencia del acto de la lectura.

2.      La necesidad de la contemporaneidad en el tiempo y el ambiente en ese diálogo entre el ensayista y el lector. Se reflexiona siempre sobre el presente aunque se apoye en el pasado.

3.      El valor del ensayo depende “del poder de las intuiciones que se vislumbren y de las sugerencias capaces de despertar en el lector”.

4.      El subjetivismo del autor. Esto es, las notas autobiográficas , el carácter confesional, el diálogo íntimo del autor.

5.      Carencia de estructura rígida.

6.      Libertad de los temas sobre los que se propone tratar: “de cualquier pretexto puede nacer un ensayo.”

Establecido lo anterior veamos algunos ejemplos de los que considero que son las mejores muestras de la prosa ensayística hostosiana.

Uno de los ensayos en los que Hostos despliega su mayor habilidad como constructor de ensayos es “En la tumba de Segundo Ruiz Belvis” (1873). Es éste un ensayo que podríamos clasificar como intimista y en el encontramos reunidas la mayor parte de las características que señalé más arriba. En él, Hostos hace un acto de introspección en el que penetra dentro de lo más recóndito de su ser para revelar el significado de la vida, o mejor de su vida, haciéndonos recordar, en cuanto al mérito literario y filosófico, al ensayo “Adentro” de Miguel de Unamuno. El autor reflexiona aquí sobre el sacrificio que conllevan las acciones en pos del ideal que profesan aquellos que como Ruiz Belvis (1829-1867) -patriota y abolicionista puertorriqueño muerto misteriosamente en Chile- y él mismo se han esforzados ante el clamor de la justicia política y social. Y por eso arguye desalentado, “Dicen que por esta colina se sube al cementerio. Un esfuerzo más, y estaré en la cumbre. ¡Ah!, yo siempre estoy haciendo esfuerzos y jamás llego a la cumbre” (OC, XIV, 7). Observamos que el ensayo nos menciona a Ruiz Belvis casi como pretexto, ya que la intención de Hostos es justipreciar su propia vida y expresar su cansancio existencial, espiritual y, quizás, su decepción. En un tono confesional, o en diálogo consigo mismo declara que “Toda eminencia es fatigosa, y la que voy trepando me fatiga. Trepo dos a la vez. ¿Cuál de las dos es la que más me fatiga: la de mi idea dominante o la del cerro? La cumbre del cerro allí está. ¿En dónde está la cima de la idea? ¡Ah! ¡bienaventurados los que trepan y llegan hasta el fin!” (8).

El sensible ser humano que Hostos fue prefirió la acción a las letras -según él repetía constantemente- mas, recurre a ellas para expresar sus frustraciones con la intención de provocarnos evaluar el resultado de nuestras acciones. En una nota de desolador pesimismo existencial exclama:

Pero ¿qué saben del tiempo los ahogados en la eternidad, ni qué se ocupan de las revoluciones de las sociedades los ocupados en las evoluciones de la vida universal de la materia, ni qué conocen de patria estos pobres ricos cuya patria fue el dinero, o esos pobres miserables cuya patria fue el dolor? Si aquí estuviera la tumba de los Cabrera, de Camilo Henríquez, de Freire, de Infante, de Francisco Bilbao, seguro estoy de que entre ellos viviría Segundo Ruiz: los hombres buenos viven juntos. (9)

Hostos concluye su introspección reconociendo el estado superior del fallecido, puesto que hizo bien al “descansar de la existencia.” De esa manera no tendría que vivir y sufrir la triste realidad de injusticia y crueldad que se le presentaba, por eso exclama “¡Ruiz, Segundo Ruiz! ¡La patria está en peligro de perpetua esclavitud! ¡La patria está pactando con España¡” (10). Y expresa en una nota en la que pasa revista de su época en un tono filosófico-social y político lo siguiente:

Descansaste a tiempo. Ni viste a Cuba martirizada, ni a Puerto Rico escarnecida, ni a los héroes clamando en vano por auxilios, ni a los esclavos bailando al son de las cadenas.
…………………………………………………………………………………
No viste a los pueblos hermanos olvidando en su fortuna al hermano infortunado. No viste un pueblo entero levantando al cielo sus brazos descarnados, en tanto que otro pueblo, aspirante a la misma forma de gobierno y al mismo goce de la libertad y la justicia, descargaba sobre él los golpes más alevosos y más crueles, ni viste entre los dos, impasible a los gritos del hermano y disimulando las atrocidades del verdugo, al pueblo que nosotros preparábamos para el amor de la justicia.
…………………………………………………………………………………
No viste pisoteada la lógica. No viste repudiada la justicia. No viste encarnecido cuanto es bueno. No viste renegado cuanto es cierto. No viste fementidas las promesas de la razón universal, muertas las esperanzas más concienzudas, hechas cenizas las aspiraciones más puras del alma humana, reducidas a fangosas realidades las verdades más queridas. No viste la bacanal de la injusticia, el carnaval de la indignidad, la orgía de todos los errores, el galope infernal de todas las debilidades, la edad de oro de todos los egoísmos más repugnantes, la edad de hierro de todas las abnegaciones, la omnipotencia universal del oro, la impotencia absoluta del deber, la canonización de las pasiones más abyectas, el endiosamiento de todas las barbaries, el juicio final del sentido común en nuestra especie. (OC, 11-12)

Otro buen ejemplo del arte ensayístico de Hostos lo encontramos en “Meditando” (1881). Allí Hostos se comporta como un espectador que observa a la gente que se dirige a la iglesia en un viernes santo y que le provoca un estado de honda meditación. Empero, no sólo lo lleva a reflexionar el asunto de la religiosidad propio de un día así, sino que cualquier detalle capta su atención. Por eso apunta aparentes nimiedades como “Las nunca silenciosas campanas están mudas”; al pasar una niña exclama “¡Pobrecita! ¡Mil, cien mil veces pobrecita la precoz adolescente! Allí va, contrastando los desnudos brazos blancos, la flotante cabellera rubia, con el profundo color negro de su traje. Va tan resuelta que parece que va conquistando el porvenir…”; además observa que “Vestidas de hojas secas van aquellas. Ese color concluyen por tomar en nuestros climas morales la mayor parte de las mujeres…” (OC, XIV, 268-269).

Sin embargo, esos comentarios no son sino un pretexto para expresar el motivo de su “meditación” porque nos confiesa que “malhumorado por la lógica de la muchedumbre” se puso a leer cuando alguien lo interrumpe y le pregunta qué lee. La vida de Jesús de Renán, le contesta nuestro autor. El ensayista intercala en el fluir de su exposición un diálogo lleno de sugerencias. Cuando el interlocutor se entera de que el hablante del texto está meditando le sugiere la iglesia como lugar más adecuado que la casa donde está, a lo que éste le responde que tiene todo lo que se necesita para meditar como:

Una conciencia encaminada al bien, un corazón contrito, una razón que se baña con deleite en la luz perpetua de la verdad y la justicia. Aquí, en la oscuridad de esta conciencia, en los abismos de este corazón, en la soledad de esta razón aislada, se tiene para la fe de todos los hombres, la misma benévola indulgencia… Aquí, mansión de una conciencia cada vez más solitaria, donde nadie se posterga, donde a nadie se deja postergar, aquí se rinde culto a lo mismo que confesaba el Crucificado… Así como él estaba místicamente en su Padre y su Padre en él, así todos los verdaderos personificadores de la humanidad están en él y él está en ellos. Jesús es el símbolo más vivo de la naturaleza moral del ser humano. (272)

De pronto leemos el pensador es interrumpido por un lamento proveniente del templo. Es el clérigo que reprobaba a los fieles. El ensayo finaliza con una serie de interrogantes que nos incita a meditar:

¿Cuál de las dos, Jesús, es tu doctrina? ¿la que enseña a meditar o la que induce a maldecir? ¿Cuál de los dos es tu viernes santo? ¿el de esa buena gente o el de este solitario? (272)

En extremo curioso es el ensayo “Siglo XX” (1900). Con una rara intuición profética, Hostos anuncia lo que habrá de acontecer en el siglo que se iniciaba y que para nosotros acaba de concluir. Su visión del mismo es pesimista. Profetiza que “los climas van a continuar modificándose de un modo cada vez más perceptible” (OC, XIV, 421), que la pérdida de la fauna y la flora será más evidente y que las costas disminuirán, tal y como científicos y ecologistas levantan su voz de alarma en nuestros días.

De mayor interés son sus comentarios sobre “el predominio de la familia eslava”, cuando afirma que “ella es la que está en mejor aptitud de pensamiento y tradición para empezar a resolver el problema moderno de la Industria: propiedad para todos; trabajo para todos; producción y consumo para todos.” (423, énfasis mío). ¿Se refería al comunismo ruso?

Presiente, además, que la lucha por la libertad será más cruenta en el siglo XX y que habrá, entre los pueblos anglosajones, una “lucha íntima por la libertad humana” porque “habiéndola entendido bien para sí, la entendieron para otros mal” (423). ¿Se refería al imperialismo norteamericano y británico y a sus “alianzas”? Se preocupa también por los “negros que van a pedir armados su derecho al goce del derecho civil”. ¿Se refería a Suráfrica? No estoy seguro de las contestaciones a estas interrogantes, mas es muy probable que a ellos se refiriera. Claro que además se equivoca en otras previsiones como la concerniente al comtismo. De todas formas este ensayo, y los anteriores, evidencia que el pensador puertorriqueño Eugenio María de Hostos fue uno de los máximos exponentes del ensayismo latinoamericano decimonónico.

Obras citadas

  • Balseiro, José A. “Crítica y estilo literarios en Eugenio María de Hostos.” Comisión Pro Celebración del Centenario. América y Hostos. La Habana: Cultural, 1939. 54-63.
  • Blanco-Fombona, Rufino. “Eugenio María de Hostos.” Comisión Pro Celebración del Centenario. América y Hostos. La Habana: Cultural, 1939. 97-129.
  • Caso, Antonio. “La filosofía moral de Hostos.” Comisión Pro Celebración del Centenario. América y Hostos. La Habana: Cultural, 1939. 209-222.
  • Comisión Pro Celebración del Centenario. América y Hostos. La Habana: Cultural, 1939.
  • Crawford, William Rex. El pensamiento latinoamericano de un siglo. Trad. María Teresa Chávez. México: Limusa-Wiley, 1966.
  • Elías de Tejada, Francisco. Las doctrinas políticas de Eugenio María de Hostos. Madrid: Cultura Hispánica, 1949.
  • Feliciano Ramos, Héctor. “Eugenio María de Hostos: sus ideas sobre la enseñanza de la geografía y la historia.” Hostos para hoy: Anuario hostosiano 1.1 (1988): 81-88.
  • García Calderón, Francisco. Latin America: Its rise and progress. 7th Impression. London: Adelphi Terrace, 1924.
  • Giner de los Ríos, Francisco. Estudios de literatura y arte. Madrid: Clásica Española, 1919.
  • Gómez-Martínez, José Luis. Teoría del ensayo. 2da. ed. México: UNAM, 1992.
  • Gutiérrez Laboy, Roberto. Hostos y su filosofía moral: Acercamiento a “Moral social”. Puerto Rico: Sociedad Histórica de Lajas, 1992.
  • ---. “Análisis metaético de Moral social de Eugenio María de Hostos.” Revista de Estudios Generales 9.9 (1994-1995): 89-139.
  • Henríquez Ureña, Camila. Las ideas pedagógicas de Hostos y otros escritos. Santo Domingo: Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos, 1994.
  • Henríquez Ureña, Pedro. “Ciudadano de América.” Plenitud de América. Buenos Aires: Peña, Del Giudice, 1952. 137-143.
  • ---. “La sociología de Hostos.” Comisión Pro Celebración del Centenario. América y Hostos. La Habana: Cultural, 1939. 148-155.
  • Hostos, Eugenio María de. Obras completas. 2a. ed. 20 tomos. 1939. San Juan: Coquí, 1969.
  • Larroyo, Francisco. La filosofía americana, su razón y su sin razón de ser. México: UNAM, 1958.
  • Lugo Guernelli, Adelaida. Eugenio María de Hostos: Ensayista y crítico literario. San Juan: ICPR, 1970.
  • Mora, Gabriela. Hostos intimista: Introducción a su diario. San Juan: ICPR, 1976.
  • Pedreira, Antonio S. Hostos, ciudadano de América. Río Piedras, PR: Edil, 1976.
  • Rojas Osorio, Carlos. “Ideas filosóficas de Eugenio María de Hostos.” Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña 26.95-96 (1987): 63-70.
  • Torres, Carlos Arturo. “Hostos, héroe moral.” Comisión Pro Celebración del Centenario. América y Hostos. La Habana: Cultural, 1939. 132-145.

Roberto Gutiérrez Laboy
Universidad de Puerto Rico,
Recinto de Río Piedras
Actualizado: abril 2001

 

© José Luis Gómez-Martínez
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