Laura Febres
 

 

Pedro Henríquez Ureña
Crítico de América

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Henríquez Ureña y la Filosofía

La actitud de los modernistas hacia América va a ser modificada por Pedro Henríquez Ureña a lo largo de su vida. Él le aportará el “urgente encomio latinoamericano del trabajo, la modestia creadora, el espíritu crítico y la racionalidad” (Real de Azua 66) rasgos que se encontraban con rareza en la sensibilidad modernista.

El joven Pedro con la introspección y auto análisis que siempre lo caracterizaron, se dio cuenta del cambio que desde el año de 1907 se había producido en su persona:

“pero es cierto que en el último año me he sentido definir interiormente, y que este proceso se ha acelerado grandemente desde la entrada del nuevo año”. (Epistolario íntimo I, 75)

Este giro de su personalidad aunque no es violento, se inicia en México donde Alfonso Reyes describe a Don Pedro a su llegada: “Por aquellos días Pedro era sumamente descuidado, muy pobre y vivía en una bohemia feroz” (Gutiérrez Vega 104). Poco a poco, con el contacto de los críticos literarios españoles e ingleses, con la aplicación de un conocimiento histórico sistemático, con el estudio serio y metódico de la filosofía, con el acercamiento al equilibrio y armonía de Grecia, se va disciplinando la bohemia modernista de que padecía.

“En otro orden, aunque comencé haciendo campaña en favor del llamado Modernismo americano, he sido siempre, por gusto, y por tradición familiar, devoto del glorioso pasado y del no indigno presente de la literatura española (y aun esto lo hizo notar la revista Cultura Española en una nota que consagró a ensayos míos, hace tres años). Esta devoción ha crecido al par que lentamente se enfriaba el entusiasmo infantil por una escuela literaria, efímera como tal, aunque sus representantes hayan hecho labor valiosa”. (Carta a Marcelino Menéndez y Pelayo. México, abril 28 de 1909. Revista Dominicana de Cultura. N° I, 139-140)

2.1. Henríquez Ureña y el positivismo

El cuestionamiento del positivismo, en que Don Pedro tuvo parte directa, fue tal vez el momento con el cual estos jóvenes contribuyeron al derrocamiento del régimen porfirista. El positivismo era la sustentación ideológica del régimen, donde existía todo un grupo denominado “Los Científicos” comandados por el Ministro de Hacienda, Limantour. Ni Justo Sierra, ni Bernardo Reyes (personajes que siempre ayudaron a Don Pedro) estaban de acuerdo con la orientación con la que este ministro quería continuar en el régimen porfirista. La oposición de Henríquez Ureña al positivismo era indiscutible. Sin embargo si hubieran visto con claridad en México como las ideas forman parte del sistema global de la sociedad, y a veces desencadenan las revoluciones, Justo Sierra hubiera tenido que renunciar de inmediato al Ministerio de Educación.

Antonio Caso, quien tampoco se formulaba explícitamente la necesidad de transformar el régimen político de la dictadura, pero que sí se planteaba una reforma ideológica, intuyó la relación que existía entre el positivismo y el porfiriato. Después de convocar a la última tanda de conferencias de este período (1909), específicamente sobre positivismo, no se decidió a atacar, tanto como Don Pedro deseaba, la tradición de la escuela.

“No se ha abstenido Caso de hacer crítica, sino de la censura franca: ha ejercido la función crítica sólo a medias.
Si de divulgación se tratara, bien estaría; pero ¿quién, a no ser un comtista fervoroso como Don Agustín Aragón, puede creer que el positivismo necesite ser divulgado en México más de lo que ya ha sido, sobre todo en la Escuela Preparatoria, donde pronuncia Caso sus conferencias y donde todavía domina el espíritu comtiano? (Obra crítica 53)

Lo que Henríquez Ureña critica es que Caso no censurara la ideología predominante para esa época en México, que no le confiriera a su charla un tono de protesta contra la filosofía positivista. No lo hizo Caso porque sabía que resquebrajaría una parte muy sensible del porfiriato. Esto no quiere decir que Antonio Caso, después de la caída del Porfiriato, no fuera la figura central de la renovación filosófica mexicana. “Nuestra única conquista fundamental, en la vida universitaria de entonces, fue el estímulo que le dio Antonio Caso a la libertad filosófica” (Obra crítica 613).

El año de 1910, en que se celebraban los cien años de la Independencia de México, Don Pedro, junto con otros dos compañeros, pone en práctica en la Antología del Centenario, la metodología histórica que lo acompañará toda su vida. Dejemos hablar a Alfonso Reyes:

“Una sobria y meditada “Advertencia”, debida a la pluma de Henríquez Ureña, donde el criterio de los autores de la Antología parece revelado con aquella concisión y diafanidad que invitan a aprender de coro las frases y los conceptos leídos, nos anuncia de una vez, y sin vueltas ni ambages, que no en todas las épocas ha producido flores nuestra literatura”, y que, por lo mismo, se dará primacía, en la recopilación, al concepto histórico sobre el absoluto concepto estético”. (Reyes, Obras completas I, 279)

Sin duda Pedro fue el elemento aglutinante del pequeño grupo intelectual de la juventud mexicana. José Vasconcelos recuerda que:

“Caso seguía siendo el eje de nuestro grupo; pero su carácter apático y a ratos insociable no hubiera mantenido alianzas sin la colaboración de Henríquez Ureña”. (Memorias 267)

Sin embargo, la lectura de Walter Pater y la importancia que en el camino platónico adquieren los acompañantes que ayudan a suscitar la dialéctica, probablemente, reafirmarían su propia inclinación gregaria.

“Pues bien, en ese largo diálogo del espíritu consigo mismo, muchas personas por decirlo así, tomarán necesariamente parte, tantas personas cuantos sean los contrastes o matices posibles en la comprensión de un tema complejo”. (Pater 203)

A través de esta cita de Platón y el Platonismo de Walter Pater, nos introducimos en un crítico inglés del siglo XIX que fue lectura cotidiana para Henríquez Ureña en estos años. Prueba de esto es que cuando José Vasconcelos nos habla de Don Pedro en su artículo sobre “El Intelectual”, el único autor que asocia con él, a través del recuerdo, es precisamente a Walter Pater: “Por su iniciativa entró a nuestro círculo, demasiado abstracto, la moda de Walter Pater. Su libro dedicado al platonismo durante mucho tiempo nos condujo a través de los Diálogos” (Memorias 267).

También podemos señalar el artículo dedicado a “El Espíritu Platónico” en Horas de Estudio, donde Henríquez Ureña, curiosamente, conjuga la concepción del “temperamento platónico” descrita por Walter Pater con la de Menéndez y Pelayo, los dos críticos que han venido siendo objeto de nuestro estudio en relación con Don Pedro. Walter Pater, junto con Matthew Arnold, su maestro, tendieron a configurar cierto espíritu que existió durante el siglo XIX de conjugar la literatura con la filosofía. (No podemos excluir a Nietzsche3 de esto), Don Pedro piensa que la capacidad filosófica es parte de la actividad creadora, y viceversa:

“Englobo, pues, la facultad artística de los conferencistas, no en menor grado revelada, dentro de su espíritu filosófico, no porque la considere subordinada, sino porque la estimo como algo más que simple potencialidad creadora, de imaginación y sensibilidad (que el vulgo suele juzgar casi subconsciente): como una facultad elevada a la altura filosófica por el poder de sintetizar y desarrollada y afinada merced a la capacidad crítica”. (Obra crítica 171)

Estas ideas estuvieron directamente relacionadas con la “degradación” de la filosofía4 durante el siglo XIX por el cuestionamiento de los sistemas filosóficos cerrados y ordenados que no dejaban ninguna puerta abierta al quehacer cotidiano de la experiencia. Walter Pater consideraba que la filosofía debía enriquecer la experiencia, no limitarla por medio de un sistema cerrado:

“Lo que debemos hacer es estar por siempre analizando nuevas opiniones, y solicitando nuevas impresiones, no conformándonos a una fácil ortodoxia de Comte, o de Hegel, o nuestra. Las teorías filosóficas o ideas, como puntos de vista, instrumentos de crítica, pueden ayudarnos a recoger lo que de otro modo nos pasaría inadvertido. “La filosofía es el microscopio del pensamiento”. La teoría o idea o sistema que requiera de nosotros el sacrificio de alguna parte de esta experiencia, en consideración a algún interés que no podamos compartir o de alguna idea abstracta que no hayamos identificado con nosotros, o que es sólo convencional, no tiene legítimo derecho a nuestra atención”.5

Como muy bien nos dice Don Pedro en su artículo “Nietzsche y el pragmatismo” –que nos ilumina bastante acerca de las ideas filosóficas del propio Henríquez Ureña- la verdad absoluta que había sido objeto de la búsqueda de los filósofos hasta el momento, ha dejado de ser una realidad para “Nietzsche y el pragmatismo” (Obra crítica 73). Es más. Ambas filosofías arremetieron contra este concepto de verdad. Por eso para Henríquez Ureña va a ser más importante la búsqueda de la verdad: “Acaso, como pensaba Lessing, la investigación de la verdad valga más que la verdad misma” (Obra crítica 153). Va a estar de acuerdo con Pater en el hecho de que la dialéctica –el camino platónico por medio del cual se llega a la verdad- es lo más importante y no la verdad misma.

El joven Pedro concordará con G.E. Lessing, Nietzsche y el pragmatismo en que la verdad absoluta es prácticamente imposible de ser alcanzada. En esto último no existe identidad entre el pensamiento de Henríquez Ureña y el de Platón, quien sí creía en la existencia de la verdad absoluta en el mundo de las ideas, y proponía la libertad de método para poder hallarla.

2.2. El estudio serio y metódico de la filosofía

Se decía con alguna frecuencia de Henríquez Ureña: “Este talento no acusó profundidad filosófica” (Jiménez-Grullón ii). No sabemos lo que Jiménez Grullón quiere decir con “profundidad filosófica” y nos parece que si Don Pedro no alcanzó un sistema filosófico (que suponemos es a lo que se refiere el crítico citado), no fue por falta de talento, ni mucho menos de trabajo, sino porque sencillamente no le interesaba. Para Henríquez Ureña la realidad era demasiado compleja y no podía ser encerada en un sistema filosófico que pretendiera cubrir todas las interrogantes del espíritu humano. Por eso él mismo nos dice:

“¿Se descubre en Deligne norma filosófica definida?, habrá quien pregunte. No; en los tiempos que corren, un psicólogo eticista, aguijado por el instinto crítico, difícilmente puede adoptarlas; quien vive planteando problemas, es rebelde a los dogmas”. (Obra crítica, 153)

No solamente Gastón F. Deligne es un “psicólogo eticista”, sino también José E. Rodó, como nos plantea el joven Pedro en la conferencia dictada en el Ateneo el 22 de Agosto de 1910:

“Como pensador, posee si no la originalidad que crea un sistema filosófico, sí la del eticista: en vez de dejarse arrastrar por la corriente que lleva a la ciencia fácil, a hacer libros con libros ajenos, vuelve a la clásica tradición que enseña a buscar en la propia experiencia, íntima y social, las verdades morales que deben darse al mundo como fruto acendrado de la personalidad, como aportación real al tesoro de la sabiduría humana”. (Obras Completas, II: 162)

Y ésta va a ser la misma dirección ideológica que Don Pedro asume con respecto al pensamiento. No dejarse guiar por una norma establecida desde fuera, buscar y hallar personalmente el propio camino, la propia dirección del pensamiento. Por eso, cuando dice acerca de Rodó:

“Es de la familia de Epicteto y de Plutarco, de Séneca y de Marco Aurelio, de Fray Luis de León y de Raimundo Sebonde, de Emerson y de Ruskin, la familia que preside, cobijándola con una de sus alas de arcángel, el divino Platón”. (162)

Creemos que no pecaríamos en absoluto de orgullo si añadimos el nombre del mismo Pedro Henríquez Ureña a esa lista. ¿No será también Nietzsche un psicólogo eticista como plantea Don Pedro con respecto a Deligne y a Rodó? Pensamos que, aunque en otra escala, la respuesta podría ser afirmativa porque para el filósofo alemán no son tan importantes los temas que plantea, sino el punto de vista crítico que asume ante ellos. La huella de Nietzsche se va a hacer más explícita con referencia a los conceptos de lo apolíneo y a lo dionisíaco, expresados fundamentalmente en El Nacimiento de la Tragedia y que serán constantemente manejados por Don Pedro:

“Lo apolíneo y lo dionisíaco son, como bien comprendes, lo que también se llama clásico y romántico: o lo que llamó Emerson europeo y asiático (aunque Hegel había dividido, con buen juicio en tres el arte universal: simbólico o asiático, clásico o europeo antiguo y romántico o moderno; en líneas generales, no se trata de temperamentos ni escuelas sino de épocas); o en fin, lo que Walter Pater llama dórico y jónico, y, en el mundo de las artes plásticas, marmóreo y criso-elefantino”. (Epistolario íntimo, I: 100-101)

Sin embargo, frente a estos dos conceptos. Que Henríquez Ureña afirma que no son de “temperamento” sino de “época”, él tomó el claro camino de lo apolíneo; pensó que debía predominar más la parte soñadora (de allí su condición de utopista posterior) y constructora del ser humano: “(Es decir: mi concepto es, que puesto que la inteligencia no es la que prevalece, debemos tratar de que prevalezca)” (Epistolario íntimo, I: 58). Además de una preferencia por lo apolíneo esta cita nos cerca al significado de Hegel en la obra de Henríquez Ureña, ya que el punto clave del sistema filosófico del maestro alemán es el predominio absoluto de la razón frente a la intuición y el sentimiento. La diferencia entre Henríquez Ureña y Hegel es clara: Hegel pensaba que la razón predominaba, Henríquez Ureña, en este momento, piensa que debía predominar.6

Don Pedro estudió a Hegel junto con Emile Boutroux 7 y Henri Bergson, filósofos franceses que no estaban de acuerdo con el positivismo y que destacaban el elemento intuitivo y el sentimiento. Para Don Pedro existe una mayor carga afectiva en el ser humano, pero la razón debe formar, modelar esta carga.

Sin embargo, el acercamiento de Don Pedro a Hegel no es el elemento predominante en este período en el que solamente se nota una lectura meditada de su estética, no una aplicación directa del método dialéctico como posteriormente veremos en “El Descontento y la Promesa”. Nuestro autor considera aquí, que tanto la dialéctica hegeliana como la teoría evolucionista de Herbert Spencer son sistemas deterministas y no nos revelan el verdadero devenir de la experiencia humana. En este punto, según Don Pedro, la razón se encuentra más del lado de Emile Boutroux y de Henry Bergson que permiten la aparición del hecho fortuito dentro de la evolución temporal.

Podríamos decir que, desde el punto de vista moral e incluso estético, Don Pedro está más ceca en este período del imperativo categórico de Emmanuel Kant –desde el punto de vista moral- y del escepticismo Katiano –como teoría del conocimiento -, que de la dialéctica Hegeliana. “Mi moral, en la parte pragmática, sigue siendo la del imperativo categórico” (Epistolario íntimo, I: 41). Henríquez Ureña piensa que la filosofía Kantiana va a ser renovada por la teoría del devenir formulaba de manera diferente por Hegel y Bergson.

2.3. El estudio de Grecia

Para Don Pedro el estudio de Grecia va a estar directamente relacionado con el desarrollo del espíritu crítico: “Brillantemente expresa Oscar Wilde que el espíritu crítico es hijo del arte griego” (Obra crítica 172). Su inclinación por lo racional, por lo apolíneo, por lo constructor, es causa y consecuencia a la vez de su pasión por Grecia, manifestada con gran intensidad en este período. El interés que manifiesta Don Pedro por Grecia abarca un período específico de la cultura griega que va desde el desarrollo de las primeras formas del teatro, hasta la culminación de esta estética en el siglo de Pericles. El Nacimiento de Dionisios. (Ensayo de Tragedia Antigua) escrita en 1909 es precisamente testimonio de esta predilección de Don Pedro hacia la Grecia anterior a Pericles:

“En este ensayo de tragedia antigua se ha tratado de imitar la forma trágica en uso durante el período inmediatamente anterior a Esquilo: la forma que, según las noticias llegadas hasta nosotros, empleo el poeta Frínico…” (Obras completas, I: 63)

Como sabemos, los rasgos definidores de la estética griega que culmina en Platón tienen la atención dirigida a “las cosas esenciales sin la distracción de detalles superfluos (…) la belleza, la armonía, la gracia y la medida del discurso, (…) el idealismo” (Arellano, Apuntes 39-41). Este último rasgo que va a definir, prácticamente, la posición estética de Don Pedro, parece claramente expresado en una Carta a su hermano Max: “El fin del arte es crear una vida superior es decir, construir una realidad superior tomando de la actual, del ambiente, los elementos de belleza” (Obras Completas, I: 367). Ve, entonces, en el arte equilibrado y formativo la fórmula de arte perfecto. Por supuesto que este concepto de arte no está lejos de Matthew Arnold y de Walter Pater que retoman en el siglo XX el concepto platónico de la belleza.

Es precisamente su predilección por la estética platónica, sumada al estudio histórico –al cual se vio inclinado por la lectura de Ernest Renan, de Menéndez y Pelayo y por el trato con Justo Sierra- lo que nos da la clave de la posición crítica posterior de Don Pedro. El método histórico le va a aportar su gran rigurosidad y análisis de la circunstancia histórica, mientras que la estética platónica, la necesidad y posibilidad de perfeccionamiento de la realidad histórica. Estas dos vertientes estarán continuamente enlazándose en las obras de Pedro Henríquez Ureña y se revelarán en su estudio de Hispanoamérica. Hispanoamérica para su época era prácticamente desconocida en el acontecer cultural, necesitaba un estudio histórico riguroso, a la vez que de una voluntad de perfeccionamiento, mediante la selección del ejemplo de los mejores y eso es lo que trata de hacer Henríquez Ureña con su labor americanista:  “Dar a conocer lo nuestro. Lo ensayo, cuando puedo y como puedo” (Obras completas, I: 318).

La afición por Grecia la compartían, con Pedro Henríquez Ureña, los demás jóvenes conferencistas del grupo y, como vamos a ver, trataron de organizar un nuevo ciclo de conferencias sobre este tema:

“Pero entonces surgió un nuevo proyecto que ha sido el verdadero definidor del grupo. Acevedo y yo pensamos en una serie de conferencias sobre Grecia; el grupo de conferencistas hubiera sido Caso, Acevedo, Gómez Robelo, Cravioto, no recuerdo si Valenti y Rafael López, tú y yo”. (Epistolario íntimo, I: 167)

El grado de afinidad con la cultura griega va a ir directamente relacionado con la orientación filosófica de los futuros ateneístas. Dentro de ellos van a surgir dos grupos filosóficos definidos que se prolongarán en la historia del pensamiento mexicano. Una orientación encabezada por José Vasconcelos, quien prefería la filosofía de Schopenhauer, y que en cierta forma escoge el camino irracionalista y dionisiaco de Federico Nietzsche. Tal vez esta sea la razón por la que no aparece Vasconcelos entre los conferencistas citados que hablarían sobre los temas griegos. Y otra encabezada por Caso y Henríquez Ureña que se podría ubicar dentro del idealismo de Sócrates, Platón, Kant y Hegel, filósofos generalmente optimistas.

Sin embargo, como analizamos anteriormente, Don Pedro poseía unas ideas filosóficas muy particulares provenientes de los críticos ingleses, de Hegel y de la corriente idealista (específicamente de Platón y Kant). Además para él predominaba el punto de vista crítico frente a la estructura, a veces coercitiva de un sistema filosófico.

Notas

3 Don Pedro no tenía muy buena opinión de Nietzsche como se demuestra en su epistolario: “Sobre el Apolíneo y lo Dionisíaco (temas que no es muy bueno usar, porque Nietzsche los echó a perder)”. Epistolario Intimo, I: 101.

4 Tomo el término degradación de T.S. Eliot aunque no estoy segura de que sea el término apropiado para definir este fenómeno. “La degradación de la filosofía y la religión, hábilmente iniciada por Arnold, es continuada por Pater con mucha competencia”. Eliot, T.S., 507. Los poetas metafísicos y otros ensayos sobre teatro y religión, II: 507.

5 Walter Pater, El Renacimiento, pág. 208. En los periódicos de los Estados Unidos cuando Don Pedro llega a Minnesota, se hace alusión a la traducción que hace Don Pedro de Walter Pater. Lamento no haberla consguido.

6 Obra crítica, 73. Aunque no estuvo totalmente de acuerdo con el pragmatismo, coincide con él en el cuestionamiento del concepto de verdad absoluta.

7 “Boutroux… pero qué nervio de estilo, mezcla de Renan y Taine, o, en castellano, de Rodó y Sanín Cano ¡qué riqueza y qué modo tan personal de enfrentarse a los problemas…”.Epistolario íntimo, I: 25. Subrayado nuestro.

Laura Febres
Universidad Metropolitana
Caracas, Venezuela

© Laura Febres. Pedro Henríquez Ureña, crítico de América. Edición digital autorizada para el Proyecto Ensayo Hispánico. Se trata de una versión modificada del libro del mismo título publicado en Caracas: Ediciones la Casa de Bello, 1989 y de la obra Transformación y firmeza. Estudio sobre Pedro Henríquez Ureña, presentada en 1984 en la OEA con motivo del centenario del nacimiento de Henríquez Ureña. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez. Actualizado: febrero de 2003.

 

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