Laura Febres
 

 

Pedro Henríquez Ureña
Crítico de América

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Henríquez Ureña y la invasión norteamericana a Santo Domingo

El primer artículo donde nuestro autor expresa la situación de República Dominicana aparece en inglés titulado “México and Pan-Americanism. The Dominican Republic- Another Test of Mr. Wilson sincerity”, en “The Minneapolis Journal, september 26, 1916” (Alfredo Roggiano. Pedro Henríquez Ureña en los Estados Unidos. pág. LXXII).

Allí notamos una característica común a todos los escritos sobre el tema, la necesidad de comunicar a la nación norteamericana la injusticia que se está cometiendo con su patria. Su aspiración fundamental es que, a través de esta información, la actitud del gobierno norteamericano cambie y desocupe a Santo Domingo. Esta esperanza es minada poco a poco y ya no la encontramos en su última conferencia de esta etapa: “Relaciones de Estados Unidos y el Caribe”.

Para la difusión de sus ideas con respecto a República Dominicana, Don Pedro utiliza mucho El Club Español y en 1921, poco tiempo antes de irse a México nuevamente, El Club de Relaciones Internacionales. de la Universidad de Minnesota. El Club Español y el Club de Relaciones Internacionales eran dos asociaciones constituidas por los alumnos y profesores de la Universidad de Minnesota donde fomentaban el conocimiento de otros países. Henríquez Ureña dirige y da verdadera vida al Club Español que adquiere una gran actividad mientras él estuvo en Minnesota.

El segundo de sus artículos, en orden cronológico, “El despojo de los pueblos débiles” (Octubre 1916), además de denunciar la actitud de “conquista” de los Estados Unidos con respecto a Santo Domingo, es también un reclamo a los países latinoamericanos, por su indiferencia ante el caso dominicano. Con cierta amargura nos dice:

“En cambio, salvar a la República Dominicana de la invasión ‘yanqui’ no conlleva gran notoriedad ni aplausos ruidosos, aunque sí la aprobación de los hombres de bien. Luego, las relaciones comerciales, la necesidad de no maltratar el terreno propicio para la cosecha de empréstitos… ¡Triste revelación del espíritu egoísta que impera en la familia de pueblos latinoamericanos!” (Obras Completas III, 294)

Estas fricciones dentro de la familia de los pueblos latinoamericanos (ocasionadas por conveniencias egoístas y prejuicios climáticos) serán mejor ilustradas posteriormente en su ensayo “Caminos de nuestra historia literaria” donde habla de esa división que se hace “particularmente en Argentina”. Siendo profesor en la Argentina Henríquez Ureña es atacado por algunos de sus colegas que tenían el prejuicio de que existían dos Américas, una “buena” y otra “mala”. Henríquez Ureña pertenecía a la parte del Caribe que por sus características climáticas era considerada “mala”. Ellos pertenecían a la zona templada y por lo tanto “buena” de América. Un poco para defenderse, y otro poco para aclarar conceptos, Henríquez Ureña desmiente la falsedad de este prejuicio que existía en la mente de algunas personas en “Caminos de nuestra historia literaria”. Ensayo perteneciente a Seis ensayos en busca de nuestra expresión.

Después de “El despojo de los pueblos débiles” su estrategia va a cambiar y sus trabajos (“Literatura dominicana” 1917, “La República Dominicana” 1917, “La Lengua en Santo Domingo”, 1919), no van a atacar directamente a los Estados Unidos sino a demostrar que su patria posee una lengua, una literatura y una historia totalmente diferentes a las norteamericanas, valiosas por sí mismas:

“Los títulos de Santo Domingo no son principalmente geográficos; son más bien espirituales. Santo Domingo es un fragmento de la gran familia hispánica, que ha vivido vida precaria, pero propia, durante más de cuatro siglos; y que luchará por persistir mientras habite en la tierra nativa el último descendiente de los colonizadores”. (Obras Completas III, 336)

Este cambio de estrategia se originó probablemente del temor de que los Estados Unidos hicieran de Santo Domingo una colonia semejante a Puerto Rico. Como la generalidad del pueblo dominicano, Pedro Henríquez Ureña trató de solucionar el conflicto pacíficamente porque sabía que una actitud belicosa podría ocasionar la conquista total del territorio, por parte de los Estados Unidos. Sin embargo, no deja de luchar para evitar la colonización, exaltando “el espíritu dominicano”.

“De esta injerencia oficiosa, complicada más tarde con intrigas y connivencias, había de surgir la presente e inusitada intervención, que parece haber aniquilado, con su injusticia esencial y sus injusticias diarias, el espíritu del pueblo dominicano. Parece, he dicho”. (Obras Completas III, 336)

Podríamos considerar el “Memorándum sobre Santo Domingo” dirigido al Senador Henry Cabot Lodge en septiembre de 1919 como el último intento que realiza con la esperanza de solucionar el conflicto.

Después de su viaje a España (Otoño de 1919 – Verano de 1920) parece haberse dado cuenta que todas las posibles vías de un entendimiento con el pueblo y el gobierno de los Estados Unidos habían sido agotadas. Por lo tanto, vuelve nuevamente al ataque directo contra la potencia norteamericana en “Relaciones de Estados Unidos y el Caribe”. En esta conferencia, dictada ante el Club de Relaciones Internacionales de la Universidad de Minnesota, acusa a los Estados Unidos de una política de conquista, no sólo en la República Dominicana, sino en toda el área del Caribe.

A pesar de la demagogia de W. Wilson, Henríquez Ureña no podía dejar de darse cuenta de que, nunca antes ni tampoco después de su período presidencial, se habían cometido tantos atropellos por parte de los Estados Unidos en la zona del Caribe. Todas sus promesas de Panamericanismo, citadas por nuestro autor en la “Apertura de la Conferencia Panamericana” (Obras Completas III, 202) eran en este momento vanas. Por eso afirma Don Pedro en “Relaciones de Estados Unidos y el Caribe”, tal vez refiriéndose a él mismo, aunque indirectamente: “Sin embargo, tal es el poder de la palabra, cuando representa ideas elevadas y las expresa bien, que conozco mexicanos que mantuvieron su fe en Wilson a pesar de todas sus contradicciones” (Obras Completas V, 44).

Creo entonces, no equivocarme al afirmar que Henríquez Ureña termina esta etapa totalmente decepcionado de las esperanzas que había depositado en la actuación del presidente Woodrow Wilson. Sus ideas no se llevaron a la práctica, eran meras palabras. En esta etapa hizo un “… Test of Mr. Wilson’s sincerity “ como él mismo titula su artículo inicial del conjunto histórico analizado. Por supuesto que al final de este período el examen resultó negativo para el presidente norteamericano.

Pareciera que después de su conferencia “Relaciones de Estados Unidos y el Caribe”, no se justifica su presencia en territorio norteamericano, y parte hacia México. Sobre el pueblo de los Estados Unidos le dice a su amigo Alfonso Reyes, a su salida del país:

“Creo que toleraría Nueva York, y, por extensión, ciudades cercanas como Filadelfia, Boston, New Haven, Baltimore. Pero el oeste, aun Chicago, es demasiado para mí, por el clima y por la gente. Como sabes, no pasa día que yo piense en el problema de por qué los pueblos son como son”. (Obras Completas V, 290)

Después de su larga estadía en Norteamérica, su opinión había cambiado de una admiración sincera en un principio, a una tolerancia obligada. Pareciera que la lucha entre Estados Unidos y Santo Domingo se prolongará de la realidad histórica concreta, que hemos estudiado en este apartado, al plano de las ideas de Henríquez Ureña. Estados Unidos y Santo Domingo se oponen por circunstancias que van más allá del problema político.

Santo Domingo, descendiente directo de la tradición española, posee el espíritu que la salvará. Estados Unidos posee las máquinas que domina en este momento, pero que no son garantía de superioridad. De lo estrechamente ligada que se encontraba la máquina a la idea que tenía Don Pedro de la civilización anglo-sajona es ejemplo este párrafo:

“Hubo una excepción sin embargo: no se trabajó seriamente por adaptar al indio a la civilización anglosajona, y acaso haya sido ventajosa la desidia: el insumiso indígena no ha aprendido a fabricar máquinas pero ha conservado su cultura autóctona y tradicional sobre todo su música y sus artes plásticas, hondamente interesantes. (Obras Completas III, 370)

Podemos, entonces, deducir de este últimos fragmento que las “máquinas” se oponen a la “cultura” en el pensamiento de Henríquez Ureña de esta etapa. Algo similar ocurre también en su artículo de 1917 “El espíritu y las máquinas”, donde demuestra que a pesar de poseer España un espíritu fuerte y vigoroso, no ha desarrollado un substrato económico acorde con éste.

Sin embargo, en esta dialéctica de raíces eminentemente rodonianas (Ariel - Calibán “espíritu - máquina”) Don Pedro observa una salida o síntesis. España, y con ella los pueblos hispanoamericanos deben dedicarse a forjar una estructura económica fuerte y acorde con su “cultura” o “espíritu”.

“Es decir, los intereses ideales son los mayores, los supremos, pero hay que atender a la buena maquinaria, a la eficacia técnica, porque sin ellas el espíritu no se manifiesta en plenitud. El espíritu debe interesarnos más que el progreso en el orden material o mecánico; pero el progreso en tales órdenes debe ser garantía de la integridad del espíritu”. (Obra Crítica 192)

5.1. La versificación irregular en la poesía castellana

Al igual que Andrés Bello se dedicaba en el segundo decenio del siglo XIX a la construcción de un gran poema sobre América, en plena contienda independentista en Venezuela, Pedro Henríquez Ureña, mientras su patria se encontraba invadida por los Estados Unidos, se dedicó también a la poesía; pero no a la creación sino al estudio. Como él mismo afirma, Andrés Bello fue el punto de partida para todos sus trabajos sobre métrica:

“En esta materia de hiatos y sinéresis, como en todas las que se refieren a la ortología y la métrica de nuestro idioma, los tratadistas, preocupados con reglas latinas y con ejemplos italianos, dieron muy tarde con la verdad: en rigor, a D. Andrés Bello se deben las bases definitivas (pero no mucho más que las bases) para el estudio de la versificación castellana; y todavía queda mucho por hacer” (Obras Completas IV, 325)

Como usualmente ocurre con Henríquez Ureña, sus temas siguen un largo proceso reflexivo y en este caso las raíces podríamos encontrarlas en su propio ejercicio como poeta en su adolescencia modernista y en dos artículos escritos en México, uno de la primera etapa mexicana, señalada anteriormente en este trabajo, “El verso endecasílabo”, y otro de la segunda etapa titulado “La métrica de los poetas mexicanos en la época de la independencia”. El primero trata de poesía culta y revela una gran erudición. El segundo se interna más en el elemento popular de la poesía mexicana, porque ya se había sumergido Henríquez Ureña en el estudio de la “sicología del pueblo” proveniente del pensamiento alemán.

En La Versificación Irregular en la Poesía Castellana, nuestro autor estudia metodológicamente la evolución de la lírica castellana de la etapa “Amétrica” a la etapa “silábica”. Sin embargo, destaca que al margen de esta evolución existe otro tipo de verso, el “acentual”. El cambio de la poesía amétrica a la poesía métrica lo fija Don Pedro a finales del siglo XIV y nos dice así:

“Desde luego a partir de Santillana, los versos adquieren fijeza silábica, y no se permite otra licencia que la del enjambement entre largo y corto….
Las formas amétricas, después de haber sido las dominantes – y en su origen probablemente las únicas – de la versificación castellana luchan con la tendencia a las “sílabas contadas” de que daban ejemplo la poesía latina medieval, la provenzal, la francesa, la galaicoportuguesa: así lo vemos desde el siglo XII, en el Misterio de los Reyes Magos”. (Obras Completas IV, 29)

Aunque el verso amétrico desaparece por influencia extranjera subsiste el verso acentual en los cantares populares. Al respecto nos dice: “Durante el período que se extiende desde el reinado de los Reyes Católicos hasta la ascensión de Felipe III al trono, en 1598, la poesía de versificación acentual o meramente libre alcanzó gran desarrollo permaneciendo anónima” (Obras Completas IV, 171).

Henríquez Ureña va estudiando el verso “acentual”, cronológicamente en diferentes obras, hasta su rompimiento con la poesía culta en la época de Calderón de la Barca. Aparece nuevamente el verso “acentual” en los poetas del Modernismo, y no solamente el “acentual”, sino el “amétrico” desaparecido desde finales del siglo XIV.

Como vemos en su tesis doctoral, él parte de la división entre la poesía culta y la poesía popular. Un estudio de la poesía erudita española no sería totalmente esclarecedor si no acudimos a la producción popular. El verso “acentual” proviene de la lírica galaicoportuguesa porque parece ser que en “Castilla hubiese menos actitud que en Occidente para la música verbal” (Obras Completas IV, 132).

En sus estudios de versificación, nuestro autor tiene que examinar con detenimiento la estrecha relación que existe entre Portugal y Castilla, pues para los estudios métricos no pueden ser estudiadas como entidades separadas.

“El juego de influencias entre Portugal y Castilla influencias que principian a ser mutuas en el siglo XV, siendo probablemente uno de los primeros ejemplos de influjo castellano en occidente la seguidilla de Don Pedro de Portugal – llega a su punto máximo en el siglo XVI y no cesa en la centuria siguiente”. (Obras Completas IV, 226)

Este estudio conjunto permitirá más tarde que Don Pedro tienda a fundir las colonias dirigidas por ambas potencias en su síntesis cultural: Hispanoamérica. Hispanoamérica no es un concepto que surge improvisadamente en la mente de Henríquez Ureña, sino que es fruto del estudio de nuestras raíces conjuntas. En el análisis métrico, Henríquez Ureña continúa con la misma terminología latina utilizada por Bello en sus Principios de la Ortología y Métrica de la lengua Castellana para el Isosilabismo. Nuestro autor cree que Andrés Bello se emancipó bastante de la versificación latina.

Bello se basa aún en la terminología latina, que es bastante escasa para describir los fenómenos métricos del español que había perdido la noción de cantidad, propia del latín clásico. Aunque tal vez, esto sería hoy en día criticable, no lo era aún en la época de Henríquez Ureña y mucho menos en la de Andrés Bello.

Cuando Henríquez Ureña realizó sus estudios métricos, este tipo de trabajo era raro no solamente en Hispanoamérica, sino también en España. El interés por la métrica había decaído mucho durante el romanticismo, y hasta el Modernismo no adquiere cierta vigencia; por eso, cuando nuestro autor cita obras anteriores que pueden darle idea de versificación, necesariamente tiene que recurrir al período neoclásico, y específicamente a Andrés Bello.

Sin embargo, al introducir el estudio del verso acentual y amétrico demuestra que, paralelamente a los moldes rítmicos del verso clásico (trocaico, yámbico, dáctilo, anapéstico, antibráquico), que son necesariamente isosilábicos en nuestra lengua, existían en español innumerables combinaciones amétricas e irregulares.

Aunque Henríquez Ureña use la terminología latina para los versos métricos, con esta tesis dedicada en su totalidad a los versos irregulares o fluctuantes, pretende demostrar que habíamos escapado de los patrones de cantidad (sílaba larga, sílaba breve) del latín y que nuestro modo de construir poesía era distinto. Nunca quiso Don Pedro que sus observaciones métricas fueran consideradas como preceptos, probablemente porque sabía que eran imposibles en español:

“Pero en mi trabajo arriba citado no he “defendido” este tipo de endecasílabo: he demostrado que fue el tipo fundamental de los ensayos españoles antes de Boscán, he comprobado su vida normal desde Boscán y Garcilaso hasta Moratín y su reaparición con Darío (los casos del siglo XIX son esporádicos). El decidir si “esta bien” o si “esta mal” es cuestión de gusto o de hábitos: yo no hago preceptiva”. (Obras Completas IV, 226)

En este mismo año (1919), cuando escribe un artículo sobre Salomón de la Selva, emite una opinión bastante curiosa sobre el futuro del verso libre en la poesía norteamericana: "La erupción del “verso libre" va disminuyendo: nunca llegó a dominar por completo a ninguno de los cinco poetas primeros que he nombrado”. (Obras Completas IV, 359)

Posición que tal vez podría parecer anticuada, si tomamos en cuenta, que después del simbolismo francés las literaturas occidentales han tenido en poesía un predominio absoluto del verso libre. Pero hoy en día, cuando hace prácticamente un siglo del esplendor del simbolismo, sabemos que paralelamente al verso libre han subsistido también los viejos patrones métricos. Por eso pensamos que no estaba tan equivocado Don Pedro cuando desconfiaba un poco del monopolio futuro del versolibrismo en poesía. Y ¿quién no puede asegurar que después que se haga un estudio rítmico del verso libre no se descubrirán detrás de él viejos patrones, como los que descubrió Henríquez Ureña que subyacían en los versos modernistas?.

Ya en la Argentina escribe un nuevo trabajo sobre versificación titulado “En busca del verso puro” (1926) y poco antes de su muerte publica otro titulado “Sobre la historia de Alejandrino” (1946).

5.2. Sus visitas a Madrid

De lo que observó Henríquez Ureña en el Madrid de aquella época (1917, 1920) es testimonio directo la primera parte del artículo titulado “En torno al poeta Moreno Villa” donde hace una división del mundo intelectual español en cinco clases:

“Una, los escritores que están fuera y por encima de todo grupo, ya por mérito excepcional (tal fue el caso de Pérez Galdós), ya por una combinación de méritos y fortuna (como en el caso de Blasco Ibánez). Otra, “todo el mundo”, la democracia literaria del periódico y del libro improvisado, donde no faltan a veces grandes talentos, como el humorista Julio Camba. Otra, el circulo de las reputaciones oficiales, y a menudo artificiales o inexistentes, resto de la época de la Restauración: por ejemplo, muchos académicos. ¿Sabe nadie entre el público de simples lectores, quién es el señor Sandoval, o qué ha escrito el señor Gutiérrez Gamero? Otra, muy interesante, los excéntricos: tales son, por ahora, los poetas ultraístas. Y otra, en fin, la aristocracia cerrada”. (Obra Crítica 212)

En términos intelectuales la “aristocracia cerrada” va a ser su clase favorita; es allí donde tiene sus mejores amigos.

“Para dar idea de lo que es la clase, bastará mencionar unos cuantos de sus miembros mejor conocidos: Unamuno es un filósofo místico; José Ortega y Gasset es su filósofo intelectualista; Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado son sus principales poetas; Azorín es su crítico; Enrique Diéz-Canedo es su humanista moderno… En la pedagogía social, la clase entronca, con la Institución Libre de Enseñanza, con la clara y fecunda tradición de Giner. En el mundo de la erudición, es aliado del grupo que encabeza Menéndez Pidal, hombres de disciplina perfecta y saber acrisolado”. (Obra Crítica 212 y 213)

La visión de España de Henríquez Ureña es inseparable de la figura de Menéndez Pidal con quien mantiene correspondencia desde 1913. Menéndez Pidal pasa a sustituir a Menéndez y Pelayo como cabeza de los estudios hispánicos. Dirigiéndose a Don Ramón le dice: “Perdone la longitud de esta carta y dígnese ayudarnos. Como lo hizo el incomparable Don Marcelino” (Carta a Ramón Menéndez Pidal. En Revista Dominicana de Cultura N°2, 317).

Don Marcelino Menéndez y Pelayo dejó una huella profunda en Henríquez Ureña, de la que le costó trabajo liberarse. Crítico genial, predominantemente intuitivo, no exento de contradicciones, va a ser reemplazado, después de su muerte, por Menédez Pidal quien poseía un espíritu riguroso y científico que se dirigirá a aplicar a la lengua e historia de España, las últimas innovaciones metódicas del pensamiento alemán, sobre todo en el campo filológico.

5.3. En la orilla. Mi España

Consecuencia de sus clases en la Universidad de Minnesota, que versaron en su gran mayoría sobre literatura española, y de su comunicación con España sale a la luz el libro En la orilla. Mi España. Pudiéramos hablar de éste como un gran collage que abarca todas las etapas cronológicas estudiadas hasta ahora en la vida de Henríquez Ureña, exceptuando su etapa modernista. Pero como en todo collage, a pesar del aparente desorden, existe una línea directriz que le da unidad, “…la unidad que descubro en las cosas españolas. Para mí España, siendo varia en extremo, es una, muy una; …” (Obra Crítica 187).

Se encuentra aquí “El maestro Hernán Pérez de Oliva”, “Rioja y el sentimiento de las flores” y un fragmento de la conferencia titulada “Don Juan Ruiz de Alarcón” que posee ahora el nombre de “Alarcón en el teatro español”, de Cuba tenemos la primera parte de “En torno a Azorín”, y “Los poetas líricos” y de su primera etapa en los Estados Unidos, concretamente de New York, aparece “Cervantes” y la primera parte de “Goyescas”, y de la etapa mexicana –que será tratada posteriormente, proviene “Preliminares”.

“Pero sería muy rara la situación de España si todo lo bueno tuviera que esperarlo de las clases obreras y agricultoras; si las clases directivas fueran total y exclusivamente parasitarias. La solución de todo el problema sería entonces muy fácil: educar al pueblo a toda prisa y entregarle la cosa pública, despojando de todo o hasta suprimiendo de raíz a las actuales clases directoras. No; las “reservas espirituales” de España, de la “España niña” de que nos habla Rodó, no están sólo ahí. También hay fuerzas vivas en otras porciones de la sociedad española”. (Obra Crítica 193)

Sin embargo, en los “Preliminares” escritos en México en 1922, nos dice también acerca de España: “Hay veces en que nos da la ilusión de haber entrado en el camino de su vida nueva y poderosa; otras veces, cuando la vemos ‘en el comienzo del camino, clavada siempre allí la inmóvil planta’, le deseamos un cataclismo regenerador como el de Rusia. O el de México” (Obra Crítica 188). De una posición firme y sin contradicciones sobre el futuro social de España expresada en el primer trozo, vemos que la segunda opinión nos comunica una duda: ¿Será mejor para el futuro de España una revolución que quebrante todos los cimientos de la sociedad?

En los ensayos o partes de ensayo de En la Orilla. Mi España, escritos entre 1917-1920, revela ya una incursión bastante marcada dentro de la dialéctica hegeliana. En todos ellos hay referencia directa o indirecta al método del filósofo alemán. Algunos están construidos sobre la base de una antítesis como: “El espíritu y las máquinas” (en el cual espíritu es ya un término que alude directamente a Hegel), “De París a Madrid”, “La antología de la ciudad” donde cada ciudad es una “fusión de contrastes” (Obra Crítica 201), y “Goyescas” en el cual el artículo, publicado en 1916, sirve de antítesis para la segunda parte publicada en 1920. Otros ensayos revelan que Henríquez Ureña utiliza conceptos Hegelianos para construir los juicios que emite. En “Adolfo Salazar y la vida musical en España” nos dice acerca del músico: “Agil cabeza filosófica, nutrida y ejercitada dialécticamente en vastísima lectura, nunca deja de relacionar sus juicios de cosas individuales con su doctrina fundamental” (Obra Crítica 204).

En el estudio sobre “La obra de Juan Ramón Jiménez” trata la evolución de la poesía del autor desde un punto de vista no necesariamente hegeliano; pero posteriormente afirma: “La poesía de Jiménez tiene tanto de impulso espiritual puro, que no cabe atribuirla de modo principal al paisaje” (Obra Crítica 213).

“En torno a Azorín” es un estudio de las diferentes corrientes críticas existentes en España. Azorín representa la renovación de esa crítica, pero Henríquez Ureña piensa que hay que respetar los trabajos de Don Marcelino Menéndez y Pelayo y de su continuador Ramón Menéndez Pidal. Precisamente porque Don Marcelino representa al pasado hay que apreciarlo.

La segunda parte del artículo de Henríquez Ureña es una defensa a la labor de Ramón Menéndez Pidal. Azorín considera que las Antologías son insuficientes e innecesarias porque no se pudo conocer a través de ellas a ningún autor y Henríquez Ureña le contesta: “Antes se queja de la insuficiencia de las antologías. No se puede conocer por ellas a ningún autor. No: precisamente deben servir para despertar el deseo de conocer a fondo los escritores en ellas representados. ¿No hacemos, todos, descubrimientos preciosos en las antologías?” (Obra Crítica 230).

No está de acuerdo Don Pedro con la crítica destructiva que hace Azorín de la labor de Menéndez y Pelayo porque tal vez piense nuestro autor como Hegel: toda negación del pasado, no es sino un fruto de ese mismo ayer. Por eso cada nueva generación tendrá algo nuevo que decir frente a la obra artística, porque su expresión será fruto de la nueva posición que asuman sus críticos en relación con ella.

“Cada generación (¿verdad, Enrique Díez Canedo?) debe justificarse críticamente rehaciendo las antologías, escribiendo de nuevo la historia literaria y traduciendo nuevamente a Homero”. (Obra Crítica 232)

 

Laura Febres
Universidad Metropolitana
Caracas, Venezuela

© Laura Febres. Pedro Henríquez Ureña, crítico de América. Edición digital autorizada para el Proyecto Ensayo Hispánico. Se trata de una versión modificada del libro del mismo título publicado en Caracas: Ediciones la Casa de Bello, 1989 y de la obra Transformación y firmeza. Estudio sobre Pedro Henríquez Ureña, presentada en 1984 en la OEA con motivo del centenario del nacimiento de Henríquez Ureña. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez. Actualizado: febrero de 2003.

 

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