Mariana Bernárdez

 

Entrevista con Enrique de Rivas
(y correspondencia de María Zambrano con Diego de Mesa y Enrique de Rivas)

 Mariana Bernárdez

La siguiente entrevista se originó por una extraña coincidencia, visitaba en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de México una retrospectiva de Remedios Varo, y entre los asistentes me encontré con Arturo Souto quien me preguntó si continuaba realizando mi proyecto de investigación doctoral sobre Zambrano, dada la afirmación me señaló que Enrique de Rivas solía venir a México durante el verano, pero como no había fecha conocida de arribo había que estar llamando. Así lo hice durante algunos meses hasta que Enrique contestó y concertamos una cita en su casa ubicada en los alrededores del Castillo de Chapultepec: sábado 27 de agosto de 1994.

A pesar del tiempo transcurrido tengo presentes ciertos detalles, recuerdo mi nerviosismo al esperar que me abriera la puerta, luego al entrar la fotografía de Azaña adornada en la parte superior con un listón que ostentaba los colores de la bandera Republicana, después la sala comedor con ventanales de piso a techo, y la luz, la luz que era demasiado luz, los muebles y las lámparas, las estanterías con ediciones estupendamente encuadernadas. Una vez roto el silencio procedió a prepararme un expreso capaz de resucitar a diez muertos, se sentó frente a mí y bajo este escenario comenzó una de las charlas más entrañables que he tenido en mi vida.

Enrique resultó ser un gran conversador, de memoria extraordinaria, con sentido del humor y sensibilidad única, ése fue uno de tres encuentros que me han acompañado a lo largo de mi vida, supe no sólo cosas de María sino de él como escritor y especialista en simbología medieval, fue generoso como el que más, me dio su tiempo, dos libros suyos, copia de algunas cartas que tenía de María y un extraño préstamo, un libro sobre vampiros escrito por Francisco Segovia, mismo que conservé durante 11 años para devolverlo, y tal devolución dio pie a la segunda entrevista con fecha del 3 de julio del 2005, que también se reproduce.

Notará el lector la falta de preguntas en esta primera entrevista, no hacía falta preguntar, Enrique portaba consigo desde hacía mucho todas estas palabras que fueron dichas entre el café, el cerrar las puertas para que no entrara el ruido de la calle y en la emoción propia de quien esto vivió para contar a otros.

 

I
27 de agosto de 1994

María Zambrano había venido a Chile con su marido, no sé si era o no una misión oficial de la República, el único que podría decírtelo sería él, pero eso es difícil, se separaron malamente. Vuelve a España en el año ‘38, tengo idea de que es cuando se marchan Las Brigadas Internacionales. Me parece que en el mes de septiembre u octubre de ese año, María está en Barcelona, eso lo recuerdo porque ella me contó una escena un poco cómica; vivían en un piso que daba sobre la avenida, no sé si sería la Diagonal de Barcelona, su padre estaba muriéndose, por esos momentos iban a desfilar Los Internacionales, y una señora de otro departamento se asomó al balcón y se puso a cantar “La Internacional”. María, entre la emoción de que se moría el padre, y “La Internacional”, estaba hecha un desastre.

La familia Zambrano parte a París, María y su marido van para La Habana en el 39, ahora la fecha exacta no la sé, se podría deducir por la correspondencia, por algún testimonio que haya de su llegada. Araceli y su segundo marido, Manuel Muñoz, quien fue Director de Seguridad en el año ‘36, y su madre, se quedan y viven la ocupación nazi. Creo que es a fines del ‘40 cuando la policía de la Embajada de España en una de sus redadas arresta a Manolo en La Santé, luego lo llevan a España y lo fusilan.

La estancia de María en México es relativamente corta, vive más tiempo en La Habana. En relación con esto recuerdo otra anécdota. María era muy superior en la conversación a lo que es en la escritura, como pasa con muchos escritores. Cuando se calentaba —digamos— y se ponía a hablar, era especial. Ella decía que había sido terrible llegar a México y luego a Morelia y ver que era, pero no era, Morelia se parece muchísimo a Valladolid, antes de que lo destruyeran con los rascacielos. Yo tuve la impresión contraria, el día que fui a Valladolid me parecía que era y no era Morelia porque hay similitudes en la catedral, la universidad, el cabildo etcétera. Comprendí, entonces, lo terrible que debió ser para ella.

María se ponía muy dramática con esta angustia de que era y no era, por eso no se quedó en Morelia. Creo que es en La Habana cuando viene la separación por una anécdota contada por otra persona con cierta malignidad que citando al marido de María decía: “¿Usted se imagina lo que es estar casado con una María Zambrano?, ahora imagínese estar casado con dos”. Araceli vivía con María.

Para el ‘49 viven en París y en el ‘51 están en Roma. Lo sé, porque mi tío Diego de Mesa, es contratado como traductor por la FAO, se reencuentra con ella estableciendo gran amistad, de hecho había sido discípulo suyo en el Instituto Escuela de Madrid. Cuando María vive en Roma, goza por primera vez de una pensión dada por una Fundación cubana a una mujer. María siempre tuvo alguien que la respaldó económicamente, o casi siempre, excepto en ciertos momentos. La pensión le duró hasta los años 60, porque con el castrismo la Fundación se arruinó. Eso sí me consta porque llegamos hasta el extremo de hacer una colecta para pagar la renta de su piso. Años después obtuvo otra a través de una Fundación venezolana.

El día que se escriba algo de la biografía de María Zambrano, alguien tiene que hablar de estos primos que tenían, Rafael y Mariano Tomero quienes la ayudaron cuando estaba en la situación que te he contado, que empezó en el año ‘62 para el ‘64. Es que estaban en la calle, hay que decirlo las dos eran muy pintorescas. En esos años fue cuando a María le notificaron en la Embajada de México que había unos papeles para ella, se presentó y eran los papeles del divorcio unilateral que había hecho su esposo en Cuernavaca. Como remedio, ¿qué hacen estas mujeres? Deciden, que Araceli venga a México a hablar con el marido que tenía una buena posición. Con dinero prestado a través de una colecta, — esto lo recuerdo muy bien porque me tocaba a mí llevar el dinero de las colectas, era espantoso y encima a mí se me ocurría comprarle una botellita de perfume en fin...— llega a México y Diego de Mesa, que estaba en Roma, le presta su departamento. Total se entrevista con este hombre y digamos que tiene éxito su misión porque algo le saca, pero cuando al final se hacen cuentas, todo lo que le sacó sirvió para pagar el viaje de ida y vuelta; fue un disparate aquello.

Las Zambrano siguen en condiciones económicas lamentables. Rafael Tomero, que se había improvisado, creo, traductor y se había conseguido un puesto en una de las agencias de las Naciones Unidas en Ginebra, viendo en el estado en que estaba María, le dijo: —Yo os ayudo, pero venid a Ginebra donde tengo una casita en el campo que me cuesta muy poco y aquí os podéis quedar. Además se resolvía el problema “metafísico” de los gatos. Los gatos es una cosa que yo nunca traté con María porque no sé nada del tema, pero eran una cantidad espantosa.

En Roma en 1958, fui por primera vez de turista, tenían 8 gatos en un departamentito estupendo en la Piazza del Popolo sobre el Cafe Rossati, pero era una sola habitación, hasta el punto de que Araceli tuvo una infección de la cual le vino una flebitis y estuvo ocho meses en cama. Ramón Gaya, el pintor, iba todos los días a estar con María, a sacarla al café, tal y cual; fue cuando las conocí, eran muy pintorescas, eran difíciles en el trato con las personas, exigían tanto de ellas, tanta devoción. María tuvo algunos amigos en Italia, y otros que ella no te hacía conocer, pero sí tuvimos amigos comunes como Cristina Campos y Elemire Zola; precisamente cuando le pasé en limpio aquel ensayo sobre la ciudad de Segovia se estableció una cadena, Zambrano le escribió a Cela proponiéndole que me publicara una serie de poemas que había escrito sobre Roma Diario de Octubre, él a su vez, le preguntó si yo no le traduciría unos ensayos de Elemire Zola. No sé si María volvió a ver a Cela, le conoció antes de la guerra en su piso en Madrid donde iban jóvenes intelectuales, sé que se escribieron muchísimo.

En efecto en el año ‘64 se fueron en un viaje épico a Ginebra en coche con “San Rafael”. Vivieron en una casita en el lado francés en Le Jurá, hasta que murió Araceli. María para entonces recibe ayuda de una persona que nadie ha conocido, un pintor inglés llamado Timoteo, por el que regresa a Roma en 1972 y viaja a Grecia. De regreso en Roma le alquila un departamento amueblado, pero esto duró poco porque María se dio cuenta de que sola no podía vivir, estaba muy torpe. Nunca vio muy bien, tenía miopía, y con la edad no le mejoró. Jamás usó lentes, su coquetería se lo impedía, además tenía catarata en un ojo, el otro había sido operado. Si se ponía las gafas veía, pero jamás las usaba, incluso ante nosotros que no éramos visitas.

Rafael se la volvió a llevar, esta vez vivió sola en un departamentito en Ginebra, porque él se casó, que de momento la indispuso, no por mala, sino por esa posesividad característica de esa generación, es decir, no basta almorzar, tienes que tomar café, quedarte a merendar, a cenar y acostarte a las tres de las mañana y hablando doce horas seguidas sin parar. María no podía vivir sola, era incapaz de lavar un vaso, no lo veía, se le caía, porque era torpe. De las cosas de la casa se ocupaba Araceli que era muy buena cocinera, María hubiera podido vivir comiendo jamón y pastitas de té. Aracelí era la fermosa hembra, en efecto fue muy guapa y al conocerla en Roma que tendría cincuenta y... todavía conservaba algo, incluso tenía pretendiente, pero nunca se quiso volver a casar. No sé, eso les hubiera solucionado todo porque había condes, duques..., en Roma eran muy exóticas, todo lo español es muy exótico en Italia y en aquella época todavía lo era más.

Rafael era muy bueno, y nunca era suficiente lo que hacía por María. Mariano el hombre perdido, creo que de la provincia de Segovia, el tonto del pueblo, es el que resuelve el problema: cocina, va al mercado, se ocupa de todo. A mí me ha hecho mucha impresión saber que un año después de morir María él muere. María se convierte en la razón de su vida, era un personaje como muy adecuado a ella. En una ocasión supe que había tenido una operación de cáncer espantosa en Ginebra. Todos pensamos: ¿qué va a ser de María? La explicación me la dio él: —Pues sabe, pues nada, que se había muerto Araceli, y que me abrieron, y pues yo dije y yo ya que hago aquí, pues me voy pa’ Araceli y luego digo y qué hace María, y digo no, me quedo y me quedé. No sé si fue un diagnóstico equivocado o en efecto éste decidió que se quedaba y se quedó. Atendió a María hasta el final.

El regreso a Madrid. Después de años de exilio la trajeron a Madrid, avión, recepción oficial, piso pagado por el gobierno, el hecho es que a los tres meses no hay un céntimo. Unas personas, que no sé quienes son de Vélez, Málaga y otros, inventan esto de la Fundación que le permitió vivir bastante bien. María no disfrutó de su regreso a España, ella lo decía en una frase muy gráfica “ya no me sostiene el cuerpo”, estaba derrumbada por la artritis y problemas de circulación que no la dejaban moverse, pero de la testa intocable, fumando como carretero, creo que los últimos seis meses dejó de fumar porque tenía una bronquitis crónica. Incluso era difícil verla. Cuando iba a Madrid, la llamaba muchas veces y le decía: —Bueno pues voy esta tarde. —Pero llama antes. Llamaba y cancelaba porque se sentía mal, seguía siendo, a pesar de todo, una persona fina y discreta. Recuerdo una vez que estaba con ella y me dijo: —No puedo más. Lo tomé en sentido metafísico, porque al hablar con María cualquier frase le daba pauta para pasar a otro plano, y empecé a replicarle: —No María, porque... —No, no, si lo que te quiero decir es que por favor te salgas porque me siento mal. Como podrás imaginar estaba hecha polvo. Sí hubo gente que se ocupó de ella, pero me decía: —No Enrique, no vuelvas nunca, esto es el infierno. Claro, era otro mundo. No sé si ella se dio cuenta de esa posesividad española que hay y da el aprovechamiento para trepar, hubo dos ó tres personas que se apropiaron de María Zambrano, artículos en las revistas, entrevistas en los periódicos, libros sobre María Zambrano, prólogos de María Zambrano, ese tipo de cosas. Por el otro lado era la gente que le hacía caso, porque otras como los mismos hijos de Ortega, no se lo hicieron. Era difícil, y además a María todo le parecía poco. Sé que algo trató de ocuparse Soledad Ortega, pero no hubo entendimiento, José Ortega, el otro hijo, rechazó que María fuera discípula de Ortega... en fin.

Sé que al volver a Madrid, María se llevó todo lo que tenía en Ginebra, unos centenares de libros y algunos cajones de correspondencia y manuscritos. María hablaba mucho de algo que quería escribir, sospecho que había escrito algo, era una especie de autobiografía novelada que se iba a llamar La vida de Ana Carabantes, Ana no sé por qué, pero Carabantes por Cervantes, me parece haber comprendido que era ella misma, si escribió pedazos de esto o no, no lo sé.[1] La correspondencia de María pudiera ser de interés, te voy a ver las cartas que tenga en Roma, aquí sólo tengo una, te la voy a enseñar para que veas el estilo de cartas que son. Leyéndose muchas se aprenden cosas, por ejemplo no recordaba, una carta que es una réplica de una mía donde le comentaba que en ese momento leía la Ética de Espinoza con entusiasmo, ella me contestó que al salir de España llevaba tres libros: la Ética de Espinoza, la Guía de los desamparados de Maimónides y la obra de San Juan de la Cruz.

Ese tipo de emoción resultado de las grandes intuiciones que producen los textos de Zambrano es lo mejor de ella, eso es muy superior a la propuesta filosófica donde hay un sistema, María en ese sentido es una pensadora, nunca logra armar un sistema porque tiene esta veta poética e intuitiva que es más fuerte, y que la hace ser muy cierta. En fin aquí está la carta a Diego Mesa, si no entiendes la letra manuscrita luego yo te lo digo, anda léetela.[2]

 

II
3 de julio del 2005

Domingo en la tarde, hay una llovizna suave sobre la ciudad, hay un sosiego típico, no hay movimiento en la calle y todo invita a la quietud, no obstante siento una cierta nerviosidad, hace 11 años que no veo a Enrique, al abrirme la puerta de su casa veo que ya no está la fotografía de Azaña franqueando el cruce del dintel, Enrique rápidamente empieza a platicarme de mil y un cosas, entre ellas que Javier Ruiz está por publicarle un libro, para retomar el hilo de quién es Javier Ruiz me lee un fragmento de una carta en la que María Zambrano lo menciona:

Recibo cartas Enrique de desamparados, que vienen a mí a que los escuche, a abrir su secreto poético temblando. Y algunos sí, son poetas, lo serían. Cuánto dolor y cuánta por mi parte ofrenda de atención, tiempo y todo, temblando porque siento que no puedo suplir. Pero cuánta belleza escondida.

Y de belleza hablando, me he venido a recordar de alguien de quien quería hablarte. Javier Ruiz, el que heroicamente prosigue con la colección de “Visionarios, heterodoxos y marginados” en la Editora Nacional. Se ha casado con una muchacha muy joven, poetisa, Julia Castillo, que hace años recibió un Premio Adonais. Trabaja además en la editorial de García Sánchez de Badajoz. Culta, inocente, sabia. Las cartas que me escribieron comunicándome sus bodas son muy diferentes, cada una de grande belleza. Él es arabista, sabe y siente, se siente hasta por familia descender de su secreto. Me describe la Ceremonia en la Capilla cristiana de la Mezquita de Córdoba —él es de Córdoba secularmente— en las arras que él le ofreció había una moneda desconocida, ejemplar único. La carta de ella, es una de las más hermosas que haya yo recibido en mi vida, tan mimada por el destino que he sido y soy en esto. Hicieron bodas de verdad. Tardé muchísimo en contestarles y lo hice al atropellaplatos, para darle acuse de recibo de su último libro publicado en la Colección El ente dilucidado, de un fraile capuchino del XVII [Fray Antonio Fuente La Peña]; que en España sólo Paco Baroja conoce. Es sumamente singular, etcétera, etcétera.

Y luego “Me preguntó si yo conozco al poeta que esté dispuesto a sin dejar de serlo, escribir algo de historia, si yo conozco a algún arabista que quisiera traducir algún tratado inédito, pequeño de Ibn Arabi. Yo le hablé de ti. Él se quedó esperando tu propuesta hará más de un año, —la propuesta de mi libro Figuras y estrellas de las cosas— cuando me dijiste que el libro para esa colección lo querías publicar. Le repetí ahora tus capacidades y que eres poeta, que has traducido no sé si todo el Diwan de Al Hallaj —esta es una fantasía de María— [...] Le di tu dirección y me dijo que te escribiría. No sé si habrás recibido la carta. Si a ti te interesa, la nueva dirección de la Editora Nacional es: Torregalindo 10, Madrid-16.

Así Enrique hila la charla entre una cosa y otra:

El libro que me edita ahora Javier obedece a que, después de esta carta, él dejó de trabajar en la Editora Nacional porque se acabó su contrato y no pudo publicar mi texto, entonces se le quedó como una espina, y ha estado apremiándome. Sabes, el riesgo de las cartas es darlas a conocer fuera de contexto….

Sí, en este caso las cartas se enmarcan en un trabajo previo que es la Cronobibliografía además de las entrevistas, la revisión incluso hemerográfica que permite dar un marco de entendimiento; lo que me gustaría es lograr realizar una serie de entrevistas de personas que hayan conocido a María Zambrano de forma directa.

Ahora que recuerdo escribí un ensayo sobre mi encuentro con María, a lo mejor está en Internet, salió en la revista Archipiélago que se hace en Barcelona[3], lo leí en diciembre del 2003 y se publicó en los primeros seis meses del 2004, cuento que María era muy amiga de mi tío Diego de Mesa, que se habían conocido, como te conté, en el Instituto Escuela de Madrid, María era unos años mayor que Diego, María era de 1904 y Diego era de 1912.

Diego me dijo “Vete a ver a María,” vivía en un apartamentito que daba sobre Piazza del Popolo en Roma, tenía el obelisco enfrente, al entrar le dije “Ah que apartamento más agradable,” porque además era casi cuadrado, tú te has fijado que las habitaciones cuadradas te dan una sensación de gran apacibilidad, “¡Qué bonito!” “¡Sí, sí, pero tiene usted que verlos desde aquí!”, entonces María se puso de cuclillas y yo también para estar en ángulo con una ventana ovalada en alto, un tragaluz, a través del cual se veía el “Obelisco Egizio” de Heliopolis, y al fondo las terrazas del Pincio con sus cipreses y sus pinos, y era ese cielo azul del verano, ese cielo que yo llamo el “cielo de Keats” Estando en esa posición, me dice “¿Parece Italia, verdad?” El apartamento era una habitación, una cocina y un baño, no sé si un cuartito más.

Ese fue mi primer encuentro con María, no se me olvida nunca, hablamos de Pirandello, entre otras cosas, eso lo cuento en el artículo de Archipiélago, no recuerdo cómo hilé los temas, pero describía la conversación sostenida, con estas pausas que María hacía; estabas hablando con ella y de repente decía: “El Logos, ya sabes”, y te quedabas un poco así porque no sabías exactamente qué tenías que saber, a lo mejor era algo que no había expresado, pero te miraba, y tomaba un cigarrillo; recuerdo que hablamos de España, de los árabes: “Los árabes que nos descubrieron la noche, esa noche perfumada que sólo hay en España.” Habló cosas… muy de María Zambrano; como te había dicho, María cuando estaba inspirada era muy superior incluso a lo que escribía, la palabra hablada nace espontánea, no estas ante un público sino ante una persona o dos, no estás tratando de dar un efecto y claro al salir espontánea se le ocurrían miles de cosas, algunas de las cuales luego encontrabas en sus obras, la conversación con ella era siempre muy estimulante.

¿Mantuviste la relación con María a través de los años mientras ella estuvo en Italia?

Aquél primer año no la vi mucho, porque Araceli estaba con una flebitis, María no podía salir mucho. En realidad no fueron tantos años, porque aquel año fui de turista a Italia, y fue cuando me dije “tengo que venir a vivir aquí como sea.” Volví en los años sesenta y ellas todavía estaban allí, pero ya no en el apartamento de Piazza del Popolo, había pasado todo ese jaleo de los gatos, todavía María estuvo hasta el año 64 que es cuando me volví para México, y a partir de esa fecha nuestra relación continúo afortunadamente gracias a las cartas.

Los últimos recuerdos que tienes de ella

Son ya de Madrid, estaba muy lúcida, pero muy mal, lo cuentas tú en la primera entrevista, un día que estaba hablando con ella, me dijo “No puedo más, no puedo más”, y pensé que lo decía en un sentido metafísico porque esa era la altura a la que solía estar, le contesté “No, no María…” “No, no me he explicado bien, es que no me siento bien.” Tenía un malestar y claro me marché; algunas otras veces cuando estaba en Madrid le llamaba, a veces me decía que fuera y otras que no porque estaba un poco pachucha. En los años que vivió en Ginebra disminuyeron las cartas por el teléfono, cuando estaba en La Piece al contrario, para llamarle había que pasar por una centralita en Suiza que pasaba a otra del lado de la frontera de Francia y era dificilísimo, así que uno acababa escribiendo cartas.

La última vez que hablé con ella por teléfono fue cuando le dieron el premio Cervantes; el rey y la reina habían ido a su casa, ella me preguntó: “¿Qué le parecería a Diego?”, y le contesté “Le hubiera parecido magnífico.” Esto fue en el 90 y ella murió en febrero del 91. Todavía en el 90 la vi porque estuve dos meses en España con motivo de la conmemoración en noviembre del cincuentenario de la muerte de Azaña; no fui solo, iba acompañado de Manuel Borras editor de Pre-textos y alguien más, estuvimos sólo un momento, no estaba nada bien, de la cabeza divinamente, pero se cansaba, dijo esta frase: “El cuerpo no me sostiene”; tenía una artritis muy severa y no podía moverse bien, estaba muy bien atendida y con sus gatos eternos. Estaba este personaje, Mariano, que fue muy importante en el cuidado de María y Rafael, al que conocí en Roma, cuando estaba tratando de conseguir un puesto en la FAO donde yo trabajaba, luego hay que recordar que se portó maravillosamente con María.

¿Alguna vez discutiste con María proyectos de libros?

No, María no solía discutir sus proyectos, hablaba temas como de lo de Ana Carabantes, o te contaba de los problemas que había tenido con tal libro que había enviado y que no le habían acusado de recibido, o que no había llegado o que algunas páginas habían llegado estropeadas, pero no otra cosa.

En Diario 16 Maria Zambrano tiene varios artículos sobre Roma, ¿te tocó a ti pasear con ella por Roma?

No, cuando conocí a María en el 58 estaba con el lío de Araceli, no salía con frecuencia; cuando más ha paseado María por Roma fue en el 51 cuando se encontró con Diego, que era de las pocas personas que tenían coche, hacían viajes juntos fuera de Roma, es la época de los paseos dorados, pero yo con ella nada; además el problema es que yo trabajaba siempre y María por la noche no salía, entonces tenía que ser algo que sucediera un sábado o un domingo. Recuerdo haber estado con María en las misas gregorianas que se daban en San Anselmo, a las cuales asistíamos con Cristina Campos, Elemire Zola, pero era cosa de ir primero a casa de Elemire y luego a la misa.

María tenía un lugar favorito en Roma al cual he llevado a mucha gente y al cual he dicho que no vuelvo más salvo que me paguen 2000 euros por paseo porque es en la Vía Appia y hay que caminar sobre las piedras sagradas que te destrozan los pies, porque ya no permiten ir en coche, es una cosa espantosa, sobre la Vía hay una estatua; según yo es un Hermes, un Mercurio, la cara está aplanada, pero tiene el sombrero, un resto del caduceo y la túnica alrededor de un brazo. María le llamaba “El Efebo”, pero desde la primera vez que lo vi, de efebo no tenía absolutamente nada, le faltaba ya una parte, pero le quedaban dos que eran obvias de un hombre mayor de 35, alguien dijo que mayor de 45, tan experto no soy… La última vez que he ido no quedaba absolutamente nada, de Efebo ha pasado a ser no castrado sino eliminado, a pesar de estar fijado al suelo con cemento es un milagro que esté todavía ahí y no se lo hayan robado, porque está abandonado en plena Vía.

En la época en que María paseaba iba mucho a este lugar, desde luego fue con Diego; con quien fui el día en que le conocí cuando vino a Roma, fue con Jesús Moreno Sanz, para poder llegar a la Via hay una parte que está asfaltada y es peligrosísima porque es muy estrecha y te tienes que pegar a la pared para que los coches no te arranquen. El lugar además fue filmado, dos ó tres años después de morir María me llamó Adolfo Castañón, estaba haciendo una película sobre los lugares donde había vivido María, México, Ginebra… me pedía que le llevara a ver aquellos que María había frecuentado en Roma y sobre todo “El Efebo”, era diciembre, estaba nublado, el clima espantoso, pero ahí fuimos, vino con un equipo de televisión organizado a la española, es decir habían quedado de venir a mi casa a las diez de la mañana, a esa hora me llaman y me dicen que si puedo alcanzarles porque se les había olvidado traer el celuloide, el cual llegaría en el próximo vuelo de Iberia, no había tiempo que perder, así estaba organizado todo. No sé si habrá hecho un video, o si la Residencia de Estudiantes de Madrid estaba involucrada; lo que sí puedo decirte es que fuimos muy notoriamente a ver a “El Efebo”, yo estaba un poco preocupado porque detrás hay un alambrado que dice “Zona Militar, prohibido paso”, y en cualquier país al estar cerca de zonas militares se corre el riesgo de que alguien venga a hacer preguntas y a pedir documentos, pero no pasó nada…

Recuerdas la iglesia pitagórica de la que María hablaba.

Ah, esto sí, esto ella me lo descubrió a mí, la Basílica Neopitagórica di Porta Maggiore de Roma, no fui con ella, sino con unos amigos, es un lugar que desde hace 25 años no se puede visitar, para entrar hay que tener un permiso especial que no hemos podido conseguir incluso a través de conocidos, pero es un lugar maravilloso y único es un hipogeo bajo tierra, hecho por los neopitagóricos. La historia es la siguiente, fue descubierta en 1917 cuando empezaron a mejorar la vía férrea del ferrocarril de Roma a Nápoles, en un momento dado se hundió la tierra y vieron que había un vacío, al bajar se encontraron con un templo, un poco más alto que el techo de aquí, ancho como esto y quizás no tan largo, como de 9 metros; son tres naves con arcos laterales, escenas en estucos de paisajes mitológicos o muy concretamente de La Odisea; en lo que sería el altar está Safo a punto de tirarse desde la Leucade, la roca blanca confín entre las tinieblas y la luz, al mar.

La basílica fue leída e interpretada por primera vez en un volumen muy grueso escrito por Jerome Carcopino, La basilique pythagoricienne de la Porte Majeure, publicado en pleno régimen de Vichy, me parece que en 1944, porque Carcopino había sido director de la escuela francesa de Roma durante los años treinta y cuarenta, luego fue Ministro de Educación con Petain, es un libro estupendo, pero es una interpretación como sólo la podían hacer los latinólogos y grecólogos clásicos.

No sé exactamente cómo María conoció la Basílica, tampoco quién se lo reveló; tuve la suerte de que en aquella época la abrieran y hubiera entrada al público; lo sorprendente es que estaba en muy buen estado, al tiempo se estropeó un poco el mural de Safo por humedades, pero el resto estaba como si lo hubieran acabado de construir el día anterior. Los jardines de esta zona, por donde ahora se encuentra la Stazione Termini, eran de un procónsul llamado Statilius y los ambicionó y los quiso comprar Agripina la madre de Nerón, pero él se negó. Agripina hizo lo que se hacía cuando se quería hacerle daño a alguien, lo acusó de neopitagórico o matemático, eso estaba prohibido, ya que se les consideraba unos subversivos; en parte tenían razón porque era una religión que iba hacia el cristianismo; y él antes de inaugurarla la hizo cerrar. Se quedó dormida durante siglos, rara vez sucede esto. No recuerdo todos los detalles porque son muchas escenas, pero los referidos a La Odisea se interpretaron considerando las aventuras de Ulises como aventuras del alma, busca el libro que es magnífico. Venga que yo ahora me voy a tomar un whiskito.

 

 


Notas

[1] Zambrano publicó un pequeño artículo titulado “Ana de Carabantes.” Diario 16. Culturas. Suplemento Semanal. Madrid, España. XI.60 (1 de junio de 1986): XI, seguido por “Otras huellas.” Diario 16. Culturas. Suplemento Semanal. Madrid, España. XI.62 (15 de junio de 1986): VII, donde se confirma la sospecha de Enrique de Rivas.

[2] Las siguientes cartas fueron proporcionadas por Enrique de Rivas, las primeras fueron dirigidas por María Zambrano a Diego de Mesa y comprenden su estancia en Roma del 13 de abril de 1955 al 11 de diciembre de 1959. Las dirigidas a Enrique de Rivas comienzan el 22 de agosto de 1973 al 23 de agosto de 1974.

[3] Se trata del artículo de su autoría “María Zambrano o la mayéutica de la aurora”, en “María Zambrano: La razón sumergida.” Archipiélago. Cuadernos de Crítica de la Cultura. Barcelona, España. No. 59. (1994).

Mariana Bernárdez
Actualizado: agosto de 2005

 

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

Home Repertorio Antología Teoría y Crítica Cursos Enlaces

jlgomez@ensayistas.org