Simón
Bolívar
"Simón Bolívar:
de la utopía a la decepción"
Juan José Canavessi
II.
EL CAMINO HACIA EL HORIZONTE UTÓPICO
En esta sección se hará un
recorrido por los principales escritos de Bolívar y sus temas fundamentales,
en los cuales se manifiesta su intención de ir realizando progresivamente su
proyecto. Esto permitirá reconstruir su percepción del desarrollo del
proceso revolucionario, a la vez que hará posible conocer su pensamiento en
estrecha relación con su contexto.
1.
La primera etapa de la guerra
revolucionaria
a. La ocasión, las causas y
las circunstancias
¿Qué fue lo que ocurrió para
que los americanos se lanzaran a romper las cadenas? En 1813, Bolívar
escribe al gobernador de las islas de Curazao:
Un continente,
separado de la España por mares inmensos, más poblado y más rico que
ella, sometido tres siglos a una dependencia degradante y tiránica,
al saber el año de 1810 la disolución de los gobiernos de España por
la ocupación de los ejércitos franceses, se pone en movimiento para
preservarse de igual suerte y escapar a la anarquía y confusión que
lo amenaza. Venezuela, la primera, constituye una junta conservadora
de los derechos de Fernando VII, hasta ver el resultado decisivo de
la guerra, ofrece a los españoles que pretendían emigrar un asilo
fraternal; inviste de la magistratura a muchos de ellos (26).
Bolívar expone el estado de
dominación de los americanos respecto de España, resaltando la distancia que
los separa y la injusticia de la tiranía. De pronto, la metrópoli queda
acéfala y aparece en escena el peligro del imperialismo napoleónico. América
debe evitar ser devorada por el caos y el desgobierno; por tanto, se toman
medidas transitorias hasta ver cómo evolucionan los hechos en Europa. No se
trataría de una revolución, ya que la junta no es “revolucionaria” sino
“conservadora” de los derechos reales de Fernando VII. Se trata de medidas
para atenuar el impacto de los cambios, según las expone Bolívar. Incluso,
la clase gobernante española es invitada a participar en la nueva
organización política.
Cuando escribe esta carta,
Inglaterra y España son aliadas contra Bonaparte, por lo cual, Bolívar
enfatiza que las juntas americanas surgieron en nombre y resguardo de los
derechos del monarca, en medio de una situación internacional compleja. Se
manifiesta la misma ambigüedad que en el inicio del resto de los procesos
revolucionarios de Sudamérica: las juntas se crearon, al igual que las de
España, para asegurar la soberanía del rey cautivo, como único medio de
salvar la región de la voracidad napoleónica y de la anarquía social, a la
espera de la evolución de los hechos:
“Venezuela adoptó aquella medida, impelida de la irresistible necesidad”
(26).
Menciona como antecedentes
otras juntas gubernativas establecidas con anterioridad a la de Caracas,
establecidas con la finalidad de evitar el desorden y los tumultos.
El motivo fundamental que esgrime es la necesidad de tomar posición frente a
los acontecimientos europeos, evitando que la acefalía metropolitana llevase
al caos social:
¿Y Venezuela no
debería ponerse igualmente a cubierto de tantas calamidades y
asegurar su existencia contra las rápidas vicisitudes de la Europa?
¿No hacía un mal a los españoles de la Península, quedando expuesta
a los trastornos que debía introducir la falta de gobierno
reconocido? (26).
Bolívar critica la actitud de
los peninsulares, que lucharon contra el gobierno caraqueño y el resto de
juntas americanas constituidas sobre esas bases, que son las mismas que
emplearon las provincias españolas en la Península:
Persuadida Venezuela
de que la España había sido completamente subyugada, como se creyó
en las demás partes de América, dio aquel paso (...) autorizada con
el ejemplo de las provincias de España, a quienes estaba declarada
igual a derechos y representación política (26-27).
Con esto señala la
ilegitimidad de la lucha que la metrópoli emprendió contra los americanos.
La Regencia establecida en Cádiz fue aceptada por las juntas españolas y por
Perú y Nueva España. El Consejo de Regencia convocó las Cortes, que
comenzaron a reunirse en Cádiz en septiembre de 1810, y decretó la guerra
contra los pueblos que no lo reconocieron, tratándolos como a insurrectos.
Bolívar señala que se trata de una injusticia, ya que las provincias
americanas son independientes respecto de las otras integrantes del reino.
Las Cortes de Cádiz, de las que formaron parte los delegados de Perú y Nueva
España, promulgó la constitución de 1812, texto de enorme importancia, que
no tuvo vigencia real en la zona de insurgencia americana, pero sí en las
regiones de América que mantuvieron las autoridades regias, aunque de forma
muy limitada.
El panorama americano que
Bolívar pinta alrededor de 1813 en su correspondencia es el de una guerra
cruel y ruinosa, llena de discordias, que arruinan un continente pacífico,
de población extremadamente paciente y sumisa. Esta destrucción se debe a la
ferocidad de los españoles, que actúan en estas circunstancias como
acostumbraron a conducirse desde que entraron al Nuevo Mundo: llenando de
muerte y desolación una de las porciones más bellas de la naturaleza,
haciendo desaparecer de la tierra su casta primitiva, “y cuando su saña
rabiosa no halló más seres que destruir, se volvió contra los propios hijos
que tenía en el suelo que había usurpado” (27).
Así describe Bolívar, en aquel
momento, tanto los móviles iniciales de los acontecimientos de 1810, como su
derivación en un proceso revolucionario:
Tres siglos gimió
América bajo esta tiranía, la más dura que ha afligido a la especie
humana; tres siglos lloró las funestas riquezas que tanto atractivo
tenían para sus opresores, y cuando la Providencia justa les
presentó la ocasión inopinada de romper las cadenas, lejos de pensar
en la venganza de estos ultrajes, convida a sus propios enemigos,
ofreciendo partir con ellos sus dones y su asilo (27).
Bolívar presenta aquí las
causas, la ocasión y la modalidad del desarrollo del movimiento
revolucionario.
Los hechos de 1810 arraigan en
un estado de dominación, al que los americanos debían poner fin. Allí hay
que buscar las causas del deseo de emancipación. A su vez, el escenario
internacional ha brindado la ocasión para que se rompieran las cadenas de la
opresión. De esta manera, Bolívar distingue entre las causas de la
revolución y la ocasión de la misma. Hay una tercera afirmación, referida a
la modalidad del movimiento: la revolución es presentada como un hecho
incruento y animado de buen espíritu, y no movido por el odio y la venganza,
a pesar de que las autoridades españolas removidas habían mantenido en la
esclavitud a los americanos, llevándose sus riquezas e impidiéndoles el
progreso de su industria y sus artes. Sin embargo, el grupo revolucionario
intentó integrar a sus antiguos opresores al nuevo estado de cosas. Pero la
respuesta de los españoles fue tal, que todo derivó en una guerra
revolucionaria.
b. Más que guerra
revolucionaria, guerra social
El pacifismo que Bolívar
atribuye a la revolución debe entenderse a partir de las intenciones que
movieron al grupo dirigente criollo. Bolívar pertenecía a los mantuanos,
sector aristocrático criollo que pretendió capitalizar en su provecho la
coyuntura internacional y hacerse del poder, no para establecer reformas
sociales, sino para acceder a los privilegios de los peninsulares y tener
mayor participación en el gobierno americano. Los más extremos, quisieron
aprovechar la ocasión para establecer una independencia total respecto de
España. Sin embargo, tanto moderados como independentistas, temían que la
sociedad se descontrolara y Venezuela se convirtiese en un nuevo Haití,
planteándose la revolución en términos de reivindicaciones sociales por
parte de las castas subyugadas. De ahí que intentasen unir al movimiento a
las antiguas autoridades, a fin de no enfrentarse entre elites dirigentes,
dejando abierta la puerta al caos.
Pero la realidad fue más
compleja, y el vacío de poder llevó a un enfrentamiento general, en el que
detrás de las fachadas de los ejércitos realistas y republicanos, había
distintos intereses que esperaban concretarse a través de la lucha armada.
Monteverde extremó la guerra captando las ambiciones de los postergados a
favor del partido realista, aprovechando los resentimientos de muchos que
tenían motivos suficientes para luchar contra la elite criolla de los
mantuanos. Recogiendo distintos apoyos, incluido el eclesiástico, y
aprovechando la interpretación popular del terremoto que sacudió Caracas en
marzo de 1812, logró retomar el control de la región durante ese año.
Ante el cariz de los
acontecimientos, Bolívar retornó a escena y respondió con su manifiesto de
guerra a muerte, dictado en Trujillo en 1813. Intentó que la guerra no fuese
social, sino una guerra de independencia. Por eso se propuso reordenar los
partidos en pugna: la lucha era entre españoles y americanos, y cada uno
debía tomar posición en ese marco.
No tuvo mayores resultados. Si bien con su “campaña admirable” logró
recuperar Caracas y otras ciudades, la guerra social se hacía cada vez más
encarnizada. Bolívar, Mariño, Ribas y el resto de los generales
revolucionarios luchaban contra el poder realista y, simultáneamente, contra
los llaneros y los pardos, acaudillados por Boves. Finalmente, en el “año
terrible” de 1814, los republicanos fueron vencidos y Bolívar marchó al
exilio, mientras todo el país era escenario de matanzas y destrucción.
El exilio le permitió
reflexionar sobre la situación y su irresoluble complejidad. En la “carta de
Jamaica” Bolívar manifestó lúcidamente una gran verdad, que estará en la
base de su posterior frustración:
Mas nosotros (...) que
por otra parte no somos indios ni europeos, sino una especie media
entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores
españoles; en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y
nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los
del país y que mantenernos en él contra la invasión de los
invasores; así nos hallamos en el caso más extraordinario y
complicado (67-68).
Esta posición intermedia de
Bolívar y de la mayoría de la dirigencia revolucionaria es la que explica no
sólo las dificultades anteriores a 1815 sino las posteriores a 1826, cuando
una vez expulsados los españoles, se inicie un período de disgregación y
enfrentamientos civiles. Este tipo de posturas es la que manifiesta que en
Bolívar y en muchos contemporáneos coexistían rasgos de una mentalidad
ilustrada, caracterizada por el afán de progreso y reforma, junto a
estructuras mentales coloniales, por las cuales concebían la sociedad de
forma piramidal, anudada por una autoridad fuerte, y dependiente de Europa
tanto en su identidad como en su futuro. Lo complejo es que, en ese esquema
colonial, se situaban en el lugar de los “conquistadores”, cuyo sitio
esperaban heredar; mientras tanto, encabezaban una lucha de independencia,
que se suponía debía derribar esas mismas estructuras.
El estallido de la guerra
social, que puso en riesgo la continuidad del proyecto independentista, se
debe a esta ambigüedad que Bolívar intentó, infructuosamente, resolver con
su declaración de Trujillo. Allí pretendió que las diferencias sociales y
políticas fueran eclipsadas por la oposición de identidades: americanos
versus españoles.
Esa polarización que Bolívar
necesitaba para retomar la lucha se hizo realidad cuando Morillo, al mando
de la expedición enviada por Fernando VII para recuperar sus reinos de
ultramar, se hizo cargo de la situación en 1815. El rey no quería negociar
ni reconocer las libertades proclamadas en la constitución de Cádiz en 1812,
y reinstauró el poder absoluto de su corona. Los llaneros, los pardos y los
desclasados, que habían peleado bajo el mando de Boves a favor de los
realistas, no obtuvieron el reconocimiento que esperaban. Morillo estaba en
una situación muy distinta de la que había vivido Monteverde. Comandaba una
fuerza fabulosa, un ejército regular –en el cual no había lugar para una
oficialidad parda–, y el espíritu igualitario de Cádiz había sido sepultado
por la restauración absolutista del monarca.
2.
El nuevo escenario internacional
a. La
revolución y Gran Bretaña
El “año terrible” de 1814 fue
también un año de excepcionales transformaciones en la escena internacional.
Fundamentalmente, Inglaterra y España ya no están unidas contra Bonaparte.
Bolívar reflexiona a partir de las nuevas condiciones:
La situación de actual
de la Europa es la más favorable a nuestros intereses, y la que
prontamente va a consolidar nuestra libertad e independencia (42).
En enero de ese mismo año,
Bolívar se había dirigido a Wellesley, retomando el plan de Miranda, que los
acontecimientos habían postergado:
“El gabinete de San Jaime, decidido siempre por la emancipación de América,
la escudará con su protección” (33). Bolívar expresa así la convicción que
movió al grupo revolucionario independentista al encarar su acción. A raíz
de los hechos de abril de 1810, la junta había nombrado a Bolívar como
coronel, enviándolo a realizar gestiones en Europa. En junio de ese año,
partió rumbo a Londres con Luis López Méndez y Andrés Bello, para negociar
con las autoridades británicas. Fue la primera y única vez que Bolívar viajó
a Inglaterra; la visita fue muy importante para él, ya que le ayudó a
completar su cuadro de la Europa de su tiempo.
Allí se unieron a Miranda, quien había estado en contacto con los
revolucionarios norteamericanos y había peleado en la revolución francesa.
Miranda ya venía realizando
gestiones para comprometer a los ingleses con la independencia americana
respecto de España.
Los intentos de la “Gran Reunión Americana”, logia creada por Miranda en
Londres a fin de lograr esos objetivos, seguía pugnando por interesar al
gabinete británico.
La pérdida de la marina
franco-española en Trafalgar en 1805 había dado impulso a esos planes.
España, aliada de Francia y enemiga de Inglaterra, había quedado aislada de
América. En 1806 el mismo Miranda encabezó una pequeña expedición de
mercenarios con la finalidad de encender la revolución en Caracas, pero
fracasó.
Lo mismo ocurrió con las incursiones inglesas a Buenos Aires y Montevideo,
en 1806 y 1807. Era una circunstancia internacional que se prestaba para una
ruptura americana respecto a la metrópoli, pero no estaban dadas otras
condiciones, las vinculadas con la mentalidad de los americanos. La reacción
generalizada en contra de los invasores hace pensar que todavía no existía
una actitud independentista, no sólo en los sectores populares, sino incluso
entre los dirigentes. Si bien había un ánimo de protesta contra la
administración borbónica, ese descontento no había engendrado todavía un
consenso suficiente a favor de una futura emancipación.
De pronto, la invasión
napoleónica a la península ibérica en 1808 transformó a Inglaterra en aliada
de España, y lo que a principios de siglo podía ser viable, ya no lo fue a
partir de 1808.
El plan de Miranda había quedado superado por los acontecimientos
internacionales. Pero la situación volvió a cambiar en 1814 cuando tambaleó
el poder napoleónico, y la coyuntura política europea se volvió medianamente
propicia. Entonces, Bolívar reflexionó acerca de cómo quedaban situadas, en
ese nuevo escenario, las revoluciones americanas:
Si convenimos pues,
como es necesario convenir, que aun restablecido este equilibrio en
la Europa, los intereses de la Gran Bretaña son enteramente opuestos
a los de las potencias continentales, ¿cómo incurrir en la demencia
de creer que siendo hoy Inglaterra la única nación marítima del
universo, vaya a prestarse a que España vuelva a afianzar aquí su
dominación? Aun suponiendo que la España hiciese con la Gran Bretaña
los tratados más favorables a su comercio ¿la simple fe de los
tratados sería la garantía suficiente de su cumplimiento? (42).
Esa convicción lo llena de
esperanza. Desaparecido el peligro bonapartista, Inglaterra dejará su
indiferencia y ambigüedad. No se trata de otra cosa que del peso de las
conveniencias, las que retrotraen la postura británica a como era antes de
Bayona:
Es por esta razón que
la emancipación de América ha estado siempre en los cálculos del
gabinete inglés. La Gran Bretaña, colocada entre el antiguo y nuevo
continente, va por este nuevo equilibrio del universo a llegar al
último punto de grandeza y de poder a que ningún pueblo del mundo
había osado aspirar. Queda pues ahora la cuestión del imperio de los
mares reservado para calculistas más profundos. Nosotros solamente
divisamos a lo lejos la Gran Bretaña, confundida y abrumada por el
peso enorme de sus riquezas, y a la América formando el imperio más
poderoso de la tierra (43).
En toda América sólo subsiste
el movimiento revolucionario del Río de la Plata. Napoleón ha caído;
Inglaterra y España ya no son aliadas. Es preciso que Inglaterra actúe y se
comprometa a favor de la emancipación del continente. Por eso, la
presentación que Bolívar realiza para 1815 de los acontecimientos que se
fueron sucediendo desde 1810, ya no insiste en la legitimidad de la
revolución, ni en su carácter conservador de los derechos reales, sino que
apunta directamente a implicar a los británicos desde sus inicios: dadas las
circunstancias internacionales, algunos vieron la ocasión para emanciparse
de España, contando con la colaboración de Inglaterra. Bolívar escribe al
ministro de relaciones exteriores británico, justificando la revolución con
la finalidad de seducir a los ingleses, a fin de comprometerlos con los
revolucionarios americanos. Describe la revolución misma como un movimiento
de América destinado a acercarse a Gran Bretaña. Intenta mostrar que su
solicitud no es un manotazo de ahogado debido a la coyuntura, sino del
cumplimiento de los objetivos iniciales del proceso emancipador:
Buscando en la
presente revolución de la América el objeto de los pueblos en
hacerla, han sido dos: sacudir el yugo español, y amistad y comercio
con la Gran Bretaña (45).
Alejarse de España y acercarse
a Gran Bretaña es un mismo movimiento, común a todos los nuevos gobiernos
americanos:
El mismo carácter
distingue la misma revolución que se ha prolongado en las demás
regiones de América. Todas han hecho ver que reconocen sus
verdaderos intereses en esta separación de la España, y en esta
amistad con la Inglaterra (45).
Ese mismo año, en la “carta de
Jamaica”, Bolívar ubica el proceso iniciado en 1810 en el contexto de los
acontecimientos internacionales, mostrando cómo los hechos derivaron hacia
una revolución:
Cuando las águilas
francesas sólo respetaron los muros de la ciudad de Cádiz, y con su
vuelo arrollaron los frágiles gobiernos de la Península, entonces
quedamos en la orfandad. Ya antes habíamos sido enfrentados a la
merced de un usurpador extranjero; después, lisonjeados con la
justicia que se nos debía y con esperanzas halagüeñas siempre
burladas; por último, inciertos sobre nuestro destino futuro y
amenazados por la anarquía, a causa de la falta de un gobierno
legítimo, justo y liberal, nos precipitamos en el caos de la
revolución (69).
Así presenta el escenario
internacional como marco de la revolución, pero como las circunstancias ya
no son las mismas que cuando los hechos ocurrieron, su discurso sufre
modificaciones respecto del que expresara durante el período de hegemonía
napoleónica en Europa.
Durante su exilio de 1815, insiste ante Wellesley:
La filosofía del
siglo, la política inglesa, la ambición de la Francia y la estupidez
de España, redujeron súbitamente a la América una absoluta orfandad,
y la constituyeron indirectamente en un estado de anarquía pasiva.
Las luces de algunos aconsejaron la independencia, esperando
fundadamente su protección en la nación británica, porque la causa
era justa. La masa general de los pueblos fue dócil al principio y
siguió la senda del bien. Pero, vueltos los españoles de su primera
sorpresa, porque la Inglaterra les volvió la esperanza, dirigió su
atención no a recobrar su antiguo dominio ni a conquistar para
poseer: con el fuego y la espada en la mano su proyecto es reducir,
segunda vez, a soledad esta mitad del mundo que su impotencia no
puede conservar (52).
b.
Situación hacia 1815
La revolución está
prácticamente en agonía. ¿Se debe exclusivamente a las fuerzas de Morillo?
Bolívar no olvida que fue vencido por Boves antes que la expedición del rey
tocara suelo venezolano. La revolución ha caído por no haber logrado el
apoyo de todos los americanos. Las dificultades las achaca a la mentalidad
colonial, de la cual los pueblos no pueden desembarazarse en poco tiempo.
Así lo dice en carta a Hyslop:
Los pueblos,
acostumbrados al antiguo dominio, obedecen sin repugnancia a estos
tiranos (...) no debemos alucinarnos; la opinión de la América no
está aún bien fijada, y aunque los seres que piensan son todos,
todos independientes, la masa general ignora todavía sus derechos y
desconoce sus intereses (50).
La situación es delicada, pero
no hay que alarmarse. Es propio de los procesos de cambio el enfrentamiento
entre quienes luchan por el cambio y quienes pelean por sostener las viejas
estructuras. Nada nuevo ocurre, en ese sentido, en América:
Sin embargo, nuestra
división no es extraña, porque tal es el distintivo de las guerras
civiles formadas generalmente por dos partidos: conservadores y
reformadores. Los primeros son, por lo común, más numerosos, porque
el imperio de la costumbre produce el efecto de la obediencia a las
potestades establecidas; los últimos son siempre menos numerosos
aunque más vehementes e ilustrados. De este modo la masa física se
equilibra con la fuerza moral (...) Por fortuna, entre nosotros, la
masa ha seguido a la inteligencia (75).
En su visión, él se considera
de los reformadores, dentro del grupo minoritario, selecto, de los
dinamizadores a favor del cambio. Evidentemente, se refiere al plano
político, no al social. Pero aún en el espectro de las ideas y la acción
política, Bolívar dista mucho de ser un reformista. Es importante observar
el desfasaje entre el lugar que ocupó en la escena, y el lugar en que él se
veía: un reformador ilustrado, con la misión de iluminar y guiar a las masas
ignorantes.
La ayuda de los ingleses es
ahora más necesaria que nunca. Los escritos de esos años duros están
especialmente dirigidos a contar con Gran Bretaña. En la “carta de Jamaica”,
Bolívar expresa cuál ha de ser la máxima prioridad del grupo revolucionario:
“Seguramente la unión es lo que nos falta para completar la obra de nuestra
regeneración” (75).
Intenta mostrar a su
interlocutor británico que la revolución no está perdida; a pesar de la
situación desastrosa para los defensores de la causa independiente, hay
fundamento para la esperanza:
Yo diré a ud. lo que
puede ponernos en actitud de expulsar a los españoles y de fundar un
gobierno libre: es la unión, ciertamente; más esta unión no nos
vendrá por prodigios divinos sino por efectos sensibles y esfuerzos
bien dirigidos (76).
La desunión es un factor
determinante del desorden americano. Bolívar atribuye a la falta de apoyo
exterior gran parte de responsabilidad en la fragmentación de su país:
La América esta
encontrada entre sí, porque se halla abandonada de todas las
naciones; aislada en medio del universo, sin relaciones diplomáticas
ni auxilios militares (76).
¿Cómo relacionar falta de
apoyo internacional y desunión? Probablemente, lo que Bolívar insinúa es que
si su grupo hubiese contado con el apoyo inglés, se hubiera podido ejercer
un poder centrípeto alrededor del cual edificar la nueva sociedad:
Lo que es, en mi
opinión, realmente temible es la indiferencia con que la Europa ha
mirado hasta hoy la lucha de la justicia contra la opresión, por
temor de aumentar la anarquía; esta es una instigación contra el
orden, la prosperidad, y los brillantes destinos que esperan a la
América. El abandono en que se nos ha dejado es el motivo que puede,
en algún tiempo, desesperar al partido independiente, hasta hacerlo
proclamar máximas demagógicas para atraerse la causa popular; esta
indiferencia, repito, es una causa inmediata que puede producir la
subversión y que sin duda forzará al partido débil en algunas partes
de América a adoptar medidas, las más perniciosas, pero las más
necesarias para la salvación de los americanos que actualmente se
hallan comprometidos en la defensa de su patria (...) La
desesperación no escoge los medios que la sacan del peligro (79).
La afirmación está dirigida a
comprometer a los ingleses. Les está asegurando que, de obtener su
colaboración, él será capaz de unir a su pueblo. De lo contrario, la
angustia del momento puede llevar a intentar soluciones insensatas.
c. América
y Gran Bretaña: el nuevo equilibrio mundial
No sólo es necesaria la
cooperación británica para aglutinar el frente revolucionario. No hay que
olvidar que, además, hay un poderoso ejército español que controla
militarmente casi todo Sudamérica. Bolívar intentará despertar los intereses
seculares de Gran Bretaña, a fin de contar con su apoyo.
En 1810, los independentistas
no podían esperar la venia inglesa ni su ayuda. Pero Fernando VII ha
regresado a su trono revestido de un absolutismo mayor que el que habían
practicado los Borbones previamente, y la Santa Alianza ha establecido un
nuevo orden internacional, pretendiendo retrotraer las cosas a como habían
sido antes de la revolución francesa. Inglaterra quedaba fuera de esa
política. Tenía el poder suficiente para realizar la suya, y Bolívar
intentaba seducirlos apelando a la justicia y a la necesidad del equilibrio
internacional. América debe unirse a Gran Bretaña; Inglaterra no puede dejar
que los restauradores del absolutismo, sus enemigos, recuperen poder en el
Nuevo Mundo.
En ese contexto, deben ser
leídas sus palabras a Wellesley, desde su exilio jamaiquino:
La suerte de la
América reclama imperiosamente el favor de cuantas almas generosas
conocen el precio de la libertad y se glorían de defender la
justicia (...) Este es el último período de nuestra existencia, si
una nación poderosa no nos presta auxilio de todo género; ¡qué
dolor!; tenemos una enorme masa de poder que por sí misma debe
desplomarse si artífices fuertes y hábiles no construyen el edificio
de nuestra libertad (...) me he salido a dar alarma al mundo, a
implorar auxilios, a anunciar a la Gran Bretaña y a la humanidad
toda, que una gran parte de su especie va a fenecer, y que la más
bella mitad de la tierra, será desolada (52-53).
Morillo está firmemente
establecido en Venezuela, y su acción y la del virrey de Lima ahogan los
focos revolucionarios en toda América, con excepción del Río de la Plata. En
su carta a Hyslop reitera su solicitud en nombre de la justicia:
Ya es tiempo, señor, y
quizá es el último período en que la Inglaterra puede y debe tomar
parte en la suerte de este inmenso hemisferio, que va a sucumbir, o
a exterminarse, si una nación poderosa no le presta su apoyo, para
sostenerlo en el desprendimiento en que se haya precipitado por su
propia masa, por las vicisitudes de Europa y por las leyes eternas
de la naturaleza (50-51).
Además: ¿es posible que
Inglaterra desprecie incluso su propio interés?:
Pero la pérdida
incalculable que va a hacer la Gran Bretaña consiste en todo el
continente meridional de la América, que, protegido por sus armas y
comercio, extraería de su seno, en el corto espacio de diez años,
más metales preciosos que los que circulan por el universo (51).
En la “carta de Jamaica”
reitera sus argumentos. En primer lugar, recalca el papel que le cabe al
mundo civilizado en esa contienda:
¿Y la Europa
civilizada, comerciante y amante de la libertad, permite que una
vieja serpiente, por sólo satisfacer su saña envenenada, devore la
más bella parte de nuestro globo? ¡Qué! ¿Está Europa sorda al clamor
de su propio interés? ¿No tiene ya ojos para ver la justicia? (...)
llego a pensar que se aspira a que desaparezca la América, pero es
imposible, porque toda la Europa no es España (65).
En segundo lugar, Bolívar se
esfuerza en mostrar que la intervención europea, y particularmente la
británica, no debe hacerse realidad sólo por motivos filantrópicos, en
defensa de la justicia, sino que además se trata de una necesidad para el
equilibrio internacional y de una acción conveniente a los intereses
económicos de los propios ingleses:
La Europa misma por
miras de sana política, debería haber preparado y ejecutado el
proyecto de independencia americana; no sólo porque el equilibrio
del mundo así lo exige; sino porque es el medio legítimo y seguro de
adquirirse establecimientos ultramarinos de comercio (...) En
consecuencia, nosotros esperábamos con razón que todas las naciones
cultas se apresurarían a auxiliarnos, para que adquiriésemos un bien
cuyas ventajas son recíprocas a entrambos hemisferios. Sin embargo,
¡cuán frustradas esperanzas! No sólo los europeos, pero hasta
nuestros hermanos del norte se han mantenido inmóviles espectadores
de esta contienda (66).
En esos tiempos de agonía de
la revolución, Bolívar tienta a los ingleses con grandes ventajas, con el
fin de que participen de la lucha. Escribe a Hyslop:
¡Qué inmensas
esperanzas presenta esta pequeña parte del Nuevo Mundo a la
industria británica! (...) regiones que sólo esperan la libertad
para recibir en su seno a los europeos continentales, y formar de la
América en pocos años otra Europa con lo que Inglaterra, aumentando
su peso en al balanza política, disminuye rápidamente el de sus
enemigos, que indirecta e inevitablemente vendrán aquí a hacer
refluir sobre la Inglaterra una preponderancia mercantil y un
aumento de fuerzas militares capaces de mantener el coloso que
abraza todas las partes del mundo. Ventajas tan excesivas pueden ser
obtenidas por los más débiles medios: veinte o treinta mil fusiles;
un millón de libras esterlinas; quince o veinte buques de guerra;
municiones, algunos agentes y los voluntarios militares que quieran
seguir las banderas americanas; he aquí cuanto se necesita para dar
la libertad a la mitad del mundo y poner al universo en equilibrio
(51).
No sólo ofrece ventajas
comerciales. Su desesperación lo lleva a ofrecer también posesiones
territoriales, en las que destaca, proféticamente, la importancia
estratégica de Centroamérica:
Con estos socorros
pone al cubierto el resto de la América del sur y al mismo tiempo se
puede entregar al gobierno británico las provincias de Panamá y
Nicaragua, para que forme de estos países el centro del comercio del
universo por medio de la apertura de canales, que, rompiendo los
diques de uno y otro mar, acerquen las distancias más remotas y
hagan permanente el imperio de Inglaterra sobre el comercio (51).
Sin embargo, no puede dejar de
expresar su disgusto por tener que recurrir a esos medios a fin de asegurar
la victoria. Escribe a Wellesley:
Si me hubiese quedado
un solo rayo de esperanza de que la América pudiese triunfar por sí
sola, ninguno habría ambicionado más que yo el honor de servir a mi
país, sin degradarlo a la humillación de solicitar una protección
extraña (53).
¿Cuál será el lugar que
ocupará América en el nuevo equilibrio mundial?
¡El equilibrio del
universo y el interés de la Gran Bretaña, se encuentran
perfectamente de acuerdo con la salvación de la América! ¡Qué
inmensa perspectiva ofrece mi patria a sus defensores y amigos!
Ciencias, artes, industria, cultura, todo lo que en el día hace la
gloria y excita la admiración de los hombres en el continente
europeo, volará a América. La Inglaterra, casi exclusivamente, vera
refluir en su país las prosperidades del hemisferio que, casi
exclusivamente, debe contarla por su bienhechora (52).
Equilibrio internacional e
interés comercial.
Tanto desde el punto de vista político como económico la presencia de
Inglaterra apoyando la independencia de la América española resulta lógica,
está inscrita en el proceso mismo de cambio que vive el mundo. En ese nuevo
equilibrio, América tiene un sitio bien determinado, una manera de
insertarse en el circuito del capitalismo mundial en avance. Así
reflexionaba ya en 1814:
Nosotros por mucho
tiempo no podemos ser otra cosa que un pueblo agricultor, y un
pueblo agricultor capaz de suministrar las materias más preciosas a
los mercados de Europa, es el más calculado para fomentar conexiones
amigables con el negociante y el manufacturero. Reconocida nuestra
independencia, y abiertos estos países indistintamente a los
extranjeros, no podemos imaginar cuánto aumentará la demanda pública
todos los años. Los artículos de exportación se multiplicarán hasta
lo infinito, y las importaciones irán siempre buscando el equilibrio
comercial con nuestras producciones. Cuando consideramos nuestra
suerte futura por este aspecto, deducimos sin la menor fuerza que la
emancipación de la América va a producir en el lujo, en las riquezas
de las naciones, en una palabra, en las costumbres del género
humano, una revolución mucho más espantosa que la que trajo su
descubrimiento (43).
Todos estos textos de 1814 y
1815 deben ser leídos en el contexto de una época de enorme incertidumbre y
amenaza. La desesperación de Bolívar queda de manifiesto en algunas de sus
expresiones en la carta a Wellesley:
Este es el último
período de nuestra existencia, si una nación poderosa no nos presta
auxilio de todo género; ¡qué dolor!; tenemos una enorme masa de
poder que por sí misma debe desplomarse si artífices fuertes y
hábiles no construyen el edificio de nuestra libertad(...) me he
salido a dar la alarma al mundo, a implorar auxilios, a anunciar a
la Gran bretaña y a la humanidad toda, que una gran parte de su
especie va a fenecer, y que la más bella mitad de la tierra será
desolada (52-53)
[21].
Sus esfuerzos por comprometer
abiertamente a Inglaterra no dieron resultado. Los británicos esperarían la
llegada de circunstancias favorables para hacerse presentes más adelante,
cuando pudieran obtener ventajas comerciales y estratégicas sin tener que
comprometerse en una guerra que podía derivar en un enfrentamiento con el
resto de Europa.
3.
La verdadera guerra de independencia
a. Un nuevo
comienzo
A pesar de su insistencia para
obtener el apoyo británico, el retorno de Bolívar al continente en 1816 fue
posible gracias a la ayuda que le brindó Pétion, dictador de la república de
Haití, a cambio de satisfacer sus demandas respecto de la libertad para los
esclavos de Venezuela. Bolívar advirtió que debía ampliar la base de su
lucha. Con la promesa de otorgar la libertad a los esclavos que se le
unieran comenzó a componer una nueva fuerza. Trabajosamente procuró ponerse
de acuerdo con los jefes de grupos revolucionarios que se habían mantenido
en la lucha durante su exilio dominando la región oriental. Constató que
desde allí sería muy difícil obtener apoyos y vencer. Volvió a Haití y
regresó al continente con nuevos planes.
Cuando aún no había obtenido
victorias relevantes, y mientras los republicanos no eran una fuerza
unificada, Bolívar se lanzó a una creación política que le asegurase el
liderazgo de la revolución. Con la toma de la ciudad de Angostura se aseguró
el cauce del Orinoco, en julio de 1817. Desde ese punto estratégico quería
luchar hacia Venezuela y Nueva Granada y poder tomar contacto con el
exterior por vía fluvial. Combatió los personalismos que minaban la unidad
de su conducción, que creía indispensable para no repetir los fracasos
anteriores.
Así, enfrentó al general Piar,
a quien acusó de querer reinstaurar la guerra de colores, y al que mandó
fusilar en octubre de ese año. En enero de 1818 se unieron bajo su mando las
fuerzas de los llaneros de Páez.
Esta nueva campaña libertadora
era muy distinta de las que había protagonizado anteriormente. Ya no era un
mantuano que peleaba por apoderarse de la herencia colonial, sino que
encabezaba un ejército constituido a partir de promesas que introducirían
cambios sociales en el futuro, algo con lo que discreparon otros jefes
revolucionarios.
Los bandos parecían estar más
claramente delimitados. Lo que había intentado, sin éxito, al proclamar la
guerra a muerte en 1813, se impuso por la fuerza de los hechos. Los
realistas eran una fuerza regular, enviada por el monarca, encargada de
restablecer el orden absolutista anterior a Napoleón. Por su parte, Bolívar
reunirá progresivamente, y no sin dificultades, el apoyo del conjunto de los
americanos y sus aspiraciones.
En agosto 1817 se dirige a los
venezolanos a fin de comprometerlos en una lucha que es de todos los
americanos, sin distinción de colores. Lo hace cuando acusa a Piar de
pretender negarle el apoyo de sus fuerzas, instigando a un enfrentamiento
similar al de 1814:
Proclamar los
principios odiosos de la guerra de colores para destruir la igualdad
que desde el día glorioso de nuestra insurrección hasta este momento
ha sido base fundamental; instigar a la guerra civil; convalidar la
anarquía, aconsejar el asesinato, el robo y el desorden, es en
sustancia lo que ha hecho Piar (85).
Aquí parece referirse al “año
terrible”, y en parte es así. Justamente, la experiencia vivida en ese
tiempo fue la que engendró la firmeza con la cual Bolívar concentró el apoyo
que necesitaba para esta nueva campaña. Estableció como punto de partida de
la igualdad la revolución de 1810. Intentó anudar una continuidad que
aglutinara todos los sectores. Los enfrentamientos entre americanos que se
sucedieron desde entonces se debieron a la anarquía, la debilidad de los
republicanos y el desorden. Evitó reconocer que la guerra civil arraigó en
los resentimientos hacia los sectores dirigentes de la revolución, y procuró
mostrar que los verdaderos enemigos eran los españoles, que supieron
aprovechar en su provecho el caos que no volverá a repetirse. La revolución
y sus logros son exaltados para una nueva mística revolucionaria que señale
claramente quiénes son los enemigos a vencer:
Antes de la revolución
los blancos tenían opción a todos los destinos de la monarquía,
lograban la eminente dignidad de ministros del rey, y aún de grandes
de España. Por el talento, los méritos o la fortuna lo alcanzaban
todo. Los pardos degradados hasta la condición más humillante
estaban privados de todo. El estado santo del sacerdocio les era
prohibido, se podría decir que los españoles les habían cerrado
hasta las puertas del cielo. La revolución les ha concedido todos
los privilegios, todos los fueros, todas las ventajas (86).
Para ese año, los alcances
sociales de la revolución eran mayores que los pretendidos en 1810 por el
grupo que lideró el proceso de independencia. A fin de ampliar la base
social del movimiento, y para evitar que se repitiesen los enfrentamientos
sociales, Bolívar renueva su discurso. Por eso, su mirada al pasado se
recorta sobre los beneficios que la revolución ofrece a todos:
Todo lo inicuo, todo
lo bárbaro, todo lo odioso se ha abolido y en su lugar tenemos la
igualdad absoluta hasta en las costumbres domésticas. La libertad
hasta de los esclavos que antes formaban una propiedad de los mismos
ciudadanos. La independencia en el más alto sentido de la palabra
sustituida a cuantas dependencias antes nos condenaban (86)[23].
Siempre hay distancia entre
las declaraciones y la realidad, pero en el caso de la transformación de la
estructura estamental de la sociedad colonial, llevó mucho tiempo para que
la igualdad proclamada en los textos lograse penetrar la mentalidad de los
distintos sectores sociales y castas.
Bolívar necesitaba legitimidad
política, a fin de unificar el frente revolucionario. Fijó en Angostura la
capital provisoria y sede de un congreso que convocó para refundar la
república. En febrero de 1819 lo inauguró con un célebre discurso.
b. El discurso de Angostura
Nuevas bases
Bolívar presenta su proyecto
constitucional, que cimienta sobre la experiencia histórica. Describe el
camino recorrido desde 1810 como un verdadero desastre que ha devastado
Venezuela. ¿Cómo explica lo ocurrido?
¿Queréis conocer los
autores de los acontecimientos pasados y el orden actual? Consultad
los anales de España, de América, de Venezuela; examinad las leyes
de Indias, el régimen de los antiguos mandatarios, la influencia de
la religión y del dominio extranjero; observad los primeros actos
del gobierno republicano, la ferocidad de nuestros enemigos y el
carácter nacional (98).
Enalteciendo la obra de los
revolucionarios de 1810, y señalando a los españoles como los verdaderos
causantes de la destrucción, establece la continuidad republicana y procura
una apología de su acción en tan tormentosos años, dejando en libertad al
congreso a fin de que nombre a quien consideren más apto para presidir la
república.
¿Sobre qué base construir?
Como siempre, sobre la realidad y la experiencia histórica: “Echando una
ojeada sobre lo pasado, veremos cuál es la base de la república de
Venezuela” (99).
Al desprenderse de la
monarquía, América se encontró en una situación semejante a la de la caída
del imperio romano. Sobrevino la desmembración. Dada la inexperiencia de los
americanos en los asuntos gubernativos, no se supo cómo reorganizar la
sociedad política:
Nuestra suerte ha sido
siempre puramente pasiva, nuestra existencia política ha sido
siempre nula y nos hallamos en tanta dificultad para alcanzar la
libertad, cuanto que estábamos colocados en un grado inferior al de
la servidumbre (...) La América, todo lo recibía de España que
realmente la había privado del goce y ejercicio de la tiranía
activa, no permitiéndonos sus funciones en nuestros asuntos
domésticos y administración interior. Esta abnegación nos había
puesto en la imposibilidad de conocer el curso de los negocios
públicos; tampoco gozábamos de la consideración de personal que
inspira el brillo del poder a los ojos de la multitud (...)
estábamos abstraídos, ausentes del universo en cuanto era relativo a
la ciencia de gobierno (100).
La ignorancia no es exclusiva
de los sectores dirigentes. Los siglos de dominación habían privado a todos
del ejercicio de la libertad, que una vez conseguida, se transformó en un
boomerang:
Uncido el pueblo
americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del
vicio, no hemos podido adquirir, ni saber, ni poder, ni virtud.
Discípulos de tan perniciosos maestros, las lecciones que hemos
recibido y los ejemplos que hemos estudiado, son los más
destructores. Por el engaño se nos ha dominado más que por la
fuerza, y por el vicio se nos ha degradado más bien que por la
superstición. La esclavitud es la hija de las tinieblas; un pueblo
ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción, la
ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia,
de hombres ajenos a todo conocimiento político, económico o civil
(...) Un pueblo pervertido si alcanza su libertad, muy pronto vuelve
a perderla (...) La libertad, dice Rousseau, es un alimento
suculento pero de difícil digestión. Nuestros conciudadanos tendrán
que enrobustecer su espíritu mucho antes de que logren digerir el
saludable nutritivo de la libertad (100).
Retoma los argumentos de la
inexperiencia política y de la persistencia de una mentalidad colonial. Así
pretende explicar los fracasos revolucionarios y los enfrentamientos
sociales, los que deben ser considerados a la hora de dar firmeza a las
instituciones, que deben evitar lo que Bolívar veía como una simple
anarquía.
Enseguida amplía la
experiencia histórica americana y la enmarca en la universal. La base de su
filosofía política radica en afirmar que los gobiernos oprimen a los
pueblos, asfixiando la libertad originaria y natural. Los hombres sufren la
tiranía, por no luchar por la libertad: el hombre –no sólo el americano–, es
indolente respecto de sus derechos más sagrados. Hay en la historia, sin
embargo, ejemplos de pueblos que lucharon para sacudir el yugo de la
opresión, pero son escasos y raros los pueblos que lograron vivir en
libertad por un tiempo. Pronto recayeron en los antiguos vicios políticos
porque son los pueblos
más bien que los gobiernos los que arrastran tras sí la tiranía. El
hábito de la dominación los hace insensibles a los encantos del
honor y de la prosperidad nacional (101).
De acuerdo a esa visión
negativa de todo gobierno como límite de la libertad originaria y sagrada,
¿cuál sería el modo de organizar políticamente un pueblo?:
Sólo la democracia, en
mi concepto, es susceptible de una absoluta libertad; ¿pero cuál es
el gobierno democrático que ha reunido a un tiempo, poder,
prosperidad y permanencia? ¿Y no se ha visto por el contrario la
aristocracia, la monarquía cimentar grandes y poderosos Imperios por
siglos y siglos? (100).
Con varios ejemplos muestra
que los gobiernos republicanos no han podido mantener estabilidad y
perdurar, mientras que los imperios, monarquías y aristocracias sí lo
lograron. Sí, la república democrática parece ser lo más perfecto, pero de
hecho la historia enseña que es muy difícil hacerla funcionar y permanecer.
Ya se ve hacia dónde va su argumento:
Amando lo más útil,
animada de lo más justo, y aspirando a lo más perfecto, al separarse
Venezuela de la nación española, ha recobrado su independencia, su
igualdad, su soberanía nacional. Constituyéndose en una república
democrática, proscribió la monarquía, las distinciones, la nobleza,
los fueros, los privilegios: declaró los derechos del hombre, la
libertad de obrar, de escribir. Estos actos liberales jamás serán
demasiado admirados por la pureza que los ha dictado (101-102).
Loas a la primera república:
continuidad revolucionaria, histórica e institucional. Lo más útil, justo,
perfecto, lo que en labios de Bolívar no significa un verdadero elogio. En
sintonía con lo que sostuvo desde el “manifiesto de Cartagena”, de inmediato
agrega:
¡Pero cómo osaré
decirlo! ¿Me atreveré yo a profanar con mi censura las tablas
sagradas de nuestras leyes? (...) Estoy penetrado de la idea de que
el gobierno de Venezuela debe reformarse, y aunque muchos ilustres
ciudadanos piensan como yo, no todos tienen el arrojo necesario para
profesar públicamente la adopción de nuevos principios (102).
Bolívar ya ha hecho un
recorrido histórico. También expresó su convicción acerca de la democracia,
que es la misma que la sostenida por la constitución de 1811. Ahora, reitera
su crítica a partir de la experiencia vivida por la república, a fin de
establecer nuevas bases para su continuidad:
Cuanto más admiro la
excelencia de la Constitución federal de Venezuela, tanto más me
persuado de la imposibilidad de su aplicación a nuestro Estado
(102).
Admite que funciona en los
Estados Unidos, pero porque
Aquel pueblo es un
modelo singular de virtudes políticas y de ilustración moral (...)
este pueblo es único en la historia del género humano, es un
prodigio, repito, que un sistema tan débil y complicado como el
federal haya podido regirlo en circunstancias tan difíciles y
delicadas (...) ni remotamente ha entrado en mi idea asimilar la
situación y naturaleza de los Estados tan distintos como el inglés
americano y el americano español (102)[27].
Enuncia un principio
fundamental de Montesquieu: las leyes deben ser propias para el pueblo para
el que se hacen. Las de una nación no necesariamente convienen a otra, ya
que hay elementos diferenciadores importantes: clima, territorio, situación,
extensión, género de vida de los pueblos, religión, inclinaciones, riquezas,
cantidad de habitantes, comercio, costumbres, modales. Esto es lo que se
debe contemplar, antes de copiar a los Estados Unidos:
Aquí cedieron nuestros
legisladores al empeño inconsiderado de aquellos provinciales
seducidos por el deslumbrante brillo de la felicidad del pueblo
americano, pensando que, las bendiciones de que goza son debidas
exclusivamente a la forma de gobierno y no al carácter y costumbres
de los ciudadanos (103).
Por eso, resalta que no se
puede copiar o imitar a los Estados Unidos ni a ningún otro pueblo:
A pesar de que aquel
pueblo es un modelo singular de virtudes políticas y de ilustración
moral, no obstante que la libertad ha sido su cuna, se ha criado en
la libertad, y se alimenta de pura libertad (...) Pero sea lo que
fuere, de este gobierno con respecto a la nación americana, debo
decir que ni remotamente ha entrado en mi idea asimilar la situación
y naturaleza de los Estados tan distintos como el inglés americano y
el americano español. ¿No sería muy difícil aplicar a España el
código de libertad política, civil y religiosa de Inglaterra? Pues,
aún es más difícil adaptar en Venezuela las leyes del Norte de
América (102).
Lo más útil, justo, perfecto.
Eso fue lo que movió a los republicanos de 1810. Pero la experiencia
advierte para no repetir errores:
Más por halagüeño que
parezca, y sea en efecto este magnífico sistema federativo, no era
dado a los venezolanos gozarlo repentinamente al salir de las
cadenas. No estábamos preparados para tanto bien; el bien, como el
mal, da la muerte cuando es súbito y excesivo. Nuestra constitución
moral no tenía todavía la consistencia necesaria para recibir el
beneficio de un gobierno completamente representativo, y tan sublime
cuanto que podía ser adaptado a una república de santos (103).
Venezuela no tiene la
constitución moral necesaria para leyes tan magníficas. ¿Cómo es ese pueblo
para el cual el congreso debe legislar? Bolívar ensaya una descripción de la
población americana, que se apoya en la diversidad racial, lo que configura
una identidad poco definida:
Tengamos presente que
nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del norte, que más
bien es un compuesto de África y de América, que una emanación de la
Europa; pues que hasta la España misma deja de ser Europa por su
sangre africana, por sus instituciones y por su carácter. Es
imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos.
La mayor parte del indígena se ha aniquilado, el europeo se ha
mezclado con el americano y con el africano y éste se ha mezclado
con el indio y con el europeo. Nacidos todos del seno de una misma
madre, nuestros padres diferentes en origen y en sangre son
extranjeros, y todos difieren visiblemente en la epidermis (104).
Para distanciar el proyecto
político que estaba por enunciar, de las ideas europeas del momento, empieza
por distanciar a España de Europa.
La propuesta que presentaba al congreso de Angostura sonaría como extraña a
los oídos de los ilustrados de la época. Esos eran los principales
adversarios de Bolívar en ese momento. Había que derrotar las extravagancias
importadas que ya habían hecho fracasar tanto la primera república
venezolana como la “patria boba” de Nueva Granada. Para ello, Bolívar
establece la necesidad de un punto de partida que contemple la identidad
propia. Esa identidad no es la europea, sino una mezcla imposible de
clasificar, lo que obliga a soluciones políticas originales. Dada la
historia de los americanos, la mentalidad colonial –que todavía permanece
viva– no permite regímenes con altas dosis de libertad, ya que está
configurada por siglos de sumisión y obediencia:
Las reliquias de la
dominación española permanecerán largo tiempo antes que lleguemos a
anonadarlas; el contagio del despotismo ha impregnado nuestra
atmósfera, y ni el fuego de la guerra ni el específico de nuestras
saludables leyes han purificado el aire que respiramos. Nuestras
manos ya están libres y todavía nuestros corazones padecen de las
dolencias de la servidumbre (104).
El terreno está preparado para
proponer un gobierno fuerte.
Un nuevo modelo
Además del análisis de la
realidad propia, Bolívar dirige su mirada hacia la experiencia histórica de
otros pueblos, con la finalidad de aprovechar sus logros, aunque recalca que
eso no significa que se deban imitar sus sistemas:
Fijemos la atención
sobre los peligros que debemos evitar. Que la historia nos sirva de
guía en esta carrera (...) Que no se pierdan, pues, las lecciones de
la experiencia y que las secuelas de Grecia, de Roma, de Francia, de
Inglaterra y de América nos instruyan en la difícil ciencia de crear
y conservar las naciones con leyes propias, justas, legítimas y
sobre todo útiles. No olvidando jamás que la excelencia de un
gobierno no consiste en su teoría, en su forma, ni en su mecanismo,
sino en ser apropiado a la naturaleza y al carácter de la nación
para quien se instituyen (106).
Se sitúa en el horizonte del
iluminismo y las nuevas ideas del siglo XVIII. Allí se encuentran las bases
de la nueva teoría y práctica política:
La revolución de estos
dos grandes pueblos (Inglaterra y Francia) como un radiante meteoro
a inundado al mundo con tal profusión de luces políticas, que ya
todos los seres que piensan han aprendido cuales son los derechos
del hombre y cuales sus deberes; en que consiste la excelencia de
los gobiernos y en qué consisten sus vicios (105).
Concretamente:
Así, pues, os
recomiendo, representantes, el estudio de la constitución británica
que es la que parece destinada a operar el mayor bien posible a los
pueblos que la adoptan, pero por perfecta que sea, estoy muy lejos
de proponeros su imitación servil. Cuando hablo del gobierno
británico sólo me refiero a lo que tiene de republicanismo, y a la
verdad ¿puede llamarse pura monarquía un sistema en el cual se
reconoce la soberanía popular, la división y equilibrio de los
poderes, la libertad civil, de conciencia, de imprenta, y cuanto es
sublime en la política? (106).
Bolívar contradice los
mecanismos que defendía. La diferencia entre él, que propone el modelo
británico, y quienes durante la primera república tomaron como modelo la
constitución norteamericana, residía en la interpretación de esa realidad y
en la fuerza de los intereses predominantes. No se trata de que los primeros
republicanos desconocieran la realidad, sino de que priorizaron las
autonomías locales y el poder legislativo, mientras que Bolívar –y Miranda
en su momento– creían mejor fortalecer el ejecutivo y centralizar el poder.
La tendencia bolivariana hacia el despotismo ilustrado suponía una visión
peyorativa de la participación del pueblo y de las distintas regiones en el
sistema político, lo que engendraba el peligro de la ingobernabilidad y la
anarquía.
Por el contrario, los legisladores de 1811, y quienes en 1819 sostenían las
mismas ideas, desconfiaban de la concentración de poder, ya que temían la
tiranía y la sujeción a Caracas y a sus intereses.
La diferencia está en los
diagnósticos y en el poder relativo de los distintos sectores en ambos
casos. En 1811 triunfaron los poderes locales. Hacia 1819, Bolívar había
acumulado suficiente poder para intentar imponer su proyecto. El mecanismo,
en ambas situaciones y grupos, es el mismo: no la creación política original
a partir del examen de la realidad y sus necesidades, sino la búsqueda de un
modelo foráneo que se pueda aplicar –”mutatis mutandis– a las circunstancias
y los intereses más poderosos.
Cuatro poderes
Bolívar presenta su proyecto
concreto de organización política constitucional sobre la base del modelo
británico. Un ejecutivo poderoso, la integración del pueblo a través de una
cámara de representantes, un senado que garantizase la estabilidad y un
poder judicial para la aplicación de un sistema legal simplificado. La
originalidad que introduce es la de un cuarto poder, el poder moral,
encargado de promover la educación, las buenas costumbres y los hábitos
republicanos.
Así se expresa respecto al
poder legislativo:
En nada alteraríamos
nuestras leyes fundamentales, si adoptásemos un poder legislativo
semejante al Parlamento británico. Hemos dividido como los
americanos la representación nacional en dos cámaras: la de
representantes y el senado. La primera está compuesta muy
sabiamente, goza de todas las atribuciones que le corresponden y no
es susceptible de una reforma esencial (...) Si el senado en lugar
de ser electivo fuese hereditario sería en mi concepto la base, el
lazo, el alma de nuestra república. Este cuerpo en las tempestades
políticas pararía los rayos del gobierno y rechazaría las olas
populares (106).
El senado hereditario le
asegura la estabilidad política y la presencia en el parlamento de un
poderoso sector ilustrado. Se confirma su temor a la anarquía que pudiera
surgir de la participación política del pueblo, que para Bolívar era
extremadamente voluble. Un cuerpo de tipo aristocrático era visto como una
garantía de solidez institucional. Pero eso no necesariamente beneficiaría a
las oligarquías tradicionales. Los procesos desatados por la revolución
engendrarían nuevos sectores aristocráticos.
Los senadores en Roma
y los lores en Londres han sido las columnas sobre que se ha fundado
el edificio de la libertad política y civil. Estos senadores serán
elegidos la primera vez por el congreso, los sucesores al senado
llaman la primera atención del gobierno, que debería educarlos en un
colegio especialmente destinado para instruir aquellos tutores,
legisladores futuros de la patria (107).
El senado sería, pues, un
cuerpo de elite, preparado para conducir los destinos de la república:
De ningún modo sería
una violación de la igualdad política la creación de un senado
hereditario; no es una nobleza la que pretende establecer (...) Es
un oficio para el cual se deben preparar los candidatos y es un
oficio que exige mucho saber (...) Todo no se debe dejar al acaso y
a la ventura en las elecciones (107).
Nuevamente su desconfianza
hacia una participación democrática amplia. A fin de lograr su aceptación,
Bolívar se esfuerza en presentar el senado no como una nueva aristocracia o
nobleza, sino como un oficio para el cual se exige una esmerada
capacitación.
Así como tuvo que distanciar
su senado del de los patricios romanos y del de los lores británicos, hizo
algo semejante al delinear el poder ejecutivo. El modelo británico es una
monarquía. Bolívar no veía conveniente ese régimen, como ya se ha apuntado.
Pero sí pretende que el presidente sea una figura semejante a la de un rey
constitucional:
Por más que se examine
la naturaleza del poder ejecutivo en Inglaterra, no se puede hallar
nada que no incline a juzgar que es el más perfecto modelo (...)
Aplíquese a Venezuela este poder ejecutivo en la persona de un
presidente, nombrado por el pueblo o por sus representantes (108).
El origen de la autoridad es
el elemento distintivo entre el presidente bolivariano y el monarca, pero lo
que Bolívar pretende imitar son las funciones. La primera república se
caracterizó por un ejecutivo muy débil, frente a un legislativo muy
poderoso. Eso no es conveniente para una república joven, acostumbrada al
régimen colonial y despótico. Hace falta una cabeza que gobierne. Es muy
peligroso depositar funciones ejecutivas en el parlamento:
Por exorbitante que
parezca la autoridad del poder ejecutivo de Inglaterra, quizá no es
excesiva en la república de Venezuela. Aquí el congreso ha ligado
las manos y hasta la cabeza de los magistrados. Este cuerpo
deliberante ha asumido una parte de las funciones ejecutivas contra
la máxima de Montesquieu que dice que un cuerpo representante no
debe tomar ninguna resolución activa: debe hacer leyes, y ver si se
ejecutan las que hace. Nada es tan peligroso con respecto al pueblo
como la debilidad del ejecutivo (108).
Las ideas políticas modernas
se construyeron en Europa para quitarle poder a la corona. De ahí la
insistencia en fortalecer el legislativo. Pero para una república no debe
aplicarse el mismo principio, ya que no existe un poder preexistente que se
deba limitar:
En las repúblicas el
ejecutivo debe ser el más fuerte porque todo conspira contra él, en
tanto que en las monarquías el más fuerte debe ser el legislativo,
porque todo conspira a favor del monarca (...) Si no se ponen al
alcance del ejecutivo todos los medios que una justa atribución le
señala, cae inevitablemente en la nulidad o en su propio abuso;
quiero decir en la muerte del gobierno cuyos herederos son la
anarquía, la usurpación y la tiranía (108-109).
Los oídos liberales de muchos
en el congreso de Angostura podían pensar que Bolívar tendía hacia el
despotismo. Pero él se anticipa al hacer manifestar su temor de que la
propia debilidad del ejecutivo derive en la tiranía. El verdadero despotismo
es el del parlamentarismo estéril:
Cuando deseo atribuir
al ejecutivo una suma de facultades superior a la que antes gozaba,
no he deseado autorizar un déspota para que tiranice la república,
sino impedir que el despotismo deliberante no sea la causa inmediata
de un círculo de vicisitudes despóticas en que alternativamente la
anarquía sea reemplazada por la oligarquía y por la monocracia
(112).
Dado que la población
americana no está preparada para un régimen democrático y liberal, es
necesario que el estado constituya un poder cuya misión se dirija a su
transformación progresiva. Ese es el “cuarto poder” del proyecto
bolivariano:
La educación popular
debe ser el cuidado primogénito del amor paternal del congreso.
Moral y luces son los polos de una república, moral y luces son
nuestras primeras necesidades (...) renovemos en el mundo la idea de
un pueblo que no se contenta con ser libre y fuerte, sino que quiere
ser virtuoso (...) demos a nuestra república una cuarta potestad
cuyo dominio sea la infancia y el corazón de los hombres, el
espíritu público, las buenas costumbres y la moral republicana.
Constituyamos este areópago para que vele sobre la educación de los
niños, sobre la instrucción nacional, para que purifique lo que se
haya corrompido en la república; que acuse la ingratitud, el
egoísmo, la frialdad del amor a la patria, el ocio, la negligencia
de los ciudadanos; que juzgue de los principios de corrupción, de
los ejemplos perniciosos, debiendo corregir las costumbres con penas
morales, como las leyes castigan los delitos con penas aflictivas y
no solamente lo que choca contra ellas sino lo que las burla; no
solamente lo que las ataca sino lo que las debilita; no solamente lo
que viola la constitución sino lo que viola el respeto público. La
jurisdicción de este tribunal verdaderamente santo, deberá ser
efectiva con respecto a la educación y a la instrucción, y de
opinión solamente en las penas y castigos, pero sus anales o
registros donde se consignen sus actas y deliberaciones, los
principios morales y las acciones de los ciudadanos, serán los
libros de la virtud y del vicio. Libros que consultará el pueblo
para sus elecciones, los magistrados para sus resoluciones y los
jueces para sus juicios (111).
El poder moral deberá
responsabilizarse de que los ciudadanos de la república adquieran una
mentalidad nueva:
Meditando sobre el
modo efectivo de regenerar el carácter y las costumbres que la
tiranía y la guerra nos han dado, me he sentido la audacia de
inventar un poder moral, sacado del fondo de la oscura antigüedad y
de aquellas olvidadas leyes que mantuvieron, algún tiempo, la virtud
entre los griegos y los romanos (112).
Gracias a nuevos hábitos,
Venezuela estará preparada para participar del progreso, que se apoya
fundamentalmente en dos virtudes en las que los americanos son
particularmente deficitarios, debido a la herencia colonial:
He pretendido excitar
la prosperidad nacional por las dos más grandes palancas de la
industria; el trabajo y el saber. Estimulando estos dos poderosos
resortes de la sociedad, se alcanza lo más difícil entre los
hombres, hacerlos honrados y felices (112).
El poder judicial debe ser
reformado, pero más urgente es rehacer las leyes, que son las verdaderas
guardianas de la libertad, y un insoportable lastre que mantiene viva la
dependencia colonial:
Al pedir la
estabilidad de los jueces, la creación de jurados y un nuevo código,
he pedido al congreso la garantía de la libertad civil, la más
preciosa, la más justa, la más necesaria; en una palabra, la única
libertad, pues que sin ella las demás son nulas (...) Esta
enciclopedia judiciaria, monstruo de diez mil cabezas, que hasta
ahora ha sido el azote de los pueblos españoles, es el suplicio más
refinado que la cólera del cielo ha permitido descargar sobre este
desdichado imperio (112).
¿Qué lugar queda para la
participación popular? Su mentalidad ilustrada lo lleva a admitirla sólo muy
limitadamente. Subyace su consideración peyorativa hacia el pueblo:
Poniendo restricciones
justas y prudentes en las asambleas primarias y electorales, ponemos
el primer dique a la licencia popular, evitando la concurrencia
tumultuaria y ciega que en todos los tiempos han imprimido el
desacierto en las elecciones y ha ligado por consiguiente el
desacierto a los magistrados y a la marcha del gobierno, pues este
acto primordial es el acto generativo de la libertad o de la
esclavitud de un pueblo (112).
Para un nuevo país, es
indispensable un nuevo espíritu nacional que unifique el pueblo:
Para sacar de este
caos nuestra naciente república, todas nuestras facultades morales
no serán bastantes, si no fundimos la masa del pueblo en un todo; la
legislación en un todo, y el espíritu nacional en un todo. Unidad,
unidad, unidad, debe ser nuestra divisa (111).
Ese llamado a la unidad se
traduce políticamente en un régimen centralista. Así desaconseja el
federalismo, cuya instauración ya ha sido probada con resultados
desastrosos:
Horrorizado de la
divergencia que ha reinado y debe reinar entre nosotros por el
espíritu sutil que caracteriza al gobierno federativo, he sido
arrastrado a rogaros para que adoptéis el centralismo y la reunión
de todos los estados de Venezuela en una república sola e
indivisible (112).
Crítica y formulación de
utopías
Bolívar reitera al congreso su
prevención hacia el peligro de crear una nueva “república aérea”:
El sistema de gobierno
más perfecto, es aquel que produce mayor suma de felicidad posible,
mayor suma de seguridad social, y mayor suma de estabilidad política
(104).
Nuevamente: lo más perfecto
“en sí” enfrentado a la mayor perfección posible. Lo más perfecto es lo más
apropiado. Más adelante retomará la misma idea, apoyándose en su descripción
de la situación del pueblo americano, que no está preparado para regímenes
ambiciosos:
Son laudables
ciertamente hombres que anhelan por instituciones legítimas y por
una perfección social; pero ¿quién ha dicho a los hombres que ya
poseen toda la sabiduría, que ya practican toda la virtud, que
exigen imperiosamente la liga del poder con la justicia? ¡Ángeles,
no hombres pueden únicamente existir libres, tranquilos y dichosos!
(109).
Hay que ser realistas.
No se puede confiar en ideas teóricas que no han dado resultado, no sólo en
la Venezuela revolucionaria, sino en ningún pueblo. La historia es maestra:
No seamos presuntuosos
legisladores; seamos moderados en nuestras pretensiones. No es
probable conseguir lo que no ha logrado el género humano; lo que no
han alcanzado las más grandes y sabias naciones. La libertad
indefinida, la democracia absoluta, son los escollos a donde han ido
a estrellarse todas las esperanzas republicanas (109).
Los peligros que se deben
evitar señalan el camino. Tales son la anarquía y la tiranía, que son
producto de la falta de moderación: la tiranía es la falta de moderación del
poder; la anarquía es la falta de moderación de la libertad. La historia
señala que la falta de equilibrio lleva a un movimiento pendular entre ambos
peligros que hace imposible la estabilidad política:
Todos los pueblos del
mundo han pretendido la libertad; los unos por las armas, los otros
por las leyes, pasando alternativamente de la anarquía al despotismo
o del despotismo a la anarquía, muy pocos son los que se han
contentado con pretensiones moderadas, constituyéndose de un modo
conforme a sus medios, a su espíritu y a sus circunstancias. No
aspiremos a lo imposible, no sea que por elevarnos sobre la región
de la libertad, descendamos a la región de la tiranía. De la
libertad absoluta, se desciende siempre al poder absoluto, y el
medio entre estos dos términos, es la suprema libertad social.
Teorías abstractas son las que producen la perniciosa idea de una
libertad ilimitada (110).
¿En qué consiste concretamente
esa moderación? Centralismo, fortalecimiento del poder ejecutivo, facultades
extraordinarias para enfrentar el tiempo de guerra, poder legislativo con
menos atribuciones, estabilidad e independencia de los jueces, nuevos
códigos civiles y penales. Aquí está resumido el corazón de su propuesta:
Ya disfruta el pueblo
de Venezuela de los derechos que legítima y fácilmente puede gozar;
moderemos ahora el ímpetu de las pretensiones excesivas que quizás
le suscitaría la forma de un gobierno incompetente para él.
Abandonemos las formas federales que no nos convienen; abandonemos
el triunvirato del poder ejecutivo y concentrándolo en un presidente
confiémosle la autoridad suficiente para que logre mantenerse
luchando contra los inconvenientes anexos a nuestra reciente
situaciones, al estado de guerra que sufrimos, y a la especie de los
enemigos externos y domésticos contra quienes tendremos largo tiempo
que combatir. Que el poder legislativo se desprenda de las
atribuciones que corresponden al ejecutivo y adquiera no obstante
nueva consistencia, nueva influencia en el equilibrio de las
autoridades. Que los tribunales sean reforzados por la estabilidad y
la independencia de los jueces y por el establecimiento de jurados;
de códigos civiles y criminales que no sean dictados por la
antigüedad ni por reyes conquistados, sino por la voz de la
naturaleza, por el grito de la justicia, y por el genio de la
sabiduría (110).
¿Se supone que esta propuesta
es realista, a diferencia de las inmoderadas utopías de los liberales
federalistas?
Luego de insistir en que no se debe caer en actitudes utópicas, enuncia su
deseo, emparentado con el expresado en la “carta de Jamaica”. Nuevamente hay
un doble registro. Bolívar retoma las utopías modernas sobre América,
paraíso lleno de riquezas y promesas, y sobre esa base, reformula el destino
de grandeza política. Así vuelve a enunciar el horizonte utópico que marca
el rumbo de su acción política:
Volando por entre las
próximas edades mi imaginación se fija en los siglos futuros, y
observando desde allá, con admiración y pasmo, la prosperidad, el
esplendor, la vida que ha recibido esta vasta región, me siento
arrebatado y me parece que ya la veo en el corazón del universo
extendiéndose sobre sus dilatadas costas entre esos océanos que la
naturaleza había separado y que nuestra patria reúne con prolongados
y anchurosos canales. Ya la veo servir de lazo, de centro, de
emporio a la familia humana; ya la veo enviando a todos los recintos
de la tierra los tesoros que abrigan sus montañas de plata y de oro;
ya la veo distribuyendo por sus divinas plantas la salud y la vida a
los hombres dolientes del antiguo universo; ya la veo comunicando
sus preciosos secretos a los sabios que ignoran cuan superior es la
suma de las luces a la suma de las riquezas que le ha prodigado la
naturaleza. Ya la veo sentada sobre el trono de la libertad,
empuñando el cetro de la justicia, coronada por la gloria, mostrar
al mundo antiguo la majestad del mundo moderno (114-115).
En Angostura se marca una
continuidad en el pensamiento de Bolívar. Sigue en la senda del horizonte
utópico que señalara en Jamaica, pero avanza al establecer los mecanismos
constitucionales con los cuales espera moldear la realidad a fin de llegar
al cumplimiento del destino americano de grandeza. Se manifiesta una gran
influencia de Miranda, tanto en lo utópico de su proyecto como en la
elección del modelo político para su consecución.
En los peores momentos de la
revolución tuvo una fe inquebrantable en la victoria y un horizonte utópico
que le señalaba un destino de grandeza para América; con más razón los
reitera en 1819, cuando la situación le otorga bases reales al optimismo y
la esperanza: Chile ya es independiente, lo mismo que el Río de la Plata.
Ambas naciones se organizan políticamente y hacen peligrar el poder realista
del Perú.
Y, sobre todo, su Venezuela
retoma la lucha bajo su liderazgo.
c. La
conclusión de la lucha
Fortalecido por la
legitimación política, Bolívar reemprendió la ofensiva militar. El 7 de
agosto de 1819 venció a los realistas en Boyacá. Así liberó Bogotá,
integrándola a su proyecto político. Llegó el año de 1820, y la revolución
de los liberales españoles introdujo un compás de espera. San Martín estaba
en Perú y entraba en diálogo con el virrey Pezuela. Bolívar hizo lo propio
con el capitán general Morillo. Se estableció una tregua hasta ver cómo
evolucionaban los acontecimientos. Pero Bolívar no olvidaba que el anterior
período constitucional y liberal español no había transigido con los
republicanos americanos. Morillo retornó a España, y en su lugar quedó
Latorre. Cuando Bolívar vio propicia la ocasión, dio por finalizado el
armisticio. El 24 de junio de 1821 presentó batalla para recuperar Caracas:
con la victoria de Carabobo reconquistó la ciudad.
Ya estaban dadas las
condiciones para un nuevo congreso, que revisara lo establecido en Angostura
e integrara los diputados de las regiones liberadas de los realistas. El 6
de mayo de ese año empezó a sesionar en Cúcuta. Se proclamó la creación de
Colombia, república compuesta por las antiguas jurisdicciones españolas de
Bogotá, Caracas y Quito, esta última todavía en poder realista. El congreso
comenzó a elaborar una nueva constitución. Si en Angostura el peso de
Bolívar fue muy grande –a pesar de lo cual la constitución emanada de ese
congreso no respondía plenamente a su proyecto–,
en Cúcuta, el 30 de agosto de 1821, se proclamó una constitución aún más
liberal, con un poder legislativo más poderoso, un presidente con mandato
por 4 años, lo mismo que los miembros de las cámaras de representantes y el
senado.
El congreso eligió a Bolívar como presidente y a Santander como
vicepresidente.
Revestido de una gran
autoridad, y en un momento de euforia revolucionaria, Bolívar marchó hacia
el sur. Con la victoria de Bolívar en Bombona, el 7 de abril de 1822, sumada
a la de Pichincha –obtenida el 24 de mayo por las fuerzas de Sucre y el
auxilio de las de San Martín– se reconquistó Quito. Colombia quedaba
completa, pero aún faltaba terminar la liberación del Perú, ya que San
Martín no tenía control sobre la sierra y el Alto Perú.
Luego del encuentro de ambos
líderes en Guayaquil, San Martín se retiró de la escena dejando a Bolívar el
campo despejado para la continuación de su proyecto. Desde allí esperó que
las disensiones políticas de Lima –que ya habían complicado a San Martín–
llegaran a un punto crítico.
En 1823, los cien mil hijos de
San Luis, enviados por la Santa Alianza en auxilio de Fernando VII,
restauraron el absolutismo monárquico en España. El peligro de que la Santa
Alianza colaborase con la recuperación de los dominios americanos de España,
fue una amenaza que hizo más urgente la necesidad de que la unidad se
impusiera sobre las diferencias sectoriales.
Así, tras muchas idas y venidas, en mayo de 1823 el congreso de Lima le
solicitó que se hiciera cargo de la situación, revistiéndolo –en febrero de
1824– de poderes especiales, asimilables a una dictadura. Bolívar entró
triunfalmente en la Lima de los Virreyes.
De esa época es una carta que
envía a Santander, en la que describe el clima político de las regiones
nacidas a la independencia:
Amigo, la cosa está
mala; ya no se puede mandar sino por el amor del prójimo y con una
profunda humildad. Los ciudadanos están muy cosquillosos, y no
quieren nada de arquitectura gótica, ni razones de estado, ni
circunstancias; lo que desean es la arquitectura constitucional, la
geometría legal, la simetría más exacta y escrupulosa: nada que
hiera la vista ni al oído ni a sentido alguno. Para ponernos a
cubierto pídale usted a su santidad el congreso, un boleto para
poder pecar contra las fórmulas liberales, con remisión de culpa y
pena, porque si no, no habremos conseguido nada después de haber
salvado la patria, como hicieron Iturbide, O’Higgins y San Martín,
porque los justísimos ciudadanos no quieren asistir a los combates,
ni dar con qué pagar a los matadores, por no faltar a las leyes del
decálogo, y a las santas de la filantropía, pero luego que se haya
ganado el combate vienen a distribuirse los despojos, pero
condenando en toda forma a los sacrificadores, porque es muy bueno y
muy sano condenar y coger (122).
Esta percepción está señalando
el cambio de etapa que ya se está anunciando en los comportamientos
sociales. A medida que el peligro español se aleja, se afloja la mística
revolucionaria y se manifiestan las diferencias regionales, sectoriales e
ideológicas:
No se puede vencer
esta moderación, amigo; hace caer las armas de las manos; y no se
puede negar que somos los más moderados de todos los hombres. No
queremos mandar ni ser mandados. Los unos no quieren la libertad
central, porque es una libertad muy fuerte, y la querrían moderada
por la federación; y los otros no quieren dar leyes por no sujetarse
a tan dura pena y al fausto de una representación augusta (122-123).
Por otro lado, el temor por
una ofensiva de la Santa Alianza que prolongase la restauración efectuada en
la península, va cediendo a la luz de la política internacional:
Porque yo siempre
tengo una idea confortativa de paz y reconocimiento, como usted lo
sabe, y aun se ha reído a costa de mi pazomanía (122).
Se está construyendo un nuevo
escenario internacional, que será determinante a la hora de concluir la obra
de la independencia. Estados Unidos expresa su política frente a la amenaza
europea en la denominada “doctrina Monroe” y comienza el reconocimiento de
las independencias americanas. Inglaterra se vuelca a lo mismo, pero con
mayor cautela. Nada parece indicar que las monarquías absolutistas aliadas
en el congreso de Viena intenten recuperar los antiguos reinos americanos de
España:
Cada día recibo nuevos
refuerzos a mis opiniones políticas; todo confirma de un modo sólido
mis conjeturas sobre una próxima paz. La Inglaterra es la primera
interesada en una transacción porque ella desea formar una liga con
todos los pueblos libres de América y de Europa contra la Santa
Alianza, para ponerse a la cabeza de estos pueblos y mandar el
mundo. A la Inglaterra no le puede convenir que una nación europea y
fuerte por su carácter, relaciones y antiguo dominio, como la
España, tenga una posesión como el Perú en América; y preferirá que
sea independiente bajo un gobierno frágil; así con cualquiera
pretexto apoyará la independencia del Perú (...) de modo que si la
Inglaterra desea que el imperio que ahora pretende formar con la
liga de los pueblos libres, no tenga turbaciones que pongan en
peligro sus partes o el todo de este coloso, debe necesariamente
procurar arrancar la semilla de la discordia, que forzosamente nos
habría de conservar un dominio europeo en el nuevo continente
(124-125).
Ese es el mundo político que
Bolívar percibe y bajo el cual actúa. Por eso, se lanza a terminar con los
restos realistas en América.
Estando ausente de Lima, un
grupo de la guarnición de El Callao se rebela y los realistas recuperan
Lima. Pero sería una dominación muy breve. La victoria de Bolívar en Junín
–el 6 de agosto de 1824– aseguró la libertad de Perú.
En octubre le llegó la decisión del congreso colombiano suspendiendo las
facultades que se le habían otorgado para dirigir la guerra fuera de la
república. Delegó el mando en Sucre, quien en diciembre venció al virrey La
Serna en Ayacucho, poniendo fin a la última resistencia de los realistas en
la sierra. Sucre penetró en el Alto Perú sin mayores dificultades para
vencer una débil oposición. Así concluyó la lucha revolucionaria y España
perdió definitivamente sus dominios sudamericanos.
Durante 1825 Bolívar estuvo
preocupado por los efectos de esa victoria en la política internacional. Las
cartas que escribe a Sucre y Santander demuestran que sentía gran inquietud
por la reacción de la Santa Alianza y la posible unión del Brasil con las
monarquías europeas en contra de las repúblicas americanas. Incluso llega a
delinearse su participación en la guerra que enfrentó a Brasil con el Río de
la Plata por el futuro de la Banda Oriental.
Todo esto lo urge a acelerar la realización del congreso que sellara la
unidad de las naciones americanas emancipadas de España.
4.
La organización de las nuevas naciones
a. La unión continental
Con la victoria sobre los
realistas, Bolívar vio que llegaba el final de una etapa –la guerra de
independencia–, y se apresuró a tomar la iniciativa para la próxima, que
sería la etapa de organización. Dos días antes de Ayacucho, a punto de
liquidar lo que restaba de los ejércitos realistas en el Perú, escribe a los
gobiernos de Méjico, Colombia, Río de la Plata, Chile y Guatemala:
Es tiempo ya de que
los intereses que unen entre sí a las repúblicas americanas, antes
colonias españolas, tengan una base fundamental que eternice, si es
posible, la duración de estos gobiernos (136).
Bolívar recuerda su invitación
de 1822, como presidente de Colombia, a los gobiernos de Perú, Chile, Méjico
y Buenos Aires, para formar una confederación con sede en Panamá u otro
lugar a convenir. El 6 de julio de 1822 ya se había realizado un primer
pacto para formar una confederación entre Perú y Colombia, en el que se
proponían integrar al resto de la América antes española. Méjico firmó el 3
de octubre de 1823. Pero hacia diciembre de 1824, todavía no se había
reunido la asamblea de los tres firmantes, a la espera de la integración del
resto de los gobiernos en la confederación. Bolívar propone que la reunión
se efectúe a mediados de 1825 con los que estén dispuestos, para no retrasar
más la unión.
Bolívar aspiraba a la unión
americana, siguiendo la idea de Miranda.
Pero ese proyecto debía avanzar de manera progresiva, ya que los procesos
revolucionarios habían originado realidades políticas que no sería fácil
confederar. Por eso, inicialmente, el proyecto consistía en crear una
asamblea permanente de plenipotenciarios para tratar los grandes conflictos,
los peligros comunes, la interpretación de tratados, siendo una instancia de
conciliación para resolver las diferencias que pudieren surgir en la región.
Así describe Bolívar el proyecto:
Entablar aquel sistema
y consolidar el poder de este gran cuerpo político, pertenece al
ejercicio de una autoridad sublime que dirija la política de
nuestros gobiernos, cuyo influjo mantenga la uniformidad de sus
principios, y cuyo nombre sólo calme nuestras tempestades. Tan
respetable autoridad no puede existir sino en una asamblea de
plenipotenciarios, nombrados por cada una de nuestras repúblicas, y
reunidos bajo los auspicios de la victoria obtenida por nuestras
armas contra el poder español (136).
El istmo de Panamá es un sitio
privilegiado, en el centro del globo, mirando a Asia, Europa y África.
Propone que sea el lugar de reunión de la primera asamblea de los
confederados.
El día que nuestros
plenipotenciarios hagan el canje de sus poderes, se fijará en la
historia diplomática de América una época inmortal. Cuando, después
de cien siglos, la posteridad busque el origen de nuestro derecho
público y recuerde los pactos que consolidaron su destino,
registrarán con respeto los protocolos del istmo. En él encontrarán
el plan de las primeras alianzas, que trazarán la marcha de nuestras
relaciones con el universo (137).
En mayo de 1825, escribe a
Santander acerca de la futura confederación:
He visto el proyecto
de federación general desde los Estados Unidos hasta Haití. Me ha
parecido malo en las partes constituyentes, pero bello en las ideas
y en el designio. Haití, Buenos Aires y los Estados Unidos tienen
cada uno de ellos sus grandes inconvenientes. Méjico, Guatemala,
Colombia, el Perú y el Alto Perú pueden hacer una soberbia
federación. Guatemala y Chile y el Alto Perú harán lo que nosotros
queramos. El Perú y Colombia tienen una sola mente, y Méjico
quedaría aislado en medio de toda esta federación (154).
Bolívar tenía dudas respecto
de la participación de algunas naciones. Se precisaba cierta homogeneidad
cultural, política y de intereses que hiciera viable la unión. Haití tenía
un régimen muy particular que Bolívar no quería contagiar al resto de
América. Estados Unidos era demasiado distinto –y poderoso– para integrar en
pie de igualdad una confederación como la que Bolívar pretendía:
Los americanos del
norte y los de Haití, por sólo ser extranjeros tienen el carácter de
heterogéneos para nosotros. Por lo mismo, jamás seré de la opinión
de que los convidemos para nuestros arreglos americanos (155).
Lo mismo pensaba del Brasil.
Respecto a Buenos Aires, la dificultad residía en que Bolívar nunca tuvo
buenas relaciones, ya que se desconfiaba de su liderazgo y se lo veía como
una suerte de Napoleón americano. El resto de las naciones tenían una
continuidad geográfica, cultural e histórica que podía servir de base al
proyecto; y lo más importante: Bolívar pensaba que podía tener un fuerte
liderazgo americano, ya que en todas esas naciones tenía un gran poder, o
–como el caso de Guatemala y Chile– las consideraba demasiado débiles como
para presentar dificultades. Sólo Méjico escapaba a esa constante. Pero
Bolívar observa claramente que se verían entre dos enormes cuerpos políticos
–los Estados Unidos por el norte, y la nueva confederación por el sur–, con
lo cual se encontrarían en la necesidad de avenirse y pactar con las
naciones sudamericanas.
Finalmente, entre el 22 de
junio y el 15 de julio de 1826, se realizaron las sesiones del congreso en
Panamá. Asistieron los delegados de Méjico, la Federación Centroamericana
–cuya capital era Guatemala–, Colombia –que por entonces todavía incluía a
los actuales Ecuador y Venezuela– y Perú. Gran Bretaña y Holanda asistieron
en calidad de observadores, mientras que la delegación de Estados Unido
llegó con retraso. Los resultados fueron pobres. Se estableció un acuerdo de
alianza perpetua, arbitraje para los conflictos entre los firmantes,
autonomía, integridad territorial y soberanía de los países miembros, y de
cooperación militar, defensa común y vínculos comerciales. Pero los acuerdos
sólo fueron ratificados por el congreso colombiano. Se había propuesto
continuar las deliberaciones más adelante en Tacubaya, Méjico, pero la falta
de apoyo fue diluyendo la propuesta.
¿Cuáles fueron las razones del
fracaso?
En primer lugar, uno de los
motivos centrales para la confederación era la alianza militar contra
posibles ataques de España y la Santa Alianza.
Pero ese ya no era un temor fundado. Inglaterra había reconocido la
independencia de las nuevas naciones en 1825 y eso daba por tierra con las
aspiraciones absolutistas de dar marcha atrás en el reloj de la historia.
Por otro lado, la posibilidad
de crear un frente común para negociar en conjunto con los británicos en el
campo económico y comercial no pareció una necesidad urgente. Todos se
habían volcado hacia Inglaterra, y la potencia prefirió su política de
establecer relaciones por separado con cada uno de los estados.
Ya no había un dominio
colonial efectivo. Sin enemigos comunes, la alianza se tornaba poco
seductora para los nuevos estados, cuyos esfuerzos se concentraron en
organizar política y económicamente a sus pueblos, lo cual ya era bastante
complicado. La tendencia fue la de reforzar los vínculos internos y
construir un poder capaz de gobernar los propios países. Llegaba la hora de
los enfrentamientos civiles, las luchas regionales y el imperio de las
fuerzas centrífugas, que habían estado entre paréntesis mientras aún había
que derrotar a los soldados del rey.
b. Una nueva versión de las
ideas constitucionales
Sucre libertó el Alto Perú y
se dispuso a su organización. La región había pertenecido por siglos al
virreinato de Lima, y desde 1776 al de Buenos Aires. Surgió la cuestión de
hacia dónde se volcarían esos pueblos. El gobierno del Río de la Plata dejó
en libertad de acción a los asambleístas altoperuanos convocados por Sucre,
quienes en agosto de 1825 proclamaron la nueva república, que en honor al
libertador, denominaron República Bolívar –pronto se cambió por Bolivia–. La
asamblea le solicitó al propio Bolívar que les redactara una constitución,
texto que fue enviado desde Lima para el congreso boliviano en mayo de 1826:
¡Legisladores! Vuestro
deber os llama a resistir el choque de dos monstruosos enemigos que
recíprocamente se combaten, y ambos os atacarán a la vez: la tiranía
y la anarquía forman un inmenso océano de opresión, que rodea a una
pequeña isla de libertad (165).
Antes que nada, la reiteración
de los dos grandes peligros a evitar: la falta de libertad y el abuso de la
libertad. El equilibrio entre ésta y la autoridad es muy delicado. La
expresión de Bolívar demuestra su visión acerca de la libertad: se trata de
una realidad frágil y una tarea ardua. Reitera el esquema de Angostura, pero
con modificaciones:
El proyecto de
constitución para Bolivia está dividido en cuatro poderes políticos,
habiendo añadido uno más, sin complicar por esto la división clásica
(165).
En este proyecto, el poder
moral se transformará en una tercera cámara legislativa, mientras que el
cuarto poder será el electoral, con el cual pretendió satisfacer los anhelos
de participación democrática y las posturas federalistas:
El (poder) electoral
ha recibido facultades que no le estaban señaladas en otros
gobiernos que se estiman entre los más liberales. Estas atribuciones
se acercan en gran manera a las del sistema federal. Me ha parecido
no sólo conveniente y útil, sino también fácil, conceder a los
representantes más inmediatos del pueblo los privilegios que más
pueden desear los ciudadanos de cada departamento, provincia o
cantón. Ningún objeto es más importante a un ciudadano que la
elección de sus legisladores, magistrados, jueces y pastores. Los
colegios electorales de cada provincia representan las necesidades y
los intereses de ellas y sirven para quejarse de las infracciones a
las leyes, y de los abusos de los magistrados. Me animaría a decir
con alguna exactitud que esta representación participa de los
derechos de que gozan los gobiernos particulares de los Estados
federados (165).
Este poder sería una suerte de
cuerpo de representantes regionales que garantizarían la contemplación de
las necesidades locales ante el gobierno central. El cuerpo electoral
nombraba al legislativo y presentaba los candidatos para cubrir los cargos
de gobernadores, prefectos, jueces y párrocos. De ese modo, Bolívar esperaba
cumplir con las expectativas de los federalistas, a la vez que mantenía la
organización centralista del poder político.
¿Cómo se constituye y actúa
ese original poder electoral?
Cada diez ciudadanos
nombran un elector, y así se encuentra la nación representada por el
décimo de sus ciudadanos. No se exigen sino capacidades, ni se
necesita de poseer bienes, para representar la augusta función del
soberano; mas debe saber escribir sus votaciones, firmar su nombre y
leer las leyes. Ha de profesar una ciencia, o un arte que le asegure
un alimento honesto. No se le ponen otras exclusiones que las del
crimen, de la ociosidad y de la ignorancia absoluta. Saber y
honradez, no dinero, es lo que requiere el ejercicio del poder
público (166).
Los electores nombran a los
miembros del legislativo. Este poder se conforma de tres cámaras de treinta
miembros cada una: tribunos, senadores y censores, así se evitarían los
conflictos permanentes:
Los congresos
modernos, me dirán, se han compuesto de solas dos secciones. Es
porque en Inglaterra, que ha servido de modelo, la nobleza y el
pueblo debían representarse en dos cámaras, y si en Norte América se
hizo lo mismo sin haber nobleza puede suponerse que la costumbre de
estar bajo el gobierno inglés, le inspiró esta imitación (166).
El sistema bicameral corría el
riesgo de hacer caer la república en la discusión estéril. Es necesario
arbitrar los medios para romper con los empates legislativos.
La primera cámara es
la de tribunos, y goza de la atribución de iniciar las leyes
relativas a hacienda, paz y guerra. Ella tiene la inspección
inmediata de los ramos que el ejecutivo administra con menos
intervención del legislativo (166).
Se abstiene de reiterar su
idea del senado hereditario, que no gozó del favor de los congresistas
colombianos:
Los senadores forman
los códigos y reglamentos eclesiásticos, y velan por los tribunales
y el culto (166).
Entre sus funciones, está la
de escoger los funcionarios de la Justicia y los eclesiásticos.
Por último, el poder moral se
canaliza a través de una tercera cámara:
Los censores ejercen
una potestad política y moral que tiene alguna semejanza con la del
areópago de Atenas. Serán ellos los fiscales contra el gobierno para
celar si la constitución y los tratados públicos se observan con
religión (...) protegen la moral, las ciencias, las artes, la
instrucción y la imprenta. La más terrible como la más augusta
función pertenece a los censores (166).
El poder ejecutivo que propone
es aún más fuerte que el de Angostura. Esto resulta algo sorprendente,
porque ya no estaba el enemigo español justificando una gran concentración
de poder en el presidente. Esto muestra que, para Bolívar, los tiempos que
asomaban en el horizonte iban a ser muy complicados. La obsesión por la
estabilidad lo lleva a proponer una suerte de monarca constitucional:
El presidente de la
república viene a ser en nuestra constitución, como el sol que,
firme en su centro, da vida al universo. Esta suprema autoridad debe
ser perpetua, porque en los sistemas sin jerarquías se necesita más
que en otros, un punto fijo alrededor del cual giren los magistrados
y los ciudadanos, los hombres y las cosas. Dadme un punto fijo,
decía un antiguo, y moveré el mundo (167).
Bolívar asegura que se basa en
la experiencia de la república de Haití, que luego de probar el imperio, la
república y la monarquía, se aferró a Petion para salvarse de la
disgregación. Bolívar no sólo propone que el presidente sea vitalicio, sino
que además tenga la facultad de designar su sucesor. De esta manera,
sostiene, se evitarán las luchas sucesorias que amenazan la estabilidad y se
logra una continuidad institucional.
Bolívar asegura que en Bolivia
será un presidente menos poderoso que el haitiano, ya que está privado de
todas las influencias, no nombra los magistrados, los jueces ni las
dignidades eclesiásticas. En el medio de la sociedad, no será el mayor
poder, ya que el mismo se encuentra repartido en diversas funciones:
Los sacerdotes mandan
en las conciencias, los jueces en la propiedad, el honor y la vida,
y los magistrados en todos los actos públicos (167).
Bolívar intenta aventar la
crítica hacia el carácter cuasi-monárquico del sistema que propone. Se trata
de un gobierno republicano, adaptado a las necesidades americanas, donde
–sostiene– no hay bases para la monarquía, ya que partiendo de la geografía,
todo convida a la independencia. No hay nobles, la Iglesia aspira a mayor
poder del que tiene, ni existen tantas riquezas apetecibles. Todo lo que
usualmente sostiene las tiranías y los regímenes monárquicos, está ausente
en el Nuevo Mundo. El ejemplo de quienes quisieron levantar imperios –Dessalines,
Iturbide y Cristóbal–, muestra que esa vía no tiene futuro.
Ni Bonaparte pudo superar los problemas que atraviesa todo príncipe nuevo.
En América no hay que temer monarquías.
Los límites
constitucionales del presidente de Bolivia, son los más estrechos
que se conocen: apenas nombrar los empleados de hacienda, paz y
guerra; manda el ejército. He aquí sus funciones (168).
En ese esquema enaltece la
función del vicepresidente, quien sería el futuro sucesor en el poder
ejecutivo, pero que ya ejerce importantes funciones que lo preparan para el
manejo de la república cuando le toque presidirla:
En el gobierno de los
Estados Unidos se ha observado últimamente la práctica de nombrar al
primer ministro para suceder al presidente. Nada es tan conveniente,
en una república, como este método; reúne la ventaja de poner a la
cabeza de la administración un sujeto experimentado en el manejo del
Estado (...) Me he apoderado de esta idea, y la he establecido como
ley (...) El presidente de la república nombra al vicepresidente,
para que administre el Estado, y le suceda en el mando. Por esta
providencia se evitan las elecciones, que producen el grande azote
de las repúblicas, la anarquía, que es el lujo de las tiranías, y el
peligro más inmediato y más terrible de los gobiernos populares
(168).
La desconfianza de Bolívar a
las elecciones queda de manifiesto una vez más. El poder del voto popular
queda limitado, lo que asegura la permanencia del régimen. De ese modo, se
aprovecha lo positivo, a su entender, del sistema monárquico de gobierno:
Siendo la herencia la
que perpetúa el régimen monárquico, y lo hace casi general en el
mundo, ¿cuánto más útil no es el método que acabo de proponer para
la sucesión del vicepresidente? (...) Sí, legisladores, la monarquía
que gobierna la tierra, ha obtenido sus títulos de aprobación, de la
herencia que le hace estable, y de la unidad que la hace fuerte
(...) estas grandes ventajas se reúnen en el presidente vitalicio y
vicepresidente hereditario (168-169).
El poder judicial precisa
urgentes reformas. Habrá una corte nacional de siete jueces y un fiscal, una
corte por distrito, un juez de primera instancia por distrito y un juez de
paz para cada pueblo. Serán vitalicios, aunque pueden ser removidos por el
legislativo en caso de incumplimiento. Para su composición, Bolívar
considera la posibilidad de una instancia de participación popular:
El poder judicial que
propongo goza de una independencia absoluta, en ninguna parte tiene
tanta. El pueblo presenta los candidatos y el legislativo escoge los
individuos que han de componer los tribunales. Si el poder judicial
no emana de este origen, es imposible que conserve en toda su pureza
la salvaguarda de los derechos individuales (169).
La verdadera libertad
republicana es la de las leyes, de ahí que sea central establecer un nuevo
poder judicial, el más retrasado en su renovación desde la época de la
colonia:
La verdadera
constitución liberal está en los códigos civiles y criminales, y la
más terrible tiranía la ejercen los tribunales por el tremendo
instrumento de las leyes (...) El poder judicial contiene la medida
del bien o del mal de los ciudadanos, y si hay libertad, hay
justicia en la república, son distribuidas por este poder (169).
Ya concluyó la lucha contra el
enemigo español. Comienza una nueva etapa, en la cual la función del
ejército debe quedar bien establecida. Los temores de Bolívar hacia la
participación de los ejércitos pasen en luchas políticas y civiles, pronto
se verán confirmados por la realidad en toda América:
El destino del
ejército es guarnecer la frontera ¡Dios nos preserve de que vuelva
sus armas contra los ciudadanos! (169).
Su proyecto es fruto de la
observación de la realidad. Por eso, a medida que la misma vaya cambiando,
la constitución debe ser adaptada al dinamismo de los tiempos:
He pensado que la
constitución de Bolivia debiera reformarse por períodos, según lo
exige el movimiento del mundo moral (169).
Las garantías fundamentales
que Bolívar quiere establecer y resguardar, son la libertad civil, la
seguridad personal y la propiedad. Todas emanadas de la ley de leyes, la
igualdad, por la cual se termina completamente con la esclavitud, sobre la
que reflexiona partiendo de argumentos teológicos.
La relación entre la Iglesia y
el estado también es analizada en su proyecto. Había sido un tema ríspido
desde 1810. Se lo había venido evitando, para no crear disensiones
peligrosas en momentos de lucha por la independencia. Pero la intolerancia
religiosa era una de las herencias coloniales que debían reformarse:
En una constitución no
debe prescribirse una profesión religiosa, porque según las mejores
doctrinas sobre las leyes fundamentales, estas son las garantías de
los derechos políticos y civiles, y como la religión no toca a
ninguno de estos derechos, ella es de naturaleza indefinible en el
orden social, y pertenece a la moral intelectual. La religión
gobierna al hombre en la casa, en el gabinete, dentro de sí mismo;
sólo ella tiene derecho a examinar su conciencia íntima. Las leyes,
por el contrario, miran la superficie de las cosas: no gobiernan
sino fuera de la casa del ciudadano (...) Aplicando estas
consideraciones ¿podrá un Estado regir la conciencia de los
súbditos, velar sobre el cumplimiento de las leyes religiosas y dar
el premio o el castigo, cuando los tribunales están en el cielo, y
cuando Dios es el juez? (...) ¿Volverá la inquisición con sus teas
incendiarias? (170-171).
Había que abrirse al mundo, y
la constitución no debía poner límites en las conciencias de los ciudadanos:
La religión es la ley
de la conciencia. Toda ley sobre ella la anula porque imponiendo la
necesidad al deber, quita el mérito a la fe, que es la base de la
religión. Los preceptos y los dogmas sagrados son inútiles,
luminosos y de evidencia metafísica; todos debemos profesarlos, mas
este deber es moral, no político (...) Siendo todo esto jurisdicción
divina, me parece a primera vista sacrílego y profano mezclar
nuestras ordenanzas con los mandamientos del Señor (171).
El estado no debe legislar ni
manejar los asuntos religiosos:
Dios y sus ministros
son las autoridades de la religión que obra por medios y órganos
exclusivamente espirituales, pero de ningún modo el cuerpo nacional,
que dirige el poder público a objetos puramente temporales (171).
No se tocan las relaciones
entre Iglesia y estado. Las afirmaciones de Bolívar se encaminan solamente a
establecer la libertad de cultos. En la segunda mitad del siglo, en casi
toda la Hispanoamérica, la cuestión de las relaciones entre la Iglesia y el
estado sí serán un conflicto de importancia. Tales serán las repercusiones
de los debates que sobre el particular se darán en la propia Europa.
Esta constitución fue puesta
en vigencia por el congreso boliviano, aunque nunca se cumplió en todos sus
términos. Sucre, proclamado primer presidente, asumió el mando aclarando que
no lo ejercería en forma vitalicia, y se proclamó al catolicismo como
religión del estado.
Bolívar logró que la misma
constitución se aplicara en Perú, aunque de manera efímera. También se
propuso aplicarla a Colombia, ya que la constitución de 1821 nunca lo había
satisfecho. En la cúspide de su poder y gloria intentaría aprovechar su
prestigio para lograr que en su tierra también se adoptase su modelo
político, obteniendo así la base necesaria para la unidad continental.
Iniciaba la última etapa. Su
horizonte utópico parecía cercano: había sido bendecido por la victoria,
estaba lleno de poder y su prestigio estaba en alza. Todo parecía indicar
que su proyecto se encaminaba al éxito. Pero fracasaría.
c. La
situación a partir de 1826
Si nos basamos en los escritos
de Bolívar como una fuente para reconstruir el estado de América y su
evolución política, hay que afirmar que a partir de 1826 da comienzo una
nueva etapa. A la desilusión que le provocó el magro resultado del congreso
de Panamá, se suman los problemas internos de su patria y las regiones
liberadas por sus ejércitos. Las principales dificultades que observa en ese
tiempo son las disensiones políticas, el caos económico, los particularismos
regionales, la imposibilidad de establecer una autoridad política reconocida
y respetada por el conjunto de la sociedad y la desazón generalizada.
Esto es lo que transmiten los
textos de Bolívar. Es imposible hallar en ellos señales del optimismo
inquebrantable que lo movió aún en las etapas menos alentadoras del proceso
revolucionario. Su horizonte utópico, motor de su esperanza, comenzará a
diluirse.
¿Qué ha pasado? Simplemente
que ha concluido la guerra por la independencia, que aglutinaba al grueso de
los americanos en pos de una causa y los unía contra un enemigo
identificable. Las diferencias políticas y la diversidad de proyectos y
aspiraciones habían sido pospuestas para no resquebrajar el frente
revolucionario en medio de una guerra. Ahora llegaba el momento en que
emergían esos conflictos, que hacían muy trabajosa la tarea de organizar las
nuevas naciones.
Ese estado de cosas ya venía
manifestándose anteriormente. Basta recordar la carta de Bolívar a Santander
en 1823, en la que expresa su sorpresa y disgusto ante la actitud de los
ciudadanos colombianos: “cosquillosos”, remisos a obedecer, encandilados por
la libertad e incapaces de hacer sacrificios. Estas actitudes son las que
crecen sobre el terreno ganado a los españoles. A medida que avanza la
independencia, afloran situaciones que se habían mantenido contenidas bajo
el poder colonial, primero, y la guerra de emancipación, después.
La historia americana confirma
esta realidad. En el Río de la Plata, que Bolívar siempre había considerado
como anárquico, esa situación era posible porque se trataba de una región en
la que no se estaba luchando contra los españoles. Cuando surgió la amenaza
de una expedición del monarca –la que terminó desembarcando en Venezuela–,
se creó un régimen centralista bajo la autoridad de un Director Supremo. Ya
disuelto el peligro exterior, en 1820 las autonomías locales derrocaron el
poder central, que recién se intentó reinstaurar cuando había que unirse a
fin de negociar con los ingleses y cuando surgió la guerra contra el Brasil.
Al fin de esa contienda, las autonomías provinciales volvieron a
fortalecerse y se desató una guerra entre unitarios y federales, que dio pie
para el liderazgo autoritario de Rosas.
En Chile, una vez que se
aseguró la independencia y se contribuyó a la derrota realista del Perú, el
gobierno de O´Higgins comenzó a sufrir el acoso de los sectores liberales y
federalistas, que terminarían por derrocarlo. La situación se volvería
incontrolable hasta que Portales comenzó a ejercer un poder dictatorial bajo
formas republicanas de tinte conservador.
En Perú, Bolívar prolongó su
presencia como dictador hasta lograr reunir el congreso, a pesar de que en
Colombia se esperaba su retorno. Todavía faltaba asegurar la libertad
peruana, lograr la institucionalización y seguir de cerca los
acontecimientos del Alto Perú. A mediados de 1826, se reunieron los colegios
electorales en Lima, adoptaron la nueva constitución y proclamaron
presidente vitalicio a Bolívar, quien no aceptó y abandonó la ciudad en
septiembre para ir a Colombia. En su ausencia, surge un gran movimiento
antibolivariano, tanto en Perú como en Bolivia. Comienza con expresiones
contrarias a la permanencia de tropas colombianas y se acusa a los ejércitos
libertadores de imperialistas. Esto derivará en una guerra entre los
ejércitos peruano y colombiano.
Detrás de todo, emergía el resentimiento porque Guayaquil había sido anexado
a Colombia, algo que en su oportunidad discutieron San Martín y Bolívar,
pero en lo que el caraqueño no estuvo dispuesto a ceder. Además, los
distintos sectores políticos se disputaban la herencia bolivariana. Sucre
debió abandonar la presidencia de Bolivia en 1828 y se puso al frente de las
tropas colombianas. La guerra se prolongaría hasta mediados de 1829.
La idea de Bolívar de
confederar ambos países y luego extender esa confederación a Colombia no
tuvo tiempo de crecer. Fracasado el proyecto de Panamá, Bolívar pensó que,
al menos, lograría unir todas las naciones libertadas por él bajo la
constitución propuesta para Bolivia. Pero no eran tiempos de unión, sino de
dispersión. Vencidos los españoles, los nacionalismos desordenados se
exacerbaron. Más adelante, el mariscal Santa Cruz retomaría la idea de una
confederación peruano-boliviana, la que tuvo una efímera existencia.
En Colombia, hacia 1826,
empiezan a agravarse las diferencias entra Caracas y Bogotá. Páez le escribe
solicitando su presencia. Lidera el separatismo venezolano, que parece
incontenible. Mientras tanto, en Bogotá, el ambiente político se polariza.
Algunos reclaman la presencia fuerte de Bolívar y apoyan su proyecto
constitucional ya aceptado en Bolivia y Perú. Otros quieren que se convierta
en dictador. Otros pugnan por el inmortal federalismo. Otros, Santander
entre ellos, se oponían a la nueva constitución que Bolívar intentaba hacer
aprobar para Colombia. A pesar de todo ese disenso, fue reelecto como
presidente en junio de 1826. Respecto de la situación colombiana, en octubre
de 1826 –mientras marcha de Lima a Bogotá–, escribe a Santander.
La situación es gravísima. En
esa carta, Bolívar presenta un diagnóstico desolador. La república está
fundida económicamente y disuelta social y políticamente. Allí se estrellan
las utopías de Bolívar:
Toda la sangre se ha
secado del cuerpo y se ha metido en la cabeza; así la república está
exánime y loca juntamente. Mientras tanto los legisladores han
sacado sus empleos, y los empréstitos han arruinado el crédito y la
nación. En estas circunstancias ¿qué debo yo hacer? ¿Y qué debe
hacer Colombia? Yo, por servir a la patria, debiera destruir el
magnífico edificio de las leyes y el romance ideal de nuestra utopía
(173).
Es el fin de su utopía. Es la
primera vez que Bolívar utiliza esa expresión para referirse a su proyecto,
que aquí aparece asimilado a los “utópicos” de sus adversarios liberales.
Bolívar constata, gracias a la dosis de crudo realismo que le proporciona el
fracaso, que su proyecto resultó ser un “romance ideal”. Su sueño se ha
derrumbado y Bolívar ya no recuperará la esperanza. Seguirá luchando, pero
de aquí hasta su muerte, en 1830, la percepción de Bolívar es cada vez más
pesimista. Su horizonte utópico se fue desdibujando hasta convertirse en una
ilusoria quimera:
No veo por todas
partes sino disgusto y miseria (...) todos se quejan de todo, parece
que es un coro de lamentación como pudiera haberlo en el purgatorio
(...) Colombia no puede hacer otra cosa, fallida como está, sino
disolver la sociedad con que ha engañado al mundo, y darse por
insolvente. Sí señor, este es el estado de las cosas, y a mi
despecho tengo que conocerlo y decirlo (173).
Se viven abusos y se disparan
quejas que son posibles gracias a la libertad conquistada, que no se ejerce
responsablemente:
La hermosa libertad de
imprenta, con su escándalo, ha roto todos los velos, irritado todas
las opiniones. La pardocracia triunfa en medio de este conflicto
general. (...) La libertad de imprenta la causa y, por lo mismo, es
incurable (...) Esta llaga cubre toda la república (174).
El debate, la diversidad de
opiniones y la participación de todos en la cosa pública nunca fueron vistas
por Bolívar como hechos positivos, que pueden colaborar en la construcción
de un orden político fuerte. Por el contrario, siempre se mantuvo fiel a su
tendencia hacia el despotismo ilustrado y a su consideración negativa acerca
de la capacidad del pueblo para una vida democrática. Sin embargo no hay
otra salida que apelar al pueblo.
¿Quién reformará la república
exánime?
En la carta se enuncian las
distintas posibilidades. Por un lado, hay sectores que propician una
dictadura de Bolívar con la fuerza de su prestigio y el poder del ejército.
Bolívar se niega a usar las armas contra las leyes, que son pésimas, pero
legítimas. Por otro lado, hay quienes sostienen que debe ser el congreso
quien reforme las leyes. Bolívar también lo descarta: ha sido el congreso el
que ha sumido la república en el caos. Queda el pueblo, auténtico soberano,
quien deberá recrear la república. Es el mejor camino, aunque lo presenta
con grandes temores:
Tal es el espíritu de
nuestra pobre humanidad, que no crece siendo siempre niña. En una
palabra, mi querido general, cada día me confirmo más en que la
república está disuelta, y que nosotros debemos volver al pueblo su
soberanía primitiva, para que él se reforme como quiera y se dañe a
su gusto. El mal será irremediable, pero no será nuestro, será de
los principios, será de los legisladores, será de los filósofos,
será del pueblo mismo; no será de nuestras espadas (174).
Bolívar hace recaer la
responsabilidad del desastre, fundamentalmente, sobre el congreso. Sus
relaciones fueron siempre tirantes. Bolívar, por su parte, pugnando por la
concentración del poder en oposición a la anarquía; el congreso, luchando
por evitar el poder de Bolívar, que era calificado como una forma de
tiranía. Algunos sectores clamaban para que Bolívar asumiera una auténtica
dictadura a fin de reorganizar la república. Pero Bolívar se opone a ese
proyecto:
He combatido por dar
libertad a Colombia; la he reunido para que se defendiese con más
fuerza; ahora no quiero que me inculpe y me vitupere por las leyes
que le han dado contra su voluntad: este será mi código, mi
antorcha; así lo he dicho a todo el pueblo del sur, y así lo diré a
toda Colombia. He combatido las leyes de España, y no combatiré las
leyes tan perniciosas como las otras y más absurdas por ser
espontáneas, sin necesidad siquiera de que fueran dañosas como las
de una metrópoli. Un congreso de animales habría sido (...) más
sabio (174).
A pesar de la dureza de sus
juicios y la gravedad de la situación, Bolívar no usará las armas de la
libertad para corregir el caos. En realidad no fue necesario, ya que su sola
presencia intimidaba a sus adversarios políticos.
Ve que hay un cambio de etapa
muy claro. La era del heroísmo ya ha concluido en Ayacucho, y comienza otra
en la cual los méritos de quienes lucharon no serán reconocidos. Antes bien,
grandes sectores de la sociedad están muy prevenidos contra el ejército,
temiendo que utilicen su fuerza para imponer una tiranía. Bolívar siente ese
rechazo. Los héroes son temidos por aquellos que ocupan cargos conquistados
gracias a la sangre del ejército.
¿Valió la pena?:
Los intrigantes han
destruido la patria del heroísmo, y tan sólo nosotros sufriremos,
porque hemos estado a la cabeza de estos execrables tontos (174).
Han destruido la república
para la cual el ejército sacrificó su vida. Pero la función del ejército, en
la nueva etapa, no es la de comprometerse en una lucha civil ni la de
imponer su poder. Debe ocupar su lugar, ser defensor ante posibles
agresiones extranjeras y no ceder a la tentación de quienes quieren usarlo
para la política doméstica.
¿Cómo reconstruir la
república? No será, pues, por la fuerza del ejército. Pero tampoco puede
hacerlo el congreso, que es el autor del desastre:
No puedo creer que sea
útil ni glorioso cumplir las leyes existentes y mucho menos aún
dejarme conducir por hombres más ciegos que yo. Esta moderación no
entra en mi conciencia. Tengo mil veces más fe en el pueblo que en
sus diputados. El instinto es un consejero leal; en tanto que la
pedantería es un aire mefítico que ahoga los buenos sentimientos
(175).
Hay que cambiar las leyes. A
pesar de sus temores y prevenciones de siempre, Bolívar confía más en la
sensatez del pueblo que en la del congreso. El pueblo deberá manifestarse y
recomenzar. Pero no hay que equivocarse. Los males no son producto de la
guerra –argumento esgrimido por el congreso para explicar la situación
caótica a que se había llegado–, sino que fueron causados por la mala
organización, legislación y administración del estado. Es fundamental que el
pueblo comprenda esto, a fin de reformar la república sobre bases firmes:
No sé cómo no se han
levantado todos estos pueblos y soldados al considerar que sus males
no vienen de la guerra, sino de las leyes absurdas (173).
Bolívar ve la necesidad
imperiosa de recrear la república promulgando una nueva constitución.
Parece volver a 1812, al manifiesto de Cartagena, en el que explicaba la
caída de la primera república por su constitución y leyes inadecuadas. Una
vez más, se debe firmar un nuevo pacto social y una nueva ley fundamental.
Son momentos terribles, pero hay que admitir que el congreso ha fracasado y
es incapaz de revertir la situación:
Estoy tan desesperado,
como puede Vd. imaginarlo (...) La extensión de Colombia y la
complicación de sus elementos no debía marchar sino por prodigios, y
como nunca congreso ha hecho prodigios, el resultado ha sido natural
y necesario (...) Nuestro sagrado pacto está cubierto de una pureza
intacta; gozaba de una virginidad inmaculada; ahora ha sido violado,
manchado, roto, en fin; ya no puede servir de nada; una ley
fundamental no debe ser sospechada siquiera (...) la integridad debe
ser su primer atributo; sin esto es un espantajo ridículo, o más
bien el símbolo del odio (175).
En noviembre de 1826 ya está
de regreso en Bogotá, después de cinco años de ausencia. Reasume la
presidencia con facultades extraordinarias. Marcha a Caracas para arreglar
la situación de Páez –enero de 1827– y envía su renuncia a la presidencia,
pero el congreso no acepta. En septiembre de ese año está de regreso en
Bogotá. Todos coinciden en que se precisa una nueva constitución. Bolívar
lidera su proyecto “boliviano”. Santander ya no es su aliado, ahora preside
el sector liberal. Así se inició el camino hacia la convención de Ocaña. En
octubre de 1827 hubo elecciones para la conformación de la misma. El
resultado fue adverso a Bolívar, a quien muchos llamaban tirano. La
convención comenzó a sesionar en marzo de 1828, y el presidente la abrió con
un discurso.
d. Una
convención fallida que termina en dictadura
En este discurso se vuelven a
manifestar los rasgos esenciales del pensamiento político bolivariano que se
observan desde el manifiesto de Cartagena.
Hay una gran similitud en el diagnóstico que realiza de las causas del
fracaso republicano en uno y otro caso. Lo mismo al acercar sus propuestas:
ejecutivo fuerte, centralismo, firmeza.
Nuevamente, el punto de
partida debe ser la propia experiencia. Bolívar insiste en que hay que
basarse en una buena observación de la situación:
"Os bastará recorrer
nuestra historia para descubrir las causas de nuestra decadencia"
(179).
Bolívar constata un cambio de
etapa. Ya no existe el espíritu público que animó la independencia y la
creación de la república:
Colombia, que supo
darse vida, se halla exánime. Identificada antes con la causa
pública, no estima ahora su deber como la única regla de salud (...)
Colombia, que no pensaba sino en sacrificios dolorosos, en servicios
eminentes, se ocupa de sus derechos y no de sus deberes. Habría
perecido la nación si un resto de espíritu público no la hubiese
impelido a clamar el remedio y detenido al borde del sepulcro.
Solamente un peligro horroroso nos haría intentar la alteración de
las leyes fundamentales (179).
¿Cuál es la situación de los
militares frente a esta realidad que defrauda sus sacrificios? Allí se pone
de manifiesto el cambio de etapa. La del honor, la del valor, la épica ha
concluido. El lugar relevante que los militares tenían es cosa del pasado.
Ahora se los mira con recelo:
Se han promovido
peligrosas rivalidades entre civiles y militares con los escritos, y
con las discusiones del congreso, no considerándolos ya como
libertadores de la patria, sino como los verdugos de la libertad
¿Era ésta la recompensa debida a tan dolorosos y sublimes
sacrificios? (183).
La ingratitud social es una
manifestación de la falta de valoración por la lucha de independencia y una
muestra más de que el sacrificio ya no ocupa un lugar de privilegio en la
consideración social:
Partícipe el militar
de los sacudimientos que han agitado toda la sociedad, no conserva
más que su devoción a la causa que ha salvado, y un respeto
saludable a sus propias cicatrices (183).
Nuevamente critica el utopismo
que lleva a la desmesura y que fuerza el verdadero orden de las cosas. No se
respeta la realidad, se le quiere imponer un esquema que no responde a su
naturaleza:
Debo decirlo; nuestro
gobierno está esencialmente mal constituido. Sin considerar que
acabamos de lanzar la coyunda, nos dejamos deslumbrar por
aspiraciones superiores a las que la historia de todas las edades
manifiesta incompatibles con la humana naturaleza. Otras veces hemos
equivocado los medios y atribuido el mal suceso a no habernos
acercado bastante a la engañosa guía que nos extraviaba, desoyendo a
los que pretendían seguir el orden de las cosas, y comparar entre sí
las diversas partes de nuestra constitución, y toda ella con nuestra
educación, costumbres, e inexperiencias (180).
En lo político esto llevó a
crear un desequilibrio de poder. Bolívar se mantiene firme en su opción por
un poder ejecutivo preeminente:
Nuestros diversos
poderes no están distribuidos cual lo quiere la forma social y el
bien de los ciudadanos. Hemos hecho del legislativo sólo el cuerpo
soberano, en lugar de que no debía ser más que un miembro del
soberano: le hemos sometido el ejecutivo (180).
El corpus legal es
laberíntico. Aún no se ha encarado una sistematización y simplificación de
las leyes. Es una de las deudas mayores de la república. De ese desorden no
puede nacer un orden social, sino la confusión:
Obsérvese que nuestro
ya tan abultado código en vez de conducir a la felicidad ofrece
obstáculos a sus progresos. Parecen nuestras leyes hechas al acaso:
carecen de conjunto, de método, de clasificación y de idioma legal.
Son opuestas entre sí, confusas, a veces innecesarias, y aun
contrarias a sus fines (...) la ley, pues, hecha al intento ha
resultado mucho menos adecuada que las antiguas, amparando
indirectamente los vicios que se procuraban evitar (180).
En su discurso, Bolívar repasa
los poderes: ejecutivo muy débil, legislativo muy poderoso, leyes confusas
que no sirven, poder judicial poco preparado e intangible. Los municipios no
han cumplido su función, los vecinos no quieren participar de los cargos,
hay resistencias a pagar los impuestos. Algunos municipios, incluso, se han
proclamado soberanos. El desorden es grande, lo cual necesariamente lleva al
caos económico:
Destruida la seguridad
y el reposo, únicos anhelos del pueblo, ha sido imposible a la
agricultura conservarse (...) Su ruina ha cooperado a la de otras
especies de industria (...) todo se ha sumido en la miseria
desoladora (182).
No hubo claridad ni firmeza
para conducir la economía. La caída del régimen colonial dejó un vacío que
las nuevas autoridades no lograron llenar. La economía es un ámbito
especialmente sensible a la falta de conducción y autoridad:
Desde ochocientos
veintiuno, en que empezamos a reformar nuestro sistema de hacienda,
todos han sido ensayos (...) La falta de vigor en la administración,
en todos y cada uno de sus ramos, el general conato por eludir el
pago de las contribuciones, la notable infidelidad y descuido por
parte de los recaudadores, la creación de empleados innecesarios,
(...) han conspirado a destruir el erario (183).
El estado quebró y no puede
cumplir con los compromisos internacionales. Las deudas contraídas para
financiar la guerra no fueron pagadas. Tampoco se podía enfrentar la deuda
interna:
El erario de Colombia
ha tocado, pues, a la crisis de no poder cubrir nuestro honor
nacional, con el extranjero generoso que nos ha prestado sus fondos,
confiando en nuestra fidelidad (...) El rubor me detiene, y no me
atrevo a deciros que las rentas nacionales han quebrado, y que la
república se halla perseguida por un formidable concurso de
acreedores (184).
La situación es anárquica,
descontrolada. Bolívar reclama un gobierno fuerte y estable que revierta la
situación. Es la constante de su pensamiento. La independencia hizo posible
la libertad, pero eso no es sinónimo de desorden. No se trata de limitar la
libertad conquistada, sino de evitar que se destruya a sí misma:
Un gobierno firme,
poderoso y justo es el grito de la patria (...) Dadnos un gobierno
en que la ley sea obedecida, el magistrado respetado, y el pueblo
libre; un gobierno que impida la transgresión de la voluntad general
y los mandamientos del pueblo. Considerad, legisladores, que la
energía en la fuerza pública es la salvaguarda de la flaqueza
individual, la amenaza que aterra al injusto, y la esperanza de la
sociedad. Considerad, que la corrupción de los pueblos nace de la
indulgencia de los tribunales y de la impunidad de los delitos.
Mirad, que sin fuerza no hay virtud; y sin virtud perece la
república. Mirad, en fin, que la anarquía destruye la libertad, y
que la unidad conserva el orden (184-185).
Las sesiones duraron algo más
de dos meses. En la convención se debatieron dos proyectos constitucionales:
el de los liberales y el de Bolívar, quien se retiró a Bucaramanga, donde
Perú de Lacroix recogería por escrito sus recuerdos y apreciaciones.
Los grupos se polarizaron en
la convención, y todo concluyó sin resoluciones ya que los diputados adictos
a Bolívar se retiraron el 10 de junio dejando sin quórum al cuerpo, que tuvo
que dejar de sesionar. El caos volvía a amenazar. Bolívar asume poderes
dictatoriales en agosto. Arrecian las críticas y el disgusto, en especial de
la prensa y los sectores liberales: se lo llama tirano. En septiembre
atentan contra su vida, resultando ileso.
A fin de mostrar que no quería adueñarse del poder, sino que su dictadura
era sólo una transición, en diciembre de 1828 convoca a un nuevo congreso
constituyente para que cumpla con lo que no se pudo concretar en Ocaña. Se
reuniría recién a principios de 1830.
e. Bolívar
toma distancia
Durante 1829, Bolívar se
dirige al sur, a fin de terminar con la guerra entre peruanos y colombianos.
Le resulta una excusa de lujo para alejarse de la convulsionada Bogotá. Se
establece en Quito, y en junio logra un armisticio por el cual Colombia
recupera Guayaquil. En septiembre, Colombia y Perú firman la paz.
Desde Guayaquil, en septiembre
de 1829, escribe al general O’Leary, presentándole un panorama de la
realidad de las regiones que abarca su influencia. Es una etapa de
enfrentamientos entre facciones. Se siente desanimado y prepara su retiro de
la función pública. Se avecina el cambio de dirigentes, lo cual conlleva
peligros para la estabilidad política de Colombia:
Llegada aquella época
(en cuatro o seis años más) faltaría yo indefectiblemente, y conmigo
todos los que me apoyan. Por consiguiente, faltarían de repente
todas las columnas de este edificio y su caída sería mortal para los
que estarían debajo. ¿Qué remedio habría que aplicar a tamaño mal?
¿No quedaba la sociedad disuelta y arruinada juntamente? (...)
mejor, pues, me parece que preparar con anticipación esta
catástrofe, que no se puede evitar (...) La fuerza de los sucesos y
de las cosas impele a nuestro país a este sacudimiento, o llámese
mudanza política (187).
Bolívar analiza con lucidez el
cambio de etapa que se está produciendo. Será un tiempo de profundas,
violentas e inevitables transformaciones. Colombia marcha hacia su división.
Lo primero será la separación efectiva de Venezuela. El liderazgo de Bolívar
–tanto tiempo ausente de su tierra natal– fue superado por el de Páez, y los
desencuentros y diferencias con Bogotá son insalvables. En el fondo, admite
que esa unión siempre fue ficticia, ya que se estableció alrededor de su
persona:
Todos sabemos que la
reunión de la Nueva Granada y Venezuela existe ligada únicamente por
mi autoridad, la cual debe faltar ahora o luego (187).
Tras años de experiencia y
maduración de sus propuestas, formula el dilema que frustra la organización
política de los pueblos americanos. Las enormes extensiones requieren o un
gobierno monárquico o uno federal:
Nuestra extensión
exige una de dos especies de gobierno enteramente opuestas, y ambas
a dos extremadamente contrarias al bien del país: la autoridad real,
o la liga general son las únicas que nos pueden convenir para regir
esta dilatada región (187).
Es una constatación
interesante, que introduce una novedad de planteamiento, pero no modifica su
postura hacia ambos regímenes. La monarquía es imposible, porque América es
fundamentalmente democrática. Esto contradice sus reiteradas afirmaciones
acerca de que los pueblos todavía están acostumbrados al despotismo. Además,
una monarquía carecería de legitimidad:
Yo no concibo que sea
posible siquiera establecer un reino en un país que es
constitutivamente democrático (...) Además, ¿quién puede ser el rey
de Colombia? (187).
Respecto del federalismo,
nuevamente lo excluye por considerar que en la América española favorece la
dispersión y anarquía:
Todavía tengo menos
inclinación a tratar del gobierno federal; semejante forma social es
una anarquía regularizada (...) Yo pienso que mejor sería para la
América adoptar el Corán que el gobierno de los Estados Unidos,
aunque es el mejor del mundo (188).
Para probar su argumento, toma
como ejemplo los primeros años de la república venezolana y la situación de
Buenos Aires, Chile, Guatemala y Méjico, que con gobiernos federales, viven
en el desorden. Por tanto, la única posibilidad que considera viable es la
de organizar pequeñas repúblicas unitarias, en las que el poder central
fuerte pueda gobernar una extensión de territorio razonable:
No queda otro partido
a Colombia que el de organizar, lo menos mal posible, un sistema
central completamente proporcionado a la extensión del territorio y
a la especie de sus habitantes. Un estado civilizado a la europea
presenta menos resistencia al gobierno de parte del pueblo y de la
naturaleza que una pequeña provincia de América, por las
dificultades del terreno y la ignorancia del pueblo; por lo mismo
nos veremos forzados a dar a nuestras instituciones más solidez y
energía que las que en otros países se juzgan necesarias (188).
América inicia una nueva
etapa. Sin los riesgos y ocupaciones de la guerra de independencia, las
naciones deberán dedicarse a su organización.
Si he de decir mi
pensamiento, yo no he visto en Colombia nada que parezca gobierno ni
administración ni orden siquiera. Es verdad que empezamos esta nueva
carrera y que la guerra y la revolución han fijados toda nuestra
atención en los negocios hostiles. Hemos estados como enajenados en
la contemplación de nuestros riesgos y con el ansia de evitarlos. No
sabíamos lo que era gobierno y no hemos tenido tiempo para aprender
mientras nos hemos estado defendiendo. Mas ya es tiempo de pensar
sólidamente en reparar tantas pérdidas y asegurar nuestra existencia
nacional (188).
Sin embargo, y Bolívar da
muestras de tenerlo en cuenta, la realidad demostraba que la guerra contra
España había sido una circunstancia aglutinante. Una vez concluida, las
naciones se encontraban con el grave problema de organizarse políticamente
sin contar con suficientes factores de unidad.
¿Qué es lo que hace tan débil
la vida política colombiana?
Por una parte, la geografía. A
mayor distancia de la capital, menor fuerza del estado. Cada departamento
actúa como si fuese un gobierno diferente del nacional. Y, fundamentalmente,
los lazos sociales, que se han debilitado después de conquistada la
independencia:
Todo esto depende de
que el todo sea compacto. La relajación de nuestro lazo social está
muy lejos de uniformar, estrechar, y unir las partes distintas del
estado (188).
Ese cambio es determinante.
Nuevamente señala el cambio de etapa. La creación de una Colombia integrada
por Caracas, Bogotá y Quito ya no se ve como una necesidad, y los
particularismos regionales renacen:
Mientras teníamos que
continuar la guerra, parecía, y casi se puede decir que fue
conveniente la creación de la república de Colombia. Habiéndose
sucedido la paz doméstica y con ella nuevas relaciones, nos hemos
desengañado de que este laudable proyecto, o más bien este ensayo no
promete las esperanzas que nos habíamos figurado (189).
Recalca que la unión se
mantuvo ante la necesidad de luchar frente a los enemigos pero ya no es
posible mantener esa unidad. La otra señal del fin de la etapa
revolucionaria y de lucha por la independencia es el nuevo rol de los
militares en las nuevas naciones. Durante la lucha contra los españoles, el
mayor poder estaba en los ejércitos, que reunían la sociedad a su alrededor.
De la guerra surgían los objetivos, los esfuerzos económicos, las reglas de
juego. Ese tiempo ha concluido. Comienzan tiempos nuevos, en los que, al no
haber enemigos a los cuales combatir, las espadas deben ser envainadas:
¿Mandarán siempre los
militares con su espada? ¿No se quejarán los civiles del despotismo
de los soldados? Yo conozco que la actual república no se puede
gobernar sin una espada, y, al mismo tiempo, no puedo dejar de
convenir que es insoportable el espíritu militar en el mando civil
(189).
Nuevamente, el planteo de
Bolívar presenta un dilema aparentemente insoluble. Los pueblos necesitan un
poder firme que los aglutine y ordene, y el único sector capaz de ejercerlo
es el militar. Sin embargo, la guerra terminó. Y los ejércitos no deben
hacerse cargo de una función para la que no fueron creados. Se da un vacío
de poder, que los civiles no han podido todavía subsanar.
Durante la segunda mitad de
1829 se empiezan a manifestar en Bolívar los síntomas de la enfermedad que
lo llevará a la muerte. En enero de 1830, ya está de regreso en Bogotá, y se
dispone a inaugurar las sesiones del nuevo congreso constituyente. Caracas
se niega a enviar delegados, con lo que oficializa su separación de
Colombia.
Notas
Lynch
sostiene que “el modelo de revolución que ofrecía Francia contó
con menos adeptos. En 1799 Miranda dijo al respecto: ‘Dos grandes
ejemplos tenemos delante de los ojos: la Revolución Americana y la
Francesa. Imitemos discretamente la primera; evitemos con sumo
cuidado los fatales efectos de la segunda'” (LYNCH, 37). “Los
revolucionarios hispanoamericanos querían mantenerse a distancia de
la revolución haitiana. Miranda en particular estaba preocupado por
el efecto que podría tener sobre su reputación Inglaterra: ‘Le
confieso que tanto como deseo la libertad y la independencia del
Nuevo Mundo, otro tanto temo la anarquía y el sistema
revolucionario. No quiera Dios que estos hermanos países tengan la
suerte de Saint Dominique, teatro de sangre y crímenes, so pretexto
de establecer la libertad; antes valiera que se quedaran un siglo
más abajo la opresión bárbara e imbécil de España’ (...) De hecho,
Miranda, como otros criollos, era conservador en cuestiones sociales
y no tenía intención de incitar a una guerra racial (...) Los
hispanoamericanos pronto tendrían que enfrentarse a la crisis de la
metrópoli y a la quiebra del control imperial. Entonces tendrían que
llenar el vacío político y agarrarse a la independencia, no para
crear otro Haití sino para evitar que sucediera lo que allí sucedió”
(LYNCH, 39). Cuando ocurrió lo de 1808 “los criollos
tenían que decidir cuál era el mejor medio para preservar su
herencia y mantener su control”; (LYNCH, 40). La elite criolla
quería, a toda costa, evitar una auténtica revolución; tal la tesis
central de IZARD (1979).
“Venezuela también había padecido su invasión en 1806, pero el
invasor no fue una potencia extranjera sino el conspirador
venezolano y agitador revolucionario Francisco de Miranda. Esta vez,
tanto los mantuanos como la población se unieron en torno de las
autoridades españolas contra Miranda, cuyo llamamiento a la
independencia parecía demasiado radical. El miedo a la insurrección
al estilo haitiano de los esclavos y de los pardos libres, que
conjuntamente sumaban más de la mitad de la población de Venezuela,
explica la cautela de la clase alta criolla” (BUSHNELL, 78).
“No
es fácil establecer cuál era el grado de decisión que poseían los
diversos sectores de las colonias hispanoamericanas para adoptar una
política independentista. Desde el estallido de la Revolución
Francesa aparecieron signos de que se empezó a pensar en ella, y
cuando Miranda inició sus arduas gestiones ante el gobierno inglés
se aseguraba que vastos grupos criollos estaban dispuestos a la
acción. Pero era un sentimiento tenue, que sin duda arraigaba en los
grupos criollos de las burguesías urbanas sin que pueda saberse, en
cambio, el grado de resonancia que tenía en otros sectores. El
sentimiento prohispánico estaba unido al sentimiento católico, y los
avances que había logrado la influencia inglesa, promovidos por
grupos mercantiles interesados en un franco ingreso en el mercado
mundial, estaban contenidos por la oposición de los grupos
tradicionalistas que veían en los ingleses no sólo a los enemigos
seculares de España sino también a los herejes reformistas”
(ROMERO, 1986:56).
“Al principio, aun cuando la invasión francesa de España hubiera
constituido una oportunidad para los criollos revolucionarios, la
situación internacional no permitía esperar que las potencias
extranjeras intervinieran en su ayuda” (BUSHNELL, 85). La
política inglesa se movía muy bien en la ambigüedad: “Ante la
situación, los ingleses no podían actuar contra su aliada, por ello,
la solución perfecta desde el punto de vista británico era la
independencia de facto de Hispanoamérica dentro de un marco poco
claro de lealtad a la monarquía española” (BUSHNELL, 86).
“El golpe recibido por la esclavitud debe considerarse como la
reforma social más importante de los años de la independencia”
(BUSHNELL, 123). En otros aspectos, la revolución no alentó mayores
transformaciones: “no produjo una redistribución del poder
económico, y lo mismo se puede decir de otras innovaciones sociales
y económicas (...) En Hispanoamérica, los principales medios de
producción continuaron en manos de la clase alta criolla, que como
consecuencia de la independencia ahora también detentaba el poder
político. Ello significó que a partir de entonces las decisiones
políticas se harían según los intereses nacionales y no según los
metropolitanos, o mejor dicho, según los intereses nacionales tal
como los interpretaba la minoría dominante. Pero esto no evitó la
continuación –aunque sí hubo algunos cambios– de la dependencia
económica exterior porque los intereses de esta minoría dominante
iban frecuentemente ligados a la producción y exportación de
productos básicos. Por el contrario, significó la desaparición de
las limitaciones legales, inherentes al sistema imperial español,
que impedían una incorporación plena en el mercado mundial. Fuera de
algunos casos excepcionales, la incorporación de otros grupos
sociales en las decisiones nacionales tendría que esperar aún
bastante tiempo” (BUSHNELL, 123).
“En Angloamérica, el público burgués y protestante, imbuido de la
Leyenda Negra, era algo escéptico acerca del desarrollo de la
América española, y esperaba bien poca cosa de ella. Así, por
ejemplo, John Adams dijo que la idea de que se pudieran establecer
gobiernos libres en América del Sur era tan absurda como intentar
‘establecer democracias entre los pájaros, las fieras y los peces’”
(BUSHNELL, 85). El tema de la incapacidad de las ex colonias
españolas para la democracia liberal es recurrente. No sólo lo
planteó Bolívar, sino que subsistió a lo largo de todo el siglo XIX,
como puede verse en numerosos autores, y es todavía hoy fuente de
debates.
La nueva identidad que se debía forjar para la creación de una
América independiente suponía una crítica al legado hispánico:
“A partir
de esa época, la idea de Europa se diferenció marcadamente, sobre
todo, de la idea de España. Para unos y otros, para tradicionalistas
y progresistas, España fue la tradición y Europa el cambio (...) La
emancipación precipitó las imágenes. España fue el pasado y Europa
–que representaba la libertad de conciencia, el pensamiento
racional, la ciencia moderna, el desarrollo técnico, la libertad de
comercio– fue el presente y el futuro. La imagen de una Europa sin
España –esto es, sin el tradicionalismo conservador– arraigó
fuertemente en los grupos predominantes. Con ella el juicio sobre lo
europeo adquirió un tono generalizadamente positivo, en tanto que el
juicio sobre los español adquirió un tono negativo. Bien entendido,
Europa era prácticamente Francia e Inglaterra. Las minorías cultas
comenzaron a nutrirse en las fuentes de la primera, en tanto que
para el desarrollo económico buscaron y aceptaron a la segunda”
(ROMERO, 1986:26-27). La revalorización de lo hispánico en América
llegaría recién en el siglo XX.
El régimen que propuso en Angostura, “era un sistema
profundamente conservador que resumía los rasgos duraderos del
pensamiento político de Bolívar” (BUSHNELL, 110). La experiencia
de las ‘patrias bobas’ engendró un modelo más pragmático en muchos
dirigentes americanos. Romero señala tres textos fundamentales que
rinden cuenta de esos cambios: el ‘manifiesto de Cartagena’, la
‘carta de Jamaica’, y el ‘Ensayo’ que escribió Camilo Henríquez, un
revolucionario chileno que en 1815 estaba exiliado en Buenos Aires a
causa de la recuperación realista de su país. En ese escrito,
Henríquez “revisaba sus convicciones radicales y aconsejaba dejar
de lado los principios democráticos. ‘Por ahora’, decía, ‘no hagáis
más que elegir a un hombre de moralidad y genio revestido con la
plenitud del poder’. Agudo observador, también él se deslizaba hacia
el realismo político” (ROMERO, 1986:79).
“Bolívar obtuvo otra clase de éxito cuando el congreso
constituyente de Gran Colombia (reunido en Cúcuta) (...)
reafirmó el acta de unión de Angostura –a pesar de la continuada
ausencia de representantes ecuatorianos– y adoptó una constitución
rigurosamente centralista para la nueva república. Así pues, se
rechazaron las demandas federalistas que Bolívar consideraba
responsables de la debilidad de los primeros regímenes patriotas.
Por lo demás, la constitución contenía unas muestras convencionales
de republicanismo liberal, tales como la separación de poderes, las
garantías de los derechos individuales y diversas aportaciones de
los modelos angloamericano y europeos. A pesar de la otorgación
expresa de ‘facultades extraordinarias’ al poder ejecutivo que
debían usarse en caso de emergencia –un recurso casi universal en
las constituciones hispanoamericanas tanto de los primeros tiempos
como de más tarde–, las amplias atribuciones conferidas al
legislativo fueron motivo de preocupación para Bolívar, quien por
esta y otras razones consideraba que la constitución de Gran
Colombia había ido demasiado lejos en su liberalismo. Es más, el
congreso de Cúcuta se encargó de emprender otras reformas básicas,
que generalmente eran de orientación liberal” (BUSHNELL, 112).
La conferencia de Guayaquil “hasta nuestros días continúa siendo
polémica, principalmente entre los historiadores venezolanos y
argentinos. El principal punto de controversia se centra sobre la
ayuda militar que San Martín pudo haber pedido a Bolívar para
completar la liberación de Perú y la respuesta dada por Bolívar.
Según la versión más aceptada, San Martín subrayó la necesidad de
actuar conjuntamente para desalojar a los realistas de las plazas
fuertes que aún les quedaban, e incluso se ofreció para servir bajo
el mando de Bolívar; se dice que Bolívar no quiso colaborar por lo
que San Martín optó por alejarse del escenario peruano y dejar la
gloria a su adversario norteño. Los venezolanos presentan a San
Martín como algo indiferente a la presencia de fuerzas realistas en
Perú (lo que parece poco probable), mientras correctamente señalan
que Bolívar sí envió refuerzos. Queda bien claro que en Perú no
había sitio para ambos libertadores. San Martín, que se dio cuenta
de que su propia eficacia estaba en decadencia, decidió retirarse,
dimitió de todos sus poderes el 20 de septiembre (de 1822) y
se dirigió a lo que acabaría siendo su autoimpuesto exilio en
Europa” (BUSHNELL, 113-114). Cuando San Martín se retiró del
Perú, un aristócrata que siempre sostuvo ideas independentistas,
Riva Agüero, se hizo cargo del ejecutivo por medio de un golpe
militar. Pero no logró unir fuerzas para terminar con los españoles,
que dominaban la sierra. Se enfrentó con el congreso, que lo
desconocía, y eso mantenía dividido al partido revolucionario.
Finalmente, el congreso invitó a Bolívar a hacerse cargo del poder
para eliminar definitivamente a los realistas con el poder de su
ejército.
“Bolívar, aunque conocía bien las dificultades que existían para
la consecución de una unión mayor, esperaba ver establecidos entre
las unidades territoriales independientes al menos algunos acuerdos
permanentes de consulta y cooperación. Esencialmente pensaba en la
creación de una liga hispanoamericana, puesto que enfatizaba la
importancia de la homogeneidad histórica y cultural” (BUSHNELL,
117).
“Los resultados de Panamá no entusiasmaron a Bolívar quien,
desengañado, escribirá a Páez el 4 de agosto: ’El Congreso de
Panamá, institución admirable si tuviera más eficacia, no es otra
cosa que aquel loco griego que pretendía dirigir desde una roca los
buques que navegaban. Su poder será una sombra, y sus decretos,
consejos: nada más’” (SORIANO, 37-38).
“Es verdad que hay que considerar el congreso de Panamá como un
precedente de la colaboración interamericana que funcionó más tarde,
pero por entonces sólo puso de manifiesto la falta de condiciones
para que se formara tal colaboración. Las nuevas naciones no sólo
estaban atrapadas por problemas domésticos que parecían casi
irresolubles, sino que en realidad era muy poco lo que podían hacer
conjuntamente y que no pudieran hacer solas con igual grado de
eficacia o ineficacia” (BUSHNELL, 118).
“En este proyecto de constitución –el más acabado de sus escritos
políticos–, Bolívar intenta echar las bases de un país nuevo
buscando, como en Angostura, instituciones estables y duraderas”
(...) “En líneas generales la constitución de Bolivia se encuentra,
pues, dentro de la corriente del tiempo en materia constitucional.
Parece indudable la influencio formal (...) que tuvieron en su
redacción las constituciones francesas de 1791, 1793, 1795 y 1799.
Las libertades y garantías que establece se nutren de la
'Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” y del Bill
of Rights norteamericano” (SORIANO, 32y34). Una visión distinta
es la Bushnell, para quien “el texto que Bolívar escribió a
petición de la asamblea representó otro de sus intentos de combinar
la apariencia y algunos de los principios del republicanismo liberal
con las salvaguardas contra el desorden en expansión que según él
amenazaban los logros de los libertadores hispanoamericanos” (BUSHNELL,
115).
“Bolívar llegó a la conclusión de que era necesario enderezar la
balanza a favor de la estabilidad y la autoridad; y la constitución
boliviana fue la solución que dio. La característica más importante
de la constitución fue la existencia de un presidente vitalicio que
tenía el derecho de nombrar a su sucesor; venía a ser como un
monarca constitucional (...) El tono general de la constitución era
una mezcla apenas convincente de cesarismo y aristocraticismo. Puede
ser que Bolívar tuviera razón al creer que la influencia del
constitucionalismo liberal de origen francés o anglosajón hizo que
los forjadores de las primeras instituciones de América Latina
independiente se equivocaran a menudo, pero él nunca ofreció una
alternativa satisfactoria” (BUSHNELL, 116). Safford señala la
influencia de las ideas de Benjamin Constant, que circulaban
ampliamente después de la revolución liberal de 1820 en España.
“De estas teorías, los liberales concedían mayor relieve que Bolívar
a las libertades individuales” (juicios por jurado, libertad de
prensa, propiedad inviolable, restricciones a los militares) “En
cambio, Bolívar concedió mayor peso a los elementos estabilizadores
señalados por Constant, sobre todo respecto a la división de
poderes. Constant consideraba la monarquía constitucional como el
punto de equilibrio que moderaba los conflictos entre los poderes
ejecutivo, legislativo y judicial. Bolívar adoptó este principio
tanto al dar gran relieve al presidente (monarca constitucional) y a
la actuación de los ministros como al poner en manos de los censores
el poder moderador” (SAFFORD, 58).
“En Bolivia se aceptó la nueva constitución, pero sin mucho
entusiasmo. Sucre responsablemente aceptó ser el primer presidente,
aunque puntualizó que no tenías la intención de serlo toda su vida.
Antes que terminara el año, la constitución también se adoptó en
Perú, aún con menos entusiasmo, y con algunas dudas acerca de la
legalidad del procedimiento empleado. Así se daban los primeros
pasos hacia el sueño del Libertador de reunir a Bolivia, Perú y Gran
Colombia en una Confederación de los Andes, en la que tanto la
confederación como cada país adoptarían de alguna manera la panacea
constitucional por él elaborada” (BUSHNELL, 116). Para el
autor, la oposición a esa constitución se debió a su escaso espíritu
liberal, opinión que compartimos, ya que la clase política la
criticó duramente por ser una legitimación de la tiranía. En cambio,
Soriano sostiene que fracasó por ser muy avanzada para su momento:
“En este sentido el destino de sus proyectos fue el común al de
muchos de los proyectos de los liberales de su tiempo en Europa y en
América, quienes –en su ansia de saltar etapas las etapas históricas
en una época en la cual el condicionamiento de la ordenación
institucional por el sustrato social apenas se había puesto en claro–
no tuvieron en cuenta que ningún mecanismo constitucional, por
excelentes que sean sus formulaciones normativas, puede ser eficaz
si no está en coherencia con la realidad socio-cultural a la que se
ha de aplicar” (SORIANO, 35). La autora reconoce que Bolívar
tenía conciencia de esta dificultad, pero afirma que la falla de
Bolívar estuvo en tratar de echar los cimientos y edificar al mismo
tiempo.
En Colombia, las principales razones del descontento provenían de
quienes se sintieron perjudicados por el congreso y sus leyes
liberales: los frailes (por las medidas sobre el número de
religiosos que debían tener los conventos para no ser cerrados, y
sobre la propiedad de sus tierras), los propietarios de esclavos (aunque
no fue abolida totalmente, a la prohibición de la trata, se sumaron
la libertad de quienes pelearon en el ejército y la declaración de
libertad de vientres) y los manufactureros textiles de la sierra
ecuatoriana (que pedían medidas proteccionistas frente al auge del
libre comercio). Además, hubo resistencia general al pago de
impuestos y resistencia en Caracas y Quito a someterse a Bogotá.
“En Perú la influencia militar, proveniente no sólo del norte de
Sudamérica sino del Río de la Plata y Chile, generó una mezcla de
gratitud y fobia antiextranjera que creó problemas primero a San
Martín y después a Bolívar, actitud que más o menos se repitió en
todos lados; demasiado a menudo los libertadores de un día pasaban a
ser considerados conquistadores al siguiente” (BUSHNELL, 117).
Romero señala que San Martín puso especial cuidado para que su
acción en Chile y Perú fuera comprendida como un auxilio a pueblos
hermanos sometidos por los realistas y no como una aventura
conquistadora, que ofendiera los incipientes nacionalismos: “Otra
política, en otra situación, puso en práctica Bolívar. La vieja idea
de la nación americana lo obsesionaba, y al servicio de ella, con la
misma tenacidad y los mismos escrúpulos, desarrollaba su acción
militar y política tratando de mantener, a un tiempo mismo, la
autonomía de las nacionalidades estrictas y la unidad operativa de
todas ellas para consolidar la Independencia” (ROMERO, 1986:82).
Pero mantener ambos extremos sin conflicto no podía prosperar largo
tiempo. Bolívar moriría acusado de traidor en Venezuela, de
venezolano en Bogotá y de colombiano en Perú. La tensión entre
nacionalidades y unidad americana se resolvió por las primeras.
Visto desde el otro lado, los militares despertaban recelo, porque
el ejército fue el canal más fluido para el ascenso y progreso
económico y social de nuevos sectores: “A muchos de los criollos
de la clase más baja y a los mestizos (incluso a los pardos)
les resultó aun más fácil ascender en el rango militar sobre las
bases de una demostrada habilidad (BUSHNELL, 122). Hubo
“mayor facilidad en el ascenso social de ciertos individuos más
que un cambio en la estructura social”. Las tierras, sin
embargo, siguieron siendo latifundios, aunque algunas cambiaron de
manos: “Como regla general, nuevos latifundistas sustituyeron a
los antiguos, y sólo los viejos latifundistas que fueron a la vez
buenos patriotas consiguieron aumentar sus propiedades. La
concentración de la propiedad (...) no fue modificada de manera
significativa” (BUSHNELL, 123).
“Es bien conocido el hecho de que los militares estaban creciendo
en número e importancia con relación al clero y a casi todo el mundo.
Mientras duró la guerra de independencia las razones de ello son
bien evidentes; por otro lado, el hecho de que los militares
continuaran jugando un papel muy importante después de la
independencia tiene mucho que ver con la debilidad de las
instituciones de gobierno civil de las nuevas naciones”
(BUSHNELL, 122).
© José Luis Gómez-Martínez
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