Simón
Bolívar
"Simón Bolívar:
de la utopía a la decepción"
Juan José Canavessi
III.
DE LA UTOPÍA A LA DESILUSIÓN
a. Mensaje al congreso constituyente y
renuncia indeclinable
La constatación de Bolívar
después de veinte años es que la tarea de constituir políticamente el
pueblo, en medio de las circunstancias que atravesaba, era una tarea muy
difícil:
Ardua y grande es la
obra de constituir un pueblo que sale de la opresión por medio de la
anarquía y la guerra civil, sin estar preparado previamente para
recibir la saludable reforma que aspiraba (197).
Tal vez no sea demasiado
autocrítico y falte una revisión de sus ideas. Se mantiene firme en su
pensamiento, y la dura experiencia no lo lleva a cuestionar su gestión o la
forma de organización que pensó más apta. Su desconfianza permanente en la
opinión popular no le impide mantenerse en la postura de intérprete de los
auténticos anhelos del pueblo. La reforma a la cual que el pueblo aspiraba:
¿era la que intentó él? La respuesta a este interrogante no se apoya en la
crítica sobre la eficacia de las propias ideas. Retoma el argumento de
siempre. El pueblo no estaba preparado para lo que deseaba. Allí radicó la
contradicción y el fracaso.
Hay que volver a la
experiencia vivida y enriquecerla con la que la historia ha acumulado para
obtener luz, la cual viene de la razón y la ilustración de unos pocos,
aunque esta vez habrá un mecanismo que limite la libertad del congreso y
evite leyes inservibles:
Pero las lecciones de
la historia, los ejemplos del viejo y nuevo mundo, la experiencia de
veinte años de revolución, han de serviros como otros tantos fanales
colocados en medio de las tinieblas de lo futuro, y yo me lisonjeo
de que vuestra sabiduría se elevará hasta el punto de poder dominar
con fortaleza las pasiones de algunos y la ignorancia de la multitud
consultando, cuanto es debido, a la razón ilustrada de los hombres
sensatos, cuyos votos respetables son precioso auxilio para resolver
las cuestiones de alta política (197).
La reforma, fallida en Ocaña,
se ha hecho más urgente aún:
Las leyes, que habían
sido violadas con el estrépito de las armas y con las disensiones de
los pueblos, carecían de fuerza. Ya el cuerpo legislativo había
decretado, conociendo la necesidad, que se reuniese la asamblea, que
podía reformar la constitución, y ya, en fin, la convención había
declarado unánimemente que la reforma era urgentísima (198).
Hay que constituir la nación,
ya que las bases de 1821 en Cúcuta no han sido útiles. Bolívar utiliza un
lenguaje muy duro para describir la situación, y sólo alienta la esperanza
de que lo sucedido sea una experiencia aleccionadora:
En la opinión, y de
hecho, la constitución del año 11° (1821) dejó de existir. Horrible
es la situación de la patria, y más horrible la mía (...) Sírvanos
de ejemplo este cuadro de horror que por desgracia mía he debido
mostraros; sírvanos para el porvenir como aquellos formidables
golpes que la providencia suele darnos en el curso de la vida para
nuestra corrección. Corresponde al congreso coger dulces frutos de
este árbol de amargura (198-199).
Ya había manifestado
anteriormente que había que volver al pueblo, para que se salve el país.
Prefería la ingenua voluntad popular antes que la aérea especulación de
algunos:
Todos pueden, y están
obligados, a someter sus opiniones, sus temores y deseos a los que
hemos constituido para curar la sociedad enferma de turbación y
flaqueza (199).
Como punto de partida, se
incorpora una original consulta –tal vez extraída de la experiencia
revolucionaria francesa y ya experimentada cuando los delegados americanos
marcharon hacia Sevilla en 1809 y posteriormente a Cádiz–, en la cual los
pueblos manifiestan sus necesidades y anhelos, los que deben ser tenidos en
cuenta por los congresistas a la hora de legislar. Con este mecanismo
Bolívar espera interesar al grueso de la población en la cosa pública, pero
disciplinando institucionalmente el camino de sus reclamos: deben
manifestarse por sus representantes. Su afán de orden queda de manifiesto.
Los deseos de los pueblos son como una materia más o menos informe que las
luces de la razón deberán iluminar. Así, por otro lado, intenta dar un cauce
más concreto y pragmático a las sesiones de la constituyente. La luz debe
orientarse a una realidad, la que se expresa en los petitorios:
Con este objeto
dispuse lo conveniente para que pudiesen todos los pueblos
manifestar sus opiniones con plena libertad y seguridad, sin otros
límites que los que debían prescribir el orden y la moderación. Así
se ha verificado, y vosotros encontraréis en las peticiones que se
someterán a vuestra consideración la expresión ingenua de los deseos
populares. Todas las provincias aguardan vuestras resoluciones
(199-200).
En el discurso, Bolívar
expresa su indeclinable renuncia a la presidencia. Ya lo había hecho en
varias ocasiones, y nunca se la habían aceptado. Para muchos miembros del
congreso, se trataba de una postura retórica a fin de evitar la acusación de
tiranía. Esta vez tampoco le fue aceptada, pero Bolívar se retiró
efectivamente y no volvió a ejercer su mando:
La república será
feliz, si al admitir mi renuncia nombráis de presidente a un
ciudadano querido de la nación; ella sucumbiría si os obstinaseis en
que yo la mandara (...) Disponed de la presidencia que
respetuosamente abdico en vuestras manos (200).
Bolívar nombró como sustituto
a Caicedo, hasta que el congreso decidiese a quién investir con la
presidencia. Estas idas y venidas son otra señal del cambio de etapa. Ya se
ha analizado que Bolívar venía digiriendo los nuevos signos de los tiempos.
Pero debe tenerse en cuenta que las mismas ambigüedades y dudas atravesaban
a los congresistas y a los sectores liberales e ilustrados. Se debatían
entre la lucha contra la hegemonía bolivariana y la gratitud hacia él; entre
el temor al descontrol de la nación sin su figura preeminente y el temor a
la dictadura del libertador.
Su discurso, breve, termina
con la solicitud hacia algunos cuidados que él ve como fundamentales a la
hora de elaborar una nueva constitución. Recalca particularmente la
importancia del elemento religioso en la sociedad. A diferencia del
iluminismo francés, la ilustración española era muy conservadora respecto
del reformismo en materia religiosa:
Permitiréis que mi
último acto sea recomendaros que protejáis la religión santa que
profesamos, fuente profusa de las bendiciones del cielo (201).
Luego de tantos
enfrentamientos y sucesos disgregadores, Bolívar intuye que la fe católica
puede ser un elemento fundamental de unidad y cohesión, especialmente en los
tiempos que se avecinan. El sabía que los grupos más reformistas querían
meter mano en esa materia, que será especialmente álgida en al segunda mitad
del siglo.
Bolívar también puntualiza
otras realidades que el congreso tiene que tratar con particular cuidado:
La hacienda nacional
llama vuestra atención, especialmente en el sistema de percepción.
La deuda pública, que es el cangro de Colombia, reclama de vosotros
sus más sagrados derechos. El ejército, que infinitos títulos tiene
a la gratitud nacional, ha menester una organización radical. La
justicia pide códigos capaces de defender los derechos y la
inocencia de hombres libres. Todo es necesario crearlo, y vosotros
debéis poner el fundamento de prosperidad al establecer las bases
generales de nuestra organización política (201).
El 29 de abril hay una nueva
constitución en Colombia. Bolívar reitera al congreso su renuncia
indeclinable a la presidencia. Está enfermo y desilusionado, y se ausenta de
Bogotá. El 4 de junio Sucre fue asesinado cuando iba camino a Quito, luego
de haber participado en el congreso. Bolívar recibirá un golpe muy duro al
conocer la noticia. Mientras tanto, la crisis política colombiana no se
soluciona, y muchos le insisten que regrese. Se suceden en la presidencia
Mosquera y Urdaneta, y todo hace presagiar una guerra civil. En Caracas se
convoca para un congreso venezolano, que sancionará la independencia
respecto de Colombia. Bolívar marcha hacia Cartagena, negándose a reasumir
la presidencia, con la intención de exilarse en Europa.
b. Una mirada hacia los últimos veinte años
Con ocasión del congreso,
Bolívar elaboró un texto que recorre la historia americana desde 1810.
Empieza refiriendo la caótica experiencia del Río de la Plata, aclarando que,
en términos generales, los procesos de las diversas regiones son análogos:
Seamos justos, sin
embargo, con respecto al Río de la Plata. Lo que acabamos de referir
no es peculiar de este país: su historia es la de la América
española. Ya veremos los mismos principios, los mismos medios, las
mismas consecuencias en todas las repúblicas, no difiriendo un país
de otro, sino en accidentes modificados por las circunstancias, las
cosas y los lugares. Observaremos en toda la generalidad de la
América un solo giro en los negocios públicos; épocas iguales según
los tiempos y las circunstancias, correspondientes a otras épocas y
circunstancias de los nuevos Estados (192).
Este es un importante criterio
hermenéutico para establecer la percepción que Bolívar tuvo del proceso
revolucionario americano. Reconoce así una identidad histórica americana.
Pasa a aplicar al resto de América lo que detalló en su análisis del camino
rioplatense:
En ninguna parte las
elecciones son legales; en ninguna se sucede el mando por los
electos según la ley (192).
Y continúa con los asesinatos
políticos, el robo del tesoro público, la opresión del pueblo por parte de
hipócritas sanguinarios, los movimientos anárquicos que conspiran contra
todos los gobiernos, la destitución de autoridades legítimas, el asalto del
poder por parte de distintos sectores, y una atomización que generaliza la
contienda civil y la anarquía:
Las aldeas se baten
contra las aldeas, las ciudades contra las ciudades, reconociendo
cada una su gobierno, y cada calle su nación (193).
La subdivisión del territorio
argentino, parece un retorno al régimen feudal de barones. Bolívar se había
referido en otras oportunidades al estado de América luego de la revolución
asemejando su estado al de la caída del imperio romano. Ahora avanza con la
analogía señalando que el continente está en una suerte de edad media. Es
interesante esta observación, porque es un elemento más que marca su
dependencia del modelo europeo como marco interpretativo de la realidad. La
misma situación señala para Chile, Centroamérica y Méjico. El caos es total
en toda América. Repasa los procesos de Méjico y de Perú, y clama:
¡Qué hombres o qué
demonios son estos! De un cabo a otro, el Nuevo Mundo parece un
abismo de abominación (194).
Los lazos están rotos no sólo
al interior de los países sino en las relaciones entre las naciones nacidas
de la independencia. Constata la distancia que hay entre los proyectos y la
realidad:
No hay buena fe en
América, ni entre las naciones. Los tratados son papeles; las
constituciones libros; las elecciones combates; la libertad anarquía;
y la vida un tormento (194).
Esto cuestiona también su
ideario constitucional, que naufragó de la misma manera que lo hiciera el de
la primera república. La realidad muestra a un Bolívar totalmente
desilusionado y desesperanzado:
Este es, americanos,
nuestra deplorable situación. Si no la variamos, mejor es la muerte;
todo es mejor que una relucha indefinible, cuya indignidad parece
acrecer por la violencia del movimiento y la prolongación del tiempo.
No lo dudemos: el mal se multiplica por momentos, amenazándonos con
una completa destrucción (195).
La amenaza es gravísima. Los
peligros atentan contra los mismos cimientos sociales:
Los tumultos populares,
los alzamientos de la fuerza armada, nos obligarán al fin a detestar
los mismos principios constitutivos de la vida política (195).
Su decepción ha ido en
progresivo aumento a partir de 1826. En 1830, se ve agudizada hasta llegar
al punto de cuestionar lo incuestionable para él: el hecho mismo de la
revolución. Compara la realidad de su tiempo con la previa a 1810, llegando
a amargas conclusiones:
Hemos perdido las
garantías individuales, cuando por obtenerlas perfectas habíamos
sacrificado nuestra sangre, y lo más precioso de lo que poseíamos
antes de la guerra, y si volvemos la vista a aquel tiempo ¿quién
negará que eran más respetados nuestros derechos? Nunca tan
desgraciados como lo somos al presente. Gozábamos entonces de bienes
positivos, de bienes sensibles, entre tanto que en el día la ilusión
se alimenta de quimeras; la esperanza de lo futuro; atormentándose
siempre el desengaño con realidades acerbas (195).
Es la elaboración de una
utopía regresiva, una alusión nostálgica a una edad dorada comparada con un
presente caótico que no tiene semillas de esperanza. Su horizonte utópico,
su ilusión, pasó a ser una quimera:
El retrato de esta
quimera es el de la revolución que hemos pasado ya, aunque nos
aguarda todavía, si todos no alentamos con vigor enérgico el cuerpo
social que está para abismarse (195).
Su evaluación del período
1810-1830 es fundamentalmente negativo. No menciona la lucha por la
independencia ni los beneficios de la libertad, que no han podido ser
disfrutados. Su gran temor, el imperio de la anarquía, ha triunfado. Alcanza
a elevar su propuesta, una vez más, de establecer un gobierno fuerte capaz
de encauzar la realidad americana. Se mantiene fiel a sus ideas, que
atravesaron casi sin mutaciones un período de tremenda intensidad:
Bástenos, pues, veinte
años hostiles, dolorosos, mortales. Ansiamos por un gobierno estable,
consecuente con nuestra situación actual, análogo a la índole del
pueblo y sobre todo que nos aleje de esta feroz hidra de la
discordante anarquía, monstruo sanguinario que se nutre de la
sustancia más exquisita de la república, y cuya inconcebible
condición reduce a los hombres a tal estado de frenesí, que a todos
inspira amor desenfrenado del mando absoluto, y al mismo tiempo odio
implacable a la obediencia legal (195).
El mantenimiento férreo de su
idea política, ¿se debe a un encierro en modelos prefijados? ¿Hay una
incurable ausencia de realismo, que es lo mismo de lo que acusaba a los
utópicos fabricantes de repúblicas aéreas?
Bolívar, lejos de cambiar, insiste porque está convencido de la validez de
su diagnóstico del hombre y la sociedad de América. Su insistencia arraiga
en una experiencia: en el hecho de que nunca se aplicaron verdaderamente sus
ideas constitucionales y en que los pocos oasis de orden se lograron a
través del ejercicio de la dictadura o las facultades extraordinarias. El
congreso ofrece una tibia esperanza:
La patria nos espera
el día del congreso, para imponernos el deber de salvarla y dirá: "¡Colombianos!
Mucho habéis sufrido, y mucho sacrificado sin provecho, por no haber
acertado en el camino de la salud. Os enamorasteis de la libertad,
deslumbrados por sus poderosos atractivos; pero como la libertad es
tan peligrosa como la hermosura en las mujeres, (...) no la habéis
conservado inocente y pura como ella descendió del cielo" (195).
Para evitar más males, lo
mejor es constituir legalmente y de manera estable un poder que salve la
república. Un poder que no amenace la libertad, sino que la proteja de la
anarquía, que es su deformación y ruina:
Todo ha sido en este
período malhadado, sangre, confusión y ruina, sin que os quede otro
recurso que reunir todas vuestras fuerzas morales para constituir un
gobierno que sea bastante fuerte para oprimir la ambición y proteger
la libertad. De otro modo seréis la burla del mundo y vuestra propia
víctima (196).
c. Sus últimas cartas
En septiembre estallan
pronunciamientos que piden el retorno de Bolívar. El sigue su camino hacia
el norte, un camino de alejamiento que por momentos resulta ambiguo. Pero se
ve demorado por las noticias, las embajadas políticas que le insisten que
regrese y el rigor del clima y la enfermedad.
Escribe a Estanislao Vergara,
el 25 de septiembre: “Si las cosas continúan como aquí se dice, me parece
que yo, lejos de servir, me voy del país” (210).
Quienes asumieron el poder en
septiembre son hombres cercanos a él. Se impusieron con la finalidad de
lograr su retorno, o al menos, una presencia que los legitimara en medio del
desorden. Bolívar permanece firme en su retiro. Se sabía enfermo. Además, se
daba cuenta de que había transcurrido poco tiempo para que un hipotético
retorno suyo fuese efectivo. Exige que no cuenten con él:
Yo compadezco al
general Urdaneta, a Ud. y a todos mis amigos que se han comprometido
sin esperanzas de salir bien, pues nunca debieron Uds. contar
conmigo para nada, después que había salido del mando y que he visto
tantos desengaños (...) un desengaño vale más que mil ilusiones
(210-211).
Su rechazo está en la pérdida
de la esperanza. Su horizonte utópico ya dejó paso a la más profunda
decepción. En Jamaica y Angostura había formulado un proyecto lleno de
rasgos utópicos, cuando la revolución estaba en sus peores momentos. Ahora,
el desengaño le impide hacer otra cosa que profetizar desastres:
Todas mis razones se
fundan en una: no espero salud para la patria. Este sentimiento, o
más bien, esta convicción íntima, ahoga mis deseos y me arrastra a
la más cruel desesperación. Yo creo todo perdido para siempre, y la
patria y mis amigos sumergidos en un piélago de calamidades (210).
El 16 de octubre escribe al
jefe de estado, un antiguo compañero de armas, el general Urdaneta. Se
estaban empezando a cumplir sus pronósticos. Los luchadores de la
independencia, los miembros del ejército, se estaban haciendo cargo de la
situación. El panorama futuro para ese medioevo americano, que avizoraba con
tristeza, recién se iniciaba. Bolívar anuncia que se dará una lucha civil,
en la que se repetirán los azotes de la guerra de la independencia, pero
invirtiendo los términos:
Mi dictamen es que los
demagogos se van a esparcir por todas partes para asestar cuantos
tiros puedan contra los venezolanos (...) y después dominarán el
resto del país aniquilando nuestros amigos; el pueblo, aunque
forzado, seguirá el impulso, y muy luego este mismo pueblo se
comprometerá tanto, que se hará culpable a su pesar (...) Los
jóvenes demagogos van a imitar la conducta sanguinaria de los godos
o de los jacobinos para hacerse temer y seguir por toda la canalla.
Ellos han visto por sus propios ojos y a su costa que la conducta
débil y algo moderada de sus magistrados queridos les ha producido
su ruina. Ahora será lo contrario; guerra a muerte será su grito, y,
como nosotros hicimos con los españoles, nos exterminarán. El actual
gobierno, en lugar de comprometer los pueblos y los hombres de
importancia, está paralizando la acción espontánea del pueblos y de
los hombres de bien que sienten todo el peligro que corren, y se
dejará conducir como un estúpido cordero a la matanza; volverá a
caer, y no se levantará la tercera vez, porque los miembros que lo
componen y las masas que lo sostienen serán exterminados o
proscriptos, y sus restos irán a comprometerse con ellos para salvar
sus vidas (213).
Volverán los tiempos de Boves.
La precaria unidad conseguida con la finalidad de expulsar a los españoles
está rota, y resurgirán los demonios de la guerra social. Los héroes de la
independencia ya han cumplido su misión y no podrán gobernar. Pasarán a ser
los nuevos enemigos. Ni aún en caso de vencer se podrá obtener algo que
valga la pena:
Estoy persuadido que
nuestra autoridad y nuestras vidas no se pueden conservar sino a
costa de la sangre de nuestros contrarios, sin que por este
sacrificio se logre la paz ni la felicidad, mucho menos el honor
(213).
Su desazón llega a la más
absoluta desesperanza. Si alguna vez confió en que con el auxilio europeo
podía construir su proyecto, ahora no ve futuro posible. Siempre pensó que
gran parte de los conflictos se debían a la incapacidad e inexperiencia de
los americanos para gobernarse, en gran parte producto de la herencia
colonial. Ahora ve que la obra de la civilización, la europea, sólo puede
triunfar sobre el dominio absoluto, sobre una conquista tan poderosa como la
colonial de otrora:
La situación de la
América es tan singular y tan horrible, que no es posible que ningún
hombre se lisonjee conservar el orden largo tiempo ni en siquiera
una ciudad. Creo más, que la Europa entera no podría hacer este
milagro sino después de haber extinguido la raza de los americanos,
o por lo menos la parte agente del pueblo, sin quedarse más que con
los seres pasivos. (213).
El horizonte bolivariano de
1830 es tremendamente contrastante con el que sostuvo su lucha. El futuro de
grandeza se frustra de tal modo que América será única en el mundo, pero por
su fuerza autodestructiva:
Nunca he considerado
un peligro tan universal como el que ahora amenaza a los americanos;
he dicho mal, la posteridad no vio jamás un cuadro tan espantoso
como el que ofrece América, más para lo futuro que para lo presente,
porque ¿dónde se ha imaginado nadie que un mundo entero cayera en
frenesí y devorase su propia raza como antropófagos? Esto es único
en los anales de los crímenes y, lo que es peor, irremediable (214).
Su discurso utópico, otrora
pleno de idealismo y energía, ha sufrido una gran transformación. La
instancia crítica está exacerbada, y se dirige hacia los resultados de la
propia revolución. Sus palabras sobre la sociedad de su tiempo son aún más
duramente cuestionadoras que las que derramara sobre la dominación colonial
española en su momento.
¿Y la dimensión proyectiva? El
cuadro espantoso que ofrece América será peor en el futuro de lo que es en
el presente. Hay una dinámica contraria a la de la utopía: América avanza
hacia su destrucción.
El 9 de noviembre escribe al
Gral. Flores, quien encabezaría en Quito la secesión respecto de Colombia,
dando origen a la república del Ecuador. A un mes de su muerte, es escueto y
ordenado en sus conclusiones. Si en las cartas anteriores se excedía en
calificativos, en ésta parece elaborar más un frío y sistemático informe.
Para Bolívar, la dirigencia
revolucionaria no ha podido imponer un gobierno, y el destino que espera a
los países americanos es la revolución social, el retorno de la guerra de
colores. Aquí se lo descubre a Bolívar como realmente se sintió en su final:
un europeo en América, un miembro del sector al que, en definitiva, el mundo
colonial beneficiaba. Parece suspirar por una nueva conquista, que sabe que
no llegará; una dominación europea que sería una suerte de salvación.
El temor que siempre tuvieron
los sectores criollos encumbrados, el de que un levantamiento contra España
produjese en Venezuela y Nueva Granada horrores semejantes a los ocurridos a
los blancos en Haití, está pronto a cumplirse. Es hora de emigrar:
Ud. sabe que yo he
mandado veinte años, y de ellos no he sacado más que unos pocos
resultados ciertos: 1°, la América es ingobernable para nosotros;
2°, el que sirve una revolución ara en el mar; 3°, la única cosa que
se puede hacer en América es emigrar; 4°, este país caerá
infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después
pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas; 5°,
devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los
europeos no se dignarán conquistarnos; 6°, si fuera posible que una
parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último
período de la América.
Para Bolívar, América
contradice el esquema evolutivo de la historia, ya que camina hacia el
estado primitivo. Las luces y la civilización son finalmente derrotadas.
Luego de siglos, Europa se retira de América, llevándose sus utopías. Las
utopías europeas inspiradas en el Nuevo Mundo, murieron a causa de la
aplicación en América de las utopías revolucionarias nacidas en Europa para
reformar el Viejo Mundo. La permanente e inevitable repercusión en América
de ideas y acontecimientos originados en una realidad tan diversa, no
hicieron otra cosa que descuartizar la sociedad americana. La "primera"
revolución francesa asestó su mayor golpe en Haití, y la "segunda", la de
julio de 1830 que movilizaba tantas expectativas en los liberales americanos,
completará la destrucción a manos de las ideologías:
La primera revolución
francesa hizo degollar las Antillas, y la segunda causará el mismo
efecto en este vasto continente. La súbita reacción de la ideología
exagerada va a llenarnos de cuantos males nos faltaban, o más bien
los va a completar. Ud. verá que todo el mundo va a entregarse al
torrente de la demagogia, y ¡desgraciados de los pueblos! y ¡desgraciados
de los gobiernos!
Bolívar se resistió a asumir
una dictadura, aunque profetizó que iban a germinar en el caos. Sólo aceptó
presidir un régimen dictatorial por poco más de un año y con la finalidad de
regularizar la situación entre la frustrada convención de Ocaña y el
congreso que se apuró a convocar.
Pero la década del ’30
asistirá a la implantación de gobiernos fuertes en América. Lo que Bolívar
exigía como remedio constitucional se impuso por la necesidad y la fuerza.
El desorden político generará como respuesta la concentración del poder en
regímenes autoritarios y personalistas, enmarcados por normas jurídicas
especiales o apoyados sobre facultades extraordinarias, algunos de ellos
presididos por antiguos miembros de los ejércitos de la independencia.
Esos gobiernos, nacidos del caos y levantando la bandera del orden, se
mantendrán por muchos años en el poder, sometiendo a sus adversarios y
aplicando la intolerancia hacia el disenso. Recién al acercarse la década
del ’50 se asistirá a un proceso de organización política
constitucionalmente más prolijo para los cánones liberales.
En diciembre Bolívar llegó a
Santa Marta y se instaló en la quinta de San Pedro Alejandrino, fatigado de
tanto "arar en el mar" y gravemente enfermo.
Murió de tuberculosis el 17 de
diciembre de 1830.
© José Luis Gómez-Martínez
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