Repertorio de Ensayistas y Filósofos

"García Bacca y la recuperación de la memoria filosófica venezolana"

Carmen Bohórquez

El camino del pensar

Quienes tuvimos la oportunidad de conocer a Juan David García Bacca y escucharlo filosofar en voz alta –que eso era lo que uno sentía que hacía cuando impartía una clase, daba una conferencia o intervenía en un congreso, que no leer un papel u opinar sobre un tema como hacemos nosotros ahora– no podíamos menos que admirarnos de la profundidad de su pensamiento y de lo inagotable de su sabiduría. Sin embargo, la cortedad de tal admiración sólo se nos vino a poner realmente en evidencia en el momento en que tuvimos que ponernos a juntar sus textos para intentar hacer un balance de su obra y de su vida en Venezuela. La impresión se nos hizo entonces realmente abrumadora y el cuestionamiento se nos volcó sobre las propias capacidades para dar digna cuenta de tal desafío.

La primera interrogante que intentamos responder, compelidos quizás por el afán clasificatorio que impone el trabajo académico, fue la de dónde ubicar su pensamiento. Pronto descubrimos que intentar hacerlo implicaba no haber entendido nada de lo que habíamos leído, y mucho más no haber aprehendido el espíritu que animaba a García Bacca. “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, nos recordó el poeta. En tanto que el filósofo traducía: “Si yo hubiera sido siempre consecuente conmigo mismo, es decir con lo que he ido haciendo... estuviera aún metido en un convento de España. No hay que preocuparse de la imagen consecuente de uno”[1].

He allí la primera gran lección aprendida. ¿Por qué el afán de encasillar el pensamiento de un hombre en los límites estrechos de un “ismo”, cuando la realidad sobre la que se reflexiona es cambiante, el avance del conocimiento incesante y las perspectivas de enfoque casi infinitas? Y esto se hace particularmente verdadero, al estar en presencia, como lo estamos, de tal vez uno de los más grandes humanistas de habla española del siglo XX.

Tal vez “humanista” sea lo más apropiado que podríamos decir de García Bacca, si de ponerle una etiqueta se trata. Rara avis por su excepcional ingenio y su saber enciclopédico, no hubo problema humano por el que no se sintiera concernido. Vale, incluso, decir que hizo del hombre su Dios. Según Gerardo Bolado, para nuestro filósofo – y creo que lo de “nuestro” es uno de los pocos calificativos que él mismo admitiría – “no hay más persona divina que el individuo humano creador, que transforma la naturaleza en civilización y, con ello, humaniza el universo y diviniza lo humano”[2]; lo que a nuestro juicio recoge muy bien esa fe inquebrantable en el hombre que tenía García Bacca.

Por esa misma fe y defensa del hombre, nuestro filósofo fue también un “redomado” optimista social. Ciencia y técnica, manifestaciones por excelencia de la razón creadora, se constituyen para él en principios civilizadores que han de garantizar un futuro promisorio a la humanidad. Y esto no sólo por lo que respecta a su sentido pragmático en lo que toca a la resolución de problemas que afectan el bienestar material del hombre, sino también por lo que tiene que ver con su realización ontológica en tanto que sujeto creador[3]. Gracias a la técnica el hombre ha ido humanizando el universo, convirtiendo el “paisaje natural” en “paisaje artificial”, transformando su conciencia natural en conciencia social y gradualmente comprendiéndose como parte constitutiva de la unidad de lo real[4]. Lo importante es que el hombre “se vaya inventando nuevas maneras de serse; y no esté atascado desde siempre y para siempre en una sola definición ... que el hombre no tenga esencia, que tenga historia ... ‘el hombre es invento’, tal sería – afirma – la única definición buena de hombre...”[5]

Por otra parte, en tanto nuestro filósofo no puede concebir al hombre sino haciéndose en sociedad, podríamos decir igualmente que es un confeso socialista, con todas las consecuencias que ello implica: “Por el simple hecho de hacer, y dejar hecho algo, el individuo se hace social; y cuanto más haga, tanto más crecerá su socialización”. Pero no es sólo el individuo el que se hace social, sino que todos sus productos, incluida la filosofía, son igualmente sociales: “El hacerse es, ha sido individual; lo hecho es social. El individuo lo ha hecho, no en cuanto fulano de tal, sino en cuanto hombre, como uno de los miembros de la sociedad”[6] ; por lo que ni lo hecho, ni la invención del cómo hacerlo pueden, de suyo, ser monopolizados por sistema o nación alguna, pues pertenecen a la humanidad en general. “Eso de propiedad individual – dice – no pasa por tanto de ganas; y se mantienen tales ganas, atentados e intentos, a fuerza de puños ... no teoría alguna ni derecho de ninguna clase”[7]. Y a pesar de que históricamente los puños han ido in crescendo, su optimismo lo llevó sin embargo a afirmar que “el único remedio y recurso para impedir el advenimiento del socialismo es no hacer nada”, esto es, detener la acción creadora; lo cual es, evidentemente imposible.

Contenido social de las ideas y propiedad colectiva de sus realizaciones llevan a García Bacca a concebir la filosofía, como compromiso: “No es separable – afirma en entrevista que le hacen estudiantes de la Universidad Central de Venezuela – el hacer filosófico de una posición crítica frente a la historia y la sociedad ... (La filosofía) viene a la realidad como suceso histórico, tiene historia; y como hacer colectivo de una sociedad, partido, iglesia ... Toda idea, dice parafraseando a Marx, viene a la realidad por medio de un individuo (Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Descartes, Kant, Hegel, Marx...); y no hay manera de que venga de otro modo; pero no adquiere su propia fuerza, valor y significado hasta que toma estado social” [8].

Cuando García Bacca habla de esta idea de la filosofía como compromiso lo está pensando más desde el compromiso del filósofo con la realidad en la que se encuentra inserto, que desde el que tiene con la propia teoría filosófica que propugna. En efecto, aun cuando, como él mismo lo reconoce, hay filosofías que implican de por sí un compromiso, vale decir el marxismo, y otras, como la filosofía analítica, que no se comprometen “ni sociológicamente, ni económicamente, ni metafísicamente, ni nada ... (por lo que) es inofensiva para toda clase de regímenes”[9], no puede por ello decirse que el compromiso esté atado a una filosofía particular, pues así como hay marxistas comprometidos, también puede haber marxistas que lo son por “novelería” y éstos pueden ser tan inofensivos como los analíticos.

Por otra parte, tanto en un caso como en el otro, no habrá compromiso si no se intenta primero conocer seriamente la realidad y esa realidad se expresa, particularmente en nuestros tiempos, en términos científicos. De allí la extrema importancia que García Bacca confiere al estudio de la matemática, de la física, de la economía, de la sociología, etc. Esto no significa sin embargo, como se ha creído, que las ciencias primen sobre la filosofía, sino que el dominio o al menos un conocimiento sólido del estado actual de las ciencias es lo que va a poder permitirnos una real comprensión de nuestra realidad; y si los nuevos datos de la ciencia nos llevan a negar las tesis que veníamos defendiendo, pues hay que enviar estas tesis de paseo, o como castizamente él mismo lo subraya, hay que enviarlas ¡a los cuernos de la luna!

Lo que importa entonces es el compromiso con la realidad actual. Pero, como ya advertimos, decir compromiso, no significa decir marxista. Nuestro filósofo reconoce, no obstante, haber dado la impresión de serlo en un momento de su vida[10], pero también de haber sido luego otras cosas en ese camino que fue haciendo en su largo andar: “Yo siembro, dice, y no me preocupa lo demás. Si con todo lo que he escrito, consiguiese que de alguna manera marxista o no marxista, o bien de filosofía analítica o de lo que les dé la gana, se preocupen en firme por comprometerse – no precisamente en una política determinada –, sino como Platón, me consideraría feliz”[11].

Es tal vez esta idea de compromiso la que nos puede permitir, en esta manía de la coherencia que nos persigue inexorablemente, encontrar el hilo conductor en la versátil y prolífica producción intelectual de nuestro filósofo. Se trata de un compromiso con una realidad que es siempre cambiante, constituida por “novedades” que pueden en cualquier momento imponer nuevos rumbos. Así, en texto escrito en 1991 y siguiendo un tanto a Bergson, dice: “Se vive siéndose manantial de novedades, sintiéndose improvisación de espontaneidades, siéndose estrenador de originalidades, sintiéndose arrebatado por escaladores de trascendentalidades” [12].

Concomitantemente, la decadencia sobreviene cuando nos dejamos llevar por “la ley de la inercia, de la repetición y la uniformidad de las leyes físicas y biológicas que tratan a todos como un cualquiera, como Don Nadie”[13]. Tener entonces conciencia de la riqueza del vivir, con sus originalidades y espontaneidades, es tener conciencia del compromiso que como filósofos tenemos con la sociedad en que vivimos, con la humanidad en general y con la historia misma. No deja sin embargo de alertarnos contra la soberbia y la vanidad, al advertirnos que nuestra responsabilidad es siempre y en todo caso limitada, por lo menos en cuanto al tiempo (no sólo por lo que respecta al propio ciclo vital, sino porque no se puede predecir el futuro), que no a la circunstancia, por cuanto más allá de la comprensión y la interpretación de la realidad está la tarea de su transformación. Tales son las “migajas” que como legado casi póstumo nos regalara García Bacca.

Historia y compromiso

Esta conciencia del vivir como manantial de novedades y del compromiso asumido respecto a las circunstancias en las que se desenvuelve la vida, puede igualmente constatarse en su concepción de la historia y, particularmente, de la historia de la filosofía. En “Algunos conceptos históricos de ‘Verdad’ y su significado vital”[14], publicado en 1945, García Bacca reclamaba ya una historia de la filosofía viviente, auténtica, temporal, al estilo de Dilthey, y no los tradicionales “cuentos” o vidas de filósofos, que más que saltos cualitativos de racionalidad creadora, son presentados como relatos casi míticos de seres irreales o de profetas que habían anunciado la Verdad establecida. Cualquier cosa menos admitir que la vida es cambio permanente y que también la verdad tiene historia: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, dijo Jesucristo... Y la unión íntima entre verdad y vida, no una unión palabrera, hace inevitable que la Verdad tenga historia, un original tipo de historia que no es historia de cuentos y recuentos de errores ajenos, sino evolución con sentido, progreso según leyes, no seguir esencias, sino serie de invenciones, no cadena de deducciones”[15].

De esta manera, García Bacca concibe la historia de la filosofía como serie de rupturas y él mismo, repetidas veces, al trazar su propio itinerario intelectual, lo va marcando como saltos epistemológicos determinados por sucesivas confrontaciones o “choques” contra el fondo intelectual anterior[16] o, parafraseando a Machado, como saltos que le permiten superar la angustia del callejón sin salida de sistemas que se le han hecho estrechos y, con ello, lograr de nuevo encontrarse en campo libre[17]. Tanto historia social como historia individual se sustentan sobre una misma concepción básica de la historia como historia viviente, circunstanciada y, por supuesto, comprometida. Es así como aborda el pensamiento de los grandes filósofos y de las diversas corrientes filosóficas, haciendo hincapié en todo tiempo en las vinculaciones del pensamiento de estos con los problemas fundamentales del hombre en ese momento determinado. En esta visión historicista y “circunstancialista” de la filosofía está presente, como ya ha sido señalado en otros estudios sobre García Bacca, la influencia de Ortega y Gasset; de la que también José Gaos se haría eco.

Pero si comprometido es el pensamiento filosófico que se analiza, también lo es aquel que lo toma como objeto de estudio. Es decir, también este pensamiento se posiciona, discrimina y selecciona, de acuerdo a su propia circunstancialidad, los temas o las categorías de análisis que mejor le hablan o que mejor le sirven para enfrentar los problemas propios. Y en esto no hay que andar con falsos pruritos: “Seamos sinceros. No hay historia de la filosofía imparcial”[18]. Tampoco podría serlo de otra manera, porque el compromiso lo hace a uno responsable de lo dicho o hecho, aun cuando no se quiera reconocerlo.

Historia y Filosofía Latinoamericana

Para quienes venimos trabajando en el campo de la historia de las ideas en Latinoamérica, no podemos menos que reconocer en estos planteamientos de García Bacca una repuesta a las frecuentes objeciones que desde otros ámbitos culturales o desde otras corrientes del pensamiento se han levantado respecto a nuestro particular hacer filosófico. La necesidad de historiar las ideas surgidas en nuestra América, así como de determinar su autenticidad u originalidad a partir de sus “contenidos sociales”, esto es, en tanto dicen relación a los problemas fundamentales del hombre latinoamericano, han sido objeto de tan numerosos cuestionamientos que terminaron por conformar una problemática en sí misma. No poca tinta ha tenido que correr para justificar la existencia de un pensamiento propio, e incluso para justificar nuestro derecho a tenerlo.

Conocida es la polémica entre quienes enfatizaban la necesidad de afirmar la diversidad cultural del continente y, por ende, la urgencia de un pensamiento original que diera cuenta de su especificidad, y aquellos que veían en este afán la negación de la universalidad que debe caracterizar a un pensamiento auténticamente filosófico.

No pretendemos, en este momento, revivir una discusión que, por nuestra parte, consideramos superada, a pesar de que persisten las reticencias de aquellos que no comparten la tesis de que todo pensamiento es situado y que muchas veces su pretendida universalidad no le viene sino de la particularidad histórica de haber surgido en el seno de un centro político y cultural hegemónico. Incluso temas de reconocida “universalidad” como la razón, el bien, la justicia, el ser, no son ajenos a las determinaciones históricas desde los cuales dichos temas son pensados.

Ya nos alertaba García Bacca sobre estos filósofos que, olvidándose de que su compromiso es con un pueblo, se vanaglorian de poner su intelecto en sintonía exclusiva con Kant, con Heidegger o con cualquier otro que haya escrito en alguna lengua imperial. Para nuestro filósofo, la independencia del pensamiento está estrechamente ligada a la independencia de la lengua; por ello denuncia la idolatría por las lenguas foráneas y a aquellos que creen, ridículamente, que sólo puede filosofarse bien, en lengua germánica o inglesa. Y esto lo dice quien manejaba con destreza varias lenguas, incluida aquella en la que se gestó la filosofía occidental. Y lo dice porque está convencido de que decir lengua es decir pueblo:

“Lo primero que hace falta, pues, para que la palabra individual ascienda a la categoría de voz es que se ponga a tono con el pueblo, que es colectividad viviente de cultura enraizada en tierra ... Si el poeta [el escritor, agrega él] no está a tono con el pueblo su voz no resonará. Será voz del que clama en el desierto, hablará para oírse; narcisismo verbal, ridículo e infecundo ... Escribir a tono con el pueblo, de los grandes problemas que rodean al hombre, es sin duda la más urgente y responsable de las tareas que hoy se presentan al escritor contemporáneo”[19]. Y, evidentemente, para estar a tono, hay que hacerlo en la lengua que es común a todos: la materna. Es allí donde comenzamos a hacer filosofía auténtica, original: “Filosofar ha de hacerse, para serlo real de verdad, en la lengua materna”[20]. Consecuente con ello, la obra de García Bacca no sólo es, a nuestro juicio, filosofía hecha lengua, sino, más aún, lengua hecha filosofía.

A la luz de estas propuestas y desde nuestra praxis filosófica latinoamericana, bien podríamos entonces sostener que no es en la abstracción donde radica la universalidad de un pensamiento, sino en su saber penetrar la esencia de lo humano; esencia que se despliega en formas infinitas de humanidad concreta y a la cual, por lo tanto, es posible aproximarse desde múltiples y variadas vías.

Entender la universalidad de esta manera implica, a todas luces, aceptar que no existe una forma privilegiada de pensar lo humano, como tampoco temas que sean ajenos a la reflexión filosófica. De igual modo, en tanto no se puede negar que las concreciones de lo humano son plurales y diversas, las posibilidades del ejercicio del pensamiento no pueden por lo mismo circunscribirse a un ámbito histórico o geográfico. Con ello queremos decir que todo cuestionamiento sobre la naturaleza o la autenticidad de una reflexión filosófica particular, no puede estar determinada por su grado de aproximación o semejanza a una racionalidad concreta instaurada como modelo, sino por la potencialidad esclarecedora que la misma muestre en la resolución de los problemas más acuciantes de la realidad en la que se encuentre inserta. No es otro el sentido de la filosofía ni puede llamarse filósofo quien permanezca ajeno a las exigencias de su tiempo. Será, pues, el abordaje crítico de estas exigencias el que de alguna manera pruebe la “filosofeidad” de un pensamiento dado, y esto más allá de la perspectiva ideológica desde la cual se articule la respuesta.

En este orden de ideas y en una mirada retrospectiva del quehacer intelectual de nuestra América, no resulta difícil encontrar claras manifestaciones de un pensamiento crítico que en diversos momentos de nuestra historia buscó, en primer lugar, determinar y clarificar las preguntas por las que podía dar cuenta de la problemática que le interpelaba y, en segundo lugar, intentar una respuesta a las interrogantes planteadas que permitiera superar dicha problemática y sentar las bases de un proyecto histórico común.

Sin embargo, no fue fácil llegar a la conciencia de la necesidad de emprender esta tarea, hipnotizados como estábamos por los fulgores de los grandes nombres del pensamiento occidental, e inseguros, al mismo tiempo, de nuestras propias capacidades reflexivas, tras largos siglos de dependencia cultural.

Si bien es cierto que ya Simón Rodríguez había planteado la urgencia de liberar las conciencias, si es que se pretendía en verdad construir repúblicas, y que, posteriormente, en la década de los cuarenta de ese siglo XIX, Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento[21], plantearon la necesidad de una filosofía americana, de una filosofía enfocada sobre la propia realidad y capaz de dar “soluciones ... a los problemas que interesan a los destinos nacionales; o bien la razón general de nuestros progresos y mejoras, la razón de nuestra civilización ... las leyes por las cuales debemos llegar a nuestro fin, es decir, a nuestra civilización, porque la civilización no es sino el desarrollo de nuestra naturaleza, es decir el cumplimiento de nuestro fin”[22]. La urgencia de este llamado tuvo poco eco entre sus contemporáneos, y sólo esporádicamente entre quienes les siguieron después: Bilbao, Rodó, Henríquez Ureña.

Vale decir que ya en ese entonces Alberdi había alcanzado la comprensión de que toda filosofía dice relación al contexto socio-histórico en el cual insurge y que como tal debe dar su propia solución a los problemas que en ese momento afecten al espíritu humano[23]. Le faltó sí a Alberdi una mayor fe en sí mismo y en sus compatriotas americanos, por cuanto pensó que el hombre de esas latitudes no era aún capaz – aunque habría de serlo en el futuro – de producir una filosofía propia y, por lo tanto, debía recurrir transitoriamente a las filosofías europeas, particularmente a la francesa, que era, según él, la que mejor se adaptaba a nuestra idiosincrasia[24]; aunque, justo es decirlo también, consideraba este préstamo en un sentido más bien instrumental. Para el filósofo argentino lo que importaba realmente en ese caso era que esa filosofía, independientemente de sus objetos y métodos, nos permitiera resolver nuestros propios problemas y desarrollar, como él mismo dice, “nuestra naturaleza”[25].

No es sino hasta la llegada de ese extraordinario contingente de intelectuales españoles que buscan en América un bien más preciado que las especies y el oro, que renace la preocupación por una filosofía original. En ello fueron determinantes, entre otras prestigiosas figuras, las enseñanzas de José Gaos, en México y de García Bacca, en Ecuador y Venezuela. La libertad de pensamiento y de acción que estos intelectuales recuperaron en tierras americanas les permitió desarrollar a plenitud su visión historicista de la filosofía, inaugurando con ello en cierta manera y confiriéndole a partir de allí sistematicidad, el estudio crítico de la historia de las ideas.

Convencidos de la necesidad que tiene todo pueblo de conocer y valorar críticamente su pasado, para, a partir de allí, comprender y transformar el presente, estos grandes hombres se dedicaron con infatigable y prolífico esfuerzo, a hacer camino en esa dirección. De la fecundidad de ese esfuerzo habla, por ejemplo, la obra de Leopoldo Zea, Luis Villoro y otros. Es así como en los años 40 del siglo XX, casualmente un siglo después de que Alberdi clamara por una real independencia mental, esta pléyade de transterrados vino a darle incuestionable seriedad y rigurosidad filosófica a esta tarea.

La pregunta por el pasado revivió de inmediato la pregunta por la posibilidad de una filosofía latinoamericana; cuestión que se hizo a partir de allí una constante entre los pensadores latinoamericanos y de la cual es expresión la ya clásica polémica entre Augusto Salazar Bondy y Leopoldo Zea.

Por lo que toca a García Bacca, si bien éste no fue nunca proclive a adjetivar la filosofía, por cuanto lo consideraba tan sin sentido como adjetivar los logaritmos, su propia vida y obra contribuyeron grandemente a elevar no sólo el nivel de la filosofía académica practicada en las universidades venezolanas, sino, y esto es lo que pretendo especialmente subrayar, a descubrir nuestras propias creaciones en el campo de la filosofía y a emplazarnos a derrumbar una serie de mitos que al respecto nos mantenían, cual moderno Prometeo, encadenados a la roca del pensamiento europeo.

El aporte de estos filósofos transterrados a la conformación de una corriente de pensamiento crítico en América Latina, ha sido puesta de relieve por diversos estudios realizados en el campo de la historia de las ideas; tal los llevados a cabo por el mismo Salazar Bondy, así como por Leopoldo Zea, Francisco Miró Quesada o Arturo Andrés Roig, entre otros. Sin embargo, la tarea está aún por concluirse. Pero desde ya, al lado de los nombres ya conocidos de Alberdi, Sarmiento, Rodó, Martí, o Mariátegui, forman igualmente parte de nuestro acervo cultural, los de Juan David García Bacca, José Gaos, Adolfo Sánchez Vásquez, Eduardo Nicol, José Ferrater Mora y tantos otros.

García Bacca y la recuperación de la memoria filosófica venezolana

“¿Para qué sirve la filosofía en un país como Venezuela?”, le pregunta el periodista Ramón Hernández a nuestro filósofo en entrevista publicada en el “Papel Literario” del diario El Nacional de fecha 15 de junio de 1980, y curiosamente titulada “Dejar la prisa”. La respuesta del maestro fue tangencial: “Los frutos de la filosofía se recogen luego de un siglo, no a los cinco años como los períodos presidenciales”. Ya se verá en su bicentenario, los frutos que engendrará su pensamiento, que de seguro serán extraordinarios. Pero también su respuesta nos lleva a preguntarnos por los frutos de siglos anteriores en nuestros lares; la misma pregunta que debió hacerse él cuando llegó a Caracas en 1947 y vio que los canastos estaban prácticamente vacíos, por lo que decidió salir de inmediato al campo para ver qué se había sembrado. De lleno se entregó a hurgar en bibliotecas y archivos y muy pronto comenzó a mostrarnos no uno, sino varios canastos repletos de abundantes frutos.

En el mismo año de su llegada a Caracas, publica García Bacca su primer comentario sobre Andrés Bello: “Filosofía de la gramática y gramática universal según Andrés Bello”[26]; para continuar en la década que sigue no sólo contribuyendo a revalorizar la obra de Bello, sino haciéndonos descubrir tres siglos de filosofía, en los cuales Venezuela produjo o adoptó pensadores que mostraron con creces que de las Indias no sólo podía salir “oro, plata, margaritas, toda clase de tesoros”, sino también “ingenios y doctores”. Con ello quedaba plenamente comprobado “que todos somos hombres; de la misma naturaleza y condición, aunque de otro orbe...”[27].

Rescatándola de los archivos y traduciéndola directamente del latín, García Bacca puso ante nuestros ojos la obra de Alfonso Briceño (1590-1668), chileno de nacimiento pero venido a terminar sus días en Trujillo, Venezuela. Autor de dos gruesos volúmenes de comentarios al “Primer libro de las Sentencias, según la mente del Dr. Sutil Juan Duns Escoto”, Briceño termina por producir no un mero tratado de teología, sino fundamentalmente de metafísica que, según nuestro filósofo, “puede servir de comentario perpetuo y constante a la filosofía escotista”. De la obra de este “primer indiano que sobre teología ha escrito”, como el propio Briceño lo hizo saber, sólo existía la edición en latín publicada en Madrid en 1638; de modo que la de García Bacca, titulada Disputaciones Metafísicas[28], es la primera edición en español y la primera también en publicarse en América.

De la misma manera, va a revelar ante nuestros ojos y colocar en nuestras manos la obra de otro escotista de notable ingenio, nacido éste en propio territorio venezolano, en la primada ciudad de Coro: Agustín de Quevedo y Villegas, de quien se publican en Madrid, entre 1752 y 1756, cuatro volúmenes de teología en los cuales se tratan con gran profundidad, entre otros temas, la conciencia moral, la libertad y la bienaventuranza. Llamado por uno de sus censores el Platón americano, Quevedo puede tenerse por precursor inmediato de la distinción moderna entre Valor, Bien y Fin. Para nuestra fortuna, supo García Bacca poner de relieve el valor filosófico de estos textos y destacar su pertinencia para la comprensión de los problemas actuales.

Para la misma fecha se publica igualmente en Madrid la teología expositiva del franciscano Tomás Valero, natural de El Tocuyo, bajo el nombre de Comentario al evangelio de San Mateo y en el cual se tratan, haciendo su autor gala de vastos conocimientos filosóficos, “la ley, sus clases, moral social, problemas sociales de la riqueza, ...”. Al comentarlos, dice García Bacca, que “Todos estos temas, aun los que más tentación ofrecerían para ciertos fines, están tratados con la severidad y técnica, serenidad y desapasionamiento dignos, y obligatorios en filósofos y en teólogos. Estas cualidades nos han servido no sólo de modelo, más aún, de obligación y mandamiento, en el estilo general que hemos dado a (nuestras) Introducciones sistemáticas[29].

Otro fruto escotista reivindicado por García Bacca es Juan Antonio Navarrete, natural de Guama, Estado Yaracuy, pero caraqueño de corazón, y quien guarda para la memoria filosófica venezolana un doble valor. Por un lado, por su propia, extensa e ingeniosísima obra, de la cual a pesar de seguir desaparecida una gran parte, lo rescatado basta para considerarlo un prodigio. Por el otro, por haber copiado con gran cuidado, cuando era apenas un estudiante de la universidad de Caracas, hoy Universidad Central de Venezuela, las lecciones dadas entre 1756 y 1758 por un gran maestro tomista: Francisco José de Urbina.

Por lo que respecta a la obra de Navarrete, se sabe que imbuido del espíritu enciclopedista típico del siglo XVIII, llegó a escribir 17 volúmenes acerca de los temas más diversos. De ellos sobrevive su erudita y deliciosa Arca de Letras y Teatro Universal, en la que “se apuntan las cosas más notables de este siglo XVIII y XIX” en Caracas; por lo que constituye no sólo un gran fresco de los usos y costumbres de la Caracas de fines del siglo XVIII, sino también una verdadera enciclopedia del conocimiento habido para la época, tanto en el campo de las ciencias, como de la religión o del saber popular.

García Bacca es el primero en dar noticia de la obra de Navarrete[30] al incluir algunos textos en el primer volumen de su Antología del pensamiento filosófico venezolano; siembra que habría de tener excelentes cosechadores, entre los cuales el eminente Profesor José Antonio Calcaño y más recientemente el Dr. Blas Bruni Celli, quien publicó en 1993, con el auspicio de la Academia Nacional de la Historia, dos magníficos volúmenes en los que se recoge por entero el Arca de Letras y Teatro Universal de Navarrete, al que acompaña de un excelente aparato crítico de su propia mano.

En el segundo volumen de la Antología, García Bacca traduce al maestro de Navarrete, Francisco José de Urbina, a partir de los apuntes de clase tomados por aquel. Este excelente pensador se separa tanto de Suárez como de Escoto y se adhiere a las tesis de Santo Tomás, particularmente en lo que toca a la analogía del ente, a la distinción formal y la distinción de la relación respecto a su fundamento. Es también Suárez de Urbina lógico de alto vuelo, como lo han mostrado en detalle estudios posteriores, incentivados en gran medida por este “descubrimiento” con el que nos regaló García Bacca[31].

No se quedó en estos nombres el afán de nuestro filósofo, ni se contentó con encontrar pruebas referenciales del tránsito de ciertas ideas por el Nuevo Mundo, sino que convencido como estaba de que “desde todos los ángulos de la tierra se puede subir al cielo”, escudriñó con paciencia en ese pasado hasta podernos ofrecer “modelos concretos de buenos ejemplos de filosofar dados por americanos, en especial por venezolanos”. Más aún, supo darles un sentido histórico nuevo: destacar en todo momento la conciencia de América presente en todos esos autores[32]. De hecho, así tituló la columna del periódico en la que iba dando cuenta de sus descubrimientos.

Y cuando habla de dar buenos ejemplos de filosofar lo dice en el sentido literal de la palabra. No para que se tengan estos textos como simples reliquias del pasado, sino para restituirles su fecundidad, para que sirvan de acicate a quienes hoy combaten con nuevas ideas los viejos problemas: “La única manera leal y fecunda que conozco (...) de exponer el meollo y salvar el poder germinal de una filosofía, consiste en poner de manifiesto cómo combatió, con qué armas, qué triunfos obtuvo sobre los eternamente renacientes problemas de la filosofía ... Briceño, Quevedo Villegas, Valero, Navarrete, entran ... en polémica, en actitud heracliteana, con el tomismo ... Hijos de Combate heredaron los órganos de polémica y problematicidad, los órganos de la fecundidad filosófica ... Creería hacer un mal servicio a la cultura de Venezuela si, por uno de esos azares independientes de la buena voluntad del autor, sirviera esta edición, o se la hiciera servir, para otros fines. Para evitarlo en la medida de mis fuerzas, he procurado empalmar a Briceño, Quevedo Villegas, Valero, con las tendencias más actuales, con los problemas que son, hoy en día, nuestros caballos de batalla”[33].

Además de estos precursores del pensamiento filosófico venezolano, García Bacca dedicó varios ensayos a la obra de Simón Rodríguez y destacó igualmente la traducción crítica de la obra pedagógica de Amós Comenius (Komenski) hecha por José María Vargas, así como el interés de éste en aplicarla a la reforma educativa nacional que emprendiera desde la Dirección General de Instrucción Pública, en 1840[34].

Sin embargo, es en el estudio de la obra de Don Andrés Bello en donde García Bacca, por lo que toca al pensamiento filosófico venezolano, nos dejó su mayor legado. Si bien es cierto que sobre Bello se viene escribiendo desde 1846, estando aún éste en plenitud de vida, y que son innumerables los estudios, artículos, obras enjundiosas, etc., de las cuales muchas pueden catalogarse de excelentes, todas ellas abordan sin embargo su pensamiento bien desde la poesía o la literatura, o desde su rol histórico en la construcción de las nuevas repúblicas o desde su imponderable contribución a la lengua castellana: su Gramática[35]. Pero el Bello filósofo, no se le debe a ningún otro que a Juan David García Bacca. Allí están la Filosofía de la Gramática y Gramática universal según Andrés Bello (1947); Filosofía del entendimiento (1948); La Filosofía del espíritu de Andrés Bello (1950); La teoría filosófica del lenguaje en Bello y en la semiótica moderna (1950), donde establece un paralelismo entre Bello y Carnap, así como entre Bello y Husserl; Condillac-Berkeley y Bello (1951); Unas palabras sobre el espiritualismo de Andrés Bello (1951); Prólogo a la Filosofía del Entendimiento y otros escritos filosóficos, publicada en el volumen III de las Obras Completas de Bello (1951); sus extensos Estudios sobre la Filosofía de Andrés Bello (Introducción a su filosofía y a la Filosofía) (1963) o El Perfil humanista de Bello (1979). Debémosle también el haber convertido en manual universitario una selección muy cuidadosa de textos filosóficos bellistas, a través de su Antología del Pensamiento Filosófico Venezolano (Tomo III), que constituyó para muchos de nosotros nuestro primer acercamiento filosófico a este gran maestro de las letras americanas.

Curiosamente en uno de sus últimos artículos sobre Bello, El perfil humanista de Bello[36], y a pesar de su reticencia a encuadrar en un “–ismo” ningún pensamiento, García Bacca hace el esfuerzo de trazar los cuatro grandes rasgos que según él permiten identificar a un humanista, en este caso Bello, por supuesto. Sin embargo, no puede uno dejar de notar que en la medida en que va precisando estos rasgos se nos va develando paralelamente su propia figura, y segura estoy de que de ello no tuvo ni siquiera una leve intuición. La modestia que atribuye a Bello, el que nada humano escapara a su reflexión, el cultivo del lenguaje y el sentirse ante todo humano, profundamente humano y nada más que humano, traza con toda evidencia, malgré lui, el perfil de sí mismo.

A modo de conclusión

Toda idea de progreso, de desarrollo o de crecimiento, abstracción hecha del contenido ideológico que pueda encerrar, nos obliga a volver continuamente la mirada hacia atrás. Cualificar sin comparar es punto menos que imposible. Crear y ser de ese modo original, sólo puede lograrse a partir de una visión previa de lo existente, único medio de reconocer la aparición de lo no-existente. De allí que para una justa valoración de nuestro presente, se imponga, como tarea previa y fundamental, el conocimiento de nuestro pasado; sólo así podremos determinar los grados de nuestro "desarrollo", de nuestro "progreso" o de nuestra "originalidad".

Sin embargo, no siempre el conocimiento que tenemos de nuestro pasado responde a las determinaciones reales de ese pasado, ni siempre ese pasado que conocemos puede llamarse realmente "nuestro". La historia de los pueblos y, en particular, de aquellos que como los de América Latina son el resultado de largos procesos de colonización no sólo militar o económica, sino también cultural, se encuentra plagada de "hechos" o de acontecimientos que responden más a las exigencias de legitimación del poder impuesto, que a los procesos reales mismos. Tal enajenación del pasado ha producido en general una historia apendicular, en la que las capacidades transformadoras de la realidad que tiene todo pueblo aparecen casi siempre inducidas por fuerzas exógenas o, en el mejor de los casos, por un sector muy limitado de la sociedad nacional que en el fondo defiende sus intereses de clase.

Esta enajenación del pasado explica en mucho la enajenación presente. Un pueblo que no se reconoce en su historia, que no encuentra en ella la afirmación de su poder creador, que no se ve representado como agente de su propio destino, es un pueblo sin autoestima, sin conciencia de sus propios valores y, por tanto, presa fácil de cualquier moda o esquema de pensamiento foráneo. Por ello, constituye un compromiso fundamental de todo pensar reflexivo la tarea de reconstruir críticamente ese pasado histórico, de desentrañar los procesos reales de conformación de nuestra realidad, con sus avances y sus retrocesos, sus aciertos y sus contradicciones. Lo contrario equivale a perseverar en la actitud de desconocimiento de lo propio y, por lo tanto, en la imposibilidad de alcanzar la necesaria autoconciencia que permita afirmarnos como pueblos dignos y libres.

En el caso de Venezuela, pocos han contribuido tanto a esta vital empresa como lo hizo Juan David García Bacca. Venezolano como el que más, asumió sin prisa (como lo aconsejaba), pero sin pausa (como lo reclamaba), la tarea de combatir la amnesia histórica y el deslumbramiento concomitante por las ideas foráneas, hasta lograr delinear el mapa conceptual por el que la sociedad venezolana comenzó a ensayar su constitución como tal.

Pionero, junto con Gaos, en historiar las ideas filosóficas de nuestra América, cuando incluso muchos de los que hoy nos dedicamos a ello, ni siquiera habíamos nacido, García Bacca se adelanta también a las propuestas de la generación filosófica argentina de los 70, los propulsores de la Filosofía de la Liberación, al concebir a ésta o si se quiere al hacer filosófico, como una filosofía situada. Concepción que subyace no sólo en su tratamiento de los pensadores americanos, sino que está presente igualmente, como ya dijimos, en su abordaje de los clásicos. Tanto Platón como Hegel o Kant, son pensados en relación con las circunstancias de su tiempo y de su sociedad, como respuestas a exigencias que su realidad les plantea y, por tanto, como expresión concreta de circunstancias histórico-sociales particulares.

Desde esta perspectiva y tomando el término en sentido lato, bien podría decirse que García Bacca puede considerarse un filósofo de la liberación, o, si prefieren, un filósofo del pensar liberador.

En efecto, me atrevería incluso a esbozar las líneas generales de su propuesta liberadora. En primer lugar, considera que es necesario comenzar a reflexionar sobre la propia realidad desde las propias circunstancias, buscando cumplir con el mandato que Apolo le diera a Sócrates, de conocerse a sí mismo. En segundo lugar, nos propone, incluso como paso previo, dejar de ser analfabetos en filosofía, “no por no saber leer y escribir en lenguaje corriente, sino por no saber ni leer ni escribir una fórmula matemática, física”. A su juicio, la mayoría de los filósofos viven de obra en un universo de ciencia y técnica, mas de palabra y de pensamiento permanecen en la época prerrenacentista: “Caso de esquizofrenia mental-real, digno de ser estudiado por psiquiatras”. En tercer lugar, debemos conocer en profundidad la lengua materna, condición sine qua non para alcanzar la independencia mental, o es que “habremos de ser los hispanoamericanos eterna colonia filosófica de ...?” Saber alguna de las lenguas “filosóficas” modernas o las lenguas clásicas, dice, “no es condición ni necesaria ni suficiente para ser grande ni pequeño filósofo”, pero sí lo es el conocer la lengua materna.

Por otra parte, decimos nosotros, siendo la lengua elemento constituyente de la realidad, ¿cómo podríamos comprenderla y mucho menos transformarla si nos empeñamos en pensarla desde códigos que responden a una realidad diferente? ¿Cómo podríamos escribir para el pueblo, o aprender de él, como aspiraba el poeta y lo buscó fervientemente el filósofo, o siquiera estar a tono con él, si pretendemos permanecer en un registro diferente, si persistimos en desen-tonar?. He aquí la cuarta propuesta: estar a tono con el pueblo.

Finalmente, y valiéndonos del paralelismo entre individuo y cultura que el mismo García Bacca estableciera respecto a la sabiduría, vital en un caso, histórica en el otro, queremos terminar nuestro homenaje parafraseando su noción de trascendentalidad respecto a las culturas: “Cuando una realidad pasa a la historia ... no se aniquila. Si pasa bien a la historia, es decir, por perfecta o consumada, podrá entregar su espíritu en manos de su Padre. Su espíritu vuelve al Padre; su cuerpo a la común madre que es la tierra ... Ha entrado de componente de la atmósfera cultural humana, y, cual el aire, no tiene capital ni dueño ni burócratas, ni Estado que nos la administre, reparta y se cobre. Es propiedad social, peculio humano[37].

De la misma manera, cuando un pensador como Juan David García Bacca trasciende el dintel de la vida sensible, luego de haber concluido con perfección su concierto, de haber logrado estar a tono con la voz del pueblo, pasa a formar parte esencial de nuestra palabra, de cada palabra, de nuestro hacer y de nuestro sentir, por lo que también y al mismo tiempo, al igual que el aire, o como la música que éste posibilita, deja de ser venezolano, deja de ser español, deja de ser nuestro, para ser de toda la humanidad.

 

Notas

[1] “Entrevista a Juan David García Bacca”. Apuntes Filosóficos, N° 13, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1998, p. 173. (Reedición del texto originalmente publicado en la revista Resumen, n° 321, 1979, pp. 53-63).

[2] Cf. García Bacca, J. D. Qué es Dios y quién es Dios. Anthropos, Barcelona, 1986. Comentado por Gerardo Bolado Ochoa. Juan David García Bacca. (En la revista electrónica: www.ensayo.rom.uga.edu, editada por José Luis Gómez Martínez).

[3] García Bacca, J. D. Elogio de la Técnica. Monte Avila Editores, C.A., Caracas, 1968, p. 86.

[4] “Los contenidos de una conciencia social, organizada y organizante, surgen a lo largo de la historia; y son las conquistas del hombre en cuanto inventor, no sólo de instrumentos destacadamente materiales ... sino de instrumentos “sociales”, como preceptos morales, normas de derecho, oráculos de Delfos...; y no sólo de instrumentos sueltos ... sino de sistemas o compendios de inventos, cual galera, avión, computadora ... constituciones políticas, teología moral, dogmáticas, ... economía política, capitalista o comunista ...” Ibid., p. 147.      

[5] Cf. Revenga, J. R. “Invitación a filosofar”. Artículo publicado en ocasión del centenario de Juan David García Bacca en “Papel Literario”. El Nacional, Caracas, 7 de julio de 2001, p. 3.

[6] García Bacca, J. D. Elogio de la Técnica, ed. cit., p. 139.

[7] Ibid., p. 140.

[8] “Entrevista al Dr. Juan David García Bacca”. Nueva Expresión, N° 1, Caracas, marzo 1980, pp. 12-14.

[9] “Entrevista a Juan David García Bacca”. Apuntes Filosóficos..., cit., pp. 175-176.

[10] Ibid., p. 178.

[11] Ibid., p. 176.

[12] García Bacca, J. D. “Divertimientos y migajas filosóficas-científicas-literarias”. En “Papel Literario”. El Nacional, Caracas, 30 de junio de 2001, p. 1. El texto completo fue editado como Divertimientos y Migajas por la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión (Quito, 2001).

[13] Idem.

[14] Revista Nacional de Cultura, 7 (52), septiembre-octubre 1945. Ediciones del Ministerio de Educación Nacional, Caracas, pp. 33-46.

[15] Ibid., p. 34.

[16] García Bacca, J. D. “Autobiografía intelectual”, en Autobiografía intelectual y otros ensayos. Fondo Editorial de Humanidades y Educación, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1983, pp. 25-45.

[17] Cf. García Bacca, J. D. “El camino del pensar”. Revista Nacional de Cultura, 23 (144), enero-febrero 1961, pp. 6-13.

[18] García Bacca, J. D. Lecciones de Historia de la Filosofía. Ediciones de la Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1972-1973, Vol. I, p. 5.

[19] García Bacca, J. D. “Comentarios a La esencia de la poesía de Martín Heidegger”. En Revista Nacional de Cultura, 114, Caracas, 1956, pp. 3-10.

[20] García Bacca, J. D. “Filosofía y lengua”. En Ensayos. Ediciones Península, Barcelona, 1970, p. 27.

[21] Al respecto, ver Alberdi, J. B. Fragmento preliminar al estudio del Derecho (1837) e Ideas para presidir a la confección de un curso de filosofía contemporánea (1840). De D. F. Sarmiento, ver los artículos periodísticos de los años 40, particularmente el llamado Polémica del romanticismo (1842).

[22] “Ideas para presidir a la confección de un curso de filosofía contemporánea”. Escritos póstumos, Imprenta Juan Bautista Alberdi, Buenos Aires, 1900, T. XV, pp. 615-616.

[23] Ibid., pp. 605-606.

[24] Ibid., p. 607.

[25] Ibid., p. 616.

[26] Revista Nacional de Cultura, 9 (65), Caracas, 1947, pp. 7-23.

[27] Opinión del Dr. Pedro de Ortega Sotomayor, censor oficial de la obra de Alfonso Briceño, dada en Lima en 1636. Cf. García Bacca, J. D. Prólogo a la Antología del pensamiento filosófico venezolano, Ediciones del Ministerio de Educación, Caracas, 1965, Vol. I, p. 23.

[28] García Bacca, J. D. Disputaciones Metafísicas de Alfonso Briceño (Selección de textos). Facultad de Humanidades (Universidad Central de Venezuela), Caracas, 1955.

[29] García Bacca, J. D. Prólogo a Antología ..., cit., p. 16.

[30] García Bacca, J. D. “Un filósofo colonial. Antonio Navarrete”. El Nacional, Caracas, 6 de agosto de 1953.

[31] Cf. Muñóz García, A. “La Lógica en Venezuela en el siglo XVIII: el caso Suárez de Urbina”. Revista de Filosofía, 34, 2000-1. Universidad del Zulia, Maracaibo, pp. 91-101. Igualmente, deben mencionarse los trabajos de Sabine Knabenschuh de Porta, de la misma universidad, y de Eduardo Piacenza, en Caracas, quienes en conjunto han conformado un grupo de estudio, de alta productividad, sobre la filosofía colonial venezolana.      

[32] García Bacca, J. D. “Dos siglos de filosofía colonial en Venezuela (1638-1800)”. En Autobiografía intelectual y otros ensayos. Fondo Editorial de Humanidades y Educación. Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1983, pp. 362-363.

[33] Prólogo a la Antología ..., cit., p. 13.

[34] “Primae indolis elementa de natura aeque ac hominum industria”, que Vargas tradujo como Nociones elementales de la naturaleza y de la industria humana. Imprenta de V. Espinal, Caracas, 1840. (2 vols.). Cf. García Bacca, J. D. “Vargas, traductor de Comenius (1592-1670)”. Revista Nacional de Cultura, 16 (105), Caracas, julio-agosto 1954, pp. 21-26.

[35] Grases, P. Antología del Bellismo en Venezuela. Monte Avila Editores, Caracas, 1981.

[36] García Bacca, J. D. “El perfil humanista de Bello”. En Bello y Caracas. Primer Congreso del Bicentenario. Fundación La Casa de Bello, Caracas, 1979, pp. 403-414.

[37] García Bacca, J. D. “Historia y filosofía” , en Ensayos, ed. citada, p. 19.

Carmen Bohórquez
Universidad del Zulia (Maracaibo, Venezuela)

 

[Fuente: Carlos Beorlegui, Cristina de la Cruz y Roberto Aretxaga, Editores. El pensamiento de Juan David García Bacca, una filosofía para nuestro tiempo (Actas del Congreso Internacional de Filosofía: Centenario del nacimiento de Juan David García Bacca). Bilbao: Universidad de Deusto, 2002.]

 

© José Luis Gómez-Martínez
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