"García Bacca y la recuperación
de la memoria filosófica venezolana"
Carmen Bohórquez
El camino del pensar
Quienes tuvimos la
oportunidad de conocer a Juan David García Bacca y escucharlo
filosofar en voz alta –que eso era lo que uno sentía que hacía
cuando impartía una clase, daba una conferencia o intervenía en
un congreso, que no leer un papel u opinar sobre un tema como
hacemos nosotros ahora– no podíamos menos que admirarnos de la
profundidad de su pensamiento y de lo inagotable de su
sabiduría. Sin embargo, la cortedad de tal admiración sólo se
nos vino a poner realmente en evidencia en el momento en que
tuvimos que ponernos a juntar sus textos para intentar hacer un
balance de su obra y de su vida en Venezuela. La impresión se
nos hizo entonces realmente abrumadora y el cuestionamiento se
nos volcó sobre las propias capacidades para dar digna cuenta de
tal desafío.
La primera interrogante que
intentamos responder, compelidos quizás por el afán
clasificatorio que impone el trabajo académico, fue la de dónde
ubicar su pensamiento. Pronto descubrimos que intentar hacerlo
implicaba no haber entendido nada de lo que habíamos leído, y
mucho más no haber aprehendido el espíritu que animaba a García
Bacca. “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, nos
recordó el poeta. En tanto que el filósofo traducía: “Si yo
hubiera sido siempre consecuente conmigo mismo, es decir con lo
que he ido haciendo... estuviera aún metido en un convento de
España. No hay que preocuparse de la imagen consecuente de uno”.
He allí la primera gran
lección aprendida. ¿Por qué el afán de encasillar el pensamiento
de un hombre en los límites estrechos de un “ismo”, cuando la
realidad sobre la que se reflexiona es cambiante, el avance del
conocimiento incesante y las perspectivas de enfoque casi
infinitas? Y esto se hace particularmente verdadero, al estar en
presencia, como lo estamos, de tal vez uno de los más grandes
humanistas de habla española del siglo XX.
Tal vez “humanista” sea lo más
apropiado que podríamos decir de García Bacca, si de ponerle una
etiqueta se trata. Rara avis por su excepcional ingenio y
su saber enciclopédico, no hubo problema humano por el que no se
sintiera concernido. Vale, incluso, decir que hizo del hombre su
Dios. Según Gerardo Bolado, para nuestro filósofo – y creo que
lo de “nuestro” es uno de los pocos calificativos que él mismo
admitiría – “no hay más persona divina que el individuo humano
creador, que transforma la naturaleza en civilización y, con
ello, humaniza el universo y diviniza lo humano”;
lo que a nuestro juicio recoge muy bien esa fe inquebrantable en
el hombre que tenía García Bacca.
Por esa misma fe y defensa del
hombre, nuestro filósofo fue también un “redomado” optimista
social. Ciencia y técnica, manifestaciones por excelencia de la
razón creadora, se constituyen para él en principios
civilizadores que han de garantizar un futuro promisorio a la
humanidad. Y esto no sólo por lo que respecta a su sentido
pragmático en lo que toca a la resolución de problemas que
afectan el bienestar material del hombre, sino también por lo
que tiene que ver con su realización ontológica en tanto que
sujeto creador.
Gracias a la técnica el hombre ha ido humanizando el universo,
convirtiendo el “paisaje natural” en “paisaje artificial”,
transformando su conciencia natural en conciencia social y
gradualmente comprendiéndose como parte constitutiva de la
unidad de lo real.
Lo importante es que el hombre “se vaya inventando nuevas
maneras de serse; y no esté atascado desde siempre y para
siempre en una sola definición ... que el hombre no tenga
esencia, que tenga historia ... ‘el hombre es invento’, tal
sería – afirma – la única definición buena de hombre...”
Por otra parte, en tanto nuestro
filósofo no puede concebir al hombre sino haciéndose en
sociedad, podríamos decir igualmente que es un confeso
socialista, con todas las consecuencias que ello implica: “Por
el simple hecho de hacer, y dejar hecho algo, el individuo se
hace social; y cuanto más haga, tanto más crecerá su
socialización”. Pero no es sólo el individuo el que se hace
social, sino que todos sus productos, incluida la filosofía, son
igualmente sociales: “El hacerse es, ha sido individual; lo
hecho es social. El individuo lo ha hecho, no en cuanto fulano
de tal, sino en cuanto hombre, como uno de los miembros de la
sociedad”
; por lo que ni lo hecho, ni la invención del cómo hacerlo
pueden, de suyo, ser monopolizados por sistema o nación alguna,
pues pertenecen a la humanidad en general. “Eso de propiedad
individual – dice – no pasa por tanto de ganas; y se mantienen
tales ganas, atentados e intentos, a fuerza de puños ... no
teoría alguna ni derecho de ninguna clase”.
Y a pesar de que históricamente los puños han ido in
crescendo, su optimismo lo llevó sin embargo a afirmar que
“el único remedio y recurso para impedir el advenimiento del
socialismo es no hacer nada”, esto es, detener la acción
creadora; lo cual es, evidentemente imposible.
Contenido social de las ideas y
propiedad colectiva de sus realizaciones llevan a García Bacca a
concebir la filosofía, como compromiso: “No es separable –
afirma en entrevista que le hacen estudiantes de la Universidad
Central de Venezuela – el hacer filosófico de una posición
crítica frente a la historia y la sociedad ... (La filosofía)
viene a la realidad como suceso histórico, tiene historia; y
como hacer colectivo de una sociedad, partido, iglesia ... Toda
idea, dice parafraseando a Marx, viene a la realidad por medio
de un individuo (Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino,
Descartes, Kant, Hegel, Marx...); y no hay manera de que venga
de otro modo; pero no adquiere su propia fuerza, valor y
significado hasta que toma estado social”.
Cuando García Bacca habla de esta
idea de la filosofía como compromiso lo está pensando más desde
el compromiso del filósofo con la realidad en la que se
encuentra inserto, que desde el que tiene con la propia teoría
filosófica que propugna. En efecto, aun cuando, como él mismo lo
reconoce, hay filosofías que implican de por sí un compromiso,
vale decir el marxismo, y otras, como la filosofía analítica,
que no se comprometen “ni sociológicamente, ni económicamente,
ni metafísicamente, ni nada ... (por lo que) es inofensiva para
toda clase de regímenes”,
no puede por ello decirse que el compromiso esté atado a una
filosofía particular, pues así como hay marxistas comprometidos,
también puede haber marxistas que lo son por “novelería” y éstos
pueden ser tan inofensivos como los analíticos.
Por otra parte, tanto
en un caso como en el otro, no habrá compromiso si no se intenta
primero conocer seriamente la realidad y esa realidad se
expresa, particularmente en nuestros tiempos, en términos
científicos. De allí la extrema importancia que García Bacca
confiere al estudio de la matemática, de la física, de la
economía, de la sociología, etc. Esto no significa sin embargo,
como se ha creído, que las ciencias primen sobre la filosofía,
sino que el dominio o al menos un conocimiento sólido del estado
actual de las ciencias es lo que va a poder permitirnos una real
comprensión de nuestra realidad; y si los nuevos datos de la
ciencia nos llevan a negar las tesis que veníamos defendiendo,
pues hay que enviar estas tesis de paseo, o como castizamente él
mismo lo subraya, hay que enviarlas ¡a los cuernos de la luna!
Lo que importa entonces es el
compromiso con la realidad actual. Pero, como ya advertimos,
decir compromiso, no significa decir marxista. Nuestro filósofo
reconoce, no obstante, haber dado la impresión de serlo en un
momento de su vida,
pero también de haber sido luego otras cosas en ese camino que
fue haciendo en su largo andar: “Yo siembro, dice, y no me
preocupa lo demás. Si con todo lo que he escrito, consiguiese
que de alguna manera marxista o no marxista, o bien de filosofía
analítica o de lo que les dé la gana, se preocupen en firme por
comprometerse – no precisamente en una política determinada –,
sino como Platón, me consideraría feliz”.
Es tal vez esta idea de compromiso
la que nos puede permitir, en esta manía de la coherencia que
nos persigue inexorablemente, encontrar el hilo conductor en la
versátil y prolífica producción intelectual de nuestro filósofo.
Se trata de un compromiso con una realidad que es siempre
cambiante, constituida por “novedades” que pueden en cualquier
momento imponer nuevos rumbos. Así, en texto escrito en 1991 y
siguiendo un tanto a Bergson, dice: “Se vive siéndose manantial
de novedades, sintiéndose improvisación de espontaneidades,
siéndose estrenador de originalidades, sintiéndose arrebatado
por escaladores de trascendentalidades”.
Concomitantemente, la decadencia
sobreviene cuando nos dejamos llevar por “la ley de la inercia,
de la repetición y la uniformidad de las leyes físicas y
biológicas que tratan a todos como un cualquiera, como Don
Nadie”.
Tener entonces conciencia de la riqueza del vivir, con sus
originalidades y espontaneidades, es tener conciencia del
compromiso que como filósofos tenemos con la sociedad en que
vivimos, con la humanidad en general y con la historia misma. No
deja sin embargo de alertarnos contra la soberbia y la vanidad,
al advertirnos que nuestra responsabilidad es siempre y en todo
caso limitada, por lo menos en cuanto al tiempo (no sólo por lo
que respecta al propio ciclo vital, sino porque no se puede
predecir el futuro), que no a la circunstancia, por cuanto más
allá de la comprensión y la interpretación de la realidad está
la tarea de su transformación. Tales son las “migajas” que como
legado casi póstumo nos regalara García Bacca.
Historia y compromiso
Esta conciencia del vivir como
manantial de novedades y del compromiso asumido respecto a las
circunstancias en las que se desenvuelve la vida, puede
igualmente constatarse en su concepción de la historia y,
particularmente, de la historia de la filosofía. En “Algunos
conceptos históricos de ‘Verdad’ y su significado vital”,
publicado en 1945, García Bacca reclamaba ya una historia de la
filosofía viviente, auténtica, temporal, al estilo de Dilthey, y
no los tradicionales “cuentos” o vidas de filósofos, que más que
saltos cualitativos de racionalidad creadora, son presentados
como relatos casi míticos de seres irreales o de profetas que
habían anunciado la Verdad establecida. Cualquier cosa menos
admitir que la vida es cambio permanente y que también la verdad
tiene historia: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, dijo
Jesucristo... Y la unión íntima entre verdad y vida, no una
unión palabrera, hace inevitable que la Verdad tenga historia,
un original tipo de historia que no es historia de cuentos y
recuentos de errores ajenos, sino evolución con sentido,
progreso según leyes, no seguir esencias, sino serie de
invenciones, no cadena de deducciones”.
De esta manera, García Bacca
concibe la historia de la filosofía como serie de rupturas y él
mismo, repetidas veces, al trazar su propio itinerario
intelectual, lo va marcando como saltos epistemológicos
determinados por sucesivas confrontaciones o “choques” contra el
fondo intelectual anterior
o, parafraseando a Machado, como saltos que le permiten superar
la angustia del callejón sin salida de sistemas que se le han
hecho estrechos y, con ello, lograr de nuevo encontrarse en
campo libre.
Tanto historia social como historia individual se sustentan
sobre una misma concepción básica de la historia como historia
viviente, circunstanciada y, por supuesto, comprometida. Es así
como aborda el pensamiento de los grandes filósofos y de las
diversas corrientes filosóficas, haciendo hincapié en todo
tiempo en las vinculaciones del pensamiento de estos con los
problemas fundamentales del hombre en ese momento determinado.
En esta visión historicista y “circunstancialista” de la
filosofía está presente, como ya ha sido señalado en otros
estudios sobre García Bacca, la influencia de Ortega y Gasset;
de la que también José Gaos se haría eco.
Pero si comprometido es el
pensamiento filosófico que se analiza, también lo es aquel que
lo toma como objeto de estudio. Es decir, también este
pensamiento se posiciona, discrimina y selecciona, de acuerdo a
su propia circunstancialidad, los temas o las categorías de
análisis que mejor le hablan o que mejor le sirven para
enfrentar los problemas propios. Y en esto no hay que andar con
falsos pruritos: “Seamos sinceros. No hay historia de la
filosofía imparcial”.
Tampoco podría serlo de otra manera, porque el compromiso lo
hace a uno responsable de lo dicho o hecho, aun cuando no se
quiera reconocerlo.
Historia y Filosofía Latinoamericana
Para quienes venimos
trabajando en el campo de la historia de las ideas en
Latinoamérica, no podemos menos que reconocer en estos
planteamientos de García Bacca una repuesta a las frecuentes
objeciones que desde otros ámbitos culturales o desde otras
corrientes del pensamiento se han levantado respecto a nuestro
particular hacer filosófico. La necesidad de historiar las ideas
surgidas en nuestra América, así como de determinar su
autenticidad u originalidad a partir de sus “contenidos
sociales”, esto es, en tanto dicen relación a los problemas
fundamentales del hombre latinoamericano, han sido objeto de tan
numerosos cuestionamientos que terminaron por conformar una
problemática en sí misma. No poca tinta ha tenido que correr
para justificar la existencia de un pensamiento propio, e
incluso para justificar nuestro derecho a tenerlo.
Conocida es la polémica
entre quienes enfatizaban la necesidad de afirmar la diversidad
cultural del continente y, por ende, la urgencia de un
pensamiento original que diera cuenta de su especificidad, y
aquellos que veían en este afán la negación de la universalidad
que debe caracterizar a un pensamiento auténticamente
filosófico.
No pretendemos, en este
momento, revivir una discusión que, por nuestra parte,
consideramos superada, a pesar de que persisten las reticencias
de aquellos que no comparten la tesis de que todo pensamiento es
situado y que muchas veces su pretendida universalidad no le
viene sino de la particularidad histórica de haber surgido en el
seno de un centro político y cultural hegemónico. Incluso temas
de reconocida “universalidad” como la razón, el bien, la
justicia, el ser, no son ajenos a las determinaciones históricas
desde los cuales dichos temas son pensados.
Ya nos alertaba García
Bacca sobre estos filósofos que, olvidándose de que su
compromiso es con un pueblo, se vanaglorian de poner su
intelecto en sintonía exclusiva con Kant, con Heidegger o con
cualquier otro que haya escrito en alguna lengua imperial. Para
nuestro filósofo, la independencia del pensamiento está
estrechamente ligada a la independencia de la lengua; por ello
denuncia la idolatría por las lenguas foráneas y a aquellos que
creen, ridículamente, que sólo puede filosofarse bien, en lengua
germánica o inglesa. Y esto lo dice quien manejaba con destreza
varias lenguas, incluida aquella en la que se gestó la filosofía
occidental. Y lo dice porque está convencido de que decir lengua
es decir pueblo:
“Lo primero que hace falta, pues,
para que la palabra individual ascienda a la categoría de
voz es que se ponga a tono con el pueblo, que es
colectividad viviente de cultura enraizada en tierra ... Si el
poeta [el escritor, agrega él] no está a tono con el pueblo su
voz no resonará. Será voz del que clama en el desierto, hablará
para oírse; narcisismo verbal, ridículo e infecundo ... Escribir
a tono con el pueblo, de los grandes problemas que rodean al
hombre, es sin duda la más urgente y responsable de las tareas
que hoy se presentan al escritor contemporáneo”.
Y, evidentemente, para estar a tono, hay que hacerlo en la
lengua que es común a todos: la materna. Es allí donde
comenzamos a hacer filosofía auténtica, original: “Filosofar ha
de hacerse, para serlo real de verdad, en la lengua materna”.
Consecuente con ello, la obra de García Bacca no sólo es, a
nuestro juicio, filosofía hecha lengua, sino, más aún, lengua
hecha filosofía.
A la luz de estas
propuestas y desde nuestra praxis filosófica latinoamericana,
bien podríamos entonces sostener que no es en la abstracción
donde radica la universalidad de un pensamiento, sino en su
saber penetrar la esencia de lo humano; esencia que se despliega
en formas infinitas de humanidad concreta y a la cual, por lo
tanto, es posible aproximarse desde múltiples y variadas vías.
Entender la
universalidad de esta manera implica, a todas luces, aceptar que
no existe una forma privilegiada de pensar lo humano, como
tampoco temas que sean ajenos a la reflexión filosófica. De
igual modo, en tanto no se puede negar que las concreciones de
lo humano son plurales y diversas, las posibilidades del
ejercicio del pensamiento no pueden por lo mismo circunscribirse
a un ámbito histórico o geográfico. Con ello queremos decir que
todo cuestionamiento sobre la naturaleza o la autenticidad de
una reflexión filosófica particular, no puede estar determinada
por su grado de aproximación o semejanza a una racionalidad
concreta instaurada como modelo, sino por la potencialidad
esclarecedora que la misma muestre en la resolución de los
problemas más acuciantes de la realidad en la que se encuentre
inserta. No es otro el sentido de la filosofía ni puede llamarse
filósofo quien permanezca ajeno a las exigencias de su tiempo.
Será, pues, el abordaje crítico de estas exigencias el que de
alguna manera pruebe la “filosofeidad” de un pensamiento dado, y
esto más allá de la perspectiva ideológica desde la cual se
articule la respuesta.
En este orden de ideas
y en una mirada retrospectiva del quehacer intelectual de
nuestra América, no resulta difícil encontrar claras
manifestaciones de un pensamiento crítico que en diversos
momentos de nuestra historia buscó, en primer lugar, determinar
y clarificar las preguntas por las que podía dar cuenta de la
problemática que le interpelaba y, en segundo lugar, intentar
una respuesta a las interrogantes planteadas que permitiera
superar dicha problemática y sentar las bases de un proyecto
histórico común.
Sin embargo, no fue
fácil llegar a la conciencia de la necesidad de emprender esta
tarea, hipnotizados como estábamos por los fulgores de los
grandes nombres del pensamiento occidental, e inseguros, al
mismo tiempo, de nuestras propias capacidades reflexivas, tras
largos siglos de dependencia cultural.
Si bien es cierto que ya Simón
Rodríguez había planteado la urgencia de liberar las
conciencias, si es que se pretendía en verdad construir
repúblicas, y que, posteriormente, en la década de los cuarenta
de ese siglo XIX, Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino
Sarmiento,
plantearon la necesidad de una filosofía americana, de una
filosofía enfocada sobre la propia realidad y capaz de dar
“soluciones ... a los problemas que interesan a los destinos
nacionales; o bien la razón general de nuestros progresos y
mejoras, la razón de nuestra civilización ... las leyes por las
cuales debemos llegar a nuestro fin, es decir, a nuestra
civilización, porque la civilización no es sino el desarrollo de
nuestra naturaleza, es decir el cumplimiento de nuestro fin”.
La urgencia de este llamado tuvo poco eco entre sus
contemporáneos, y sólo esporádicamente entre quienes les
siguieron después: Bilbao, Rodó, Henríquez Ureña.
Vale decir que ya en ese entonces
Alberdi había alcanzado la comprensión de que toda filosofía
dice relación al contexto socio-histórico en el cual insurge y
que como tal debe dar su propia solución a los problemas que en
ese momento afecten al espíritu humano.
Le faltó sí a Alberdi una mayor fe en sí mismo y en sus
compatriotas americanos, por cuanto pensó que el hombre de esas
latitudes no era aún capaz – aunque habría de serlo en el futuro
– de producir una filosofía propia y, por lo tanto, debía
recurrir transitoriamente a las filosofías europeas,
particularmente a la francesa, que era, según él, la que mejor
se adaptaba a nuestra idiosincrasia;
aunque, justo es decirlo también, consideraba este préstamo en
un sentido más bien instrumental. Para el filósofo argentino lo
que importaba realmente en ese caso era que esa filosofía,
independientemente de sus objetos y métodos, nos permitiera
resolver nuestros propios problemas y desarrollar, como él mismo
dice, “nuestra naturaleza”.
No es sino hasta la
llegada de ese extraordinario contingente de intelectuales
españoles que buscan en América un bien más preciado que las
especies y el oro, que renace la preocupación por una filosofía
original. En ello fueron determinantes, entre otras prestigiosas
figuras, las enseñanzas de José Gaos, en México y de García
Bacca, en Ecuador y Venezuela. La libertad de pensamiento y de
acción que estos intelectuales recuperaron en tierras americanas
les permitió desarrollar a plenitud su visión historicista de la
filosofía, inaugurando con ello en cierta manera y confiriéndole
a partir de allí sistematicidad, el estudio crítico de la
historia de las ideas.
Convencidos de la
necesidad que tiene todo pueblo de conocer y valorar
críticamente su pasado, para, a partir de allí, comprender y
transformar el presente, estos grandes hombres se dedicaron con
infatigable y prolífico esfuerzo, a hacer camino en esa
dirección. De la fecundidad de ese esfuerzo habla, por ejemplo,
la obra de Leopoldo Zea, Luis Villoro y otros. Es así como en
los años 40 del siglo XX, casualmente un siglo después de que
Alberdi clamara por una real independencia mental, esta pléyade
de transterrados vino a darle incuestionable seriedad y
rigurosidad filosófica a esta tarea.
La pregunta por el
pasado revivió de inmediato la pregunta por la posibilidad de
una filosofía latinoamericana; cuestión que se hizo a partir de
allí una constante entre los pensadores latinoamericanos y de la
cual es expresión la ya clásica polémica entre Augusto Salazar
Bondy y Leopoldo Zea.
Por lo que toca a
García Bacca, si bien éste no fue nunca proclive a adjetivar la
filosofía, por cuanto lo consideraba tan sin sentido como
adjetivar los logaritmos, su propia vida y obra contribuyeron
grandemente a elevar no sólo el nivel de la filosofía académica
practicada en las universidades venezolanas, sino, y esto es lo
que pretendo especialmente subrayar, a descubrir nuestras
propias creaciones en el campo de la filosofía y a emplazarnos a
derrumbar una serie de mitos que al respecto nos mantenían, cual
moderno Prometeo, encadenados a la roca del pensamiento europeo.
El aporte de estos
filósofos transterrados a la conformación de una corriente de
pensamiento crítico en América Latina, ha sido puesta de relieve
por diversos estudios realizados en el campo de la historia de
las ideas; tal los llevados a cabo por el mismo Salazar Bondy,
así como por Leopoldo Zea, Francisco Miró Quesada o Arturo
Andrés Roig, entre otros. Sin embargo, la tarea está aún por
concluirse. Pero desde ya, al lado de los nombres ya conocidos
de Alberdi, Sarmiento, Rodó, Martí, o Mariátegui, forman
igualmente parte de nuestro acervo cultural, los de Juan David
García Bacca, José Gaos, Adolfo Sánchez Vásquez, Eduardo Nicol,
José Ferrater Mora y tantos otros.
García Bacca y la recuperación de la memoria
filosófica venezolana
“¿Para qué sirve la
filosofía en un país como Venezuela?”, le pregunta el periodista
Ramón Hernández a nuestro filósofo en entrevista publicada en el
“Papel Literario” del diario El Nacional de fecha 15 de
junio de 1980, y curiosamente titulada “Dejar la prisa”. La
respuesta del maestro fue tangencial: “Los frutos de la
filosofía se recogen luego de un siglo, no a los cinco años como
los períodos presidenciales”. Ya se verá en su bicentenario, los
frutos que engendrará su pensamiento, que de seguro serán
extraordinarios. Pero también su respuesta nos lleva a
preguntarnos por los frutos de siglos anteriores en nuestros
lares; la misma pregunta que debió hacerse él cuando llegó a
Caracas en 1947 y vio que los canastos estaban prácticamente
vacíos, por lo que decidió salir de inmediato al campo para ver
qué se había sembrado. De lleno se entregó a hurgar en
bibliotecas y archivos y muy pronto comenzó a mostrarnos no uno,
sino varios canastos repletos de abundantes frutos.
En el mismo año de su llegada a
Caracas, publica García Bacca su primer comentario sobre Andrés
Bello: “Filosofía de la gramática y gramática universal según
Andrés Bello”;
para continuar en la década que sigue no sólo contribuyendo a
revalorizar la obra de Bello, sino haciéndonos descubrir tres
siglos de filosofía, en los cuales Venezuela produjo o adoptó
pensadores que mostraron con creces que de las Indias no sólo
podía salir “oro, plata, margaritas, toda clase de tesoros”,
sino también “ingenios y doctores”. Con ello quedaba plenamente
comprobado “que todos somos hombres; de la misma naturaleza y
condición, aunque de otro orbe...”.
Rescatándola de los archivos y
traduciéndola directamente del latín, García Bacca puso ante
nuestros ojos la obra de Alfonso Briceño (1590-1668), chileno de
nacimiento pero venido a terminar sus días en Trujillo,
Venezuela. Autor de dos gruesos volúmenes de comentarios al
“Primer libro de las Sentencias, según la mente del Dr. Sutil
Juan Duns Escoto”, Briceño termina por producir no un mero
tratado de teología, sino fundamentalmente de metafísica que,
según nuestro filósofo, “puede servir de comentario perpetuo y
constante a la filosofía escotista”. De la obra de este “primer
indiano que sobre teología ha escrito”, como el propio Briceño
lo hizo saber, sólo existía la edición en latín publicada en
Madrid en 1638; de modo que la de García Bacca, titulada
Disputaciones Metafísicas,
es la primera edición en español y la primera también en
publicarse en América.
De la misma manera, va
a revelar ante nuestros ojos y colocar en nuestras manos la obra
de otro escotista de notable ingenio, nacido éste en propio
territorio venezolano, en la primada ciudad de Coro: Agustín de
Quevedo y Villegas, de quien se publican en Madrid, entre 1752 y
1756, cuatro volúmenes de teología en los cuales se tratan con
gran profundidad, entre otros temas, la conciencia moral, la
libertad y la bienaventuranza. Llamado por uno de sus censores
el Platón americano, Quevedo puede tenerse por precursor
inmediato de la distinción moderna entre Valor, Bien y Fin. Para
nuestra fortuna, supo García Bacca poner de relieve el valor
filosófico de estos textos y destacar su pertinencia para la
comprensión de los problemas actuales.
Para la misma fecha se publica
igualmente en Madrid la teología expositiva del franciscano
Tomás Valero, natural de El Tocuyo, bajo el nombre de
Comentario al evangelio de San Mateo y en el cual se tratan,
haciendo su autor gala de vastos conocimientos filosóficos, “la
ley, sus clases, moral social, problemas sociales de la riqueza,
...”. Al comentarlos, dice García Bacca, que “Todos estos temas,
aun los que más tentación ofrecerían para ciertos fines, están
tratados con la severidad y técnica, serenidad y
desapasionamiento dignos, y obligatorios en filósofos y en
teólogos. Estas cualidades nos han servido no sólo de modelo,
más aún, de obligación y mandamiento, en el estilo general que
hemos dado a (nuestras) Introducciones sistemáticas”.
Otro fruto escotista
reivindicado por García Bacca es Juan Antonio Navarrete, natural
de Guama, Estado Yaracuy, pero caraqueño de corazón, y quien
guarda para la memoria filosófica venezolana un doble valor. Por
un lado, por su propia, extensa e ingeniosísima obra, de la cual
a pesar de seguir desaparecida una gran parte, lo rescatado
basta para considerarlo un prodigio. Por el otro, por haber
copiado con gran cuidado, cuando era apenas un estudiante de la
universidad de Caracas, hoy Universidad Central de Venezuela,
las lecciones dadas entre 1756 y 1758 por un gran maestro
tomista: Francisco José de Urbina.
Por lo que respecta a
la obra de Navarrete, se sabe que imbuido del espíritu
enciclopedista típico del siglo XVIII, llegó a escribir 17
volúmenes acerca de los temas más diversos. De ellos sobrevive
su erudita y deliciosa Arca de Letras y Teatro Universal,
en la que “se apuntan las cosas más notables de este siglo XVIII
y XIX” en Caracas; por lo que constituye no sólo un gran fresco
de los usos y costumbres de la Caracas de fines del siglo XVIII,
sino también una verdadera enciclopedia del conocimiento habido
para la época, tanto en el campo de las ciencias, como de la
religión o del saber popular.
García Bacca es el primero en dar
noticia de la obra de Navarrete
al incluir algunos textos en el primer volumen de su
Antología del pensamiento filosófico venezolano; siembra que
habría de tener excelentes cosechadores, entre los cuales el
eminente Profesor José Antonio Calcaño y más recientemente el
Dr. Blas Bruni Celli, quien publicó en 1993, con el auspicio de
la Academia Nacional de la Historia, dos magníficos volúmenes en
los que se recoge por entero el Arca de Letras y Teatro
Universal de Navarrete, al que acompaña de un excelente
aparato crítico de su propia mano.
En el segundo volumen de la
Antología, García Bacca traduce al maestro de Navarrete,
Francisco José de Urbina, a partir de los apuntes de clase
tomados por aquel. Este excelente pensador se separa tanto de
Suárez como de Escoto y se adhiere a las tesis de Santo Tomás,
particularmente en lo que toca a la analogía del ente, a la
distinción formal y la distinción de la relación respecto a su
fundamento. Es también Suárez de Urbina lógico de alto vuelo,
como lo han mostrado en detalle estudios posteriores,
incentivados en gran medida por este “descubrimiento” con el que
nos regaló García Bacca.
No se quedó en estos nombres el
afán de nuestro filósofo, ni se contentó con encontrar pruebas
referenciales del tránsito de ciertas ideas por el Nuevo Mundo,
sino que convencido como estaba de que “desde todos los ángulos
de la tierra se puede subir al cielo”, escudriñó con paciencia
en ese pasado hasta podernos ofrecer “modelos concretos de
buenos ejemplos de filosofar dados por americanos, en especial
por venezolanos”. Más aún, supo darles un sentido histórico
nuevo: destacar en todo momento la conciencia de América
presente en todos esos autores.
De hecho, así tituló la columna del periódico en la que iba
dando cuenta de sus descubrimientos.
Y cuando habla de dar buenos
ejemplos de filosofar lo dice en el sentido literal de la
palabra. No para que se tengan estos textos como simples
reliquias del pasado, sino para restituirles su fecundidad, para
que sirvan de acicate a quienes hoy combaten con nuevas ideas
los viejos problemas: “La única manera leal y fecunda que
conozco (...) de exponer el meollo y salvar el poder germinal de
una filosofía, consiste en poner de manifiesto cómo combatió,
con qué armas, qué triunfos obtuvo sobre los eternamente
renacientes problemas de la filosofía ... Briceño, Quevedo
Villegas, Valero, Navarrete, entran ... en polémica, en actitud
heracliteana, con el tomismo ... Hijos de Combate heredaron los
órganos de polémica y problematicidad, los órganos de la
fecundidad filosófica ... Creería hacer un mal servicio a la
cultura de Venezuela si, por uno de esos azares independientes
de la buena voluntad del autor, sirviera esta edición, o se la
hiciera servir, para otros fines. Para evitarlo en la medida de
mis fuerzas, he procurado empalmar a Briceño, Quevedo Villegas,
Valero, con las tendencias más actuales, con los problemas que
son, hoy en día, nuestros caballos de batalla”.
Además de estos precursores del
pensamiento filosófico venezolano, García Bacca dedicó varios
ensayos a la obra de Simón Rodríguez y destacó igualmente la
traducción crítica de la obra pedagógica de Amós Comenius
(Komenski) hecha por José María Vargas, así como el interés de
éste en aplicarla a la reforma educativa nacional que
emprendiera desde la Dirección General de Instrucción Pública,
en 1840.
Sin embargo, es en el estudio de la
obra de Don Andrés Bello en donde García Bacca, por lo que toca
al pensamiento filosófico venezolano, nos dejó su mayor legado.
Si bien es cierto que sobre Bello se viene escribiendo desde
1846, estando aún éste en plenitud de vida, y que son
innumerables los estudios, artículos, obras enjundiosas, etc.,
de las cuales muchas pueden catalogarse de excelentes, todas
ellas abordan sin embargo su pensamiento bien desde la poesía o
la literatura, o desde su rol histórico en la construcción de
las nuevas repúblicas o desde su imponderable contribución a la
lengua castellana: su Gramática.
Pero el Bello filósofo, no se le debe a ningún otro que a Juan
David García Bacca. Allí están la Filosofía de la Gramática y
Gramática universal según Andrés Bello (1947); Filosofía
del entendimiento (1948); La Filosofía del espíritu de
Andrés Bello (1950); La teoría filosófica del lenguaje en
Bello y en la semiótica moderna (1950), donde establece un
paralelismo entre Bello y Carnap, así como entre Bello y
Husserl; Condillac-Berkeley y Bello (1951); Unas
palabras sobre el espiritualismo de Andrés Bello (1951);
Prólogo a la Filosofía del Entendimiento y otros escritos
filosóficos, publicada en el volumen III de las Obras
Completas de Bello (1951); sus extensos Estudios sobre la
Filosofía de Andrés Bello (Introducción a su filosofía y a la
Filosofía) (1963) o El Perfil humanista de Bello
(1979). Debémosle también el haber convertido en manual
universitario una selección muy cuidadosa de textos filosóficos
bellistas, a través de su Antología del Pensamiento
Filosófico Venezolano (Tomo III), que constituyó para muchos
de nosotros nuestro primer acercamiento filosófico a este gran
maestro de las letras americanas.
Curiosamente en uno de sus últimos
artículos sobre Bello, El
perfil humanista de Bello,
y a pesar de su reticencia a encuadrar en un “–ismo” ningún
pensamiento, García Bacca hace el esfuerzo de trazar los cuatro
grandes rasgos que según él permiten identificar a un humanista,
en este caso Bello, por supuesto. Sin embargo, no puede uno
dejar de notar que en la medida en que va precisando estos
rasgos se nos va develando paralelamente su propia figura, y
segura estoy de que de ello no tuvo ni siquiera una leve
intuición. La modestia que atribuye a Bello, el que nada humano
escapara a su reflexión, el cultivo del lenguaje y el sentirse
ante todo humano, profundamente humano y nada más que humano,
traza con toda evidencia, malgré lui, el perfil de sí
mismo.
A modo de conclusión
Toda idea de progreso,
de desarrollo o de crecimiento, abstracción hecha del contenido
ideológico que pueda encerrar, nos obliga a volver continuamente
la mirada hacia atrás. Cualificar sin comparar es punto menos
que imposible. Crear y ser de ese modo original, sólo puede
lograrse a partir de una visión previa de lo existente, único
medio de reconocer la aparición de lo no-existente. De allí que
para una justa valoración de nuestro presente, se imponga, como
tarea previa y fundamental, el conocimiento de nuestro pasado;
sólo así podremos determinar los grados de nuestro "desarrollo",
de nuestro "progreso" o de nuestra "originalidad".
Sin embargo, no siempre
el conocimiento que tenemos de nuestro pasado responde a las
determinaciones reales de ese pasado, ni siempre ese pasado que
conocemos puede llamarse realmente "nuestro". La historia de los
pueblos y, en particular, de aquellos que como los de América
Latina son el resultado de largos procesos de colonización no
sólo militar o económica, sino también cultural, se encuentra
plagada de "hechos" o de acontecimientos que responden más a las
exigencias de legitimación del poder impuesto, que a los
procesos reales mismos. Tal enajenación del pasado ha producido
en general una historia apendicular, en la que las capacidades
transformadoras de la realidad que tiene todo pueblo aparecen
casi siempre inducidas por fuerzas exógenas o, en el mejor de
los casos, por un sector muy limitado de la sociedad nacional
que en el fondo defiende sus intereses de clase.
Esta enajenación del
pasado explica en mucho la enajenación presente. Un pueblo que
no se reconoce en su historia, que no encuentra en ella la
afirmación de su poder creador, que no se ve representado como
agente de su propio destino, es un pueblo sin autoestima, sin
conciencia de sus propios valores y, por tanto, presa fácil de
cualquier moda o esquema de pensamiento foráneo. Por ello,
constituye un compromiso fundamental de todo pensar reflexivo la
tarea de reconstruir críticamente ese pasado histórico, de
desentrañar los procesos reales de conformación de nuestra
realidad, con sus avances y sus retrocesos, sus aciertos y sus
contradicciones. Lo contrario equivale a perseverar en la
actitud de desconocimiento de lo propio y, por lo tanto, en la
imposibilidad de alcanzar la necesaria autoconciencia que
permita afirmarnos como pueblos dignos y libres.
En el caso de
Venezuela, pocos han contribuido tanto a esta vital empresa como
lo hizo Juan David García Bacca. Venezolano como el que más,
asumió sin prisa (como lo aconsejaba), pero sin pausa (como lo
reclamaba), la tarea de combatir la amnesia histórica y el
deslumbramiento concomitante por las ideas foráneas, hasta
lograr delinear el mapa conceptual por el que la sociedad
venezolana comenzó a ensayar su constitución como tal.
Pionero, junto con
Gaos, en historiar las ideas filosóficas de nuestra América,
cuando incluso muchos de los que hoy nos dedicamos a ello, ni
siquiera habíamos nacido, García Bacca se adelanta también a las
propuestas de la generación filosófica argentina de los 70, los
propulsores de la Filosofía de la Liberación, al concebir a ésta
o si se quiere al hacer filosófico, como una filosofía situada.
Concepción que subyace no sólo en su tratamiento de los
pensadores americanos, sino que está presente igualmente, como
ya dijimos, en su abordaje de los clásicos. Tanto Platón como
Hegel o Kant, son pensados en relación con las circunstancias de
su tiempo y de su sociedad, como respuestas a exigencias que su
realidad les plantea y, por tanto, como expresión concreta de
circunstancias histórico-sociales particulares.
Desde esta perspectiva
y tomando el término en sentido lato, bien podría decirse que
García Bacca puede considerarse un filósofo de la liberación, o,
si prefieren, un filósofo del pensar liberador.
En efecto, me atrevería
incluso a esbozar las líneas generales de su propuesta
liberadora. En primer lugar, considera que es necesario comenzar
a reflexionar sobre la propia realidad desde las propias
circunstancias, buscando cumplir con el mandato que Apolo le
diera a Sócrates, de conocerse a sí mismo. En segundo lugar, nos
propone, incluso como paso previo, dejar de ser analfabetos en
filosofía, “no por no saber leer y escribir en lenguaje
corriente, sino por no saber ni leer ni escribir una fórmula
matemática, física”. A su juicio, la mayoría de los filósofos
viven de obra en un universo de ciencia y técnica, mas de
palabra y de pensamiento permanecen en la época prerrenacentista:
“Caso de esquizofrenia mental-real, digno de ser estudiado por
psiquiatras”. En tercer lugar, debemos conocer en profundidad la
lengua materna, condición sine qua non para alcanzar la
independencia mental, o es que “habremos de ser los
hispanoamericanos eterna colonia filosófica de ...?” Saber
alguna de las lenguas “filosóficas” modernas o las lenguas
clásicas, dice, “no es condición ni necesaria ni suficiente para
ser grande ni pequeño filósofo”, pero sí lo es el conocer la
lengua materna.
Por otra parte, decimos
nosotros, siendo la lengua elemento constituyente de la
realidad, ¿cómo podríamos comprenderla y mucho menos
transformarla si nos empeñamos en pensarla desde códigos que
responden a una realidad diferente? ¿Cómo podríamos escribir
para el pueblo, o aprender de él, como aspiraba el poeta y lo
buscó fervientemente el filósofo, o siquiera estar a tono con
él, si pretendemos permanecer en un registro diferente, si
persistimos en desen-tonar?. He aquí la cuarta propuesta: estar
a tono con el pueblo.
Finalmente, y valiéndonos del
paralelismo entre individuo y cultura que el mismo García Bacca
estableciera respecto a la sabiduría, vital en un caso,
histórica en el otro, queremos terminar nuestro homenaje
parafraseando su noción de trascendentalidad respecto a las
culturas: “Cuando una realidad pasa a la historia ... no se
aniquila. Si pasa bien a la historia, es decir, por perfecta o
consumada, podrá entregar su espíritu en manos de su Padre. Su
espíritu vuelve al Padre; su cuerpo a la común madre que es la
tierra ... Ha entrado de componente de la atmósfera cultural
humana, y, cual el aire, no tiene capital ni dueño ni
burócratas, ni Estado que nos la administre, reparta y se cobre.
Es propiedad social, peculio humano”.
De la misma manera,
cuando un pensador como Juan David García Bacca trasciende el
dintel de la vida sensible, luego de haber concluido con
perfección su concierto, de haber logrado estar a tono con la
voz del pueblo, pasa a formar parte esencial de nuestra palabra,
de cada palabra, de nuestro hacer y de nuestro sentir, por lo
que también y al mismo tiempo, al igual que el aire, o como la
música que éste posibilita, deja de ser venezolano, deja de ser
español, deja de ser nuestro, para ser de toda la humanidad.
Notas
“Los contenidos de una conciencia social,
organizada y organizante, surgen a lo largo de la
historia; y son las conquistas del hombre en cuanto
inventor, no sólo de instrumentos destacadamente
materiales ... sino de instrumentos “sociales”, como
preceptos morales, normas de derecho, oráculos de
Delfos...; y no sólo de instrumentos sueltos ... sino de
sistemas o compendios de inventos, cual galera, avión,
computadora ... constituciones políticas, teología
moral, dogmáticas, ... economía política, capitalista o
comunista ...” Ibid., p. 147.
Carmen Bohórquez
Universidad del Zulia (Maracaibo, Venezuela)
[Fuente: Carlos Beorlegui, Cristina de la
Cruz y Roberto Aretxaga, Editores. El pensamiento de Juan
David García Bacca, una filosofía para nuestro tiempo (Actas
del Congreso Internacional de Filosofía: Centenario del
nacimiento de Juan David García Bacca). Bilbao: Universidad de
Deusto, 2002.]
© José Luis Gómez-Martínez
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