"Semblanza humana de
J. D. García Bacca"
Francisco García
Palacios
Me
encuentro, con el mayor agrado para mi y para todos los miembros
de nuestra familia, en la honrosa posición de hablarles sobre mi
padre, gracias a la generosa invitación del profesor Carlos
Beorlegui, así como a la benevolencia de todos los presentes y
en especial de los organizadores de este Congreso Internacional
de Filosofía, con motivo del Centenario del nacimiento de J.D.
García Bacca. No suele ser un fruto de azar, sino casi el
designio de una ley de gravedad, que los descendientes de un
filósofo no sigan usualmente sus pasos, sino que antes bien
asuman destinos intelectuales enteramente diferentes. Ello ha
ocurrido con los miembros de nuestra familia, dentro de la cual
yo en particular nunca sentí la menor atracción por los
menesteres propios de la filosofía y he dedicado mi vida a la
Economía Política. De allí que estando impedido de referirme a
mi progenitor en su condición de filósofo, le dedique unas
palabras a construir su perfil humano, intentando demostrar cómo
dentro del espíritu de este hombre de pensamiento riguroso,
versátil y fecundo habitaba una persona cuya aquilatada calidad
humana tenía la misma magnitud que su excepcional capacidad
intelectual.
Uno de sus discípulos y amigo más allegado, de los pocos que aún
viven, el Profesor Juan Porras Rengel, Presidente de la
Fundación Juan David García Bacca dijo en una ocasión y cito “Si
algún rasgo es descriptivo de su personalidad es el interno
equilibrio de sus valores, armonía que se percibe en su hablar
pausado, así como en su discreción y sensatez, y en sus
ponderados movimientos de expresión. Contagia a quienes lo
rodean de una envidiable serenidad, a la que ningún fenómeno
parece alterar, y en la que no suele aparecer ninguna
manifestación de su agitado mundo interno”. Lo que le faltó
añadir, seguramente por la formalidad del acto en que pronunció
esas palabras, fue que la envidiable serenidad también era
cálida, era una invitación a cobijarse bajo su sabiduría y
afecto. El profesor Porras seguramente lo había sentido y más
nosotros, la familia, de lo contrario habría sido insoportable
vivir con semejante ser y hasta aburrido, cuando más bien
disfrutamos de un hogar acogedor y de un padre por demás
cariñoso y entretenido, siempre dispuesto a descender
espontáneamente de su mundo para unirse al nuestro.
Sobre su mundo intelectual es poco lo que sé, excepto por alguna
que otra cosa que he leído y lo que he escuchado sobre su
pensamiento y obra, ahora algo más iluminado por las ponencias
que se han hecho en este Congreso. Al menos creo haber dejado de
huir de la filosofía. No siempre fui así. Contaba mi padre que a
temprana edad quise seguir sus pasos, intrigado por el hecho de
verlo con frecuencia en casa paseando de un lado a otro con un
libro en sus manos y en razón de que esta labor permitía que la
familia llevara una digna existencia. A mi debió parecerme una
manera muy inteligente de ganarse la vida y así se lo dejé
saber, ocurrencia que con frecuencia me recordaba ya siendo yo
mayor. De hecho guardaba en su memoria un catálogo de mis
travesuras y de las gracias de mis hermanas, lo que demostraba
que jamás había sido un espíritu ausente en el hogar. Su interés
además no se limitó al ámbito reducido de sus hijos y se
prolongó hasta sus 5 nietos, quienes tuvieron la oportunidad de
tratarlo de cerca, al igual que algunos de sus 8 bisnietos que
lo conocieron en vida. Lo peculiar de esta extensa descendencia
es que ninguno ha seguido sus pasos, aunque todavía cabe la
posibilidad de que en la cuarta generación aparezca un filósofo,
ojalá tan bueno o mejor que el bisabuelo.
Para ilustrar la imagen del hombre de familia que fue nuestro
padre, basta contarles algunos recuerdos de mi hermana menor,
María Cristina, la cual dedica buena parte de su tiempo a
dirigir la Fundación y fue la que por más tiempo estuvo apegada
al hogar. La hermana que me sigue, Ana Rosa, casó muy joven con
un quiteño, y en esa tierra se quedó a vivir, a donde vino a
unirse mi padre luego de su jubilación. Yo pasé gran parte de mi
juventud estudiando y trabajando fuera de Venezuela. Todos,
naturalmente, tenemos vivencias inolvidables de él, y de todas
ellas me he valido para hacer esta breve semblanza, sobre todo
de las de mi hermana menor por ser las más frescas y por
haberlas escrito para ayudarme en esta grata tarea. Cuenta ella
que Juan David García Bacca era eso que los venezolanos llamamos
un “pájaro madrugador”. Se levantaba al alba y lo primero que
hacía era despertarla y prepararle su desayuno. No es que fuera
un excelente cocinero, pero hervía agua y hacía té bastante
bien. La actividad siguiente, luego de llevarla al colegio,
consistía en servirle el desayuno en la cama a nuestra madre. El
menú era similar al de la hija, aunque tenía una variante:
durante 40 años de matrimonio siempre se le olvidó ponerle
azúcar al té.
En
ocasiones acompañaba a sus mujeres de compras y para no
fastidiarse llevaba en el bolsillo un pequeño libro, que más
adelante descubrieron que era una edición de la Iliada en
griego, que llenaba de notas al margen. De regreso a casa le
encantaba que desfilaran con la ropa nueva y su piropo favorito
para la madre era “señora está usted de muy buen ver”. Con
frecuencia acompañaba a su hija al cine, especialmente cuando
pasaban las películas de Cantinflas, cuya forma de hablar le
divertía muchísimo. Su película predilecta era El Padrecito.
Relata mi hermana Cristina que fue muy tolerante y paciente con
ella, siempre tenía tiempo para explicarle cosas, aunque a veces
las respuestas eran complicadísimas y cuando no entendía nada,
le replicaba que él no era la enciclopedia británica y que
dejara la flojera mental. A ninguno de nosotros intentó llevarlo
hacia la filosofía pero continuamente insistió en que leyéramos
buena literatura, entre la cual incluía las novelas de James
Bond. En 1970 estaba escribiendo dos o tres obras al mismo
tiempo, sufrió un pequeño derrame cerebral y su medico le
recomendó que dejara descansar la mente, de donde le vino una
afición por el personaje de Ian Fleming. Bromeaba el profesor
que los únicos autores que había leído todo lo que escribieron
eran Fleming y Platón, en ese orden.
Como resultado de ese derrame perdió dos sentidos: la audición y
el tacto. El segundo lo recuperó un tiempo después. El primero
se le manifestó por su pito pertinaz que él logró convertir en
una fuente de diversión, realmente sí oía cuando se le hablaba
de cerca y sin otros ruidos que lo perturbaran, pero lo
aprovechó para hacerse el sordo cuando le convenía. No tan
divertido fue el miedo a salir de casa que le dejó ese trastorno
cerebral, que lentamente superó forzándose a tomar la calle y
dando paseos cortos en autobús.
Al
cumplir mi hermana sus veinte años, la declaró “estado soberano,
libre e independiente y levemente irresponsable”. Igual fue con
los mayores y agregando que la casa quedaba como la sala de
emergencia de un hospital, donde tendríamos los auxilios y
cuidados para reponernos de los golpes de la vida.
Pasado a otras experiencias, los hijos coincidimos en lo hermoso
del hogar que formó, revestido por la armonía y amor de la
relación con nuestra madre, Fanny Palacios. En sus propias
palabras una quiteña “bella, bellísima (que) tendría el poder no
sólo de hacerse admirar sino aun de amar y ser amado por ella,
atropellando – sin dudas ni consideraciones – votos religiosos,
prejuicios sociales y miramientos políticos”. Hay que situarse
en Quito a finales de los años treinta y principios de los
cuarenta para visualizar lo escandaloso que debió ser aquel
romance entre una jovencita de escasos veinte años, hija menor
de un acaudalado industrial, de rancio abolengo y para más señas
de estricta educación católica y aquel pretendiente, escapado de
un claustro, cuidado si comunista, que le doblaba en edad y cuya
fortuna consistía en un par de baúles lleno de libros no
precisamente best-sellers y un smoking comprado en París
poco antes de partir para tierras americanas. Lo ayudó, eso sí,
el hecho de que era y fue aún de viejo, un hombre guapo e
interesante, de una mirada azul de agua transparente mientras
pensaba, la cual se transformaba en un azul intenso al volver a
la realidad. De esta manera lo recuerdan mis hermanas.
La
única competencia seria que tuvo nuestra madre fueron los gatos,
que gozaban de su admiración y respeto. Afirmaba que eran
animales sagrados e inteligentes, y por lo tanto tenían pleno
derecho a acomodarse sobre su mesa de trabajo, la cual era
territorio prohibido para los humanos, inclusive para su mujer.
La inteligencia, refería él, la había constatado cuando
descubrió uno de sus gatos orinándose sobre una obra de
Metafísica que había terminado de escribir y estaba lista para
llevar a la imprenta. En ese instante decidió que el gato tenía
razón y que la Metafísica era malísima, apta para el basureo, en
donde terminó.
Volviendo a nuestra madre, lo que bien pudo haber sido un
capricho pasajero de niña consentida, terminó en un matrimonio
secreto y en una unión entre dos seres que llegaron a ser uno.
Compañera de toda su vida y su Ministro de Finanzas, como en
ocasiones la llamaba y a quien nos remitía cuando requeríamos
dinero. Fue tan diestra mi madre en estos menesteres que jamás
nos faltó nada, inclusive se permitía darnos algunos lujos
sacrificando los suyos. Ayudaba a todo esto que nuestro padre
era rico, absolutamente rico. Nunca tenía un centavo en el
bolsillo. Cuando salía de casa para ir al barbero y a tomarse un
café, ya todos sabían que más tarde alguien pasaría a pagar la
cuenta. La ropa se la llevaban a la casa para que se la probara
y escogiera, igual con los zapatos. No tenía idea de lo que
costaban las cosas, bueno, no tenía motivo, para eso estaba su
Ministro de Finanzas.
El
único lujo que tenía era su predilección por libros en ediciones
originales, placer que se multiplicaba cuando los hallaba en
algún antiguo y recóndito local, con cuyo librero pronto
establecía amistad. Una que otra vez lo acompañé en estas
exploraciones pero no tuve la suerte de presenciar algún
descubrimiento. La emoción, sin embargo, la llegué a palpar
cuando me llevaba a conocer famosas bibliotecas y sobre todo una
en St. Gallen, Suiza, que visitamos en más de una ocasión y
donde para entrar había que quitarse los zapatos y hablar en voz
baja, para no perturbar la palabra impresa, me decía. Aun así,
su voz vibraba silenciosamente de entusiasmo mostrándome las
obras que iba encontrando, y al explicarme su belleza y
contenido. Quizás porque sentimos que algo de él había quedado
en los volúmenes que logró adquirir, no muchos por cierto, nos
ha sido imposible desprendernos de ellos, y todavía permanecen
bajo la celosa custodia de nuestra madre, por temor a donarlos
sin tener la seguridad de que serán preservados y aprovechados
como él habría querido. Sus otros textos de estudio y consulta
se encuentran, en su mayoría, en la Biblioteca del Instituto de
Filosofía, que lleva su nombre, en la Universidad Central de
Venezuela.
Su
compañera, hay que añadir, fue también su Ministro de Transporte
y de Relaciones Exteriores. El hombre que tanto admiraba la
ciencia y la técnica nunca pudo dominar el automóvil. Trató y
desistió rápidamente: el primer día que su instructor lo sacó a
dar una vuelta, para ser preciso. La verdad es que el
atemorizado instructor lo devolvió a casa al cabo de la media
hora, luego de que el profesor se había subido a una acera,
comido varios semáforos y de casi arrollar a un desprevenido
peatón. Mortificado de pensar en lo podría suceder en la próxima
lección, le dijo a papá “profesor usted es muy distraído, no
cree que por el bien de todos sería mejor que su esposa
aprendiera a manejar”. A este avispado personaje le debemos
mucho y mi madre, que entonces debió aprender a manejar, la
nueva cartera de Ministro de Transporte y eso que un discípulo,
con influencias políticas, obtuvo para él una licencia de
conducir, que lo autorizaba hasta para manejar camiones pesados.
Además de esa nueva responsabilidad, nuestra madre venía
desempeñando la de Relaciones Exteriores desde mucho antes. El
profesor no era un hombre social, le interesaban poco las
fiestas y las reuniones sociales y sólo atendía aquellas
invitaciones de amigos cercanos, las cuales disfrutaba
enormemente, en especial las tertulias musicales. Decía que uno
debe centrase en hacer una cosa bien y si se convertía en hombre
de sociedad, no podía dedicarse a la filosofía. Una conducta
nada fácil en el medio caraqueño, alegre y acogedor, pero más
pudo la filosofía. Eso sí, sin llegar a convertirlo en un
recluso, aislado de todos. Por casa llegaban con frecuencia
personalidades del mundo intelectual y sus discípulos, cuyas
visitas eran generalmente cortas y presumiblemente de consulta
sobre algún tema.
De
la rama española de la familia, poco llegamos a conocer y sólo
después de la muerte de Franco fue que la relación comenzó a
reconstruirse, hasta entonces preservada a través de una
correspondencia esporádica. Pero ya era demasiado tarde, de sus
dos hermanos y hermana menor sobrevivían dos. Su padre, Juan
Isidro García Barrancos, aragonés y su madre Martina Bacca
Benavides, castellana de Zamora, habían muerto cuando era
todavía muy joven. Calculo que tendría seis años cuando perdió a
su padre y 17 años al fallecimiento de su madre, no pudiendo
siquiera llegar al entierro impedido por los superiores de la
orden de los claretianos, que lo habían seleccionado –reclutado
me parece más preciso – a los 10 años de edad. “A partir de
1910, ya no veré en mi vida a mi familia “ escribió mi padre.
Hasta 1977, cuarenta años desde su salida de España, cuando
finalmente pudo retornar y encontrarse con dos hermanos vivos,
José Martín y Rosario, que poco después también desaparecerían
para siempre.
Durante casi 30 años tuvo otra familia, la congregación de los
claretianos o los Hijos del Corazón de María, como se la conocía
en la época que ingresa en esa orden religiosa. Lo que conocimos
de esa etapa de su vida está recogido en sus Confesiones,
obra que había escrito a los noventa años y había mantenido en
secreto, con instrucciones a mi madre de entregárnoslas después
de su muerte. Al anochecer de aquel día en que se fue a
verificar “Qué es Dios y Quién es Dios”, cuando sólo quedábamos
los hijos y nietos presentes, nuestra madre nos entregó el
manuscrito y de inmediato nos sentamos a su alrededor,
turnándonos para leer y enterarnos de episodios de su vida poco
conocidos por nosotros. Una experiencia inolvidable, que nos
hizo sentir que aún estaba presente, la herencia más hermosa que
pudimos haber recibido.
Bastante nos costó hacer pública las Confesiones, casi
ocho años. En el año 2000 fue finalmente editada por Anthropos y
por el Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico de la
Universidad Central de Venezuela, de manera conjunta para
recordar que había sido indiano, un español de las Indias, como
contaba que se había identificado ante la Reina Sofía, cuando
fue invitado a presentar la traducción directa del griego al
español de las obras completas de Platón, hacia quien sentía que
le debía mucho de lo que era. De hecho, el reconocimiento que
más atesoró fue ser Miembro de la Academia Platónica de Grecia.
En esta traducción tardó alrededor de cinco años, trabajando a
razón de dos páginas diarias, en forma disciplinada, que fue una
característica constante en su modo de trabajo y en su estilo de
vida.
Confesiones no fue el único legado que dejó. Había cuatro obras más;
Divertimentos y Migajas, editada por la familia y que pronto
aparecerá en la página web de la Fundación. Las otras son
Ficciones Científicas y Tres ensayos
literario-filosóficos sobre verdad, las cuales aspiramos
tener listas para este centenario de su nacimiento y que vendrán
a sumarse a Tres ejercicios literario-filosóficos Sobre
Filantropía y otro Sobre Realismo publicados
recientemente por Anthropos, conjuntamente con el gobierno y la
Universidad Pública de Navarra.
La
empresa editora del diario venezolano El Nacional, donde nuestro
padre escribía con frecuencia, próximamente también pondrá en
circulación una re-edición de Elementos de Filosofía y
lanzará la obra de ensayos sobre verdad. Todo esto se lo debemos
a las gestiones de uno de nuestros Consejeros en La Fundación,
el Dr. José Rafael Revenga, intelectual y exitoso hombre de
negocios, a quien igualmente tenemos que agradecer el empujón
que nos dio para crear la Fundación y llevar adelante proyectos
que rescataran la obra y pensamiento de nuestro padre, que entre
otras, comprenden el reciente congreso aniversario celebrado en
Quito y la dedicación de una sección del diario el Nacional a
nuestro padre, en ocasión de su natalicio.
Además de los trabajos mencionados, existe la obra titulada
Lecciones que da la física a la metafísica, la cual fue
regalada por el profesor a la Universidad Publica de Navarra. Lo
que me trae a otra faceta del hombre. Su generosidad de
espíritu, siempre dispuesto a extender la mano a quien la
necesitara. Uno de sus discípulos, intelectual venezolano de
gran mérito, publicó una experiencia que muestra ese lado del
filósofo. Relata y cito, “A este maestro yo le debo un
reconocimiento especial, pues en los días más amargos de mi
alcoholismo supo conducirme sabiamente; en el Instituto de
Filosofía, hacia la sobriedad necesaria como para escribir
algunos de mis mejores libros. Su presencia diaria junto a mi,
como tutor, consejero y amigo franco, que corregía mis
manuscritos severamente, me ayudó en días amargos a soportar la
sociedad en que vivo: una sociedad entre cuyos miembros hay una
especie de complicidad tácita para no ayudar a los condenados
del vino” y aquí dejo la cita. En otra ocasión, durante una
conferencia internacional de filosofía, se topó con un
participante alemán que había hecho suyo uno de sus numerosos
trabajos, pensando que el autor estaba muerto. El susto del
señor fue tal que casi desmaya y al reponerse presentó las
excusas del caso, que fueron aceptadas sin otra condición que se
comprometiera a ayudar a todo español republicano necesitado que
encontrara en su camino. Cuál fue el trabajo plagiado y quien lo
había hecho nunca lo reveló.
Y
no agrego más sobre el asunto, pues mi padre allá arriba ya debe
estar muy incomodo y furioso conmigo por lo que acabó de
relatar. Todo lo que he referido resultaría chocante a su
modesta naturaleza, que ha sido resaltada con frecuencia en
otras semblanzas más objetivas que la mía. Entre las que me
parece que mejor refleja esta cualidad es una que precisa que su
modestia “poseía el mínimum de vanidad indispensable para
preservar el orgullo bien entendido, sin degenerar en ningún
momento en las actitudes petulantes a las que son proclives
quienes se dedican, en lo esencial, al cultivo de las
actividades intelectuales”. Esto lo dijo alguien que lo conocía
muy bien y me abre una rendija para referirme de paso a su
vanidad, cuya máxima expresión fue su blanca cabellera, a la
cual aplicaba cuanto tinte caía en sus manos, en busca de la
poción que le diera a su cabello el colorido perfecto: gris de
zorro plateado. No lo obsesionaba la vestimenta pero siempre
salía bien trajeado y su destacado porte llevó a que unos
muchachitos, recién llegado a Quito, lo confundieran con un
diplomático inglés. Recuerdo suyo, el mío es verlo elegante,
portando unos guantes de cuero suave, usualmente cubriendo una
sola de sus manos, dentro del cual sostenía el otro.
Modesto pero no tanto. Tampoco era tan apacible como también lo
pintan. Ciertamente predominaba ese rasgo, pero cuando salía de
ese estado se hacia realidad el conocido proverbio; del agua
mansa líbreme Dios que de la brava me libro yo. Lo relevante, en
todo caso, es que su tranquilidad y humildad escondían “un
coraje moral a toda prueba, con el que sabía defender – con
máxima energía y entereza, cada vez que las circunstancias así
lo imponían, sus puntos de vista y sus firmes convicciones”,
como definió su modestia uno de sus discípulos.
Jamás regresó a España mientras Franco estuvo vivo. “Me había
jurado ante mi conciencia no ir a España mientras viviera Franco
y estuviera vigente el franquismo”, así lo escribió. En ese
largo auto-exilio o peregrinaje nunca pisó la embajada de su
país natal ni aceptó las invitaciones que le hacían para eventos
que tuvieran algo que ver con el régimen. Poco hablaba entre
nosotros de su tierra pero no dejaba duda de que era todo un
español, navarro y republicano. Terminada la Guerra Civil pasó a
ser ciudadano de la República en el exilio, como tal vivió y
trabajó hasta que se perdió la esperanza en la restauración de
la Segunda Republica y desapareció ese gobierno. Entonces y sólo
entonces, por necesidad y por afecto al país que lo había
acogido, adoptó la nacionalidad venezolana, que llevó hasta su
tumba, junto con la española.
Mi
padre no fue lo que se llama un activista político. Era un
espíritu demasiado independiente para aceptar disciplinas
ideológicas y grupales, de eso como que había tenido bastante en
sus años de claretiano. Había colaborado, estando aún en la
congregación y durante su estadía en París, con la sección de
propaganda de la Embajada Española Republicana y la única vez
que se metió en un movimiento político fue en su paso por
Barcelona, donde inocentemente se unió a la CNT para obtener un
carnet de identidad, sin el cual era materialmente imposible
asistir a las obras de teatro que se presentaban y realizaban
los actores afiliados a la CNT o la UGT. Esto me lo contaba
cuando yo había hecho alguna inocentada y no lo había tomado en
serio hasta que lo leí en sus Confesiones, donde menciona
el episodio en mayor detalle.
La
Venezuela que encontró a su llegada era un hervidero político,
dos años antes (1945) había tenido lugar una revolución y en el
momento de su arribo estaba al mando del gobierno Rómulo
Gallegos, uno de nuestros más grandes novelistas y primer
Presidente electo en unas elecciones verdaderamente libres y
democráticas. Algo de valor y de aventurero había en el filosofo
que lo hizo dejar el relativo plácido ambiente de México, para
irse a meter en un país atrasado, habitado por una población
esencialmente rural, analfabeta, diezmada por enfermedades
tropicales y en medio de un proceso de transformaciones
revolucionarias. El petróleo, que había sido descubierto casi
treinta años antes, poco había servido para mejorar el bienestar
de su pueblo y menos para educarlo. Existía una sola universidad
y allá fue a incorporase a la recién fundada Facultad de
Filosofía y Letras, atendiendo el llamado de Mariano Picón
Salas, otro ilustre intelectual y además político venezolano,
que curiosamente había nacido el mismo año que nuestro padre:
1901. A Venezuela llegó, por cierto, en compañía de Pepe
Bergamín, quizás su primer y más duradero amigo. El otro fue
Antonio Moles, también republicano y profesor de Derecho
Administrativo en la Universidad Central de Venezuela.
Difícil debió ser abstraerse de la agitación política que lo
rodeaba, pero lo logró, concentrándose en lo que había venido a
hacer. Para su buena suerte, pues al año tuvo lugar un golpe de
estado y Venezuela volvió a caer en otra dictadura que duraría
diez años, hasta 1958. En aquel tiempo y en adelante, se dedicó
a ayudar al país a través de la docencia, esforzándose en la
formación filosófica de estudiantes que con los años llegarían a
ser destacados profesores, investigadores, escritores y
políticos, cuya gratitud fue otro de los legados que nos dejó.
En una ocasión le pregunté por qué se había mantenido al margen
de la política y me respondió, palabras más palabras menos, que
ésta era responsabilidad de los nativos, que su deber era
contribuir a enseñarlos a pensar por cuenta propia. Al inquirir
si era comunista, me contestó con la misma respuesta que le
había dado a un agente de inmigración de Estados Unidos: “Lo
siento, no soy comunista”
Termino este aspecto de su vida contando un anécdota que se
ubica en la postrimería de la última dictadura venezolana,
escrita por uno de sus estudiantes y en la actualidad activo en
el medio político. Recuerdo –dice este discípulo- un día que
conversaba con él en el Instituto Pedagógico llegó la noticia de
que había disturbios callejeros. Alguien le sugirió al maestro
que no saliera como medida de precaución. No me aconseje eso
–respondió, irritado- por nada del mundo me privaría del
privilegió de ver a un pueblo haciendo su revolución. Volvía la
democracia a su país adoptivo, esta vez para quedarse largo. Le
quedaba la duda sobre el porvenir político de su tierra natal,
aún en 1981 se preguntaba “¿estamos viviendo los demócratas un
paréntesis de democracia dentro del cual hablar, gritar, pensar,
sentir, según nuestra gana y talante?
La
duda quedó despejada antes de su muerte, y pudo irse sabiendo
que en ambas patrias la democracia había echado raíces firmes y
que inclusive las naciones poderosas del mundo comenzaban a ver
que este sistema de gobierno mejor respondía a sus intereses de
largo plazo y cuyo desconocimiento le había dolido en extremo
cuando la España Nacionalista fue aceptada en las Naciones
Unidas, sellando el fin de la República.
Entre sus otras pasiones estaba la música. Aún medio sordo
disfrutaba intensamente las piezas clásicas y modernas,
usualmente en compañía de nuestra madre, siguiéndolas con el
movimiento de sus manos el compás del piano o leyendo las
partituras, que bien conocía. Su mayor afición, su único vicio
en realidad era el chocolate. Decía que el chocolate era el
mejor invento, tanto así, que si le regalaban una caja no la
compartía con nadie y si le pedíamos que nos diera uno, afirmaba
con una sonrisa picara que se los había terminado. Su pasión por
el chocolate es compartida por varios miembros de la familia,
especialmente por nuestra hermana Ana Rosa y su hijo Juan David.
Cuenta, que sabiendo que ambos (abuelo y nieto) eran capaces de
comerse en una sentada una caja entera de chocolates, ella los
escondía en diferentes sitios de la casa y siempre en lugares
altos para que Juan David pequeño no los pudiera encontrar. Una
tarde el nieto se acercó al abuelo y le contó que había
encontrado el escondite de los chocolates, pero que necesitaba
su ayuda porque no alcanzaba. Por supuesto, el abuelo se prestó
a bajarle la caja. Mi hermana los encontró, al final de la
tarde, a los dos sentados sobre su cama, rodeados de envoltorios
de chocolate. La caja estaba vacía, naturalmente.
Lo
que me trae finalmente a uno de los aspectos que más extraño del
hombre. Su fino sentido del humor. Anécdotas abundan pero me
limitare a relatar una sola, contada por el actual presidente de
la Fundación Juan David García Bacca, donde encontrarán
semblanzas más objetivas que la mía y en cuya pagina web
www.garciabacca.com, recientemente creada planeamos poner
todo lo que tenemos sobre nuestro padre, inclusive las obras que
están fuera de circulación y que podrán bajarse libremente.
El
episodio es el siguiente y con esto concluyo, agradeciéndoles de
antemano la atención que me han brindado. Atascado nuestro
presidente en su obra primeriza, en el capitulo sobre la
refutación kantiana de las pruebas de la existencia de Dios, le
confesó a su maestro que cada vez que el complejo tema le
atrapaba en su telaraña y la “pluma” se secaba, ingería un
escocés (un trago, por supuesto) y mágicamente regresaba la luz
a su intelecto. Mi padre no lo olvidó y poco tiempo después se
apreció con una botella king size de whisky,
diciéndole “Como bien sé que muy lejos está de Dios la idea de
colaborar con usted para refutar su existencia, tenga usted este
combustible para que su motor de combustión interna lo saque del
foso cada vez que se atasque”.
Francisco García
Palacios
Fundación Juan David
García Bacca
[Fuente: Carlos Beorlegui, Cristina de la
Cruz y Roberto Aretxaga, Editores. El pensamiento de Juan
David García Bacca, una filosofía para nuestro tiempo (Actas
del Congreso Internacional de Filosofía: Centenario del
nacimiento de Juan David García Bacca). Bilbao: Universidad de
Deusto, 2002.]
© José Luis Gómez-Martínez
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