Concepto de persona
del discurso identitario mestizo

La novela indigenista es producto de y para un grupo determinado, el grupo que articula el discurso mestizo y replantea los conceptos contextuales de margen y centro.  A la vez, este grupo redefine y rearticula el centro y el margen, apropiándose del primero.  Desplaza de esta manera al grupo anteriormente dominante, el europeo, presentándose distinto de éste, aparentemente manifestando las virtudes que el otro carece.  De acuerdo con esto, el modelo que propone es el propio, diseñado a su imagen y semejanza.  En este sentido es necesario destacar que el discurso mestizo presenta un marcado contraste en cuanto a la imagen que brinda de los indios y de los “malhechores sociales” y el modelo que asocia con su propia construcción cultural.

Tanto los indios, como sucede con Andrés Chiliquinga, en Huasipungo, Pablo Tixi, en Huairapamushcas, los Condori, en Altiplano, o Agiali, en Raza de bronce, como los “malhechores sociales,” representantes de la “trinidad opresora,” como el sindicalista Rodas Plata/Robas Plata, en Llalliypacha, Don Braulio, en “Agua,”, el sacerdote Peñas, en Índole, o el comisario Baldazani, en El tungsteno, para mencionar algunos, son estereotipos.  Es decir, representan al grupo entero, como masa carente de individualidad y, por ende, de humanidad.  Esta imagen contrasta con el modelo que el discurso mestizo propone para sí que es, en realidad, un prototipo, una muestra en pequeño de un proyecto ideológico-cultural definido.  Este modelo posee diversos rasgos que formulan su propuesta y tienen que ver con las áreas que, según el discurso mestizo, necesitan atención y para las que se presenta como la respuesta por excelencia.

Un punto fundamental es que dicho concepto se refiere a tres áreas interrelacionadas y complementarias: la personal, la cultural y la agencial.  Se manifiesta de diversas maneras y se evidencia a través de un prototipo de individuo claramente definido y caracterizado, como en los casos de Margarita y Manuel, o Lucía y Fernando Marín, en Aves sin nido, o Ernesto, en Los ríos profundos, o Carlos Orozco, en Cumandá.  Son éstos modelos, ideales del concepto que articula el discurso mestizo.  Dicho concepto también se envisiona a través del contraste, de la diferencia y negación en relación al opresor y el oprimido.  En este sentido, tanto Raza de bronce como Huasipungo constituyen ejemplos sobresalientes puesto que condenan abiertamente tanto a los “malhechores sociales” como a los indios.  En ningún caso poseen cualidades que los rediman siquiera mínimamente.

El concepto de persona articulado en el discurso mestizo también se expresa a través de la materialización de dicho prototipo, sin que por esto pueda efectivamente materializarse en un individuo perfecto, sino que presenta falencias.  Se establece de esta manera la diferencia entre el proyecto cultural propuesto y su materialización (y funcionamiento) dentro de dicho contexto.  Tanto el “Minero” de la trilogía de Lara —formada por Yawarnínchij, Sinchikay y Llalliypacha — como Bismark Ruiz, el abogado que intenta defender los derechos del ayllu, en El mundo es ancho y ajeno mueren, fracasan, lo que conviene en destacar la distancia existente entre el prototipo propuesto y la realidad.  Aun cuando son vencidos, personifican el concepto propuesto en el discurso mestizo.

Uno de los aspectos más significativos en cuanto a esto está dado por el concepto de persona, tanto en sentido psico-físico como ético, con el cual los autores que plantean el discurso mestizo se identifican y proponen para su contexto.  De la misma manera que la narrativa indigenista señala a su discurso como el aceptado/ble, asimismo presenta el concepto humano que debe imponerse.  La narrativa indigenista, señala repetidamente a este modelo.  Dicho concepto se refiere a sus características físicas, psicológicas, religiosas y espirituales.  Aun cuando el concepto personal es semejante en lo que toca a ambos sexos, es necesario destacar desde un comienzo que en lo que toca a los roles asignados para cada género, así como el concepto mismo de cultura, presenta marcadas divisiones.

Con esto en mente, es posible sugerir que la igualdad que expresa el concepto de persona está directamente relacionada con el aspecto evolutivo-reproductivo.  Este concepto se puede entender a la luz de la idea de la supervivencia del más apto —en este caso, el “más apropiado,” según el discurso dominante.  En otras palabras, de la aleación de los elementos físicos, emocionales y espirituales considerados elevados y superiores, resultarán generaciones que incorporen y manifiesten las mejores y más puras características deseadas.  Todos estos son rasgos significativos, en tanto dan cuenta de la posición que asume el discurso mestizo, alejándose de los otros conceptos de persona que forman su contexto.  En este sentido, uno de los aspectos más importantes está dado por el hecho de que dicho concepto ideológico-cultural se destaca de aquéllos que lo rodean; rasgo que se hace evidente en el concepto de persona que articula la novela indigenista.  Es posible identificar una pluralidad de modelos o prototipos que encarnan el concepto que propone el discurso mestizo para sí: Margarita Yupanqui y Manuel Pancorbo, los esposos Lucía y Fernando Marín de Aves sin nido, Eulalia López y Antonio, su esposo, de Índole, Cumandá/Julia y Carlos Orozco, de Cumandá, Ernesto, de Los ríos profundos, son sólo algunos ejemplos.

Si bien este concepto no se aleja de la cuestión racial por completo ya que su modelo es el renacentista/clásico/europeo/dominante, tampoco la plantea como el centro de la cuestión.  Aun cuando es posible asociar al prototipo que presenta el discurso mestizo con una tonalidad clara de piel —punto que especialmente en Iberoamérica y en particular en la zona de Ecuador, Bolivia y Perú, junto a los rasgos faciales, es índice del origen étnico-económico y, consecuentemente de la “casta” de la persona—, no es éste un factor excluyente.  En realidad, el concepto articulado en la narrativa indigenista apunta a lo que hace a la persona, a los aspectos individuales; es decir, lo físico, emocional y ético-moral; no a lo étnico-racial.

 

Características físicas

Tanto el indio como el blanco presentan un marcado contraste con el concepto físico articulado en la narrativa indigenista para sus representantes.  El indio es un individuo (y un grupo) oprimido.  Esto se manifiesta no sólo en sentido económico, agencial, cultural y social, sino también en su persona —en lo que hace a lo físico, intelectual, emocional, ético.  Es decir, está lisiado, mutilado como persona, deshumanizado; es una piltrafa humana.  Las novelas indigenistas abundan en ejemplos y posiblemente la descripción del trato y cuidado de los niños, en Huasipungo, junto con la de Juan Condori, de “El descastado” de Botelho Gosálvez, constituyen, dado su diálogo, excelentes ejemplos al respecto.

Las características físicas e intelectuales de Juan Condori, que pueden ser las de Marcela Yupanqui, en Aves, o Choquehuanka, en Raza de bronce, o cualquiera de los comuneros de las novelas de Lara, tienen su explicación en los cuidados de la infancia.  Aun cuando en cierto sentido esto tiene que ver con el aspecto económico, el punto en cuestión es la comida fermentada, el abandono de los niños, ente orines y heces, el trato de dolencias y su resultante en el desarrollo físico e intelectual de los niños y, por extensión, de los indios adultos.  Los niños de Huasipungo reciben el mismo cuidado que tradicionalmente han recibido sus padres, es decir, ninguno.  En realidad, estos cuidados están limitados a lo que signifique la supervivencia y preservación básica de la persona, como expresan las instrucciones de las indias, “‘Darás al guagua la mazamorra cuando se ponga a gritar nomás. . . Cuidarás de que no ruede al hueco . . . Quitarás si come tierra, si se mete la caca a la boca . . . ’” (Icaza, Huasipungo 92, 91).   Es más, quienes están a cargo del cuidado de los bebés son “los grandullones,” niños de “tres o cuatro años” (Icaza, Huasipungo 92).

El desarrollo y salud de estos niños son deficientes, como es de suponer dada la pobreza nutricional de su dieta, consistente en “mazamorra guardada, las papas y los ollocos fríos” y de las condiciones en que subsisten (salubridad, cuidado médico, abrigo, vivienda) (Icaza, Huasipungo 93).  El resultado de esto no sólo son cólicos, que se intentan detener con “la momificación,” como Icaza apropiadamente describe a la costumbre de fajar a los niños en la zona del Altiplano, sino también en desarrollo físico e intelectual atrofiado (Huasipungo 93).  Tal como comenta el mayordomo de la hacienda, “Ni uno robusto.  Toditos un adefesio” (Icaza, Huasipungo 93).

Siendo los primeros cuidados de este tipo, no es de extrañar que en estos niños “toda expresión de alegría o de burla tropezaba en ellos con el temblor de un calofrío palúdico, o con la languidez de una vieja anemia o con el ardor de unos ojos lagañosos, o con la comezón de una sarna incurable” (Icaza, Huasipungo 93-49, énfasis mío).  Este niño se transforma en un individuo como Juan Condori, con “los ojos asustados y saltones como los de un vultúrido [resultado del botulismo y el bocio, entre otras cosas], bajo sus pestañas tiesas y cortas [por la suciedad, lagañas e infecciones]” (Botelho, “Descastado” 25).  Agiali, el personaje que Alcides Arguedas presenta en Raza de bronce, ofrece un marcado contraste con Condori, quien está descripto con características animales.  De acuerdo con la novela, Agiali “era un mozo alto, ancho de espaldas y de vigoroso cuello.  Tenía expresión inteligente y era gallarda la actitud de su cuerpo” (Arguedas, A., Raza 9).  Arguedas lo presenta, físicamente, como a un Apolo indio, muy semejante a Caupolicán, en La araucana: hermoso, sano y fuerte, rasgo que contrasta marcadamente con la (cruda) descripción que ofrece Icaza en Huasipungo, más cercana a la realidad del contexto al que se refiere.

Con todo esto en mente, es de destacar la fibra física, la resistencia ante el duro trabajo, así como la fortaleza (y supervivencia) frente a diversas enfermedades, que demuestra el indio en las novelas.  A pesar de la dieta deficiente, el exceso de trabajo, la falta de descanso y esparcimiento y las condiciones de vida (vivienda, salud, vestido), el indio demuestra una resistencia física sorprendente.  El tratamiento que Andrés Chiliquinga recibe tras su accidente es un muy buen ejemplo.  A pesar de la infección en el pie, que “al ser desenvuelto despidió un olor a carroña” y la cura de cocimientos, Andrés “cojo nomás ha de quedar” pero sobrevive (Icaza, Huasipungo 111, 115).  Chiliquinga no cuestiona el juicio del curandero, quien diagnostica a Andrés y la infección como “Brujiadu parece.  Brujiadu es” (Icaza, Huasipungo 112), tampoco la pericia del curandero (ni siquiera imagina que lo pudiera atender un médico, reservado a los patrones), simplemente se somete a los ritos del curandero; tampoco se cuestiona que su convalecencia implique trabajo de chacracama, teniendo que “pasar el día y la noche cuidando la sementera grande.  Es cosa que hacen los longos de ocho años” (Icaza, Huasipungo 116).

Los representantes de la “trinidad opresora” proyectan también características que no son las deseadas y/o apropiadas de acuerdo con la propuesta del discurso mestizo.  En este sentido, quizás el mejor ejemplo lo ofrece Aves sin nido, al introducir simultáneamente al sacerdote Pascual Vargas y don Sebastián Pancorbo, ambos representantes de la “trinidad opresora.”  Matto presenta al sacerdote Pascual Vargas como un individuo reprensible y repulsivo en todo aspecto.  Sus características físicas, “estatura pequeña, cabeza chata, color oscuro, nariz gruesa de ventanillas pronunciadamente abiertas, labios gruesos, ojos pardos y diminutos,” claramente indican que este modelo de persona no es el considerado ideal según el discurso mestizo (Matto, Aves 47).

Es más, la corriente naturalista evidente en la obra de Matto se manifiesta patentemente en lo que hace al sacerdote repulsivo pues la autora establece relación directa entre las desagradables características físicas del cura y su conducta y moral igualmente reprensibles en su discurso.  Hace esto al comentar que “para un observador fisiológico el conjunto del cura Pascual podía definirse por un nido de serpientes lujuriosas, prontas a despertar al menor ruido causado por la voz de una mujer” (Matto, Aves 46, énfasis mío).  Don Sebastián, al igual que el comisario Baldazani, en El tungsteno, o el latifundista Pereira, en Huasipungo, o cualquiera de los abundantes ejemplos que ofrece la novela indigenista no hace sino reforzar el contraste que tanto los indios como los blancos presentan ante el concepto de persona que los autores indigenistas articulan para sí y para su grupo.  Don Sebastián es un “hombre [que] no tiene un átomo de nitroglicerina en su sangre: parece formado para la paz, pero su debilidad genial lo pone con frecuencia en escenas ridículas que explotan sus comensales” (Matto, Aves 47).

El prototipo que propone el discurso mestizo es un individuo de salud ejemplar, a quien no aquejan dolencias y enfermedades comunes; a quien aún las inclemencias del tiempo o del lugar, como el apunamiento/soroche, sólo afectan levemente.  Los Marín llevan elixir de coca, en su travesía en el tren de la sierra, solamente para “precaverse del mareo y el soroche,” no porque sean éstas molestias que los afecten (Matto, Aves 189, énfasis mío).  Al contrario, su preocupación se refiere al tedio del viaje, puesto que “el tren sin lectura es un tormento” (Matto, Aves 189).  Según los parámetros del momento —finales del siglo XIX y principios del siglo XX, en que la robustez se equiparaba con buena salud y en que la estatura promedio era inferior a la actual—, el modelo indicado es de estatura promedio y rozagante, rollizo; un ejemplo de salud.  Sus proporciones corporales son perfectas de manera tal que, lejos de ser el centro de atención u objeto de burlas por su físico, éste lo hace ejemplar.  Es más, no tiene defectos congénitos, sean estos físicos o intelectuales, ni está lisiado de manera alguna.  Quizás el mejor ejemplo lo ofrece Manuel Pancorbo, quien es en todo sentido, un joven atractivo, siendo “de estatura competente, es decir, ni alto ni bajo, de semblante dulce y voz cuyo timbre sonoro le atraía las simpatías de sus oyentes” (Matto, Aves 76).

Su fisonomía apunta a un modelo definido que armoniza con el discurso dominante y que expresa belleza, armonía y equilibrio.  El prototipo que ofrece el discurso mestizo es, de acuerdo con sus propios parámetros, un Apolo, un David, una Venus; modelos por excelencia del ideal físico renacentista clásico, heredado, a su vez del canon cultural greco-romano.  Margarita y Lucía Marín, de Aves sin nido y Herencia encarnan claramente a este ideal de belleza física: son modelos de salud y gracia.  Su fisonomía, su cuerpo, el total de su persona así lo manifiesta.  Tanto Aves sin nido como Herencia presentan a ambas mujeres; destacando en Margarita la perfección de su cuerpo, que

era portento de belleza y de vivacidad, que desde el primer momento preocupó a Lucía, haciendo nacer en ella la curiosidad de conocer de cerca al padre, pues su belleza era el trasunto de esa mezcla del español y la peruana, que ha producido hermosuras notables en el país. (Matto, Aves 54)

Margarita refleja “la esbelta sujeción que determina las curvas suavizando las líneas y presentando las formas aristocráticas de la mujer nacida para ser codiciada por el hombre de gusto delicado” (Matto, Herencia 33).  De Lucía Marín, por su parte, señala que “su tez tenía la blancura de la azucena, que, lejos de revelar la pobreza de la sangre por la ausencia de glóbulos rojos, sólo denuncia la existencia de una vida vivida en la sombra [del recogimiento modesto del hogar] o bajo el influjo de la tristeza [que causa la opresión de los desamparados] (Matto, Herencia 34).  Se plantea de esta manera la escala de valores y el concepto de “belleza” —que, por extensión, es aplicable a lo aceptable, deseable y canónico en otras disciplinas artísticas— que prevalecía en dicho contexto a finales del siglo XIX y principios del siglo XX.  Es decir, este concepto físico refleja el modelo importado e impuesto por el discurso europeo.  Es éste, paradójicamente, el mismo modelo que el discurso mestizo pretendía cuestionar dado su carácter opresor.

 

Características psicológicas y emocionales

De la misma manera que en lo físico el indio y el “malhechor social” no se ajustan a los parámetros que propone el discurso mestizo para sí, lo mismo sucede en lo que hace a otros rasgos de la persona; a saber, lo psicológico y lo emocional.  Los autores indigenistas presentan tanto al indio como al blanco como a un lisiado, un mutilado en sentido psicológico-emocional, un ser que se relaciona con los demás disfuncionalmente; es decir, a través de la fuerza y el abuso físico y emocional.  Es más, no sólo no sabe relacionarse de otra manera sino que desconoce, ignora su propia invalidez emocional.  En Raza de bronce, la paliza que Agiali le propina a Wata Wara es un claro ejemplo al respecto.  Al regresar de la comisión fuera del fundo, Agiali se entera que su novia le ha desobedecido y ha ido a la hacienda, según lo ordenado por el capataz, con quien ha tenido relaciones (forzadas).  La ira y frustración de Agiali se orientan, según sus palabras, no hacia su novia, sino hacia el capataz y las acciones abusivas de éste, a quien “si pudiera, le comería el corazón,” afirma el joven (Arguedas, A., Raza 131).  Sin embargo, es a Wata Wara, no a su violador, a quien Agiali enfrenta y castiga.  Es más, Wata Wara no concibe el comportamiento de su novio como ilógico, o abusivo, sino que para ella, “sus golpes, pocos y casi leves [¿realmente pocos y leves, considerando la situación, la frustración y la fuerza de Agiali?], revelaban su amor y su bondad” (Arguedas, A., Raza 130, énfasis mío).

El blanco, por su parte, no refleja mayor estabilidad ni madurez emocional, sino que al igual que el indio es un eunuco emocional; es un ser egoísta y mezquino, centrado en sus propias necesidades, deseos y placeres, ignorante de los sentimientos de los demás.  La violación grupal de Wata Wara, en Raza de bronce, que resulta en la muerte de la joven y de su niño no-nato, momentáneamente genera en los violadores un “terrible remordimiento por haber cedido a sus impulsos;” sentimiento que rápidamente desaparece al estar “dispuestos a zafar del conflicto echando todo el peso de su culpa sobre su anfitrión si se veían envueltos en alguna demanda criminal” (Arguedas, A., Raza 319).  Los blancos actúan irreflexiva y bestialmente, ruinmente.  Están interesados exclusivamente en sus propios asuntos.  Es más, no ven a los indios como personas, sino como instrumentos para su bienestar.  Quizás uno de los rasgos más significativos al respecto está dado por el aspecto sensorial de su aprehensión del indio: a cualquier “estímulo” (a sus sentidos), el blanco reacciona, no reflexiona ni demuestra dominio de sus acciones y/o necesidades fisiológicas.

Don Gabriel Quintana, casado con la heredera de la estancia de don Manuel, en Huairapamushcas, es impermeable en relación a quienes lo rodean.  No los percibe como personas, sino como animales, objetos a su servicio, rasgo que asimismo reflejan las características psicológicas de Gabriel, de las cuales éste no es consciente.  Cuando, a pesar de su repulsión física hacia “la longa Juana,” por ser “patrón grande su mercé” decide forzarla sexualmente, así lo hace.  Desde su punto de vista, tal como lo presenta el narrador, “la longa Juana” no existe como persona, sino que es propiedad de don Gabriel; “es longa de mis tierras.  Mía como las vacas, como los perros, como los galpones, como las cercas, como las piedras, como los árboles, como el río, como la vida y la muerte de los indios” (Icaza, Huairapamushcas 31-32).  Tanto la muchacha como el latifundista perciben dicha dinámica abusiva como expresión de la relación, sin cuestionar los sentimientos propios ni los del otro, expresando de esta manera que la única forma de relación existente, conocida y posible para sí es la fuerza, la reacción brutal a un estímulo determinado.

La armonía física del prototipo propuesto por el discurso mestizo se duplica en sus características psicológicas y emocionales.  Lejos de considerarse víctima, asumir situaciones y eventos como afrentas personales, o tener resentimientos, el prototipo del discurso mestizo es —según los parámetros de la sociedad occidental— una persona psicológicamente estable y madura, sin traumas ni psicosis evidentes.  No guarda rencor ni busca venganzas, sino que afronta las situaciones de la mejor manera posible, con mesura, estabilidad emocional y madurez psicológica.

En este sentido, Margarita, de Aves sin nido, es uno de los mejores ejemplos.  A pesar de que la niña podría guardar rencor hacia don Sebastián Pancorbo, no lo hace.  Don Sebastián, junto con el sacerdote y el teniente político, fue causante de la muerte de los padres de Margarita, de su orfandad.  Sin embargo, la felicidad y estabilidad emocional y psicológica de Margarita no se ve turbada más que ligeramente en momentos precisos.  Para la muchacha, los sucesos de Kíllac, especialmente los relacionados con Manuel, “levantaban con frecuencia oleajes de dolor quebrándose en la orilla” (Matto, Herencia 95, énfasis mío).  Es más, aún cuando don Sebastián visita a los Marín, para solicitar su asistencia política en cuanto al puesto que se le disputa en Kíllac, Fernando Marín, si bien sorprendido ante la visita de quien intentó asesinarlo, lo recibe amablemente, dejando de lado todo tipo de rencores, reproches y venganzas.

 

Características morales y religiosas

Aun cuando los ejemplos antes mencionados en cuanto a la condición física de los indios y los blancos expresan las características morales y religiosas de unos y otros, quizás es en relación a la Iglesia Católica y sus representantes que este punto se evidencia con mayor fuerza.  Si bien la denuncia más descarnada de la novela indigenista se refiere generalmente a los clérigos corruptos y amorales, los indios, por su parte, tampoco están libres de censura.  Sus acciones señalan a individuos que practican ritos impuestos históricamente, que no reflexionan ante las ideas, los conceptos, los motivos, ni ante las implicaciones de sus actos.  Simplemente actúan, divorciando la acción de los valores ético-religiosos aceptados e impuestos de modo generalizado en la sociedad occidental cristiana.

El sacerdote de Huasipungo, quien comercia un lugar en el cielo  —el precio y la ubicación de la sepultura para “la Cunshi,” la esposa de Andrés Chiliquinga—, es quizás el ejemplo por excelencia.  La falta de valores éticos y la insignificancia que los mandatos bíblicos y religiosos tienen para uno y otro se hace patente en este caso.  Por un lado, el sacerdote no duda ni escatima esfuerzos en conseguir beneficio material.  Por el otro, Andrés no considera el abigeato como un acto inmoral o siquiera un pecado de acuerdo con las enseñanzas cristianas.  Chiliquinga no sólo ignora las nociones básicas de las Sagradas Escrituras (y tiene fe ciega en las palabras del sacerdote), sino que su preocupación pasa por no ser inculpado del delito, por eso “Iría al pueblo del otro lado del cerro, donde no le conoce nadie.  Esperó la noche y arreando a la vaca avanzó camino abajo” (Icaza, Huasipungo 227).

Si bien la situación de Andrés es indignante desde un punto de vista humano, el hecho de que ni siquiera dude de que el robo sea la solución, o considere otro camino es el asunto en cuestión.  Uno y otro actúan para satisfacer sus propios intereses y necesidades, sin considerar valores éticos.  De manera semejante sucede con el “cura Pascual,”  de Aves sin nido, quien indica a doña Lucía que el pago monetario del servicio de mitani y de la deuda de los Yupanqui no es negociable, sino parte integral de las costumbres establecidas en Kíllac según la cultura blanca.  El cura Pascual comenta que el “puro amor, ternura y esperanza” que argumenta doña Lucía “son tonterías bonitas, pero, en el hecho, ¡válgame Dios! ¿quién vive sin rentas?” (Matto, Aves 47).  La transacción, significativamente, no tiene que ver solamente con el aspecto económico de la cuestión, sino que la novela destaca la índole moral de los “malhechores sociales:” su lujuria, avaricia, abuso del poder.  “Las frases cortas cambiadas entre ellos [doña Lucía, el cura Pascual y don Sebastián] habían puesto en transparencia el fondo moral de aquellos hombres, de quienes [doña Lucía] nada debía esperar, y sí temerlo todo” (Matto, Aves  48).  Es necesario señalar que ni Andrés Chiliquinga ni Marcela Yupanqui, al igual que Pablo Tixi, en Huairapamushcas, o tantos otros indios, cuestionan de modo alguno los valores de los “malhechores sociales,” sino que únicamente piden una cierta clemencia, o requieren asistencia de quienes tienen voz, expresado de esta manera que la falta de ética y de valores religiosos no se limita a los blancos, sino se manifiesta también en los indios.

En contraste, en el campo religioso el prototipo representativo del discurso mestizo es creyente y devoto; es también un modelo de virtudes cristianas, que incorpora y refleja en sus acciones especialmente las virtudes cardinales de la doctrina de la Iglesia Católica.  Su guía y modelo en este sentido no son los líderes religiosos, a quienes juzga (y condena) por sus prácticas farisaicas, como lo ejemplifica el sacerdote de Huasipungo, sino las enseñanzas de las Sagradas Escrituras junto con las doctrinas de las Iglesia Católica.  La combinación de estos dos aspectos es fundamental, pues sienta las bases a la vez que respalda el cuestionamiento recurrente en la literatura indigenita en cuanto a los líderes religiosos corruptos, una de las partes de la trinidad opresora, y sus prácticas abusivas.

Doña Eulalia, en Índole, es uno de estos modelos de devoción cristiana.  Su fe y ardor religiosos, la fuerza de sus creencias, la necesidad inherente de tener una relación estrecha con su Dios, de cumplir con los mandatos bíblicos y las doctrinas religiosas inculcadas desde su infancia son tales que hace de la devoción un hábito diario, necesario para su salud y bienestar, semejante a su aseo personal.  No es éste un comportamiento rutinario, sino puro, en el que “su alma parecía transportada toda ella a los ojos y entregada a Dios en el rayo de sus pupilas” (Matto, Índole 59).  Finalmente y ante la presión social impuesta por el sacerdote Peñas en forma de consejo eclesiástico, opta por desagradar a su esposo, rompiendo una promesa hecha a éste, para cumplir con sus deberes religiosos.

Aunque la moralidad y honestidad del prototipo propuesto en el discurso mestizo son superlativas, con ellas se mide el comportamiento de los demás.  Los valores éticos se asocian con su postura son los más elevados según los parámetros occidentales judeo-cristianos.  Es decir, son los de verdad, justicia, equidad, bondad, caridad, tolerancia, humildad, castidad, mesura, honestidad.  Todo esto hace que el modelo propuesto en la narrativa indigenista se destaque y distinga de aquéllos que, dentro de su contexto y según su discurso, no manifiestan tales características, es decir, tanto los indios como los blancos.  Esto se hace evidente, por ejemplo, en el contraste entre la práctica de los “malhechores sociales” y la conducta de los Marín en cuanto al soborno requerido de Isidro Champí, el campanero preso de Aves sin nido.  Martina, la esposa de Champí, le refiere a Isidro que don Fernando Marín los ayudará y destaca que “ni siquiera me ha preguntado si tenemos ovejas” para retribuirle la asistencia, contrastando con esto lo que habían hecho los blancos anteriormente (Matto, Aves 173).  El modelo del discurso mestizo, modelo deseado/able para su nación, se presenta como centro que impone su concepto de persona, su concepto de cultura y su concepto de agencia.  De acuerdo con su propio discurso, el modelo del mestizo es perfecto en todo sentido.

Las cualidades superlativas del modelo propuesto se hacen también evidentes en lo que toca a los roles de género y clase/casta, estableciendo una vez más la estrecha interrelación existente entre los distintos aspectos que forjan la propuesta del discurso indigenista.  Según el discurso mestizo, su prototipo, cualquiera que sea su género sexual, se adhiere al esquema patriarcal-falocéntrico que establece roles de dominación y sumisión para el género masculino y femenino, respectivamente.  Si bien de acuerdo con esta dinámica relacional, al género masculino se le asigna una posición dominante y protagónica y al femenino una de sumisión, ambos comparten las mismas características; es decir, son individuos con semejantes cualidades (físicas y espirituales) y en igualdad de condiciones socio-culturales.  Es más, no se cuestionan de modo alguno los roles (auto)impuestos.  El cuestionamiento (en cuanto a roles, derechos y obligaciones) se refiere exclusivamente a los otros grupos que forman parte de su contexto, no al propio.

A los aspectos antes mencionados se le añade otro, fundamental en cuanto al concepto planteado por el discurso mestizo para sí: su juventud.  Al decir de Bolívar, “un pequeño género humano [. . .], nuevo en casi todas la artes y ciencias, aunque en cierto modo viejo en los usos de la sociedad civil” (Bolívar, énfasis mío).  Aquéllos que encarnan el ideal propuesto por la novela indigenista son personas jóvenes, en la plenitud de su desarrollo; personas que si bien tienen conciencia de sí, también tienen muchos años por delante.  Se destaca así la frescura y pureza del concepto propuesto por el discurso mestizo.  Su juventud y pureza implica ausencia de todo aquello que puede relacionarse y/o identificarse con una conducta opresora, es decir, la injusticia, el abuso, las condiciones infrahumanas de subsistencia, etc.  Con este concepto de persona se propone como redentor de los indios/oprimidos, a la vez que articula su propio discurso.  De la misma manera en que el concepto de persona desarrollado en la novela indigenista encarna un ideal perfecto, los conceptos cultural y agencial sitúan al prototipo mencionado por encima de los otros grupos de su contexto, presentándolo como el modelo que deba imponerse a nivel contextual.

En relación al concepto de lo personal propuesto en la novela indigenista es de especial interés el diálogo que establece con el ensayo “La civilización,” de Juan León Mera.  En este ensayo Mera se aproxima a los tres rasgos conceptuales que nos interesan, el personal, el cultural y el agencial, en relación a dos grupos, el blanco, al que juzga decadente, en contraposición con el modelo que propone.  Significativamente, su reflexión tiene como base el aspecto exterior de la persona, tanto en lo que hace al físico como la vestimenta.  La vacuidad y decadencia que manifiesta el modelo considerado civilizado, se contrasta cáusticamente con lo que propone el autor: un concepto de persona (íntegra e integral), cuyo exterior refleja su interior.  El concepto de persona que plantea el artículo dialoga con el de la novela indigenista en tanto se refiere a valores elevados (según dicho discurso).  Son sus valores y parámetros físicos, culturales, ideológicos los que estima aceptables y válidos dentro de su proyecto (nacional) y los que, según Mera, deben imponerse e imitarse.

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  • Mera, Juan León. “La civilización.Tijeretazos y plumadas. Artículos humorísticos. Precedidos por una carta-prólogo de don José de Alcalá Galiano, Conde de Torrijos. Madrid: Est. Tip. de Ricardo Fé, 1903. 141-54.

  • ---. Cumandá o un drama entre salvajes. Quito: Editorial Don Bosco, 1965.

  • ---. “Los malhechores sociales.Tijeretazos y plumadas. Artículos humorísticos. Precedidos por una carta-prólogo de don José de Alcalá Galiano, Conde de Torrijos. Madrid: Est. Tip. de Ricardo Fé, 1903. 201-12.

  • La Santa Biblia. Antiguo y Nuevo Testamento. Antigua versión de Casiodoro de Reina (1569). Revisada por Cipriano de Valera (1602). Otras revisiones: 1862, 1909 y 1960. Revisión de 1960. Con referencias. Nueva York: Sociedad Bíblica Americana, 1964.

  • Vallejo, César. El tungsteno. Lima: Ediciones Culturales Marfil, 1989.

 

© Marina Herbst,
El concepto de identidad iberoamericana como elemento posibilitador del discurso indigenista. 2003.