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El
texto y la estructura |
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| El texto que sigue, aun cuando tiene unidad independiente, es parte de una reflexión teórica más amplia y sistemática, “El discurso antrópico y su hermenéutica”. |
El texto y la estructura de la comunicación Para un marco filosófico El lenguaje del escritor, como el de cualquier artista, surge siempre en tensión en el seno de una lengua; es decir, de una estructura externa convencional de signos que lo aprisiona, que en cierto modo lo determina, pero a la que también supera y modifica por el solo hecho de contextualizar en ella una práctica creadora. Todo acto de escribir supone, además, un proceso de codificación de un pensamiento: se trata de expresar, exteriorizar, pronunciar una idea a través de un sistema externo de signos, aun cuando convencional y por ello dinámico, es decir, en constante transformación. Pero sucede que dichos signos, en sí mismos, a su vez, son incapaces de significar en el sentido de la estructura que los hace posibles, cuando ésta se enjuicia desde un centro sistema de codificación externo a ella. La exterioridad fuerza, resalta, coloca el énfasis en la diferencia que crea el nuevo procedimiento codificador. Como la "diferencia" no satisface nuestro deseo de significar, de atrapar desde el discurso de la modernidad lo que suponemos sentido unívoco de la idea, posponemos su pronunciación, pero con ello sólo iniciamos un proceso (teóricamente indefinido) de diferir el acto de significar en una cadena interminable. Tal es la deconstrucción posmoderna del discurso narrativo de la modernidad: Cada significante, se dice, parece ser a la vez significado de otro significante en una sucesión repetitiva/circular que se convierte en un fin en sí misma y que nos impide/pospone el llegar al significante original, con lo que la búsqueda se convierte en un juego intelectual, eso sí, dialógico, pero que se niega a sí mismo valor cognoscitivo. Nuestra experiencia, sin embargo, atestigua la existencia del diálogo y, por tanto, la posibilidad de significar en un discurso antrópico. La falacia del discurso posmoderno se encuentra en la pérdida del referente humano que lleva implícito, en el no querer reconocer la inherente antropocidad de todo discurso axiológico. A fuerza de diferir y diferenciar en un progresivo intento de precisión, pero siempre a través de un centro gobernante prefijado e inmóvil, se vela el objeto de la búsqueda. El proceso es, en verdad, ilimitado en el sentido del discurso de la modernidad que repudia su propia contextualización en cuanto a la limitación espacio/temporal que ello implica, pero no lo es porque no llegue a alcanzar el primer "significante", resabio metafísico que atrapa al discurso de la modernidad, sino porque el referente humano, en lugar de ser un algo hecho, es un estar siendo. Con esto queremos simplemente aplicar una dosis de "realidad" a la abstracción racional de la modernidad y a la perplejidad del discurso posmoderno: en nuestra experiencia cotidiana no hablamos de "Pedro I" para referirnos a Pedro cuando tenía cinco años y de "Pedro II", cuando tenía diez; Pedro no es una acumulación de planos yuxtapuestos, cada uno significando un momento en su vida, sino que lo es en su transformación, en su devenir. La característica radical que lo identifica es la de movimiento. Su comprensión del mundo es, igualmente, una compresión dinámica, nunca repetida ni repetible. Pero este es el concepto que vamos a ir desarrollando en las páginas que siguen. El ser humano, pues, no puede definirse en el sentido de una perfectividad, de una estructura unívoca precisamente por ser un siendo. Este "definirse", que buscaba el discurso de la modernidad y que se problematiza en la transición posmoderna, requería un observarse fuera de sí mismo y por tanto dejar de ser. El estar siendo es lo que causa en el proceso deconstructivo posmoderno la serie indefinida de significantes/significados que, por supuesto, dentro del discurso axiológico de la modernidad se prolongará tanto como el ser humano mismo. El significante original, el primario, el raíz, del cual derivan todos los demás, en la complejidad significante/significado, es lo humano, cuya esencialidad, de la cual todos participamos y que fundamenta la posibilidad dialógica, al mismo tiempo que así se reafirma, se pospone en la propia dinamicidad de su antropismo. Es decir, se reafirma en cuanto a su implicación como posibilidad de significado en un sentido antrópico y se difiere en cuanto a la imposibilidad de una definición externa a ella misma, de poder quedar enmarcado en una estructura con un centro dominante prefijado e inmóvil que significaría su perfectividad, o sea, la paradoja de verse hecho desde un estar siendo. Durante siglos hemos estado atrapados en la prisión de la razón y el proceso de liberación, en la reflexión teórica, se nos presenta arduo. Hemos convivido con la ilusión de poseer la verdad en el sentido universal y atemporal que nos imponía la modernidad; y hemos construido un mundo de "racionalidad" independiente e indiferente de nuestra realidad humana. La revolución en las comunicaciones, la apertura de la "otredad" en nuestro ineludible proceso de globalización, nos conduce en el último tercio del siglo XX a la perplejidad posmoderna: la modernidad, el mundo creado por la razón nos parece ahora insuficiente, pero anclados todavía en él nos sentimos incapaces de superarlo. El dualismo explícito entre el mundo "externo" (creación de la razón), considerado como "objetivo", o sea transcendente, y el mundo "interno" (el devenir humano), considerado como "subjetivo", o sea pertinente únicamente al individuo, resulta hoy día postizo. La modernidad se nos queda, pues, pequeña, pero buscamos una substitución desde los mismos presupuestos que la hacen insuficiente. Hemos perdido el referente originario y se hace imperativo recuperarlo para encontrar en él una nueva pauta de conocimiento: la posibilidad de diálogo. Y si la ambición racional se encuentra ligada a esta pérdida, es tiempo entonces, como propone Cassirer, de problematizar la definición del ser humano como animal rationale, y considerarle, ante todo, un animal symbolicum (1). En cualquier caso hablamos de un diálogo entre seres humanos, de un algo anterior al símbolo y que como tal lo condiciona en su forma más íntima. Podemos ejemplificar lo que aquí queremos implicar con el dicho coloquial que considera los ojos "reflejo del alma": una mirada de alegría, tristeza, angustia, o un grito de pánico, son expresiones anteriores a toda contextualización cultural; "simbolizan" estados humanos de un referente raíz de su universalidad en el discurso humano, de la posibilidad de la comunicación que el discurso posmoderno se empeña en negarnos. Implicamos, por tanto, al ser humano como referente original y necesario; y con ello problematizamos la negatividad del pensamiento posmoderno y hacemos posible un discurso cognoscitivo, esta vez en una dimensión antrópica, que supera el diálogo depositario de la modernidad, pues establece su legitimidad en la transformación, o sea, en un referente interno y dinámico, aunque eso sí, siempre constreñido por la ineludible contextualización de todo discurso. Afirmamos, pues, como desarrollamos más adelante, la esencialidad de la narratividad como interiorización/exteriorización del tiempo antrópico. Es decir, la complejidad significado/significante deja de ser un fin en sí misma para convertirse en un método problematizador que fecunda el diálogo al nivel antrópico. En nuestra condición de seres humanos todos participamos, pues, de ese primer referente, en el sentido de una contextualización matriz que posibilita la codificación de un discurso que a su vez nos confiere acceso a una primera dimensión en el acto de significar. Pero antes de continuar, parece conveniente hacer un paréntesis en el desarrollo que venimos siguiendo, y adelantar aquí aunque de modo esquemático lo que entendemos por discurso de la modernidad y de la posmodernidad, y lo que proponemos con discurso antrópico:
La modernidad se ordena a través de un centro incuestionable, que se erige en paradigma de todo acto de significar y que se proyecta en imposición logocentrista: la verdad transciende su contexto y se presenta como algo transferible. Se puede así hablar de "proponer la verdad", como señala Feijoo en su Teatro crítico universal, para añadir: "Doy el nombre de errores a todas las opiniones que contradigo". El error y la verdad en el discurso de la modernidad son algo tangibles e independientes del sujeto conocedor, o sea indiferente a su contextualización: la modernidad impone significado. La posmodernidad es la duda de la modernidad, es la perplejidad ante el descubrimiento de lo fatuo y quimérico de suponer la existencia de un centro cultural unívoco que se proyecte como referente de toda significación, pero se hace sin problematizar el concepto mismo de "centro". O sea, el blanco del proceso es la estructura, la narratividad del discurso de la modernidad, que ahora, sin el apoyo del centro transcendente que en un principio la hizo posible, se convierte en fácil blanco de una implacable crítica deconstruccionista proyectada en una orgía destructiva: la posmodernidad difiere el acto de significar, al anhelar y negar a la vez la posibilidad de un significar transcendente. La antropocidad implica una abstracción del concepto de "centro cultural" que aporta la modernidad (de todo centro que se proyecte como transcendente), para colocar en primer plano la "estructura" misma. El centro antrópico es un centro dinámico, móvil, un centro sujeto a la continua transformación propia de todo discurso axiológico. Es un centro que sólo se concibe en el proceso dinámico de su contextualización y como núcleo de constante re-codificación de dicha contextualización. Aunque más adelante desarrollamos estos conceptos, podemos anotar aquí un ejemplo que sitúe a los tres en perspectiva. Consideremos el lugar de la "otredad" en las tres etapas: 1. Desde el discurso de la modernidad la "otredad" era juzgada desde mi contextualización y en función a mi contextualización: no se considera la existencia de un discurso de la "otredad". 2. La deconstrucción posmoderna reconoce el derecho de la "otredad" a su propio discurso, pero no cuenta con él: ambos discursos se erigen como independientes. 3. En el discurso antrópico, la "otredad" pasa a ser un punto más en la contextualización de mi discurso y, como tal, esencial en el momento de pronunciarme: el discurso antrópico asume la "otredad" como paso previo al acto de significar. Estructura de la comunicación La estructura comunicativa tradicional, aquella que rige en el discurso de la modernidad, implícita en todo signo, y que supone un emisor, un mensaje y un receptor, es también válida, con las modificaciones que luego estableceremos, en el discurso antrópico (es decir, en un discurso dinámico que asume y supera la duda posmoderna, al definirse en la transformación). El problema que presentaba dicha estructura en el esquema de la modernidad surgía por su aproximación mecanicista; es decir, cuando independiente de la naturaleza del signo y del objetivo que le dio existencia, se quería primero determinar "científicamente" las leyes que regulaban los tres elementos del proceso de comunicación y establecer una relación unidimensional e inequívoca de causa-efecto. Este primer paso, sin duda necesario en la dimensión superficial de una comunicación depositaria, es siempre mediatizado y marginal en el discurso antrópico implícito en todo texto literario que, al igual que el ser humano, se define en la transformación y que busca una comunicación humanística. Pero antes de proceder en nuestro desarrollo, quizás convenga primero detenernos en los conceptos de "comunicación depositaria" y "comunicación humanística" para establecer con más precisión sus parámetros. En un primer nivel podemos decir que comunicación depositaria es aquella que aporta los signos, los símbolos, la materia prima (el alfabeto, los números, las fórmulas matemáticas, los datos geográficos, etc.), que luego van a hacer posible la comunicación humanística (a través del texto escrito en nuestro caso). En el contexto de la historia intelectual occidental, la comunicación depositaria nos refiere también al discurso de la modernidad, mientras que la comunicación humanística pertenece al discurso antrópico; es decir, la comunicación humanística como el principio dinámico que significa en su transformación, en su continua contextualización; y la comunicación depositaria simple acto de depositar como la codificación primaria, estática, fijada por un centro que se acepta independiente de su contextualización originaria (y que en este sentido sí que se pudiera decir que transciende su propia contextualización) o por una estructura fijada en el tiempo, y que por ello mismo transciende igualmente su propia contextualización: las transformaciones químicas, las leyes físicas, una ecuación matemática, las precisiones geográficas, la fecha de publicación de un libro o la atribución legal de dicho libro a su autor, así como la misma contextualización de todo código (el sistema fonético del castellano), son apenas unos ejemplos que muestran la amplitud de lo que yo denomino, inspirado en terminología de Paulo Freire, comunicación depositaria (el uso y significado que atribuimos al sistema arábigo de numeración, por ejemplo, se proyecta en nuestros días independiente de su origen). Es decir, "depositario" es todo aquello que se entrega/recibe sin reflexión. En este sentido puede ser "depositaria" la comunicación del nombre de un río en dimensión denotativa (Amazonas); la codificación de una estructura (reglas ortográficas del español); o toda afirmación que se articula con pretensión de transcender su ineludible contextualización (las novelas que integran el canon de la literatura "universal" del siglo XIX). También es "depositario" un sistema de educación basado en la memorización: acto de depositar datos en el educando sin exigir, o incluso obstaculizando, el proceso reflexivo. En este sentido es igualmente depositario el discurso de la modernidad cuando pretende que su verdad transcienda el contexto que la hizo posible. Del mismo modo que la concepción dinámica de Einstein no anula las teorías estáticas de Galileo y Newton, pues únicamente las enmarca, en el sentido de regresar de nuevo el centro a la estructura que rige, o sea, de contextualizarlo en ella. De manera semejante, el discurso antrópico, que fundamenta la comunicación humanística, no anula la necesidad de la comunicación depositaria, únicamente demarca su dominio en el campo de los datos, de los procesos de codificación de las estructuras de que antes hablábamos; es decir, la comunicación depositaria, con su valor denotativo, nos permite una primera aproximación a la decodificación de cualquier estructura en el proceso de pronunciar nuestro discurso. Claro está, ello no impide, como decíamos antes, que el dato depositario esté ineludiblemente contextualizado en la estructura donde se originó, sólo que en la comunicación depositaria se usa en su simple dimensión denotativa: tal es el caso, por ejemplo, del libro elemental de gramática que expone las formas del pretérito del verbo ser; tal es el símbolo de la plata (Ag) en un tratado de química sin que importe el origen latino de la palabra; tal es también la entrada del diccionario enciclopédico que bajo "Cervantes" nos dice: "Escritor español; nació en Alcalá de Henares (Madrid) en 1547, y murió el 23 de abril de 1616; autor de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha". El sentido depositario puede imponerse incluso en situaciones en las cuales la connotación cultural parece ser la marca que antecede al significado depositario: sucede así, por ejemplo, cuando hablamos de pies o millas en un mundo en el que domina el sistema métrico. Regresemos ahora de nuevo a la obra literaria para ejemplificar con ella como se despliega el discurso antrópico (comunicación humanística). En primer lugar, cuando hablamos de una obra literaria hacemos comúnmente referencia a un texto escrito. En el nivel más elemental nos referimos con ello a un discurso depositario: una estructura de signos que representan relaciones convencionales. Se trata, en efecto, de un discurso depositario en el sentido que es depositario el aprender a leer: el proceso mecánico de aceptar una estructura convencional de correspondencias entre signos y sonidos. Es igualmente depositaria la clasificación de una obra como perteneciente a un género literario determinado, o la atribución de dicho texto escrito a su autor legítimo o la mención del título del mismo, en cuanto dichos datos nos ayudan a su identificación. Recordemos que a este nivel del proceso no estamos estableciendo relaciones de significado; los datos anteriores, por ejemplo, nos sirven para diferenciar una obra entre otras (Cien años de soledad), atribuirla a un autor legal (Gabriel García Márquez), y añadir que por la convención aceptada en la composición de su texto, la obra está escrita en español. El verdadero acto de significar vendrá luego, en la comunicación humanística, que se realiza en el lector en cuanto ser humano y que no depende necesariamente de un grado determinado de asimilación depositaria. Aunque consideraremos al "lector" más adelante, conviene ya constatar desde ahora esta diferencia radical, desde la perspectiva del lector, entre el propósito de la comunicación depositaria del discurso de la modernidad y la comunicación humanística del discurso antrópico que ahora implicamos: la dimensión del significar de una obra literaria depende de los datos depositados previamente, aunque el acto mismo de significar pueda ser independiente de cualquier discurso depositario (independiente de cualquier proceso de codificación). Detengámonos por un momento en esta afirmación. La concepción depositaria del discurso "crítico" de la modernidad, preocupada por establecer la "verdad" de dicho discurso, se aproximaba al texto escrito de un modo mecanicista. Se aspiraba un significar que transcendiera su contextualización; de ahí que se procediera a través de una acumulación de "verdades" parciales que se iban depositando en el texto como piezas de un rompecabezas, que poco a poco irían descubriendo la "verdad del texto". Así era necesario no sólo conocer el código que implica saber el idioma en que la obra está escrita, sino que se requería ¾ siempre en nombre de captar la verdad transcendente ser depositario igualmente del código literario poesía, novela, teatro, ensayo, de la contextualización cultural, social, política, etc. del signo y del significado que se atribuía al signo. Por ello era prerrogativa del especialista el acto de enunciar "la verdad". Es decir, se requería, antes de poderse pronunciar sobre el significado, proceder a una acumulación mecánica de estructuras depositarias, inagotable en su misma problematización según descubre el discurso de la posmodernidad, que por ello mismo impedían llegar al acto de significar. La perplejidad ante este proceso es la que ejemplifica la duda posmoderna; pues, a la problemática que planteaba la imposibilidad de considerar todos los códigos (procesos de contextualización) de una estructura, se añade ahora la proyección deconstructiva que conlleva la sucesiva contextualización desde estructuras siempre diferentes. La comunicación humanística, por su parte, se puede realizar independiente de las acumulaciones depositarias. Consideremos una situación límite con relación al texto escrito: el texto jeroglífico de un monumento egipcio o su reproducción en un museo o en nuestra mente, lleva en sí mismo la posibilidad de significar en la comunicación humanística del discurso antrópico, con independencia de la "verdad" depositaria (sistema de códigos) de su sentido arqueológico o del contenido de dichos signos en cuanto escritura (su posible dimensión estética o de asociaciones históricas o ficticias, son apenas ejemplos conspicuos de dicha comunicación humanística). Por eso señalábamos anteriormente que el acto de significar es independiente de la acumulación depositaria, aun cuando la dimensión de dicho significar guarde cierta correlación con las estructuras depositadas. Nos enfrentamos, pues, a un complejo proceso de distanciamiento entre el texto y sus contextos (los diversos planos de codificación bajo estructuras convencionales, tanto en una proyección sincrónica como diacrónica). En el discurso de la modernidad, texto y significado son inseparables en el sentido de identificar un contexto que define al texto; el paso que da la posmodernidad consiste en reconocer la historicidad de todo texto y la multiplicidad de contextos que ello conlleva. Pero la posmodernidad es precisamente eso: "pos-modernidad"; es decir, una crítica de la modernidad sin lograr liberarse de ella: como el discurso de la modernidad, busca pronunciar el texto, pero al no conseguir un contexto omnímodo, se queda únicamente en el plano de la perplejidad deconstruccionista. El discurso antrópico rechaza el concepto de "verdad transcendente" de la modernidad, para encontrar la "verdad" en la transformación. De una "verdad estática" (tenida por independiente no sólo del lector sino también de los múltiples planos de contextualización), se pasa a una "verdad dinámica" (significado en la mudanza), que lo es precisamente en sus contextualizaciones y por lo tanto en continua transformación. En cualquier caso, ni el ser humano en su estar siendo ni el texto, se presentan fuera de un contexto, es decir, fuera del discurso axiológico del estar que supone su existencia en el tiempo; y es justamente en los sucesivos discursos axiológicos del estar donde se forja el significado. Convertido así en herramienta, en sedimento, para la comunicación, todo texto se realiza como acumulación de estructuras depositarias que fijan un contexto. Y estas estructuras, contextualizaciones, como veremos más adelante, se asumen y generan a la vez en el autor, en el texto y en el lector, incluso independientemente unas de otras. Pero regresemos de nuevo a la estructura tradicional implícita en todo texto, que supone un "emisor" (autor), un "mensaje" (texto) y un "receptor" (lector) y detengámonos brevemente en cada uno de estos aspectos. Antes, sin embargo, conviene problematizar dichos términos para eliminar de ellos la máscara depositaria que proyectan. En la estructura de la modernidad el énfasis recaía en el intento de proyectar el significado como exterioridad, como un proceso mecánico cosificado en un "emisor-mensaje-receptor". O sea, se equiparaba el acto de comunicación humanística con el de causa-efecto de las producciones humanas. De ahí que se hablara de un:
Sin duda este es el esquema depositario que podemos observar en la "comunicación" entre las producciones humanas (el teléfono, la televisión, las computadoras, son buenos ejemplos de dicha precisión), pero esta transmisión de información (o comunicación en un sentido metafórico), lo es sólo en el plano lineal de la comunicación depositaria que fija un proceso siempre repetitivo y reproducible (la pronunciación, por ejemplo, de la palabra "guiño" según la codificación del idioma español). La comunicación humanística se efectúa en un discurso antrópico que reconoce al ser humano como un estar siendo y por lo tanto inmerso en su propia contextualización, cuyas características, como veremos más adelante, difieren marcadamente de las transmisiones mecánicas que tienen lugar entre las producciones, también mecánicas, del ser humano: se trata de una comunicación en la cual la asimilación del llamado "mensaje" puede ser independiente a su contextualización (indiferente a los diversos procesos de codificación que lo originaron), aun cuando, como señalamos anteriormente, la dimensión de la comunicación dependa de su nivel de contextualización en el lector. La superación, pues, del discurso implícito en los términos de "emisor, mensaje y receptor", me parece fundamental para comprender la dimensión dinámica, dialógica, de toda comunicación humanística. Por ello, en el desarrollo de este curso hago uso de términos más difíciles de capturar, de encerrar, en un discurso depositario, y que ejemplifican en sí la dimensión dialógica que ahora implicamos. Así hablaremos de un "autor", de un "lector" y de un "texto", es decir, de significantes que proyectan movimiento, o mejor dicho, que proyectan la antropocidad del discurso axiológico del ser, al mismo tiempo que transcienden la dimensión mecanicista al aparecer sin significado externamente fijado (o fijable), más allá de la convención depositaria que los hace posible. Nota
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