El proceso de codificación:
El texto

 

El texto

El signo, base de la estructura depositaria que posibilita el discurso de la modernidad, al entrar en crisis, es también la fuente de su problematización. En este sentido, el texto escrito, medio predilecto de la expresión literaria, ejemplifica perfectamente las tres etapas generales que caracterizan su paso del discurso de la modernidad a un discurso antrópico.

En una primera etapa, el texto era la codificación unívoca del mensaje que el autor transmitía al lector. La función de éste era la de descifrar su contenido, también unívoco. Tal es el esquema mecanicista de causa efecto del proceso repetitivo que caracteriza en casos extremos la comunicación depositaria: el acto mecánico de leer en voz alta una palabra que reproduce el mismo sonido una y otra vez. Cuando esta relación, válida en el nivel primario, mecánico, de las convenciones que sostienen una estructura dada (en el ejemplo anterior las reglas de pronunciación y combinación de los signos que se agrupan para constituir el nivel representativo de un idioma), se traslada al plano conceptual con la misma pretensión de significación depositaria, se da lugar a lo que hemos venido llamando aquí discurso de la modernidad.

La segunda etapa coincide con la entrada en crisis del discurso de la modernidad. Se empieza en ella estableciendo una distinción entre los dos esquemas mencionados anteriormente. El primero, que no pretendía significar fuera de una establecida convencionalidad que se hacía expresa al mostrar de modo explícito las reglas que gobiernan su estructura, se acepta sin problematización como lo que es: un discurso depositario que posibilita el diálogo (por ejemplo, las reglas ortográficas de un idioma concreto). El segundo esquema, sin embargo, que pretendía acarrear significado (expresión unívoca de un sentido), sin reconocer previamente su ineludible localización en un espacio y un tiempo (su contextualización), entra enseguida en crisis. La perplejidad, naturalmente, no proviene sólo por desconocer la naturaleza depositaria del texto en cuanto signo, sino principalmente por querer proyectar a través de él un contenido igualmente mecánico, en cuanto poseedor de un sentido unívoco y por lo tanto repetitivo. La perplejidad se origina especialmente ante lo que se percibe como incapacidad del texto para reproducir al autor en el lector. Es decir, por no aceptar, como punto de partida, el origen dinámico de la contextualización de todo texto tanto en el devenir de su autor como en el de sus posibles lectores.

La tercera etapa, siempre presente en una lectura que sea consciente de la antropocidad del discurso humano, y que apenas comienza ahora a ser articulada, es aquélla que reconoce la estructura depositaria de todo medio de comunicación, pero que desglosa el acto de comunicación del medio depositario que la proyecta. Consideremos esta afirmación en las tres facetas que la rigen.

1) El autor, como ser humano, no es en ningún momento un algo hecho; su naturaleza es dinámica, es un estar siendo. Todo acto de comunicación implica, entonces, un proceso doble de confrontación: en el primero, el autor fija un momento de su devenir íntimo, que distancia y objetiva, a fin de poderlo atrapar y así comunicarlo (lo que anteriormente denominamos la narrativa histórica); en el segundo, se enfrenta a procesos externos de codificación ya establecidos y mediante los cuales intenta comunicarse; es decir, produce un texto que ahora es también resultado de un sistema depositario en el que trata de contextualizarse externamente, o sea, intenta fijar en un tiempo y espacio concretos un corte en su devenir. En el autor, pues, el acto de comunicación y el medio nunca llegan a identificarse. El medio, el texto, es siempre una necesidad imperfecta que nunca corresponde exactamente al devenir del autor ni, como veremos más adelante, llega al lector con un sentido unívoco: desde el principio aparecen desglosados el acto de la comunicación y el medio depositario que necesariamente ha de usar.

2) La segunda faceta se inicia tan pronto como se articula el texto. Las reglas de la estructura que hicieron posible la codificación original del autor, están ellas mismas en constante transformación. Entre los casos extremos de las estructuras que permanecen vigentes (10+5=15) y aquellas otras cuya codificación se hace incomprensible para el lector de nuestros días (el caso de los jeroglíficos egipcios), existe una rica gama de innumerables matices. En estos casos límites, precisamente por su condición radical, las opciones del texto parecen más simples: en el primer caso, la permanencia intacta del sistema de codificación aporta al texto un valor depositario (por tanto indiferente de su estructura); en el segundo caso, como las reglas de codificación no forman ya parte de nuestro discurso axiológico del estar, el texto se acepta en su comunicación humanística (por tanto también indiferente de su posible estructura originaria). Lo más frecuente, sin embargo, y esa es la condición del texto literario, es su ubicación en una posición intermedia; es decir, de los dos términos de la codificación, el significante permanece reconocible, mientras el significado ha experimentado alteraciones más o menos profundas. La codificación original se presenta ahora en la historicidad de su propia transformación: son nuevas golondrinas que llegan a anidar en los significantes originarios, pero que, al igual que en el poema de Bécquer, ya no son las mismas. La experiencia originaria es irreplicable.

3) La tercera fase del proceso requiere del lector que asume de nuevo, en el sentido dinámico de su propio devenir, esa comunicación previamente contextualizada en un espacio y un tiempo concretos. Como veremos luego, el nivel de contextualización depositaria del texto, la historicidad que marca su transformación, es secundario en el acto de comunicación humanística, pues la comunicación no depende tanto del signo como del lugar que va a ocupar en el devenir del lector. Aquí podemos usar de nuevo el ejemplo de un jeroglífico y los matices que se pueden establecer en cuanto a la contextualización depositaria que pueda hacer un arqueólogo que descifre el proceso de codificación de sus signos y aquella otra persona que observa el texto en la vitrina de un museo. Consideremos dos casos extremos: a) el de un arqueólogo que es capaz de descifrar a través de los códigos implícitos o explícitos en el jeroglífico, el funcionar del discurso axiológico del estar que sirvió de base a la contextualización original del texto; b) supongamos en el otro extremo el caso de una persona que visita el museo y observa el jeroglífico en una vitrina, pero que no toma conciencia de su precisa codificación en el discurso axiológico del estar de una época, y se comunica con él como si fuera una pintura abstracta. En ambos casos el índice de lo que se asume será distinto y dependerá, ciertamente, de las diferentes estructuras que se tomen en consideración; pero el acto mismo de comunicación, al nivel del discurso antrópico en que se produce, en el devenir del "lector", puede ser en este sentido, como ampliamos más adelante, independiente de procesos fijos de contextualización.

Establecida de este modo la independencia inherente entre los tres polos de la comunicación (autor-texto-lector), se hace posible superar el constreñimiento que nos imponía el discurso de la modernidad. El texto implica ahora comunicación en una multiplicidad de dimensiones, pues sólo en el ejercicio hermenéutico podemos hablar de multiplicidad de niveles. Detengámonos por un momento en esta distinción: a) multiplicidad de niveles y b) multiplicidad de dimensiones.

A) En el discurso de la modernidad, el texto se desplegaba en cuanto mensaje, es decir, como portador del autor en el lector; la profundidad en los niveles de comprensión determinaba por ello mismo un nivel de comunicación. Es precisamente esta relación la que da lugar a la crisis de la modernidad. En efecto, al mediatizar el signo, o sea, al distanciar el signo del mensaje, se problematiza la misma posibilidad de la representación totalizadora de éste y por lo tanto la posibilidad de comunicar con integridad el propósito del autor. Y como en el discurso de la modernidad la posibilidad de comunicación se hace depender de la posibilidad de capturar (en un sentido unívoco y totalizador) el mensaje que acarrea el texto, la problematización de dicha posibilidad, problematiza igualmente la posibilidad de toda comunicación. Pero el hecho de reclamar la independencia de las tres partes (autor, texto, lector) en el acto de comunicación antrópica, no implica un rechazo de los distintos niveles de comprensión siempre presentes en todo texto. Implica, eso sí, que el acto de comunicación es independiente de tales niveles. Implica también la liberación del lector. Ya no existe una lectura más propia que otra, más completa que otra, existen únicamente objetivos diversos que han de guiar cada lectura. De ahí las dos grandes categorías de lectores, sobre las que nos detendremos más adelante, pero que conviene ahora mencionar: 1) aquellos que buscan únicamente una comunicación íntima con el texto, y 2) aquellos que hacen de la hermenéutica su especialidad y buscan exteriorizar los diferentes niveles de contextualización tanto en cortes sincrónicos como en sus transformaciones diacrónicas.

B) La superación del discurso de la modernidad (la toma de conciencia de la antropocidad del discurso axiológico), conlleva precisamente la recuperación de dichos polos de comunicación, al restituir al autor y al lector la dimensión dinámica, humana, que la expresión depositaria había cosificado en el tiempo y en el espacio que fijaba el texto mismo, aun cuando se pretendiera transcender a ambos. Es decir, en la comunicación humanística, el texto se reconoce como contextualización dinámica, temporal y espacial, de un acto de comunicación. Por supuesto, como exteriorización se realiza en una estructura depositaria codificada ahora en un sistema de convenciones cuya decodificación constituirá el objetivo de la nueva hermenéutica. Pero el autor legítimo del texto (como en el caso límite del jeroglífico) no importa como tal; importa, eso sí, el autor implícito, que a la vez incluye y supera y proyecta, al legítimo en el texto y en el lector, como origen de la codificación y como "el otro" de toda comunicación humanística. Por ello, mientras el texto se despliega en una multiplicidad de "niveles" según se problematizan las distintas estructuras depositarias implícitas en él, la comunicación misma, que supone de nuevo integrar las estructuras depositarias en el proceso dinámico del devenir humano, se realiza independiente de tales niveles, aun cuando se haga en "dimensiones" contextualizadas en dichos niveles. El ejemplo que venimos citando de un texto jeroglífico puede servirnos de nuevo en una concreción de lo aquí expresado. Como signo, el jeroglífico es una contextualización depositaria, que se origina en un espacio y un tiempo concretos y que responde a estructuras fundamentadas en convenciones. Como signo, por tanto, puede ser problematizado en un proceso que profundiza en las distintas estructuras que implica: la estructura de sus rasgos gráficos que permite al arqueólogo "leer" el jeroglífico, la estructura, entre otras muchas, de su contexto histórico en cuanto social, político, religioso, económico. Es decir, en cuanto signo, implica la posibilidad de una profundización en diversos niveles de significación depositaria, quizás en cadena sin fin como diría Derrida, pero que resultan secundarios en el momento de la comunicación, que, como señalamos, consiste en introducir una o varias estructuras depositarias en el devenir del posible lector: la persona que observa el texto jeroglífico en la vitrina de un museo y que se comunica con él quizás en el sentido emotivo de una pintura o en el contexto referencial de una película.

La hermenéutica que proponemos no pretende, por tanto, alcanzar, atribuir al texto un significado unívoco en el lector y con ello se supera la aporía del discurso de la modernidad. Lo que se busca es problematizar el signo, reintegrarlo a las sucesivas contextualizaciones a través de las cuales se ha preservado, para así ir desglosando las distintas estructuras implícitas en él. En este sentido, aun cuando podemos partir del reconocimiento de que todo texto encubre una complejidad de contextos, el hecho de que no todos fueran concebidos con el mismo objetivo, posibilita igualmente establecer a priori ciertas categorías que nos van a guiar en la esquematización de tal hermenéutica. En cualquier caso, obsérvese que hablamos de "problematizar el signo" y no de "deconstruir el signo"; problematizar, como quedó ya señalado, es un proceso afirmativo; implica buscar significado en la contextualización; "deconstruir" representa en el discurso de la posmodernidad descubrir máscaras de significado; es decir, posponer el momento de pronunciarse a través de un diferenciar y así diferir el acto "final" de significar. Pero regresemos de nuevo al "texto".

En un primer nivel, en el más elemental, el texto se presenta explícitamente como portador de una estructura depositaria que busca primordialmente un significar también depositario. Tal será el caso, por ejemplo, de un libro de geografía física que describa las particularidades del continente americano. Cuando se anota la extensión territorial de Bolivia o se enuncian los nombres de sus montañas o ríos, se hace bajo una estructura convencional, la del libro de geografía física, sin pretender significar más allá de los límites de dicha estructura. Es decir, con ella no se intenta una comunicación humanística, del mismo modo que las reglas ortográficas que fijan la convención de la expresión escrita de un idioma, tampoco significan primordialmente fuera del nivel de su propia estructura. Decimos "primordialmente" para deslindar, incluso en este primer nivel, el objetivo de la estructura expresada, del de cualquier otro que se proponga la investigación de las causas que motivaron dicha estructura: Cuando escribimos un texto o lo leemos, las razones por las cuales, por ejemplo, el término "humano" se escriba con "h" y que esta "h" en español no se pronuncie, son por lo general inconsecuentes, aun cuando en el nivel lingüístico, dichas consideraciones puedan dar lugar a un tipo de estructura diferente. En el anterior libro de geografía física el lector busca y reconoce el dato depositario como objeto del texto. Como en estos casos el propósito no es la comunicación antrópica, sino el de fijar el código depositario de una estructura desde unas bases convencionales que luego hagan posible tal comunicación, todo lo que se requiere para establecer dicha estructura en el sentido unívoco de su propio código, es su exteriorización (indicar, por ejemplo, que la altura de la montaña se mide en metros o en pies o incluso, como se hacía en textos antiguos, por el tiempo que se tarda en llegar a su cumbre caminando). La dimensión convencional de estas estructuras depositarias se acepta siempre implícita o explícitamente. Si en una clase de idiomas se pidiera a un alumno que pronunciara la palabra "club", la pregunta inmediata sería ¿en qué idioma? Las letras y su orden en la palabra es el mismo en español, inglés y francés. Pero el hecho de que la "u" se pronuncie en cada caso de un modo diferente, motivaría la pregunta del estudiante informado. Este es el sentido que deseamos afirmar cuando hablamos de la dimensión depositaria. En estos casos basta con constatar las reglas de codificación que rigen una estructura: pronunciar, por ejemplo, la palabra "club" según las reglas de codificación del idioma español.

En un segundo nivel, el texto, a través de sus peculiares estructuras depositarias, se proyecta con el propósito explícito de significar en el lector en un nivel superior. Nos referimos aquí a aquellos textos que por medio de estructuras depositarias simples (las expresadas anteriormente), tratan de dar sentido a la complejidad de las contextualizaciones del devenir humano. En estos casos, en los que el texto mismo explicita las estructuras depositarias en las que fundamenta su propia contextualización, la hermenéutica se dirige preferentemente a la problematización de las relaciones que se establecen entre dichas estructuras, mientras ellas mismas son presentadas y aceptadas como convenciones necesarias. Así, por ejemplo, un libro teórico sobre poesía que establezca las estructuras de las características que se repiten con más frecuencia en el proceso de versificación. En esta situación, las estructuras depositarias que se van a relacionar son concretas: hablamos de rima consonante o asonante, de versos de arte mayor o arte menor, de estrofas, de tercetos, de sonetos, etc., o sea, de las estructuras convencionales que anotábamos en el primer nivel y que significan sólo en sí mismas. Por ello indicamos que la problematización en este nivel se ocupa de las relaciones, es decir, del modo cómo se contextualizan dichas estructuras en el proceso de definir lo que es un poema. Este es el nivel, por tanto, de los géneros literarios, de los recursos retóricos, que identifican la forma del texto en el sentido de una primera clave de aproximación, en la que, generalmente, el texto hace coincidir la intención del autor y los supuestos con los que el lector se aproxima a él. Este nivel de codificación es también el que determina las clasificaciones de ensayo, novela, tratado, diccionario, poesía, etc., bajo las cuales el mundo editorial agrupa las producciones humanas. Aunque regresaremos más adelante a las implicaciones hermenéuticas que supone este punto de contacto entre el autor y el lector, conviene deslindar desde ahora la dimensión formal que los géneros proyectan, del contenido que a través de ellos se exprese. La vieja polémica entre filosofía y literatura (Platón, Aristóteles) perdura en nuestros días, precisamente por no llegar a deslindar la forma del contenido. El proceso de codificación formal —el que caracteriza a los géneros—, nos parece ahora obvio, es independiente de su contenido aun cuando pudiera condicionarlo.

El tercer nivel, siempre dentro de la esquematización con que simplificamos la riqueza de matices de cualquier discurso, se refiere a aquel texto que en su contextualización de un intento de comunicación omite la referencia expresa al código, a las estructuras depositarias que lo posibilitan. El proceso hermenéutico implica ahora una doble dimensión que corresponde a los dos niveles antes desarrollados. La primera etapa es deconstructiva, o sea, se problematiza el texto para que nos vaya descubriendo los diversos niveles de estructura que encubre. El proceso, si es sistemático, se aproxima desde las estructuras depositarias más simples, es decir, aquellas que significan únicamente en sí mismas (p. e. que los signos se agrupan según el código del español mexicano o que se trata de un soneto). El establecer estos fundamentos depositarios es necesario para que, desde su comienzo, el proceso hermenéutico no pretenda constituirse él mismo en fuente de significación, fuera de la que va ya implícita en todo intento de establecer la contextualización de las estructuras depositarias. Es necesario mantener presente ante el signo que éste sólo implica una contextualización en el espacio y en el tiempo de un autor implícito en su devenir y en comunicación con su propio contexto. Es decir, la hermenéutica, en el discurso antrópico, se ocupa únicamente de explicitar y desglosar las distintas estructuras, de mostrar los códigos que las gobiernan, de problematizar su carácter convencional y, en fin, de establecer los posibles grados de contextualización presentes en la complejidad de todo texto. Se supera de este modo la pretensión hermenéutica del discurso de la modernidad que ambicionaba captar el "significado" del texto (su sentido transcendente) en su totalidad. Desde el discurso antrópico, la hermenéutica se fija como objetivo el descubrir contextualizaciones que se originan y transforman en proyección dinámica, pues el acto de significar, de comunicación, de diálogo, como luego veremos, se dará de nuevo en la dimensión dinámica del devenir del lector.

 

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