Pintura Neoclásica y Romántica

 

En todos los tiempos han existido pintores que nos atraen por las emociones y recuerdos sensuales que despiertan, mientras que otros prefieren proyectar orden, permanencia; es decir, pintores a quienes podríamos aplicar los epítetos de "románticos" y de "clásicos". Durante el siglo XVIII, sin embargo, parece que las divisiones entre ambos se hace más fuerte. El autor "clásico" da preferencia a la imitación de la naturaleza, a la grandeza, a la calma, a la idealización en un intento de aproximar lo que pinta al estado de perfección implícito en la naturaleza. Pero "imitación" de la naturaleza no implica en el artista neoclásico "copia" de la naturaleza. Esteban Arteaga (1747-1799) nos dice a este propósito en su obra La belleza ideal, "que la labor del artífice debe ser imitación y no copia; y que la idea de imitación incluye necesariamente la de levantarse sobre la naturaleza ordinaria, acomodándola al fin que el arte se propone." Arteaga define la belleza como "el arquetipo o modelo mental de perfección que resulta en el espíritu del hombre después de haber comparado y reunido las perfecciones de los individuos," por ello, continúa señalando, la belleza ideal "no es más que el modelo mental de perfección aplicado por el artífice a las producciones de las artes" (véase Ilustración).

El romántico, especialmente como se manifiesta a principios del siglo XIX, prefiere despertar emociones, cuanto más fuertes mejor, principalmente la emoción de miedo. Precisamente por la rigidez y supremacía del clasicismo del siglo precedente, el pintor romántico de la primera mitad del siglo XIX reacciona contra el conformismo estático no sólo en las escenas que prefiere plasmar en sus lienzos, sino también en cuanto al movimiento, dinamismo y colorido que imprime en sus pinturas (véase Romanticismo).

En el contexto hispánico del siglo XVIII, las preferencias neoclásicas en la pintura se instalan en la corte española con la llegada de Felipe V, tanto en pintores traidos por el rey, Jean Ranc (1674-1735), "El infante Carlos III", como en los mismos pintores españoles, Miguel Jacinto Meléndez (1679-1734), "Retrato de Isabel de Farnesio", o en composiciones como la de José del Castillo (1737-1793), "El estudio del pintor", o la de José Camarón (1731-1803), "Escena galante". En todas estas pinturas destaca la idealización de los personajes, la serenidad, el tiempo detenido. Pero la figura primordial que en nuestro contexto hispánico nos sirve para trazar el paso del neoclasicismo al romanticismo es Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828). Junto a composiciones neoclásicas como "Los Duques de Osuna y sus hijos" (1789), "El Duque de Alba" (1795), "El quitasol" (1777), proyecta también la rebelión romántica en pinturas como "La casa de locos" (1794), o en sus obra más conocidad de "El Dos de Mayo de 1808" (1814), "Los fusilamientos del Tres de Mayo" (1814), o "Saturno devorando a sus hijos" (1822). Como obra a caballo de ambas tendencias podemos considerar su pintura "La faminila de Carlos IV" (1800), sobre todo en el detalle de "la Reina María Luisa" (véase el contraste esquemático entre Ilustración y Romanticismo).

 

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