Romanticismo

 

Los años finales del siglo XVIII se caracterizan por una rápida transformación en las convicciones que habían distinguido el siglo llamado de "las luces" (la Ilustración) y que había llevado a un dominio absoluto de la razón. Comienza a surgir ahora una posición radicalmente diferente: se empieza a sentir que la naturaleza esencial del ser humano no es la razón, a la vez que surge una obsesión por lo irracional, los instintos, los hábitos, los sentimientos… El conocimiento, se cree ahora, no viene tanto del proceso cartesiano, de la universalidad de un proceso racional, como de la proyección creadora de nuestro propio yo. El contraste entre la Ilustración y el Romanticismo se puede ejemplificar a través de cómo se percibe la naturaleza: en la Ilustración se ve como un mecanismo perfecto (representado metafóricamente por el reloj), la renovación romántica concibe la naturaleza como un organismo (cuya representación metafórica pasa a ser el árbol); es decir, de una totalidad hecha, perfecta, que poco a poco vamos descubriendo (descorriendo cortinas de ignorancia), a un estar siendo, a un hacerse.

Juan Luis Alborg señala en este contexto que "la conexión entre las partes de dicho organismo ya no se concibe según las de una máquina que se suponen como fabricadas por separado y ensambladas luego, sino en forma de relación orgánica: la que guardan las hojas con la rama, con el tronco, con la raíz y con la tierra; la existencia de cada parte sólo es posible mediante la existencia de todas las demás. La relación, pues, y no la entidad es el objeto de la contemplación y del estudio. Un mundo orgánico así concebido es un universo vivo, puesto que posee las condiciones de la vida; no es una máquina conclusa, sino algo que se transforma. El cambio ya no es, pues, un valor negativo, sino positivo, no es el castigo del hombre, sino su oportunidad; lo que no es perfecto, puede llegar a serlo; la misma perfección ya no es deseable, sino la imperfección, porque permite, con la posibilidad del cambio, la novedad. No hay patrones fijos y todo puede ser verdadero: toda obra de arte, por ejemplo, crea un nuevo patrón, tiene su propia ley estética. Las consecuencias son fácilmente adivinables: la diversidad y no la uniformidad son los principios de la creación y de la crítica. La creación consiste en la originalidad, que se basa en introducir algo nuevo en el mundo, y no, según se había concebido anteriormente, como la capacidad de acercarse un poco más a los modelos preexistentes de la naturaleza o en la mente de Dios" (Alborg 17). En cierto modo podemos decir que las proyecciones que abre el movimiento romántico llegan a finales del siglo XX, con las corrientes posmodernas, a un momento de máximo distanciamiento de la razón, al mismo tiempo que ésta empieza a ser de nuevo asumida en lo que se comienza a denominar pensamiento antrópico.

La realidad en el Romanticismo se presenta, pues, en función de la subjetividad del yo en un mundo en constante transformación. Se pide que la filosofía recupere algo de la poesía y se insiste en la subjetividad como creación. En realidad, señala Diego Sánchez Meca, "el romanticismo representa una ruptura, no sólo con el racionalismo metafísico, sino también con toda reorganización teológica del mundo. Sus dos ideas fundamentales son la libertad, enfrentada a la irreductible realidad de lo negativo, y el infinito como aspiración a un ensanchamiento universal de la subjetividad por medio de la cultura" (DSM).

El paso del "deseo de la inmovilidad a la esperanza del cambio" que parece caracterizar la transición de la Ilustración al Romanticismo, no significa el rechazo absoluto del pensamiento de la Ilustración, implica más bien un proceso de asumir la racionalidad como un factor más en el devenir humano. Se rechaza, es cierto, que la verdad posea una estructura objetiva, independiente del yo que la busca; el énfasis pasa, por tanto, del deseo de encontrarla, al deseo de crearla: la religión, la política, la filosofía, el arte, … como actos de creación.

El Romanticismo responde igualmente a las marcadas transformaciones sociales que caracterizan e inspiran el proceso revolucionario de la Revolución Francesa. Si el pensamiento de la Ilustración responde a una visión aristocrática del mundo, en el que la cultura era patrimonio de una minoría, el Romanticismo va a encarnar las preocupaciones burguesas y el nuevo orden socioeconómico, tanto en su talante liberal (utopismo, cosmopolitismo, optimismo) como en el conservador (nostalgia por el pasado, regionalismo, insatisfacción). En realidad, el Romanticismo es multifacético, con numerosas perspectivas, a veces contradictorias, propias del relativismo que lo nutre. Se valora el universo con la medida de un yo espiritual, subjetivo, emotivo. Y al chocar en el romántico su mundo interno con la realidad que le circunda, se resuelve bien en el escapismo, bien en la desesperación (y en sus creaciones en el suicidio). La exaltación del yo lo lleva a la soledad, su egocentrismo a la voluntad de gloria, de triunfo.

En la literatura y en las artes en general la originalidad pasa a ser una parte central del proceso creador. El concepto artístico de la Ilustración que buscaba reglas universales, eternamente válidas, con el objetivo de que al aplicarlas se conseguiría también la obra perfecta, da ahora paso a la libertad artística. Como símbolo de esta nueva actitud nos ha quedado la situación extrema que se aplicaba a la obra de teatro al exigir el rigor de las tres unidades (espacio, tiempo y acción) en la construcción de una obra teatral. El Don Juan Tenorio de Zorrilla es un buen ejemplo del rechazo de las reglas impuestas. En la obra artística, sobre todo, se revalúa la naturaleza para hacerla coincidir con la perspectiva anímica de quien la observa. Por ello, como señala José Luis Abellán, aquellos "elementos que incitan a una contemplación emotiva de la Naturaleza —ruinas, luna, estrellas, hojas caídas, cipreses, calaveras, sepulcros— aparecen continuamente tiñendo a veces un impulso de huida hacia lo lejano, ya sea en el tiempo —Edad Media—, ya sea en el espacio —Oriente—, evocando sus aspectos más exóticos y pintorescos" (JLA 371).

Aunque en el mundo hispánico la vigencia del Romanticismo es desigual, se inicia antes en España y persiste más en Iberoamérica, su auge coincide con la primera mitad del siglo XIX. Y si bien se ha estudiado con cierto detalle su repercusión en la poesía y en el teatro, la concepción del mundo que aportaba el Romanticismo juega en la prosa de ideas (en el ensayo) un papel pivotal, especialmente en el mundo iberoamericano. Se formaron en el Romanticismo y bajo su talante produjeron sus obras fundamentales algunos de los nombres centrales que jalonan el desarrollo cultural iberoamericano durante la primera mitad del siglo XIX: Esteban Echeverría (1805-1851), José María Luis Mora (1794-1850), Juan Bautista Alberdi (1810-1884), Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), José María Gutiérrez (1809-1878), Francisco Bilbao (1823-1865), José Victorino Lastarria (1817-1888) …, entre otros muchos.

 

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