El tema de la identidad
iberoamericana

 

En una primera aproximación

Hemos escogido este grabado de Ulises por el número de interrogantes que plantea. Las mismas interrogantes se manifiestan a diversos niveles. Por una parte, la bandera proclama “Independencia e identidad de América Latina: 1492-1992”. O sea, la América Latina y no la de ascendencia precolombina; a partir de 1492, ignorando el componente precolombino en el concepto de identidad. Por otra parte, el único ser humano a bordo representa una persona de ascendencia precolombina mirando hacia atrás. Las velas están plegadas (excepto una que muestra el mapa de Iberoamérica), como expresando que el empuje del barco se hace a través de los remos que ocupan una posición destacada en el dibujo. Pero los remos, a su vez, tienen características muy peculiares. Se trata de un pincel, un lapicero, una pluma... ¿La identidad como ficción? ¿Los intelectuales como protectores de la identidad, como promotores de la cultura? Consideremos brevemente estos términos como base para nuestra discusión y posterior lectura de los ensayos.

El término “identidad”, aplicado a un grupo social, presenta serios problemas, con frecuencia íntimamente unidos a las ideas estereotipadas con que agrupamos a personas pertenecientes a una comunidad étnica o que viven en ciertas regiones, naciones o continentes. Con frecuencia en estos casos, la información que se proyecta, muestra más la identidad del país que la formula que la de los pueblos que se representan en dichos textos.

El Diccionario de la Real Academia nos dice que idéntico es “lo que en substancia y accidentes es lo mismo”. En la cuarta acepción de la palabra “identidad” señala con más precisión: “Igualdad que se verifica siempre, sea cualquiera el valor de las variables que su expresión contiene”. En las reflexiones de este curso sobre el desarrollo cultural iberoamericano, vamos a transpolar el término del individuo al grupo social. Es decir, vamos a fijarnos primordialmente en aquellos rasgos o características de comportamiento, de percepción, de expectativas, de juicio ..., que los intelectuales iberoamericanos consideran como propias o que desde el exterior se atribuyen a los pueblos iberoamericanos. En otras palabras, vamos a buscar la identidad iberoamericana en las expresiones culturales de los iberoamericanos.

Podemos partir también de la definición de cultura que nos proporciona Diego Sánchez Meca: “El término ‘cultura’ designa el conjunto de costumbres, instituciones, conocimientos, técnicas, prácticas religiosas y valores éticos propios de una sociedad o periodo histórico determinado. Es, por tanto, lo que constituye el marco normal dentro del que se desenvuelve la vida de una sociedad en aquello en lo que ésta se opone a lo meramente natural, teniendo un carácter normativo para sus miembros” (DSM). En este sentido podemos hablar de una cultura china o europea o iberoamericana. En esta definición destacan dos conceptos: lo “natural” y lo “generacional”.

Ya desde la época clásica surge el contraste entre el “estado de natura” (naturaleza) y el “estado de cultura” (civilización); es decir, aquello que es por naturaleza y lo que es por convección o por ley. Sarmiento, por ejemplo, identifica a mediados del siglo XIX la barbarie con lo natural y la civilización con la cultura europea. Lo más corriente, sin embargo es asociar “cultura” con el desarrollo humano y “naturaleza” con lo no-humano. En Iberoamérica, junto al concepto de Sarmiento que asocia lo natural con la “barbarie”, convive también la visión romántica de asociar lo natural con el estado virgen, con la inocencia, con la juventud.

El segundo concepto, lo generacional (la alusión a un periodo histórico determinado), se refiere al carácter dinámico de la cultura, a su constante transformación. En este sentido diferenciamos la cultura (práctica humana) de las expresiones de estructura social que podemos encontrar en el reino animal. Pero el contraste fundamental entre la cultura y la naturaleza son los valores. La naturaleza es indiferente a los valores, mientras que la cultura se estructura a través de un sistema de valores.

Una vez establecidos los anteriores puntos que nos permitirán aproximarnos a la identidad de un pueblo a través de sus manifestaciones culturales, debemos tener presentes los comentarios que hacemos en la sección de “texto y contexto”, para tratar en todo momento de evitar confundir la dimensión natural con la cultural. Por ejemplo, evitar concluir, al observar las representaciones del Sol en la cultura maya o incaica, que esas culturas “adoraban” al Sol. Del mismo modo que consideraríamos absurda la afirmación de que los cristianos adoran una cruz. Es decir, todo lo que encontramos en la naturaleza (incluido el ser humano), puede ser analizado desde la perspectiva de un ser natural, o desde la perspectiva de una producción cultural. La cruz del cristiano podrá ser analizada desde las propiedades de la madera, de la piedra o del acero, pero su significado cultural, mayormente independiente e indiferente a su composición, sólo se comprenderá en el seno de una estructura de valores culturales.

Dentro de nuestra propia cultura tendemos a identificar los objetos con su símbolo, pero esta misma identificación, funcional dentro de los valores de nuestra cultura, se convierte en un fuerte obstáculo cuando nos aproximamos a culturas diferentes a la nuestra. Tendemos a ver los símbolos culturales de los demás como meros objetos, lo que nos induce, subconscientemente, a desvalorar las demás culturas. Por ejemplo, desde la perspectiva estadounidense, donde domina en el interior de las iglesias la representación austera protestante, la riqueza de colores, de ornamentos y de ritos en algunas congregaciones iberoamericanas se ve como un peligroso alejamiento del verdadero cristianismo, como una mezcla de prácticas idólatras.

 

 

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