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Los géneros y el lector |
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| Profundicemos
un poco en lo anteriormente enunciado a través de dos géneros precisos: el que asociamos
con la lectura de una novela y el que correspondería a la de un texto de filosofía. Pero
conviene antes señalar que nos referimos ahora a niveles complejos del acto hermenéutico, o
sea, a lo que venimos denominando "la lectura para el consumo de otros". Fuera
de este proceso hermenéutico, es obvio que los géneros imponen una forma y que la forma,
como señalamos a continuación, aporta ya un contenido: la perspectiva bajo la cual el
lector se aproxima a la lectura. Hemos hablado del género "que asociamos con la lectura de una novela" y con ello queremos hacer referencia a que afecta a los tres procesos en la comunicación: al autor, al texto, al lector. Cuando hablamos de una novela, implícitamente nos referimos a un texto que se ajusta a una estructura convencional con un proceso de codificación más o menos explícito. Vamos a denominar a este proceso la retórica de la novela. Cuando una persona decide comunicarse a través de una obra de ficción, ha aceptado implícitamente una forma de codificar su pensamiento que difiere de la que habría usado de pretender comunicarse a través de la poesía o del teatro. Por ejemplo, en el caso de una novela, ni el autor ni el lector necesitan justificar o justificación del mundo ficticio que se crea: el acto de escribir una novela y de leer una novela, lleva ya implícita la aceptación de la retórica de la novela (la escritura y la lectura del texto bajo la clave de la novela). La importancia de este proceso de codificación varía, por supuesto de unas obras a otras, pero se diferencia poco del que supone codificar un pensamiento en la estructura del idioma español o inglés. En otras palabras, una vez que identificamos que un texto está escrito en español, procedemos a su lectura asumiendo una codificación que sólo en raras ocasiones nos confronta el texto con el código (una palabra nueva, una expresión que desconocemos, una construcción que rompe las reglas del sistema, son ejemplos de estos instantes). Algo semejante sucede cuando Unamuno emplea el término "nivola" para referirse a su obra Niebla. La simple modificación de la palabra nos confronta con la retórica de la novela que asumíamos antes sin cuestionar. Unamuno busca precisamente ese conflicto; quiere que la retórica de la novela contextualice su pensamiento, pero desea que el texto la supere. Es decir, por una parte aspira a que aceptemos su mundo ficticio, pero una vez que esto se consigue, le interesa que su personaje, Augusto Pérez, adquiera una dimensión de carne y hueso, que su problemática sea nuestra problemática, que salgamos de la comodidad que supone aceptar un mundo ficticio que no se cuestiona, al ruedo de la reflexión filosófica sobre la realidad humana. Un simple juego de palabras basta en este caso para romper con la retórica de la novela y releer el texto bajo clave filosófica. Unamuno yuxtapone de hecho en esta obra ambas retóricas: novela y filosofía. Augusto Pérez, personaje "plano" desde la retórica de la novela, por carecer de desarrollo psicológico, emerge con fuerza individual, desde la retórica de la filosofía, al cuestionar su realidad, la de su autor y, en definitiva, nuestra propia realidad humana. Este ejemplo (por lo demás harto frecuente en la historia de las letras), sirve bien para deslindar el contenido, de su proceso de codificación. El pensamiento de Unamuno impregna todos sus escritos, aun cuando el Unamuno autor codifique dicho pensamiento de acuerdo a diferentes claves retóricas (novela, ensayo, poesía). La "lectura" de un texto, por tanto, puede efectuarse en el entorno que proporciona la retórica en que se exterioriza, pero en ningún caso está limitada por dicho entorno. Podemos incluso decir que la labor del hermeneuta reside precisamente en superar la codificación retórica; la retórica del género es el camino, el medio convencional, que facilita el diálogo, pero que no debe confundirse con el mensaje, con el contenido de lo que se desea expresar. Siempre han existido ciertas obras límites que se niegan a ser encasilladas dentro de los esquemas de una retórica particular establecida. Este sería el caso, por ejemplo, de Historia de una pasión argentina, del argentino Eduardo Mallea. No es novela ni ensayo ni tratado filosófico, en el sentido de seguir en su estructura la retórica establecida en cada uno de ellos. Pero en su desarrollo, el texto se codifica según elementos que pertenecen a cada uno de esos tres modos de expresión. El lector se ve forzado constantemente a decidir la clave bajo la cual efectúa la lectura. El crítico tradicional, ante esta obra, se sentía en la necesidad de encasillarla como paso previo imprescindible a su "lectura", tal era la aporía de la modernidad. Una hermenéutica que parta de un discurso antrópico, considerará la cuestión del género únicamente como uno de sus temas de investigación, pero que en realidad será secundario a los contenidos codificados en el texto. La cuestión del género refiere, pues, a los procesos de codificación de una estructura, y que por lo mismo puede ser marginal al texto que se interpreta. En otras palabras, los "valores" literarios o filosóficos de Historia de una pasión argentina, no dependen de que su autor haya usado en la articulación de su pensamiento la codificación retórica del ensayo, de la novela, o de la filosofía. El discurso antrópico, pues, asume los géneros en literatura desglosando la forma (retórica), del contenido (discurso que se articula). El substantivo sirve para demarcar el proceso retórico: poesía, novela, ensayo, filosofía, teatro El adjetivo, sin embargo, queda ahora desplazado; su relación con el substantivo no es directa sino circunstancial: poética puede ser una novela o una obra de filosofía; el discurso filosófico de una novela puede ser más profundo que el de una obra de filosofía; es decir, con filosofía denotamos una estructura retórica, una exteriorización formal, propia de un gremio y que, como todo género literario, posee una expresión sincrónica (procesos de codificación que gobiernan el género en un momento dado), y también un desarrollo diacrónico, que comúnmente se articula a través de las historias del género. Así, por ejemplo, el vocabulario técnico o la integración de las referencias, así también la adopción o la transformación o el diálogo con las formas retóricas legadas por la tradición del género, o las transgresiones que luego se incorporan en su retórica. En el discurso antrópico la pregunta fundamental deja de ser si Unamuno o Mallea eran filósofos, novelistas o ensayistas. Los términos de filósofo, novelista o ensayista resultan ambiguos, ya que hacen referencia, como indicamos anteriormente, a dos campos conceptuales: al de la retórica y al del contenido. Lo que la hermenéutica va a indagar ahora con preferencia, es en qué consistía y cómo articularon Unamuno y Mallea su discurso, y con ello nos referimos a los procesos de contextualización expresados anteriormente. Es legítima, eso sí, la pregunta sobre la retórica que Unamuno o Mallea usan para articular sus ideas. La resistencia, todavía presente en la actualidad, a separar la retórica propia de los diversos géneros, del contenido que a través de ellos se puede expresar, es un resabio del dualismo metafísico platónico. Desde Kant y sobre todo desde Nietzsche, se ha superado ya en la reflexión teórica el considerar la literatura como lenguaje de la ficción y la filosofía como lenguaje de la verdad. Pero todavía persiste asociar la filosofía con la razón y la literatura con la imaginación; todavía es común considerar que el medio propio de la filosofía es el concepto. Tanto la "imaginación" como el "concepto" nos remiten al contenido codificado en un texto, no al modo cómo se llevó a cabo dicha codificación. Una vez dicho esto, conviene hacer hincapié de nuevo en que la retórica de los géneros, de forma muy semejante al idioma en que se escribe un texto, es un campo de complicidad entre el autor y el lector. La expresión coloquial de "vamos a leer una novela o un poema," lleva implícita todo un proceso de codificación que comparten autor y lector, y que de modo muy superficial, pero eficaz, pregona la forma en que se articula un texto. Cuando un autor escoge la retórica de un género literario para articular su pensamiento, lo hace inspirado tanto por el objetivo de lo que quiere comunicar, como por el modo cómo lo quiere comunicar. Me refiero a que el autor puede pretender sólo comunicar, por ejemplo, un mundo ficticio (como tantas novelas "policíacas" o del "oeste"), o por el contrario, puede que la retórica de la ficción sea únicamente un ropaje externo con el que busca maximizar la repercusión del pensamiento que quiere transmitir (por ejemplo, 1984 de George Orwell). La primacía que goza en la actualidad la lectura ensayística (la que presupone la
retórica del ensayo), reside precisamente en que siempre tuvo como centro de su razón de
ser la reflexión, el diálogo, la comunicación con el "otro". Es decir, en el
contexto de los géneros literarios, el ensayo ha sido el más próximo al discurso
antrópico. Tanto para el autor como para el lector de ensayos, la codificación de las
ideas en estructuras depositarias fue siempre el medio; el objetivo era la reflexión y el
diálogo. La misma retórica del ensayo
ensalza la subordinación del proceso al contenido: no importa que el ensayo trate su tema
de un modo más o menos exhaustivo, ni que sea metódico en la estructura externa bajo la
cual articula su discurso, ni que posea riqueza de referencias; importa que se proponga
dialogar, que se transmitan convicciones propias, que transparente una confesión
intelectual, que imprima cierta sensación de espontaneidad (de ahí la falta de
estructura externa y frecuentes digresiones). |