Juan Bautista Alberdi

 

"Predicar en desiertos"

¡Y qué pocas son las ocasiones que no se predica de este modo en estos tiempos! Tiempos desiertos para todos los predicadores; tiempos sordos, que no quieren oír sermones de ningún género: los únicos medios de manejarlos son el palo, el oro, y la risa: agentes invencibles que se abren paso por dondequiera, y para los cuales no hay desiertos, porque a la elocuencia del palo, nadie es insensible; nadie es ciego a la luz del oro, ni sordo al susurro formidable de la risa. En saliendo de aquí, ya todo es sermón, es decir, sueño, aburrimiento, sordera, ininteligencia, pérdida de tiempo, desiertos. Así pues:

Escribir en La Moda, es predicar en desiertos, porque nadie la lee. ¿Para qué la han de leer? La Moda no da de palos, no da oro; solo debe a las pocas risas que se le escapan, los pocos lectores con que cuenta. ¿Para qué la han de leer? ¿Qué trae La Moda sino cosas que las damas están cansadas de saber? Un estilo añejo y pesado, que jamás se ha conocido en los tiempos floridos de nuestra prensa periódica: unas ideas rancias ya entre nosotros; unos asuntos frívolos, faltos de dirección y de sistema, y todo, en fin, tan trivial y tan ligero, que hasta las mujeres podrían hacer su crítica. ¿Cómo han de descender a tan indigno y estrecho recinto nuestros hombres serios? La Moda es para ellos un sucucho, un cuartejo a la calle, una barbería donde un tal Figarillo hace más enredos que barbas. De modo que La Moda es un pequeño desierto donde se puede decir impunemente contra las mujeres, especialmente, todas las injurias que se quieran.

Y en efecto, escribir para las mujeres, es predicar en desiertos, porque no leen, ni quieren leer; y si llegan a leer, leen como oyen llover. Un periódico de damas sería un desierto aquí, porque para nuestras damas, toda literatura es un desierto. Decirles que deben darse a la lectura, al pensamiento; que no basta saber bordar y coser; que el piano, el canto, el baile, el dibujo, los idiomas no constituyen sino un preliminar a una educación completa; que sus destinos son más altos y dignos en la sociedad, es predicar en las montañas, pero no como Aquél que hace cerca de dos mil años predicó en un monte, y hasta ahora retumban sus palabras por toda la tierra. Por un oído les entra, y por otro les sale. Vamos bailando y paseando, y después una de dos, o secándonos en el trabajo, o secándonos en el deleite, y después, más tarde, encerrándonos, y después llorando, y después vomitando sangre, y después entregando al cielo una vida recién comenzada: ¡esto es bello, natural sin duda!

Escribir para los tenderos, es predicar en desiertos. No leen: los periódicos y los libros son para ellos unas pampas, de que huyen cual si fuesen ganados. Puede usted escribir incendios contra ellos, en la seguridad de que no lo sabrán jamás: es como si usted dirigiese a un gaucho nuestro, un montón de injurias en inglés. No tienen por qué leer los tenderos: ¡son tan instruidos por lo común, tan urbanos, tan despejados!

Escribir en estilo un poco fácil y no convencional, es predicar en desiertos, porque nadie lo entiende. Aquí, en no escribiéndose con la materialidad vulgar y ordinaria de los españoles, ya tenemos sermón en desierto. Expresión un poco desusada, expresión perdida. Expresión sin trivialidad, poco prosaica, expresión perdida... ¡Pon fin! ¡Adónde se ha ido este! ¡Ni el diablo que le alcance! Término un poco metafísico, término perdido. Comparación un poco lejana, comparación perdida. Si usted no llama al pan, pan, y al vino, vino, usted predica en desiertos, en medio de esta sociedad soberbia de su cultura.

Hablar aquí el lenguaje usado hoy día en las prensas y en las tribunas de Europa, es predicar en desiertos, porque de nadie es entendido: es una jerga, una jerigonza, un batiburrillo indescifrable según algunos espíritus positivos de nuestra tierra. Es nuestro atraso, digo yo; no entendemos a la Europa: es extranjera para nosotros, como para nuestra madre la España, que no es de Europa, sino de África o Asia, más bien. Sola a la España entendemos; es decir, la materia, la prosa, la inepcia. No queremos sino lo que es eterno: nos preciamos de adelantados, y reímos de todo lo que no es de ahora cien años.

Proclamar la sociabilidad y moralidad del arte, es predicar en desiertos, porque los poetas, los lectores, la sociedad, todo el mundo continúa entregado al egoísmo. Y no se entiende lo que se lee; se lee como el loro; se acaba de leer la nueva doctrina, y se sigue haciendo obras egoístas. Es porque no se hace lo que se quiere, sino lo que se sabe; y no se sabe sino lo que es sabido, lo que ha sido hecho, lo que es viejo: no se sabe más que imitar, plagiar, copiar. Dar ejemplos nuevos, y únicamente así, es reformar el arte: ¡ejemplos, ejemplos! y basta de sermones.

Enseñar sus defectos y sus deberes a los cómicos, es predicar en desiertos. Todo arte, todo libro, todo estudio, toda escuela, es desierto para nuestros cómicos. Se les dice: no hagan ustedes esto, hagan ustedes esto otro; y se hacen saco, y siguen barbarizando, y ganando y comiendo, que es todo el fin de sus poltrones afanes.

Escribir en español americano, y no en español godo o castizo, es predicar en desiertos. Porque aquí las ideas, como los memoriales, han de guardar ciertas formas sancionadas, so pena de ser rechazados en caso de contravención. Hay hombre que más bien no querría saber una verdad nueva, antes que verla escrita en mal castellano. Para hombres de esta clase, es inconcebible toda ciencia, toda doctrina, que no venga escrita en la lengua de Cervantes. Es a la más ciega, a la más servil imitación de este escritor, a donde todas sus ambiciones literarias propenden. Escribir español castizo, castizo en todo, en voces, en régimen, en sintaxis, en giro, en tono, en saber: he aquí la cultura, el gusto, el arte, el lujo literario de sujetos, que, por otra parte no cesan de disputar a la España todas las prerrogativas inteligentes. ¡La degradan, la insultan, y la copian! ¡Y de copiarla se honran! ¡Risible anomalía!

Escribir ideas filosóficas, generalidades de cualquier género, mirar las cosas de un punto de vista poco individual, es predicar en desiertos. Aquí no se quiere saber nada con la filosofía, es decir, con la razón. Qué, y nosotros ¿somos racionales acaso? ¿No somos hijos de la Península? Que vaya la filosofía al otro lado de los Pirineos y del Rin, que a nosotros, para ser felices y libres, maldita la falta que nos hace el tal rerum cognoscere causas.

Escribir de su arte para los comerciantes, para los labradores, para los pastores, para los artesanos, para los industriales de cualquier especie, es predicar en desiertos. No leen, ni han leído, ni leerán jamás. ¿Acaso esas cosas se aprenden leyendo ni están en los libros? Eso se aprende por instinto, por imitación, por rutina, maquinalmente como los animales, como las abejas; y por eso es que nuestros artesanos y labradores trabajan hoy sus obras como lo hacían ahora cien años, y como de aquí a cien años lo harán todavía. Son exactamente unas abejas en esta parte, pero unas abejas ociosas, negligentes, abandonadas, sin duda por el número infinito de zánganos con que cuenta la colmena.

Estimular la juventud al pensamiento, al patriotismo, al desprendimiento, es predicar en desiertos. La noble juventud se hace sorda, y corriendo afanosa tras de deleites frívolos, por encima de un hombro desdeñoso, envía una mirada de tibieza sobre las lágrimas de la patria.

La Moda, 10 de marzo de 1838. Obras completas, T. 1 (Buenos Aires: la Tribuna Nacional Bolívar, 1886).

 

© José Luis Gómez-Martínez
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