Teoría, Crítica e Historia

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La abolición de la esclavitud
y el mundo hispano


 

Influencia krausista en el abolicionismo español del siglo XIX:
la Sociedad Abolicionista Española (1865-1887).

Manuel García Castellón

 

Un elenco de autores, breve hasta la fecha, ha hablado del surgimiento del abolicionismo español decimonónico, el cual, en vísperas de la secesión de las Antillas, alzó su voz en favor de los oprimidos esclavos africanos que allí laboreaban en haciendas e ingenios.[1] De lo que quizá también convendría dar cuenta, junto a esas escasas pero excelentes investigaciones, es del trasfondo de ideología krausista que inspiró dicho abolicionismo, en especial a la benemérita Sociedad Abolicionista Española, distinguida en su día por sus conferencias, concursos literarios, boletines y campañas de prensa, urgiendo a los poderes públicos a poner fin a la infame institución de la esclavitud.

A mediados del siglo XIX, la persistencia de la esclavitud en los territorios españoles de ultramar afectaba al país en los planos nacional, colonial e internacional. El tema caldeaba al máximo las sesiones parlamentarias; incidía en la problemática secesionista cubano-portorriqueña y, por ende, en los foros diplomáticos daba pésima imagen de España, acusada de incumplir los tratados firmados con Inglaterra en 1817 y 1835, así como de desoir las recomendaciones que, en pro de la abolición, se le hacían a través de las conferencias internacionales. En efecto, iniciada la segunda mitad del siglo XIX, España era la última nación europea en mantener la esclavitud en sus colonias.

Tras la muerte del absolutista Fernando VII, en cuyo reinado se habían perdido las colonias continentales de América, el gobierno de su hija y sucesora Isabel II oscila entre etapas de moderado liberalismo y regresiones oscurantistas. En un momento en que se recaba la ayuda de la intelligentsia del país para remediar el atraso social y cultural, el Ministro de Educación encarga a Julián Sanz de Río (1814-1869), catedrático de metafísica de la Universidad de Madrid, que procure hallar en cualquier universidad o foro cultural de Europa la filosofía práctica capaz de contribuir al progreso nacional en todos los órdenes. Habiéndose dirigido con tal propósito a Alemania, Sanz del Río creyó que la doctrina neokantiana de Carl Christian Friedrich Krause (1731-1832) sería perfectamente asimilable a la vieja tradición humanista española, tan necesitada de ser restablecida según Sanz. Vuelto a España, en 1857 dicta Sanz su “Discurso de inauguración del año académico,” que causó gran polémica. Poco después, la obra de Krause Ideal de la Humanidad para la Vida, traducida al español por el mismo Sanz, era colocada en el Indice Vaticano de Libros Prohibidos por presiones de la Iglesia española, escandalizada del contenido panteísta y racionalista de la nueva doctrina filosófica. Los adeptos del krausismo, que en brevísimo tiempo habían proliferado entre los estamentos de la enseñanza y el gobierno —fueron en aquellos días destituidos de sus cátedras o puestos de responsabilidad pública.

Pero la hora de la modernidad por fin sonaba para España. Son los mismos militares liberales y masones —i.e., los generales Prim, Serrano y Topete— quienes organizan una revuelta contra el entorno demasiado clerical de Isabel II. La reina hubo de exilarse en París y España proclamó triunfante su Primera República. Era el año de 1868. Con todo honor se restableció en sus cátedras y puestos de responsabilidad social a los krausistas. Más que nunca se volvió a confiar en ellos para que aportaran una filosofía de estado capaz, como hemos dicho, de incluir a España en la órbita de la Europa culta y próspera.

El krausismo, en efecto, tenía un fondo eminentemente moral y regenerador. Según sintetiza José Luis Abellán, el carácter fundamental de aquella filosofía era el predominio de la razón ética en cuanto a la perfectibilidad del hombre y las sociedades (405). A tal fin, se instaba al individuo a una virtud altruista y racional, de base judeo-cristiana. Se acentuaban la unidad social y la solidaridad frente al egoísmo y el lucro. Se propugnaban la educación de las masas, los derechos de la mujer —en especial el derecho al voto— el trabajo organizado, el derecho internacional, la transparencia moral en la vida pública y privada, así como el control gubernamental en los asuntos sociales y económicos, sin que por ello la doctrina se mostrase como una corriente revolucionaria. La influencia de aquella religión laica fue enorme, aglutinando a la flor y nata de los intelectuales humanistas de la época, tales como el franciscano exclaustrado Fernando de Castro (capellán que fue de la Reina), Nicolás Salmerón, Manuel de la Revilla, Gumersindo de Azcárate, Ginér de los Ríos, el cubano Rafael María de Labra y los puertorriqueños Julio de Vizcarrondo y Eugenio María de Hostos. No sólo en España, sino en colonias e incluso en ex-colonias, fue grande el influjo krausista a través de la versión española de Sanz del Río, como han puesto de manifiesto los trabajos de José Luis Gómez-Martínez y otros. En fin, todos los hispanistas concuerdan, el krausismo fue un aura de bonanza que alentó sobre la decrepitud de la triste España post-imperial. A partir de la revolución de 1868, el movimiento siguió alentando instituciones de variado signo benéfico-social, hasta llegar en su última etapa, de cariz cada vez más positivista, a la célebre Institución Libre de Enseñanza, de la que surgirían —como se sabe— intelectuales de la talla de Concepción Arenal, Ramón y Cajal, Joaquín Costa y Unamuno, entre otros. Con todo, el krausismo español constituía una ideología burguesa y bienpensante, pues aunque se oponía al protagonismo de las antiguas oligarquías opresoras, incluyendo el militarismo, propugnaba un cambio armónicamente evolutivo, nunca radical, basado sobre todo en la educación moral de los individuos.

Lógicamente, entre los más firmes principios del krausismo figuraban la emancipación de las colonias y la abolición de la esclavitud. Para Krause, en la traducción que de su obra hiciera Julián Sanz del Río, la Humanidad estaba llamada a ser una sociedad de sociedades, y las relaciones tanto entre hombres como entre pueblos debían remedar las de una amorosa familia. Por consiguiente, toda relación de opresión o dominio era contraria al destino que la Divinidad había trazado para el género humano. Exhorta Krause: “Cada individuo y cada pueblo debe en su lugar y tiempo vivir libre y propio en sí [...] Ninguno ha de menguar ni impedir la libertad del otro (ii-9). La esclavitud está definida en Krause como una “enfermedad” de la Humanidad, “que paraliza sus mejores fuerzas” (II, 111). Censura al estamento cristiano por haber consentido a lo largo de la historia en la continuidad de “la esclavitud y la tiranía,” hasta llegarse con ello a los genocidios de pueblos jóvenes (II, 115-116), y predice que “la esclavitud quedará en breve desterrada de toda la Europa” (I, 121). En los casos en que el reprobable sistema colonial fuere el estado de hecho, como mal menor, según Krause, concierne al pueblo dominador constituirse en ayo moral del pueblo dominado a fin de fomentar la personalidad política o nacionalidad de éste, con vistas a la más pronta independencia (II, 82). Y el mismo traductor y editor, es decir, el mismo Julián Sanz del Río, en nota al texto concuerda con Krause al predecir el advenimiento de un tribunal supranacional que juzgue el proceder histórico de ciertos pueblos, “incluyendo la injusticia viva de las razas blancas contra las razas negras” ya que “todos los pueblos son partes vivas e iguales” de una misma humanidad que aspira a la comunidad de ideales (II, 97, n. 1). Por último, citamos un texto clave de Krause que implícitamente opone solidaridad y respeto entre los pueblos a relaciones de dominación y esclavitud: “El hombre fiel a su naturaleza quiere que los pueblos infantes sean educados por los pueblos mayores [...] quiere que los débiles sean sostenidos y protegidos, que los oprimidos sean restablecidos en su derecho humano [...] que mediante amor y derecho se reunan un día en la tierra en un grande, libre y armónico pueblo (I, 110).[2]

Sin duda es necesario recordar aquí que la esclavitud, formalmente abolida para el territorio peninsular en la tardía fecha de 1836, había desaparecido en la metrópoli casi medio siglo antes. Al iniciarse el siglo XIX los siervos eran ya rarísimos en España. Había remitido ya aquella etapa de guerras contra Marruecos o Turquía, guerras cuyas capturas humanas surtían el remo forzado de las galeras españolas. Respecto a la esclavitud en territorios ultramarinos, España había ratificado en 1815 un tratado con Inglaterra para que, a partir de tal fecha, finalizase y fuese declarado ilegal todo tráfico y trata de esclavos en las colonias.[3]

Con todo, estas previsiones no sólo dejaban incólume el sistema de esclavitud en las colonias, sino que a lo largo de casi todo el siglo XIX continuó la trata. La clase hacendada y de suyo esclavista amenazaba con la insurgencia, el secesionismo o el anexionismo a EE.UU. si las autoridades metropolitanas se mostraban demasiado ajenas a sus intereses. En Cuba, una economía aún pre-industrial requería multiplicar los brazos en proporción directa al crecimiento de la producción azucarera. No bastando la procreación natural del mismo contingente esclavo se recurría, pues, a la trata ilegal. Esta se hacía con la oculta anuencia del gobierno y desde las mismas colonias españolas del golfo de Guinea, es decir, Fernando Poo y Guinea Ecuatorial.[4] Si a finales del siglo XVIII los esclavos de Cuba constituían aproximadamente el 24% de la población total de 200.000 almas, a mediados del XIX el porcentaje había aumentado casi al 50% en una población de 1.000.000, es decir: el rápido auge demográfico que por entonces experimentó la isla se tradujo también en un prodigioso crecimiento absoluto y relativo de la población esclava.[5]

Mas aunque el estamento hacendado de las islas fuese de suyo antiabolicionista (y con él el propio Gobierno de Madrid), algunos de sus representantes en Cortes parecían tener mentalidad mucho más avanzada. Ya en 1865, siendo ministro de Ultramar Cánovas del Castillo, se constituyó una Junta asesora legal con integrantes coloniales y peninsulares a fin de implementar las leyes tendentes a la abolición, para que ésta se llevara a cabo gradualmente al menos y bajo control del propio estamento esclavista. Hacia la década de 1870, entre aquellos parlamentarios coloniales es un insigne cubano quien alza su enérgica voz abolicionista. Se trataba del Rafael María de Labra, quien a través de los debates de la Cámara surgidos con motivo de las leyes abolicionistas de 1873, 1880 y 1886, denunciaría con gallarda insistencia el estado y condición de los esclavos negros de Cuba. Diputado en Cortes por Puerto Rico y después por Cuba, Labra, convencido krausista, fue gran propagandista no sólo del abolicionismo, sino también, andando el tiempo, cooperador del primer Martí en la causa de las autonomías antillana y filipina.[6]

Labra sería también uno de los primeros intelectuales krausistas en afiliarse a la Sociedad Abolicionista Española, formalmente fundada en la Academia de Jurisprudencia de Madrid en 1865, es decir, al tiempo de la guerra civil norteamericana. Iniciada por el puertorriqueño Julio de Vizcarrondo (1829-1889) un año antes, la Abolicionista fue secundada desde el primer momento por los más prominenetes intelectuales y políticos de tendencia demócrata y “economista.” Por fin el esfuerzo abolicionista dejaba de ser iniciativa personal y aislada, cual la había habido algunas veces en las Cortes españolas desde los días de la ilustrada Constitución de 1812.[7] Notorios participantes en la empresa fueron Salustiano de Olózaga, Segismundo Moret, Manuel Becerra, Juan Valera, Práxedes Mateo Sagasta, Nicolás Salmerón y el gran orador parlamentario Emilio Castelar, en cuya temática no faltaban virulentas diatribas contra esclavitud y esclavistas. El capítulo femenino de la sociedad estaba dirigido por la Condesa de Pomar, pero suponemos que un papel importante lo ostentaría Harriet Brewster, la esposa norteamericana de Julio Vizcarrondo, quien servía de enlace para que la Sociedad estuviese constantemente informada de los últimos avances del movimiento abolicionista inglés y norteamericano. Para todos ellos, de filiación krausista, la redención del esclavo era la primera de las modificaciones que había de sufrir el régimen de los territorios de Ultramar, si no se quería que peligrara la soberanía española.

La Sociedad comenzó pronto a publicar un boletín —El Abolicionista Español— en el que se intentaba modificar la conciencia nacional sobre el problema de la esclavitud. El lema que adoptó la Sociedad era un esclavo encadenado y arrodillado, apelando a la fraternidad entre los humanos. La Sociedad, a lo largo de sus años de existencia, convocó un incalculable número de reuniones en pro de su noble objetivo. Entre sus actividades tuvo también lugar un concurso literario en 1865, cuyo tema por supuesto sería la abolición de la esclavitud. Como dice el mismo Labra con triste humor, “el negro salió de las tablas del teatro y del tango del Tío Caniyitas, para entrar en el escenario de los dramas sociales” (1888: 69). Al certamen concurrieron varias plumas, unas más ilustres que otras, obteniendo el galardón la eximia publicista Concepción Arenal (1820-1893) con su oda “La esclavitud de los negros”. El poema, incluido en un Cancionero del esclavo que reunía las composiciones premiadas, resaltaba el oprobio moral que suponía para España ser la última nación europea en mantener la esclavitud, el más flagrante escarnecimiento del derecho de gentes: “¡Oh patria, vuelve en ti, que harto serviste / de instrumento al error y la codicia!,” dice la Arenal (28). Y más adelante: “Mientras cobije esclavos tu bandera / grande no puedes ser, ni respetada” (29).

El carácter casi estrictamente literario y docente de la etapa inicial de la Sociedad Abolicionista se explica por la reserva que sus fundadores tenían de no ser tachados de filibusteros por la opinión y los poderes públicos, cosa que naturalmente no pudieron evitar del todo. Al fin y al cabo, en la Península también abundaban los elementos que temían la pérdida de los mercados coloniales. Sin embargo, desafiando a quienes veían en el abolicionismo un peligro para la hegemonía española en las Antillas, los legisladores de inspiración krausista consiguieron que la trata clandestina fuese asimilada a piratería por una ley en junio de 1866.[8]

El segundo período de la Sociedad Abolicionista, más activo, se apoya en la ya mencionada revolución liberal española de 1868, en la que se proclama los derechos del hombre y se reinstala a los krausistas en el gobierno. Cesan entonces como miembros los elementos que propugnaban abolición gradual y compensada; a su vez, los más combativos como el krausista Fernando de Castro y su discípulo Rafael M. de Labra sin ambages declaran dogma de la Sociedad la Abolición inmediata y simultánea en Cuba y Puerto Rico. El manifiesto fue redactado por el mismo Labra A partir de 1869, con Fernando de Castro como presidente y Rafael M. de Labra como vicepresidente, es franca lucha lo que mantienen aquellos abolicionistas contra el doble frente pro-esclavista, peninsular y antillano. En su toma de posesión, Fernando de Castro manifestó solemnemente que su empeño sería “extraño a todo interés de partido” (Cf. Labra, 1888: 80). Los esfuerzos de otros miembros más combativos y politizados complementaron la piedad y el desinterés del sacerdote krausista.

El desencadenamiento de la revuelta cubana, ocurrido en 1868 y que se prolongaría durante diez años, permite a los negreros y sus secuaces parlamentarios movilizar la opinión y la prensa a su mezquino favor. Los esclavistas llegaban a alquilar a elementos de la chusma madrileña para, con ella, organizar ruidosas algaradas “patrióticas” en el centro de la capital. El gobierno, acobardado, vuelve a la teoría de la abolición gradual, con compensación a los propietarios de esclavos. A su vez, los abolicionistas —quienes en todo momento se declaraban leales a la españolidad de Cuba y Puerto Rico— convocaron sus propias manifestaciones en importantes ciudades del país, unidos a otros elementos radicales de la sociedad, como el mismo Partido Radical sustentor de la improvisada monarquía del rey extranjero Amadeo de Saboya.[9] En 1873 surten efecto las presiones de la Sociedad Abolicionista sobre aquel gobierno de generosas miras. Las circunstancias permiten entonces, y se logra, que se proclame la abolición total para Puerto Rico, donde una coexistencia de trabajadores blancos y esclavos, debida a una reciente inmigración de españoles humildes y dignos, facilitaba la transformación de esclavitud a trabajo libre asalariado, con todas las implicaciones sociales favorables incluyendo una considerable alza en la producción azucarera. Cuba, por su parte, como analiza Schmidt-Nowara, todavía por entonces poseía una sociedad más aristocrática o pre-moderna y, por consiguiente, más proclive al prejuicio del estigma racial parejo al trabajo manual (119).[10] Esto chocaba con el discurso de los abolicionistas, en el que la ética krausista hacía que las diferencias raciales se disolvieran.

El asesinato de Prim en 1870 y la subsiguiente inestabilidad política que caracterizó el breve reinado de Amadeo de Saboya detuvieron por algunos meses la actividad de la Sociedad Abolicionista. Por fortuna, la Primera República que sucedió a la abdicación de Amadeo estuvo regida por krausistas, y dos presidentes consecutivos —Salmerón y Castelar— eran miembros de la Abolicionista. Incluso caída aquella República liberal y restaurada la monarquía borbónica y conservadora en 1874, la nueva constitución que se promulgó integraba principios liberales de la Carta de 1869, entre ellos la deploración de la esclavitud y el compromiso del Estado para ponerle fin gradualmente. Con todo, costó mucho que el Gobierno permitiera sucursales de la Sociedad Abolicionista en suelo puertorriqueño y cubano. De nuevo se consideraba que las leyes debían tener otra lectura en las colonias, o simplemente ser mantenidas en suspenso como era costumbre por parte de los capitanes generales, habituados a lo arbitrario Las leyes abolicionistas se hacían en la Península, mientras que en las Antillas la menor tendencia abolicionista siempre fue brutalmente reprimida, según testimonio de Labra (1874: 68).

En la fase final del abolicionismo, que podría situarse entre 1872 y 1886, la opinión pública ya ha tomado conciencia de la lacra que la esclavitud supone para la sociedad española metropolitana y colonial. Ello sin duda se ha debido en gran medida los esfuerzos de la Sociedad Abolicionista, que ya cuenta con filiales en todas las provincias y en las colonias. Hacia 1879 la prensa ya está definida respecto al problema, dividiéndose la opinión entre los que proponen total abolición inmediata y simultánea, abolición gradual y mantenimiento del status quo esclavista. En dicho año, finalizada la primera guerra cubana de insurgencia, España se compromete a reconocer la libertad de los africanos que habían luchado en las filas insurgentes. Necesariamente se impone también entonces la liberación de los esclavos que se habían mantenido fieles a sus amos, es decir, fieles al gobierno de Madrid, cosa que se legisló a partir de 1880. Esta aplicación lógica y su feliz resultado se llevaron a cabo, una vez más, a instancias de miembros de la Sociedad Abolicionista en su calidad de parlamentarios, en especial por Rafael María de Labra. Con todo, las presiones de los esclavistas consiguieron que se estableciera el llamado hipócrita “Patronato,” mediante el cual los libertos debían seguir trabajando durante siete años para con ello pagar el costo de su propia liberación. La Abolicionista también consiguió en 1883 se declararan ilegales el cepo y los grilletes y todo tipo de castigos ignominiosos para el “patrocinado.”

Con el liberal Práxedes Mateo Sagasta como primer ministro, los abolicionistas pudieron por fin difundir sus ideas con toda libertad. Paloma Arroyo recuerda que una de las cartas de adhesión recibidas entonces por la Sociedad Abolicionista era del mismo Victor Hugo (180, n. 1). La agitación abolicionista se extendió con rapidez y convicción por toda España. Las alternativas de poder entre liberales y conservadores durante la década de los 80 no impidieron a los abolicionistas la continuidad de su lucha, esta vez centrada sobre el hipócrita sistema de Patronato, cuya inmediata abrogación reclamaban. Lo consiguieron el 7 de octubre de 1886, fecha en la que desaparece el último resto del sistema de esclavitud.

 Aquellos abolicionistas de talante moral krausista, téngase presente, en ningún momento fueron partidarios de la secesión de las colonias. El mismo Labra advierte que es precisamente la renuencia a libertar a los esclavos lo que incitaría a un secesionismo salvaje y a la haitiana. Consciente de que la revolución cubana se refuerza con ex-esclavos que prefieren la muerte gloriosa en batalla a la muerte lenta en los ingenios, no duda que “ uno de los más poderosos medios para concluir la insurrección cubana es la perspectiva ofrecida a los negros de que en el seno de la sociedad que hoy combaten pueden gozar de una libertad muy superior a la misma que aquellos desgraciados pretenden disfrutar en el campo de la rebelión” (1874: 27-28). Los abolicionistas-secesionistas, según Labra, estorban el triunfo de la abolición, la cual buscan “con grave error, sin duda a la sombra de una bandera extraña, o al abrigo de una independencia, cuando no quimérica, desastrosa” (1874: 35). Los recursos que se lleva la guerra, según Labra, mejor invertidos estarían en compensar a los dueños que manumiten a sus esclavos, o bien en educar a la población bozal —la cual constituía dos tercios de la población esclava de Cuba— preparándola así para una mejor integración social una vez libertada (1874: 37). Esto se debe a que el krausismo no contenía en sí ningún credo rupturista, sino de integración que hoy llamaríamos burguesa. El último de los “Mandamientos de la Humanidad” krausistas decía así, en la versión de Sanz del Río: “Al mal histórico que te alcanza en la limitación del mundo y la tuya particular, no opongas el enojo ni la pusilanimidad, ni la inacción, sino el ánimo fuerte, el esfuerzo perseverante y la confianza, hasta vencerlo con la ayuda de Dios y de ti mismo” (100).

Es decir, el krausismo más bien pone el acento en una teoría de armónicas complementariedades entre los elementos de la familia humana, donde unas sociedades deben estar supeditadas a otras en el desarrollo gradual del proyecto humano. El mismo Rafael María de Labra confiaba en que el africano, por su docilidad, una vez liberado constituiría un dócil y confiable trabajador asalariado.

De todas maneras hemos de concluir que aquél abolicionismo supuso, precisamente en términos krausistas, un importante paso en el ascenso humano de aquella sociedad española del XIX. Y si la abolición fue obra de los legisladores, no así el abolicionismo, cuyo papel preponderante se debió al impulso del humanitarismo krausista, encarnado en miembros de la Sociedad Abolicionista de Madrid como Fernando de Castro y su discípulo cubano Rafael María de Labra. Con ello, la conciencia histórica española por fin se redimía a sí misma, corrigiendo el capítulo que, en su día, el mismo Bartolomé de las Casas dejara reprobablemente incompleto al propugnar la sustitución de esclavos indios por esclavos africanos.

 

Bibliografía de obras citadas

  • Abellán, José Luis. Historia del pensamiento español de Séneca a nuestros días. Madrid: Espasa, 1996.

  • Arroyo, Paloma. “La Sociedad Abolicionista Española, 1864-1886,” en Cuadernos de Historia Moderna y Contemporánea, n° 3. Madrid, 1982.

  • Gómez-Martínez, José Luis. “El krausismo en Iberoamérica,” en El krausismo y su influencia en América Latina. Ed. Instituto Fe y Secularidad. Madrid: Fundación Friedrich Ebert, 1989.

  • Hernández Ruigómez, Almudena & González de Heredia y Oñate, Carlos M. “El pensamiento abolicionista de Rafael María de Labra expuesto a través de su acción parlamentaria,” en Esclavitud y derechos humanos. La lucha por la libertad del negro en el siglo XIX. Ed. a cargo de Francisco de Solano y Agustín Guimerá. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Departamento de Historia de América, 1990.

  • Krause, Christian Friedrich ( 1781-1832) / Sanz del Río, Julián (1814-1869). El ideal de la humanidad para la vida. Traducción de Urbild den Mescheit, de Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832). Madrid: Sociedad General española de Librería, 1904.

  • Labra, Rafael María de. “La abolición y la Sociedad Abolicionista española en 1873.” Discurso pronunciado en la Junta General de Socios celebrada el 1° de enero de 1874 en el salón de sesiones de la Academia Matritense de Jurisprudencia y Legislación. Madrid: Sociedad Abolicionista Española, 1874.

  • ______. D. Fernando de Castro. Estudio biográfico. Madrid: Establecimiento tipográfico de El Correo, 1888.

  • Navarro Azcue, Concepción. “El problema legal en el abolicionismo cubano,” en Esclavitud y derechos humanos. La lucha por la libertad del negro en el siglo XIX. Ed. a cargo de Francisco de Solano y Agustín Guimerá. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Departamento de Historia de América, 1990.

  • Phillips, William D. Jr. Historia de la esclavitud en España. Madrid: Editorial Playor, 1990.

  • Schmidt-Nowara, Christopher. Empire and Anti-Slavery. Spain, Cuba, and Puerto Rico, 1833-1874. Pittsburgh: University of Pittsburgh Pres, 1999.

Notas

[1]. V. los trabajos de Paloma Arroyo (1980) y Christopher Schmidt-Nowara (1999), en nuestra Bibliografía.

[2]. Como tal “religión,” el krausismo instituía sus propios “Mandamientos de la Humanidad.” En cuanto a la esclavitud, de varios de estos mandamientos se colige cuán opuesta sea a la dignidad y perfectibilidad humanas, ya que toda relación entre individuos o sociedades debe basarse en el mutuo respeto y en la mutua libertad. “7°. Debes ser justo con todos los seres y contigo, en puro, libre, entero respeto al derecho.” “14°. Debes cumplir su derecho a todo ser, no por tu utilidad, sino por la justicia.” “15°. Debes procurar la perfección de todos los seres...” “No debes ser orgulloso, ni egoista, ni perezoso, ni servil...” (Cf. Krause / Sanz del Río, 98-100).

[3]. Dado que las leyes garantizaban la libertad de todos los españoles en el territorio peninsular, la R.O. abolitoria de 1836 recomendaba a los Gobernadores ultramarinos “no franqueasen pasaportes a esclavos para la Península,” pues que una vez en ella dichos esclavos podrían acogerse a la emancipación automática y así abandonar el servicio de sus amos. (Cf. Labra, 1888: 64).

[4]. Para el Gobierno, sobre todo para sus elementos ultramontanos y hegemonistas, las presiones inglesas y americanas no respondían a fines humanitarios en sí, sino que aparecían como mera maquinación para socavar la presencia española en América.

[5]. Datos según Enciclopedia Espasa, art. “Abolición.”

[6]. Labra dejó escrita una sentida biografía de Fernando de Castro, testimoniando del humanitarismo anti-esclavista de éste: “Amaba al esclavo como al pobre, por principios de justicia y por ternura de sentimiento ... al pedir, en nombre de Dios, en obsequio de la humanidad y por honra de la patria, olvidado de todo interés pequeño y de toda pasión política, la adhesión eficaz de todos nuestros compatriotas al pensamiento nobilísimo y fortificante de la redención del esclavo.” (1888: 81)

[7]. Por ejemplo, las intervenciones en la sesión de 1855 por parte del Marqués de Albaida y de Nicolás María Rivero, o los discursos de Castelar.

[8]. A las presiones de Inglaterra se sumaban las instancias de los Congresos Internacionales de París y Viena en favor de la abolición. En principio, las leyes que condenaban la trata eran relativamente serias para la época: hasta seis y ocho años de presidio a los armadores, capitanes e incluso marinería del buque apresado con negros bozales, así como desguace total de dicho buque.

[9]. Amadeo de Saboya, rey extranjero que el General Prim había entronizado movido por su odio a los Borbones, movido por su propia conciencia liberal había llegado a decir: “Si he de perder mi corona, sea en buena hora por la abolición de la esclavitud.” Cf. Labra, 1874: 9.

[10]. Rafael María de Labra, aun feliz de que se haya proclamado la abolición en Puerto Rico, abomina de la maniobra por parte de esclavistas de Cuba, especialmente norteamericanos, de adquirir—en vísperas del decreto—un gran número de esclavos puertorriqueños para transportarlos a Cuba, sabedores de que allí la Abolición se haría varios años más tarde. Los Abolicionistas españoles escribieron al Presidente Grant para que su gobierno tomara medidas legales contra aquellos norteamericanos que, en contra de los principios de su nación, mantenían esclavos en suelo extranjero. La respuesta de Grant indicó que, aun deplorando el proceder de aquellos conciudadanos suyos, la solución competía más bien en España, remisa a abolir la esclavitud en su colonia. (12-15).

Manuel García Castellón
University of New Orleans

[Fuente: Manuel García Castellón. "Influencia krausista en el abolicionismo español del siglo XIX: la Sociedad Abolicionista Española (1865-1887)." Actas de la 11th Annual Afro-Hispanic Literature and Culture Conference (Conference Proceedings). In Diáspora. Southern Arkansas University. 11 (2001): 158-165. Actualizado julio 2004]

 

© José Luis Gómez-Martínez
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