Don Juan Manuel

 

Libro de los Estados
(1330)

Miguel Vicente Pedraz
Universidad de León

NOTA INTRODUCTORIA

Compuesto entre 1327 y 1330, inmediatamente después de concluida la redacción del Libro del cauallero et del escudero y en el marco de una acusada conflictividad social en Castilla, el Libro de los Estados trata de ser un estudio comprensivo de la verdad cristiana y de su aplicación a la sociedad estamental. Se configura, en este sentido, como una reflexión global sobre los distintos modos en que el hombre puede alcanzar el premio espiritual en el seno de una estructura social jerárquica e inmutable cuyo alcance, no obstante, va más allá del mero estudio erudito de la estructura social de la Baja Edad Media castellana.. Así, al margen de confesadas intencionalidades formativas muy generales, el Libro de los Estados parece cumplir una tarea política personal del autor consistente en el establecimiento de alianzas y reconciliaciones -especialmente con Arzobispo de Toledo, Juan de Aragón-, además de servir de recriminación a Alfonso XI y sus partidarios, quienes con sus intrigas dinásticas habían mancillado su honra y su posición.

Pero los motivos que llevaron a Don Juan Manuel a escribir el Libro de los Estados no pueden ceñirse exclusivamente a la defensa de su nombre y su hacienda, aunque la importancia de estos fuera de primer orden. La salvación del alma, que actúa como eje permanente del diálogo didáctico, avala una segunda intencionalidad que, sin ninguna duda, se puede calificar como apostólica. Una intencionalidad que queda delimitada, en primer lugar, por la lucha contra la herejía y las religiones coexistentes con el cristianismo en la península; en segundo lugar, por la vocación de hacer asequible al entendimiento de todos los hombres las enseñanzas bíblicas; y, finalmente, por la pretensión de mantener el orden jerárquico de la sociedad a cuya cabeza se situaba el emperador en lo temporal y el Papa en lo espiritual.

La obra, tal como se conoce por el único manuscrito conservado (Manuscrito 6376 de la Biblioteca Nacional de Madrid), está compuesta por dos partes o Libros que, a su vez, presentan una subdivisión de cien y cincuenta y un capítulos respectivamente. No se trata de un diálogo novelesco o teatral en el sentido moderno en la medida en que los personajes no entablan la conversación en un espacio y un tiempo concretos. Los personaje, sin decorado y sin el menor indicio de acción, hablan indisimuladamente por boca del autor de los grandes problemas teo-filosóficos sin tan siquiera el elemento dinamizador de la contraargumentación.

Considerado como una glorificación del hombre en el mundo, el Libro de los Estados es un cuento devoto de intención teológico-filosófica en el que, sin embargo, es posible apreciar una cierta aunque velada desconfianza respecto de la vida mística y ascética. La narración o, más propiamente, el conjunto de narraciones de que consta la obra están construidas en forma dialogada en torno al proceso de educación-conversión de un infante pagano –Joás– que, siendo bueno por naturaleza y razón, había sido alejado del conocimiento inmediato de la muerte, así como de toda idea de trascendencia, por lo que carecía del barniz de la espiritualidad cristiana. La descripción de los estados del mundo –que sitúa a la obra en el ámbito de la literatura sociológica, toda vez que elabora un no poco detallado concepto de la estructura social y del poder político– aparece en la trama como una muestra didáctica de los secretos de la virtud cristiana conducentes, en última instancia, la salvación del alma.

Joás es el hijo único del rey pagano Morabán, el cual encarga a Turín que se ocupe de la educación –caballeresca– de su heredero evitándole todo contacto con el sufrimiento. El encuentro casual con un cortejo fúnebre y el descubrimiento del cuerpo inerte del cadáver obliga a Turín a explicar al joven aspectos relativos a la muerte, la realidad corporal del hombre y la existencia del alma. La insistencia de Joás en ampliar un conocimiento que Turín no le puede proporcionar, pues también él es pagano y no alcanza a conocer los entresijos de la vida sobrenatural, conducen a Morabán al nombramiento de un nuevo ayo, el filósofo y predicador cristiano Julio –supuesto preceptor del propio Don Juan Manuel–, quien debe explicar al infante todo lo relativo a la salvación del alma y, a la postre, situarle a él y a todo su reino en el mejor camino para alcanzarla: debe enseñarle los comportamientos que, por su alta dignidad, ha de mostrar y, asimismo, hablarle de los fundamentos de la ley –la fe– a la que se ha de someter. La explicación de las distintas leyes (religiones) y la demostración de que el cristianismo es la única ley verdadera y la única por la que se puede alcanzar la salvación del alma terminan en la conversión y el bautismo tanto del infante, como de su ayo Turín, del rey Morabán y de todo su reino. A partir de ahí –mediado el primer Libro– aparece el discurso sobre los estados y el fundamento organicista de la jerarquía social que serviría para profundizar en la doctrina cristiana y, a la vez, para legitimar el orden social establecido. Dentro de la lógica interna de la narración, tiene lugar como fruto de un análisis comparativo que Julio hace respecto de la ley natural y la ley divina a la cual se debe acomodar el orden de la sociedad y, por supuesto, los poderes –laico y eclesiástico– que mantienen su gobierno. En este sentido, se puede decir que la descripción de los estados constituye, antes que nada, una definición de los deberes, tanto espirituales como seculares, de la nobleza donde la tesis básica, desarrollada en el seno de una concepción teocrática de la sociedad, es que el estado y el oficio no suponen un obstáculo para la salvación del alma: aunque el estado de los emperadores es el más virtuoso y, por lo tanto, el más próximo a la salvación –de entre los estados laicos–, no es preciso cambiar de estado para conseguir la última recompensa. Esta afirmación, que se repite constantemente a lo largo de toda la obra, queda matizada por un trasfondo ideológico ortodoxo mucho más determinante que la propia repetición de las palabras: la alcurnia y la riqueza permiten mejor la realización de las buenas obras, lo que constituye la más contundente sanción del poder y la más clara definición de la nobleza inserta en una visión inmovilista del mundo.

La base teórica sobre la que Don Juan Manuel parece asentar la exposición del papel social y político del hombre en el mundo es, según Macpherson y Tate, la doctrina tomista de la via media según la cual el orden natural podía ser suficiente para reconocer las reglas del comportamiento correcto –en razón– pero no así para descubrir el fin sobrenatural de la humanidad. Este, cuyo conocimiento está reservado a los sacerdotes, sería tributario del orden divino al cual, en última instancia, debe orientarse el poder laico. Aquí es donde parece fundamentarse la función pedagógica de Julio puesto que no había nada en el comportamiento del rey Morabán ni en el de su hijo que pudiera reprocharse: el papel del filósofo consistiría en sentar las bases de la armonía entre los poderes laico y eclesiástico, real y papal, cada uno con cometidos diferentes según la lógica de la concepción jerárquica y bifronte de la sociedad medieval. Es precisamente esta armonía funcional, en virtud del ordenamiento divino, lo que amparaba la concepción inmovilista del orden social; un orden en el que los más desfavorecidos debían encontrar su consolación en la insistentemente repetida igualdad humana en el nacer, crecer y morir así como en la también constante afirmación de la validez y necesidad de cada estado u oficio en el logro de la armonía civil: la igualdad de condiciones de cada estado en cuanto a la salvación del alma, siempre que cumplieran con las funciones que les fueran propias. Algo muy poco convincente si tenemos en cuenta que la declarada falta de entendimiento, propia de los estados menores, no dejaba de ser un peligroso escollo en el camino de salvación.

Esta falta de convicción queda, por otra parte, corroborada si tenemos en cuenta el criterio eminentemente aristocrático de Don Juan Manuel; un criterio según el cual, a la postre, cuanto mayores y más complejas son las obligaciones –las del Papa y el emperador y subsidiariamente las de la alta nobleza– mayor es también el premio espiritual. Se trata de un imaginario en el que Dios aparece como si hubiera dispuesto que los tenedores del poder en la tierra también hubieran de disfrutar de los privilegios en el cielo.

Se trata, al fin y al cabo, de la lógica social organicista que exhorta al reconocimiento del puesto social asignado y la aceptación de las obligaciones-funciones dentro del cuerpo místico como forma de alcanzar la plenitud en el más allá; una plenitud que recibía consideraciones también distintas para cada estrato de la sociedad.

La visión esencialmente teocrática de la realidad y la mirada al mundo bajo el prisma de la verdad cristiana que, como ha sido señalado, constituye una de las razones de ser del Libro de los Estados, no conducen a Don Juan Manuel, no obstante, al desprecio absoluto de este mundo. Es cierto que los placeres ligados a la vida natural merecen al Infante un juicio negativo en el sentido de que aparecen más bien como trabas que hay que aceptar con resignación y desconfianza en un proceso vital que no es sino el camino para la otra vida. Sin embargo, la meticulosidad con la que es descrito el comportamiento ordenado del infante y el emperador, así como el modo en que los placeres corporales deben ser satisfechos, constituyen un explícito reconocimiento de los mismos; algo que, desde nuestro punto de vista, expresa una actitud, a pesar de todo, intramundana.

La transcripción

El presente texto no constituye una edición crítica ni comentada. Se trata de una reproducción textual para consulta y, en ese sentido, no han sido añadidas notas informativas a pie de página, ni sobre cuestiones lingüísticas ni tampoco sobre el contenido. La base para la reproducción de la presente selección es el manuscrito 6376 de la Biblioteca Nacional de Madrid, aunque para la transcripción hemos utilizado, principalmente, la edición crítica de José Manuel Blecua, publicada por la editorial Gredos en 1981. Existen otras ediciones del Libro de los Estados de entre las que destacamos la realizada por I. R. Macpherson y R. B. Tate, publicada por la editorial Castalia en 1991, la cual recomendamos a los efectos de un estudio pormenorizado de la obra.

En la selección de capítulos que presentamos hemos tomado de la edición de Blecua, especialmente, las correcciones, adiciones y reconstrucciones de texto, las cuales aparecen entre corchetes. Asimismo, pertenecen a esta edición las adecuaciones ortográficas que, en todo caso, se han reducido al mínimo imprescindible con el objeto de no alterar el carácter irregular de la ortografía de la época: se mantiene la distinción gráfica v y u y, asimismo, entre i y j, aun cuando fonéticamente pudiera convenir un cambio de grafía como en cauallero, iustiçia, etc.; se respetan las consonantes dobles como ss en passiones, ll como en sallen, incluso la nn como en sennor; también las vocales dobles como ee en seer o en veer; se mantiene, asimismo, la grafía ph como en prophetas; no se regulariza la ortografía en lo que se refiere al uso, a veces aleatorio, de algunas grafías c y ç, b y v, z y c, etc.

Sin embargo, la R mayúscula, al principio de palabra, se transcribe como r minúscula, pero cuando aparece en el interior de la palabra se transcribe como rr; el signo tironiano de e, et se transcribe siempre como et; no se transcriben las mayúsculas que servían para indicar las pausas en la lectura y, por el contrario, se emplea la puntuación actual. La m con tilde de como se transcribe mm: commo; la grafía § se transcribe como s; no se separan las voces connel, connellos, connellas, dellos ("de ellos"), dellas (de ellas), destas, etc. ; se separan, en cambio, las voces delos, delas, dellos ("de los") dellas ("de las") enla, enlo, ael, alo, etc. en los casos en que aparecen unidas. En estos casos, y para hacer más cómoda la lectura y la búsqueda de texto, no hemos adoptado la señalización mediante punto que, por ejemplo, utiliza la edición de Blecua para indicar la unión en el manuscrito. Los espacios en blanco del manuscrito, a veces varias líneas, se han suplido con puntos suspensivos entre corchetes: [...]; del mismo modo, se han transcrito entre corchetes las n y l preconsonánticas cuando estas han sido omitidas por el autor o por el copista.

BIBLIOGRAFIA

  • Benito y Durán, A. Filosofía del Infante Don Juan Manuel. Alicante: Excma. Diputación Provincial de Alicante. 1972.
  • Blecua, J. M. Don Juan Manuel, Obras Completas. Tomos I y II. Madrid: Gredos. 198 y 1983.
  • Devoto, D. Introducción al estudio de Don Juan Manuel y en particular del Conde Lucanor. París: Ediciones Hispano-Americanas. 1972.
  • Macpherson, I. R. y Tate, R. B. Don Juan Manuel; el "Libro de los Estados". Madrid: Castalia, 1991.
  • Vicente Pedraz, M. "El imaginario corporal del «Libro de los Estados». Representaciones somáticas de la sociedad y representaciones sociales del cuerpo en la obra política de Don Juan Manuel". En Studia Historica, Historia medieval, nº 12. Universidad de Salamanca. Salamanca. (1994): 133-187.
  • Vicente Pedraz, M. La representación del cuerpo de la nobleza en la sociedad imaginada de Don Juan Manuel. El «Libro de los Estados» en su contexto. León: Universidad de León. 1995

 

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© José Luis Gómez-Martínez
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