Antonio de Guevara

 

Epístola 13 (Libro I)

LETRA PARA DON GONÇALO FERNANDEZ DE CÓRDOVA,
GRAN CAPITÁN, EN LA CUAL SE TOCA QUE EL CABALLERO QUE
ESCAPÓ DE LA GUERRA NO DEBE MÁS DEXAR SU CASA

Muy ilustre señor, generoso y muy valeroso príncipe:

Escrevir mi poquedad a vuestra grandeza, mi inocencia a vuestra prudencia, si paresciere a los que lo oyeren cosa superba, y a los que la vieren cosa descomedida, echen la culpa a Vuestra Señoría, que primero me escribió, y no a mí que con vergüença le respondo. Yo, señor, trabajaré de satisfacer a vuestra excelencia en todo lo que manda por su carta, con tal que le suplico humilmente no mire tanto lo que digo cuanto a lo que yo querría decir, y porque a persona de tanta calidad es razón de escrebir con gravedad, trabajaré de ser en las palabras que dixere medido y en las razones que escribiere comedido.

E1 divino Platón, en los libros de su República, decía que al varón grande no se le había de imputar a menos grandeza tractar y conversar con los pequeños que competir y afrontarse con los grandes, y la razón que daba para ello es que el varón magnánimo y generoso más fuerça le hace en domeñar su coraçón a querer cosas baxas que no emprender cosas graves y altas. Un hombre de grande estatura más pena rescibe en baxarse al suelo por una paja que estender un braco para alcançar una rama. Quiero por esto que he dicho decir que es el nuestro coraçón tan claro y soberbio, que subir a más de lo que puede le es vivir, y descender a menos de lo que vale le es morir. Muchas cosas hay las cuales no quiere Dios hacerlas por sí solo, porque no digan que es Señor absoluto, ni tampoco las quiere hacer por manos de hombre poderoso, porque no diga que se aprovecha del favor humano, y viene después a hacerlas por manos y industrias de algún hombre abatido de la fortuna y olvidado entre los hombres, en lo cual muestra Dios su grandeza y emplea en aquél su nobleza. E1 gran Judas Machabeo era menor en cuerpo y harto menor en edad que los otros sus tres hermanos; mas al fin el buen viejo Mathatías, su padre, a él sólo encomendó la defensa de los hebreos, y en sus manos puso las armas contra los asirios. E1 menor de los hijos del gran patriarcha Abraham fue Isaac; mas en el que fue puesta la línea recta de Christo, y en él puso los ojos todo el pueblo judaico. El mayorazgo de la casa de Isaac a Esaú venía, que no a Jacob; mas después de los días del padre, no sólo Jacob compró de su hermano Esaul el mayorazgo, mas aún le hurtó la bendición. Joseph, hijo de Jacob, fue el menor de sus hermanos y el más último de los once tribus, mas al fin él sólo fue el que hallo gracia con los reyes egipcios y meresció interpretarles los sueños. De siete hijos que tenía Jesse, David era el menor de todos ellos; mas al fin el rey Saúl fue de Dios reprobado y David en rey de los hebreos elegido. Entre los prophetas menores fue el muy menor Heliseo; mas al fin, a él, y no a otro ninguno, fue dado el espíritu doblado. De los menores apóstoles de Christo fue Sant Phelipe, y el menor discípulo de Sant Pablo fue Philemón; mas al fin, con ellos más que con otros se aconsejaban y en los arduos negocios su parescer tomaban.

Parésceme, señor, que conforme a lo que habemos dicho no ha querido Vuestra Señoría tomar consejo con otros hombres que hay doctos y sabios, sino conmigo, que soy el menor de vuestros amigos. Como habéis, señor, estado tantos tiempos en las guerras de Italia, pocas veces os he visto y menos os he hablado y conversado, a cuya causa debéis tener mi amistad por más segura y menos sospechosa, pues os amo, no por las mercedes que me habéis echo, sino por las grandezas que en vos he visto. Cuando viene uno a ser vuestro amigo, mucho hace al caso mirar qué le mueve a tomar vuestra amistad; porque el tal, si es pobre, habémosle de dar; si es rico, habémosle de servir; si favorecido, de adorar; si desfavorecido, de favorecer; si desabrido, de halagar; si impaciente, de soportar; si [es] vicioso, de disimular, y si malicioso, dél nos recatar Uno de los grandes trabajos que traen consigo los inútiles amigos es que no vienen ellos a buscarnos con fin de hacer lo que nosotros queremos, sino a persuadirnos a que queramos lo que ellos quieren. Peligro grande es tener enemigos; más también es muy gran trabajo sufrir muchos amigos, porque dar todo el coraçón a uno aún es poco, cuanto más si entre muchos es repartido. Ni mi condición lo lleva ni en vuestra grandeza cabe, que desta manera nos amemos, ni menos nos tractemos, porque no hay amor en el mundo tan verdadero como aquel que de interese no tiene escrúpulo.

Decísme, señor, en vuestra carta, que no me escrebís porque soy rico y poderoso, sino porque soy docto y virtuoso, y que me rogáis mucho os escriba de mi mano alguna cosa, la cual sea digna de saber y dulce de leer. A lo que decís que me tenéis por sabio, a eso os respondo lo que respondió Sócrates; es, a saber, que no sabía otra cosa más cierta sino saber que no sabía nada. Muy grande fue la philosophia que encerró Sócrates en aquella respuesta, porque según decía el divino Platón, la menor parte de lo que ignoramos es muy mayor que todo cuanto sabemos. No hay en el mundo igual infamia como es motejar a uno de necio, ni hay otra igual alabança como es llamar a uno sabio, porque en el sabio es muy mal empleada la muerte, y en el necio es muy peor empleada la vida. Epemetes, el tirano, viendo al philósopho Demóstenes llorar inmensas lagrimas en la muerte de un philósopho, preguntóle que por que tanto lloraba, pues era cosa inhonesta ver a los philósophos llorar. A esto le respondió Demóstenes: "No lloro yo, oh Epemetes, porque el philósopho murió, sino porque tú vives, y si no lo sabes, quiero te lo hacer saber, y es que en las achademias de Athenas más lloramos porque viven los malos, que no porque mueren los buenos."

Decísme, señor, que me tenéis por hombre recogido y virtuoso; plega a la divina clemencia que en todo, y mucho más en esto, seáis verdadero, porque en caso de ser o no ser uno virtuoso, arrojarme ya yo a decir que cuan seguro es serlo y no parescerlo, tan peligroso es parescerlo y no serlo. Es naturalmente hombre variable en los apetitos profundos en el coraçón; mudable en los pensamientos, inconstante en los propósitos y indeterminable en los fines; de lo cual se puede muy bien inferir que es el hombre muy fácil de conoscer y muy difícil de entender. Más honra me dais vos, señor, en llamarme sabio y virtuoso, que no os doy yo en llamaros duque de Sesa, marqués de Bitonto, príncipe de Quilache y, sobre todo, Gran Capitán, porque a mi nobleza y virtud y sabiduría no la puede empecer la guerra, más vuestra potencia y grandeza está subjeta a la fortuna.

Escrebísme, señor, que os escriba qué es lo que me paresce de que el Rey, nuestro Señor, os manda agora de nuevo pasar otra vez en Italia, por ocasión de la batalla que vencieron los franceses agora en Ravena, la cual será en los siglos tan nombrada como fue agora sanguinolenta. A esto, señor, respondiendo, digo que tenéis muy gran razón de dubdar y sobre ello os aconsejar, porque si no cumple lo que le mandan, enemístase con el Rey, y si hace lo que le ruegan, tomase con la fortuna. Dos veces, señor, habéis pasado en Italia y dos veces habéis ganado el reino de Nápoles, en las cuales dos jornadas vencistes la batalla de la Chirinola y matastes la mejor gente de la casa de Francia, y, lo que más de todo es, que hecistes ser la gente española de todo el mundo temida, y alcançastes para vos renombre de inmortal memoria. Pues siendo esto verdad, como lo es, no seria cordura, ni aun cosa segura, tornar otra vez de nuevo a tentar la fortuna, la cual con ninguno se muestra tan maliciosa y doblada como con los que andan mucho tiempo en la guerra. Hannibal, príncipe de los carthaginenses, contento con haber vencido a los romanos en las muy famosas batallas de Trene y Trasmenes y Canas, como quisiese todavía forçar y luchar con la fortuna, vino a ser vencido de los que había muchas veces vencido. Los que han de tractar con la fortuna hanla de rogar, mas no enojar; hanla de conversar, mas no de tentar; porque es de tan mala condición la fortuna, que cuando halaga, muerde, y cuando se enoja, hiere.

En esta jornada que os mandan, señor, hacer, ni os persuado a que vais, ni os desaconsejo que quedéis; solamente digo y afirmo que con esta tercera pasada en Italia tornáis a poner en peligro la vida y jugáis a los dados la fama. En las dos primeras conquistas ganastes honra con los presentes, fama para los siglos futuros y riqueza para vuestros hijos, estados para vuestros sucesores, reputación entre los estraños, crédito entre los vuestros, gozo para vuestros amigos, dentera para vuestros enemigos; finalmente, ganastes por excelencia este nombre de Gran Capitán, no sólo para estos nuestros tiempos, mas para todos los siglos futuros. Mirad bien, señor, lo que dexáis y lo que emprendéis, porque se ternía más por temeridad que no por cordura, en que teniendo os en vuestra casa todos envidia os vais do todos tomen de vos vengança. Vencistes a los turcos en la Panonia, a los moros en Granada, a los franceses en la Chirinola, a los picardos en Ytalia, a los lombardos en el Garellano; téngome por dicho que como ya fortuna no tiene más naciones que os dar para que vençáis, quiere agora llevaros a do seáis vencido. Los duques, los príncipes, los capitanes y los alférez contra quien peleastes, o son muertos, o son idos, de manera que agora con otra gente habéis de pelear y os habéis de tomar; dígolo, señor, porque ya podrá ser que la fortuna que os favoreció entonces, favorezca a ellos agora. Acceptar la guerra, juntar gente, ordenar gente y dar la batalla pertenesce a los hombres; mas dar la vitoria pertenesce a un sólo Dios. Titho Livio dice que fueron muchas veces con gran inominia vencidos los romanos, ad furcas caudinas, y al fin, por consejo del cónsul Emilio, mudaron al cónsul que tenía cargo de aquel exército, y donde eran hasta allí vencidos, fueron de allí adelante vencedores; de lo cual podemos, para nuestro propósito, coligir que mudándose los capitanes de la guerra, se muda juntamente la fortuna. En un mesmo reino, con una mesma gente, debaxo de un mesmo rey, en una mesma tierra y sobre una mesma demanda, no esperéis, señor, que será fiel siempre fortuna, porque en el cebadero, do ella más veces ceba, allí toma la mayor redada.

Rodrigo de Bivero me dixo que estaba Vuestra Señoría con mucha pena de ver que se dilataba vuestra partida, y que el rey, por agora, la tenía suspensa, y aún díxome que lo teníades por grande afrenta, que a ser con otro vuestro igual se lo pidiriades por justicia. De oír esto estoy maravillado, y no poco, sino mucho escandalizado, porque no tengo por buen animal al que al tiempo del cargar se está quedo, y cuando le quieren quitar la carga tira coces. Pues anda el ánima cargada de pecados, el coraçón de pensamientos, el espíritu de tentaciones y el cuerpo de trabajos, conviene nos mucho que si del todo no pudiéremos desechar esta carga, a lo menos que aliviemos algo della. No sois, señor, tan moço que no tengáis lo más de la vida pasado, y pues la vida se va consumiendo, y la muerte se viene acercando, parescerme ya a mí que os sería mejor consejo ocuparos en llorar vuestros antiguos pecados que no ir de nuevo a derramar sangre de enemigos. Tiempo es ya de llorar y no de pelear, de retraeros y no de distraeros, de tener cuenta con Dios más que con el rey, de cumplir con el alma y no con la honra, de llamar a los sanctos y no provocar a los enemigos, de distribuir lo propio y no tomar lo ageno, de conservar la paz y no inventar la guerra. Y si en este caso no me queréis, señor, creer dende agora adevino que entonces lo començaréis a sentir cuando no lo podáis ya remediar. Vos, señor, os engañáis, o yo no se lo que me digo, pues veo que huís de lo que habéis de procurar, que es el reposo, y procuráis lo que habéis de huir, que es el desasosiego; porque no hay hombre en el mundo más malaventurado que el que nunca experimento que cosa es asosiego. Los que han andado por diversas tierras y han experimentado varias fortunas, la cosa que más desean en esta vida es verse vueltos con honra a su tierra; de lo cual se puede inferir que es muy gran temeridad querer más ir vos solo a morir entre los estraños, que no vivir con honra entre los vuestros. Hasta que los hombres tengan lo necesario para comer, y aun hasta que les sobre algo para dar, a mi parescer no deben ser muy culpados, aunque peregrinen por diversos reinos y se pongan en grandes peligros, porque tan digno es de reprehensión el que no procura lo necesario, como el que solicita lo superfluo. Ya que un hombre halló lo que buscaba, y aun por ventura le sucedió mejor que pensaba, que el tal después que se vee en su casa con reposo, se quiera tornar a refregar otra vez con el mundo, osaria yo decir que al tal o le falta cordura, o le es contraria fortuna. Decía el divino Platón, en los libros de su República, que más contraria es la fortuna al hombre que no le dexa gozar lo que tiene, que no al que le niega lo que le pide. A Vuestra Señoría ruego y aviso que, leída una vez esta palabra, torne otra y otra vez a leerla; que, a mi parescer, esta sentencia de Platón es muy verdadera y muy profunda, y aun muy usada, porque no vemos cada día otra cosa sino a muchos hombres que la fama, la honra, el reposo y las riquezas tienen fuerças para alcançarlas y después no tienen coraçón para goçarlas. Julio César fue a quien natura dotó de más gracias y a quien fortuna dió más vitorias, y con todo esto, decía del el gran Pompeyo que tenía buen ardid en vencer cualquiera batalla, mas que después no sabía goçar de la vitoria. Si en la muy nombrada batalla de Canas supiera Haníbal gozar del vencimiento, nunca después él fuera en los campos de Carthago por Scipión Africano vencido.

Tomadlo, señor, como quisiéredes y sentidlo como mandáredes, que de mi parescer y voto no es tan cruel enemigo el que me arroja la lança en la guerra como el que me viene a echar de mi casa. Conforme a lo que hemos dicho, decimos que pues no podemos huir de los trabajos, que a lo menos ahorremos de algunos enojos dellos, porque sin comparación son más los enojos que nosotros nos buscamos que los que nos causan nuestros enemigos.

No quiero más en esta carta decir, sino que el señor Rodrigo de Bivero y yo hablamos algunas cosas dignas de saber y peligrosas para escrebir; yo las fié de su nobleza acá, y él las relatará allá.

No más sino que nuestro Señor sea en su guarda y a mí dé gracia para que le sirva.
De Medina del Campo, a VIII de enero de MDXII años.

(Epístolas familiares. Libro I, Epístola 13)

 

 

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