Antonio de Guevara

 

Epístola 24 (libro II)

LETRA PARA DON FRANCISCO MANRIQUE, EN LA CUAL EL AUCTOR TOCA POR DELICADO ESTILO DE CUÁN PELIGROSA COSA ES OSAR EL HOMBRE CASADO SER AMIGADO

 
Muy magnífico caballero y muy travieso mancebo:
No sé si lo hacía ser el papel grueso, o la tinta tener poca goma, o estar la pluma mal cortada, o estar yo con alguna desgracia, que a fe de cristiano le juro comencé esta letra a escrebir tres veces y tantas la hube de borrar y aun rasgar. Acontésceme muchas veces que tengo la memoria tan facunda y la elocuencia tan prompta, que con gran facilidad hallo lo que busco y digo lo que quiero, y, por el contrario, estoy otras veces conmigo tan amohinado y tengo el juicio tan remontado, que ni me agrada cosa que diga, ni es digna de leer cosa que escriba. Visto esto, echando, pues, seso a montón, he hallado por mi cuenta que el turbarse mi pluma y el estar yo con tanta desgracia, ha sido la mala vida que pasa vuestra muger y mi sobrina dona Teresa, la cual me dice que tiene tanta necesidad de consolación como vuestra merced la tiene de corrección. Yo he querido muy por extenso informarme en cuál de vosotros está el yerro y sea el más culpado, y, si no me engaño, o me engañan, hallo en vos, señor, la ocasión, y en ella la razón, porque de otra manera, si en ella estuviese toda la culpa, yo sólo sería el verdugo de su pena.

Los delictos y excesos que hacen las mugeres generosas y castizas como ella, muy poco castigo les seria el reprehenderlas, ni aun el avisarlas, sino que las habían de tapiar vivas, o enterrarlas muertas, porque al hombre no le pedimos más de que sea bueno, mas a la muger honrada no le abasta que lo sea, sino que lo parezca. Y pues vuestra muger y mi sobrina, en caso de bondad y gravedad, es buena y paresce buena, habéisme, señor don Francisco, de perdonar si en esta mi letra defendiere su innocencia y no agraviare vuestra culpa, porque de los amigos y deudos ha se de tomar el consejo y esperar el remedio.

Veniendo, pues, al caso, ha de saber que un antiguo tirano llamado Corinto, antes que fuese casado, dixo un día al filósofo Demóstenes: "Pues eres filósofo y te alabas de ser mi amigo, dime, así los dioses sean en tu guarda, ¿qué condiciones ha de tener la muger con quien yo me hubiese de casar?" A esta pregunta le respondió el filósofo Demóstenes: "La muger con quien tú te has de casar, ¡o Corinto!, ha de ser rica, por que tengas con que vivir; ha de ser generosa, por que tengas con que te honrrar; ha de ser moça, por que te pueda servir; ha de ser hermosa, por que no tengas que desear, y ha de ser virtuosa, por que no tengas que guardar." Y dixo más Demóstenes: "Al hombre que fuera destas condiciones eligiere muger, más sano consejo le sería celebrarle las obsequias, que no llevarle a las bodas, porque con verdad ninguno se puede llamar tan desdichado como el que erró en su casamiento." No obstante esto que dixo el filósofo Demóstenes, dice por otra parte el buen Boecio Severino, en el libro de Consolación: "Nil in mortalibus ex omni parte beatum." Como si, más claro, dixese: "No hay en esta vida mortal cosa tan perfecta ni persona tan acabada en la cual no haya que emmendar y se halla que mejorar." Muy gran verdad dice en lo que dice Boecio; porque si hablamos en las cosas naturales, vemos por experiencia que nos aplace el fuego cuando nos escalienta y nos enoja cuando nos quema. También vemos que el aire, por una parte, nos recrea y, por otra, nos destempla. También loamos la tierra, a causa que nos cría y que nos sustenta, y, por otra parte, también nos enojamos con ella, por ser infructuosa para sembrar y enojosa de andar. También nos aplacen las aguas de las fuentes y las de los ríos, por la sed que matan y por los pescados que crían, y por otra, nos enojan y importunan por los hombres que ahogan y por las avenidas que traen. También nos aplacen los animales, a causa que andamos en ellos y nos aran los campos; mas, por otra parte, también son enojosos de gobernar y costosos de sustentar.

El comer mucho ahita, y el comer poco enflaquesce. El poco exercicio es enfermo, y el mucho caminar es trabajoso. La soledad entristesce, y la mucha conversación importuna. La riqueza es cuidadosa, y la pobreza enojosa. El de alto ingenio tiene una punta de locura, y el de baxo juicio es del todo nescio. El descasarse quita autoridad, y el que se casa no le falta harto cuidado ni aun necesidad. El que no tiene hijos no caresce de cuidados, y al que Dios nuestro Señor es contento de se los dar, no le faltan con ellos siempre trabajos. Trabajar siempre, cansa, y el holgar mucho, empalaga.

Dexadas, pues, las costumbres a una parte, Si queremos hablar de los varones ilustres y muy nombrados que hubo en el mundo, bien hallaremos en ellos por una parte que loar y por otra que desechar. Loan los griegos a su Hércules de muchas fuerças, y nótanle de grandes tiranías. Loan los thebanos al su Alcamenes de sobrio, y nótanle de deslenguado. Loan los lacedzmonios a su Ligurjio de gobernador celoso, y nótanle de juez apasionado. Loan los egipcios a su Isis de muy paciente, y nótanle de impúdico. Loan los athenienses al divino Platón de muy docto, y nótanle de grande avaro. Loan los troyanos a su Eneas de muy piadoso, y nótanle de pérfido. Loan los romanos al su gran Julio César de piadoso, y nótanle de muy superbo. Loan los carthagineses al su capitán Hannibal de belicoso, y nótanle de muy versuto. Loan los godos al su rey Randagaismo de magnánimo, y nótanle de no verdadero. Loan los longobardos a su gran duque Valdoyno de dadivoso, y nótanle de vinolento. Loan los agrigentinos a su señor Phalaris de elocuente, y nótanle de impaciente. Loan los godos a Eschines de buen republico, y nótanle de muy bullicioso.

He aquí, pues, como en varones tan nobles hubo tan notables defectos; de lo cual se puede bien colligir que no hay harina sin salvado, ni nuez sin cascara, ni árbol sin corteza, ni grano sin paja, ni aun hombre sin tacha. Si estas faltas se hallan en los hombres, de creer es que se hallaran algunas en las mugeres, las cuales de su condición son flacas para resistir y muy fáciles de engañar. Desde que nascí oigo quexarse a los hombres de las mugeres y a las mugeres de los hombres, y ansí Dios a mí me salve ellos tienen razón en lo que dicen y ellas también en lo de que se quexan; porque el hombre y la muger, cuan diferentes fueron en la creación, tan contrarios son en la condición. Fuera de Cristo nuestro Dios y de su bendicta Madre, escusado es pensar que nadie en esta vida puede escaparse de tropeçar y aun de caer; de manera que si yo fuese creído, nadie se había de escandalizar cuando les yerran, sino espantarse de como aciertan.

He querido, señor don Francisco, tomar de lexos esta correndilla para traeros a la memoria el casamiento que hecistes con la señora doña Teresa, mi sobrina, la cual con vos y vos con ella os casastes más por voluntad que por necesidad, porque ella era dama y tenía con que se remediar, y vos erades mayorazgo y teníades con que os casar. Pues sabéis que vos la mirastes, vos la servistes, vos la escogistes, vos la seguistes, vos la requestastes, y aun vos la importunastes a que a otros dexase y con vos se casase, no es, por cierto, justo, sino muy injusto, que pues ella por os hacer placer se hiço vuestra, que vos a su despesar sirváis a otra. Mancebo de vuestra nación y condición dubdo yo que haya casado con las calidades que vos casastes, es a saber, con muger generosa, rica, moca, hermosa y virtuosa, de manera que en la corte os tienen muchos envidia y ninguno mancilla. ¡O cuántas y cuántas vemos cada día, las cuales, si son ricas, no son hermosas, y si son hermosas, no son generosas, y si son generosas, no son virtuosas, y si son virtuosas no son moças, y si son moças, no son bien afamadas, a cuya causa tienen sus maridos asaz que llorar y sus parientes bien que remenar. Casamientos hay tan buenos y tan santos, que paresce bien haberlos juntado Dios, y también hay otros tan perversos, que no dirán sino que los pareó el demonio, de manera que osaríamos afirmar que es gran felicidad en el hombre acertarse bien a casar y saberse enteramente confesar. Al marido que le cupo en suerte muger generosa, rica, moça, hermosa y virtuosa, si al tal le vieren buscar otra y andar tras otra, será porque le faltará cordura o le sobrará locura.

Declarándome más, digo que se me ha quexado mucho doña Teresa, mi sobrina, diciendo que andáis, señor, de noche, dormís fuera de casa, visitáis enamoradas, tractáis con alcahuetas, ruáis calles, ogeáis ventanas, dais músicas y, lo que es peor de todo, que gastáis mal la hacienda y traéis en peligro vuestra persona. Después de haber andado por Francia, Portugal, Aragón, Italia, Flandes y Alemania, tiempo era señor don Francisco, que os madurásedes y aun asosegásedes, pues tenéis casa que gobernar y parientes con quien cumplir. Las travesuras que hacen los moços, todas se les atribuyen a mocedades; mas ya que el hombre es casado y junto con esto es vano y liviano, todos son a le condennar y ninguno a le escusar. Osaré decir con verdad, y aun con libertad, que el hombre que con su muger y casa no tiene cuenta, no se debe dél hacer cuenta, porque el tal malaventurado, o no tiene ser, o del todo se ha de perder. Andar en los pasos que andáis y ir a las romerías, o ramerías, que is, no puede redundar sino en daño de vuestra honrra, en condennación de vuestra ánima, en escándalo de vuestra casa y aun en perdición de vuestra hacienda, porque a la hora que una muger con vos no se puede casar, es cosa muy cierta que os ha de robar, y aun pelar.

Si no habéis piedad de vuestra ánima, habedla de vuestra hacienda, pues desde el día que tomastes muger, y os nascieron hijos, habéis de teneros por dicho que en caso de vuestra hacienda, no sois ya della señor, sino tutor, porque también es culpado el que la pierde como el que la roba. Si no habéis piedad de vuestra hacienda, habedla de vuestra honra, que pues queréis que en la preheminencia de palacio y en los oficios de la república seáis mirado y reputado, no como moço soltero, sino como caballero casado, justa cosa es que seáis, no el que sois, sino el que presumís ser. Si no habéis piedad de vuestra honra, habedla de vuestra ánima; porque es tan delicada la ley de Cristo y es tan estrecho el mandamiento de Dios, que a las mugeres agenas no sólo prohibe el requestarlas, mas aun el desearlas. Si no habéis piedad de vuestra ánima, habedla de vuestra casa propria, porque el día que os determináredes de servir y seguir alguna muger, casada o soltera, aquel día ponéis fuego a vuestra honra y casa. Si no habéis piedad de vuestra casa, habedla siquiera de vuestra salud y persona; porque, si yo no me engaño, todo hombre que se prescia de beber de todas aguas y de andar rondando puertas agenas, no es menos sino que algún día le quite la vida el que por el perdió la honrra. Sufriros ha vuestra muger que la matéis de hambre, la trayáis rota, tengáis retraída, le digáis injurias y aun pongáis en ella las manos, con tal que a ella sola améis y aun con otra no andéis; porque para una muger casada no hay mayor desesperación que venir el marido a quebrar en ella los enojos y guardar para otra sus pasatiempos. No se cual tiene mayor coraçón: el marido en hacerlo, o la muger en çufrirlo; es a saber, que se ría él fuera y riña en casa, hurte a ella para dar a la amiga, regale a otra y maltracte a ella, falte para los hijos y sobre para los vecinos. En la ley de bondad, y aun de cristiandad, la fidelidad que debe la muger al marido, aquella debe el marido a la muger, y de aquí es que si como ellos pueden acusar a ellas, ellas pudiesen castigar a ellos, yo juro a mi pecador que ni las mugeres casadas viviesen tan quexosas, ni los maridos fuesen tan traviesos. Desde la hora que entre marido y muger se contrae el santo matrimonio, tienen ambos a dos tan poca jurisdicción sobre sí, que sería especie de hurto él a otra o ella a otro dar el cuerpo.

Catad, señor don Francisco, que vuestra muger es moca, es hermosa, es aseada y aun deseada, y que le dais muy grande ocasión a que, si fuese otra de la que es, pues tantos ponen en ella los ojos, emplease ella en alguno su coraçón. Ella es de los Guevaras, de los Bacanes y de los Robles, en cuyos tres linages no se halla muger que haya sido aviesa, ni hombre que dexase de ser travieso; de manera que todos seremos contentos con que le seáis vos tan amigable marido, como ella os es fiel muger. Si no quisiéredes ser bueno por lo que toca a vuestra anima y a vuestra honrra y a vuestra hacienda, sedlo siquiera por tener paz con vuestra muger y familia; porque yo os doy mi fe que todos los placeres que tomarades con vuestra amiga los paguéis con las septenas de que tornéis a casa. Por más que una muger sea sabía, cuerda, discreta, callada y aun santa, poder, podrá ella morir, mas sus celos no los ha de dexar de pedir y aun de reñir; de manera que si ella padesce por lo que dice, el también anda asombrado por lo que hace. En este caso, no os fiéis de la alcahueta, que no lo dirá, ni os fiéis del paje de amores, que no lo descubrirá, porque en cosas de celos son las mugeres tan agudas y aun tan dadivosas, que por saber a do su marido entra y quien es la con quien habla, corromperán a los vivos con dinero y llamaran a los muertos con conjuros. Y porque en materia tan odiosa no es razón que la pluma ande ya desmandada, concluyo esta letra con deciros y rogaros que si os quisiéredes avisar y de aquí adelante emmendar, yo seré el dichoso y vos, señor, el mejor librado, y donde no, oblígome a teneros por deudo, mas no por amigo.

No más, sino que nuestro Señor sea en su guarda y a mí dé gracia que le sirva.
De Avila, a VIII de enero MDXXVII.

(Epístolas familiares. Libro II, Epístola 24)

 

 

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