Antonio de Guevara

 

Epístola 46 (Libro I)

LETRA PARA MOSÉN RUBÍN, VALENCIANO Y ENAMORADO,
EN LA CUAL SE PONEN LOS ENOJOS QUE DAN LAS ENAMORADAS
A SUS AMIGOS

Magnífico señor y viejo enamorado:

Somos en Madrid a cuatro de agosto, a do rescebí una letra vuestra, y como la letra era tirada, y la firma algo borrada, yo os juro a ley de bueno que no podía acertar a leerla, ni caer en la cuenta del que me la escrebía, porque, dado caso que siendo yo inquisidor en Valencia, nos conoscimos ha mil años que no nos vimos. Ya que llamé y desperté a mi memoria, y leí y releí la carta, caí en la cuenta que era de MOSÉN RUBÍN, mi vicino: digo MOSÉN RUBÍN EL ENAMORADO. Acuérdome que algunas veces jugábamos al axedrez en mi posada, y sabía yo tan poco, que me dábades la dama, mas no me acuerdo que me dejásedes ver a vuestra amiga. Acuérdome que en la Sierra de Espadán, en el recuentro que hubimos con los moros, salí yo herido, y vos descalabrado, y no hallamos çurujano que nos curase ni aún trapo que nos atasen. Acuérdome que en albricias, porque os hice firmar una cédula de la Reina, me enviastes una mula, la cual yo os agradecí y no la tomé. Acuérdome que yendo que fuimos a acompañar al rey de Francia a Requena, cuando llegamos a Siete Aguas, yo me quexaba de no hallar que comer, y vos, señor, de no tener a do pasar, y al fin yo os acogí en mi posada y vos salistes a buscar la comida. Acuérdome que cuando César me envió a llamar a Toledo, me distes una carta para el secretario Urrias, sobre un vuestro negocio, el cual, no sólo le hablé, más aún os le despaché. Acuérdome que riñendo con un capellán de vuestra muger delante de mí, como él os dixese que no le tractásedes mal, pues tenía cargo de ánimas, y era cura, le respondistes vos: "que él no era cura, sino la locura." Acuérdome que os aconseje, y aún os persuadí, estando en Játiva, que diésedes al diablo los amores de que vos sabéis, y aún yo también lo sé, porque eran amores enojosos, peligrosos y costosos. Acuérdome que, después en Algecira, me dixistes llorando y sospirando, que no los podíades echar de la memoria, ni alançar del corazón, y allí os torné a decir, y a jurar y perjurar que no eran amores que aplacían, ni aun os convenían. Acuérdome que después nos topamos en Torres Torres, adonde os pregunté qué en que habían parado vuestros amores, y vos me respondistes que en mil dolores y trabajos, porque habíades escapado dellos acuchillado, aborrido, burlado, infamado y aún pelado. De otras muchas cosas me acuerdo haberos visto platicar, y aun obrar, en el tiempo que en Valencia fuimos vecinos, y nos conversamos, las cuales aunque se podrían platicar no se sufren escrebir.

En esta presente letra me escrebís que de otros nuevos amores estáis agora enamorado, y que pues os dixe la verdad en los primeros, os escriba mi parecer en estos segundos, teniendo por cierto que os sabré tomar la sangre, y aun atar la herida. Otra cosa quisiera yo, señor Mosén Rubín, que me escribiérades, o que me pidiérades, porque, hablando la verdad, esta materia de amores, ni vos estáis ya en edad para seguirla, ni cabe en mi gravedad escrebirla. A mi habito, y a mi profesión, y a mi autoridad y gravedad habéisle de pedir casos de confesiones, y no remedios de amores porque yo más he leído en el Hostiense, que amuestra a confesar, que no en Ovidio, que enseña a enamorar. A la mi verdad, señor Mosén Rubín, ni sois vos, ni soy yo, a quien los amores buscan y con quien ellos se regalan, porque vos sois ya viejo, y yo soy religioso; de manera que a vos os sobra la edad y a mi falta la libertad. Creedme, señor, y no dudéis que no son amores, sino dolores; no alegría, sino dentera; no gusto, sino tormento; no recreación, sino confusión cuando en el enamorado no hay mocedad, libertad y liberalidad. Al hombre entrado ya en edad, y que de nuevo se remota y enamora, nunca le llamaban viejo enamorado, sino viejo ruin y loco, y así Dios a mí me salve, que tienen razón los que se lo llaman, porque los pajares viejos y podridos más son ya para estercolar que no para guardar. El dios Cupido y la diosa Venus no quieren en su casa sino a mancebos que los puedan servir y a liberales que sepan gastar, y a libres que puedan gozar, y a pacientes que puedan sufrir, y a discretos que sepan hablar, y a secretos que sepan callar, y a fieles que sepan agradescer, y animosos que sepan perseverar. El que de estas condiciones no fuere dotado y priveligiado, más sano consejo le será acabar en el campo que no enamorarse en palacio, porque no hay en el mundo hombres tan maleventurados como son los enamorados necios.

Al enamorado necio mofa dél su dama, burlan dél los vecinos, engáñanle los criados, pélanle las alcahuetas, cébase de palabrillas, emplea mal sus joyas, anda desvelado, créese de ligero y al fin hállase burlado. Todos los oficios y todas las sciencias desta vida se pueden aprender, si no es el oficio de saber amar, el cual ni le supo escrebir Salomón, ni pintar Asclepio, ni enseñar Ovidio, ni contar Helena, ni aun aprender Cleopatra, sino que de la escuela del corazón ha de salir y la pura discreción le ha de enseñar. No hay cosa para que haya más necesidad de ser uno discreto que es para ser enamorado, porque si ha hambre, frío, sed y cansancio, siente lo no más del cuerpo, mas las necedades que se hacen en amores llóralas el corazón. Para que los amores sean fijos, seguros, perpetuos y verdaderos, han de ser entre sí iguales los enamorados, porque si el enamorado es mozo y ella vieja, o el viejo y ella moza, él es cuerdo y ella loca, y él loco y ella cuerda, él es discreto y ella necia, o él necio y ella discreta, él ama a ella y ella aborresce a él, o ella ama a él y el aborresce a ella, creedme, señor, y no dudéis que de enamorados fingidos han de parar en enemigos verdaderos.

He querido deciros esto, señor Mosén Rubín, para que si la enamorada que agora vos tomáis ha sesenta y tres años como vos habéis, no es gran peligro que os améis y conozcáis, porque lo más del tiempo gastaréis vos en contar a ella las amigas que habéis tenido, y ella en contar a vos los que a ella han servido. Hablando más en particular, querría yo saber para qué un hombre como vos, que pasa de los sesenta años, y que está lleno de sarna, y cargado de gota, quiere agora tomar amiga moza y hermosa, la cual se ocupará antes en robaros que no en regalaros. ¿Para qué queréis amiga, de la cual no os podéis servir si no es para ataros las vendas, y oxearos las moscas? ¿Para qué queréis amiga, pues entre vos y ella no ha de haber otra conversación ni comumcación si no fuere relatarle y contarle cuentos y patrañas, y cuán poquito habéis comido aquel día, y cuantas veces habéis contado el relox aquella noche? ¿Para qué queréis amiga, pues ya no tenéis fuerzas para seguir la hacienda para servirla, paciencia para sufrirla, ni edad para gozarla? ¿Para qué queréis amiga, a la cual no podéis representarle lo que por ella habéis sufrido y padescido, sino contarle en cómo ya la gota se os ha subido de la mano al colodrillo? ¿Para qué queréis amiga, la cual no entrará por vuestras puertas el día que cesaredes de le dar y os descuidáredes de le escrebir? ¿Para qué queréis amiga, a la cual no habéis de osarle negar cosa que os pida, ni reñirle enojo que os haga? ¿Para que queréis amiga, a la cual no habéis de servir conforme a vuestra hacienda sino al respeto de su locura? ¿Para qué queréis amiga, a la cual habéis de agradecer los favores que os diere, y no osar quejaros de los celos que os pidiere? ¿Para qué queréis amiga, la cual cuando más y más os halagare, no será su fin por contentaros, sino por algo pediros? ¿Para qué queréis amiga, delante de la cual os habéis de reir, aunque la gota os haga rabiar? ¿Para qué queréis amiga, con la cual primero tendréis gastada vuestra hacienda que tengáis su condición conocida? ¿Para qué queréis amiga, con la cual os juntastes por dineros y la sustentáis con regalos, y al fin os habéis de apartar con enojos?

Si con estas condiciones vos, señor Mosén Rubín, queréis ser enamorado, sedlo mucho en horabuena, y aún digo en hora buena, pues soy cierto que os ha de llover en casa, porque a vuestra edad y enfermedad más le conviene tener un amigo con que se recree que una amiga con que se pudra. Samocracio, Nigidio y Ovidio escribieron muchos libros, y hicieron grandes tractados del remedio del amor, y el donaire de ello es que buscaron los remedios para los otros y ninguno tomaron para sí mismos, porque todos tres ellos murieron perseguidos y destruídos, no por los males que hicieron en Roma, sino por los amores que intentaron en Capua. Diga Ovidio lo que soñare, Nigidio lo que quisiere y Samocracio lo que se le antojare: que al fin, al fin, el mayor y mejor remedio contra el amor es huir de la conversación y apartarse de la ocasión, porque en caso de amores, a muchos vemos escapar de los que huyen, y a muy poquitos librarse de los que esperan. Mirad, señor, no os engañe el demonio a que tornéis agora de nuevo a ser enamorado, pues no conviene a la salud de vuestra persona, ni a la autoridad de vuestra casa, porque yo os doy mi fe que más ayna os acaben los enojos de la amiga que no los dolores de la gota.

Mi pluma se ha estendido más de lo que yo pensé y aun más de lo que vos quisiérades; mas pues vos fuistes el primero que echastes mano a las armas, no es mía la culpa si os acerté algún revés. Al padre Prior de Portaceli envío una palia rica; por mi amor que se la mandéis dar y de mi parte visitar, porque posé mucho tiempo en su posada, y soyle obligado y afectionado.

No más, sino que Nuestro Señor sea en vuestra guarda y os guarde de mala amiga, y os sane de vuestra gota.

De Madrid, a III de marzo de MDXXVII.

(Epístolas familiares. Libro I, Epístola 46)

 

 

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