Alfonso de Valdés
 
 

Diálogo de Mercurio y Carón


Primer libro (continuación)

MERCURIO.     Dizes la verdad, mas es cierto que la bondad no puede dexar de pensar bien. Touieron, pues suspenso al Emperador, hasta que ya pareciéndoles que si más tardauan en embiar la respuesta, se descubriría el engaño, embió el Rey de Francia vn secretario suyo, nombrado Bayart en España, que en la vna mano lleuaua ciertos capítulos con que entretener todavía al Emperador, y en la otra dos carteles, vno del Rey de Francia y otro del Rey de Inglaterra, para desafiarle quando les pareciesse tiempo. ¿Tú no vees, Carón, con quánta soberuia aquella ánima entra en tu barca? ¿Qué me quieres apostar que es algún francés?

CARÓN.     ¿En qué lo conosces[?]

MERCURIO.     Llámalo y verlo has.

CARÓN.     Ven acá, ánima, ¿dónde cobraste tanta soberuia? ¿Eres por ventura francés?

ÁNIMA.     Sí que soy francés.

CARÓN.     Habla passo, que es la casa baxa. ¿Qué oficio tenías?

ÁNIMA.     A lo menos no barquero ni galeote como tú.

CARÓN.     Pues, ¿qué eras?

ÁNIMA.     Secretario.

CARÓN.     ¿De algún consejo, o de quién?

ÁNIMA.     ¿Búrlaste? No, sino del Rey.

CARÓN.     ¿Del Rey? Sea mucho en hora buena. ¿Hiziste alguna cosa señalada que nos cuentes?

ÁNIMA.     Allegué en menos de diez años más de ochenta mill ducados.

CARÓN.     Hombre eras de buen recaudo.

ÁNIMA.     A la fe, sí, que buen recaudo y buena maña es menester para ello.

CARÓN.     ¿A qué llamas buena maña?

ÁNIMA.     ¿Piensas que te lo tengo de dezir por tus ojos vellidos? A buena fe, no lo sepas si no me lo pagas bien.

CARÓN.     ¿Qué quieres que te dé?

ÁNIMA.     Que me hagas franco del passage.

CARÓN.     Soy contento.

ÁNIMA.     Dáca la mano.

CARÓN.     Mas dame tú la tuya.

ÁNIMA.     No quiero.

CARÓN.     Estás tan acostumbrado de tomar que nunca querías dar como el frayle que se estuuo tres días en vn silo por no dar la mano a los que lo querían sacar. Agora, sus, no quede por esso, toma la mano.

ÁNIMA.     Pues está atento. Lo primero que yo hazía era dar a entender a todos que tenía tanta parte con el rey, que hazía dél lo que yo quería y que ninguna cosa él determinaua sin mí. Con esto hazía que todos los negociantes acudiessen a mí, y a los que me dauan algo, hablaua yo con el bonete en la mano y les daua a todas horas audiencia; a los otros, amostraua muy mala cara hasta que les sacaua algo. Si vacaua o se hauía de proueer alguna cosa y la pedían dos o tres, a todos prometía yo de ayudar, si me prometían ellos de pagármelo y a las vezes no hablaua por ninguno. Mas, quando se proueýan, aunque yo no houiesse hecho nada, todavía leuaua por entero lo que me hauían prometido, dando a entender que yo lo hauía hecho; y muchas vezes, hauía sido contrario. De manera que de quánto se proueía por mis manos y aun a ratos por las agenas, lleuaua yo mi repelón. Y con esta arte, prometiendo yo a entramas partes, no se me podía[n] escapar. Allende desto, si se determinaua alguna cosa en consejo en fauor de alguno, luego se la hazía saber con diligentia, dándole a entender que tal y tal le hauían sido contrarios y que yo solo le hauía mantenido, siendo esto muchas vezes al contrario, que ellos lo fauorecían yo solo lo acusaua.

CARÓN.     Veamos, ¿cómo sufrían esso los del consejo?

ÁNIMA.     Procuraua yo de tenerlos discordes. Yua al vno y dezíale que el tal hauía dicho tal y tal cosa contra él y que lo quería mal, encargándole que no me descubriesse, y después iua al otro y dezíale otro tanto, de manera que como yo sembraua discordia entre todos y no se osauan fiar vnos de otros, cada vno procuraua de agradarme por tenerme de su parte, y assí los traýa a todos a mi voluntad, y ninguno osaua abrir la boca contra mí.

CARÓN.     Gentil manera era éssa.

ÁNIMA.     Desta manera tenía yo tan tyranizada aquella corte, que vnos me dauan seda, y otros plata, otros buenos ducados.

CARÓN.     ¿No gastauas nada?

ÁNIMA.     Muy poco, porque yo muchas vezes comía fuera de mi casa y otras conbidaua a otros que me dauan de comer en mi propria casa; a otros hazía jugar comigo cosas de comer, y si ellos perdían, pagauan, y si yo, ni ellos me lo osauan pedir, ni yo me comedía a pagarlo, pues mis criados con mejor apetito se leuantauan que no se sentauan a la mesa. Allende desto, como el Rey se fiaua de mí, hazíale yo firmar lo que quería, y aprouecháuarne muy gentilmente dello, de manera que con éstas y otras tales grangerías, ganando mucho y gastando poco, que es la verdadera alquimia, me hize presto rico.
 

CARÓN.     Éssas, ¿no eran falsedades y aun trayciones, cohechar y vender humo a los negociantes y engañar a tu señor que se fiaua de ti?

ÁNIMA.     ¿Qué se me daua a mí? Hiziesse yo mi prouecho y fuesse como quiera.

CARÓN.     Y al Rey, ¿heziste algún señalado seruicio?

ÁNIMA.     Assí burlando, el mayor que nunca criado hizo a su señor.

CARÓN.     Alguna gran cosa deue ser ésta.

ÁNIMA.     Sabes qué tan grande, que yo fuy el primero que le aconsejasse que ofreciesse al Emperador todo lo que pidiesse por salir de prisión, y que después de salido, no cumpliese cosa alguna de lo que él le houiesse prometido. Y con este mi buen consejo él quedó libre y el Emperador engañado.

CARÓN.     Aosadas, de tal consejero tal consejo.

ÁNIMA.     Y aun te prometo que el Rey no me lo tuuo en poco.

CARÓN.     Con razón.

ÁNIMA.     Pues más hize, que desde antes que el Rey saliesse de España tenía ya yo concertado con el Papa y con otros potentados de Italia que juntamente con él hiziessen guerra al Emperador, como la hizieron, y allende desto trabajé de ganar de nuestra parte al Rey de Ynglaterra, de manera que se concertaron el año passado de mouer muy crudel guerra contra el Emperador, y hize yo que mientras ellos se aparejauan para la guerra, porque el Emperador no la barru[n]tasse, le embiassen, como le embiaron, embaxadores para entretenerlo con esperança de paz y agora nueuamente han embiado los Reyes d'armas con sus carteles de desafío para yntimarle la guerra, assí que o yo me engaño o a esta hora él es desafiado.

CARÓN.     Por cierto, grandes seruicios son éssos, robar los negociantes, engañar tu Rey y señor que se fiaua de ti, y después desto darle consejos con que perdiesse su honrra y fama para siempre.

ÁNIMA.     Mira, hermano, todo mi intento era dexar muy gran estado, y para hazerlo no tenía mejores medios que éstos. No, sino sed bueno, y viuiréys toda vuestra vida pobre.

CARÓN.     ¿Es possible que en la corte de vn príncipe christiano se sufra vna pestilencia como tú?

ÁNIMA.     Antes para andar en la corte éstas y otras semejantes artes son más que necessarias si no queréys más ser de todos burlado y menospreciado con vuestras virtudes, que con esta buena maña ser loado por buen cortesano.

CARÓN.     ¿Cómo? ¿Buen cortesano llamáys vosotros a vn monstruo como tú te me has aquí representado?

ÁNIMA.     Hermano, menester es viuir como en la tierra donde hombre se halla, y pues se requiere esto para viuir en las cortes de los príncipes, no te marauilles que yo me conformasse con la costumbre. Es verdad que, acordándome de quanta obligación tienen los hombres a ser perfecto cada vno en su oficio, trabajéme yo tanto de serlo en este mío, que a ninguno de los passado[s] pienso hauer dexado de sobrepujar, ni a alguno de los venideros lugar para que me pueda alcançar.

CARÓN.     ¿De manera que saliste en tu vellaquería perfecto?

ÁNIMA.     Perfectíssimo.

CARÓN.     ¿No hay leyes que castiguen tan grandes maldades?

ÁNIMA.     Sí hay, mas, ¿quién osará tomarse con vn priuado de vn príncipe? Allende desto, son cosas que se tratan secretamente, de manera que quando vengan en juyzio non se pueden prouar y aunque se prouassen, nunca falta alguno del mesmo oficio que tome su defensión, de suerte que por marauilla veemos castigar tales cosas, quanto que yo no le he oýdo, saluo de vn Turino que hizo matar Alexandro Seuero con humo a las narizes.

CARÓN.     Hízolo aquel gentil, ¿y no lo hazen los christianos? Mas, pues, quesiste ser malo, aq[u]í pagarás la pena de tu maldad.

MERCURIO.     ¿No te parece, Carón, que se conforma esto con lo que yo te he dicho?

CARÓN.     Assí me parece. Y teniendo los príncipes cabe sí tal gente, no me marauillo sino del mal que no hazen.

MERCURIO.     Tornando, pues, a nuestro propósito, el secretario del Rey de Francia, de quien te hablaua, llegó a Burgos donde a la sazón el Emperador estaua a doze días del mes de deziembre, diziendo que traýa la resolución de la paz y venidos todos los embaxadores de Francia Ynglaterra al Emperador, dissimulando los carteles que tenían para desafiarlo, dixeron que le daría[n] por escrito lo que el rey de Francia por amor de la paz y por cobrar sus hijos quería hazer, y dieron vna escriptura que allende de otras muchas cosas que quitauan de lo que en Palencia hauían ofrecido, quería[n] que el Emperador, a humo muerto, restituyesse en su estado al Duq[u]e Francesco Sforcia, aunque se hallase hauerlo ofendido, y de la restitución de Génoua y condado de Aste no hablauan palabra ni querían retirar el exército que tenían en Italia fasta que houiessen cobrado los hijos del Rey de Francia que estauan en poder del Emperador en rehenes. Quando el Emperador esto oyó, marauillóse y hízoles dezir que hablassen claramente si tenían comissión de ofrescer otra cosa o no. A la fin, respondieron, satisfaciendo algunas dificultades de las que parescía hauer en la primera escriptura, y principalmente que, quanto al estado de Milán que los reyes de Francia Inglaterra eran contentos que el Emperador nombrasse luego juezes no sospechosos para que viessen y determinassen si el Duque Francisco Sforcia merescía ser priuado o no, y que todos passassen por los que aquellos determinassen.

CARÓN.     ¿De manera que ya en esso no quedaua dificultad?

MERCURIO.     Ninguna.

CARÓN.     Según esso, parece que ellos estauan inclinados a querer paz.

MERCURIO.     Esto hazían ellos por dar a entender que se allegauan a razón y para venir al rompim[i]ento dexauan atrás el punto principal, que no querían restituir a Génoua ni a Aste, ni retirar el exército de Italia hasta que houiessen cobrado los hijos del Rey de Francia.

CARÓN.     Y para hazerlo, ¿no ofrescían alguna seguridad?

MERCURIO.     Dezían que el Rey de Francia se obligaría a restituir Génoua y Aste y retirar su exército dentro de cierto término después que houiesse cobrado sus hijos, so pena de trecientos mill ducados, y para seguridad de la paga dellos, daría rehenes en poder del Rey de Ynglaterra. ¿No te paresce que era gentil seguridad ésta?

CARÓN.     Gentil, para fiarse de vn hombre que tan poco caso haze de romper su fe.

MERCURIO.     Vista, pues, por el Emperador la final conclusión presentada por los embaxadores de Francia Ynglaterra el primer día deste año MDXXVIII les mandó responder por escrito que en lo que pedían del estado de Milán, aquello era lo mesmo que muchas vezes les hauía ofrescido, pero en quanto a la restitutión de Génova y Aste y al retirar del exército que franceses tenían en Italia, porque no quedasse causa de venir a otro rompim[i]ento de guerra, el Emperador quería que en todo caso restituyessen lo que hauían de restituir y que retirassen su exército antes que se les entregassen los Rehenes.

CARÓN.     Parésceme a mí que en esso el Emperador tenía mucha razón. Y veamos, ¿por qué no querían los franceses venir en ello?

MERCURIO.     Dezían que si ellos retirauan su exército y restituían lo que hauían de restituir antes que cobrassen sus rehenes, podrían quedar burlados si el Emperador después no ge los quisiesse dar, pidiéndoles otras condiciones, demás de las ya assentadas.

CARÓN.     No dezían mal.

MERCURIO.     Antes no podían dezir peor, ni cosa más contra razón, pues quanto a lo primero, ellos no tenían causa de desconfiarse del Emperador, porque nunca les hauía rompido su fe. Allende desto, pues antes que ellos houiessen tomado Génoua ni Aste, ni touiessen exército en Italia, el Emperador era contento de restituír al Rey de Francia sus hijos, quasi con essas mismas condiciones, ¿qué razón hauía para pensar que no lo hauía agora de hazer? Antes en no querer ellos retirar su exército dauan claramente a entender la intención que tenían de no guardar ni cumplir lo que prometían sino començar nueua guerra en hauiendo cobrado sus hijos, assí como han fecho agora, porque ninguna razón hauía de querer los franceses hazer tantos gastos en entretener su exército en Italia desde la conclusión de la paz hasta después de la restitución de los rehenes, si no tenían intención de continuar la guerra. Y aun más hizo el Emperador que, hauiéndole los embaxadores de Francia Inglaterra declarado que toda la dificultad estaua en la restitución de Génoua y Aste y e[n] el retirar del exército antes o después de la restitución de los rehenes, y que si en aquellas difficultades se daua alg[ú]n corte, luego se podría concluir la paz. El Emperador les dixo que si era assí como ellos dezían, porque vna cosa tan santa, tan saludable, y tan prouechosa, como era la paz no quedasse por tan pequeña causa sin conclusión, que él les daría a ellos las mismas seguridades que ellos le hauían ofrecido a él y aun mayores si mayores las quisiessen.

CARÓN.     No era la cosa ygual, la restitución de los hijos del Rey de Francia con la restitución de dos ciudades y retirar vn exército.

MERCURIO.     Dizes verdad, que la cosa no era ygual, mas también quedaua a los Franceses en su poder lo que hauían de dar por cobrar sus hij[o]s. Y allende desto, las seguridades que daua el Emperador eran, de restituirles lo que ellos houiessen entregado, y más trezientos mill ducados para tornar a hazer el exército que houiessen deshecho. De manera que, aunque el Emperador no quisiera cumplir por su parte, lo que en manera alguna no es verisímil, no podía el Rey de Francia recebir en ello daño alguno, lo que por el contrario se puede dezir del Emperador, que si él viniera en hazer lo que los franceses querían, y ellos otra vez le engañaran, le fuera muy grande afruenta hauerse dexado dos vezes tan claramente engañar.

CARÓN.     Agora te entiendo. Pues veamos, ¿qué respondieron a esso los embaxadores de Francia?

MERCURIO.     ¿Qué querías que respondiessen? Andauan en dilaciones, diziendo que les parecía que el Emperador se ponía en razón, mas que ellos no tenían poder para aceptar lo que les ofrecía, y menos comissión para embiar, mas a comunicarlo con su Rey, y que les pesaua que por tan poca cosa viniessen en rompimiento, y no dexauan de solicitar al Emperador que quisiesse aceptar las condiciones que le ofrecían.

CARÓN.     ¿De manera que la cosa no estuuo en más de no se querer fiar el vno del otro?

MERCURIO.     A la fe, estuuo en que el Rey de Francia, no queriendo paz, buscó este achaque para mouer la guerra.

CARÓN.     Assí me parece. Mas, mira, Mercurio, quál viene aquel espantajo de higuera tan largo como vna blanca de hilo.

MERCURIO.     Sin dub[d]a, deue ser algún hipócrita, déxame con él. ¿[A]donde vas, ánima?

ÁNIMA.     Al cielo.

MERCURIO.     ¿Al cielo? Ea, dime ¿cómo viuiste en el mundo para que pienses subirte al cielo?

ÁNIMA.     Fuí de los christianos que se llaman perfectos.

MERCURIO.     ¿Parécete que va poca diferencia de llamarse perfecto a serlo?

ÁNIMA.     Bien sé que hay mucha, mas yo no solamente me lo llamaua, mas éralo.

MERCURIO.     Muy gran señal es de no hauerlo sido pensar tú que lo eras.

ÁNIMA.     ¿Mas muy gran necedad sería mía pensar yo no ser perfecto siéndolo?

MERCURIO.     Ea, veamos, ¿cómo lo eras?

ÁNIMA.     Yo era christiano.

MERCURIO.     Tanbién lo son muchos ladrones.

ÁNIMA.     Era sacerdote.

MERCURIO.     Dessos hay muchos ruines.

ÁNIMA.     Dexé toda mi hacienda por seguir la perfeción christiana.

MERCURIO.     Tanbién la podías seguir teniéndola.

ÁNIMA.     ¿Cómo?

MERCURIO.     Porque la pobreza más consiste en la voluntad que en la possessión.

ÁNIMA.     Dezía cada día missa, y allende las horas canónicas rezaua muchas oraciones por mi deuoción. Ayunaua todos los días que manda la yglesia a pan y agua. Nunca dormí en cama ni aun estando enfermo. Nunca me uestí camisa. Andaua los pies descalços. Disciplináuame tres vezes en la semana. Ha más de treynta años que no comí carne, avnque agora quando me quise morir, los físicos me dezían que estaua en peligro de muerte; de manera que todos me besauan la ropa por sancto.

MERCURIO.     Todos essos eran buenos medios para seguir la doctrina christiana si armauan a tu complissión, mas, por dezirte la verdad aun no te he oýdo dezir cosa por donde te deuiesses llamar perfecto ni esperar de subir al cielo.

ÁNIMA.     ¿Cómo no? Aýna me harías tornar loco.

MERCURIO.     Porque essas obras eran exteriores y solamente medios para subir a las interiores y tú fiáuaste tanto en ellas que no curauas de otra cosa; si no, respóndeme a lo que te preguntare[.]

ÁNIMA.     Di.

MERCURIO.     ¿Tenías caridad?

ÁNIMA.     ¿A qué llamas caridad?

MERCURIO.     Si amauas a dios sobre todas las cosas y a tu próximo como a ti mesmo[.]

ÁNIMA.     Esso era lo principal que yo hazía.

MERCURIO.     Sepamos, pues, cómo lo hazías. Dime, ¿disfamauas y murmurauas por dicha algunas vezes de tu próximo?

ÁNIMA.     ¿Por qué no? De los q[u]e dezían mal de mí y presumían de reprehenderme.

MERCURIO.     Porque eras obligado a dar bien por mal, y en esto dauas mal por bien, como era reprehenderte lo que mal hazías. ¿Parécete que era gentil caridad essa? Veamos, ¿qué dezías dellos?

ÁNIMA.     Dezía que eran malos hombres y que perseguían la religión christiana.

MERCURIO.     Y esso, ¿pensauas tú que fuesse verdad?

ÁNIMA.     Bien sabía que no era verdad, mas no tenía otro medio de vengarme dellos.

MERCURIO.     Luego, segúnd esso, ni tú amauas a tu próximo como a ti mesmo, pues los perseguías sin razón, ni a dios sobre todas las cosas, perseguiendo a Iesuchristo en sus miembros.

ÁNIMA.     Esto yo lo confiesso, mas ¿por qué me dauan ellos causa para que lo hiziesse? Sé que aunque yo fuera malo, no era razón que me reprehendiessen, porque quitauan la deuoción que la gente tenía comigo.

MERCURIO.     ¿Qué dezían de ti?

ÁNIMA.     Andáuanme acechando[,] y si alguna vez me veýan entrar en casa de alguna muger, luego lo publicauan.

MERCURIO.     Y ¿cómo? ¿Tenías tú que hazer con mugeres?

ÁNIMA.     Pocas vezes, quando la carne mucho me vencía, mas procuraua de hazerlo muy secretamente. Allende desto, dezían que toda mi sanctidad no era sino para ganar crédito con el vulgo y porque me diessen algún obispado.

MERCURIO.     Veamos, y en esso, ¿dezían verdad?

ÁNIMA.     Sí dezían, mas no era bien hecho publicarlo. Dezían assimismo que era embidioso, y que de embidia perseguía a los que viuían mejor que yo.

MERCURIO.     Y tú, ¿hazíaslo?

ÁNIMA.     Algunas vezes.

MERCURIO.     ¿Por qué?

ÁNIMA.     Porque me impedían mi ganancia. Dezían tanbién que andaua yo engañando las mugercillas con mill supersticiones.

MERCURIO.     Harto malo era esso, si es verdad.

ÁNIMA.     Yo no lo niego, mas si no lo hiziera assí, muchas vezes muriera de hambre.

MERCURIO.     ¿No fuera mejor guardar tu hazienda y viuir della, o si ya no querías tenerla, ganar de comer con el trabajo de tus manos, que no dexarla para venir después a ofender a dios buscando de comer?

ÁNIMA.     No era honesto, que siendo yo sacerdote, trabajasse.

MERCURIO.     Sanct Pablo, ¿no era sacerdote?

ÁNIMA.     Sí.

MERCURIO.     Pues él mesmo, ¿no dize que trabajaua de noche con sus manos para ganar de comer por no ser molesto al próximo?

ÁNIMA.     Assí lo he oýdo.

MERCURIO.     Pues, haziéndolo San Pablo, ¿parécete que no te fuera honesto hazerlo tú?

ÁNIMA.     No tuuiera tiempo para dezir mis horas y rezar mis deuociones.

MERCURIO.     Por cierto que te valiera mucho más no rezarlas que por rezarlas ponerte en peligro de pecar, porque pecando como dizes que pecauas, poco te aprovechauan tus missas, tus ayunos, tus disciplinas, ni tus oraciones.

ÁNIMA.     Veamos, en parte, ¿no son preceptos de la yglesia?

MERCURIO.     Sí.

ÁNIMA.     Pues, ¿por qué nos los mandan hazer si no nos dan de aprouechar?

MERCURIO.     Mándalo la yglesia hazer porque es medio para seguir la perfección christiana, que consiste más en cosas interiores que en exteriores, y los que no entendiendo esto, las toman por fin como tú has fecho, hállanse como tú te hallas agora, burlados. Ven acá. Si tú touiesses vna villa muy fuerte y queriendo poblarla de gente muy esforçada, prometiesses que darías a los que entrassen en ella por combate muy lindas casas en que morassen y heredades de que viuiessen, prometiendo de ayudar a los que animosamente se allegassen a los muros, y los capitanes de la gente que viniessen a combatir tu villa, viéndola de muchos enemigos cercada, aparejados para resistirles la entrada, mandassen a los combatidores que se armassen muy bien y se vistiessen todas sus libreas, repartiéndolos por sus capitanías y que velassen y no comiessen demasiado, porque al tiempo del combate se hallassen más ligeros. Si vno destos combatidores se armasse de todas armas mejor que los otros, y se vistiesse de librea más galán que los otros, y estuuiesse más sobrio que los otros, y al tiempo del combate se quedasse e[n] las tiendas, y después de ganada la villa y abiertas las puertas, viniesse a pedirte el premio que hauías prometido porque vino entre los combatidores y se armó y vistió de librea y estuuo muy sobrio, veamos, tú, ¿dárselo ýas?

ÁNIMA.     ¿Por qué se lo hauía de dar?

MERCURIO.     ¿Qué le responderías?

ÁNIMA.     A la fe, dezirle ýa yo, hermano, no prometí mis casas ni mis heredades al que se llamasse combatidor ni al que se armasse, ni al que se vistiesse de librea ni al que comiesse sobriamente sino al que entrasse en mi villa por combate, armado o desarmado, vestido o desnudo, ayuno o harto. Essos eran medios para alcançar esto otro. Y pues tú te contentaste con ellos, no solamente no haurás galardón, mas eres digno de muy rezio castigo, porque llamándote mío te escondiste al tiempo de la necessidad y diste causa a otros para hazer lo mesmo.

MERCURIO.     Tú lo has dicho muy gentilmente. Has, pues, agora de saber que Iesuchristo, queriendo poblar su doctrina de gente esforçada, prometió el Reyno del cielo al que lo seguiesse. Y para que más seguramente lo pudiessen seguir, ordenó la yglesia ciertos mandamientos como medios con que alcançassen la perfeción christiana, como el ayuno contra la luxuria, la oración contra la soberuia, y assí de los otros. No te prometió a ti la yglesia el cielo porque guardasses estos sus mandamientos, más dízete que son muy buenos medios para alcançar y seguir la doctrina christiana, que es la villa que tú tenías, por la qual has de hauer el cielo, que son las casas y heredades que tú prometiste a los que en ella entrassen por combate. Pues si tú agora vienes a pedir a dios el cielo, diziendo que eras christiano y sacerdote, que ayunaste a pan y agua, que rezaste y te disciplinaste y heziste todas las otras cosas que me has contado, ¿no te parece que diría dios lo mesmo que tú dizes que dirías al otro? Hermano, yo no prometí el cielo a los que se llamassen christianos, ni sacerdotes ni a los que hiziessen essas otras cosas sino a los que siguiessen mi doctrina. Y porque más seguramente la siguiessen, fueron dados y ordenados essos mandamientos. Si tú las siguieras, aparejado te fuera el premio que yo prometí, mas pues no lo heziste por hauer tomado y guardado los medios que fueron dados y ordenados para ello, más digno eres de pena que de galardón. A lo menos no podrás agora tú negar que esta sentencia no sea justa.

ÁNIMA.     ¿Cómo es possible que assí se pierdan tantas y tan buenas obras?

MERCURIO.     ¿No has leýdo lo que escriuió San Pablo a los Corinthios? Que aunque touiesse todas las otras virtudes, si le faltaua caridad, no le valía todo nada.

ÁNIMA.     Assí lo dezían.

MERCURIO.     Pues assí te acaece agora a ti, que todos tus trabajos y todas tus buenas obras no te aprouechan, porque vinieron desnudas y vazías de caridad.

ÁNIMA.     No te puedo creer.

CARÓN.     Entra, pues, en la barca que presto lo creerás, y tú, Mercurio, prosigue adelante.

MERCURIO.     Ya que los embaxadores de Francia hauían llegado sus cosas a término que el concertado desafío no quería más dilación, faltaua que los embaxadores de Inglaterra buscassen tanbién ellos algún achaque para hazer y notificar su desafío, y no teniendo otro, pidieron al Emperador que luego sin dilación alguna pague al Rey de Inglaterra su señor todo lo que le deue en dinero contado. El Emperador les respondió que se marauillaua de vna demanda tan súbita como aquélla, que él nunca hauía negado lo que al Rey de Inglaterra deuía, antes hauía estado y estaua aparejado para pagárselo todo muy complidamente, y demandóles que diessen por escrito lo que pretendían deuérsele. Pidieron, pues, ellos tres cosas: la primera, cerca de trezientos mill ducados que en diuersas vezes el Rey de Inglaterra hauía emprestado al Emperador; la segunda, quinientos mill du[ca]dos que fueron puestos de pena a aquél por quien quedasse de cumplirse el casamiento concertado entrel Emperador y la hija del Rey de Inglaterra, no siendo más de quatrocientos mill; y la tercera, la indemnidad de que poco ha hezimos mención, la qual querían que el Emperador pagasse por quatro años y quatro meses. El Emperador les respondió que quanto a la primera partida que era del dinero prestado, que siempre estuuo y estaua aparejado para pagarlo y preguntóles si tenían allí sus obligaciones y prendas que por la dicha deuda hauía dexado al Rey por su seguridad, porque cobrándolas luego pagaría y respondieron ellos que no. Díxoles el Emperador que ordenándose vn lugar a entramas partes seguro, donde se pudiesse hazer la paga de la dicha deuda y cobrar sus obligationes y prendas, pagaría luego sin alguna dilación lo que deuía. Quanto a las otras dos partidas que pedían, de la pena de casamiento indemnidad, el Emperador les dixo que quería embiar una persona a informar al Rey de lo que en aquello passaua, diziendo que cumpliría lo que pareciesse que por derecho deuiesse, que a la verdad, era nada.

CARÓN.     Luego, ¿todo esso era buscar tranquillas para venir al desafío que tenían ya concertado?

MERCURIO.     Dizes muy gran verdad y si lo quieres saber más de veras, ya en Inglaterra hauían auisado a sus mercaderes que no lleuassen sus mercaderías en tierras del Emperador, mostrando tener determinado el rompimiento de la guerra.

CARÓN.     ¿No tiene mala vergüença vn Rey de Inglaterra de mouer guerra por dineros, aunque el Emperador, deuiéndogelos, se los negara quanto más ofreciendo de pagarle luego lo que le deuía?

MERCURIO.     Todo lo hazía aquel Cardenal.

CARÓN.     Espérate, Mercurio, veamos quién es éste.

ÁNIMA.     Acaba, si quieres passarme.

CARÓN.     ¿Quién eres tú que vienes tan de priessa?

ÁNIMA.     Theólogo.

CARÓN.     Y siendo theólogo, ¿te vienes al infierno? Según esso, no tenías más del nombre de theólogo.

ÁNIMA.     ¿Cómo no?

CARÓN.     Porque si fueras de veras theólogo, supieras qué cosa es Dios, y sabiéndolo, impossibile fuera que no lo amaras, y amándolo, hizieras por donde te subieras al cielo.

ÁNIMA.     No sabes lo que te dizes; sé que esso no es ser theólogo.

CARÓN.     Pues, ¿qué?

ÁNIMA.     Saber disputar pro y contra y determinar quistiones de theología.

CARÓN.     Y en esso, ¿eras grande hombre?

ÁNIMA.     ¡Mira si era! Daua a entender todo que yo quería con falsos o verdaderos argumentos.

CARÓN.     ¿De qué manera?

ÁNIMA.     Yo te porné vn exemplo tan grossero como tú. Dime, ¿quién eres tú?

CARÓN.     Carón.

ÁNIMA.     ¿Qué quieres apostar que te hago conoscer que eres cabrón?

CARÓN.     ¡Que no!

ÁNIMA.     Vaya el passage, ¿que te pague doblado o que no te pague nada?

CARÓN.     Soy contento.

ÁNIMA.     El cabrón tiene barbas y nunca se las peyna; tú tienes barbas y nunca te las peinas, luego tú eres cabrón.

CARÓN.     Por cierto, tú lo has muy gentilmente prouado; yo me doi por vencido. Mas espérate, veamos si seré yo mejor sophista que tú. ¿Qué me quieres apostar que te hago conoscer que eres asno, no por sophisma, mas por gentiles argumentos?

ÁNIMA.     ¿Qué va que no?

CARÓN.     ¡Vaya essa arrogancia que tú traes contra mi barba de cabrón!

ÁNIMA.     Agora, sús, soy contento.

CARÓN.     Dime, pues, ¿qué cosa es asno?

ÁNIMA.     El asno es animal sin razón.

CARÓN.     ¿Qué cosa es razón?

ÁNIMA.     Entendimiento para seguir lo bueno y desuiar lo malo.

CARÓN.     Pues, luego si tú, estando en el mundo, no touiste entendimiento para seguir lo bueno que es la virtud, y apartarte de lo malo que son los vicios, síguesse que no tenías razón y no teniéndola, tus proprias palabras te conuencen que eres asno.

ÁNIMA.     Esso yo nunca hallé en mi theología.

CARÓN.     ¡Gentil theología era la tuya!

ÁNIMA.     Yo nunca aprendí otra.

CARÓN.     ¿Nunca leýiste las epístolas de San Pablo?

ÁNIMA.     Ni aun las oý nombrar sino en la missa.

CARÓN.     ¿Y los euangelios?

ÁNIMA.     Lo mesmo.

CARÓN.     Pues, ¿cómo eres theólogo?

ÁNIMA.     ¡Como si para ser theólogo fuessen menester las epístolas ni evangelios!

CARÓN.     Pues, ¿que leýas?

ÁNIMA.     Scoto, Sancto Thomas, Nicolao de Lira, Durando y otros semejantes doctores, y sobre todos, Aristótiles.

CARÓN.     ¿Y los Testamentos Viejo y Nueuo, San Geronymo, San Joan Chrisostomo, Sanct Ambrosio y Sanct Agustín, y los otros sanctos doctores, ¿no los leýas?

ÁNIMA.     Algunas vezes, mas pocas, porque no tienen essa sotileza destos otros.

CARÓN.     Dessos lodos vienen estos poluos. Andáisos vosotros toda vuestra vida leyendo y aprendiendo disputas, questiones, dubdas y dificultades por dar a entender a los simples que sabéis algo porque os tengan por letrados, y no curáys de leer la Sagrada Scriptura ni aquellos doctores de que podríades sacar la verdadera doctrina christiana, y assí qual es vuestro exercicio, tal es el fructo que hazéis para vosotros y para todos.

ÁNIMA.     Ven tú agora a predicarme. Mejor harás de mandar que no me pidan el passage, pues te lo he ganado.

CARÓN.     Soy contento, anda, véte.

MERCURIO.     Está atento, Carón, que ya andamos al cabo. Venidos ya los embaxadores de Francia Inglaterra al punto de lo que querían para desafiar al Emperador, pareciéndoles la cosa no sufrir más dilación, y ser ya tiempo de aparejarse para començar muy de veras la guerra esta primavera[,] y sabiendo secretamente cómo el Papa hauía sido libertado por los ministros del Emperador, porque su prisión era la principal causa que ellos tenían puesta en sus carteles de desafío, viendo que si el Emperador viniera a saber la libertad del Papa antes que ellos lo desafiaran, perdiera mucha de su auctoridad el desafío, determinaron de hazer lo que tenían concertado.

CARÓN.     Dime tú agora, Mercurio, hauiendo el Emperador escripto al Rey de Inglaterra la carta que me leíste en que le pide consejo de lo que deue hazer sobre lo del Papa, y no hauiendo él querido responder a ello, ¿qué razón hauía o qué achaque podía él sacar de allí para desafiarlo? ¿Quién no verá que si el Rey de Inglaterra, o por mejor dezir, aquel su cardenal, desseauan la libertad del Papa, que primero no lo escriuieran al Emperador, pues le hauía demandado su parecer sobre ello antes que tan iniquamente venir a desafiarlo?

MERCURIO.     Yo te confiesso que no hauía razón, y que el achaque era muy necio, pero algo hauían de fingir para poner por obra lo que querían hazer. Pues ayer fueron a palacio del Emperador juntos los Embaxadores de Francia Inglaterra, Venecia y Florencia a despedirse del Emperador como quien tenía la guerra por rompida.

C     Y el Emperador, ¿qué les respondió?

MERCURIO.     Respondióles que le pesaua que los Reyes sus amos mirassen tan mal lo que cumplía al bien de la christiandad, mas pues ellos assí lo querían, que se fuessen en hora buena, pero que él no quería que saliessen de sus reynos hasta que los embaxadores que él tenía en Francia, Inglaterra y Venecia estuuiessen en lugar seguro donde se pudiesse hazer el trueque de los vnos embaxadores con los otros. Y con estas respuestas se despidieron.

CARÓN.     Mira tanbién tú cómo se va aquella ánima por la cuesta arriba. Vamos tras ella.

MERCURIO.     Vamos.

CARÓN.     ¡Torna acá, ánima! ¿Dónde vas?

ÁNIMA.     En esso estaua pensando.

CARÓN.     ¡Sabes si me enojo!

ÁNIMA.     Darás de coces a tu barca.

CARÓN.     Espera a lo menos, mira que te quiero preguntar.

ÁNIMA.     Qué me plaze.

CARÓN.     ¿De dónde vienes?

ÁNIMA.     Del mundo.

CARÓN.     ¿Dónde vas?

ÁNIMA.     Al cielo.

CARÓN.     En hora mala ello sea. Dessa manera, no passarás por mi barca.

ÁNIMA.     Assí me parece.

CARÓN.     ¿Por qué?

ÁNIMA.     Porque assí plugo a Jesuchristo.

CARÓN.     Pues no puedo hauer de ti otra cosa. A lo menos yo te ruego que me cuentes cómo viuiste en el mundo, pues assí vas a gozar de tanta gloria[.]

ÁNIMA.     Aunque se me haze de mal detenerme en tal jornada, no quiero dexar de satisfazer a tu voluntad. Has de saber que siendo mancebo, aunque naturalmente aborrecía los vicios, malas compañías me touieron muchos años capuzado en ellos. Quando llegué a los veinte años de mi edad, comencé a reconoscerme y a informarme qué cosa era ser christiano, y conosciendo ser la ambición muy contraria a la doctrina christiana, desde entonces determiné de dexar muchos pensamientos vanos que solía tener de adquirir muchos bienes temporales, y me comencé a burlar de algunas supersticiones que veía hazer entre christianos, mas no por esso me aparté de mis vicios acostumbrados. Quando entré en los veinte y cinco años comencé a considerar conmigo mesmo la vida que tenía y quán mal empleaua el conoscimiento que dios me hauía dado y hize este argumento diziendo, o esta doctrina christiana es verdadera o no; si es verdadera, ¿no es grandíssima necedad mía viuir como viuo, contrario a ella? Si es falsa, ¿para qué me quiero poner enguardar tantas cerimonias y constituciones como guardan los christianos? Luego me alumbró dios el entendimiento y conosciendo ser verdadera la doctrina christiana, me determiné de dexar todas las otras supersticiones y los vicios, y ponerme a seguirla según deuía y mis flacas fuerças bastassen, aunque para ello no me faltaron, de parientes y amigos, infinitas contrariedades: vnos dezían que me tornaua loco, y otros que me quería tornar frayle, y no faltaua quien se burlasse de mí. Sufríalo yo todo con paciencia por amor de Jesuchristo.

CARÓN.     ¿No te metiste frayle?

ÁNIMA.     No.

CARÓN.     ¿Por qué?

ÁNIMA.     Porque conoscí que la vida de los frayles no se conformaua con mi condición. Dezíanme que los frayles no tenían tantas ocasiones de pecar como los que allá fuera andáuamos, y respondía yo que tan entera tenían la voluntad para dessear pecar en el monesterio como fuera dél, quanto más que a quien quiere ser ruýn, nunca ni en algún lugar le faltan ocasiones para serlo, y aun muchas vezes caen más torpe y feamente los que más lexos se piensan apartar. Bien es verdad que vna vez me quise tornar frayle por fuir ocasiones de ambición, y fuíme a confessar con vn frayle amigo mío, y quando me dixo que tanta ambición hauía entrellos como por allá fuera, determinéme de no mudar hábito.

CARÓN.     ¿Tenías conuersación con ellos?

ÁNIMA.     Sí, con aquéllos en quien veýa resplandecer la imagen de Jesuchristo.

CARÓN.     Pues, ¿hezístete clérigo?

ÁNIMA.     Tanpoco[.]

CARÓN.     ¿Por qué?

ÁNIMA.     Sentíame indigno de tratar tan a menudo aquel Santíssimo Sacramento y hazíaseme de mal hauer cada día de rezar tan luengas horas, pareciéndome que gastaría mucho mejor mi tiempo en procurar de entender lo que los otros rezauan y no entendían, que no en ensartar psalmos y oraciones sin estar atento a ello ni entenderlos. Allende desto, me dezían que no era bien dar órdenes a quien no touiesse beneficio, y sabidas las trampas y pleytos que en los beneficios ecclesiásticos hauía, no quise meterme en aquel laberinth[o].

CARÓN.     Pues, ¿qué manera de viuir tomaste?

ÁNIMA.     Caséme.

CARÓN.     En harto trabajo te pusiste.

ÁNIMA.     En trabajo se ponen los que se casan teniendo respecto a la hermosura exterior, a los bienes temporales, pero yo, sin mirar a nada desto, escogí vna muger de mi condición con quien viuí en mucho contentamiento. Si yo quería vna cosa, ella dezía que era muy contenta, y lo mesmo hazía yo quando ella quería algo.

CARÓN.     ¿Nunca reñíades?

ÁNIMA.     Alguna vez, cuando el vno por complazer al otro, no nos determináuamos en lo que hauíamos de hazer.

CARÓN.     Esse reñir era tener paz.

ÁNIMA.     Assí es.

CARÓN.     ¿Fuiste en alguna romería?

ÁNIMA.     No, pareciéndome que en todas partes se dexa hallar Jesuchristo a los que de veras lo buscan, y porque veýa a muchos boluer dellas más ruýnes que quando partieron, y tanbién me parecía sinpleza yr yo a buscar a Hierusalén lo que tengo dentro de mí.

CARÓN.     Dessa manera, no tenías tú por buenas las peregrinaciones.

ÁNIMA.     Assí como pensaua no serme a mí necessarias, assí alabaua y tenía por buena la santa intentión con que algunos se mouían a hazerlas.

CARÓN.     ¿Oýas missa?

ÁNIMA.     Los días de fiesta sin faltar alguno, y tanbién los otros días quando no tenía qué hazer.

CARÓN.     ¿Ayunauas?

ÁNIMA.     Quando me sentía bueno, ayunaua todos los días que manda la yglesia, y demás desto todas las vezes que me parecía serme el ayuno necessario a la salud del cuerpo o del ánima.

CARÓN.     Y en essos días que ayunauas por tu voluntad, ¿comías carne?

ÁNIMA.     Sí.

CARÓN.     Y cómo, ¿comiendo carne ayunauas?

ÁNIMA.     ¿Por qué no? Pues que para el fin que yo lo hazía me conuenía más la carne que no el pescado.

CARÓN.     ¿Rezauas?

ÁNIMA.     Continuamente.

CARÓN.     ¿Cómo es esso possible?

ÁNIMA.     En qualquier parte y en qualquier tiempo procuraua de endereçar mis obras y palabras a gloria de Jesuchristo[.] Y esto tenían por oración.

CARÓN.     ¿Nunca pedías a dios algo?

ÁNIMA.     Pedíale perdón de mis pecados y gracia para perseuerar en su seruicio, conosciéndome siempre por el mayor pecador del mundo.

CARÓN.     Veamos, ¿y no era malo mentir? ¿No sabías tú que hauía otros muchos en el mundo que viuían peor que tú[?]

ÁNIMA.     Sí, mas tanbién conoscía que si dios, por su infinita bondad, no me touiera de su mano, hiziera yo obras muy peores que alguno de los otros hombres, y por esto me conoscía por más pecador que todos, atribuyendo a dios solo el bien, si en mí alguno hauía.

CARÓN.     ¿Nunca pedías a dios bienes temporales o corporales?

ÁNIMA.     No, solamente le rogaua que me los diesse o me los quitasse como él conoscía cumplir a su seruicio y a la salud de mi ánima.

CARÓN.     ¿Edificaste alguna yglesia o monesterio?

ÁNIMA.     No, pareciéndome que en aquello por la mayor parte interuiene ambición, y esso que hauía de gastar quería yo más repartirlo y esconderlo entre los pobres donde veýa euidente necessidad, que no en otra parte.

CARÓN.     Dessa manera, ¿poco ganauan contigo los frayles?

ÁNIMA.     Dizes verdad. Aquéllos en quien yo no veýa necessidad y aquellos que me parecía quererlo para cosas curiosas, mas a los que veýa tener dello necessidad nunca dexaua de darles de lo que tenía.

CARÓN.     ¿Estouiste en corte de algún príncipe?

ÁNIMA.     Sí, hasta que me casé.

CARÓN.     Y estando en la corte, ¿podías seguir la virtud?

ÁNIMA.     ¿Por qué no?

CARÓN.     Porque en las cortes de los príncipes siempre los virtuosos son maltratados y perseguidos.

ÁNIMA.     Dizes verdad, por la mayor parte, mas yo acerté a viuir con vn príncipe tan virtuoso, que tenía muy gran cuydado de fauorecer los que seguían la virtud, y de aquí procedía que como en las cortes de los otros príncipes hay muchos viciosos y malos, assí en la suya hauía muchos virtuosos y buenos. Porque es cosa muy aueriguada que qual es el príncipe, tales son sus criados, y quales son los criados, tal es el príncipe.

CARÓN.     Veamos, y en la corte ¿nunca hallauas contrariedades para tu propósito?

ÁNIMA.     Hartas, pero sabía yo conuertirlas en ocasiones para seguir con mejor ánimo mi buen camino.

CARÓN.     ¿Cómo?

ÁNIMA.     Pongo per caso, si veýa alguno andar hambreando bienes temporales, en verlo, tomaua yo dello aborrecim[i]ento. Si veýa alguno que por fas nefas allegaua riquezas, tomáuame desseo de dexar las que yo tenía. Si me hallaua alguna vez en compañía de mugeres desonestas, tomaua tanto asco dellas, que a mí era remedio lo que a otros ponçoña. Las cosas que tocaua[n] a mi officio exercitaua como aquel que pensaua ser puesto en él, no para que me aprouechasse a mí, sino para hazer bien a todos. Y desta manera, me parecía tener vn cierto señorío sobre quantos andauan en la corte, y aun sobre el mesmo príncipe.

CARÓN.     ¿En qué passauas tiempo?

ÁNIMA.     El tiempo que me sobraua después de hauer cumplido con lo que a mi officio era obligado, empleaua en leer buena doctrina o escreuir cosas que a mí escriuiéndolas y a otros leyéndolas aprouechasen. Y no por esso dexaua de ser conuersable a mis amigos, porque ni me touiessen por hypócrita ni pensassen que para ser los hombres buenos christianos hauían de ser melancólicos.

CARÓN.     ¿No temías la muerte?

ÁNIMA.     Mucho más temía los trabajos infortunios de la vida.

CARÓN.     ¿Desseaste alguna vez morirte?

ÁNIMA.     Siempre estaua aparejado para recebir la muerte quando dios fuesse seruido de llamarme, pero sola vna vez la desseé, viendo morir vn frayle de San Francisco con tanta alegría y contentamiento que me tomó gana de yrme tras él.

CARÓN.     ¿Cómo te hauías de las enfermedades y aduersidades que te venían?

ÁNIMA.     Todo lo recebía de buena voluntad, conosciendo venirme de la mano de dios, y que no me lo embiaua El sino para mayor bien mío.

CARÓN.     ¿Qué remedio hallauas contra la soberuia?

ÁNIMA.     Acordarme que era mortal.

CARÓN.     ¿Y contra la ambición?

ÁNIMA.     Acordarme de los trabajos que passan los que más altos están subidos y quánto más cerca están de caer.

CARÓN.     ¿Nunca desseaste tener riquezas para hazer bien a muchos por amor de dios?

ÁNIMA.     No.

CARÓN.     ¿Por qué?

ÁNIMA.     Sabía tener dios harto cuydado de mantener sus pobres y que nunca me pidiría a mí cuenta de lo que no me ouiere dado. Allende desto, conoscía el peligro a que se ponen los que dessean riquezas.

CARÓN.     ¿Qué remedio hallauas contra las malas lenguas?

ÁNIMA.     Viuir bien.

CARÓN.     ¿Cómo te hauías con clérigos y frayles?

ÁNIMA.     Honrrándolos como a ministros de dios. Cerraua mis orejas a sus fábulas inuenciones.

CARÓN.     ¿Confessáuaste?

ÁNIMA.     Cada día me confessaua a dios, y quando quería recibir el Sanctíssimo Sacramento, si sentía mi consciencia agrauada de alguna ofenssa hecha a dios, confessáuame a vn sacerdote, allende desto, me confessaua vna vez en el año por cumplir el mandamiento de la yglesia.

C[.]     ¿Ganauas muchos jubileos indulgencias?

ÁNIMA.     Sí, mas siempre me holgué de yr más por el camino real que de buscar atajos, y más de entrar por la puerta que de subir por la ventana, y con esta intención, mis jubileos y mis indulgencias eran procurar de seguir la doctrina de Jesuchristo, que me parecía camino tan real que no se pudiesse herrar.

CARÓN.     ¿Nunca fuiste por esso reprehendido?

ÁNIMA.     Muchas vezes, mas yo les dezía, hermanos, tomad vosotros el camino que mejor os pareciere y dexadme a mí tomar el que yo quisiere pues vedes que no es malo.

CARÓN.     Sé que bien podías hazer lo vno y lo otro.

ÁNIMA.     Dizes verdad, mas yo tenía vn propósito muy firme solamente de Jesuchristo.

CARÓN.     ¿Cómo moriste?

ÁNIMA.     Sentíame vn día mal dispuesto, y conosciendo en mí que se llegaua la hora que hauía de ser librado de la cárcel de aquel grossero cuerpo, hize llamar el cura de mi parrochia para que me confessasse y comulgasse. Hecho esto, me preguntó él si quería hazer testamento; díxele que ya lo tenía hecho. Preguntóme si quería mandar algo a su yglesia o entre pobres y monesterios. Respondíle que mientras viuía hauía repartido aquello de que me parecía poder disponer dexando proueýdos mi muger hijos, y que no quería mostrar de hazer seruicio a dios con aquello de que ya no podía gozar. Preg[u]ntóme quántos dobles quería yo que diessen las campanas por mí, y díxele que las campanas no me hauían de lleuar a paraýso, que hiziesse él tañer lo que le paresciesse. Preg[u]ntóme dónde me quería enterrar y díxele que el ánima desseaua yo embiar a Jesuchristo, que del cuerpo poco cuydado tenía, que lo enterrassen si quería en vn cimiterio. Preguntóme quántos enlutados quería que fuessen con mi cuerpo y quántas hachas y cirios quería que ardiessen sobre mi sepultura y quántas missas se dirían el día de mi enterramiento, y con qué cerimonias y quántos treyntanarios quería que se dixessen por mi ánima. Yo le dixe -Padre, por amor de dios, que no me fatiguéis agora con estas cosas. Yo lo remito todo a Vos, q[u]e lo hagáis como mejor os pareciere, porque yo en sólo Jesuchristo tengo mi confiança. Solamente os ruego que vengáis a darme la extrema vnción.- Díxome que si él no me ouiera confessado, me touiera por gentil o pagano, pues tan poco caso hazía de lo que los otros tenían por principal. Yo le satisfize lo mejor que supe, y a la fin se fué medio murmurando. Quando ya la enfermedad me aquexaua, echéme en la cama, rogando a todos que no estuuiessen tristes, pues que yo estaua muy alegre en salir de la cárcel de aquel cuerpo, y assí en ninguna manera consentí que llorassen por mí. Y llamada mi mujer a parte, le encomendé mucho mis hijos, y a ellos mandé que fuessen a ella siempre obedientes, y a todos generalmente estaua siempre rogando y encomendando que perseuerassen en aquella caridad y bondad christiana en que yo los hauía puesto. Y conosciendo llegarse ya la hora de mi muerte, mandé que me truxessen la extrema vnción, y aquélla recebida, me preguntaron si quería que llamassen dos religiosos que me ayudassen a bien morir. Roguéles que no se curassen dello, que pues viuiendo no les hauía dado trabajo, tanpoco se lo quería dar muriendo. Preguntáronme si quería morir en el hábito de San Francisco y díxeles yo -Hermanos, ya sabéis quánto me guardé siempre de engañar a ninguno. ¿Para qué queréis que me ponga agora en engañar a dios? Si he viuido, como San Francisco, por muy cierto tengo que Jesuchristo me dará el cielo como a San Francisco, y si mi vida no ha sido semejante a la suya, ¿qué me aprouechará dexar acá este cuerpo cubierto con hábito semejante al suyo? -Era ya tarde y roguéles a todos que se fuessen a reposar y solamente me dexassen allí vn mi amigo que me leyesse lo que yo le señalasse de la Sagrada Escriptura y principalmente el sermón que Jesuchristo hizo a sus apóstoles en la última cena, y cada palabra de aquéllas me ynflamaua y encendía con vn feruentíssimo desseo de llegar a la presentia del que aquellas palabras hauía dicho. A la mañana me pusieron vna candela encendida en la mano yo, haziendo rezar aquel psalmo que dixo Jesuchristo estando en la cruz, estaua atento y sentía començarme ya a salir de aquel cuerpo, y diziendo, «Jesuchristo, recibe esta mi ánima pecadora», me salí de aquella cárcel y voime a gozar de la gloria que Jesuchristo tiene a los suyos prometida. Vees aquí que te he contado la manera de mi vida y de mi muerte; perdóname, que no puedo detenerme más.

MERCURIO.     Mira, Carón, éste es vno de aquellos que yo te dixe que seguían muy de veras la doctrina Christiana.

CARÓN.     A la fe, si muchos destos houiesse en el mundo, assentarme podría yo cabe mi ganancia.

MERCURIO.     No hayas miedo. Mira, si quieres que nos tornemos a assentar y acatar, y acabaremos nuestra h[i]storia que ya estamos al cabo.

CARÓN.     Sea assí.

MERCURIO.     Despedidos que se houieron del Emperador, los embaxadores de Francia I[n]glaterra, Venecia y Florencia, esta mañana vinieron a palacio del Emperador dos reyes d'armas vno del Rey de Francia y otro del Rey de Inglaterra y pidieron al Emperador que les diesse audiencia, la qual él les quiso dar públicamente, porque ya sabía que lo querían desafiar, y sentóse con mucha pompa en la principal sala de su palacio, y al derredor dél estauan muchos grandes señores y perlados de todas naciones, que en su corte se hallaron.

CARÓN.     ¿Vístelo tú esso, Mercurio?

MERCURIO.     Mira si lo vi, y noté quánto se hazía.

CARÓN.     La mitad de mi barca diera por hauerlo visto.

MERCURIO.     Yo diera vna de mis alas por no hauerme hallado presente.

CARÓN.     ¿Por qué?

MERCURIO.     ¿Piensas tú, Carón, que poco trabajo sentía yo en ver la iniquidad de aquellos príncipes que sin alguna causa ni razón embiauan a desaf[i]ar al Emperador, el vno sobre hauer rompido su fe, y el[ ] otro llamándose defensor de la fe, fauoreciendo al rompedor della? Los Reyes d'armas que estauan al cabo de la sala con sus cotas d'armas en los braços yzquierdos se vinieron derechos para el Emperador, y hechas tres reuerencias hasta el suelo, se hincaron de rodillas en la grada más baxa del estrado donde el Emperador estaua, y desde allí el Rey d'armas de Inglaterra en nombre de entramos, dixo que conforme a las antiguas leyes y costumbres se presentauan ante su majestad para dizirle algunas cosas de parte de los reyes de Francia Inglaterra, sus amos; que le suplicauan les diesse seguridad mientra esperauan la respuesta, mandándolos guiar seguramente hasta sus tierras. El Emperador les respondió que dixessen lo que les era mandado, que sus priuilejos les serían guardados, y en sus tierras ningún e[n]ojo les sería hecho. Luego, el Rey d'armas de Francia leyó vn cartel, y por dezirte la verdad, al principio yo pensé que quería predicar, según las palabras con que començó.

CARÓN.     Assí era menester, que para dezir vna cosa absurda y fea començasse por palabras sanctas y buenas.

MERCURIO.     A la fin, dezía que el Rey de Francia su amo, viendo que no quería aceptar las condiciones de paz que le hauía ofrecido, ni dexarle sus hijos ni libertar la persona del Papa, ni pagar al Rey de Inglaterra lo que le deuía, se declaraua por su enemigo, notificándole que le haría en sus tierras y súbditos todo el mal que pudiesse.

CARÓN.     Tres cosas te quiero notar sobresso, Mercurio. La primera será, pues, sabían ya que el Papa estaua libre, ¿a qué propósito dezían que el Emperador no quería libertar la persona del Papa?

MERCURIO.     Porque, como he dicho, ésse era el principal achaque que ellos pensauan tener para hazer su desafío, y no sabían cómo la noche de antes hauía el Emperador recebido cartas de Italia en que le auisauan de la libertad del Papa y de la manera como hauía passado.

CARÓN.     ¿Qué me dizes? ¿Que essa mesma noche llegó la nueua?

MERCURIO.     Assí pasa.

CARÓN.     Dígote la verdad, que nunca oí llegar cosa a mejor tiempo. La segunda será preguntarte si antes deste desafío el Rey de Francia hazía quanto mal y daño podía al Emperador.

MERCURIO.     Ya tú lo has oýdo.

CARÓN.     Luego, ¿de qué seruía declararse agora por su enemigo?

MERCURIO.     Pienso hauerlo permitido dios porque el Emperador se despertasse y proueyesse lo que conuenía.

CARÓN.     Yo assí lo cre[ ]o, y tengo por muy gran necedad la que franceses hizieron en desafiarlo. Pues lo tercero será que me parece vna muy grande iniquidad lo que dize que haría todo el mal y daño que pudiesse en los súbditos del Emperador. Veamos, pongo por caso, que el Rey de Francia tenga mucha razón de quexarse del Emperador, ¿qué culpa tienen sus súbditos?

MERCURIO.     Ve tú a disputar esso con él y déxame a mí acabar. Como el Rey d'armas de Francia houo leýdo su cartel, el Emperador mesmo, por su propria boca le respondió que se marauillaua que el Rey de Francia lo desafiasse, pues siendo su prisionero de justa guerra no lo podía ni deuía hazer, y que pues se hauía también defendido en siete años que le hauía hecho guerra, sin desafiarlo, agora, que lo auisaua, él se tenía por medio assegurado. Y en lo que dezía de la restitución de sus hijos, que él se havía puesto en más de lo que por razón se hauía de poner, con voluntad de restituírselos. De manera que la libertad dellos no quedaua sino por él. Quanto a la deuda del Rey de Inglaterra, que él estaua aparejado a pagar lo que deuía, como muchas vezes hauía dicho. Quanto a lo del Papa, le dixo que la noche de antes le hauían venido nueuas de como era puesto en su libertad. Y a la fin, le dixo que pues su cartel era largo, y en él hauían escripto todo lo que se les hauía antojado, que él mandaría responder en otro papel que no conternía sino verdades.

CARÓN.     ¿Dízesme de verdad, Mercurio, que el Emperador mesmo dio essa respuesta?

MERCURIO.     El mesmo y aun mucho mejor que yo lo digo.

CARÓN.     Dígote de verdad que no oý mejor cosa en mi vida.

MERCURIO.     Esto hecho, el Rei d'armas de Inglaterra, como hombre más esperto en el officio, quiso dezir de palabra lo que en escripto le hauían dado que dixesse, y en conclusión contenía lo mesmo que el cartel del Rey de Francia, sino que venía muy más soberuio y muy más desuergonçado, diziendo que por fuerça de armas le haría hazer lo que no quería por amor.

CARÓN.     ¡O hydeputa! ¡Qué roldanes! ¿Por fuerça d'armas? ¿Cómo? ¿Tirando flechas en el ayre? ¿Sabes que pienso Mercurio? Que ha permitido dios que aquel Cardenal que me dezías esté cabe el Rey de Inglaterra, porque haziendo lo que haze sean los mesmos ingleses causa de su proprio castigo.

MERCURIO.     Ninguna dubda tengas desso. El Emperador le respondió que se marauillaua de lo que el Rey de Inglaterra hazía, y creýa no estar él bien informado de lo que hauía passado, mas pues que assí él lo quería. No podía hazer sino defenderse, y rogaua a Dios que el Rey de Inglaterra no le diesse a él más causa de hazerle guerra de lo que pensaua hauérsela él dado.

CARÓN.     ¿Por qué dezía el Emperador esso[?]

MERCURIO.     Porque hauía sabido lo que al principio te dixe, que el Rey de Inglaterra andaua por dexar la Reyna su muger, con quien ha estado casado más de veinte annos, y tomar otra.

CARÓN.     ¿Es possible?

MERCURIO.     Assí passa.

CARÓN.     Agora te digo, Mercurio, que no queda fe en el mundo, pues esse Rey se pone en hazer cosa tan fea como éssa. ¿Da alguna causa para ello?

MERCURIO.     Dize que la dispensación que houieron del Papa para casarse, hauiendo ella sido casada primero con vn hermano del mismo Rey, no es bastante.

CARÓN.     Pues, ¿no está aý el Papa que les dará otra?

MERCURIO.     Antes el Emperador tiene en su poder la mesma dispensación y es más que bastante.

CARÓN.     Pues ¿qué desuergüença es éssa?

MERCURIO.     Tiénela perdida aquel Cardenal que es dello causa. Siendo, pues, essa Reyna tía del Emperador, claro está que, queriendo el Rey de Inglaterra hazerle vna tan grande injuria, de razón, él no la hauía de sufrir, y por esso le dixo que pluguiesse a dios que no le diesse más causa el Rey de Inglaterra para hazerle guerra, que él pensaua hauérsela dado.

CARÓN.     Dígote que tiene mucha razón de no suffrirlo.

MERCURIO.     Lo mesmo creo que hará el Rey de Portogal, pues tanbién es el sobrino desta Reyna, y aún le toca a él más esto que no al Emperador, pues siendo bastante la dispensación, si el Rey de Inglaterra perseuera en dexar la Reyna, su muger, vernía a impugnar el poder del Papa. Y si tal cosa se suffriesse, luego tanpoco hauría sido legítimo el matrimonio del Rey don Manuel de Portogal con la Reyna donna María, su muger, madre deste Rey de Portogal y de la Emperatrjz.

CARÓN.     Aún no hauía yo caýdo en ello. ¿No miras, Mercurio, quántos inconuenientes se seguirán si perseuerasse el Rey de Inglaterra en lo que dizen hauer començado?

MERCURIO.     Pues aun más ay. Que muy más verisímil es que el Papa tenga poder para dispensar en el matrimonio de Inglaterra que no en el de Portogal, porque en la ley dada al pueblo de Ysrael, está mandado que si el marido muriere sin hijos, su hermano segundo se case con la muger biuda, como hizo el Rey de Inglaterra, por donde parece que el casamiento de Inglaterra no solamente no es prohibido de jure diuino, mas era en la ley mandado que assí se hiziese lo que no se puede dezir del matrimonio de Portogal. Y hauiéndose después prohibido por constitución humana, el que dubdare que el Papa no tiene poder para dispensar en ello, deuría ser tenido por erege.

CARÓN.     Agora te digo, Mercurio, que si a semejantes cosas se da lugar, no me arrepentiré yo de hauer hecho mi galera.

MERCURIO.     Pues allende desto, porque el rey d'armas de Inglaterra hauía dicho al Emperador que la haría que hiziesse por fuerça lo que no hauía querido hazer de grado[.] Respondióle el Emperador que hasta agora él hauía siempre condescendido por amor del Rey de Inglaterra a hazer más de lo razonable, y pues él agora dezía que se lo haría hazer por fuerça, él hablaría de otra manera y esperaua en el ayuda de dios y en la lealtad de sus súbditos de guardar tan bien los hijos del Rey de Francia, que nunca se los hauría de tornar por fuerça.

CARÓN.     Ves aý vna respuesta no menos de ánimo esforçado que modesta.

MERCURIO.     Allende desto, pedían en los carteles que de la vna parte y de la otra se diessen quarenta días de término a los mercaderes para retirar sus personas y bienes.

CARÓN.     Esso bien lo concederá el Emperador.

MERCURIO.     No hará, porque los franceses ingleses ha ya muchos días que tienen auisados sus mercaderes, y bástales aquel término para retirar sus mercaderías, lo que no haze a los súbditos del Emperador, porque no están auisados ni lo podrían en tan breue tiempo hazer.

CARÓN.     Esso no entiendo yo.

MERCURIO.     Yo te lo diré. Como los franceses ingleses sabían a qué tiempo el Emperador hauía de ser desafiado, y eran ciertos del rompimiento, auisaron a sus mercaderes con tiempo que no lleuassen sus mercaderías a tierras del Emperador.

CARÓN.     ¿Cómo sabes tú esso?

MERCURIO.     Sélo, porque los ingleses hizieron esto públicamente ocho meses antes del desafío, y los franceses estauan también preuenidos, esperando el rompimiento que tenían por cierto, como parecía por el cartel que el Rey d'armas de Fra[n]cia leyó, fecho a XI de nouiembre.

CARÓN.     ¿Es possible que diesse cartel con essa [f]echa? Agora te digo. Mercurio, que ha dios cegado a los franceses el entendimiento, no quiriendo que sus trampas queden encubiertas. No vi mayor necedad en mi vida que dar vn cartel en que desafiauan por cosas no ocho días antes passadas fecho dos meses y medio antes. ¿Cómo? ¿Que tan necios eran los embaxadores y su Rey d'armas que no sabían mudar aquella fecha?

MERCURIO.     Si ellos la mudaran, ¿cómo se pudiera saber de cierto el enga[ñ]o? Créeme, Carón, que no haze dios las cosas sin causa. Y porque no se me oluide, te quiero dezir cómo, quando los Reyes d'armas acabaron de leer y dezir sus carteles, se vistieron las cotas de armas que traýan en los braços.

CARÓN.     Ea, declárame essa cerimonia[.]

MERCURIO.     Como después de hecho el desafío quedan declarados enemigos del desafiado, vístense sus cotas d'armas por seguridad de sus personas, que antes de declararse por enemigos no lo han menester.

CARÓN.     ¿Qué semblante tenía el Emperador quando todo esso passaua?

MERCURIO.     No vi cosa allí de que me holgasse sino de la grauedad magestad que el Emperador tenía, assí quando oýa como quando respondía, sonrriéndose algu[n]as vezes de oýr las desaforadas mentiras que aquellos Reyes d'armas de parte de sus reyes se dexauan dezir. Y hecho esto, el Emperador se leuantó y llamó a sí al Rey d'armas de Francia, al qual dixo que dixesse al Rey su señor que le restituyesse todos sus súbditos que después del concierto de Madrid contra razón y justicia hauía hecho o permitido prender y maltratar; donde no, que él trataría los súbditos del Rey que están en sus reynos como él tratasse los suyos y que no respondiéndole a esto dentro de quarenta días, él se ternía por respondido. El Rey d'armas dixo que lo haría, y el Emperador le tornó a dezir. Pues dezid más al Rey vuestro señor que no sé si ha sabido lo que en Granada yo dixe al presidente de Burdeos, su embaxador, que es cosa que mucho le toca. Y en tal caso le tengo yo por tan gentil Príncipe, que si lo supiesse, me hauría ya respondido; que hará bien de saberlo, y conoscerá quánto mejor le he yo guardado lo que en Madrid le prometí que no él a mí lo que me prometió.

CARÓN.     ¿Qué fue esso que dixo el Emperador al Embaxador de Francia?

MERCURIO.     ¿No te acuerdas de lo que te conté que le hauía dicho quando juntamente con los otros embaxadores de la liga le requirieron que le restituyesse sus hijos?

CARÓN.     Sí, sí, ya te entie[n]do. Dígote que essas fueron palabras de verdadero Príncipe, y que sus súbditos le son en mucha obligación pues quiere poner al table[ ]ro su vida, porque ellos no reciban daño. ¿Crees tú que el Rey de Francia responderá a esso?

MERCURIO.     Pienso yo que buscará alguna arte con que en alguna manera satisfaga al vulgo y se guarde él de peligro, queriendo más destruir sus súbditos que su persona por ellos. Acabados, pues, los actos del desafío, el Emperador mandó que los Reyes d'armas fuessen muy bien tractados, y que ningún enojo les fuesse hecho. E yo, bolando soy venido a hazerte saber estas nueuas, a ti tan agradables como a mí enojosas.

CARÓN.     Veamos, Mercurio. Syendo el rey de Francia prisionero del Emperador, y no podiendo de derecho hazer desafío, ¿cómo es possible que venga agora a desafiar a aquél en cuyo poder tiene empeñada su fe?

MERCURIO.     Si las cosas anduuiessen por razón entre los hombres, bien me parecería lo que dizes, mas, andando como andan al reués, no te deues marauillar que esse Rey haya querido hazer vna cosa tanto a derecho y razón contraria.

CARÓN.     Digo que él la quisiesse hazer; el Emperador ¿por qué aceptó el desafío, pudiéndolo con justicia rehusar?

MERCURIO.     ¿Para qué querías que lo rehusasse? Pues assí como assí, le hazía guerra, y le cumple más que ya que se ha de hazer, sea abierta que no solapada como estaua.

CARÓN.     Dígote de verdad, Mercurio, que yo me siento tan obligado a esse Rey de Francia y a esse otro Cardenal de Inglaterra, que si en el mundo tanto yo mandasse como aquí, luego les haría más de mill mercedes. Mas, pues, allá nada puedo, a lo menos quando vengan a passar por mi barca, yo te prometo de darles sendos remos de los mejores de la banda, que nunca me precié de ser desagradecido. Y aun a ti, Mercurio, no quiero dexar sin premio de tu trabajo. Desde agora te prometo la ganancia de todas las monjas y frayles que no se hayan arrepentido.

MERCURIO.     No te quedarían a ti muchos.

CARÓN.     Ni aun a ti mucha ganancia dellos. Mas, dime, Mercurio, los españoles, que por vna parte se precian de muy valientes y esforçados, y por otra de muy leales a su Príncipe ¿cómo pudieron sufrir con paciencia que sobre vna causa tan injusta les viniessen a desafiar su Rey dentro en su reyno?

MERCURIO.     Quanto al sufrir con paciencia el desafío, obligados eran a no hazer otra cosa, pues no es en su mano hazer de los locos sabios, pero en el vengarse del menosprecio que franceses ingleses les han fecho, yo tengo por cierto que se mostrarán tan valientes y leales como siempre se han mostrado y no querrán ser desagradecidos del bien que reciben en tener vn Príncipe que en tanta paz y justicia los mantiene.

CARÓN.     Yo tal concepto he siempre tenido dellos.

MERCURIO.     Ya se va haziendo tarde. Si te parece será bien que nos passássemos de la otra parte.

CARÓN.     Bien dizes, y si houiere tiempo, me contarás lo que començaste del Papa, que, por dezirte la verdad, esto es lo que más saber desseo.

MERCURIO.     No tengo de contradezirte.

CARÓN.     Entra, pues, en la barca y siéntate a la popa mientras yo ordeno estas ánimas. Ven acá tú, ánima, ¿Quiéresme hundir la barca con esse plomo?

ÁNIMA.     [¿]Tú no vees que es consagrado de lo que hazíamos en Roma los sellos de las bulas[?]

CARÓN.     ¿Para qué lo traes acá?

ÁNIMA.     Háseme vendido tan mal este año passado, que me sobró todo lo que vees y tráygolo para aprouecharme acá, si fuere menester.

CARÓN.     Pues échalo en el agua, si no quieres que te eche a ti con ello. Y tú, Cartuxo, ¿qué quieres hazer de essa barba? O la cortarás o no entrarás en mi barca[.]

ÁNIMA.     ¿Con qué quieres que la corte?

CARÓN.     Llégate acá, que con esta sierra la asserraremos. Y vosotros, philósophos, ¿para qué metéis tantos méritos y supersticiones? No ay acá necios a quien engañéis con esso. ¿No miráis quál viene el otro, cargado de cerimonias? Agora, sus, déxalas luego y toma esse remo. ¿Qué argumentos traes tú debaxo el sobaco? ¿Quiéresnos reboluer el infierno? Ea, pues, sentaos todos y començad de remar.

ÁNIMA.     Mira, Carón, que se me pone éste delante; sé que los frayles de San Francisco siempre solemos preceder a los dominicos.

CARÓN.     ¿Qué precedencias son éstas? Sabéis si me e[n]ojo, cómo os haré estar en paz. Nunca viste tal cosa, Mercurio; más trabajo tengo en concertar estos frayles que en guiar la barca. El otro día me la quisieron anegar riñendo sobre si la Virgen María era concebida en peccado original o no.

MERCURIO.     ¡Qué gente tan especial! Pues estamos desta parte, quiérote leer vn petafio que han puesto a la paz mostrando estar ya sepultada.

CARÓN.     ¿A qué llamas petafio?

MERCURIO.     A lo que escriuen sobre las sepolturas de los muertos.

CARÓN.     Y a la paz, como a cosa muerta, ¿le han puesto tanbién petafio?

MERCURIO.     Sí.

CARÓN.     Pues no dexes de leérmelo.

MERCURIO.     ¡Qué me plaze! Está attento, porque es en latín y no sé si lo entenderás.

CARÓN.     ¡Como si yo no entendiesse latín tan bien como quantos Nebrissens[e]s ay en el mundo!

MERCURIO.     Ea, pues, en tu cuenta me fío.
 

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La versión digital de este texto de Alfonso de Valdés, Diálogo de Mercurio y Carón (1530?), ha sido preparada por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Lo colocamos aquí con su autorización. la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes es el proyecto más ambicioso en Internet sobre las letras españolas.
    
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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