Alfonso de Valdés
 
 
Diálogo de Mercurio y Carón

 
Segund[o] libro (continuación)

MERCURIO.     A buen amo seruiste; razón es que hayas buen galardón. ¿Quieres que prosigua, Carón?

CARÓN     No querría otra cosa.

MERCURIO.     Ordenado que houo el Emperador su respuesta, firmada de su mano, la dio a vno, de sus reyes de armas, mandándole que con toda diligencia la lleuasse al Rey de Francia y él mesmo públicamente se la leyesse, si no la quisiesse oír, se la diesse en sus manos auida su respuesta, luego se boluiesse. El Rey de armas se fue para Fuente[r]rabía, donde pensaua hallar el saluoconducto del Rey de Francia, y como no houiesse memoria dél, embió vn trompeta al gouernador de Bayona, rogándole que, si lo tenía, luego se lo embiasse, porque él allí no esperaua otra cosa. El gouernador, a cabo de nueue días, le respondió que el Rey de Francia, su amo, le hauía embiado el saluoconduto que pedía, mas con tal condición que no se lo emb[i]asse sin ser primero certificado que traya la seguridad del campo y no otra cosa. El Rey de armas le respondió que él lleuaua la seguridad del campo y cargo de dezir otras cosas tocantes al combate, y respuesta al cartel del Rey de Francia. El gouernador replicó, diziendo que si traýa solamente la seguridad del campo, sin otra cosa alguna, le dexaría entrar libremente en Francia y le haría muy buen tratamiento, pero que si traya otra cosa, él no lo podía dexar entrar, diziendo que el Rey su amo no quería palabras sino obras.

CARÓN     A la fe, tenía razón. ¿Qué cumple[n] palabras quando se puede venir a las manos?

MERCURIO.     No sabes lo que te dizes. Antes no se puede venir a las manos sin que precedan primero m[u]chas palabras en que se determine y acabe la causa por qué se combate; de otra manera parecería batalla, no de príncipes, mas riña de locos. Y si bien lo miras, hallarás aquí dos cosas muy rezias: la vna, impedir la entrada a vn rey de armas que suelen, aun entre gente bárbara tener libertad para yr y venir seguramente por doquiera, y la otra, quel Rey de Francia assí absolutamente pidiesse la seguridad del campo, sin aclarar primero qué es aquello sobre que quería combatir o si el Emperador confessaua o negaua hauer dicho lo que al Rey de Francia hauía sido referido.

CARÓN     Veamos, ¿él no lo embió escripto y firmado de su ma[n]o al embaxador del Rey de Francia?

MERCURIO.     Dizes verdad, mas aquella carta no era llegada en Francia quando el rey publicó su cartel, ni puede el Rey con verdad dezir que ella lo mouiesse a desafío. Allende desto, ay mucha differencia de lo que dize la carta a lo que contiene el cartel. La carta dize que el Rey de Francia lo hauía hecho vilmente y ruynmente en no cumplir lo que hauía jurado y prometido, y el cartel refiere hauer dicho el Emperador que el Rey [de] Francia se ha[u]ía ydo y soltado de su poder, contrauiniendo a la fe que le hauía dado, cosa que ni nunca el Emperador dixo, ni tanpoco, hauía por qué lo dixesse, hauiéndolo él de su propia voluntad soltado y puesto en libertad, sin nunca tomarle su fe que no se yría, mas, que si no cumpliesse lo capitulado, boluería a la prisión. De manera que queriendo el Rey de Francia disfraçar las palabras por hazer su causa, de manifiestamente mala, claramente buena, justo era que aquello se aueriguasse antes que viniessen al campo, porque [n]egando el Emperador hauer dicho lo que el Rey de Francia refería, quiçá él no q[u]isiera combatir sobre las otras palabras que el Emperador afirmaua hauer dicho, y assí, ni houiera sobre qué combatir, ni necessidad de la seguridad del campo que él tan impertinentemente pedía. Allende desto, el Emperador pudiera responder que el Rey de Francia, siendo su prisionero de justa guerra, era inábil para desafiar a nadie, quanto más a su señor, hasta que, cumpliendo lo capitulado, rescatasse o libertasse la fee que en su poder dexó empeñada. Assí mismo, podía alegar que no se puede venir al combate quando la diferencia se puede prouar por escripto o por testigos, como aquí muy fácilmente se pudiera hazer.
  

CARÓN     ¿Cómo?

MERCURIO.     El Emperador dixo que el Rey de Francia lo hauía hecho vil y ruynmente en no guardarle la fe que le hauía dado. Con[u]iene pues aquí prouar si romper vn hombre su fee es ruyndad y vileza, y si el Rey de Francia la rompió o no. Lo primero es cosa tan clara y tan aueriguada que sería vergüença traerla en disputa, pues no ay hombre tan pérfido o malo que no confiesse y tenga por vileza romper el hombre su fee. Para prouar lo segundo, aý está la capitulación de Madrid, firmada de la mano propria del Rey de Francia y de los embaxadores de la regente, su madre, en que jura, promete y da su fe de cumplir todo lo en aquella capitulación contenido en ciertos términos y a ciertos tiempos allí declarados, y que en caso que no lo cumpliere, boluerá dentro de cierto tiempo a la prisión. Pues si el Rey de Francia dió su fe de hazer esto, y lo prueua y muestra por escriptura firmada de su propria mano, talmente que no lo puede negar y después, no solamente no lo cumple, mas claramente dize que no lo quiere cumplir, ¿no está claro que rompe su fee? Y si el que ésta rompe, haze vileza y ruyndad, cosa aueriguada es que él queda por vil y ruyn, y que con verdad se puede dezir hauerlo hecho ruynmente en romper su fe. Y pues esto se podía prouar por escripturas auténticas y claras, muy bien pudiera el Emperador alegar que no hauía necessidad de combate. Y aunque el Emperador quisiera, como quiso, dissimular todas estas causas por donde cessaua el combate, habilitando él al Rey de Francia, [( ]como lo habilitó), para combatir con él, y señalando luego lugar seguro para la batalla, hauiéndose querido el Rey de Francia llamar defensor por vsurpar y atribuir[s]e la electión de las armas, ¿no era razón que, siendo el Empera[d]or desafiado, se examinasse y determinasse primero quál era prouocador y defensor antes que venir al combate? Pues para esto sé que menester eran demandas y respuestas y no pedir a humo muerto la seguridad del campo, la qual con todo, el Emperador le embiaua, mas juntamente con embiarla respondía al cartel del Rey de Francia como has oýdo, queriendo lleuar la cosa por sus términos y guiarla como quien que desseaua venir a la conclusión della no contentarse de palabras, como el Rey de Francia.

CARÓN     Agora, sus, tú vienes armado para defender al Emperador. No quiero disputar contigo; prosigue adelante.

MERCURIO.     Essa salida les queda a los que se ponen, como tú agora has hecho, a defender vna mala causa, mas sea como tú quisieres. En Fuente[r]rabía estuuo el Rey de armas del Emperador obra de cinquenta días, importunando continuamente por su saluoconduto, hasta que, de pura vergüença, se lo houieron de embiar, mas todavía con condición que lleuasse la seguridad del campo y no de otra manera.

CARÓN     ¿Ves aý otra ánima que sube la montaña? Mira si le quieres preguntar algo.

MERCURIO.     Ya la veo; vamos hazia allá y sepamos quién es.

CARÓN     Oýdo nos ha; escucha. Veamos qué dize.

ÁNIMA     ¿Qué pedís, hermanos?

MERCURIO.     Querríamos saber quién eres y qué estado touiste en el mundo.

ÁNIMA     Yo fui vn pobre frayle, mi estado era seruir a Jesucristo.

MERCURIO.     Siruiendo a tal señor, ¿te osas llamar pobre?

ÁNIMA     Pobre me llamo quanto al mundo, y pobre de virtudes que de estado y mercedes me recebí de mi señor, más fui que rico y bienauenturado.

MERCURIO.     Bien se te parece, mas dínos, ¿por qué te metiste frayle?

ÁNIMA     Bien sé por qué me lo preguntáis. Vosotros pensáis hauer yo sido de aquellos que piensan consistir la religión en andar vestido de vna o de otra color o en traer el hábito desta o de aquella hechura o en andar calçado o descalço o en traer camisa de lana o de lienço o en tocar o dexar de tocar dineros. A la fe, hermanos, muy engañados estáis, que antes que me metiesse frayle estaua de todo esso muy bien informado.

MERCURIO.     Pues sabiendo y entendiendo tú esso, ¿quién te engañó que tomasses vna vida tan puesta en razón y tan fuera de razón?

ÁNIMA     ¿Tú sabes lo que dizes?

MERCURIO.     Agora lo verás. ¿Qué cosa puede ser más puesta en razón que leuantarse todos a las seis, comer a las diez, dormir desde las doze hasta las dos, cenar a las seis, acostarse a las siete, estar tantas horas en el coro y tantas en el refitorio y tantas en la cama? Veamos, ¿a quién esto oyere, no le plazerá como cosa muy razonable? Pero si por otra parte considera la diuersidad de las complessiones, condiciones, inclinaciones de los hombres, que a vno le conuiene mucho dormir para su salud y a otro daña lo que a aquél aprouecha; a vno es saludable el madrugar y a otro dañoso; vno sana y otro enferma ayunando; a vno es sano vn manjar y a otro le causa enfermedades; a vno da la vida y a otro daña el sueño de medio día; a vno conuiene traer poca ropa y otro [h]a menester mucha; uno se huelga de andar descalço y otro enferma si no anda calçado; y aun vn mismo hombre está muchas vezes dispuesto para vna cosa y otras no. Hauiendo, pues, en estas y en otras cosas tanta diuersidad en los hombres, ¿qué cosa más fuera de razón puede ser que limitarles las horas que han de comer, dormir, velar, rezar y cantar, como si todos fuessen de vna misma complisión?

ÁNIMA     Mira, hermano, tú eres vn poco más agudo que sería menester. Si los hombres se metiessen frayles por fuerça, podríanse quexar si les diessen manera de viuir fuera de su natural, mas pues a ning[u]no se haze fuerça, ninguno tiene causa de quexarse. La regla está aý; cada vno la puede ver y saber. El que se contenta della, pareciéndole conformarse con su condición, tómela mucho en buena hora; el que no, déxela, que a ninguno se haze fuerça y el que neciamente se mete frayle, neciamente se muere, y aun quiçá se va al infierno; y lo mismo podemos dezir del clérigo y del casado. Yo, hermano, viendo la corruptión del mundo y a mí en estado que a cada passo hallaua mil embaraços en que tropeçar, determi[n]é de recogerme en vn monesterio, no porque no conosciesse poder seruir tan bien a dios fuera dél, mas porque me inclinaua más a aquella manera de viuir que a otra alguna. Determinado, pues, de meterme frayle, anduue muchos días con mucha curiosidad, informá[n]dome de la regla y forma de viuir de cada orden y después tomé aquella que me pareció más conforme a mi complessión.

MERCURIO.     ¿Nunca te arrepentiste?

ÁNIMA     Aquéllos se arrepienten que no miran lo que toman, mas yo, ¿por qué me hauía de arrepentir, yendo como yua tan informado de todo lo que hallé? De manera que ninguna cosa me era nueua y de lo bueno gozaua y lo malo dissimulaua y sufría con paciencia.

MERCURIO.     Diz que monjas y frayles no saben sino pedir.

ÁNIMA     Esso hazía yo continuamente, pedir gracia a Nuestro Señor para que me encaminasse hiziesse perseuerar en su seruicio.

MERCURIO.     No digo sino cosas mundanas.

ÁNIMA     Essas nunca pedí yo, ni aun las quería recibir de los que me las daua[n], mostrándoles por la obra que las menospreciaua y que tanbién ellos las deuían menospreciar, porque mucho más persuaden obras que palabras.

MERCURIO.     Dizes verdad, mas, ¿cómo te proueýas de lo que hauías menester?

ÁNIMA     Poco han menester los frayles, allende lo que les dan en la orden, sino para curiosidades, de que yo huýa mucho, y aquello de que tenía necessidad, procuraua de ganar trabajando con mis manos.

MERCURIO.     ¿Tenías oficio?

ÁNIMA     Quando determiné de meterme fraile me puse a deprender vn oficio con que pudiesse ganar y proueer mis ne[ce]ssidades sin ser molesto a ninguno, y aun lo que me sobraua repartía con mis compañeros, especialmente con predicadores y confessores, porque no lo anduuiessen pidiendo a los seglares.

MERCURIO.     Diz que muchos se meten frayles por ser ociosos y no trabajar y ganar de comer[.]

ÁNIMA     Yo no sé lo que otros hazen. De mí te sé dezir que me metí frayle por poder honestamente trabajar y no estar ocioso, porque ni mi linaje ni mi estado me consentían trabajar si no mudaua el hábito.

MERCURIO.     ¿Cómo te agradaua la hipocresía que suele ser compañera de los frayles?

ÁNIMA     Dígote que muchos días me detuue de meterme frayle por no obligarme a fingir sanctidad. Tanto aborrecía la hipocresía, mas a la fin, quando determiné de ser frayle, determiné juntamente de viuir de manera que no touiesse necessidad de mostrar de fuera más de lo que hauía dentro.

MERCURIO.     Por la mayor parte los frayles siembran y mantienen supersticiones.

ÁNIMA     Esso hazen los que, o no quieren trabajar para sus necessidades, o andan buscando cosicas para sus curiosidades, los quales por esto han de buscar inuenciones con que sacar del vulgo lo que quiçá de otra manera les sería negado; mas el que huye las curiosidades y trabaja con sus manos para proueerse de lo necessario, muy lexos está de sembrar y mantener supersticiones.

MERCURIO.     Diz que es natural vicio en los frayles la murmuración y ser maldizientes[.]

ÁNIMA     El que seyendo seglar tenía estos vicios puede ser que no los dexe en el monesterio, mas el que [seyendo] seglar los aborreció, mucho más los aborrece frayle.

MERCURIO.     Los frayles son tenidos por ambiciosos, assí en procurar prelacías en sus órdenes como buenos obispados y aun capelos fuera dellas.

ÁNIMA     Como la ambición sea vicio a todos estados común, no te marauilles que reyne tanbién entre los frayles, que son hombres como los otros; de mí te sé dezir que siempre la aborrecí y [h]uý della como de cosa muy pestilencial, contentándome de tener cargo de mí mismo.

MERCURIO.     Gran trabajo deue ser sufrir vn prior o guardián necio[.]

ÁNIMA     Trabajo es para los que lo tienen por trabajo, mas ya sabes que no ay cosa tan fácil que no sea dificultosa si la hazes forçado, ni tan difícil que no sea fácil si la hizieres de buena gana.

MERCURIO.     Sí, pero rezia cosa es de sufrir vn hombre grossero.

ÁNIMA     Si te parece y la tienes por rezia, rezia será, mas si considerando tú que eres hombre como aquél, y del mesmo metal que aquél y que te pudiera dios hazer tan necio o grossero como aquél, quántas más grosserías y necedades en él vieres, tantas más gracias darás tú a dios que te libró dellas, y te holgarás de verte libre dellas.

MERCURIO.     Bien pero, ¿no es rezia cosa que se den cargos a semejantes personas?

ÁNIMA     Hermano, mira, en todos estados y géneros de hombres está agora el mundo de manera, que por marauilla se dan cargos, ni oficios ni beneficios sino a los que con artes y grangerías los andan procurando como ningún hombre prudente, bueno y virtuoso se quiere poner a pedir y procurar cosas semejantes, pareciéndole que de razón le deurían rogar con ellas, es forçado que por la mayor parte los cargos, oficios y beneficios caygan en ruynes ignorantes. Yo me he detenido más de lo que pensaua, y me voi con vuestra licencia.

CARÓN     Antes lo ouieras hecho, ¿no miráis de qué me siruen a mí estas philosophías? Ea, pues, tú, Mercurio, acaba si quieres contarme essa tu historia. No me la hagas tanto dessear.

MERCURIO.     Hauido por el Rey de armas el saluoconduto del Rey de Francia, a la misma hora partió de Fuente[r]rabía y vestida su cota de armas entró en Francia, protestando que por hauer pedido saluoconduto no entendía de rogar a los preuillejos y preheminencias de su oficio, y assí siguió su camino hasta cerca de la ciudad de París, donde pensaua hallar al Rey de Francia. Mas el Rey, temiendo su venida y por dilatar de oýr lo que de parte del Emperador traya, andaua por las florestas caçando, no permitiendo que el Rey de armas le viniesse a hablar, mas como él continuasse en sus protestaciones, viendo que sin muy grande infamia no podía más detenerlo, se vino a París donde en presencia de muchos grandes señores, perlados y caualleros, assí franceses como de otras naciones, fingió querer dar audiencia al Rey de armas, mas en tal manera lo fingía que por otra parte mostraua bien la poca gana que tenía del combate.

CARÓN     ¿Cómo?

MERCURIO.     Antes quel Rey de armas entrasse, el Rey de Francia hizo v[n] muy largo razonam[i]ento a todos los que estauan presentes, diziendo las causas porque los hauía ayuntado, y colorando su causa con palabras muy agenas de la verdad lo menos mal que pudo, concluyendo que en ninguna manera quería oýr palabra alguna al Rey de armas del Emperador si primero no le daua la seguridad del campo, porque no quería sufrir que con palabras vanas se dilatasse el efecto de aquel combate.

CARÓN     Harto animosamente lo hazía.

MERCURIO.     ¡Cómo eres o finges ser gran badajo! Hauía detenido al Rey de armas cinquenta días en Fuente[r]rabía y otros ocho o nueue andándose caçando, y temía de esperar siquiera media hora mientra que el Rey de armas dizía lo que le hauía sido mandado, como si el Emperador estuuiera y en el campo esperando y no houiera lugar de esperar ni aun media hora. Allende desto, si el Rey de Francia desseaua tanto este combate, veamos, ¿con qué se dilataua más, con oýr o con dexar de oýr al Rey de armas? No oyéndole, queda[u]a la cosa no solamente dilatada, mas del todo deshecha, porque si el desafiador no quiere oýr la respuesta del desafío, claro está que rehusa el combate y confiessa el delito y no queda más que proceder en la causa. Oyéndolo, o traýa aparejado lo que conuenía para el combate o no; si lo traýa, ya el Rey tenía lo que demandaua, y si no, todo era tornarlo presto a embiar, y la dilación fuera muy poca en comparación de la que hasta allí él mismo hauía causado. Y a los menos conoscieran todos que no quedaua por él. De manera que declarando no querer oýr al Rey de armas, declaraua no tener gana del combate. Acabado su razonamiento, entró el Rey de armas del Emperador, y antes que el cuytado pudiesse abrir la boca para hablar, el Rey de Francia, por espantarlo y hazerle que se turbasse para que no le diesse la seguridad del campo que sabía él bien que traýa consigo, le comiença con palabras furiosas a preguntar si hauía hecho lo que deuía a su officio, que se acordasse de lo que hauía escripto de Fuente[r]rabía y con qué condición le hauía sido embiado el saluoconduto. El Rey de armas, sin responder a esto le suplicó (como es costumbre), que le diesse licencia para hazer su officio. El Rey de Francia insistía en que no le consentiría hablar palabra si primero no le daua la seguridad del campo, que fuesse hecha y ordenada como conuenía. El Rey de armas, por otra parte, dezía hauerle seydo mandado que él mismo la leyese y que si él la quería oýr, que se la leería, donde no, que se la daría en sus manos con condición que le dexasse después vsar de su officio. Estonces el Rey de Francia, no sabiendo qué responder a esto, ni queriendo recebir el cartel del Emperador, se leuantó diziendo muy rigurosas palabras y se dexó allí el pobre Rey de armas sin quererlo oýr ni recebir el cartel que lleuaua.

CARÓN     ¿Qué me dizes?

MERCURIO.     Esto que oyes.

CARÓN     Pues veamos, ¿qué hará agora el Emperador?

MERCURIO.     ¿Qué quieres que haga si el Rey de Francia no quiere oýr sus Reyes de armas ni recebir sus carteles[?]

CARÓN     Arrastrarle ha las armas y pintarlo ha como en semejantes casos se suele hazer.

MERCURIO.     Antes me persuado yo tanto de su modestia y bondad que no se porná en hazerle vna afrenta como éssa, porque aunque sea su enemigo, a la fin es príncipe y christiano y es honesto que se le tenga algún respecto, pues los buenos con virtud se precian vencer.

CARÓN     ¿De manera que no haurá ya memoria desse combate?

MERCURIO.     Ninguna.

CARÓN     Si supiesses de qué cuidado me has quitado, marauillarte ýas que de verdad ha muchos días que no estaua en mi seso, pensando en el mal que deste combate se me recrecía. Siempre me sueles tú alegrar con mill buenas nueuas yo nunca hago nada por ti. Si te parece que es hora, vamos a holgar vn rato con Proserpina.

MERCURIO.     Soy contento, mas sepamos primero qué ánima es ésta que viene cantando.

CARÓN     Parece muger.

MERCURIO.     Assí es.

CARÓN     No sé si huyrá de nosotros.

ÁNIMA     A las vezes, las que más huyen son las que más presto se dexan alcançar, pues en el mundo no huý de hombres, (de quien[es] me podía temer), teniendo en mí firme propósito de vivir castam[e]nte, ¿por qué huyré agora de vosotros de quien[es] ninguna afrenta puedo esperar[?]

MERCURIO.     ¡O ánimo no de muger mas de hombre muy esforçado! ¿Querrásnos dezir qué tal fué tu vida en el mundo?

ÁNIMA     Y aun de muy buena voluntad. El mayor bien que mis padres me dexaro[n] fue bezarme a leer y vn poco de latín y aficionéme tanto a leer en la Sacra Escriptura que della sabía mucho, y juntamente con saberla, procuraua de conformar mi vida y costumbres con ella, no dexando de enseñar a mis amigas y compañeras que conmigo conuersauan aquello que dios a mí me hauía enseñado, mas con tanta modestia y templança que no pudiesse ser reprehendida, conosciendo quánto era mi sexo y edad peligrosa, y quán recatada deuía andar de mí mesma, porque sin dubda las mugeres mucho más que los hombres tenemos necessidad de tener por sospechosa qualquier opinión en que caemos hasta que se haya muy bien primero examinada y comunicada, y porque el callar en las mugeres, especialmente donzellas, es tan conueniente y honesto como malo y deshonesto el demasiado hablar; siempre procuraua yo que mis obras predicassen antes que mis palabras. Desta manera viuí muchos años sin voluntad de ser monja ni de casarme viendo la vna vida ser muy agena de mi condición y los peligros y trabajos que en la otra ay. Especialmente temía que me darían algún marido tan apartado de mis fines que o me peruertiesse a mí o touiesse muy trabajosa vida con él. A esta causa determiné de no casarme, mas a la fin, todo bien considerado, acordándome de las excelencias que del matrimonio hauía leýdo, y pareciéndome cosa difficultosa guardar, (como se deue guardar) la virginidad aunque aquel estado sea más alto y excellente y por Jesuchristo con exemplo y con palabras y después por San Pablo aconsejado, y por muchos sanctos seguido, tomé por seguro para mí casarme. Mas como no sea lícito y honesto a las mugeres escoger el marido que ellas quieren, mas parecen obligadas a tomar el que sus padres, hermanos o parientes quieren darles, aunque yo no pocas vezes les rogaua que no mirassen a linage ni a bienes mundanos ni a hermosura del cuerpo, sino a las virtudes del ánima, porque con éstas me entendía yo casar, a la fin me dieron vn marido con quien sabe dios lo que al principio yo passé, pero todavía lo sufría con paciencia, esperando en la bondad de dios que yo lo atraería antes a él a mi condición que él a mí a la suya. Y dime tan buena maña, contraminando sus vicios con virtudes, su soberuia con mansedumbre, su aspereza con halagos, su prodigalidad con templança, sus juegos y luxurias con castos y sanctos exercicios, y su yra con paciencia, gouernándome siempre con él con profunda y entera humildad, a tiempos dissimulando vnas cosas, a tiempos tolerando y permitiendo otras, y a tiempos reprehendiendo dulcemente aquellas cosas que claramente me parecían dignas de reprehensión, que poco a poco le amansé de manera que le hize dexar todos sus vicios y malas costumbres y abraçarse tan de veras con las virtudes, que desde a pocos días yo aprendí dél lo que él aprendía de mí. Y assí, bezándonos el vno al otro, y procurándonos de contentar el vno al otro, viuíamos en tanta paz, amor y concordia, que todos se marauillauan de verlo a él tan mudado y de lo que yo con él hauía trabajado y de la conformidad que ya teníamos.

MERCURIO.     ¿Houistes hijos?

ÁNIMA     Muchos años estouimos sin ellos.

MERCURIO.     ¿No tenías pena de verte estéril?

ÁNIMA     Pena tienen de no parir las que viuen y querrían parir para sí, mas yo, que no viuía ni quería nada para mí, no tenía de qué tener pena. Mientras dios no me daua hijos, dáuale muchas gracias por ello, persuadiéndome que assí conuenía a mi prouecho y a su seruicio. Quando me los dió, las mesmas gracias le daua, suplicándole los end[e]reçasse y enseñasse para su seruicio, procurando quanto en mí era de industriarlos para este efecto.

MERCURIO.     Marauíllome desso que me dizes, porque suelen las mugeres con mucha curiosidad importunar a dios que les dé hijos.

ÁNIMA     Yo era muy contraria a essa opinión, no porque no touiesse yo los hijos por vn especial don de dios, mas porque siéndome incierto qué tales hauían de ser, no osaua dessearlos, sino que dios hiziesse lo que fuesse su voluntad, teniendo por cierto que aquello que él ordenasse, sería lo mejor, y las mujeres que son desta mi opinión, dios sabe de quántas supersticiones se escapan, que por hauer hijos a cada passo se hazen con no poco desseruicio de dios y detrimento de la religión christiana.

MERCURIO.     ¿Touiste hijos o hijas?

ÁNIMA     Hijas.

MERCURIO.     ¡Qué trabajo!

ÁNIMA     ¿Trabajo? Antes es muy gran descanso para las madres tener hijas con quien[es] se puedan descuidar y a quien puedan doctrinar, que las buenas madres más se huelgan con las hijas que con los hijos, porque las hijas las acompañan y siruen hasta la muerte y nunca les pierden el amor, mas los hijos, aun no son nascidos quando se van por ay, que ni conoscen ni tienen amor a padre ni a madre. Allende desto, por marauilla veréis vna hija desobediente y muy raros son los hijos obedientes. Pocas vezes vemos hijas desconformes de sus padres y a cada passo hallamos hijos perseguidores de sus madres.

MERCURIO.     Gran trabajo es el que passan las madres en guardar las hijas.

ÁNIMA     Hauías de dezir las ruynes madres, porque qual es la madre tal es la hija, y por esso, quanto es difficultoso y trabajoso a las ruines guardar que sus hijas no lo sean, tanto es fácil a las buenas hazer que sus hijas les parezcan.

MERCURIO.     ¡Qué de congoxas passan las madres con las hijas!

ÁNIMA     Muchas más con los hijos, que desde que nascen andan sugetos a mill peligros: quando [n]iños de[] de[s]calabrarse o lisiarse, y quando grandes de perder la vida, y a la fin no falta vn camino largo o vna guerra en que mueren, dando mortal congoxa a sus padres.

MERCURIO.     Gran trabajo es buscar y aun comprar casamientos para las hijas.

ÁNIMA     Desse trabajo fui yo bien libre, porque crié mis hijas tan virtuosas y hauía tantos que las desseauan por mugeres, que toue bien en qué escoger.Verdad es que el dote suele trabajar a los padres, mas como yo no touiesse respecto a la vanagloria del mundo y me inclinasse antes a casar mis hijas con virtuosos que con ricos ni poderosos, fácilmente y con poco trabajo las casé todas, y aun mucho a mi voluntad y con quatro hijas cobré quatro yernos que toue yo siempre por hijos, y ellos a mí por madre, lo que no acaeze a las que casan hijos, que con tantas nueras cobran tantas enemigas.

MERCURIO.     ¿Cómo te hauías con tus criados y criadas?

ÁNIMA     Como con mis hijos, doctriná[n]dolos y guiándolos en aquello que deuían hazer para seruir a dios.

MERCURIO.     ¿Hazíaslos ayunar, rezar y disceplinarse?

ÁNIMA     Yo te diré. Las cosas que en sí son siempre y en todo lugar buenas, y que sin pecado no se pueden dexar, les encomendaua yo sobre todo, procurando que solo vn punto no se apartassen dellas. De las otras que a vnos son buenas y arman y a otros no; en vnos tiempos se halla la persona dispuesta para ellas y en otros no, a vnos sanan y a otros matan, a vnos aprouechan y a otros dañan, les encomendaua que vsassen con mucha discreción, apa[r]tando siempre y desterrando de mi casa toda manera de superstición y de hypocresía, queriendo que houiesse mucho más en lo interior de lo que se mostraua en lo exterior.

MERCURIO.     ¿De qué edad moriste?

ÁNIMA     De cinquenta años.

MERCURIO.     ¿Heziste testamento?

ÁNIMA     Todo esso dexo encomendado a mi marido yo me voy a gozar de aquel summo y perfecto bien por mí tanto desseado; por esso no me detengas más.

CARÓN     Déxala yr, Mercurio. Cata que se haze tarde.

MERCURIO.     Que me plaze, mas ves aquí otra ánima que viene a más andar. Sepamos quién es.

CARÓN     ¿Tú no vees que es monja?

MERCURIO.     Vámosla a hablar.

CARÓN     Déxala. Assí gozes que a la fin es muge[r] y[ ] monja, y si comiença, nunca acabará. Vamos, que ya nos estará esperando Proserpina.

MERCURIO.     Vamos.
  

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Miguel de Cervantes

La versión digital de este texto de Alfonso de Valdés, Diálogo de Mercurio y Carón (1530?), ha sido preparada por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Lo colocamos aquí con su autorización. la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes es el proyecto más ambicioso en Internet sobre las letras españolas.
    
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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