Diego
Saavedra Fajardo

 

EMPRESA XVIII

Empresa 18

A muchos dió la virtud el imperio. A pocos, la malicia. En éstos fue el ceptro usurpación violenta y peligrosa. En aquéllos, título justo y posesión durable. Por secreta fuerza de su hermosura obliga la virtud a que la veneren. Los elementos se rinden al gobierno del cielo por su perfección y nobleza, y los pueblos buscaron al más justo y al más cabal para entregalle la suprema potestad. Por esto a Ciro no le parecía merecedor del imperio el que no era mejor que todos [Non censebat convenire cuiquam Imperium, qui non melior esset iis, quibus imperaret (Xenoph., lib. 8, Paedag.)]. Los vasallos reverencian más al príncipe en quien se aventajan las partes y calidades del ánimo. Cuanto fueron éstas mayores, mayor será el respeto y estimación, juzgando que Dios le es propicio y que con particular cuidado le asiste y dispone su gobierno. Esto hizo glorioso por todo el mundo el nombre de Josué [Fuit ergo Dominus cum Josuet, et nomen ejus divulgatum est in omni terra (Jos., 6. 27.)]. Recibe el pueblo con aplauso las acciones y resoluciones de un príncipe virtuoso, y con piadosa fe espera dellas buenos sucesos. Y, si salen adversos, se persuade a que así conviene para mayores fines impenetrables. Por esto en algunas naciones eran los reyes sumos sacerdotes [Rex enim Dux erat in bello, et judex, et in iis, quae ad cultum Deorum pertinerent, summam potestatem habebat (Arist, lib. 3, Pol., c 11)], de los cuales recibiendo el pueblo la cerimonia y el culto respetase en ellos una como superior naturaleza, más vecina y más familiar a Dios, de la cual se valiese para medianera en sus ruegos, y contra quien no se atreviese a maquinar [Minusque insidiantur eis, qui Deos auxiliares habent (Arist., Pol.)]. La corona de Aarón sobre la mitra se llevaba los ojos y los deseos de todos [Corona aurea super mitram ejus expressa signo sanctitatis et gloria honoris: opus virtutis et desideria oculorum ornata (Eccl, 45, 14)]. Jacob adoró el ceptro de Josef, que se remataba en una cigüeña, símbolo de la piedad y religión [Et adoravit fastigium virgae ejus (Paul. epist. ad Hebr., 11, 21)].

No pierde tiempo el gobierno con el ejercicio de la virtud, antes dispone Dios entre tanto los sucesos. Estaban Fernán Antolínez, devoto, oyendo misa, mientras a las riberas del Duero el conde Garci-Fernández daba la batalla a los moros, y, revestido de su forma, peleaba por él un ángel, con que le libró Dios de la infamia, atribuyéndose a él la gloria de la victoria. Igual suceso en la ordenanza de su ejército se refiere en otra ocasión de aquel gran varón el conde de Tilly, Josué cristiano, no menos santo que valeroso, mientras se hallaba al mismo sacrificio. Asistiendo en la tribuna a los divinos oficios el emperador don Fernando el Segundo, le ofrecieron a sus pies más estandartes y trofeos que ganó el valor de muchos precedesores suyos [Nolite timere: state et videte magnalia Domini, quae facturus est hodie (Exod., 14, 13)]. Mano sobre mano estaba el pueblo de Israel, y obraba Dios maravillas en su favor [Dominus enim Deus Israel pugnavit pro eo (Jos., 10, 42)]. Eternamente lucirá la corona que estuviere ilustrada, como la de Ariadne, con las estrellas resplandecientes de la virtudes [Neque declinet in partem dexteram vel sinistram. ut longo tempore regnet ipse et filii ejus (Deut., 17, 20)]. El emperador Septimio dijo a sus hijos, cuando se moría, que les dejaba el imperio firme, si fuesen buenos; y poco durable, si malos. El rey don Fernando [Mar., Hist. Hisp.], llamado el Grande por sus grandes virtudes, aumentó con ellas su reino y lo estableció a sus sucesores. Era tanta su piedad, que en la traslación del cuerpo de San Isidoro de Sevilla a León, llevaron él y sus hijos las andas, y le acompañaron a pies descalzos desde el río Duero hasta la iglesia de San Juan de León. Siendo Dios por quien reinan los reyes, y de quien dependen su grandeza y sus aciertos, nunca podrán errar si tuvieren los ojos en él. A la luna no le faltan los rayos del sol; porque, reconociendo que dél los ha de recibir, le está siempre mirando para que la ilumine; a quien deben imitar los príncipes, teniendo siempre fijos los ojos en aquel eterno luminar que da luz y movimiento a los orbes, de quien reciben sus crecientes y menguantes los imperios. Como lo representa esta empresa en el ceptro rematado en una luna que mira al sol, símbolo de Dios, porque ninguna criatura se parece más a su omnipotencia, y porque sólo El da luz y ser a las cosas.

Quem, quia respicit omnia solus,
Verum possis divere solem [
Boetius].

La mayor potestad desciende de Dios [Non est enim potestas nisi a Deo (Rom., 13, 1)]. Antes que en la tierra, se coronaron los reyes en su eterna mente. Quien dió el primer móvil a los orbes, le da también a los reinos y repúblicas. Quien a las abejas señaló rey, no deja absolutamente al acaso o a la elección humana estas segundas causas de los príncipes, que en lo temporal tienen sus veces y son muy semejantes a él [Principes quidem instar Deorum esse (Tac., lib. 3, Ann.)]. En el Apocalipse se significan por aquellos siete planetas que tenía Dios en su mano [Et habebat in dextera sua stellas septem (Apoc., 1, 16)]. En ellos dan sus divinos rayos, de donde resultan los reflejos de su poder y autoridad sobre los pueblos. Ciega es la mayor potencia sin su luz y resplandores. El príncipe que los despreciare y volviere los ojos a las aparentes luces de bien que le representa su misma conveniencia, y no la razón presto verá eclipsado el orbe de su poder. Todo lo que huye la presencia del sol, queda en confusa noche. Aunque se vea menguante la luna, no vuelve las espaldas al sol. Antes más alegre y aguileña, le mira, y obliga a que otra vez le llene de luz. Tenga, pues, el príncipe siempre fijo su ceptro, mirando a la virtud en la fortuna próspera y adversa; porque en premio de su constancia, el mismo sol divino, que o por castigo o por ejercicio del mérito permitió su menguante, no retirará de todo punto su luz, y volverá a acrecentar con ellas su grandeza. Así ha sucedido al emperador don Fernando el Segundo: muchas veces se vió en los últimos lances de la fortuna, tan adversa, que pudo desesperar de su Imperio y aun de su vida. Pero ni perdió la esperanza, ni apartó los ojos de aquel increado sol, autor de lo criado, cuya divina Providencia le libró de los peligros y le levantó a mayor grandeza sobre todos sus enemigos. La vara de Moisén, significado en ella el ceptro, hacía milagrosos efectos cuando, vuelta al cielo, estaba en su mano. Pero en dejándola caer en tierra, se convirtió en venenosa serpiente, formidable al mismo Moisén [Projecit, et versa est in colubrum, ita ut fugeret Moyses (Exod., 4, 3)]. Cuando el ceptro toca en el cielo, como la escala de Jacob, le sustenta Dios, y bajan ángeles en su socorro [Vidit in somnis scalam stantem super terram, et cacumen illius tangens coelum. Angelos quoque Dei ascendentes, et descendentes per eam, et Dominum innixum scalae (Gen., 28, 12)]. Bien conocieron esta verdad los egipcios, que grababan en las puntas de los ceptros la cabeza de una cigüeña, ave religiosa y piadosa con sus padres, y en la parte inferior un pie de hipopótamo, animal impío e ingrato a su padre, contra cuya vida maquina por gozar libre de los amores de su madre; dando a entender con este jeroglífico que en los príncipes siempre ha de preceder la piedad a la impiedad. Con el mismo símbolo quisiera Macavelo a su príncipe, aunque con diversa significación, que estuviese en las puntas de su ceptro la piedad y impiedad para volvelle, y hacer cabeza de la parte que más conviniese a la conservación o aumento de sus estados; y con este fin no le parece que las virtudes son necesarias en él, sino que basta el dar a entender que las tiene; porque, si fuesen verdaderas y siempre se gobernase por ellas, le serían perniciosas, y al contrario, fructuosas si se pensase que las tenía; estando de tal suerte dispuesto, que pueda y sepa mudallas y obrar según fuere conveniente y lo pidiere el caso; y esto juzga por más necesario en los príncipes nuevamente introducidos en el imperio, los cuales es menester que estén aparejados para usar de las velas según sople el viento de la fortuna y cuando la necesidad obligare a ello. Impío y imprudente consejo, que no quiere arraigadas, sino postizas, las virtudes. ¿Cómo puede obrar la sombra lo mismo que la verdad? ¿Qué arte será bastante a realzar tanto la naturaleza del cristal, que se igualen sus fondos y luces a los del diamante? ¿Quién al primer toque no conocerá su falsedad y se reirá dél? La verdadera virtud echa raíces y flores, y luego se le caen a la fingida. Ninguna disimulación puede durar mucho [Vera gloria radices agit, atque etiam propagatur: ficta omnia celeriter tanquam flosculi decidunt, neque simulatum quidquam potest esse diuturnum (Cicer., lib. 2, de Offic, cap. 32)]. No hay recato que baste a representar buena una naturaleza mala. Si aun en las virtudes verdaderas y conformes a nuestro natural y inclinación, con hábito ya adquirido, nos descuidamos, ¿qué será en las fingidas? Y penetradas del pueblo estas artes, y desengañado, ¿cómo podrá sufrir el mal olor de aquel descubierto sepulcro de vicios, más abominable entonces sin el adorno de la virtud? ¿Cómo podrá dejar de retirar los ojos de aquella llaga interna, si, quitado el paño que la cubre, se le ofreciere a la vista? [Quasi pannus menstruatae universae justitiae nostrae (Isai, 64, 6)]; de donde resultaría el ser despreciado el príncipe de los suyos y sospechoso a los extraños. Unos y otros le aborrecerían, no pudiendo vivir seguros dél. Ninguna cosa hace temer más la tiranía del príncipe que verle afectar las virtudes, habiendo después de resultar dellas mayores vicios, como se temieron en Otón cuando competía el imperio [Otho interim, contra spem omnium, non deliciis, neque desidia torpescere, dilatae voluptates, dissimulata luxuria. et cuncta ad decorem imperii composita. Eoque plus formidinis afferebant falsae virtutes, et vitia reditura (Tac., lib. 1 Hist.)]. Sabida la mala naturaleza de un príncipe, se puede evitar. Pero no la disimulación de las virtudes. En los vicios propios obra la fragilidad. En las virtudes fingidas, el engaño, y nunca acaso, sino para injustos fines. Y así, son más dañosas que los mismos vicios, como lo notó Tácito en Seyano [Haud minus noxiae, quoties parando regni finguntur (Tac, lib. 4, Ann.)]. Ninguna maldad mayor que vestirse de la virtud para ejercitar mejor a malicia [Extrema est perversitas, cum prorsus justitia vaces ad id niti, ut vir bomas esse videaris (Plato)]. Cometer los vicios es fragilidad. Disimular virtudes, malicia. Los hombres se compadecen de los vicios y aborrecen la hipocresía; porque en aquéllos se engaña uno a sí mismo, y en ésta a los demás. Aun las acciones buenas se desprecian si nacen del arte, y no de la virtud. Por bajeza se tuvo lo que hacía Vitelio para ganar la gracia del pueblo; porque, si bien era loable, conocían todos que era fingido y que no nacía de virtud propia [Quae grata sane et popularia si a virtutibus proficiscerentur; memoriae vitae prioris, indecora et vilia accipiebantur (Tac., lib. 2, Hist.)]. Y ¿para qué fingir virtudes, si han de costar el mismo cuidado que las verdaderas? Si éstas por la depravación de las costumbres apenas tienen fuerza, ¿cómo la tendrán las fingidas? No reconoce de Dios la corona y su conservación, ni cree que premia y castiga, el que fía más de tales artes que de su divina Providencia. Cuando en el príncipe fuesen los vicios flaqueza, y no afectación, bien es que los encubra por no dar mal ejemplo, y porque el celallos así no es hipocresía ni malicia para engañar, sino recato natural y respeto a la virtud. No le queda freno al poder que no disfraza sus tiranías. Nunca más temieron los senadores a Tiberio que cuando le vieron sin disimulación [Penetrabat pavor et admiratio, callidum olim, et tegendis sceleribus obscurum, huc confidentiae venisse ut tanquam dimotis parietibus ostenderet Nepotem sub verberibus Centurionis, inter servorum ictus, extrema vitae alimenta frustra orantem (Tac., lib. 6, Ann.)]. Y si bien dice Tácito que Pisón fué aplaudido del pueblo por sus virtudes o por unas especies semejantes a ellas [Claro apud vulgum rumore erat, per virtutem aut species virtutum similes (Tac., lib. 15, Ann.)], no quiso mostrar que son lo mismo en el príncipe las virtudes fingidas que las verdaderas, sino que tal vez el pueblo se engaña en el juicio dellas, y celebra por virtud la hipocresía. ¿Cuánto, pues, sería más firme y más constante la fama de Pisón si se fundara sobre la verdad?

Los mismos inconvenientes nacerían si el príncipe tuviese virtudes verdaderas, pero dispuestas a mudallas según el tiempo y necesidad; porque no puede ser virtud la que no es hábito constante, y está en un ánimo resuelto a convertilla en vicio y correr, si conviniere, con los malos; y ¿cómo puede ser esto conveniencia del príncipe? "Ca el Rey contra los malos, quanto en su maldada estovieren (palabras son del rey don Alonso en sus Partidas [L. 5, tít. 5, part. II]), siempre les debe aver mala voluntad, porque, si desta guisa non lo fiziese, non podría facer cumplidamente justicia, nin tener su tierra en paz, nin mostrarse por bueno". Y ¿qué caso puede obligar a esto, principalmente en nuestros tiempos, en que están asentados los dominios, y no penden (como en tiempo de los emperadores romanos) de la elección y insolencia de la malicia? Ningún caso será tan peligroso, que no pueda excusallo la virtud, gobernada con la prudencia, sin que sea menester ponerse el príncipe de parte de los vicios. Si algún príncipe se perdió, no fue por haber sido bueno, sino porque no supo ser bueno. No es obligación en el príncipe justo oponerse luego indiscretamente a los vicios cuando es vana y evidentemente peligrosa la diligencia. Antes es prudencia permitir lo que repugnando no se puede impedir [Permittimus quod nolentes indulgemus, quia pravam hominum voluntatem ad plenum cohibere non possumus (S. Chris.)]. Disimule la noticia de los vicios hasta que pueda remediallos con el tiempo, animando con el premio a los buenos y corrigiendo con el castigo a los malos, y usando de otros medios que enseña la prudencia. Y, si no bastaren, déjelo al sucesor, como hizo Tiberio, reconociendo que en su tiempo no se podían reformar las costumbres [Non id tempus censurae nec si quid in moribus labaret, defuturum corrigendi auctorem (Tac., lib. 14 Ann.)]; porque, si el príncipe, por temor a los malos, se conformase con sus vicios, no los ganaría, y perdería a los buenos, y en unos y otros crecería la malicia. No es la virtud peligrosa en el príncipe. El celo sí, y el rigor imprudente. No aborrecen los malos al príncipe porque es bueno, sino porque con destemplada severidad no los deja ser malos. Todos desean un príncipe justo. Aun los malos le han menester bueno, para que los mantenga en justicia, y estén con ella seguros de otros como ellos. En esto se fundaba Séneca cuando para retirar a Nerón del incesto con su madre, le amenazaba con que se había publicado, y que no sufrirían los soldados por emperador a un príncipe vicioso [Pervulgatum esse incestum gloríante matre, nec toleraturos milites profani Principis imperium (Tac., lib. 14, Ann.)]. Tan necesarias son en el príncipe las virtudes, que sin ellas no se pueden sustentar los vicios. Seyano fabricó su valimiento mezclando con grandes virtudes sus malas costumbres [Corpus illi laborum tolerans, animus audax, sui obtegens in alios criminator, juxta adulatio, et superbia, palam compositus pudor, intus summa adipiscendi libido, ejusque causa, modo largitio et luxus, saepius industria ac vigilantia (Tac lib. 1 Hist.)]. En Lucinio Muciano se hallaba otra mezcla igual de virtudes y vicios. También en Vespasiano se notaban vicios y se alababan virtudes [Ambigua de Vespasiano fama erat (Tac, lib. 1. Hist.)], pero es cierto que fuera más seguro el valimiento de Seyano fundado en las virtudes, y de Vespasiano y Muciano se hubiera hecho un príncipe perfecto, si, quitados los vicios de ambos, quedaran solas las virtudes [Egregium principatus temperamentum, si, demptis utrius que vitiis, solae virtutes miscerentur (Tac, lib. 2, Hist.)]. Si los vicios son convenientes en el príncipe para conocer a los malos, bastará tener dellos el conocimiento, y no la prática. Sea, pues, virtuoso; pero de tal suerte despierto y advertido, que no haya engaño que no alcance ni malicia que no penetre, conociendo las costumbres de los hombres y sus modos de tratar, para gobernallos sin ser engañado. En este sentido pudiera disimularse el parecer de los que juzgan que viven más seguros los reyes cuando son más tacaños que los súbditos [Eo munitiores reges censent, quo illis, quíbus imperitant, nequiores fuere (Salust.)]; porque esta tacañería en el conocimiento de la malicia humana es conveniente para saber castigar, y compadecerse también de la fragilidad humana. Es muy áspera y peligrosa en el gobierno la virtud austera sin este conocimiento; de donde nace que en el príncipe son convenientes aquellas virtudes heroicas propias del imperio, no aquellas monásticas y encogidas que le hacen tímido, embarazado en las resoluciones, retirado del trato humano, y más atento a ciertas perfecciones propias que al gobierno universal. La mayor perfección de su virtud consiste en satisfacer a las obligaciones de príncipe que le impuso Dios.

No solamente quiso Macavelo que el príncipe fingiese a su tiempo virtudes, sino intentó fundar una política sobre la maldad, enseñando a llevalla a un extremo grado, diciendo que se perdían los hombres porque no sabían ser malos, como si se pudiera dar sciencia cierta para ello. Esta doctrina es la que más príncipes ha hecho tiranos y los ha precipitado. No se pierden los hombres porque no saben ser malos, sino porque es imposible que sepan mantener largo tiempo un extremo de maldades, no habiendo malicia tan advertida que baste a cautelarse, sin quedar enredada en sus mismas artes. ¿Qué sciencia podrá enseñar a conservar en los delitos entero el juicio a quien perturba la propia consciencia? La cual, aunque está en nosotros, obra sin nosotros, impelida de una divina fuerza interior, siendo juez y verdugo de nuestras acciones, como lo fue de Nerón después de haber mandado matar a su madre, pareciéndole que la luz, que a otros da la vida, a él había de traer la muerte [Sed a Caesare profecto demum scelere magnitudo ejus intellecta est; reliquo noctis, modo per silentium defixus, saepius pavore exsurgens, et mentis inops lucem operiebatur, tanquam exitium allaturam (Tac., lib. 14, Ann.)]. El mayor corazón se pierde, el más despierto consejo se confunde a la vista de los delitos. Así sucedía a Seyano cuando, tratando de extinguir la familia de Tiberio, se hallaba confuso con la grandeza del delito [Sed magnitudo facinoris metum, prolationes, diversa interdum consilia afferebat (Tac, lib. 4, Ann.)]. Caza Dios el más resabido con su misma astucia [Qui apprehendit sapientes in astutia eorum, et consilium pravorum dissipat (Job, 5, 13)]. Es el vicio ignorancia opuesta a la prudencia; es violencia que trabaja siempre en su ruina.

Mantener una maldad es multiplicar inconvenientes; peligrosa fábrica, que presto cae sobre quien la levanta. No hay juicio que baste a remediar las tiranías menores con otras mayores; y ¿ adónde llegaría este cúmulo, que le pudiesen sufrir los hombres? El mismo ejemplo de Juan Pagolo, tirano de Prusia, de que se vale Macavelo para su dotrina, pudiera persuadille el peligro cierto de caminar entre tales principios; pues, confundida su malicia, no pudo perficionalla con la muerte del papa Julio II. Lo mismo sucedió al duque Valentín, a quien pone por idea de los demás príncipes. El cual, habiendo estudiado en asegurar sus cosas después de la muerte del papa Alexandro VI, dando veneno a los cardenales de la facción contraria, se trocaron los flascos, y él y Alexandro bebieron el veneno, con que luego murió el papa, y Valentín quedó tan indispuesto, que no pudo intervenir en el cónclave, no habiendo su astucia prevenido este caso. Y así no salió Papa quien deseaba, y perdió casi todo lo que violentamente había ocupado en la Romania. No permite la Providencia divina que se logren las artes de los tiranos [Qui dissipat cogitationes malignorum, ne possint implere manus eorum, quod coeperant (Job, 5, 12)]. La virtud tiene fuerza para atraer a Dios a nuestros intentos, no la malicia. Si algún tirano duró en la usurpación, fuerza fue de alguna gran virtud o excelencia natural, que disimuló sus vicios y le granjeó la voluntad de los pueblos. Pero la malicia lo atribuye a las artes tiranas, y saca de tales ejemplos impías y erradas máximas de estado, con que se pierden los príncipes y caen los imperios. Fuera de que no todos los que tienen el ceptro en la mano y la corona en las sienes reinan, porque la divina justicia, dejando a uno con el reino, se le quita, volviéndole de señor en esclavo de sus pasiones y de sus ministros, combatido de infelices sucesos y sediciones. Y así se verificó en Saúl lo que Samuel le dijo, que no sería rey, en pena de no haber obedecido a Dios [Pro eo quod abjecisti sermonem Domini, abjecit te Dominus, ne sis rex (1 Reg., 15, 23)]; porque, si bien vivió y murió rey, fue desde entonces servidumbre su reinado.

Idea de un príncipe político-cristiano representada en cien empresas, 1640.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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