Diego
Saavedra Fajardo

 

EMPRESA XLIII

Empresa 43

Todas las cosas animadas o inanimadas son hojas deste gran libro del mundo, obra de la naturaleza, donde la divina Sabiduría escribió todas las sciencias, para que nos enseñasen y amonestasen a obrar. No hay virtud moral que no se halle en los animales. Con ellos mismos nace la prudencia prática; en nosotros se adquiere con la enseñanza y la experiencia. De los animales podemos aprender sin confusión o vergüenza de nuestra rudeza, porque quien enseña en ellos es el mismo Autor de las cosas. Pero el vestirnos de sus naturalezas, o querer imitallas para obrar según ellos, irracionalmente, llevados del apetito de los afectos y pasiones, sería hacer injuria a la razón, dote propio del hombre, con que se distingue de los demás animales y merece el imperio de todos. En ellos, faltando la razón, falta la justicia, cada uno atiende solamente a su conservación, sin reparar en la injuria ajena. El hombre justifica sus acciones y las mide con la equidad, no queriendo para otro lo que no quisiera para sí. De donde se infiere cuán impío y feroz es el intento de Macavelo, que forma a su príncipe con otro supuesto o naturaleza de león o de raposa, para que lo que no pudiere alcanzar con la razón, alcance con la fuerza y el engaño; en que tuvo por maestro a Lisandro, general de los lacedemonios, que aconsejaba al príncipe que donde no llegase la piel de león, lo supliese cosiendo la de raposa [Quo leonis pellis attingere non potest. Principi assuendam vulpinam. (Plutarch)] y valiéndose de sus artes y engaños. Antigua fué esta dotrina. Polibio la refiere de su edad y de las pasadas, y la reprende [Fuit, cui in tractandis negotiis dolus malus placeret, quem Regi convenire sane nemo dixerit, etsi non desunt, qui in tam crebro usu hodie doli mali necessarium eum esse dicant ad publicarum rerum administrationem (Polyb., lib., 13, Hist.)]. El rey Saúl la pudo enseñar a todos. Esta máxima con el tiempo ha crecido, pues no hay injusticia ni indignidad que no parezca honesta a los políticos, como sea en orden a dominar [Nihil gloriosum nisi tutum, et omnia retinendae dominiationis honesta (Salust.)], juzgando que vive de merced el príncipe a quien solo lo justo es lícito [Ubicumque tantum honesta dominandi licent, precario regnatur (Senec., in Trag. Thvest.)]; con que ni se repara en romper la palabra, ni en faltar a la fe y a la religión, como convenga a la conservación y aumento del Estado. Sobre estos fundamentos falsos quiso edificar su fortuna el duque Valentín; pero, antes de vella levantada, cayó tan desecha sobre él, que ni aun fragmentos o ruinas quedaron della. ¡Qué puede durar lo que se funda sobre el engaño y la mentira? ¿Cómo puede subsistir lo violento? ¿Qué firmeza habrá en los contratos si el príncipe, que ha de ser la seguridad dellos, falta a la fe pública? ¿Quién se fiará dél? ¿Cómo durará el imperio en quien no cree que hay Providencia divina, o fía más de sus artes que della? No por esto quiero al príncipe tan benigno, que nunca use de la fuerza, ni tan cándido y sencillo, que ni sepa disimular ni cautelarse contra el engaño; porque viviría expuesto a la malicia, y todos se burlarían dél. Antes en esta empresa deseo que tenga valor; pero no aquel bestial y irracional de las fieras, sino el que se acompaña con la justicia, significado en la piel del león, símbolo de la virtud, que por esto la dedicaron a Hércules. Tal vez conviene al príncipe cubrir de severidad la frente y oponerse al engaño. No siempre ha de parecer humano. Ocasiones hay en que es menester que se revista de la piel del león, y que sus vasallos y sus enemigos le vean con garras, y tan severo, que no se le atreva el engaño con las palabras halagüeñas de que se vale para domesticar el ánimo de los príncipes. Esto parece que quisieron dar a entender los egipcios poniendo una imagen de león sobre la cabeza de príncipe. No hay respeto ni reverencia donde no hay algún temor. En penetrando el pueblo que sabe enojarse el príncipe y que ha de hallar siempre en él un semblante apacible y benigno, le desprecia; pero no siempre ha de pasar a ejecución esta severidad, cuando basta que como amenaza obre, y entonces no se ha de perturbar el ánimo del príncipe; sírvase solamente de lo severo de la frente. Sin descomponerse el león ni pensar en el daño de los animales, los atemoriza con su vista solamente [Leo fortissimus bestiarum, ad nullius pavebit occursum (Prov., 30, 30)]; tal es la fuerza de la majestad de sus ojos. Pero, porque alguna vez conviene cubrir la fuerza con la astucia, y la indignación con la benignidad, disimulando y acomodándose al tiempo y a las personas, se corona en esta empresa la frente del león, no con las artes de la raposa, viles y fraudulentas, indignas de la generosidad y corazón magnánimo del príncipe, sino con las sierpes, símbolo del imperio y de la majestad prudente y vigilante, y jerolífico en las sagradas letras de la prudencia; porque su astucia en defender la cabeza, en cerrar las orejas al encanto, y en las demás cosas, mira a su defensa propia, no al daño ajeno. Con este fin y para semejantes casos se dió a esta empresa el mote Ut sciat regnare, sacado de aquella sentencia que el rey Ludovico XI de Francia quiso que solamente aprendiese su hijo Carlos VIII, Qui nescit dissimulare, nescit regnare; en que se incluye toda la sciencia de reinar. Pero es menester gran advertencia, para que ni la fuerza pase a ser tiranía, ni la disimulación o astucia a engaño, porque son medios muy vecinos al vicio. Justo Lipsio [Lips., de civil. doct., lib. 4, c. 14], definiendo en los casos políticos el engaño, dice que es un agudo consejo que declina de la virtud y de las leyes por bien del rey y del reino; y, huyendo de los extremos de Macavelo, y pareciéndole que no podría gobernar el príncipe sin alguna fraude o engaño, persuadió el leve, toleró el medio y condenó el grave; peligrosos confines para el príncipe. ¿Quién se los podrá señalar ajustadamente? No han de ponerse tan vecinos los escollos a la navegación política. Harto obra en muchos la malicia del poder y la ambición de reinar. Si es vicioso el engaño, vicioso será en sus partes, por pequeñas que sean, y indigno del príncipe. No sufre mancha alguna lo precioso de la púrpura real. No hay átomo tan sutil, que no se descubra y afee los rayos destos soles de la tierra. ¿Cómo se puede de permitir una acción que declina de la virtud y de las leyes en quien es alma dellas? No puede haber engaño que no se componga de la malicia y de la mentira, y ambas son opuestas a la magnanimidad real; y, aunque dijo Platon que la mentira era sobrada en los dioses, porque no necesitaban de alguno, pero no en los príncipes, que han menester a muchos, y que así se les podía conceder alguna vez, lo que es ilícito nunca se debe permitir ni basta sea el fin honesto para usar de un medio por su naturaleza malo. Solamente puede ser lícita la disimulación y astucia cuando ni engañan ni dejan manchado el crédito del príncipe; y entonces no las juzgo por vicios, antes o por prudencia, o por virtudes hijas della, convenientes y necesarias en el que gobierna. Esto sucede cuando la prudencia, advertida en su conservación, se vale de la astucia para ocultar las cosas según las circunstancias del tiempo, del lugar y de las personas, conservando una consonancia entre el corazón y la lengua, entre el entendimiento y las palabras. Aquella disimulación se debe huir que con fines engañosos miente con las cosas mismas; la que mira a que el otro entienda lo que no es, no la que solamente pretende que no entienda lo que es; y así bien se puede usar de palabras indiferentes y equívocas, y poner una cosa en lugar de otra con diversa significación, no para engañar, sino para cautelarse o prevenir el engaño, o para otros fines lícitos. El dar a entender el mismo Maestro de la verdad a sus discípulos que quería pasar más adelante del castillo de Emaús [Et ipse se fluxit longius ire (Luc., 21, 28)], las locuras fingidas de David delante del rey Achis [Et inmutavit os suum coram eis, et collabebatur inter manus eorum, et impingebat in ostia portae, defluebantque salivae ejus in barbam (1, Reg., 21, 13)], el pretexto del sacrificio de Samuel [Vitulum de armento tolles in manu tua, et dices: Ad immolandum Domino veni (1, Reg., 16, 2)], y las pieles revueltas a las manos de Jacob [Pelliculasque haedorum circundedit manibus, et colli nuda protexit (Gen.. 27. 16)], fueron disimulaciones lícitas, porque no tuvieron por fin el engaño, sino encubrir otro intento; y no dejan de ser lícitas porque se conozca que dellas se ha de seguir el engaño ajeno; porque este conocimiento no es malicia, sino advertimiento.

Estas artes y trazas son muy necesarias cuando se trata con príncipes astutos y fraudulentos; porque en tales casos la severidad y recato, la disimulación en el semblante, la generalidad y equivocación advertida en las palabras, para que no dejen empeñado al príncipe ni den lugar a los desinios o al engaño, usando de semejantes artes, no para ofender ni para burlar la fe pública, ¿qué otra cosa es sino doblar las guardas al ánimo? Necia sería la ingenuidad que descubriese el corazón, y peligroso el imperio sin el recato. Decir siempre la verdad sería peligrosa sencillez, siendo el silencio el principal instrumento de reinar. Quien la entrega ligeramente a otro, le entrega su misma corona. Mentir no debe un príncipe; pero se le permite callar o celar la verdad, y no ser ligero en el crédito ni en la confianza, sino maduro y tardo, para que, dando lugar a la consideración, no pueda ser engañado: parte muy necesaria en el príncipe, sin la cual estaría sujeto a grandes peligros. El que sabe más y ha visto más cree y fía menos, porque o la especulación, o la práctica y experiencia le hacen recatado. Sea pues el ánimo del príncipe cándido y sencillo, pero advertido en las artes y fraudes ajenas. La misma experiencia dictará los casos en que ha de usar el príncipe destas artes, cuando reconociere que la malicia y doblez de los que tratan con él obliga a ellas; porque en las demás acciones siempre se ha de descubrir en el príncipe una candidez real, de la cual tal vez es muy conveniente usar aun con los mismos que le quieren engañar; porque estos, si la interpretan a segundos fines, se perturban y desatinan, y es generoso engaño el de la verdad, y si se aseguran della, le hacen dueño de lo más íntimo del alma, sin armarse contra él de segundas artes. ¿Qué redes no se han tejido, qué estratagemas no se han pensado contra la astucia y malicia de la raposa? ¿Quién puso asechanzas a la sencillez doméstica de las golondrinas?

Los príncipes estimados en el mundo por gobernadores de mucha prudencia y espíritu no pueden usar deste arte, porque nadie piensa que obran acaso o sencillamente. Las demostraciones de su verdad se tienen por apariencias. Lo que en ellos es advertencia se juzga por malicia; su prudencia por disimulación, y su recato por engaño. Estos vicios impusieron al Rey Católico, porque con su gran juicio y experiencias en la paz a en la guerra conocía el mal trato y poca fe de aquellos tiempos, y con sagacidad se defendía, obrando de suerte que sus émulos y enemigos quedasen enredados en sus mismas artes, o que fuesen éstas frustradas con el consejo y con el tiempo. Por esto algunos príncipes fingen la sencillez y la modestia para encubrir más sus fines, y que no los alcance la malicia, como lo hacía Domiciano [Simul simplicitatis, ac modestiae imagine in altitudinem conditus, studiumque litterarum, et amorem carminum simulans quo velaret animum (Tac., 1, 4, Hist.)]. El querer un príncipe mostrarse sabio en todo es dejar de serlo. El saber ser ignorante a su tiempo es la mayor prudencia. Ninguna cosa más conveniente ni más dificultosa que moderar la sabiduría: en Agrícola lo alabó Tácito [Retinuitque, quod difficillimum est, ex sapientia modum (Tac., in vit. Agric.)]. Todos se conjuran contra el que más sabe; o es invidia o defensa de la ignorancia, si ya no es que tienen por sospechoso lo que no alcanzan. En reconociendo Saúl que era David muy prudente, empezo a guardarse dél [Vidit itaque Saul quod prudens esset nimis, et coepit cavere eum (1, Reg.. 18. 15)].

Otros príncipes se muestran divertidos en sus acciones, porque se crea que obran acaso. Pero es tal la malicia de la política presente, que no solamente penetra estas artes, sino calumnia la más pura sencillez, con grave daño de la verdad y del sosiego público; no habiendo cosa que se interprete derechamente; y, como la verdad consiste en un punto, y son infinitos los que están en la circunferencia donde puede dar la malicia, nacen graves errores en los que buscan a las obras y palabras diferentes sentidos de lo que parecen y suenan; y, encontrados así los juicios y las intenciones, se arman de artes unos contra otros, y viven todos en perpetuas desconfianzas y recelos. El más ingenioso en las sospechas es el que más lejos da de la verdad, porque con la agudeza penetra adentro más de lo que ordinariamente se piensa; y creemos por cierto en los otros lo que en nosotros es engaño de la imaginación. Así al navegante le parece que corren los escollos, y es él quien se mueve. Las sombras de la razón de estado suelen ser mayores que el cuerpo, y tal vez se deja éste y se abrazan aquéllas; y, quedando burlada la imaginación, se recibe mayor daño con los reparos que el que pudiera hacer lo que se temía. ¡Cuántas veces por recelos vanos se arma un príncipe contra quien no tuvo pensamiento de ofendelle, y se empeñan las armas del uno y del otro, reducido a guerra lo que antes fué ligera y mal fundada presunción! A estos sucede lo que a los bajeles, que cuando más celosos más presto se pierden. No repruebo la difidencia cuando es hija de la prudencia, como decimos en otra parte, sino acuso que falte siempre la buena fe, sin la cual ni habrá amistad ni parentesco firme, ni contrato seguro, y quedará sin fuerzas el derecho de las gentes, y el mundo en poder del engaño. No siempre se obra con segundas intenciones. Aun el más tirano suele tal vez caminar con honestos fines.

Idea de un príncipe político-cristiano representada en cien empresas, 1640.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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