Juan de Zabaleta

 

ERROR V

Egnacio Metelo, romano, mató a su mujer porque la vio beber vino, y los jueces de aquella República no sólo no le castigaron, pero ni le reprehendieron, aprobando con el silencio la entereza, pareciéndoles que destas dos cosas se formaba un ejemplo provechoso para que ninguna mujer se atreviese a violar las leyes de la templanza. Refiérelo Tertuliano.

DISCURSO

Había ley en Roma para que ninguna mujer bebiese vino. Si una regla está torcida, lo que por ella se hace no sale derecho. Si una ley es mala, lo que por ella se obra sale errado. Mucho más dificultoso es adornar la patria de buenas leyes que dilatar sus términos con las armas, porque lo primero lo hace la razón y lo segundo la osadía. Más valientes debían de ser en aquel tiempo los romanos que entendidos, pues lo que ganaban con las armas lo echaban a perder con las leyes. El hombre sin entendimiento no es hombre, la ley sin razón no es ley. Mandarles a las mujeres que no beban vino o es quitarles el sustento o negarles la medicina. La ley no sólo ha de ser posible sino fácil, porque lo imposible no se puede hacer y lo dificultoso se hace con grande penalidad. Lo muy dificultoso tiene aspereza de imposible y lo imposible a nadie obliga. De tal temperatura puede ser el cuerpo de una mujer que no pueda pasar sin un poco de vino. La ley es una razón que está embebida en la naturaleza. La ley que a la naturaleza se opone no es de buena naturaleza para ley. El tiempo es el que perfecciona el mundo y él tiene derogada esta ley de los romanos. Ley que cuando está el mundo más perfecto no se usa della, sin duda era imperfección para el mundo. Un precepto parecido a esta ley, y aun más general que ella, dio en su Alcorán a los agarenos Mahoma; y siendo todo el Alcorán un montón de desatinos, sobresalió tanto éste que, con toda su barbaridad, le han conocido los sectarios y no le observan. Tiénenle en el libro pero no en el respeto. No hay entre todos ellos quien le guarde si no es el archivo. Todos beben públicamente el vino que se les antoja.

Cuando esta ley de Roma no fuera por la dificultad intolerable, era por el efecto insufrible. Una de las utilidades que produce la ley justa es la paz: ¿cómo podía ser buena ley la que introducía discordia doméstica? Pero doy que la ley fuese buena, ¿cómo podía tener por pena la muerte, siendo tan desiguales la pena y el delito? Y doy que fuese la vida el precio con que se pagaba su quebrantamiento, ¿quién hizo a este hombre ejecutor desta ley? Esto toca a los jueces; en los que no lo son, es delito distribuir las penas que las leyes imponen. No sólo no le era a él dada esta facultad, pero ni le podía ser dada. A nadie se le puede cometer que se dé la muerte a sí mismo ni a nadie se le puede mandar que ejecute en su esposa pena de muerte. El marido y la mujer componen un cuerpo. Cometer a un marido que mate a su mujer valdría tanto como mandarle que él a si mismo se quitase la vida. El matrimonio pudo hacer de dos uno: de uno no pueden hacer dos las leyes. La mujer convencida jurídicamente de adúltera pierde las prerrogativas de esposa; por esto ponen las leyes el cuchillo en las manos al marido. La que no cometió adulterio, esposa se queda. La que es esposa es una misma cosa con su marido. A nadie se le comete el castigo de su misma culpa ni a nadie el castigo de los delitos de su esposa, porque fuera hacerle juez de sí mismo. De suerte que Egnacio Metelo ni era ni podía ser juez de aquella causa, con que cometió un homicidio enormemente grave y malicioso. Pero cuando lo pudiera ser, y lo fuera, quedaran las leyes muy gustosas de que no las hubiera obedecido, habiendo tantas razones de buena atención para no obedecerlas. Dura y tremenda cosa es que el marido, por quien dejó una mujer a sus padres, que fueron en lo natural los autores de su vida, se la quite a ella. Fiera cosa es que el hombre, a quien una mujer se ha acogido y escogió por amparo y defensa, no sólo no la defienda y ampare sino que la dé la muerte. Es la mujer rama del árbol que forman marido y mujer para dar al mundo el fruto de los hijos. Mucho debe amar el árbol a la rama que le ayuda a llevar tan dulce fruto. En un casamiento emparientan dos linajes y se obliga al abrigo y tutela el uno del otro. ¿Con qué ánimo el marido, que está presidiado contra los accidentes de la humanidad en la parentela de una mujer, puede ofender la vida de aquella mujer a quien debe este presidio?

Es la mujer el sol de una familia. Ella la vivifica, ella la adorna, ella la ilustra. El sol dice que tiene una mancha; no será mucho que una mujer tenga una tacha. Loco y desagradecido sería quien por un defecto dejase de estimar al sol en mucho. Loco y desagradecido y aun más que desagradecido y loco sería quien, por un defecto, se volviese contra aquella vida a quien debe tantos beneficios.

Metelo erró contra innumerables razones; pero fue error dichoso, pues hubo otro error que le amparase. Llegó a los oídos de los jueces el caso, confiriéronle entre sí, parecióles celo de la observancia de las leyes y, aunque era celo mal ordenado, no sólo le dejaron sin castigo, pero ni le prendieron ni le reprehendieron. Con la omisión le dieron por libre y con el silencio le alabaron.

Los jueces no pudieron perdonar los delitos porque son ministros de voluntad ajena. Sirven a la suma razón; ella quiere que se castiguen; ¿cómo los pueden perdonar ellos? Sólo Dios puede y el príncipe en su nombre porque, cuando hizo la ley, no se quitó la potestad de alterar la ley. Esta licencia no la tienen los jueces que están pendiendo de aquella voluntad. Que este hombre cometió delito no tiene duda porque obró como juez, no siéndolo, y cuando lo fuera, excedió, porque aquel delito no era digno de muerte.

Si el arrebatamiento pareció generoso, ¿cómo sabían los jueces que fue en favor de la ley el arrebatamiento? ¿Tan pocas enemistades hay entre los maridos y las mujeres que no se podía presumir que aquellas heridas las dio la enemistad y no el amor de la justicia? Si este hombre tuviera amor a su mujer, aunque la viera delinquir y tuviera facultad para quitarle la vida, no se la quitara. El amante no ve los defectos del sujeto. Todo en él le parece donaire, todo le parece gracia. El amor a sofisterías hace las imperfecciones hermosas. No hay abogado que tan bien desparezca las culpas. No hay retórica que dé tan buen color a los errores. Si la aborrecía no le hacía falta la razón para matarla. El odio bastantemente incita. No ha menester el aborrecido para padecer, para morir, más culpa que su desgracia. La enemistad de las perfecciones hace delitos. Si la discordia no es nueva ni extraordinaria entre los casados, ¿cómo estos jueces no pensaron que podía ser causada aquella atrocidad de la discordia? Las más cosas desta vida no son lo que parecen. No pudo dejar de ser ignorancia dar por bueno aquel hecho, por sola la apariencia.

Todas estas razones atropellaron, por hacer un ejemplo terrible, para que ninguna mujer se atreviese a violar las leyes de la templanza. El ejemplo ya lo hicieron; pero también hicieron una consecuencia para que cualquier marido que estuviera mal con su mujer la pudiese matar sin el riesgo del castigo. Con fingirla delincuente, se ponía el homicida en salvo. El fruto que prometía el ejemplo era que las mujeres no bebiesen vino, no siendo el beberlo culpa o siendo culpa leve. El efecto que se podía temer de la consecuencia era que los maridos que estuviesen cansados de sus mujeres se valiesen de un título virtuoso para matarlas. Pues entre este ejemplo y esta consecuencia, ¡cuánto mejor era dejar un ejemplo, que importaba poco, que hacer una consecuencia que amenazaba mucho! Un comediante más fácilmente imita la persona de un hombre vulgar que la de un príncipe, porque está más cerca de su naturaleza. Los mortales mejor imitamos lo malo que lo bueno, por que es más conforme a la condición humana. ¿No podían estos jueces dudar que antes se seguiría la consecuencia por mala que el ejemplo por bueno? Con que parece que queda averiguado que, en el caso presente, la ley fue inadvertida, la muerte injusta el juicio errado, el ejemplo inútil y la consecuencia perniciosa.

De Errores celebrados, 1653

 

© José Luis Gómez-Martínez
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