Hugo E. Biagini

 

 

Fines de siglo, fin de milenio

CAPÍTULO 5

"REANIMADORES DE OCCIDENTE"

Pese a toda la masa de barbarie indígena que esta civilización ha debido y deberá combatir (...) Los esfuerzos, aun ridículamente torpes, por darse aires europeos por endosarse vestiduras de Occidente, demuestran que, si está lejos de haber sido vencida la barbarie, ya está difundida la vergüenza de ser bárbaro (...)

Leszek Kolakowski
La modernidad siempre a prueba

Carlos Rangel, el bregador

Junto con el reflorecimiento liberal se ha venido dando,  dentro y fuera de América Latina, una exaltación a ultranza de los valores europeos y de la tradición occidental.

Si a fines de los sesenta, un autor como Jean François Revel se condolía por la extinción de la derecha y de la creencia en que la autoridad pudiera residir en otro dominio distinto al de la voluntad popular (Revel, 15,18) ocho años después el propio Revel celebraría la aparición de un libro que él mismo prologa y al cual le atribuye el haber aportado una interpretación verdaderamente novedosa y exacta sobre la sociedad latinoamericana.

Las ideas expuestas en el libro en cuestión, Del buen salvaje al buen revolucionario, del venezolano Carlos Rangel, operarán como fermentos para la derecha conservadora en ciernes, la cual habrá de venerarlos como un sancta sanctorum para sus propósitos de sepultar por completo la escalada liberadora precedente y revitalizar el panorama mundial de  subordinación a las demandas noratlánticas.[1]

En verdad, más que producir una interpretación innovadora, Rangel se dedica a reacondicionar las versiones hegemónicas en nuestros círculos áulicos durante el siglo XIX. Para él, la parálisis de América Latina y del Tercer Mundo no puede explicarse en términos de un "absurdo complejo de culpa" contra las potencias occidentales (Rangel, 38). Los latinoamericanos, con una actitud mendaz y autoengañosa, se proclamaron, primero víctimas de España y luego de los Estados Unidos. La fobia antiyanqui fue esbozada "sibilinamente" por Bolívar y retomada en modo superficial por el Ariel de Rodó, ese "libro malo", al decir de Rangel, donde tomó entidad la inquina frente al primado norteamericano, del que éramos deudores tanto en el plano político como en el legal.

El planteo de Rangel, lleno de animosidad hacia nuestros intelectuales y hacia nuestra sufrida autonomía universitaria (Rangel, 287), también cuestiona el credo de la raza cósmica como una "fábula" impresentable y exalta a las naciones "avanzadas" por trasmitirnos "todos nuestros ideales y nuestras instituciones humanistas y humanitarias, inclusive el socialismo" (Rangel, 136).

Otra pieza bibliográfica de similar tenor, patrocinada por el American Enterprise Institute for Public Policy Research, vio la luz en español bajo el sugestivo título de Palabras al Tercer Mundo. Allí se reunieron varios trabajos pertenecientes a Peter Berger y a Michael Novak -expuestos hacia 1983 en el Chile de Pinochet. Del primero, se reproduce un artículo publicado en la revista Commentary (198l) en el cual se acusa al Tercer Mundo de propiciar retóricos encuentros internacionales e irrelevantes movimientos antimodernos en Occidente, como el ecologismo radical, el activismo antinuclear y la tecnología alternativa. Berger objeta la tesis de que el colonialismo ha trabado el despegue del Tercer Mundo y sostiene que para lograr ese objetivo se debe priorizar la empresa privada y adoptar el "estilo estadounidense" como la única "revolución" valedera y provechosa.

Fukuyama en Buenos Aires

En análoga dirección, pero con una resonancia mucho mayor, un integrante del Departamento de Estado y de la RAND Corporation, Francis Fukuyama, dió a conocer en 1989 su nota sobre el fin de la historia en el vocero neoconservador The National Interest, subsidiado por la Fundación John M. Olin (entidad ligada al comercio armamentista y que destina millones de dólares anuales para promover la derechización de las ciencias sociales). En esa colaboración solicitada por los editores, se proclama sin rodeos "el triunfo de Occidente", de Europa y Norteamérica como "vanguardia de la civilización", lo cual se traduce, para Fukuyama, en el agotamiento de cualquier otra alternativa viable fuera del liberalismo y en la fuerza irresistible que impulsa la cultura de ese mismo signo a través de la TV en colores y los aparatos de estéreo. Pese a considerar Fukuyama que los hombres se mueven fundamentalmente por intereses ideales, el fácil acceso a esos y otros bienes de consumo en los Estados Unidos permitiría inferir que, mientras el Tercer Mundo subyace en el conflictivo "fango de la historia", en aquel país impera un igualitarismo equivalente al de la sociedad sin clases prevista por Marx

La postración tercermundista no le impidió a Fukuyama aceptar la invitación formulada por el gobierno argentino y visitar el país a fines de 199l para impugnar un "invento" local -la teoría "marxista" de la dependencia enunciada por Raúl Prebisch- y para bendecir la "revolución capitalista" que encabeza esta nación sudamericana al implementar un Estado débil. Fukuyama coronaba su exposición defendiendo descarnadamente la política de confrontación norteamericana -mediante fundamentos amorales- y resucitando la metodología del big stick:

El realismo ha sido el modo dominante en ese país  para interpretar las relaciones internacionales desde la Segunda Guerra Mundial. Tiene por base el supuesto de que todas las sociedades son naturalmente agresivas y maximizarán su poder toda vez que puedan. El realismo nos explica cómo deben comportarse los Estados en el escenario internacional, donde la seguridad no puede apoyarse en las buenas intenciones de los otros Estados; debe apoyarse en un equilibrio de poderes donde prepondera el poder militar. Un realista elige enemigos y amigos sobre la base del poder y no de las ideologías  o los derechos humanos, porque para un realista el poder va a ser  más importante que las intenciones. Y esto nos lleva a un juego que resta  valor a los derechos humanos.

Los hombres de la administración Bush son jugadores constantes del realismo y entre los estadistas más comprometidos con esta escuela de pensamiento se encuentra Henry Kissinger, que todavía tiene muchos seguidores activos en el gobierno estadounidense [2]

Un conservador auténtico

Durante la misma época, el ensayista argentino José Sebreli, orientado hacia lo que califica como "auténtico conservadorismo", lanza una cerrada defensa de Occidente (Sebreli 1992),[3] al cual identifica con el racionalismo, la ciencia, la filosofía, la técnica, el progreso, la modernidad, el humanismo, el cosmopolitismo, el iluminismo, la historia única y universal, en síntesis, con la civilización a secas. Por otra parte, lo antioccidental figura como una multitud de expresiones, fenómenos y tendencias a las que Sebreli considera acríticas y prejuiciosas: irracionalismo, relativismo cultural, religión, tradición, familia, masas, romanticismo, historia múltiple y discontinua, nacionalismos, tercermundismo, fundamentalismo, populismo, orientalismo, negritud, indigenismo, anticolonialismo, racismo, nihilismo, teología de la liberación, catolicismo posconciliar, identidades culturales, países atrasados e inferiores, ruralismo, espontaneísmo, belicismo.

Entre los exponentes singulares de esa variante irracional, aparecen execrados, desde Rousseau, Thoreau, Tolstoi, la generación española del 98 y Haya de la Torre, hasta Levi-Strauss y la UNESCO. A Gandhi se lo condena por idólatra y troglodita, a Julio Cortázar como un pseudorrevolucionario que no se movió de París, a las Naciones Unidas por preocuparse excesivamente de la violencia contra los negros y a la izquierda por haber malentendido el apoyo de los Estados Unidos a los golpes de Estado y a las dictaduras militares.

El dilatado encuadre de Sebreli padece frontalmente de un maniqueísmo antidialéctico y esencialista. Por un lado, Europa resulta la ecuménica dadora de inspiración -tanto del jazz, el folklore mexicano y argentino como de las artes plásticas africanas. Con ello se le desconoce entidad cultural a América y a África, que terminan por ser caracterizadas como espacios vacíos, como pura materia a la cual el sabio hombre blanco viene a imprimirle forma y espiritualidad. Paralelamente, se descalifica, en tanto obsesión injustificada, la búsqueda de identidad y de una filosofía propia que se ha efectuado con genuino ahínco a lo largo del tiempo desde Alberdi hasta Leopoldo Zea.

Se cae también en el fuerte simplismo de idealizar a Occidente frente a un Oriente irreflexivo, cuando manifestaciones como el budismo, al eliminar hasta la misma idea de Dios y expandirse por el Asia sin espíritu de conquista, poseen un sentido más racional que el cristianismo y el propio pensamiento helénico, basado en elementos míticos más vivenciales que alegóricos. No pasa así de ser una imagen occidentalizada del Oriente, cuyas fuentes originales brillan por su ausencia en la exégesis sebreliana.

En su afán por asociar estrechamente a Europa con la vertiente anglo-francesa, el autor comentado ignora que en España, durante el siglo anterior, existieron más personalidades de nota que los dos casos que ofrece como "únicos espíritus libres y lúcidos": Larra y Blanco White. ¿En qué época habría entonces que ubicar a Pi y Margall, Emilio Castelar, Francisco Giner de los Ríos, Rafael Iglesias y tantos otros republicanos, eximios como ellos?. Asimismo se puede hablar de un anacrónico resabio positivista que lleva a Sebreli a subestimar la importancia de las actividades estéticas y el factor religioso.

En materia indígena, Sebreli, mientras pretende invalidar las afirmaciones en torno al etnocidio, sucumbe ante la tesis del terror contra el terror, del "inevitable" malón cara pálida contra el malón de los aborígenes -cultores de la antropofagia, la pereza, la imbecilidad y remisos a la emancipación de nuestros países. El propio Sebreli censura las banderas de la liberación porque dejaron de tener sentido más allá de la independencia política decimonónica y sostiene que la revolución constituye una patraña latinoamericana.

Según este enfoque, se estaría hoy cumplimentando el ideal de los viejos socialistas -¿o los viejos tecnócratas?-, al suprimirse las fronteras merced a los capitales multinacionales y a la información satelital. Ya no representan un peligro para nadie ni Wall Street ni el grupo Rockefeller, habida cuenta de que este último ha llegado a abrir una sucursal bancaria en el corazón mismo de Moscú...Por todo ello, la sola mención a la soberanía nacional no resulta más que un mero absurdo.

Consecuentemente, Sebreli termina adhiriendo, como Fukuyama, a la superioridad absoluta del capitalismo occidental y a su reinado definitivo, sin escatimar tampoco sus alabanzas a la economía de mercado y a la desmovilización social impuestas pragmáticamente por el menemismo en la Argentina finisecular [4]-mediante un engendro ideológico y procedimientos discrecionales que parecen responder más a un lobbismo avant la lettre que a ese auténtico conservadorismo asumido por Sebreli tras haber rondado por las más antagónicas opciones partidarias.

El rigorista académico

Otra obra aparecida en la Argentina, Cultura y contracultura, suscrita por Jorge Bosch, no resulta menos viciada por el dualismo que la anterior. Este matemático y pedagogo se propone recuperar la ciencia, el arte, la filosofía y la música clásica, entendidas como reflejos de una cultura superior, de élite, próxima a la concepción que la antigua oligarquía sustentaba de la misma. A diferencia de ello, la contracultura, violenta y depredadora, prescinde del esfuerzo o la calidad, y representa la mayor amenaza que se ha cernido nunca sobre la cultura humana.

La anticultura bárbara posee para Bosch dos facetas principales. Por un lado implica las vulgarizaciones de la civilización industrial -una creación occidental-, ejemplificadas por cantores sin voz como Joan Manuel Serrat, Vinicius de Moraes y Edmundo Rivero o por el salvajismo hipnótico del rock. Mientras se descuidan sublimes expresiones como las de los lieder, se autoriza en cambio a aparecer sacrílegamente con blue jeans en el templo wagneriano de Bayreuth o a patrocinar espectáculos de tango y folclore en el teatro Colón. Las pinturas cursis en las viviendas de la baja clase media constituyen otro signo anticultural. El permisivismo educativo del "todo vale" es denunciado como responsable de tal situación.

En el otro plano del disvalor, Bosch acomete contra la ideología activista e igualitaria que arranca de la Revolución Francesa y se prolonga en los años 60 hasta llegar al sandinismo y a las proposiciones insurreccionales de Paulo Freire. Se achaca a los antropólogos el adjudicarles una dimensión cultural a pueblos iletrados como los Pieles Rojas y los onas, a la UNESCO por propiciar la idea de que no existen diferencias sustanciales entre el alumno y el maestro -al percibir a este último como un simple consejero o interlocutor. También la noción de identidad cultural queda instalada en el banquillo de los acusados, como un mito vago y quietista que, si bien fascina a los intelectuales de los países rezagados, resultó indiferente para la Argentina cuando ésta se hallaba en pleno crecimiento durante la generación de 1880. Se le asigna similar papel negativo a los ataques contra las compañías multinacionales y contra el imperialismo americano, el cual no pasa de ser un "invento de europeos y soviéticos" (Bosch, 440) o producto del resentimiento contra los grandes países desarrollados. En definitiva, mientras Bosch combate la propuesta que sobre la democratización de la cultura impulsó el Partido Radical argentino, celebra sin empacho -como en el caso precedente- "el poderoso movimiento inaugurado por Carlos Menem" (Bosch, 220) para rescatar la grandeza perdida tras medio siglo de decadencia nacional.

Savater y el hipódromo de la vida

En esta suerte de neodarwinismo social subyacente en tales proposiciones, se reintroduce una subida tónica individualista que, mutatis mutandis, cabe verificar en posturas muy disímiles; aun si nos restringimos, por ejemplo, a voces provenientes de un país como España. Las perspectivas más reaccionarias tienden a impugnar el discurso que cuestiona las grandes diferencias societales e internacionales como basado en el odio o en un complejo de minusvalía que no puede admitir las jerarquías naturales ni las excelencias personales[5].

Por otra parte, nos sorprenden en mayor grado algunas posiciones más afines con el progresismo, como aquella que trasunta hoy Fernando Savater, en un orden mundial tan poco solidario como el presente. Ese filósofo vasco, que festejó la aparición de la deplorable obra de Sebrelli más arriba comentada, llega a concebir al hombre como un ser eminentemente egoísta y competitivo, como un caballo de carrera lanzado a imponerse sobre los demás -mientras el autor se reserva para sí mismo la categoría de un "pura sangre inglés" (Savater 1993).

Paralelamente, en un mensaje que apunta nada menos que a los jóvenes, Savater le adjudica a la utopía un carácter delirante por sus aspiraciones a formar un hombre distinto en vez de conformarse con que "el antiguo sea más soportable" (Savater 1992, 227).

De tal manera, se alcanza, por un camino semejante, el extremo de denominar como Estado paternalista al gobierno que se ocupa de proteger la salud de la población [6].


Notas


[1] Véase, p. ej., la ostensible dedicatoria que acaba de consagrársele a Rangel en el volumen colectivo compilado por B. R. Levine, El desafío neoliberal. El fin del tercermundismo en América Latina (Bogotá, Norma, 1992): "A la memoria de Carlos Rangel, pionero de estas ideas en América Latina".

[2] Disertación de Francis Fukuyama, mímeo, (B. Aires, Secretaría de la Función Pública, 1991) folio 10. El énfasis pertenece al texto citado

[3] Ya concluido este texto, hemos dado con una valiosa apreciación crítica sobre el libro citado en Marcelo A. Velarde, "El asedio ideológico: J.J. Sebreli y las falacias triunfalistas"; ponencia presentada a las Jornadas de Humanismo y Humanidades Hoy, Universidad Nacional de la Plata, noviembre 1992, y luego publicada en el Boletín de Historia (Fepai) 23, 1994

[4] Ver prólogo del mismo Sebreli a la nueva edición de otro libro suyo: Los deseos imaginarios del peronismo (B. Aires, Sudamericana, 1992). 

[5] Cf. Gonzalo Fernández de la Mora, La envidia igualitaria (Barcelona, Planeta, 1984). En este libro no sólo se simplifica el hippismo como un fenómeno irracional sino que se ataca a la educación pública por uniformar las ideas y proscribir la libertad de pensamiento.

[6] Ver también respuestas del propio Savater a las entrevistas que le efectuaron los diarios porteños La Nación (25-10-92) y Página l2 (28-2-93).

 

 

Primera Edición digital autorizada por el autor a cargo de José Luis Gómez-Martínez, Octubre de 2001.  ©Hugo E. Biagini. Fines de siglo, fin de milenio. Buenos Aires: Alianza Editorial / Ediciones UNESCO, 1996.

   

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.
 

 

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