Guillermo Francovich

 

"Humanismo Latino-Americano"

Creo que el tema de que voy a tratar en esta conferencia, que se refiere al porvenir de la cultura en los países latino-americanos, tiene uno de los primeros lugares en el plano de las preocupaciones intelectuales de nuestra América, sobre todo en esta época tan llena de pungentes problemas, y en la cual los hombres tienen que decidir sobre las directrices no sólo de su vida material sino también de la vida de su espíritu en el futuro.

Dos reuniones internacionales del Instituto de Cooperación Intelectual se han ocupado ya del asunto. La primera tuvo lugar en Buenos Aires, del 11 al 16 de septiembre de 1936 presidida por el eminente hombre de letras colombiano Baldomero Sanín Cano y con la asistencia de personalidades europeas y americanas tan prestigiosas como Georges Duhamel, Emil Ludwig, Jacques Maritain, Alfonso Reyes, Afranio Peixoto, Francisco Romero, Alcides Arguedas, Stefan Sweig, Pedro Enríquez Ureña y otras.

En esa reunión, que fue convocada para tratar de las relaciones culturales entre Europa y la América Latina, los delegados americanos llegaron a afirmar que existía ya una cultura latinoamericana diferente de la europea, con características propias.

Se trató de definir esas características. Y, si bien reconociendo que el alma de América se hallaba aún en estado de plasticidad, es decir en proceso de formación, se hizo la enumeración de las siguientes:

La cultura latino-americana es rebelde a la excesiva especialización del espíritu. La vida y el mundo son enfocados por nuestros pueblos en su compleja totalidad, lo que da a éstos una mayor amplitud y un sentido más humano de los hechos y de los problemas. Es decir que el espíritu del hombre latino-americano está habituado a una universalidad que le permite plantearse los asuntos en su plenitud integral.

La cultura latino-americana tiende al predominio de los valores de intuición en oposición a los valores racionalistas. Al intelectualismo puro opone la espontaneidad de la emoción. De donde resulta que el latino-americano es apasionado, sentimental y puede resolver sus problemas existenciales sin la frialdad racionalista que caracteriza al hombre de la civilización occidental.

Debido a la brevedad de su vida histórica, a la extensión de su patrimonio territorial, a su homogeneidad demográfica, los países latino-americanos tienen una decidida vocación para organizar pacíficamente su vida colectiva y para resolver los conflictos internacionales por medio de procedimientos jurídicos. Por consiguiente, el espíritu de América está menos dispuesto a las disgregaciones y conflictos que tan trágicamente separan a los pueblos europeos.

La reunión de Buenos Aires llegó, sin embargo, a la conclusión de que las características enunciadas podían ser consideradas como manifestaciones de la psicología latino-americana, pero no constituir elementos de una cultura original y que ésta, en realidad, no existía aún sino como una aspiración en la América Latina, cuyo espíritu en la actualidad giraba dentro de la órbita de la cultura europea u occidental.

La segunda reunión internacional que se ocupó del importante problema fue la que en enero de 1939 efectuó en Santiago la Comisión Chilena de Cooperación Intelectual.

Concurrieron a ella solamente escritores latinoamericanos tales como Luis Alberto Sánchez, Baldomero Sanín Cano, Edgardo Roquette Pinto, Diómedes de Pereyra, José Antuña y Enrique Molina. La última de las tres sesiones de la reunión estuvo íntegramente consagrada al estudio del asunto y las deliberaciones giraron en torno de algunas ideas generales que podrían sintetizarse así:

Ya existe una conciencia de lo americano cuyas expresiones pueden verse principalmente en las obras de la literatura del continente. Esa conciencia permitirá a los pueblos latino-americanos la creación de una cultura de tipo propio.

La América Latina debe tratar de no imitar, tanto como lo hace, a Europa en sus costumbres y gustos e ir hacia la expresión más efectiva de los sentimientos, necesidades y aspiraciones de sus propios pueblos.

La cultura de la América Latina puede tener un tipo propio, pero no podrá ser una cultura absolutamente original ni romper con la gran tradición de la cultura universal.

Las actas de ambas reuniones, cuyas deliberaciones constituyen el antecedente más completo e interesante sobre los asuntos relacionados con el problema de la cultura latino-americana, han sido publicadas por las Comisiones de Cooperación Intelectual de la República Argentina y de Chile, en 1937 y 1939, respectivamente.

Pero ya antes de la realización de esas reuniones que dieron algo así como un cuño oficial a la consideración del problema, éste había sido estudiado por eminentes escritores de los diferentes países latino-americanos, en obras que son ampliamente conocidas y de las cuales me bastará citar las más características.

Hace treinta años apareció en La Paz el libro titulado Hacia la Creación de una Pedagogía Nacional, de Franz Tamayo, en el cual, el gran poeta y escritor boliviano planteó la necesidad de reaccionar contra la pedagogía europea que predominaba entonces en Bolivia y que aplicaba en el país, principios buenos para los pueblos de Francia o de Alemania. Proponía la creación de una pedagogía adaptada a las necesidades y a las modalidades del pueblo boliviano que, según Tamayo, tiene su expresión y su exponente en el indio, que es la encarnación del espíritu de la tierra.

Ricardo Rojas produjo más tarde una verdadera renovación, no sólo en el pensamiento argentino sino también en el de los demás países latino-americanos, con sus dos famosas obras tituladas Restauración Nacionalista y Eurindia, en las cuales el eminente escritor pedía el retorno a las realidades peculiares de la América para armonizarlas con los ideales de Europa y crear así una síntesis original y llena de vida a la que dio el nombre de Eurindia.

El mexicano José Vasconcelos, por su parte, en su sugestiva obra Indología planteó la posibilidad de la creación de una nueva humanidad, de una raza cósmica constituida por los hombres procedentes de todas las naciones del mundo reunidos bajo el cielo de América y plasmados por la acción poderosa y fecunda de la tierra americana.

El admirable estilista y agudo pensador Natalicio González en su obra Proceso y Formación de la Cultura Paraguaya, que constituye uno de los más notables esfuerzos para revalorizar y mostrar a la conciencia de América la compleja y rica producción cultural del pueblo guaraní, ha hecho ver la contribución que podrá prestar éste a la vida cultural del continente.

En el Brasil, Graça Aranha fue uno de los primeros escritores en sentir la necesidad de una expresión propia para el espíritu de su patria. No solamente pensó que se debía dar un sentido característico a la actividad estética sino que creyó en la posibilidad de que el espíritu brasileño —nacido y desenvuelto en un ambiente radicalmente diferente del europeo, en un ambiente en que la potencia colosal del trópico somete al hombre a experiencias que nunca pudieron sospechar los pueblos de Grecia y Roma—, tuviera una filosofía, una ética y una metafísica, en las cuales el hombre brasileño llegara a encontrar su propia expresión.

Recientemente, Gilberto Freyre, que ha estudiado tan cuidadosamente la contribución de los elementos negros en la vida brasileña, ha publicado un breve trabajo titulado "Una Cultura Amenazada", en el cual el ilustre sociólogo, después de afirmar que la historia es un conflicto de culturas, expresa que el Brasil está luchando por los valores culturales esenciales a su propia vida. "Valores —dice— muchos de ellos comunes a los luso-descendientes y a los portugueses de Europa y característicos del mundo luso-afro-brasileño; valores muchos de ellos comunes a la sociedad cristiana de la que el Brasil es tal vez la expresión más considerable en los trópicos".

Otros escritores más, cuya enumeración podría prolongarse indefinidamente, han abordado el tema, que por otra parte es tratado casi cotidianamente por los grandes diarios y revistas del continente. En efecto, todas las publicaciones que se ocupan de los problemas continentales le consagran innumerables páginas de sus ediciones, estudiando las manifestaciones culturales de la América actual en su literatura, su arquitectura, su filosofía, su vida social y moral y tratando de captar las expresiones de la sensibilidad y la conciencia de lo americano allí donde se presenta.

Y no solamente en estudios sistemáticos se manifiesta esa preocupación sino aun la simple información periodística y los más someros ensayos críticos, tratan de poner de relieve cualquier producción que tenga como inspiración el propósito de mostrar el aspecto característico de americanidad y que permita vislumbrar esa realidad cultural todavía enigmática pero que todos presienten y esperan con ansiedad.

Pintores, novelistas, poetas, hombres de ciencia, políticos e historiadores se vuelven hacia la tierra y hacia la entraña del pueblo para encontrar en ellos los gérmenes de ese estilo propio, de esa contextura del alma que han de dar a la América Latina su fisonomía espiritual.

Pues bien, ¿a qué obedece esa preocupación? ¿A qué necesidades corresponde el anhelo de originalidad cultural en nuestros pueblos? ¿Hay alguna causa que justifique esa inquietud que sienten los hombres de pensamiento americanos?

Evidentemente que sí.

Hay un conjunto de causas que podríamos dividir en externas e internas. Las primeras actúan desde fuera sobre el espíritu latino-americano, excitando su voluntad de originalidad, estimulando su deseo de independencia cultural. Las segundas proceden de la entraña de la vida misma latino-americana, obedecen a profundos impulsos de la conciencia de los pueblos.

Comencemos refiriéndonos a los primeros.

* * *

Desde luego, ha contribuido a crear el estado de espíritu que estamos analizando, el hecho de que los propios europeos han convertido a América en objeto de una especie de adulación, que ha despertado en nuestro continente un sentimiento mesiánico, que le ha dado la idea de que está predestinado a representar en el mundo un papel excepcional de mejoramiento, de superación, de realización de cosas hasta hoy no tentadas por el hombre de otros continentes.

En efecto, apenas descubierta, la América fue la patria de las utopías, del "buen salvaje", que apareció ante los ojos asombrados de Europa como el hijo predilecto de una naturaleza generosa, viviendo una existencia sometida a las prescripciones de la más humana sabiduría.

Para preparar el estado de espíritu que produjo la independencia americana de las metrópolis europeas, contribuyeron enormemente los escritores que, a fines del siglo XVIII, hablaban del descubrimiento de América como de un hecho prodigioso, no sólo desde el punto de vista material sino también desde el punto de vista del espíritu.

He aquí por ejemplo, lo que escribía el Abate Raynal en su libro titulado Historia Filosófica y Política de los Establecimientos y del Comercio de los Europeos en las dos Indias, libro que pasaba de mano en mano en los centros cultos de las colonias españolas de América: "El descubrimiento del Nuevo Mundo fue una fuente de fermentación. Se lo miró con razón como el más grande acontecimiento ocurrido desde el origen mismo de las cosas. El hombre vio con asombro que la mitad del globo había hasta entonces escapado a su inteligencia y a sus miradas. Habían en el nuevo hemisferio otros mares, otros climas, otros hombres, una naturaleza diferente. Era una física y una moral desconocidas. ¡Qué vasto campo para las contemplaciones!"

Este sentimiento de ser la América un mundo excepcional, un mundo diferente y promisor, ha venido siendo estimulado por diversos medios desde Europa, y naturalmente ha producido en los pueblos latino-americanos el convencimiento de que están llamados a ocupar un lugar prominente no sólo en el campo de los hechos económicos y políticos sino también en los del espíritu, en el cual se sienten algo así como los herederos forzosos de Europa.

Ha robustecido, por otra parte, el sentimiento de las excepcionales posibilidades que tienen los pueblos latino-americanos, el hecho de que en la misma Europa se ha hablado de la extinción de la cultura occidental. Evidentemente, muchos de los acontecimientos que han venido desarrollándose en el viejo mundo durante los últimos años dan la impresión de que la cultura tradicional, con todos sus prodigios técnicos y con todas sus audacias políticas ha entrado en una época de decadencia mortal.

Los escritores europeos, sintiendo en sus corazones la angustia de los acontecimientos que estaban viviendo, han afirmado que el gran espíritu que había iluminado el mundo desde las tierras de Occidente, estaba llegando a su ocaso.

El más brillante y seductor de esos escritores fue, como es sabido de todos los que me escuchan, Oswaldo Spengler, que apenas terminada la primera guerra mundial publicó su obra titulada precisamente La Decadencia de Occidente, que, a pesar de sus centenares de páginas y de muchas de sus disquisiciones de carácter técnico, fue leída entre nosotros como una grande admonición profética.

Pues bien, Spengler, después de mostrar que en la historia de la humanidad aparecieron, brillaron y se extinguieron como grandes organismos vivientes, las culturas de los griegos, los egipcios, los romanos, los árabes, que desaparecieron del mundo corroídos por una decadencia tan inevitable como lo es la vejez entre los individuos, afirmaba que también la cultura de Occidente, que presentaba todos los síntomas característicos de las decadencias históricas, estaba aproximándose a su fin para apagarse y hundirse en el pasado como un astro sin luz, que se pierde en las inmensidades del espacio.

Decía, además, Spengler que después de la muerte de Occidente otra cultura surgiría en la historia, otra cultura que se estaba gestando en Rusia o en la América Latina, sin que pudiera decirse en cuál de estos pueblos conseguiría afirmarse y vivir.

Otro grande escritor alemán, el Conde de Keyserling, que se atribuía a sí mismo dotes proféticas, al sostener que todo hombre que penetra en el verdadero sentido de la historia puede prever las futuras realizaciones de ese sentido, habló también del nacimiento de una cultura en la América Latina, cuyas tierras visitó personalmente, no sólo para conocer, como él decía, su realidad con el cerebro sino para sentir su ambiente y su vida con la experiencia de sus propios sentidos y hasta de sus vísceras.

Afirmó que así como había renacido en Francia la cultura helénica, así como el Renacimiento italiano había conseguido el milagro de hacer resurgir los prodigios del saber y el arte antiguos, en la América Latina podría producirse el renacimiento de las formas del espíritu que estaban marchitándose en los viejos pueblos europeos.

Para Keyserling, la América Latina es un mundo "en que todo existe en germen, nada ha sido gastado y nadie puede prever qué civilizaciones originales florecerán un día en su suelo".

Tales profecías fueron recibidas con el más vivo interés en los pueblos latino-americanos, cuyos intelectuales y escritores sintieron con ellas robustecidos sus más profundos anhelos.

Otra de las causas es de naturaleza que podríamos denominar política. Los pueblos latino-americanos que han adquirido una independencia institucional y que han conseguido una situación económica que les permite el desarrollo de una existencia propia, quieren completar esa independencia con la que se obtiene mediante la cultura.

La cultura representa la autonomía del espíritu. El pueblo creador de cultura no depende ni en su saber, ni en su obrar, ni en la apreciación de los valores espirituales, ni en la utilización de los valores materiales, de la ayuda ajena.

Los pueblos latino-americanos se dan cuenta de que no llegarán a la plenitud de su propia personalidad mientras la fuente de las corrientes intelectuales y políticas, mientras la elaboración y el mantenimiento de los centros culturales que sustentan no solamente las formas de la civilización, sino que realizan la apreciación de los valores espirituales y la renovación de los recursos técnicos, se hallen en manos ajenas.

Además, comprenden los pueblos latino-americanos que cuando una influencia cultural es absoluta, ella viene acompañada de pasiones y preconceptos que teniendo significación y sentido en el país de su origen, se convierten en fuente de errores perniciosos y a veces funestos en otros países. Las instituciones como las plantas no viven auténticamente sino allí donde se hallan sus raíces.

Hay, pues, un impulso de esencia política que aspira a convertir la unidad estatal, la unidad formada por las fuerzas económico-políticas en fundamento y base de esa realidad sustantiva y profunda que es la unidad cultural.

Junto a esa causa política, habría que colocar también el hecho de que casi todos los países sudamericanos cuentan con poblaciones indígenas que, antes del advenimiento de los españoles y de la consiguiente colonización que les dio características cristianas y occidentales, poseían culturas y civilizaciones propias, algunas de ellas extraordinariamente adelantadas.

Ese hecho ha influído para que los pueblos latino-americanos vuelvan los ojos hacia esas culturas precoloniales y traten de encontrar en ellas un contenido cultural y espiritual que pueda, sino subsistir el de la civilización y la cultura occidentales, por lo menos darle nuevas formas y nuevas energías.

Tal vez en ese retorno a lo indígena, a las formas originales de la vida autóctona, haya un reflejo del sentimiento romántico que llevó en los últimos tiempos a los europeos a interesarse por lo exótico, por lo primitivo, por lo que no tiene las artificiosidades cuidadas de la civilización; la verdad es que, tanto en el Brasil como en la Argentina, en Bolivia como en México, el pensamiento se ha inclinado sobre el alma de los indios y de los mestizos, queriendo encontrar en las supervivencias de las viejas culturas nativas inspiraciones para la solución de los problemas culturales del futuro.

Debemos también referirnos a una especie de decepción, grandemente justificada, que han experimentado los pueblos latino-americanos con respecto a los de Europa.

Por su excesiva juventud, los pueblos latino-americanos están más predispuestos a las ilusiones que los viejos pueblos del mundo. Y por eso esperaban siempre de la Europa llena de experiencia, enseñanzas de cordura, de humanidad, de auténtica sabiduría. Y en vez de ello, no han recibido sino el más trágico mal ejemplo.

Después de haber acusado a los pueblos latinoamericanos de revoltosos, desorganizados, sin capacidad política y sin equilibrio mental, resultó que los propios pueblos europeos se entregaron en la forma más despiadada y brutal a los excesos políticos y bélicos.

Esta decepción surgió con la primera guerra mundial que destrozó los ideales de paz y de orden que se creía conquistados para siempre. Después, el alma de América quedó estupefacta al ver surgir en algunas de las grandes naciones europeas los más primitivos sentimientos del odio de razas, del culto a la violencia, del desprecio a la justicia y al derecho. La palabra de Europa perdió así en la América el carácter sagrado que había tenido hasta entonces. El hecho de que Europa diera el ejemplo no sólo de la guerra, de la destrucción y de la muerte, sino también del desconocimiento de los más elementales principios que el espíritu humano había logrado afirmar en el curso de la historia, contribuyó también a que los pueblos latino-americanos pensaran en crearse un mundo espiritual, una cultura propias, en que semejantes cosas no fueran ya posibles.

Al mismo tiempo, la América Latina ha tenido ocasión de experimentar ya los efectos de lo que se puede denominar egoísmo de los pueblos europeos, frente a los conflictos surgidos en otros continentes.

Después de proclamar la solidaridad universal y de poner de su lado a todos los pueblos del mundo en nombre de esa solidaridad, Europa miró como incidentes sin importancia, por ejemplo, el asalto japonés contra China en 1931 o la guerra del Chaco en la América del Sud en 1932.

"Esos acontecimientos deplorables —dice el escritor Jules Romains— no tuvieron una significación muy decisiva ni muy simbólica. Principalmente, desde el punto de vista geográfico, esos acontecimientos se verificaban muy lejos del centro inflamable del mundo, que continuaba siendo Europa".

Esa indiferencia, que por lo demás tuvo las más lamentables consecuencias para la humanidad, demostró la fragilidad del sentimiento de solidaridad de los pueblos del viejo mundo para con los otros y la facilidad con que aquéllos están dispuestos a considerar como pequeños incidentes las tragedias que no les tocan directamente.

Tales son, en resumen, los factores que podríamos denominar externos. La influencia conjunta o parcial por ellos ejercida, creó naturalmente frente al problema una actitud radical, inspirada por las teorías de Spengler sobre la cultura.

Si la cultura de Occidente está en decadencia y si otras han de surgir para sustituirla, parecía legítimo esperar que la América Latina, que dispone de tantas energías vírgenes, que vive en una especie de epifanía espiritual, fuera la tierra destinada a dar existencia a una nueva cultura que sería de una absoluta originalidad, con valores intelectuales, morales y estéticos completamente diferentes de los hasta aquí conocidos, que traería a la historia una visión de las cosas y del mundo concordante con una perspectiva propia.

Esta posición, que en cierto momento llegó a entusiasmar a muchos espíritus latino-americanos, está, sin embargo, perdiendo prestigio.

Primeramente, porque sus bases teóricas no son exactas. Spengler hizo del concepto de cultura una abstracción que no correspondía a realidad alguna. No han existido esos mundos históricos herméticamente cerrados, mundos impenetrables e incomprensibles los unos para los otros, de que él nos habla. Si algunos pueblos que alcanzaron un cierto nivel cultural desaparecieron sin tener ninguna influencia histórica, no fue porque ese fuera necesariamente el destino de toda cultura, sino porque razones geográficas o de otra índole hicieron que se desenvolvieran y murieran en el aislamiento. La realidad muestra las interacciones, las mutuas influencias de los pueblos en el curso de la Historia. Lejos de estar separados por abismos culturales o raciales, los hombres tienen una esencia común que cada vez se hace más profunda, como lo descubrió en la época del Renacimiento el Humanismo, cuyos principios son cada vez más verdaderos y más fecundos.

Por otra parte, las profecías spenglerianas sobre la decadencia de la cultura occidental son falsas. Es verdad que Europa sufre los efectos desastrosos de una segunda guerra mundial y que la destrucción y la muerte se enseñorean de ella. Pero esa guerra, lejos de ser una manifestación de decadencia es una muestra de inmensa vitalidad; es el choque de dos principios de sentido mundial, cuyo resultado deberá dar una fisonomía a todos los países del orbe. Son dos técnicas no sólo políticas sino culturales que se enfrentan ansiosas de extender su dominio. Y la lucha en vez de exteriorizar la debilidad o la decadencia de los contendientes muestra la energía concentrada de sus voluntades, la genialidad creadora de su pensamiento.

Lejos de morir, la llamada cultura occidental se agiganta cada día, dejando de ser patrimonio de un continente para ser patrimonio universal. En Londres, en Washington, en las montañas del Tibet o de los Andes, en las llanuras rusas o brasileñas, los hombres vibran con las mismas emociones y tienen que resolver idénticos problemas que se plantean casi simultáneamente a todos ellos, mostrando la unificación de los pueblos. La humanidad tiende a ser "un mundo solo", como decía Wendell Willkie.

No es posible, pues, pensar razonablemente en que nación o cultura alguna puedan ir hacia el hermetismo, quieran cerrar sus almas dentro de murallas espirituales, como proponen el spenglerianismo y todas las corrientes antihumanistas de nuestra época.

Por otro lado, la concepción spengleriana, conduciría a creer que hasta hoy los pueblos hispanoamericanos no han tenido cultura alguna y que sólo piensan, sienten y quieren con ideas, sentimientos y deseos europeos. Nos llevaría a imaginar que nuestra vida espiritual no tiene consistencia sino como una imitación artificiosa, sin sentido propio, o dicho en términos spenglerianos como una vacía pseudomorfosis cultural.

Como consecuencia, el futuro de nuestra cultura tendría que dar como no existente todo lo que hasta aquí se ha hecho entre nosotros bajo la influencia de Europa, ya que sólo al nacer la cultura propia entrarían los pueblos latino-americanos a vivir su auténtica existencia.

Pero eso no es posible. Porque si bien nuestra actividad creadora en los diferentes planos de la cultura recién comienza a manifestarse, no podemos dejar de retener como rica simiente y como permanente base de nuestra cultura las influencias de la cultura greco-latina y cristiana, que hemos incorporado ya a nuestra existencia y cuyas proyecciones en nuestro medio han tenido realizaciones históricas y sociales que no han podido conseguir en otros continentes y gracias a las cuales, la América Latina tiene un destacado lugar en el mundo.

Finalmente, la teoría spengleriana supone que las culturas nacen y se desenvuelven obedeciendo a un sino. Los hombres no ponen para ello ninguna iniciativa inteligente de su lado. La cultura es una gracia que llega de manera inesperada, un privilegio que se da casi milagrosamente. No les toca a los pueblos sino aguardar su prodigioso advenimiento.

Esa concepción de fondo fatalista como todas las teorías spenglerianas, es peligrosa. Olvida que la cultura exige esfuerzo, que las riquezas del espíritu como las de la materia se deben ganar cotidianamente con trabajo y sacrificios. Invita a los hombres a dejarse arrastrar por el destino sin reacción alguna, agravando así el confiado abandono en que por temperamento vive el hombre latino-americano.

La insuficiencia de la posición spengleriana nos muestra, pues, que la solución por ella imaginada no es la más acertada. Y, en realidad, deja en pie el problema, que debe por lo tanto ser enfocado desde otro punto de vista, el cual nos parece que da al asunto su verdadero planteamiento, mostrando sus causas fundamentales.

Nuestros pueblos están tal vez en el estado comparable al del hombre que ve deshacerse algunos de los brillantes mirajes surgidos en los días de la adolescencia, comienza a preguntarse por su destino, presiente que su vida es algo más serio que las jubilosas apariencias de la vida cotidiana y quiere establecer la armonía entre las formas externas de su vida y las hondas exigencias del espíritu, tratando de hacer de su existencia una afirmación de total sinceridad.

Los pueblos nuestros, tienen ya la suficiente experiencia para darse cuenta de que su vida no debe ser sólo un privilegio sino un deber, cargado de responsabilidades, por lo mismo que el mundo es cada vez más complejo y mayores las obligaciones mutuas de los pueblos.

De ahí que la necesidad de cultura propia, más que a la originalidad, como en la posición spengleriana, se oriente hacia la profundidad. Tratemos de exponer esta posición en la misma forma sintética que hemos venido empleando hasta aquí.

Ante todo, conviene recordar que la cultura no se reduce a algunas manifestaciones cerebrales y un tanto artificiosas como son ciertos refinamientos del saber y determinadas expresiones del gusto estético. La cultura tiene, sin duda. formas exteriores brillantes que son como cristalizaciones visibles del espíritu y que pueden exhibirse como joyas, pero ellas por sí solas no constituyen la esencia misma de la cultura. Esta, como decía Max Scheler, es un proceso de humanización, una marcha de lo antropoico, del hombre puramente animal hacia la conquista de las altas formas del espíritu, hacia la incorporación dentro de la vida cotidiana de esos valores que son el bien, la justicia, la belleza, la libertad; valores que la humanidad ha conseguido descubrir y enriquecer a través de su historia y de los cuales todos los hombres pueden participar.

La cultura significa perfeccionamiento espiritual, adquisición por el hombre de la conciencia de su propia dignidad, es decir refinamiento y purificación de aquello que es más característicamente humano. Por la cultura el hombre llega a su más perfecta "forma" y al aplomo del ser que, por la disciplina de sus instintos, está lejos de lo puramente impulsivo y zoológico.

La cultura representa, consecuentemente, eficiencia. ¿De qué sirven los recursos técnicos si se hallan al servicio de hombres espiritualmente inferiores? La verdadera energía proviene del espíritu. Es éste que señala fines, que orienta los acontecimientos. El espíritu es quien, en último término conduce a los pueblos hacia la creación o la destrucción, hacia la felicidad o la desventura. La tragedia que vive el mundo en nuestros días es la mejor prueba de ello. El amor, la nobleza, la comprensión abren perspectivas nuevas. La intolerancia, el odio, el egoísmo conducen al desastre.

Es un hecho notorio que la moral del hombre está en nuestros días por debajo de su capacidad técnica y que la necesidad de cultura es más que nunca imperiosa para evitar que los recursos técnicos manejados sin sabiduría tengan efectos catastróficos.

Esa necesidad es aún más urgente en la América Latina. Los recursos gigantescos con que cuentan nuestros países tienen que ser aprovechados sabiamente. Hasta ayer, esos recursos estaban en potencia, hoy comienzan a ser activos. Precisamos estar preparados para ponerlos al servicio de la felicidad humana y para que no nos ocurra lo que al aprendiz de mágico, que fue aplastado por las fuerzas misteriosas que consiguió desencadenar y que no tuvo la capacidad suficiente para dominar.

La cultura no se reduce, pues, a la adquisición o a la creación de una literatura más o menos original, no se limita a la actividad más o menos compleja de los instintos y universalidades, no se encierra en el recinto de los museos, los teatros y las academias. La cultura es acción del espíritu sobre la vida misma, es modelación de la existencia a fin de que ésta sea una unidad de vida y de sentido.

Pues bien, el anhelo de una cultura propia que encontramos en todos los pueblos latino-americanos, el deseo de una cultura auténtica es en el fondo la necesidad de hacer que el espíritu de América sea perfecta síntesis de espíritu y de vida y no como ocurre hasta ahora, aceptación superficial de principios todavía extraños a su propia conciencia y a su propia vida.

Se diría que el hombre latino-americano se ha dado cuenta de aquello que el Arzobispo de Chuquisaca don José Antonio de San Alberto, autor del famoso Catecismo Regio, escribía hace doscientos años hablando de la religiosidad de los indios: "Es una religión por lo general exterior, superficial y no más que de boca. Ellos rezan pero sin atención, sin recogimiento, sin inteligencia y por una especie de cumplimiento a que los ha reducido la costumbre".

El hombre latino-americano va teniendo conciencia de que entre su vida real y los principios que ha aprendido no hay verdadera adecuación. Siente que en su existencia hay desacuerdo, que su saber, su vida ética y su vida estética aun no son propiamente suyas sino solo "un cumplimiento a que los ha reducido la costumbre" como decía San Alberto. Y quiere establecer la necesaria armonía.

En cuanto al saber, es un hecho que si bien los conocimientos son transferibles y se puede aprender la ciencia, la filosofía y en general las verdades de Europa sin gran dificultad, adquiriendo sus libros, sus laboratorios y sus maestros, el saber auténtico exige una actitud del espíritu, un equilibrio sereno del pensamiento, una disposición austera para la aceptación de la verdad, que no se improvisan. Y esa actitud, ese equilibrio, esa disposición hay que crearlas con un trabajo disciplinador de la mente, jerarquizador de los sentimientos, con un esfuerzo que da a la razón ese difícil dominio que debe tener sobre el hombre y del cual le viene a éste la suprema dignidad que tiene en el universo.

El hombre latino-americano comprende que debido a las deficiencias de su propio saber no se conoce a sí propio ni conoce las cosas que son suyas. Necesitamos aún que venga el sabio francés o anglosajón a darnos ese conocimiento. Para informarnos acerca de nuestra historia y nuestra prehistoria tenemos que buscar documentos y técnica en el British Museum o en algún instituto alemán. Para comprender a nuestros indios, debemos pedir luces a los etnólogos y antropólogos de las viejas universidades occidentales. Para actuar sobre nuestro ambiente buscamos el auxilio de técnicos que han adquirido su capacidad práctica en las enseñanzas de dichas universidades.

Por otra parte, el latino-americano se da ya cuenta de que el saber europeo es un saber de perspectiva ajena. Para el europeo, por lo menos hasta hace poco tiempo, la América no era sino una especie de misteriosa "Última Thulé" y sus pobladores hombres de color más o menos pintorescos. Como consecuencia, sus juicios sobre nosotros eran grandemente subjetivos y por lo tanto falsos. Y como recibíamos todas las ideas europeas, aceptábamos también las que se referían a nosotros, incluyendo tanto las que tenían origen en desdeñosos sentimientos como las que eran formuladas con el propósito de halagarnos.

Los latino-americanos sienten que necesitan conocerse a sí mismos por sí mismos y no a través de los extranjeros, para de ese modo tener el pleno señorío de su propia conciencia y de su propio ser.

De ahí un ansia de saber con una perspectiva latino-americana de la verdad, sin los prejuicios europeos, libre de aquellos "ídolos" que, como decía Bacon, surgen de las pasiones, de los intereses, de las tradiciones.

Ese saber no producirá, como piensan algunos spenglerianos, una lógica, una ciencia y una filosofía completamente diferentes de las hasta ahora conocidas, sino una visión límpida de las cosas de América y del mundo y que por lo mismo contribuirá a que muchos prejuicios europeos que circulan como verdades por el mundo, sean denunciados, con lo cual el pensamiento de la humanidad alcanzará una clara objetividad, una purificación de sus contenidos que lo hará más universal y más comprensivo que antes. El hecho geográfico de la aparición de América produjo una revolución en las perspectivas intelectuales de la humanidad. El nacimiento de un espíritu auténticamente americano no podrá ser menos decisivo.

Después del presente conflicto mundial, esa clarificación del saber se hará más necesaria, sobre todo porque la política ejercerá sobre el pensamiento influencias más perturbadoras que nunca.

La política ya no se circunscribirá a los ámbitos nacionales. Tendrá necesariamente el sentido mundial que ha venido esbozándose en el curso del presente siglo. Desde que la revolución rusa trató de poner en ejecución la consigna marxista —"proletarios del mundo, uníos"— la política ha dejado de ser exclusivamente nacional y debe contar con factores externos. De hoy en adelante, los gobernantes deberán tener en cuenta para su acción política no sólo corrientes internas sino internacionales, que serán tal vez más poderosas.

Las luchas políticas, como es natural, usarán de todas las armas y principalmente de aquellas tan eficaces que son las ideas. La futura política no será tan ingenua como el marxismo que declaraba que las ideologías son "productos de clase"; envolverá en doctrinas científicas y filosóficas sus objetivos de dominio y presentará esas doctrinas como verdades absolutas.

Como consecuencia, el saber sufrirá la acción perturbadora de la política en su forma más sutil. Las teorías al parecer más abstractas y más ajenas a los problemas del poder tendrán sus raíces en esos problemas. Las grandes tendencias que se disputarán la hegemonía mundial, nos enviarán sus ideologías. Y de ellas tendremos que defendernos. Pero la defensa no consistirá naturalmente en desentendernos de la política sino en depurar las ideas que llamaríamos "politicadas", de sus contenidos espúreos, mediante un saber propio. Con ello, la mente latino-americana contribuirá también a la objetividad del saber humano.

Por lo que toca a la vida artística, no es difícil mostrar la existencia de una aspiración a la originalidad, puesto que es la que primero se ha hecho conciencia entre los escritores e intelectuales americanos.

La vida artística no es cosa superficial, como se cree generalmente. En ella están comprendidos todos los sentimientos de belleza que tanto contribuyen a enriquecer nuestra existencia: admiración por los paisajes, por las ciudades, por la naturaleza en general; culto a la música cuyos efluvios nos envuelven por todos lados, desde las canciones escuchadas por radio hasta los grandes conciertos de los teatros; amor por las bellas construcciones que se levantan por todos lados; afición a la elocuencia y a la literatura.

El arte interesa a la cultura porque modela bellamente no sólo las cosas sino también, y quizás primordialmente, los espíritus de los hombres, cuyas vidas, gracias al sentido estético, adquieren una forma que les da su perfil propio.

El latino-americano siente en su sangre ritmos nuevos, ve en su torno colores y formas que no existen en Europa, tiene necesidad de edificios y monumentos que armonicen con sus propios paisajes. Y quiere aportar esos elementos a la vida estética, elevándolos al nivel de los grandes valores artísticos.

Como la literatura es algo así como el termómetro de la sensibilidad colectiva, las primeras manifestaciones de rebeldía contra el espíritu europeizante, los primeros movimientos del anhelo de diferenciación estética procedieron de los escritores. Los novelistas y poetas, particularmente desde comienzos del siglo, trataron de hacer que la actividad artística presentara personajes y ambientes correspondientes a la realidad americana. No era lógico hablar de princesas rubias, de copos de nieve invernales, ni de lagos poblados de cisnes en países donde nada de eso existe y donde, por el contrario, los personajes vivos y activos, llenos de fuerza y de sustancia, son el indio, el mestizo, el negro, el caudillo audaz, el pionero esforzado; donde los paisajes tienen la grandiosidad de las cosas sobrehumanas y los elementos destruyen y crean con energías gigantescas; donde las dimensiones de las cosas y de los acontecimientos no pueden medirse como los europeos.

El americanismo literario está dando ya resultados y puede encontrarse en cada uno de los países del continente novelistas y poetas que han creado obras en las que palpita la vida de la entraña americana, con sus personajes típicos, con sus ansiedades peculiares.

En efecto, libros como La Vorágine de Eustasio Rivera, Raza de Bronce de Alcides Arguedas, Los Sertones de Euclydes da Cunha, para no citar sino los más conocidos, muestran un mundo nuevo, con paisajes, con hombres, con destinos que apenas pueden concebirse fuera de nuestro continente, revelando lo que éste tiene de peculiar y de grandioso.

Para terminar, refirámonos a la vida ética, que incluye en sus dominios el derecho y la moral.

La crítica que de sí mismos han venido haciendo en los últimos tiempos los pueblos latino-americanos, por medio de sus más ilustres escritores, ha mostrado ya que viven en una especie de mestizaje moral. Formados por pueblos de distintas razas, perteneciendo a culturas en diferentes grados de evolución, los pueblos latino-americanos, sienten su conciencia vacilar entre formas morales heterogéneas. Su conducta carece del aplomo que da a los hombres una sólida tradición moral, no tiene la firmeza que se funda en la valoración exacta de los principios étnicos. Las virtudes latino-americanas más que por impulsos internos, parecen existir por la ausencia de conflictos que las pongan a prueba. Por eso tienen una peligrosa fragilidad, que las hace quebrarse frente a tentaciones que en pueblos de mayor desarrollo moral no tendrían fuerza.

Las condiciones en que viven los pueblos latino-americanos son favorables a la creación de un orden moral muy alto. En sus tierras conviven los hombres de todas las razas. La historia no ha logrado cristalizar castas o legalizar aristocracias. Las riquezas de la naturaleza conservan aún casi intacta su inmensa potencialidad, permitiendo que puedan ser aprovechadas sin necesidad de que el hombre deba explotar al hombre, como ocurrió en el viejo y avaro continente europeo donde la tierra solo produce regada con el sudor de las frentes.

Pero la existencia de esas favorables condiciones no es suficiente para que surja un orden ético superior. Por el contrario, si el alma latino-americana se abandona, avanzará por caminos rutinarios expuestos a las arremetidas de los impulsos arcaicos.

Por eso será necesario que una labor inteligente, de comprensión amplia, de buena voluntad, domine las fuerzas negativas y permita la formación de un orden moral que tenga una adecuación a las condiciones de nuestros pueblos; de un orden moral que haga de la América Latina la patria de hombres libres y generosos, plenos de dignidad, conscientes de su propia personalidad, capaces de desenvolver todas las posibilidades, dentro de un claro y libre sentido de humanidad.

La necesidad de un saber auténtico, de un arte característico, de una moralidad sinceramente humana, son, pues, las grandes causas profundas del ansia de cultura propia que sienten nuestros pueblos y que hacen que esta ansia no pueda satisfacerse con soluciones más o menos políticas, sino con una disciplina de la vida y del espíritu que permita a los pueblos de la América Latina hacer suyos los grandes valores universales que son fruto de la lenta, dolorosa y magnificante labor humanizadora de la historia.

São Paulo 21 de agosto de 1944.
Reproducido en Pachamama. Diálogo sobre el porvenir de la cultura en Bolivia. La Paz: Librería Editorial Juventud, 1973.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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